martes, 30 de agosto de 2016

El cliché que yo ya vi/CXLI




Joel Meza propone:


Por eso hay que ahorrar en el AFORE: En las películas, cuando el héroe de acción ha decidido retirarse de los balazos y las corretizas, siempre lo encontraremos, unos años después, convertido en un sufrido pero eficiente peleador de apuestas clandestinas, en algún país tercermundista. Seguramente Rambo marcó el caminito (en su tercera película), hace casi 30 años pero ya bien entrado el siglo XXI, hasta Jason Bourne sigue el plan de retiro al pie de la letra.

domingo, 28 de agosto de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLV




Secretos mortales (The hoarder, GB, 2015), de Matt Winn. La sorpresa de la semana: una eficaz gore-movie en la que una sospechosista mujer va a una bodega de su prometido para buscar un supuesto diario comprometedor del novio y, sin querer, entra a una bodega distinta y libera a algo que parece un monstruo. Ella y demás personajes alrededor corren por sus vidas. Bastante entretenida. (* 1/2)

Un secreto entre nosotros (The Benefactor, EU, 2015), de Andrew Renzi. Un multimillonario excéntrico (Richard Gere) se entera que la hija de su fallecido mejor amigo está recién casada y, además, embarazada, por lo que trata de resolverle la vida a ella y a su marido. Una película que podría haber sido lo mismo una buena comedia, un sensible melodrama o hasta un emocionante thriller y que no termina siendo nada de nada. Eso sí, por lo menos Gere le echa todos los kilos a su personaje mal cocinado. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (-)


Te prometo anarquía (México-Alemania, 2015), de Julio Hernández Cordón. La mejor película de Hernández Cordón hasta el momento. Mi crítica, por acá. (**)

martes, 23 de agosto de 2016

Grand Prix FIPRESCI 2016



La regla es simple: elegir la mejor película del año, de acuerdo con el criterio personal de cada miembro de FIPRESCI entre las estrenadas -comercialmente o en festivales- entre julio de 2015 y junio de 2016. 
Después de una primera ronda de votación -en la que participamos 230 miembros de FIPRESCI y en la que todos podíamos escoger entre uno y tres títulos favoritos-, quedaron tres cintas nominadas al Grand Prix FIPRESCI 2016: Anomalisa (Kaufman y Johnson, 2015), Paterson (Jarmusch, 2016) y Toni Erdmann (Ade, 2016).
En una segunda ronda, en la que participamos 475 críticos, la ganadora fue Toni Erdmann, primera ocasión en la que el Grand Prix recae en una cinta dirigida por una mujer. El premio le sera entregado a Maren Ade en San Sebastián 2016. 
PS. Yo voté por Anomalisa

lunes, 22 de agosto de 2016

Me estás matando, Susana



Me estás matando, Susana (México-Canadá, 2016), tercer largometraje del reaparecido Roberto Sneider (Dos crímenes/1995, Arráncame la vida/2008), inicia con nuestro protagonista, el treintón actor teatral/telenovelero/en-lo-que-caiga Eligio (Gael García Bernal), llegando hecho la mocha al departamento de la Condesa que comparte con su esposa, la guapa aspirante a escritora Susana (Verónica Echegui). El tipo abre la puerta silenciosamente, se cuela de puntillas, deja las llaves en la mesa tratando de no hacer ruido, se quita la ropa, trota hacia la cama y, ya que no puede convencer a su mujer de que está listo para lo que ella quiera (“Estoy borracho, pero poquito”), se queda dormido.
Una escena similar vemos hacia la última parte de la película, cuando Eligio llega nuevamente al cuarto de Susana –solo que ahora en las residencias de la Universidad de Middlebrow (digo, Middlebrook), en algún pueblito “elotero” de Iowa- en condiciones muy parecidas a las del inicio del filme. Para entonces, el retrato logrado por García Bernal ha quedado casi completo: Eligio es un irresponsable macho mexicano, proveniente de “la época de las cavernas”, cínico y desvergonzado… pero también simpatiquísimo, ocurrente y atractivo por lo imprevisible. Después, para rizar el rizo, lo veremos en su peor cara: como un pobre diablo risible, hipócrita e infantil. Como quien dice, de pena ajena.
Gael encarna de forma brillante las dos caras de la misma narcisista moneda: es el pícaro y atrayente macho conquistador, descendiente directo del Pedro Infante de Los 3 García (Rodríguez, 1946) y, al mismo tiempo, es el chantajista, mezquino, pobre-diablo y jarrito-de-Tlaquepaque que es su primo, el acomplejado Abel Salazar de la misma cinta. Más allá de su barniz hípster y su fluido bilingüismo, el Eligio de Gael sigue arrastrando –peor aún: presumiendo- los peores tics de la psique nacional.
Sobre la popular novela “Ciudades desiertas” (1982) de José Agustín, el director Sneider y su actor protagónico Gael –y acaso exagero al darle este nivel de coautoría al actor, pero me vale madres, como diría Eligio- han logrado, por un lado, entregarnos un retrato jocoso, cruel y hasta patético del machismo que sigue perviviendo entre nosotros –o por lo menos eso me ha dicho el primo de un amigo- y, por el otro, la crónica de una enfermiza relación de una pareja que no puede realmente disolverse porque uno y otra aman hacerse la vida de cuadritos. La vida juntos es insoportable, qué duda cabe, pero la vida separados es imposible.
Y es que como dice el clásico himno masoquista que se escucha en los créditos finales, “Llegaré hasta donde estés/Yo sé perder, yo sé perder/Quiero volver, volver, volver”. 

domingo, 21 de agosto de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLIV



Cementerio de esplendor (Rak ti Kohn KaenGB-Francia-Alemania-Malasia-Tailandia, 2015), de Apichatpong Weerasethakul. Cuando se presentó esta película en Cannes 2015 hace más de un año, mas de un colega anotó que el más reciente largometraje de "Joe" deja al espectador en estado de trance. Si por trance se refiere que nos transporta al mundo de los sueños, está en lo correcto. Y es que, la verdad, es difícil mantener los ojos abiertos mientras el encuadre fijo se mantiene un buen tiempo sobre un grupo de hombres profundamente dormidos. El contagio es inevitable.
La cinta funciona como una sostenida invitación a echarse un coyotito, más aún cuando la historia está ubicada en un hospital donde atienden a un grupo de soldados que sufren de narcolepsia. La ama de casa madura Jen (Jenjira Pongpas), voluntaria en ese hospital, hace migas con uno de los soldados, Itt (Banlop Lomnoi), mientras entabla amistad con una jovencita vidente que puede saber qué sueñan los enfermitos y hasta puede ver el pasado de cada uno de ellos.
"Joe" logra algunos momentos genuinamente mágicos -por ejemplo, cierta disolvencia encadenada en la que dos espacios distintos se unen, tiene mucho de arte visual en estado puro-, pero el discurso místico-espiritual del cineasta es algo que nunca he podido apreciar. Es un problema mío, no de "Joe", por supuesto. (* 3/4)

Me estás matando, Susana (México-Canadá, 2016), de Roberto Sneider. Sobre la novela Ciudades desiertas (1982) de José Agustín, el director/adaptador Sneider y su estrella Gael García Bernal nos entregan una jocosa y patética radiografía del machismo nacional a través del protagonista interpretado por Gael, un actor de medio pelo que va en pos de la Susana del título, su mancornadora mujer que lo abandonó y sin avisarle. ¿La mejor cinta de Sneider hasta el momento? Probablemente sí. Mi crítica en los próximos días en este mismo blog. (***)

El plan de Maggie (Maggie's Plan, EU, 2015), de Rebeca Miller. Una suerte de re-marriage comedy de los años 30/40 nomás que ubicada en un escenario intelectual neoyorkino digno del Woody Allen de Manhattan (1979) y con una insumergible Greta Gerwig en el papel central. Diálogos ingeniosos, una filosa mirada satírica y un reparto intachable. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (**1/2)

El apóstata (Uruguay-España-Francia, 2015), de Federico Veiroj. Gonzalo (Álvaro Ogalla), un indolente estudiante de filosofía a punto de graduarse, decide un buen día desligarse por completo de la iglesia católica y no como muchos lo hemos hecho -nomás dejamos de ir y ya-, sino que se declara en apostasía y exige que se revoque su fe de bautismo, ya que él no dio su consentimiento para ser bautizado. Por supuesto, ya se imaginará usted que eso no será tan fácil: por algo la Iglesia Católica es la burocracia más antigua del mundo. 
La premisa es sin duda curiosa pero, por lo menos desde esta esquina, el guion -basado en una idea del propio cineasta y de su actor central Ogalla- no da para sostener el interés ni siquiera en los 80 minutos de duración de la cinta. Igual y mis colegas del jurado FIPRESCI en San Sebastián 2015 pensaron muy distinto, pues le otorgaron el premio a la mejor película en aquel festival. (+)

Epitafio (México, 2015), de Yulene Olaizola y Rubén Imaz. El primer largometraje dirigido a cuatro manos por Imaz y Olaizola -tercero en la cuenta de él, cuarto en la de ella- es una insólita propuesta, por donde se le quiera ver.
Estamos en 1519, poco antes de la caída de México-Tenochtitlan, en las faldas del Popocatépetl. El capitán Diego de Ordaz (Xabier Coronado, muy convincente), el escribano Gonzalo de Monovar (Martín Román) y el soldado Pedro (Carlos Triviño), suben hasta las alturas del Popo en busca de una fuente natural de azufre para la fabricación de la pólvora que necesitaban las fuerzas de Hernán Cortés para conquistar al imperio azteca y, también, con el fin de encontrar algún camino -el luego llamado Paso de Cortés- por el cual llegar sin ser vistos a México-Tenochtitlan.
Basado en varios testimonios de la época -entre ellos los del propio conquistador Diego de Ordaz-, Olaizola e Imaz se adentran en una etapa histórica casi inédita en el cine mexicano. Sea por lo que sea -acaso por la dificultad de proponer un punto de vista en un tema que sigue siendo pasto en el debate histórico nacional, acaso porque el hacer un filme de esta naturaleza casi demanda una ejecución épica que no es común en el cine mexicano-, la llegada de los españoles al Anáhuac ha sido tratada muy ocasionalmente en nuestra cinematografía y cuando lo ha sido, si exceptuamos la obra maestra Cabeza de Vaca (Echavarría, 1991), los resultados han sido más bien decepcionantes. 
Inteligentemente, los cineastas constriñen su película a este pequeño episodio en la Conquista de México, épico sin duda alguna, pero minúsculo frente a lo que vendría después, con Cortés y sus huestes entrando a México-Tenochtitlan. Imaz y Olaizola nos presentan a Ordaz como una suerte de enloquecido conquistador -precursor del herzogiano Lope de Aguirre- al que no le importa arriesgar su vida -ni la de sus acompañantes- si logra la fama, la fortuna y la inmortalidad. ¡Lo que sea por la Corona y por la verdadera religión, a fe mía!
Con recursos mínimos pero impecables -la fotografía deslavada y en tonos grises de Emiliano Fernández, la música original de Alejandro Otaola y Pascual Reyes, el propio escenario imponente del Popo (o del Pico de Orizaba como sustituto)-, Epitafio se sostiene como una propuesta ejemplar y en más de un sentido: por tocar un tema poco tratado en nuestro cine, por su muy profesional ejecución en todos los niveles y porque demuestra que se puede hacer cine épico con muchas ideas y poco dinero. (**) 

jueves, 18 de agosto de 2016

El Buen Amigo Gigante



No han pasado quince minutos desde el inicio de El buen amigo gigante (The BFG, EU-GB-Canadá, 2016) y el espectador ya tiene claro quiénes son los dos personajes centrales del filme y, más aún, cuál es el tono visual y narrativo del vigésimo-noveno largometraje de Steven Spielberg.
A la notable economía contenida en el guion escrito por la recién fallecida Melissa Mathison –sobre la clásica novela infantil de Roald Dahl publicada en 1982- hay que sumarle la emotiva música del habitual John Williams, el virtuosismo de la captura de movimiento a través de la cual vemos a Mark Rylance interpretar al BAG (o Buen Amigo Gigante) y, finalmente, la bienvenida presencia de la casi debutante doceañera Ruby Barnhill, quien interpreta a la perfección a uno de los protagonistas dahlianos/spielbergianos por excelencia: el infante huérfano, solitario, pero con una inagotable capacidad de supervivencia.
La Sophie de Miss Barnhill es una precoz niña huérfana que, sufriendo de insomnio, se levanta a la hora de las brujas –las tres de la mañana, para ser exactos-, se asoma por la ventana de su dickensiano orfanatorio y, en lo más negro de la noche, ve a una figura enorme, de siete metros de altura, deambulando por la calle. Cuando ese siniestro ente la ve, secuestra a Sophie y, corriendo, saltando, casi volando, la lleva a la tierra de gigantes donde la criatura vive, acaso con la intención de comérsela.
Por supuesto, cuando Sophie logra verlo con claridad y, luego, platicar con él, resulta obvio que el Buen Amigo Gigante no es ninguna amenaza para ella, pero sí lo son los nueve gigantes que viven al lado –todos ellos muchos más grandes que el BAG-, por lo que el enorme papá adoptivo de Sophie tendrá que hacerse cargo de ella: cuidarla, protegerla y, más importante aún, alimentar y alentar sus sueños. Porque esa es la chamba del BAG –y de cualquier madre/padre que se precie de serlo-: tratar que cada una de nuestras Sophies puedan salir adelante. No se trata de ocultarles que en la vida también hay fracasos y sinsabores sino, como le dice el BAG a Sophie en cierta escena clave hacia el final del filme, hay que entender que eso forma parte de la vida misma.
Spielberg se apropia del relato fantástico/infantil de Dahl para imbuirlo de auténtica melancolía: esa plática ya citada entre el BAG y Sophie acerca de sus sueños –es decir, del futuro de ella- resulta esperanzadora, sí, pero hay también en ella un cierto grado de advertencia. La vida no siempre es lo que uno quiere, lo que uno imagina, lo que uno sueña.
Spielberg ha logrado una cinta notable en un género dizque menor: el divertimento infantil. Pero no haya nada menor en cómo plantea y desarrolla la historia de principio a fin, no hay nada menor en su impecable puesta en imágenes –fotografía del gran Janusz Kaminski-, no hay nada menor en la ejecución de la más gozosa vulgaridad llevada al límite –la hilarante y escatológica escena en el Palacio de Buckingham-, no hay nada menor, finalmente, en cómo logra transmitir el más genuino asombro infantil. Mejor dicho: en cómo logra provocar que uno, como espectador, recupere la capacidad de asombro infantil.
Spielberg es –ya lo dijo Stuart Klawans en su magnífica crítica publicada en The Nation-, una especie de BAG cinematográfico, un generoso creador de sueños y pesadillas, lo mismo de E.T. el Extraterrestre (1982) que de Tiburón (1975): el Buen Amigo Spielberg.

domingo, 14 de agosto de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXLIII



El comienzo del tiempo (México, 2014), de Bernardo Arellano. El segundo largometraje de Arellano (meritoria opera prima Entre la noche y el día/2011) es un fallido melodrama gerontofílico que vi en Morelia 2014 y del cual escribí in extenso por acá. (+)

Cazafantasmas (Ghostbusters, EU, 2016), de Paul Feig. Finalmente llegó a las pantallas nacionales el remake de la venerada cinta ochentera y, la verdad, este refrito femenino/feminista no se merece tanto odio en las redes sociales. Para empezar, el filme original tampoco es un clásico: en ese mismo 1984 Hollywood entregó mejores comedias sofisticadas (Broadway Danny Rose/Allen/1984), mejores comedias simplonas (Un detective suelto en Hollywood/Briest/1984), mejores cintas de aventuras (Indiana Jones en el templo de la perdición/Spielberg/1984) y hasta auténtico clásicos (Amadeus/Forman/1984). Si la Cazafantasmas original aguanta todavía el palomazo, esto se debe a la popularísima canción de Ray Parker Jr. y al impávido carisma de Bill Murray. No más.
La nueva Cazafantasmas femenina tiene su gracia -especialmente por las excentricidades de Kate McKinnon y la sutileza cómica de Kristen Wiig- pero resulta paradójico que lo más afortunado del filme no sea ninguna de sus protagonistas, sino Chris Hemsworth encarnando el equivalente masculino de la caricatura misógina de la secretaria rubia, buenota y pendeja. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (*)

El buen amigo gigante (The BFG, EU-GB-Canadá, 2016), de Steven Spielberg. El más reciente filme de Spielberg es otra obra mayor en un terreno aparentemente menor: el cine fantástico y, además, infantil. Impresionante cómo Spielberg logra pasar, de una escena a otra, del asombro más genuino a la ligereza escatológica a la melancolía más conmovedora. Mi crítica, in extenso, en los próximos días en este blog. (*** 1/4)

Taxi Teherán (Taxi Tehran, Irán, 2015), de Jafar Panahi. Otra película "clandestina" de Panahi -la tercera desde que lo condenaron a dejar de hacer cine en 2010-, Taxi Teherán fue realizada casi totalmente en el interior de un taxi manejado por el propio cineasta. 
Por definición, una película construida alrededor de episodios sucesivos -en este caso, centrados en la decena de pasajeros que entran al auto manejado por Panahi- es inevitablemente dispareja. Tengo la sensación que esta formulita del cine prohibido y realizado malgré tout empieza a agotarse, aunque el jurado de Berlín 2015 pensó algo muy distinto, pues premió este filme con el Oso de Oro, además de que mis colegas de FIPRESCI la nombraron la mejor cinta de la competencia.  (**)