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lunes, 29 de junio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCIV




La Noche del Demonio 3 (Insidious: Chapter 3, Canadá-EU, 2015), de Leigh Whannell. La tercera cinta de la saga Insidious es una sosa precuela que desvela el momento en el que la psíquica Elise Rainier (Lin Shaye) conoció a sus dos chalanes cazafantasmas de las dos primeras cintas. Torpe y derivativa cinta de horror que, de todas formas, revisando la taquilla mundial, provocará la realización de una cuarta parte. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Muros (México-Alemania-Irlanda-Israel-EU-Sahara Occidental, 2014), de Gregorio Rocha. Presentada en el pasado FICUNAM 2015, este documental del veterano especialista Rocha ha llegado a la Cineteca Nacional este fin de semana. 
La voz en off sobre-explicativa del propio Rocha le aclara a su "pequeño chimpance" -o sea, a su hijo- que, con el fin de huir de sus demonios, ha decidido recorrer el mundo, "muy lejos de ti, más cerca de mí". La confesión ego(t)ista se ilustra en este curioso egotrip que inicia, a saber por qué, en la capilla de Malverde en Culiacán y de ahí sigue por Sonora, Berlín, Israel, Belfast, Arizona, Argelia y los campamentos en los que sobrevive el pueblo saharauí. 
En todos estos lugares hay o ha habido muros que separan a ssitemas políticos, culturas, religiones. También hay muros fraternales -el que persiste entre Rocha y su hermano, que vive en Israel- y otros que separan a una misma población, como el muro "elástico" que hace la vida imposible de los palestinos en los territorios ocupados o la frontera que separa los territorios que son -o fueron- de los indios o'otham de Sonora y Arizona.
El documental está competentemente realizado y la edición del propio Rocha termina fusionando de forma hasta elegante los espacios más alejados -el desierto del Sahara con el desierto de Sonora, por ejemplo-, pero como dice el propio cineasta, voz en off de por medio, en algún momento de lucidez: ¿servirá de algo este documental? 
Digamos que a nivel informativo, sí. No hay mucho que Rocha pueda agregar sobre temas harto conocidos -el conflicto palestino, la tragedia saharauí- aunque debo confesar que no tenía mucha idea de que los o'otham (o pápagos) estuvieran divididos por la frontera méxico-americana. Algo es algo: viendo Muros por lo menos eso aprendí.

Pride: Orgullo y Esperanza (Pride, EU-Francia, 2014), de Matthew Warchus. Sin querer, el estreno de esta comedia social y militante no pudo haber sido más oportuno. Se trata del recuento de un episodio histórico y real cuando, en plena huelga minera de mediados de los 80, los movimientos lésbico-gays se unieron a los sindicatos mineros en la Gran Bretaña de la señora Tatcher. Mi crítica, in extenso, por acá.

Alas de Libertad (Bird People, Francia, 2014), de Pascal Ferran. El cuarto largometraje de Ferran (cinta anterior más conocida, Lady Chatterley/2006, no vista por mí) es una completa extravagancia que, aunque no es del todo lograda, es probable que se quede en la memoria más tiempo que otros filmes mucho más "redondos" o "acabados".
Divido en dos segmentos, más un prólogo y un epílogo, el guion original escrito por el propio Ferran y Guillaume Bréaud nos muestra una floja primera parte, titulada "Gary" en la que un empresario gringo llamado Gary Newman (Josh Charles) llega al aeropuerto Charles de Gaulle de París, se hospeda en el hotel Hilton del propio aeropuerto, va a una junta de trabajo y está listo para volar a Dubai al día siguiente. Sin embargo, sin que venga a cuento, acaso provocado por el desvelo por el jet-lag, decide cambiar radicalmente de vida y dejar todo atrás. No vuela a Dubai, renuncia a su trabajo, vende su parte de la empresa y, de pasada, abandona a su mujer (Rahda Mitchell), a sus hijos y a su estilo de vida.
La segunda sección, "Audrey", está centrada en la jovencita del título (Anaïs Demoustier, encantadora), una mucama del mismo hotel Hilton en el que se hospeda Gary. Conocemos a la muchacha desde el prólogo cuando, en un monólogo interno, está sacando cuentas del tiempo que pasa en el transporte público cada semana (10 horas, lo que para un chilango común y corriente no son tantas, la verdad). Luego sabemos, plática telefónica con su papá de por medio, que acaba de cortar con su novio, que finge que sigue estudiando -en realidad, dejó la Universidad- y que trabaja como camarera, acaso porque no encontró otro empleo, aunque es obvio que la chamba no le molesta: la muchacha está atenta a todo lo que pasa a su alrededor, dispuesta a atestiguar una plática comprometedora, curiosa por lo que los huéspedes dejan en cada cuarto. Sin embargo, en cierta noche que le toca limpiar un auténtico mugrero en una suite, Audrey sube a la azotea, deseando cambiar su vida. Y, en efecto, la cambia, incluso más radicalmente que Gary.
No apuntaré la manera en la que Audrey cambia su existencia porque el éxito de la cinta recae en la fuerza de la misma sorpresa y de su ejecución fílmica. Toda la película, de hecho, cambia a raíz del episodio de Audrey. No remedia los problemas de la primera parte, pero sí logra que los dejemos pasar. En esta segunda sección, Ferran cuenta, por cierto, con un extraordinario trabajo de efectos digitales que logra que olvidemos que lo que estamos viendo no es posible, por más que se vea tan real. Es un triunfo técnico de la casa francesa de efectos visuales BUF, pero también es un logro fílmico y narrativo de Ferran que, logra salvar del olvido a esta película a partir de su segunda hora. 

sábado, 27 de junio de 2015

Pride: Orgullo y Esperanza



Hay en el cine británico una rica fórmula de la comedia a la que podríamos etiquetar como "comedia obrera-militante-(y a veces)-casi-musical". Aunque los orígenes del cine británico progresista y de izquierdas podríamos trazarlos en la obra de Ken Loach, la realidad es que el boom de este tipo de comedias inicia con el éxito económico mundial de Todo o Nada: el Full Monty (Cattaneo, 1997) -en la que unos obreros desempleados se desnudan para conseguir lana-, aunque antes ya se había realizado la también notable Tocando al Viento (Herman, 1996), sobre una banda de música de viento conformada por mineros del interior de Yorkshire.
Después de esas dos películas, que colocaban a sus populares/populistas personajes enfrentados al conservadurismo de hierro de la señora Tatcher y de su detestable descendencia, el ciclo ha continuado en este siglo con Billy Elliot (Daldry, 2000) -sobre un niño bailarín que busca salir de un pequeño pueblo minero en plena huelga de mediados de los 80-, Chicas de Calendario (Cole, 2003) -sobre unas doñas de algún lugar de Yorkshire que se desnudaron para hacer un calendario y ayudar al departamento de oncología del hospital local- o Mujeres Exitosas (Cole, 2010) -sobre la lucha de unas obreras de la Ford Motor Company por la igualdad salarial en la Inglaterra de los años 60.
De esta estirpe forma parte Pride: Orgullo y Esperanza (Pride, EU-Francia, 2014), apenas segundo largometraje del director teatral Matthew Warchus, sobre un guion de Stephen Beresford que esperó más de una década para ser producido.
Pride inicia con la Marcha de Orgullo Gay en el Londres de junio de 1984, cuando la huelga minera estaba por iniciar y finaliza un año después, en junio de 1985, con una marcha gay similar a la que se la ha unido un enorme contingente inesperado. Sin embargo, a pesar de estas escenas con las que abre y cierra el filme y con todo y que el título parece indicarlo, Pride no es un filme sobre la lucha de los derechos de lesbianas y gays, sino algo más interesante y, me atrevo a apuntar, más valioso: la crónica del nacimiento de una genuina solidaridad entre contrarios que, al final de cuentas, no eran tan contrarios.
Basada en hechos y personajes reales -el núcleo de activistas gays y mineros galeses existieron y algunos de ellos siguen vivos y dando lata-, he aquí que el inquieto jovencito gay Mark Ashton (Ben Schnetzer) se da cuenta que en la Inglaterra de 1984 hay otra comunidad igual de vilipendiada, reprimida, perseguida y demonizada que la homosexual: la formada por los trabajadores mineros. En efecto, con la señora Tatcher en el número 10 de Downing Street, la policía ha dejado en paz a los gays, porque hay un "enemigo interior" más peligroso: esos revoltosos mineros de todo el país que tratan de resistir las reformas neoliberales de la Dama de Hierro. Así pues, ya que el enemigo de mi enemigo mi amigo será, Mark forma el grupo Lesbianas y Gay en Apoyo de los Mineros, recolecta dinero para la causa y luego elige un pueblo al azar -Onllwyn, en el Valle de Dulais, en Gales- para ir a entregar la lana.
El resto del filme es la crónica del encuentro entre dos grupos tan disímbolos -los extrovertidos gays londinenes y los reservados mineros galeses-, que pasa de la tolerancia (acepto la donación del dinero y te invito una chela, pero no quiero sentarme contigo a platicar) a la curiosidad (la doñita galesa que quiere saber si es cierto que todas las lesbianas son también ¡horror! vegetarianas) y de ahí a la solidaridad más firme, porque en el conservadurismo rampante de la Gran Bretaña de los 80, da lo mismo ser obrero, minero u homosexual, pues en todos estos casos el sistema está preparado para joderte si no luchas por lo que consideras justo.
El discurso político es tan obvio como parece y la realización del director Warchus no es más que funcional, pero la cinta se sostiene por un reparto impecable -¿hay manera de que gente como Bill Nighy o Imelda Staunton haga algo mal?- y un regocijante tono ligero que coquetea una y otra vez con el cine musical -el exultante baile del desatado gay Jonathan (Dominic West, el extrañado McNulty de The Wire), la inevitable banda sonora setentera/ochentera con "Shame Shame Shame", "Karma Chamaleon", "Relax" y otras más-, sin dejar de lado el objetivo central del filme: mostrar que el activismo solidario, bien planeado, bien ejecutado, puede dar resultados importantes. Que más allá del egoísmo, del cinismo y de los prejuicios, es posible estrechar la mano del diferente, del distinto, para terminar descubriendo que no era tan diferente como se había pensado.
En la crítica que escribió David Denby en The New Yorker, en septiembre del año pasado, el crítico retirado anotaba sagazmente un detalle significativo, acaso paradójico: desde 1985, fecha en la que mineros y gays se unieron en aquella marcha histórica, la comunidad homosexual ha ido ganando terreno año tras año en todo el mundo -las recientes decisiones de las Supremas Cortes mexicanas y estadounidenses sobre el matrimonio son clara evidencia de ello-, no así el movimiento obrero que, desde esa década, ha ido perdiendo no solo influencia política sino que se ha ido depauperando cada vez más.
¿A qué se deberá esto? ¿Será que, al final de cuentas, la comunidad gay, urbana, educada, sofisticada, ha terminado formado parte de la élite, a diferencia de los obreros que siguen pobres, reprimidos y mal educados? ¿Será que las diferencias de clase siguen siendo las más difíciles de vencer?

martes, 23 de junio de 2015

Pídala Cantando/LXIII




El lector y comentarista habitual de este blog, Christian Guisa, me ha pedido rescatar un texto que se encontraba en el extinto sitio cinevertigo.com. Esta crítica de El Ladrón de Orquídeas fue escrita hace más de dos lustros. 


El inclasificable dúo de la genial ¿Quieres Ser John Malkovich? (1999), el director Spike Jonze y el guionista Charlie Kauffman, volvió con El Ladrón de Orquídeas (Adaptation, EU, 2002), una desconcertante comedia sobre un guionista que no puede escribir la adaptación de un best-seller que, de por sí, es imposible de llevar a la pantalla. La segunda película dirigida por el exmarido de Sofia Coppola es muchas cosas a la vez: meditación sobre la dificultad de hacer arte en el seno del monstruo comercial hollywoodense, reflexión sobre la pasión (o falta de ella) que puede dirigir nuestras vidas, burla fílmica que no deja títere con cabeza (empezando por la gente que la hizo) y, last but nos least, un cruel juego genérico que termina haciendo (de manera consciente, por supuesto) todo aquello que critica.
La referencia obvia de El Ladrón de Orquídeas es, todo mundo lo ha dicho, la obra maestra de Fellini 8 ½ (1963). Sin embargo, aunque la cinta de Jonze/Kauffman se sostiene bien en la comparación con el clásico fellinesco, en realidad estamos ante OTRA clase de animal, infectado por el delirio autorrefencial del postmodernismo y sofocado en más de una ocasión por las innumerables ideas que luchan una contra otra a lo largo de las dos horas de duración del filme. Hay también otra notable diferencia: 8 ½  es una historia de amor al cine a través de una trama que sigue a un famoso director que no sabe cómo hacer si siguiente película, mientras en El Ladrón… vemos al guionista Charlie Kauffman (Nicholas Cage) angustiado por su imposibilidad de adaptar un libro a la pantalla grande, todo ello en una trama que NO es una historia de amor al séptimo arte sino una brutal sátira del mismo (sátira que, además, raya en la misantropía y el masoquismo). Lo increíble es que Jonze y Kauffman se salen con la suya: hacen el pastel, lo adornan, se comen ellos solos una parte y el resto se lo estrellan en la cara a todo el que se deje. Y encima los nominan al Oscar y ganan en Berlín.
Charlie Kauffman está en líos: es corrido del set de ¿Quieres Ser John Malkovich?, no puede avanzar en su adaptación del libro El Ladrón de Orquídeas de Susan Orlean (Meryl Streep), su hermano gemelo bueno-para-nada Donald (otra vez Cage) resulta ser mejor guionista que él y, para acabarla, empieza a sentirse atraído por Susan, quien a su vez parece estar interesada en el protagonista del libro que ella escribió, John Laroche (el oscareado Chris Cooper), un excéntrico tipo desdentado que le da por robar orquídeas en los pantanos de Florida.
No pretendo ni siquiera tratar de contarle de qué trata la película. Baste decir que, a diferencia de lo que le dice Charlie a una productora hollywoodense (“no quiero escribir nada que tenga violencia, sexo ni drogas”), El Ladrón de Orquídeas está llena de eso (violencia, sexo y drogas), además de traumas personales, adulterio, balazos, persecuciones en los manglares, una docta explicación sobre darwinismo, caimanes hambrientos y… bueno, hasta la inhalación de polvo de orquídeas como si fuera cocaína. Para cuando llegamos a este punto (me refiero a la susodicha inhalación de polvo de orquídeas), la historia no tiene ya pies ni cabeza y sale desbocada cual burro sin mecate .
Es evidente que Jonze y Kauffman lo hicieron todo con toda la intención de molestar y vaya que lo logran: uno termina mitad asombrado, mitad molesto por la osadía del par de provocadores profesionales. ¿Acaba uno de ver una gran película o un gran timo cinematográfico? No lo sé. Mejor déjeme anotarlo de esta manera: estamos ante un gran timo que, por lo mismo, resulta ser una gran película. ¿O era al revés? Déjeme llegarle al polvo de orquídeas y luego termino de explicarle.

lunes, 22 de junio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCIII



Intensa-Mente (Inside Out, EU, 2015), de Pete Docter y Ronaldo del Carmen. ¿La mejor cinta de Pixar? Para mí, no: queda lejos, a media tabla, pero esa posición es suficiente para que seguramente quede en mi lista personal de lo mejor del 2015. Mi crítica, acá. 

Sombra Blanca (White Shadow, Tanzania-Alemania-Italia, 2013), de Noaz Deshe. El segundo largometraje -primero de ficción- del israelí Deshe es una obra dispareja pero siempre interesante, entre el lirismo y la denuncia. La historia está centrada en un jovencito albino en Tanzania, cuyo vida peligra pues en esa parte de África existe la creencia de que el corazón o las manos de los albinos dan fuerza, poder, dinero. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

Los Invencibles (Les Invincibles, Francia, 2013), de Frédéric Berthe. El quinto largometraje del director de comedias y realizador televisivo Berthe es una amable cinta que critica el racismo francés y empuja por la tolerancia a través de una elemental historia deportiva. 
El cuarentón de origen argelino Momo (Atmen Kelif) no tiene mayor oficio ni beneficio que jugar muy bien a la petanca, un antiquísimo jueguito europeo en el que los participantes lanzan unas bola de fierro a una pequeña cancha rectangular en donde se encuentra una pequeña bola de madera. Hasta donde entendí, el juego lo gana quien logra alejar, a bolazo limpio, las pelotas del contrario.
Estoy seguro que la petanca ha de ser muy emocionante jugarlo, pero cinematográficamente hablando, esa disciplina no da para mucho. Por lo menos no en manos del director Berthe, un cineasta que apenas podría calificarse como un artesano muy elemental.
Si la cinta aguanta el palomazo de fin de semana, se debe en gran medida a su buen reparto, dominado por la enorme -en más de un sentido- figura de Gérard Depardieu en el papel de Jacky, el amigo/entrenador de Momo. Por lo demás, el guion -que fue desarrollado a partir de una idea original del propio protagonista, monsieur Kelif- está lleno de estereotipos y vueltas de tuerca la mar de previsibles. 

sábado, 20 de junio de 2015

Intensa-Mente



Es probable que Intensa-Mente (Inside Out, EU, 2015) tenga la historia más simple entre los 15 largometrajes que ha realizado hasta el momento la casa Pixar. El argumento, escrito por los co-directores Pete Docter (co-realizador de Monsters Inc./2001 y Up: una Aventura de Altura/2009) y el debutante Ronaldo Del Carmen, puede resumirse así: una niña que acaba de mudarse a San Francisco, se siente deprimida y decide regresar a la ciudad de donde vino, en algún lugar de Minnesota, pero se arrepiente en el último instante y corre a refugiarse a los brazos de sus padres.
Usted estará de acuerdo que difícilmente se trata de una historia particularmente emocionante ni, mucho menos, original. La clave está en que lo que describí es la mera cáscara narrativa, pues el corazón de la película está en otra parte: en el interior de la cabeza de la protagonista, la niña de 11 años Riley (voz de Kaitlyn Dias). Ahí, en el interior de la chamaca, sus cinco emociones -Alegría (voz de Amy Poehler), Tristeza (voz de Phyllis Smith), Temor (voz de Bill Hader), Desagrado (voz de Mindy Kaling) y Furia (voz de Lewis Black)- colaboran y compiten por lo que ella piensa, siente, dice y hace. Por su personalidad, pues. Por lo que ella se va a convertir ahora que está a punto de entrar en la adolescencia.
Aunque esta premisa de ver cómo funciona nuestro cerebro no es tan original como parece -ya la vimos, aunque en un tono muy distinto y en un contexto muy diferente, en el último segmento de Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo, pero temía preguntar (Allen, 1972)-, lo cierto es que la ejecución de Docter y Del Carmen elevan la idea a alturas cómico-dramático-alegóricas inesperadas. 
Y es que más allá del planteamiento clásico pero efectivo de la buddy-movie tradicional -Alegría y Tristeza tienen que hacer equipo, como antes lo hicieron Woody y Buzz, para buscar lo mejor para Riley-, más allá de las hilarantes e infaltables referencias cinefílicas/culteranas -el Centro de los Sueños como estudio de cine industrial, el Subconsciente en el que duerme un enorme payaso terrorífico, el cotorro guiño a Chinatown (Polanski, 1974), la escena en la que los personajes se transforman en dibujos cubistas ("¡Ya no somos figurativos!")-, y más allá de las varias puntadas desternillantes -el rolling-gag del baboso jingle que los chalanes de la memoria colocan una y otra vez en la mente de la niña-, más allá de todo lo anterior, pues, descansa una subversiva idea central: que no es posible vivir sin tristeza. Que aceptar la tristeza es, de hecho, crecer. Y que eso, precisamente, es lo que significa madurar. Dejar la niñez duele pero hay que hacerlo, aunque en el camino haya que olvidar, por ejemplo, a algún entrañable amigo imaginario. 
La animación, con los contornos de los personajes disolviéndose en las orillas, subrayan este mismo concepto: las emociones son complejas, inasibles, difíciles de contener, de definir, de encajonar, y más cuando se tiene 11 años. Aunque, a decir verdad, cuando Docter y Del Carmen nos permiten acceder a la mente de los adultos -la mamá, el papá, la maestra, etcétera- tampoco parecen mucho más centrados que Riley. 
Ni modo: de eso se trata ser seres humanos. Nuestras mentes son un auténtico desmadre. Pero, en manos de los genios de Pixar, por lo menos somos un desmadre fascinante.

jueves, 18 de junio de 2015

Pixarómetro



Antes de ver IntensaMente (Docter y Del Carmen, 2015), décimo-quinto largometraje de Pixar, anuncié por twitter que elaboraría mi top-10 del estudio, en orden de preferencia. Ni tardo ni perezoso, mi colega Erick Estrada de Cinegarage, me propuso intercambiar el susodicho decálogo. 


Así pues, va el Pixarómetro de Erick, como sigue:




1.- Toy Story (1995). No solamente por el peso histórico que adquiere cada vez que se estrena una película de Pixar (esta fue la primera y al mismo tiempo una película redonda), sino porque en su historia y la manera de contarla hacen homenaje pleno al cine y muchas de sus figuras sobresalientes.

2.- Ratatouille (2007). No solamente es una película cálida y para la que se desarrollaron distintos softwares que reflejaran texturas y colores de la comida, sino que Pixar demostró que no es necesario “humanizar” personajes animales para hacerlos cercanos a nosotros. Todo se hizo a través del guión que es, además, perfecto.

3.- WALL*E (2008). Pixar no le tiene miedo a la oscuridad. Solamente necesita darle un sentido, dibujar bien la idea. Esta aventura de ciencia ficción es la prueba y por si fuera poco, retoman de nuevo influencias cinéfilas tan poderosas como Buster Keaton y Chaplin para generar a uno de sus personajes, probablemente, menos comprendidos.

4. Monsters Inc. (2001). Nadie sabía de qué iba la película hasta que estrenó. El final dejó boquiabiertos a quienes en ese momento se consideraban buenos guionistas. El pelo (humano o animal) jamás había sido recreado de esta forma y casi nadie se dio cuenta que se trataba de una “historia alternativa” de Woody y Buzz Lightyear.

5.- Valiente (2012). Otra historia incomprendida de Pixar pero que impulsó antes que muchas el discurso femenino en las películas animadas. Disney lo hizo antes, pero los niveles de discurso y animación de esta son únicos.

6.- Toy Story 3 (2010). Dejó ahora sí clarísimo que si bien las historias de Pixar reciben aceptación absoluta de parte de los niños no necesariamente están dirigidas a ellos. Ese casi final con la probable muerte de los personajes elevó las ventas de marcapasos una vez terminada la película.

7.-Los increíbles (2004). Homenaje movidísimo y divertido al cine de acción, a los superhéroes, a la comedia familiar, al cine de entretenimiento y al espíritu Pixar: no tienes que contar historias realistas, necesitas que tu historia sea creíble.

8.- Buscando a Nemo (2003). Adiós a los mundos bajo del mar de Disney. Aquí hay una aventura casi de water-road movie que no solamente habla de familias no tradicionales (el padre de Nemo es padre soltero), sino que además lo hace sin ganas de darnos lecciones de nada.

9.- Bichos (1998). Los siete magníficos en miniatura sin llantos gratuitos, ni lecciones de vida, ni sermones eternos sobre el trabajo en equipo o algo parecido. Los softwares diseñados para esta película beneficiaron enormemente a las siguientes y además la versión en inglés es sublime.


10.- Up (2009). Nada en contra de ella pues resulta incluso poética. Lo que desencancha es una segunda parte que va de la pachequez al sinsentido. Como que pierde mucha de la carne que tan bien estaba cocinando en un principio.



Y el mío, por acá. A notar que coincidimos en 9 de los 10 títulos, aunque el orden sea diferente. Eso sí, en el primer lugar, no hay diferencia alguna. Ni en el décimo, curiosamente.



1. Toy Story (1995). La interacción entre Woody y Buzz va más allá de la añeja fórmula de la pareja/dispareja: estamos ante el desencuentro entre un anacrónico vaquero de juguete y un presuntuoso juguete espacial. Entre el pasado y el futuro -que ya era presente- del cine animado. 

2. Toy Story 2 (1999). ¿Segundas partes nunca fueron buenas? Algunos dirán que en el caso de Pixar, son mejores. Las aventuras son más emocionantes y los personajes demandan de nosotros más atención y emotividad.

3. Toy Story 3 (2010). Hay una escena en Toy Story 3 en la que parece que todos los juguetes sucumbirán quemados. El hecho de que, aunque sea por un momento, uno pensara que realmente ese podía ser el fin de la saga, habla muy bien de Pixar.

4. Buscando a Nemo (2003). ¿La mejor película para el día del padre en la historia del cine? A lo mejor sí. Lo que sí creo es que, seguramente, es la más divertida. 

5. Ratatouille (2007). Es complicado hacer una película tan agradable sobre una rata cocinera pero más difícil aún construir un personaje como Anton Ego, un exigente crítico que, al final de cuentas, resulta ser un héroe: un arriesgado defensor del arte y la originalidad. Oblicuamente, un defensor de Pixar.

6. Wall-E (2008). Acaso el mejor filmes chaplinesco sin Chaplin y con algunas delirantes e hilarantes escenas de slapstick comedy.

7. Valiente (2012). Sí, ya sé. En esta elección estoy en la minoría, pero la difícil relación entre una rebelde muchachita y su protectora y exigente madre tiene aristas bastante más complejas de lo que puede parecer. Una cinta bastante oscura, a decir verdad.

8. Los Increíbles (2004). Una película de súper-héroes que pone en vergüenza a cualquier filme de la Marvel, en acción, en humor, en emotividad.

9. Monsters, Inc. (2001). La imaginación visual en la creación de ese mundo paralelo de monstruos es de lo mejor en la filmografía de Pixar.

10. Up, una Aventura de Altura (2009). El problema que tengo con Up es que después de unos minutos iniciales de gran cine, la película se transforma en una aceptable aventura infantil y nada más. 

miércoles, 17 de junio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCII




Eco de la Montaña (México, 2014), de Nicolás Echevarría. El regreso al cine de Echevarría después de los 12 años desde su anterior filme, el malogrado Vivir Mata (2002), es una espléndida cinta documental sobre el artista huichol Santos de la Torre. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

Jurassic World: Mundo Jurásico (Jurassic World, EU, 2015), de Colin Trevorrow. La cuarta película de la saga dinosáurica aguanta con creces el palomazo de fin de semana. Mi crítica, acá.

Oasis (México-Finlandia, 2013), de Alejandro Cárdenas. Presentado en Distrital 2014, estamos ante un mediometraje documental de 52 minutos que nos muestra la vida de tres homosexuales de origen maya -Reynaldo López, Gerardo Chan Chan y el travesti "Deborah" Sansorez- que, portadores del VIH, han luchado contra su padecimiento físico, al mismo tiempo que han soportado discriminación y rechazo, incluso dentro de sus familias. El documental es bastante convencional en la forma -testimonios frente a cámara, a veces en off, uso de fotos fijas preciosistas- y hay por ahí una montaje shocking completamente innecesario -el deseo de uno de los protagonistas de "morir joven, bella y hermosa" se contrasta con la imagen del estragado cadáver de una víctima del SIDA-, pero de todas formas este filme del debutante Alejandro Cárdenas logra con creces el objetivo de cualquier documental: que nos interesemos por la vida de las personas a las que estamos siguiendo y que conozcamos el éthos que les rodea.

Hipócrates, el Valor de una Promesa (Hippocrate, Francia, 2014), de Thomas Lilti. Muy visible melodrama social centrado en el recién recibido médico de 23 años Benjamin Barois (Vincent Lacoste), quien llega a cumplir con su internado en un hospital público que no parece muy distinto a los mexicanos, sean del Seguro Social o del ISSSTE.
Más allá del aprendizaje que tiene que seguir adquiriendo -por ejemplo, la mejor manera de hacer una punción lumbar-, Benjamin será testigo de las difíciles condiciones de trabajo en ese hospital público -el exceso de pacientes, la falta de camas, los aparatos que hace rato que no funcionan- y empezará a tomar decisiones que significarán la vida o la muerte de uno, el sufrimiento de otra, el alivio de otro más. Casi al mismo tiempo, a ese mismo hospital llega otro interno, Abdel Rezzak (Reda Kateb), un doctor hecho y derecho que, de todas maneras, ha tenido que iniciar desde cero en Francia, pues su título médico es argelino.
Este melodrama médico-social no renuncia nunca a la crítica -especialmente al burocratismo de los administradores del sistema de salud público-, pero también es cierto que no deja de mostrar a los protagonistas -especialmente a Benjamin y Abdel- como auténticos héroes o, en todo caso, como seres humanos que, claro, pueden ser falibles pero nunca dejan de estar a un paso de la redención.
En un diálogo clave de la cinta, un doctor le dice a otro que la medicina no es una vocación sino una suerte de "maldición" en vida. El director Lilti -que estudió medicina, de hecho-, sus guionistas y sus actores nos piden que admiremos a estos profesionistas "malditos". De alguna manera, es imposible dejar de hacerlo.