martes, 21 de junio de 2016

El cliché que yo ya vi/CXXXIX



Joel Meza propone:

Pongan a Londres en llamada en espera:  En las películas, cuando la acción se mueve o hace referencia a Londres, inevitablemente veremos un collage de imágenes de la conocida ciudad, como el Big Ben, el cambio de guardia en Buckingham o los famosos taxis negros, para que no nos sintamos perdidos. Y si la película fue hecha en este siglo, lo que no falla es que todo es mostrado al son de "London Calling", gritada al público por The Clash. La moda empezó con Billy Elliot (2000) y ya se ha usado 9 veces, desde aventuras de James Bond (Otro día para morir, 2002), a comedias animadas (¡Piratas!, 2012) y hasta una de espantos, en El Conjuro 2. Por lo visto, "London Bridge is falling down" ha perdido popularidad...

lunes, 20 de junio de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXXV




Money monster: el maestro del dinero (Money Monster, EU, 2016), de Jodie Foster. El cuarto largometraje de Foster como cineasta muestra su gran fortaleza -una muy segura dirección de actores- pero también sus enormes limitaciones: su incapacidad de trascender la fórmula de la sátira de los mass-media al estilo  de la inalcanzable Network: poder que mata (Lumet, 1976). Así, lo que inicia como una filosa comedia del estado de cosas financiero, termina como otro vehículo de lucimiento más de sus estrellas, George Clooney y Julia Roberts. Mi crítica en el Primera Fila del viernes pasado de Reforma. (*1/2)

Flamenco, flamenco (España, 2010), de Carlos Saura. El más reciente largometraje estrenado en México del maestro aragonés Carlos Saura -¡con seis años de retraso!- es una continuación/extensión de Flamenco (1995), aquel notable documental musical en el que presentó a las máximas figuras de ese estilo de canto y baile andaluz. 
Ubicado ahora en el Pabellón del Futuro de la Expo Sevilla -el escenario de Flamenco fue la vieja estación del tren-, Saura y sus colaboradores -el fotógrafo Vittorio Storaro más los cantaores, bailaores, palmistas y guitarristas que aparecen en la veintena de números musicales del filme- parecen querer demostrar que el futuro de España radica en sus raíces culturales y artísticas. El pasado no es nostalgia: es el presente revivido y recreado por las obras de Doré, Goya y otros pintores que rodean, en ese vasto escenario, a los músicos y bailarines.
Como es de esperarse en este tipo de filmes en los que Saura se ha estacionado desde hace ya varias décadas, hay números que pueden gustar más que otros (yo me quedo con "Rumba" y su joven cantaora María de los Ángeles Fernández; "Alegría", bailado por la coreógrafa y bailaora Sara Baras; "El tiempo", interpretado por seis bellas bailaoras con coreografía de Javier Latorre; "Guajira", interpretada por el cantaor Aracángel; y "Canción de cuna", con Eva "Yerbabuena" bailando y Miguel Poveda cantando bajo la lluvia), pero ninguno de ellos parece estar de más. Ninguno defrauda.
Por un lado, Storaro nunca fotografía un número igual que otro: su vitalidad en la puesta en imágenes -el uso de colores cálidos y el experto manejo de las luces, las sombras y los reflejos- atrapa desde el inicio. Por el otro, la galería de artistas es impecable: aunque falta Joaquín Cortés -que sí apareció en Flamenco-, en esta secuela/extensión regresan figuras de la talla de Paco de Lucía ("Bulería por soleá") o Ferruquito, que si en Flamenco era una joven promesa, ahora, convertido en una realidad, le da la alternativa a su hermanito El Carpeta ("Bulería"). 
El filme de Saura está desprovisto de todo contexto -a excepción de los títulos de cada número, no hay más información entre los fundidos en negro que separan cada segmento-, pues Flamenco, flamenco no es un documental didáctico sino uno puramente musical. No se ve para aprender. Se ve para gozar. El oído, claro, pero también la mirada: esas mujeres andaluzas bailando, qué caray... (** 1/2)

Las montañas deben partir (Shan he gu ren, China-Francia-Japón, 2015), de Zhangke Jia. El más reciente largometraje de Jia es el más convencional en su carrera -Jonathan Romney ha escrito en Film Comment que se trata del Gigante (Stevens, 1956) de Jia- y, por desgracia, también el menos satisfactorio de todos. 
Ubicada en tres épocas -1999, 2014 y 2025- y presentada en tres formatos distintos -1.33:1, 1.85:1 y 2.35:1, respectivamente-, Las montañas deben partir nos muestra lo que sucede con un grupo de personajes a través de los años, cuando las transformaciones sociales y económicas de la China contemporánea dirigen a todos los miembros de una sociedad en una dirección desconocida y, por lo menos en el planteamiento de Jia, equivocada.
Fengyang, Shanxi, 1999. La bella veinteañera Tao Shen (Tao Zhao, la musa/esposa de Jia) es cortejada por el ambicioso capitalista Jingsheng Zhang (Yi Zhang) y por el modesto empleado minero Liangzi (Jing Dong Liang). A pesar de que este último es más agradable, Tao elige como marido al "Jefe Zhang", que termina apropiándose de la mina en donde trabaja Liangzi, quien es despedido por su rival en amores.
En 2014, Tao y Jingsheng están divorciados, el hijo de ellos, Dólar, vive en Shanghai con su papá, y Liangzi regresa a Fengyang a atenderse por una afección terminal causada por sus años de trabajar en las minas. En esos días muere el padre de Tao y, por lo tanto, Dólar (Zhisan Rong) vuela a Fengyang al funeral de su abuelo. Dólar es un niño tímido que no sabe cómo dirigirse a su mamá ni cómo comportarse en el funeral de un abuelo al que no conoció.
En 2025, el joven Dólar (ahora Zijian Dong) vive en Melbourne con su ricachón papá amargado. El muchacho no entiende ni habla chino, no se lleva bien con su padre -que, aunque parezca mentira, añora la falta de libertad de China- y tiene recuerdos fugaces de la última vez que vio a su mamá por lo que, complejo de Edipo obliga, se involucra sentimentalmente con su cuarentona maestra de chino, Mia (Sylvia Chang).
La primera parte, la mejor del filme, es, como lo dijo Romney, una suerte de re-elaboración a la Jia de algún melodrama hollywoodense clásico: el triángulo amoroso en el que la bella y alegre Tao es el vértice deseado por dos hombres muy diferentes en carácter y personalidad. La segunda parte, un desencantado woman's film, nos presenta la vida de la exitosa -económicamente hablando- Tao, quien apenas si tiene contacto con su occidentalizado hijo. Tao ve su pasado desmoronarse: un hijo pequeño que ni siquiera la llama "Ma", un antiguo pretendiente pobre y agonizante, y un padre que muere dejándolo en la más completa soledad.
Si bien ninguno de estos dos segmentos es de lo mejor en la filmografía de Jia, el tercero es muy menor y hasta con elementos muy fallidos: no solo debemos creer que Zhang y Dólar viven desde el 2014 hasta el 2025 en Melbourne, sin aprender Zhang inglés y después de haber olvidado por completo el chino el rebelde Dólar, sino que, además, debemos aceptar la obvia jeremiada de este último episodio, centrada en lamentar la pérdida de identidad de Dólar que, al llamarse así y al olvidar a su santa madre -casi casi la Madre Patria-, está condenado a vivir en la confusión constante. ¡Pobre niño (chino) rico!
Eso sí, por lo menos la escena final es de lo mejor del filme: Tao Zhao, sola y su alma, baila en medio de un páramo semi-nevado en Fengyang, la irónicamente optimista "Go West" de los Pet Shop Boys. Una imagen final tristísima que, con Tao, es un poco menos triste. (* 3/4)

lunes, 13 de junio de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXXIV



El niño y la bestia (Bakemono no ko, Japón, 2015), de Mamoru Hosoda. El más reciente largometraje animado del especialista Hosoda es una emotiva cinta de maduración juvenil/viril en el que un rebelde chamaco viviendo en Tokio escapa de su familia para entrar al mágico mundo de Juutengai, habitado por animales antropomórficos. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

El conjuro 2: el caso Enfield (The Conjuring 2, EU, 2016), de James Wan. Una secuela muy menor pero, de todas formas, compulsivamente -y culposamente- visible. Wan sabe su negocio. Mi crítica, in extenso, acá. (* 1/2)

Malacrianza (México-El Salvador, 2014), de Arturo Menéndez. Don Cleo (Salvador Solís) es un viejo que medio sobrevive en las calles de San Salvador haciendo piñatas. Su precaria forma de vida se vuelve aún más precaria cuando de la nada recibe una amenaza de extorsión: debe entregar a unos malandros de por ahí 500 dólares en menos de 72 horas si quiere seguir (sobre)viviendo.
Supuestamente el primer filme de ficción realizado en El Salvador desde 1969, Malacrianza puede verse como una suerte de curiosidad cinefílica: un drama urbano ubicado en un lugar desconocido para las pantallas cinematográficas. Acaso este sea su mayor mérito. (-)

sábado, 11 de junio de 2016

El conjuro 2: el caso Enfield



No me había dado cuenta hasta que, al empezar a escribir estas líneas, revisé la ficha técnica de El conjuro 2: el caso Enfield (The Conjuring 2, EU, 2016). Mi sorpresa fue que la secuela de la exitosísima cinta de horror del 2013 dirigida por el disparejo especialista James Wan (Saw: Juego macabro/2004, El títere/2007, La noche del demonio/2010 y su respectiva secuela/2013) se extiende más allá de las dos horas de duración: 133 minutos, para ser exactos. Y, la verdad, no sentí el tiempo pasar.
Habla bien de Wan y de todo su equipo –especialmente de su dinámico cinefótografo Don Burguess y del extendido y talentoso reparto- que la película funcione tan bien, por más que muchas de las virtudes de El conjuro original han desaparecido. Si la cinta del 2013 era un regreso al cine de espantos a la antigüita –un triunfo de la atmósfera, de las caracterizaciones creíbles y, sobre todo, del horror sostenido en un buen manejo de la iluminación y en un eficaz diseño sonoro-, en la secuela toda sutileza se ha tirado por la borda. El conjuro 2 es una desbordada película de horror, tan repleta de sustos que llega el momento que algunos de ellos no funcionan –aunque sí entretienen.
Poco después de investigar el famoso caso de El horror de Amytiville (Rosenberg, 1979), el matrimonio formado por los valientes e incansables demonólogos Ed y Lorraine Warren (Patrick Wilson y Vera Farmiga) viajan a Inglaterra a fines de los 70, con la intención de corroborar si cierto caso de posesión satánica es cierta o nomás pura faramalla creada por una niña muy imaginativa. 
Desde el inicio del filme, nosotros como espectadores sabemos que la familia Hodgson –la mamá divorciada Peggy (Frances O’Connor, cual hermana gemela de la Barbara Hershey de El Ente/1982) y sus cuatro hijos, especialmente la niña Janet (Madison Wolfe)- dice la verdad. En su destartalada casa ubicada en un barrio pobretón de Enfield, Inglaterra, empiezan a suceder cosas inexplicables: Janet ve el fantasma de un anciano malhumorado que le dice que esta es su casa, su hermanito tartamudo Billy (Benjamin Haigh) ve cómo los juguetes empiezan a moverse por sí mismos, Peggy presencia como los muebles se mueven a voluntad y hasta un par de policías salen despavoridos cuando ven que una silla va de un lado para el otro sin que nadie la manipule… Entran a escena los infaltables tabloides británicos, el “poltergeist” de Enfield se vuelve famoso en todo el país y aquí es cuando aparecen los Warren para salvar el día.
El conjuro 2 es compulsivamente visible porque Wan ha sido capaz de mezclar con eficacia varios elementos, a saber, un espléndido diseño de producción al que no se le escapa ningún detalle de época –ese poster de David Soul, por ejemplo- ni la reproducción de las dificultades económicas de una familia en crisis; una cuidadosa dirección de actores que logra transmitir lo mismo un genuino rapport matrimonial entre Wilson y Farmiga, que la alienación que siente la poseída Janet de Miss Wolfe o las razones personales que llevan a cierto parapsicólogo (Simon McBurney) a investigar el caso Hodgson; y, last but not least, la indudable capacidad de los realizadores para asustarnos y emocionarnos una y otra vez, hasta llegar a ese melodramático y desbordado desenlace que no es digno de la elegancia ni del clasicismo de la primera película pero que, de todas formas, resulta culposamente entretenido

lunes, 6 de junio de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXXIII




Yo (México-Suiza-Canadá-República Dominicana-Holanda, 2015), de Matías Meyer. El más reciente largometraje de Meyer ganó inexplicablemente el premio a la Mejor Película en Morelia 2015. El tremendismo vende. Bueno, no vende: gana festivales. Mi crítica, acá. (+)

El nuevo Nuevo Testamento (Le tout nouveau testament, Bélgica-Francia-Luxemburgo, 2015), de Jaco van Dormael. Episódico, disparejo, a veces buñueliano (brincos diera, en realidad), filme herético que nos muestra la rebelión de una niña, hija de Dios, en contra de su ojete Dios Padre judeocristiano. La premisa podría haber salido de algún ensayo de Robert Graves. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. (***)

domingo, 5 de junio de 2016

Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor


Vi la opera prima de Julián Hernández Mil Nubes de Paz Cercan el Cielo, Amor, Jamás Acabarás de Ser Amor en la entonces Muestra de Cine de Guadalajara de 2003 y publiqué al día siguiente de verla este breve texto, un 25 de marzo de 2003. Rescato estas líneas, ahora que el notable debut fílmico de Hernández se está exhibiendo en la Cineteca Nacional, dentro del Festival Mix 2016. 
Las primeras imágenes de Mil Nubes de Paz Cercan el Cielo, Amor, Jamás Acabarás de Ser Amor (México, 2002), ópera prima de Julián Hernández, no dejan nada a la imaginación. En la primera secuencia del filme, un hombre le hace una felación a otro dentro de un auto; después, veremos desnudos frontales masculinos, besos de lengüita entre dos hombres, un muchacho acariciándose el cuerpo semidesnudo frente al espejo... Estamos en los terrenos de un cine gay que no tiene empacho en serlo, cual heredero de la obra de Hermosillo o, si se quiere, como una suerte de tardía continuación de aquella ninguneada obra maestra del cine mexicano de los 90, En el Paraíso no Existe el Dolor, de Víctor Saca.
Sin embargo, si la película de Saca era una especie de viaje delirante en el cual seguíamos a un joven gay por los bajos fondos regiomontanos, en Mil Nubes de Paz Cercan el Cielo, Amor, Jamás Acabarás de Ser Amor el viaje del protagonista homosexual es más interno que externo. Gerardo (notable Juan Carlos Ortuño) busca en una deshabitada Ciudad de México en blanco y negro a un amante ocasional que lo dejó prendido. Sufre en silencio, espera desesperado, se entrega en aventuras sexuales vacías, se acaricia solitario en su cama, y escucha y vuelve a escuchar cierta canción interpretada por Sarita Montiel en El Ultimo Cuplé, una que habla de cierto hombre de "negros ojazos" que no puede olvidar.
Hernández, cuya influencia de Pasolini es tal que el largo título de la cinta se refiere a un poema del cineasta italiano, demuestra una madurez visual pocas veces vista en un debutante: el trabajo fotográfico es extraordinario, sea en el manejo del encuadre, en los movimientos de la cámara y en los matices grisáceos de la impecable imagen en blanco y negro. La narrativa de Hernández no se preocupa en contar una historia, sino en transmitir un estado de ánimo de dolor, de desgarramiento amoroso. Guardadas las debidas distancias, Hernández sigue los pasos del gran Wong Kar-Wai y su Happy Together en esta desesperanzada crónica de una obsesión y un amor perdido. 
Ganador del Teddy al mejor filme de temática gay en Berlín 2003, Hernández puede tener un futuro promisorio en un cine mexicano siempre urgido de nuevas voces, temáticas y actores. Ojalá que así sea.

viernes, 3 de junio de 2016

Yo



Presentada en competencia en Morelia 2015 -en donde ganó el premio a Mejor Película-, se ha estrenado en la capital del país Yo (México-Suiza-Canadá-República Dominicana-Holanda, 2015), cuarto largometraje de Matías Meyer (Wadley/2008, El calambre/2009, Los últimos cristeros/2011), basado en un cuento del premionobel 2008 Jean Marie Gustave Le Clézio.
El Yo del título (Raúl Silva) es un hombrón de unos treinta años de edad que tiene la mente de un niño de 10 años. Vive al lado de su madre (Elizabeth Mendoza), que es dueña de un restaurante que está al lado de la carretera. El tipo sirve las mesas, alimenta a los pollos y cuando su mamá necesita hacer algún caldo, se escabecha a alguno de los plumíferos. Inocente voz en off de por medio, Yo nos cuenta que en algún momento ha tenido episodios violentos y ha golpeado a su madre, aunque esto nunca lo vemos. De lo que sí somos testigos es de las burlas del amante de la mamá, quien no desaprovecha la oportunidad de reírse a sus costillas.
Yo tiene la idea de que a través de los sueños puede predecir el futuro -soñó que el río se desbordaba, lo que sucedió días después cuando se rompió una presa cercana a donde vive- aunque su madre no lo toma muy en serio. La monótona vida del hombrón cambia cuando su mamá contrata a una mujer para que la ayude y ella trae siempre a su hijita de 11 años llamada Elena (Isis Vanesa Cortés). 
La imagen de la enorme figura de Yo al lado de una sonriente niñita, sentados los dos al borde de un río, nos remite, qué remedio, a cierta escena clásica de Frankenstein (Whale, 1931), de tal manera que uno se queda esperando que Yo tire a Elena al agua o que haga algo por el estilo. No se preocupe: Yo no ahoga a la chamaca (¡spoiler!, ¡spolier!) pero la violencia, tremendismo obliga, aparecerá inevitablemente. 
No he leído el cuento de Le Clézio y no sé si estamos ante una adaptación fiel del sentido del relato. De cualquier manera, esto es lo de menos: Yo es otro filme fatalista más en el que el diferente, el distinto, el inocente, terminará siendo un agente de la destrucción o del mal, queriéndolo o no. Una visión que, éticamente hablando, me parece inaceptable. Por si fuera poco, dramáticamente, la película es planísima, monótona.
Pero, ¿qué sé yo de Yo? El jurado de Morelia 2015, presidido por el cineasta francés Laurent Cantet , decidió que esta cinta de Meyer fue lo mejor de ese festival, por encima de La casa más grande del mundo (Carreras y Bojórquez, 2015), Te prometo anarquía (Hernández Cordón, 2015) y Un monstruo de mil cabezas (Plá, 2015). Pero ya lo dijeron los hermanos Coen, presidentes del jurado en Cannes 2015, cuando la prensa les reprochó sus polémicas decisiones: "este fue un jurado de artistas, no de críticos". Pues sí, será el sereno. Pero qué decisiones, caray...