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lunes, 3 de agosto de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCIX



Directo al Corazón (Danny Collins, EU, 2015), de Dan Fogelman. Un rutinario melodrama que se eleva por encima del promedio gracias a algunos buenos diálogos, un incisivo diseño de personajes y un impecable reparto. Aguanta el palomazo. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Misión: Imposible - Nación Secreta (Mission: Impossible - Rogue Nation, EU, 2015), de Christopher McQuarrie. ¿La mejor cinta de la saga? No lo sé: probablemente sea mejor la anterior, dirigida por Brad Bird. En todo caso, está muy cerca. Mi crítica, in extenso, acá.

7 Cajas (Paraguay-España, 2012), de Juan Carlos Maneglia y Tana Schembori. La opera prima a cuatro manos de los cineasta Maneglia y Schembori es un frenético thriller ubicado en un popular y populoso mercado de Asunción, Paraguay. 
El adolescente Víctor (esléndido Celso Franco) es contratado por un carnicero para trasladar en su carretilla y por los pasillos del mercado las siete cajas del título que contienen, es de suponerse, un material delicado o de plano ilegal. Por esa chambita le han prometido a Víctor un billete de cien dólares con el que quiere comprar un ansiado celular con "filmadora" -es decir, con cámara de vídeo. Otro carretillero rival (Víctor Sosa) busca taclear a Víctor para quitarle los siete paquetes, pues necesita la lana para comprarle medicinas a su hijo enfermo.
Ni la aparición del susodicho escuincle enfermo hace que esta película desemboque en el melodrama: estamos, más bien, en los terrenos del thriller urbano y la comedia de enredos, con un reparto muy competente, diálogos vivaces -en castellano y guaraní- y una serie de vueltas de tuerca que son tan absurdas como divertidas. 
He leído por ahí que 7 Cajas se parece a las primeras películas de Robert Rodríguez pero creo que esta comparación es injusta: en todo caso, me recordó a los mejores momentos cómico-violentos de Tarantino, con todo y su personaje central intoxicado de cine baratón. 

La Princesa Kaguya (Kaguyahime no monogatari, Japón, 2013), de Isao Takahata. El décimo-primer largometraje -y acaso el último- del cofundador de la Casa Ghibli Isao Takahata es una encantadora película animada -dibujada a crayón, con colores de acuarela- basada en un legendario cuento tradicional nipón escrito, aparentemente, en el siglo X. 
La princesa Kaguya del título es una niña que nace de un bambú y que es recogida por una pareja de viejos campesinos sin hijos. El mismo bambú le da al padre adoptivo las suficientes pepitas de oro para que la niña -que crece a pasos agigantados hasta convertirse en una bella jovencita- sea educada en Kioto, como una aristócrata. Sin embargo, a Kaguya no le cuadra ese tipo de vida y ansía volver al campo, a jugar con sus amiguitos, a correr semidesnuda por el bosque, a rodar por las lomas, a vivir feliz con "aves, bichos y bestias". Ojo a la extraordinaria de la huida de Kaguya por el bosque: pareciera que en ese momento Takahata y su equipo de animadores dejaron correr su pasión hasta convertirla en animación casi abstracta. Y, por ello, universal. 


domingo, 2 de agosto de 2015

Misión: Imposible - Nación Secreta



Cuando terminé de ver la más reciente entrega de la saga blockbuster-autoral Misión: Imposible - Nación Secreta (Mission: Impossible - Rogue Nation, EU, 2015) lo que me quedó claro es que la única y auténtica misión imposible es que la estrella estadounidense más poderosa y bajita del orbe protagonice alguna vez un torpedo interpretando el personaje de Ethan Hunt. 
He anotado que estamos ante una saga blockbuster-autoral y esta afirmación no es ningún oxímoron: la quinta Misión: Imposible funciona como una eficaz máquina de hacer dinero -en apenas cuatro días los ingresos mundiales han llegado a 121 millones de dólares- sin dejar de ser, al mismo tiempo, una depurada obra autoral de un todopoderoso actor-productor-estrella que asume a su personaje como una extensión de su propia figura pública. Más allá de los defectos y virtudes de la serie televisiva original, a estas alturas del juego es obvio que Ethan Hunt es Tom Cruise y nadie más.
Cruise, como estrella/productor, ha sabido elegir en cada entrega a un cineasta distinto que revitaliza la fórmula sin cambiar en un ápice el elemento central: él mismo y su lucimiento. En esta ocasión, el encargo recayó en el oscareado guionista (por Los Sospechosos Comunes/Singer/1995) y ocasional cineasta Christopher McQuarrie, quien ya había dirigido a Cruise en el muy satisfactorio thriller Jack Reacher: Bajo la Mira (2012). 
En Misión: Imposible - Nación Secreta McQuarrie demuestra no solamente que puede dirigir escenas de acción como el que más -yo diría: mejor que varios Nolans- sino que, además, sabe abrevar de los clásicos del género para saquearlos con proverbial elegancia. Así, entre las innumerables corretizas de Cruise y las varias misiones "imposibles" que atestiguamos -que si subirse a un avión que está despegando, que si cambiar un chunche por otro buceando bajo el agua y sin oxígeno a la mano-, McQuarrie -autor también del guión- se da tiempo de homenajear a Hitchcock -la secuencia de la Ópera de Viena que nos remite a El Hombre que Sabía Demasiado (1956)-, recordarnos El Satánico Dr. No (Young, 1962) con Rebecca Ferguson saliendo del agua en bikini, y remitirnos a los oscuros tejes/manejes del espionaje británico con la oleaginosa presencia de Simon McBurney como el Jefe Atlee, personaje que bien pudo haber aparecido en cualquier película o serie televisiva de la saga Smiley de John LeCarré. 
A propósito de Hitchcock: el McGuffin de esta quinta entrega de Misión: Imposible es cierto archivo que el villano en turno -un espía renegado llamado Lane (Sean Harris)- quiere conseguir a toda costa y para ello logra que Ethan Hunt lo robe y se lo entregue, con la ayuda de la espía doble británica Ilsa Faust -ah, qué bonito nombre-, encarnada -ah, qué bonitas carnes- por la ya mencionada actriz sueca Rebecca Ferguson. Es cierto, la historia, sobre un sofisticado Sindicato de malandros dirigido por el tal Lane -una suerte de cerebral Dr. Mabuse del nuevo siglo-, enfrentado a lo que queda de la arrinconada Fuerza Misión: Imposible liderada por el rebelde Hunt, es rutina pura, pero no la impecable ejecución de McQuarrie ni, mucho menos, el convencimiento de todo el reparto, acaso contagiado por un irrefrenable Tom Cruise que, en cierta escena clave -y, sospecho, antológica- es nombrado por otro personaje como "la viva manifestación del destino". Pero, ¿no son así todas las grandes estrellas de cine? 

lunes, 27 de julio de 2015

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXCVIII



El Hombre de las Multitudes (O homem das multidoes, Brasil, 2013), de Marcelo Gomes y Cao Guimaraes. Notable colaboración del documentalista Guimaraes y del director de ficción Gomes, ganadora de varios premios en Guadalajara 2014, donde la vi. Escribí de ella por acá.

Está Detrás de Ti (It Follows, EU, 2014), de David Robert Mitchell. Una película de horror casi abstracta, con una premisa elemental y una puesta en imágenes notable. Lo mejor que he visto del género en el año. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado

Hermosa Juventud (España-Francia, 2014), de Jaime Rosales. Natalia (Ingrid García Jonsson) y Carlos (Carlos Rodríguez) están en sus primeros veintes, son novios, viven con sus respectivas mamás y no tienen futuro promisorio delante de ellos, como el resto de los jóvenes españoles de su misma edad. Para empeorar la prospectiva, Natalia ha dejado la universidad y Carlos planea negocios que no funcionan. En este escenario gris y depresivo, el recibir 600 euros por hacer una película porno amateur no resulta una mala idea.
Rosales dirige en un tono seco, semidocumental, esta crónica del desencanto de toda una generación española, que no tiene futuro dentro del país ni tampoco fuera de él, en ese "sueño alemán" que, en el mejor de los casos, puede dar para sobrevivir y muy poco más. Pero para algo puede servir la experiencia aquella de hacer la película porno en España. ¿O no?

El Capital Humano (Il Capitale Umano, Italia-Francia, 2013), de Paolo Virzi. La ganadora del David di Donatello 2014 a Mejor Película -el Oscar italiano, para mayores señas- es un efectivo melodrama social narrado a partir de los puntos de vista de tres protagonistas: el arribista vendedor de bienes raíces Dino Ossola (Fabrizio Bentivoglio), su hija adolescente Serena (Matilde Gioli) y la esposa de un financiero transa, la elegante Carla Bernaschi (Valeria Bruni Tedeschi). Las vidas y fortunas de los Ossola y los Bernaschi se entrecruzarán debido al atropellamiento de un pobre tipo que sucede en el prólogo de este filme dividido en cuatro episodios, tres de ellos cubriendo más o menos el mismo espacio temporal/dramático, a lo Amores Perros (González Iñárritu, 2000).
La cinta inicia muy bien y el reparto -en especial Bruni Tedeschi- no merece reproche alguno, pero en la medida que se van sucediendo los episodios, la historia van desembocando en el melodramatismo más arbitrario e histérico. Al final de cuentas, queda la sensación de haber visto una telenovela sobreproducida y muy bien actuada.

sábado, 25 de julio de 2015

El Hombre de las Multitudes



Basada vagamente en el cuento homónimo de Edgar Allan Poe y dirigida a cuatro manos por el director de ficción Marcelo Gomes (Cine, Aspirinas y Buitres/2005, Érase una Vez Yo, Verónica/2012) y el documentalista Cao Guimaraes (El Fin del Sin Fin/2001, El Alma del Hueso/2004), El Hombre de las Multitudes (O homem das multidoes, Brasil, 2013), fusiona la mirada minuciosa del documentalista Guimaraes con la sensibilidad y el humor del mejor Gomes.
Juvenal (Paulo André) es un solitario operador del metro en la emblemática Belo Horizonte, ciudad natal del co-director Guimaraes. Desde las primeras imágenes, la cámara de Ivo Lopes Araújo -Mejor Fotografía en Guadalajara 2014- aísla a Juvenal en el encuadre cuadrado 3 x3: sólo él aparece en foco, rodeado de las multitudes del título. El tipo camina y observa, se detiene frente a un aparador, se sienta y ve "con minucioso interés la innumerable variedad de figuras, atuendos, portes, andares, rostros y expresiones de los semblantes", como dice el narrador del cuento original de Poe. Juvenal sonríe ante la felicidad de los demás, aunque él no es feliz. Vive en un pequeño apartamento, su refrigerador está siempre vacío y la única conversación que tiene es consigo mismo.
Pero el observador Juvenal es también observado. Margo (Silvia Lourenco), su compañera de trabajo, controladora del metro, lo ve continuamente en las cámaras de vigilancia. Ella misma, aunque tiene una personalidad mucho más abierta, tampoco es el ejemplo de una vida social muy emocionante que digamos: cuando llega del trabajo, no hace más que alimentar a sus peces de computadora. Un buen día, sin venir a cuento, Margo le pide a Juvenal que sea su testigo en su boda. 
Guimaraes y Gomes -autores ellos mismos de la adaptación del relato de Poe- logran sostener con alfileres un relato construido en base de las miradas de este par de personajes pasivos y de una multitud de pequeños detalles que se van acumulando y se vuelven significativos por el emplazamiento de la cámara de Lopes Araújo o por el exacto acomodo de los actores, como esa suerte de imagen especular de Juvenal y del padre de Margo en la boda de ella, por ejemplo.
La música y el diseño sonoro de O Grivo -colaborador habitual de Guimaraes- acompañan a la perfección las soledades de Juvenal y Margo, y cierta canción, "Felicidade", interpretada en la escena de la boda, llega a transmitir un genuino pathos pues, a estas alturas del juego, nos hemos acostumbrado a nuestros dos protagonistas. Mejor aún: nos han llegado a interesar. Y, claro, queremos que todo termine bien, con boda incluida. Pero, ¿era esa boda?

viernes, 24 de julio de 2015

Retrospectiva: 100 años de Kon Ichikawa: Fuego en la Llanura



Fuego en la Llanura (Nobi, Japón, 1959), cuadragésimo largometraje de Kon Ichikawa, fue realizado por el director nipón en su etapa más oscura y prolífica como cineasta. Y es que después de realizar una serie de comedias ligeras y sátiras costumbristas a inicios de los 50 para la casa Toho, Ichikawa cambió de registro -aunque no necesariamente de discurso- al empezar a trabajar para la Nikkatsu, en donde realizó su primera obra mayor "seria", El Arpa Birmana (1956). 
Luego, al cambiarse a la casa Daiei, realizó la que sería su película favorita entre todas las que dirigió -la provocadora Conflagración (1958)-, a la que le siguió el torcido melodrama sexual Extraña Obsesión (1959) y, posteriormente, Fuego en la Llanura, que algunos consideran no solo la mejor película antibélica de Ichikawa sino, de hecho, una de las mejores cintas antibélicas en la historia del cine japonés. La película fue reconocida, en su momento, dentro y fuera del archipiélago nipón: ganó en Locarno 1961 el premio a la Mejor Película y la canónica revista nipona Kinema Junpo le otorgó al filme los galardones de Mejor Actor (un impresionante Eiji Funakoshi) y Mejor Guion (a la habitual colaboradora de Ichikawa, su esposa Natto Wada).
La cinta inicia abruptamente, in media res, con el tuberculoso Tamura (Funakoshi) siendo expulsado del campamento militar por el jefe de su escuadrón, quien no quiere soldados enfermos con él. Aunque no hay leyenda alguna que nos aclare dónde estamos, es obvio que el escenario es la campaña japonesa en Filipinas, muy cerca del fin de la Segunda Guerra Mundial. Los americanos han llegado al Pacífico para quedarse y los japoneses están en retirada, huyendo, escondiéndose o de plano pensando en rendirse ante los soldados gringos, a los que ven como gente honorable que los tratarán bien y les darán de comer.  Al ser expulsado del campamento, Tamura tomará el camino de regreso al hospital -en donde tampoco lo quieren: no hay espacio para él- y, luego, ya sea solo o acompañado por otros militares igual de piltrafas como él, rumbo a las costas de Palompon, en donde se supone que todavía hay fuerzas japonesas peleando. 
El guion premiado de Wada, sobre una novela de Shohei Ooka, tiene la estructura de una odisea picaresca pero en un escenario de auténtico horror. A lo largo del filme, nuestro héroe Tamura es una suerte de Lazarillo -o Periquillo, si usted quiere- que se va encontrando, en cada episodio, con escenarios y personajes que representan el absurdo de la guerra, desde el soldado inválido que trafica comida por hojas de tabaco, hasta el anciano enloquecido que dice que un avión de Taiwán llegará por él, pasando por el soldado que dizque caza "monos" para comérselos.
Tamura es un hombre común, no es el más valiente de todos los soldados, pero tampoco un cobarde que corre a rendirse a la primera provocación. Camina por las llanuras filipinas en un perpetuo estado de desconcierto: si llega a usar su arma para matar a alguien -a una jovencita histérica, por ejemplo-, lo hace por impulso y no por crueldad. Y si sobrevive contra todo pronóstico, esto se debe más al caprichoso azar que a alguna virtud específica: la vida y la muerte en el dantesco escenario bélico que nos presenta Ichikawa no tiene que ver con la justicia, sea divina o humana. La muerte puede fingirse -los hombres que se tiran al lodo cuando pasa un avión gringo rafagueándolos- para luego convertirse en real; la muerte puede confundirse -el tipo que tiene su cara hundida en un charco ¿para refrescarse?-; la muerte puede ser la última apuesta para no perder la humanidad.
Ichikawa y sus fotógrafos Setsuo Kobayashi y Setsuo Shibata lograron una serie de imágenes antológicas, una tras otra, sin descanso, a la altura de otras obras maestras del cine (anti)bélico de la altura de Cuatro Hermanos (Ford, 1928), Patrulla Infernal (Kubrick, 1957) o la monumental trilogía japonesa La Condición Humana (Kobayashi, 1959-1961). Por ejemplo, los cansados soldados nipones cavando inútiles trincheras con cucharas y vasijas, una pila de cadáveres en el atrio de una iglesia católica, el cruce por una ciénega en plena noche, un grupo de soldados gateando y encontrándose con las luces de unos tanques americanos, el campo regado de cuerpos recién masacrados, un soldado enloquecido comiendo lodo... Y esa imagen final, terrible e inolvidable: Tamura con los brazos arriba, dispuesto a rendirse, dispuesto a ver "gente normal". Pero, ¿puede haber gente normal en una guerra? 

miércoles, 22 de julio de 2015

El cliché que yo ya vi/CXXXI





Joel Meza propone:

Todo depende del cristal con que NO se mira. En las películas, cuando los personajes discuten algún plan frente a pantallas de computadora, éstas siempre estarán colgadas en medio de la habitación y serán completamente transparentes, de modo que los espectadores podamos ver en todo momento las caras de los actores, que simulan ver las gráficas proyectadas y que, por cierto, aunque bastante coloridas, también son transparentes. Las pantallas transparentes son muy bonitas pero, en el mundo real, las imágenes tendrían que ser opacas para que los personajes no se distrajeran con todo lo que pasa detrás.

martes, 21 de julio de 2015

Retrospectiva: 100 años de Kon Ichikawa: Las Hermanas Makioka



De la generación de cineastas japoneses debutantes después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el prolífico y versátil Kon Ichikawa (1915-2008) es el más difícil de clasificar. Recién graduado, Ichikawa empezó a trabajar en la industria fílmica nipona como animador y supervisor de cortometrajes animados en la J.O. Film Studios de Kyoto en 1933. Al finalizar la guerra, su primer largometraje, realizado para la casa Toho de Tokio, fue Musume Dojoji (1946), que había sido planeado como animación, pero terminó siendo hecho con muñecos.
Durante las siguientes décadas, hasta su retiro, dos años antes de su muerte, Ichikawa pasó por todos los géneros habidos y por haber: comedias satíricas, melodramas familiares, filmes antibélicos, cine de samuráis, películas de detectives, documentales deportivos y de otra naturaleza -su filme Las Olimpidas de Tokio (1965) es considerado una de las obras maestras del cine olímpico, al nivel del clásico XI Olimpiada: Fiesta de las Naciones (Riefenstahl, 1938)- y hasta películas infantiles -en su filmografía aparece una cinta de Topo-Gigio.
Tal vez esta enorme variedad en su obra y por su constante apelación a las fórmulas comerciales de su industria nacional, Ichikawa no fue nunca tan reconocido internacionalmente como su compañero de generación, Nagisa Oshima (1932-2013) quien, por cierto, decía que Ichikawa no era un gran cineasta sino, cuando mucho, un buen ilustrador. Ichikawa, por su parte, aceptaba de buen grado esta etiqueta: él había entrado al cine gracias a su admiración por Walt Disney.
La Cineteca Nacional ha iniciado la Retrospectiva de Kon Ichikawa con una de sus películas tardías más celebradas dentro y fuera de Japón: Las Hermanas Makioka (Sasame-yuki, Japón, 1983), su largometraje número 68. 
Sobre la novela La Nieve Tenue (1947) de Jun'ichiro Tanizaki -considerada como una de las novelas japonesas claves de la segunda mitad del siglo XX-, he aquí la historia de las cuatro hermanas Makioka del título en la Osaka del inicio de la Segunda Guerra Mundial, de 1938 hasta 1941. Las hermana mayor, Tsuruko (Keiko Kishi), casada con el ejecutivo bancario Tatsuo (el futuro cineasta Juzo Itami, director del inolvidable ramen-western Tampopo/1985), vive en Osaka y es la guardiana de la herencia de la familia Makioka, muy venida a menos desde que el fallecido patriarca dejó los negocios en la ruina. La segunda hermana, Sachiko (Yoshiko Sakuma), casada con un empleado comercial Teinosuke (Kôji Ishizaka), vive en la ciudad cercana de Ashiya y en su casa viven sus dos hermanas menores, la silenciosa pero determinada Yukiko (Sayuri Yoshinaga) y la jovencita rebelde Taeko (Yûko Kotegawa), quien quiere recibir su dote para independizarse y levantar su propio negocio de fabricación de muñecas.
El problema principal de una familia de tal abolengo como los Makioka es, por supuesto, conservar el prestigio en un Japón cambiante y contradictorio, que mira con admiración hacia Occidente, pero que también busca conservar sus tradiciones. La primera responsabilidad de Tsurujo, como hermana mayor, y de Sachiko, como la hermana responsable del cuidado de sus dos hermanas menores, es conseguir el mejor partido, tanto para Yukiko como para Taeko y, por supuesto, en ese orden, porque no estaría bien que se casara primero la más pequeña.
Las Hermanas Makioka inicia con las cuatro mujeres saliendo al campo a la ceremonia del "hanami", es decir, a darle la bienvenida a la primavera. Desde tiempos inmemoriales, entre finales de marzo e inicios de abril, la gente en Japón sale a contemplar el florecimientos de los cerezos, lo que marca el fin del invierno y el inicio de la primavera como la renovación de la vida misma. Así pues, lo largo de la película, al estilo de los famosos planos-pausa a la Ozu, Ichikawa irá separando los acontecimientos familiares de las Makioka con encuadres hacia la naturaleza: el cielo, el campo, una cascada, los cerezos en flor...
Estamos ante un melodrama familiar y femenino con todas las de la ley, impecablemente fotografiado tanto en interiores como en exteriores, e interpretado con sublime sutileza especialmente por un fascinante reparto femenino, que hace de la contención una virtud: bastan un desvío de la mirada, una sonrisa medio escondida, un mohín desafiante, un gesto de sorpresa o una lágrima furtiva para transmitir todo aquello que los personajes no quieren -o no pueden- externar libremente.
El guion escrito por Ichikawa -en colaboración con Shin'ya Hidaka- apenas si puede contener en los 140 minutos de duración del filme las más de 500 páginas de una historia que parece muy sencilla, banal y cotidiana, pero que tiene que ver, en el fondo, con el sentido de la vida misma: qué hacemos para definir lo que somos, qué decisiones tomamos, a qué renunciamos en busca de la felicidad y qué nos callamos porque somos incapaces de levantar la voz... aunque la mirada nos delate.