domingo, 24 de julio de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXL



Conexión mortal (Cell, EU, 2016), de Todd Williams. Una torpísima cinta de horror sin el menor sentido de urgencia, terror o paranoia, basado en una notable novela profética/apocalíptica de Stephen King. Una extraordinaria idea -que los teléfonos celulares transforman a los seres humanos en una suerte de rabiosos y violentos zombis- es echada a perder por una pésima adaptación de la que, curiosamente, es co-autor el propio novelista King. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (+)

Sr. Pig (México, 2016), de Diego Luna. El anciano Ambrose (Danny Glover), quebrado, alcohólico y enfermo, cruza de California hacia Jalisco para vender su última posesión, la más preciada: un enorme puerco llamado Howie. A pesar de que el hijo (José María Yazpik) de un antiguo socio está dispuesto a pagarle 50 mil dólares por el semental porcino, Ambrose termina negándose a venderlo. A México llega la hija de Ambrose, Eunice (Maya Rudolph), quien tratará de hacer entrar en razón a su terco padre.
El cuarto largometraje como cineasta del actor hollywoodizado Luna es un lamentable fracaso. Y subrayo el adjetivo lamentable porque el filme tiene sus virtudes: una dirección ágil y funcional de Luna y, por supuesto, la presencia del injustamente relegado Danny Glover en su primer papel protagónico en muchos años. Por desgracia, en el guion firmado por Augusto Mendoza y el propio Luna no pasa gran cosa: la road-movie padre-hija (y humano-cerdo) no resulta particularmente memorable, aunque hay que aceptar que se deja ver sin mayor problema hasta el final. (*)

martes, 19 de julio de 2016

Buscando a Dory



En el título, Buscando a Dory (Finding Dory, EU, 2016) lleva el pecado de origen: la ausencia de originalidad. El décimo-séptimo largometraje de la casa Pixar parte de una premisa idéntica a la de la obra maestra Buscando a Nemo (Stanton y Unkrich, 2003). Si en el quinto largometraje de Pixar el pez payaso Marlin atravesaba el océano para encontrar a su pequeño hijo con aletita cucha Nemo, acompañado por la desmemoriada y solovina pez cirujano Dory, esta vez el gerundio “buscando” se refiere a Dory, que es procurada ahora por Marlin y Nemo.
En efecto, poco después del re-encuentro de Marlin (voz de Albert Brooks) y Nemo (voz de Hayden Rolence), vemos a Dory (voz de Ellen DeGeneres) viviendo felizmente con padre e hijo payasos en el bellísimo vecindario marítimo del primer filme. Sin embargo, a Dory le sigue faltando algo: su verdadera familia. De hecho, si se recuerda Buscando a Nemo, en el momento en el que Dory se encuentra con Marlin está el origen de esta secuela: “Mi nombre es Dory y sufro de pérdida de memoria a corto plazo. Lo saqué de mi familia, creo… Por ciento, ¿dónde estará?”.
Así pues, decidida a encontrar a sus papás –y ayudada por muy oportunos flashbacks que le brindarán pistas claves del lugar de donde nació-, Dory atravesará el océano de nuevo, esta vez desde Australia hacia California, acompañada por Marlin y Nemo, y cuando ella se pierda –porque eso es lo que sabe hacer: perderse-, los peces payasos la buscarán desesperadamente mientras Dory trata de encontrar a sus progenitores.
El planteamiento es pobre –o, en todo caso, ya visto- y la primera parte no es particularmente afortunada. Sin embargo, cuando nuestros peces protagonistas llegan a su destino, al Instituto de Vida Marítima en Morro Bay, California, lugar en donde nació Dory y donde aún permanecen sus padres, Charlie y Jenny (voces de Eugene Levy y Diane Keaton, respectivamente), el argumento del director Andrew Stanton cobra vida. No solo porque hay nuevos personajes tan ingeniosos como divertidos –un pulpo gruñón y neurasténico llamado Hank (voz de Ed O’Neill), un par de leones marinos huevones (voces de Idris Elba y Dominic West), un colimbo bizco, Becky, al que Marlin hipnotiza con la mirada-, sino porque los obstáculos que van enfrentando nuestros héroes van aumentando progresivamente, a tal grado que llega un momento que el delirio visual y narrativo se apodera por completo de la cinta. ¿Recuerda usted el emocionante final griffithiano de Toy Story (Lasseters, 1995)? Bueno, el desenlace in extremis de Buscando a Dory está en el mismo tono, solo que con mayor cantidad de gags.
En cuanto al discurso moral del filme, está en una veta similar –aunque más extendida- al de Buscando a Nemo: si el centro moral de la cinta de 2003 era la difícil relación de un sobreprotector padre viudo y su tenaz hijito discapacitado, en Buscando a Dory el planteamiento de Stanton es que la vida en el mar –aunque sospecho que también en tierra firme- está llena de complicaciones, de peligros y, en el mejor de los casos, regida por el más caprichoso azar. Por lo mismo, no queda más aferrarse a la familia: a la que uno le tocó y a la que uno ha elegido. Al final, Dory ha recobrado a su familia. El mar y la vida lucen mejor. 

domingo, 17 de julio de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXXIX



Miedo profundo (The Shallows, EU, 2016), de Jaume Collet-Serra. Blake Lively en bikini, encaramada en una roca en alguna playa mexicana -bueno, en realidad es australiana, pero no importa. Una gaviota con la alita cucha (“Steven Seagull”) le hace compañía. Un enorme tiburón hace la ronda a la muchacha para merendársela. Y toda la película no llega a la hora y media de duración. Ah, y Blake Lively sale todo el tiempo en bikini. (¿Ya lo había escrito?). Un entretenido bikinazo... digo, palomazo. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

Buscando a Dory (Finding Dory, EU, 2016), de Andrew Stanton y Angus MacLane. El décimo-séptimo largometraje de Pixar no será el más original de todos -es Buscando a Nemo (Stanton y Unkrich, 2003) otra vez- pero su segunda parte es progresivamente delirante y nos presenta algunos nuevos personajes muy ingeniosos. Vamos, es una secuela que no es mejor que la cinta original, pero tampoco la desmerece demasiado. Mi crítica in extenso próximamente en este blog. (** 1/2)

viernes, 15 de julio de 2016

36 Foro de la Cineteca: Te prometo anarquía



Presentada en competencia en Morelia 2015, en donde obtuvo apenas -caprichos del mariachesco jurado oficial- una mención honorífica, pero ganadora doble en Los Cabos 2015 -Mejor película y premio FIPRESCI-, Te Prometo Anarquía (México-Alemania, 2015), quinto largometraje del guatemalteco nacido en Estados Unidos Julio Hernández Cordón abre hoy el 36 Foro de la Cineteca Nacional.
Hernández nos presenta, en su mejor película hasta el momento, la compleja relación de amistad, complicidad y amor de dos skaters chilangos, Miguel y Johnny (Diego Calva Hernández y Eduardo Eliseo Martínez), quienes tienen no solo amplias diferencias sociales -la mamá de Johnny trabaja en la casa de Miguel- sino también sexuales -Johnny conserva una novia, ante la mirada celosa de Miguel. 
De todas formas, el negocio que tienen ellos va bien: a mil pesos por cabeza, se encargan de conseguir "vacas" -es decir, skaters, vagos, empleados, niños de la calle, ninis- que donan sangre a los narcos. Así pues, más allá de las diferencias ya anotadas, sociales y sexuales, todo va viento en popa para esta pareja dispareja hasta que, por supuesto, algo sale mal. Esto provocará la separación de Miguel y Johnny.
Hernández se aleja del tremendismo, el jodidismo y la violencia explícita -algo no tan sencillo tratándose del tema que toca- y tanto su puesta en imágenes -cámara de María Secco- como su selección musical y el trabajo de sus dos actores principales logran transmitir de manera genuina el amor entre Miguel y Johnny y, posteriormente, el dolor de la pérdida. 
No estoy tan convencido de la última parte de la cinta ni del McGuffin con el que se justifica la separación entre ellos, pero son objeciones menores ante una película notable que merece la revisión del cinéfilo nacional y en pantalla grande. 

martes, 12 de julio de 2016

Dos tipos peligrosos



Los Ángeles, 1977. El golpeador detective sin licencia Jackson Healy (Russell Crowe, botijón) llega a la casa de otro detective privado, pero con licencia, Holland March (Ryan Gosling), le da un puñetazo en la cara, le advierte que deje de seguir a una jovencita llamada Amelia (Margaret Qualley, de The Leftovers) y, para amarrar el mensaje, le rompe un hueso de la muñeca. Eso no evitará que unos cuantos días después, Healy y March unan fuerzas para encontrar a la tal Amelia, por razones que son demasiado enredosas para anotar aquí. En todo caso, Dos tipos peligrosos (The Nice Guys, EU, 2016) es el tipo de películas cuya trama es lo que importa menos.
Por la sinopsis escrita, los personajes protagónicos, la época y el lugar, usted ya lo habrá adivinado: el tercer largometraje del veterano guionista y ocasional cineasta Shane Black (guiones de Arma mortal/Donner/1987, El escuadrón anti-monstruos/Dekker/1987, El último gran héroe/McTiernan/1993 y Memoria Explosiva/Harlin/1996, entre otros; cintas dirigidas y escritas: la ingeniosa Entre besos y tiros/2005 y la rutinaria Iron Man 3/2013) es un film-noir angelino con todas las de la ley. Es decir, trama laberíntica, muertitos al por mayor, una muchacha en peligro que aparece y desaparece a voluntad, relaciones familiares rotas que son el origen de todo el relajo y, por supuesto, tratándose de Los Ángeles, corrupción en las más altas esferas del poder político y financiero, cual si se tratara del México del 2016.
La novedad es que esta vez no contamos con un solitario detective como protagonista sino que son dos y, que, además, uno de ellos –el torpe alcoholicazo March- es un padre viudo que tiene una precoz hijita de 13 años, Holly (Angourie Rice, el descubrimiento del año), que funge como la conciencia ambulante de la pareja dispareja formada por su papá y su tío adoptado Healy.
Dos tipos peligrosos inicia con un prólogo delirante, digno de Buñuel –una actriz porno muere semidesnuda frente a un adolescente que momentos antes estaba viendo su fotografía en una revista de encueradas-, para luego estacionarse en terrenos más convencionales: la de una historia hard-boiled en la que un par de tipos –voz en off de por medio, but of course- se presentan ante nosotros como los típicos héroes chandlerianos: solitarios, fracasados, cínicos pero, en el fondo, vulnerables y hasta más o menos decentes.
Por supuesto, como el filme es más que nada una comedia, la tipificación de Haley y March servirá como base para las rutinas más afortunadas de la película, concentradas en la misma pareja protagónica: las innumerables torpezas, caídas y dengues de Gosling (¿quién podría haber adivinado que Gosling era tan bueno hasta para chillar capulinescamente?) y las reacciones exasperadas de Crowe, cual Oliver Hardy más serio, sensato y rudo.
Dos tipos peligrosos tiene alguno que otro pecado –una duración que, cercana a las dos horas, se antoja excesiva, por ejemplo- pero todos ellos resultan ser menores. El cinéfilo más experimentado podrá entretenerse identificando homenajes y referencias de todo tipo -desde El gran sueño (Hawks, 1946) hasta Los Ángeles al desnudo (Hanson, 1997) pasando por el clásico de clásicos Barrio chino (Polanski, 1974)-, mientras que los más jóvenes podrán divertirse con las violentas y bien ejecutadas escenas de acción y con las rutinas slapstick de un Ryan Gosling liberado, por fin, de posar para Nicholas Winding Refn. 

lunes, 11 de julio de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXXVIII



El exorcismo de Anna Waters (The Offering, EU-Singapur, 2014), de Kelvin Tong. Un popurrí de referencias de cine de horror torpemente enlazadas en una historia derivativa hasta el exceso. Bostezante. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (+)

Dos tipos peligrosos (The Nice Guys, EU, 2016), de Shane Black. Una sólida buddy-movie policial que tiene como escenario una trama noir ubicada en el corrupto y contaminado Los Ángeles de 1977. Russell Crowe y Ryan Gosling se lucen en sus respectivos papeles de rudos detectives privados, pero el auténtico descubrimiento es la adolescente australiana Angourice Rice, que interpreta a la precoz hijita de Gosling. Mi crítica in extenso, mañana en este blog. (**)

lunes, 4 de julio de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXXVII





Más fuerte que las bombas (Louder than bombs, Noruega-Francia-Dinamarca-EU, 2015), de Joachim Trier. El tercer largometraje del noruego Trier -el primero realizado en inglés- está claramente ligado a su obra anterior, tanto por el tema central -la depresión, el suicidio- como por su elusivo/alusivo estilo narrativo, una suerte de equivalente de la corriente de la conciencia llevada al cine. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

El pequeño Quinquin (P'tit Quinquin, Francia, 2014), de Bruno Dumont. Esta miniserie -exhibida en la Cineteca Nacional de golpe, como si se trata de una cinta- es un disparejo y excéntrico policial que también funciona como una suerte de comedia de costumbres. Nunca funciona por completo, pero también es cierto que nunca deja de ser interesante. En fin, yo que sé: fue elegida por los críticos de Cahiers du Cinéma como la mejor cinta de 2014. (* 3/4)

En la sangre (México, 2015), de Jimena Montemayor Loyo. La opera prima de la egresada del CCC Montemayor es un meritorio drama en tono menor en el que somos testigos de un triángulo amoroso entre dos hermanos y una mujer, la novia de uno de ellos. Tomás (Juan Pablo Campa) y Nadia (Camila Selser) forman la pareja inicial, que se tambalea cuando regresa del extranjero Mateo (Pablo de Tavira), el hermano de Tomás. El buen manejo del encuadre -cambios de foco, uso clave de espejos en algunas escenas- de parte del cinefotógrafo Santiago Sánchez es lo más notable de un ejercicio que tiene otra pequeña virtud: la brevedad. (* 1/2)

El último turno (Last Shift, EU, 2014), de Anthony DiBlasi. El cuarto largometraje del especialista DiBlasi es un sólido filme de horror que retoma una muy venerable premisa -la del agente de la ley encerrado en una comisaría, como en el clásico Río Bravo (Hawks, 1959) y su remake de culto Masacre en la crujía 13 (Carpenter, 1973)-, solo que en esta ocasión quienes rodean a nuestro protagonista -una novata agente de la ley en su primer chamba en la policía- no son pistoleros ni pandilleros, sino fantasmas.
La joven Jess Loren (Juliana Harkavy, muy bien) tiene su primera asignación en la policía de Sanford: hacerse cargo de la vieja comisaría en el turno de la noche -el último turno del título-, antes de que el edificio sea completamente abandonado. El viejo sargento Cohen (Hank Stone) le da las llaves a la novata, le dice que no debe tener ningún problema -todas las llamadas de emergencia han sido desviadas a la nueva comisaría- y que la única responsabilidad que tiene es no quedarse dormida, cuidar el changarro y esperar a los empleados de la oficina del forense que tienen que venir en algún momento de la madrugada a recoger algunas bolsas de evidencia que todavía quedan por ahí. Se trata de una tarea para un guardia de seguridad, no para una policía graduada, pero como bien le dice el sargento a la muchacha: el condado no tiene dinero para contratar guardias teniendo tantos cuicos en la nomina.
Así pues, Jess queda completamente sola en la comisaría abandonada, con un teléfono funcionando y su manual de la policía como único material de lectura. Todo va bien hasta que, de la nada, aparece un vagabundo orinando dentro de la comisaría. Nada del otro mundo. Pero, luego, se escuchan ruido extraños; después, se empiezan a abrir armarios a voluntad; más al rato, unas sillas se mueven de un lado para el otro. Ah, y hay apariciones. Y, para rizar el rizo, suena el teléfono y una muchacha, llorando, le pide ayuda: alguien la tiene secuestrada y la quiere matar. 
DiBlasi crea un genuino ambiente de horror con la menor cantidad de elementos posibles: una sola actriz la mayor parte del tiempo, un eficaz manejo del encuadre y del montaje, un espléndido diseño sonoro y una historia que si bien no tiene demasiadas novedades, está espléndidamente ejecutada. Además, presume una vuelta de tuerca final que juega con todo lo que hemos visto hasta el momento: ¿se trata de una película de fantasmas psicópatas, parientes de Charles Manson, o será que El último turno es otra versión más, corregida, aumentada y ensangrentada de Repulsión (Polanski, 1965)? (***)