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viernes, 24 de octubre de 2014

Morelia 2014/VII


Al presentar su cuarto largometraje fuera de competencia en Morelia 2014, Manolo Caro comentó, palabras más, palabras menos, que su nuevo filme, Elvira, Te Daría Mi Vida pero la Estoy Usando (México, 2014) es otro paso para convertirse en el tipo de cineasta que quiere llegar a ser. Esperemos por su bien que no sea así, porque esta cinta es un claro retroceso en su carrera.
Más allá de lo que podamos decir de sus anteriores comedias, No Sé Si Cortarme las Venas o Dejármelas Largas (2013) y Amor de Mis Amores (2014), estas dos películas tenían un tono consistente y una realización funcional. Elvira... es, en contraste, un desastre irredimible. Partiendo de una premisa similar a Las Hadas Ignorantes (Ozpetek, 2001), he aquí que la guapa treintona ama de casa Elvira (Cecilia Suárez, tan irregular como su acento norteño que aparece y desaparece de escena a escena) descubre que su marido desaparecido Gustavo (Carlos Bardem, con perfecto acento mexicano) la engaña con un tal Adrián (Luis Gerardo Méndez), un joven compañero de trabajo. Desesperada, Elvira se da a la tarea de rastrear al marido y a su joven amante, quienes al parecer se fueron a Acapulco.
Además de los problemas de tono que tiene la cinta, que se tropieza entre la comedia desaforada y el melodrama telenovelero, el guión del propio Caro es una retahíla de inconsistencias y arbitrariedades. Un ejemplo entre tantos: Angélica Aragón aparece por ahí como la mamá de la tal Elvira, pero no tiene nada que hacer en todo el filme, a no ser dejar que su desesperada hija la deje colgada varias veces por teléfono. Vamos, ni siquiera Mariana Treviño es tan graciosa como acostumbra ser. 
Pasando a mejores cosas, una de las logradas cintas de ficción de la sección oficial fue Hilda (México, 2014), opera prima de Andrés Clariond. Aunque el guión, escrito por el propio cineasta debutante, está basado en una pieza teatral homónima de la autora francesa Marie N'Diaye, Clariond deja caer por ahí una traviesa referencia cinefílica: la Hilda del título (notable Adriana Paz), la recién contratada nana del nieto de la ricachona Susana Le Marchand (Verónica Langer, extraordinaria), ve en la televisión Escuela de Vagabundos (González, 1955), aquella inolvidable comedia protagonizada por Pedro Infante en la que brilla especialmente Blanca de Castejón en el papel de la excéntrica -o de plano, medio loca- señora de la casa, que tiene la manía de recoger vagabundos para "rehabilitarlos".
La señora Le Marchand de Hilda no recoge vagabundos, pero su condescendiente bondad y su cualidad de "radical chic" del 68 -en su momento, estuvo en las manifestaciones estudiantiles- la emparentan con aquel personaje encarnado por de Castejón. Más aún, por la curiosa manera en la que habla -"Ay, nunca tuve había tenido Hilda"- pareciera que más que contratar, colecciona sirvientes. Así pues, cuando su único hijo Beto (David Gaitán) regresa de Estados Unidos con su esposa gringa (Anna Cetti) y su bebé de brazos, la señora Le Marchand contrata a Hilda, la esposa de su antiguo jardinero Francisco (Eduardo Mendizábal), para que se haga cargo del niño, aunque poco a poco queda claro que quien necesita de cuidado y atención es la señora y no el bebé.
No agregaré más en este comentario, porque parte del éxito de la opera prima de Clariond radica en ir descubriendo el tipo de relación que desea tener la señora con su criada, más allá de las clásicas tensiones tan bien retratadas en la reciete obra mayor La Nana (Silva, 2009). Es cierto que en la última parte de la cinta Clariond le exige al espectador cierto grado de suspensión de la credulidad, pero creo que el director y guionista se ha ganado con creces su derecho. El delirio hacia el que se desplaza la cinta, junto con su protagonista, la señora Le Marchand, apenas si puede creerse.

jueves, 23 de octubre de 2014

Morelia 2014... en un vistazo




Como siempre, va la lista, en orden de preferencia, de lo que he visto en Morelia 2014. Como de costumbre, las calificaciones positivas van de una a cuatro asteriscos; las negativas, de una a dos cruces.


Distinto Amanecer (México, 1943), de Julio Bracho. Cine Negro Mexicano: ****

Cléo de 5 a 7 (Cléo de 5 à 7, Francia, 1962), de Agnès Varda. Función Especial: ****

Whiplash: Música y Obsesión (Whiplas, EU, 2013), de Damien Chazelle. Estrenos Internacionales: ****

Las Horas del Verano (L'heure d'été, Francia, 2008), de Olivier Assayas. The Criterion Collection Presenta: *** 1/2

La Noche Avanza (México, 1951), de Roberto Gavaldón. Cine Negro Mexicano: *** 1/2

Birdman (o la Inesperada Virtud de la Ignorancia) (Birdman (or the Unexpected Virtue of Ignorance), EU, 2014), de Alejandro González Iñárritu. Película Inaugural: *** 1/4

Cuatro Contra el Mundo (México, 1949), de Alejandro Galindo. Cine Negro Mexicano: ***

Ida (Ídem, Polonia, 2013), de Pawel Pawlikowski. Invitado de Honor: ***

The Homesman (EU-Francia, 2014), de Tommy Lee Jones. Estrenos Internacionales: ***

Nubes de María (Sils Maria, Francia-Suiza-Alemania, 2014). Estrenos Internacionales: ***

Güeros (México, 2014), de Alonso Ruizpalacios. Largometraje Mexicano: ***

Eco de la Montaña (México, 2014), de Nicolás Echevarría. Foro de los Pueblos Indígenas: ** 1/2

Hilda (México, 2014), de Andrés Clariond Rangel. Largometraje Mexicano: ** 1/2

El Silencio de la Princesa (México, 2014), de Manuel Cañibe. Documental Mexicano: ** 1/2

La Danza del Hipocampo (México, 2014), de Gabriela D. Ruvalcaba. Documental Mexicano: ** 1/2

Relatos Salvajes (Argentina-España, 2014), de Damián Szifrón. Estrenos Internacionales: ** 1/2

Adiós al Lenguaje (Adieu au Language, Francia, 2014), de Jean-Luc Godard. Estrenos Internacionales: **

Las Oscuras Primaveras (México, 2014), de Ernesto Contreras. Largometraje Mexicano: **

Gente de Bien (Colombia-Francia, 2014), de Franco Lolli. Semana de la Crítica: **

La Hora de la Siesta (México, 2014), de Carolina Platt Soberanes. Documental Mexicano: **

Chuy, el Hombre Lobo (México, 2014), de Eva Aridjis. Documental Mexicano: **

Historia del Miedo (Argentina-Uruguay-Francia-Alemania, 2014), de Benjamín Naishtat. Morelia Lab: **

Hope (Francia, 2013), de Boris Lojkine. Semana de la Crítica: **

El Hogar al Revés (México, 2014), de Itzel Martínez del Cañizo. Documental Mexicano: **

Retratos de una Búsqueda (México, 2014), de Alicia Calderón Torres. Documental Mexicano: **

El Corazón del Sastre (México, 2014; 12 minutos), de Sofía Carrillo. Cortometraje mexicano. Animación: ** 

La Diosa Arrodillada (México, 1947), de Roberto Gavaldón. Cine Negro Mexicano: * 3/4

Yo Soy la Felicidad de Este Mundo (México, 2014), de Julián Hernández. Largometraje Mexicano: * 3/4

El Palacio (México-Canadá, 2013; 36 minutos), de Nicolás Pereda. Documental Mexicano: * 3/4

Sporen: Huellas (México-Holanda, 2014; 58 minutos), de Diego Gutiérrez. Documental Mexicano: * 3/4

En la Estancia (México, 2014), de Carlos Armella. Largometraje Mexicano: * 3/4

Plan Sexenal (México, 2014), de Santiago Cendejas. Largometraje Mexicano: * 3/4

Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero (México, 2014), de Gustavo Moheno. Largometraje Mexicano: *1/2

Gloria (México, 2014), de Christian Keller. Estrenos Nacionales Fuera de Competencia: * 1/2

Remedios Varo: Misterio y Revelación (México-Francia, 2013), de Tufic Makhlouf Aki. Función Especial: * 1/2

Café: Cantos de Humo (México, 2014), de Hatuey Viveros. Documental Mexicano: * 1/2

Dólares de Arena (México-República Dominicana-Argentina), de Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán. Largometraje Mexicano: * 

Puerto Padre (México-Costa Rica, 2014), de Gustavo Fallas. Morelia Lab: *

Cuatro Lunas (México, 2014), de Sergio Tovar Velarde. Morelia Lab: *

Bering. Equilibrio y Resistencia (México, 2013), de Lourdes Grobert. Documental Mexicano: *

Los Ausentes (México-España-Francia, 2014), de Nicolás Pereda. Largometraje Mexicano: +

Navajazo (México, 2014), de Ricardo Silva. Cine sin Fronteras: +

Elvira, Te Daría Mi Vida pero la Estoy Usando (México, 2014), de Manolo Caro. Estrenos Nacionales Fuera de Competencia: +

El Comienzo del Tiempo (México, 2014), de Bernardo Arellano. Largometraje Mexicano: +

Muerte en Arizona (México-Bolivia-Alemania, 2014), de Tin Dirdamal y Christina Haglund. Documental Mexicano: ++

Morelia 2014/VI



Los últimos dos documentales en competencia que pude ver en Morelia 2014 cumplieron con creces con algunos de los objetivos básicos de esa forma de producción cinematográfica. En el caso de Chuy, el Hombre Lobo (México, 2014), el más reciente largometraje documental de Eva Aridjis (Niños de la Calle/2004, La Santa Muerte/2007), la cineasta se encarga de dar a conocer una extraña enfermedad llamada hipertricosis, que tiene solamente medio centenar de casos documentados en toda la historia.
Las personas que padecen esta condición nacen con una cantidad exagerada de vellos, especialmente en la cara, de tal forma que para el común de los mortales se parecen a los legendarios hombres lobo. El Chuy del título, en efecto, eso parece. Y también varios de sus primos, sobrinos, sus dos hijas y muchos otros más: según las cuentas, en la familia de Jesús Aceves, entre vivos y muertos, ha habido 30 casos de hipertricosis.
Aridjis acompaña a Chuy en su trabajo "artístico" -lo vemos formar parte de un acto en un "Circo de Horror" en Inglaterra- y en su chamba más terrenal, como carpintero, en el Estado de México. También vemos a Chuy regresar a su pueblo natal, en Loreto, Zacatecas, en donde el resto de su familia testimonia frente a cámara sus frustraciones -es difícil conseguir trabajo cuando tu rostro asusta a algunas personas- pero también sus logros -los primos de Chuy no parecen pasarla tan mal: uno vive feliz de la vida trabajando en un circo, el otro emigró a California en donde ha montado un próspero negocio de brincolines, una prima trabaja de policía en Loreto...
En algún momento, un especialista en "fenómenos" hace un recuento histórico sobre los casos conocidos de hipertricosis y la explotación que sufrieron en su momento algunas de esas personas, especialmente la sinaloense Julia Pastrana, que terminó siendo disecada con su hijito muerto al nacer -y también "lobito"- para luego ser exhibidos como atracción de feria después de haber muerto.
Y, por cierto, ¿hay explotación de Chuy y su familia por la directora Aridjis en este documental? No lo veo así: aun con la discriminación, burlas y ataques que tienen que enfrentar estos "hombres/mujeres lobo", la verdad es que Chuy y todos los demás han aprendido -acaso a la mala, pero lo han hecho- a aceptarse a sí mismos y a sentirse orgullosos de su extraña condición. Acaso el final dizque poético -que ilustra cierto sueño que tiene el propio Chuy- esté de más, pero eso no echa a perder un sensible e informativo documental que ojalá encuentre la distribución debida.
La Hora de la Siesta (México, 2014), opera prima documental de Carolina Platt Soberanes, cumple con otro de los objetivos del cine documental. Dar a conocer -o revisar, porque el caso bien conocido- un acontecimiento trágico-histórico: la muerte de 49 niños, quemados en un incendio en la guardería ABC de Hermosillo el 5 de junio de 2009.
No estamos ante un documental militante de denuncia -aunque la indignación igual aflora si uno tiene sangre en las venas- sino ante un ensayo sobre la memoria, los recuerdos y la (re)construcción de la vida después que sucede una tragedia de este tipo. La directora se centra en dos de los niños fallecidos: en Julio César -que insistía en que lo llamaran Yeyé- y en Emilia, los dos muertos a los tres años de edad.
A través de vídeos caseros conocemos a los dos niños, mientras la propia cineasta -que tiene a su propia hija, Alicia, más o menos de la misma edad- se pregunta si es posible conocer a alguien que ha muerto a través de las fotos, los vídeos y los recuerdos de quienes lo quisieron. Así pues, no solamente vemos a los niños en el pasado sino a las familias que dejaron en el presente, especialmente a los papás, el de Yeyé, que es el grandote y alegre Julio César; y el de Emilia, el delgado y anguloso Abraham. 
Platt ofrece la novedad de enfocarse en los padres y no en las madres -la esposa de Julio César sí aparece por ahí, pero no está presente, pues entra y sale de hospitales psiquiátricos-, por lo que vemos algo más o menos insólito: a un hombrón de cara amable ser papá y mamá de sus dos hijos restantes, y a un melancólico tipo que, de manera muy articulada, explica de qué forma está tratando de recobrar su vida.
Platt tiene el buen gusto de no explotar morbosamente el sufrimiento de las dos familias a las que seguimos. La directora se mantiene en un medio tono reflexivo, deja hablar largo y tendido a Abraham y a Julio César y nos deja ver cómo, a la manera de cada uno de ellos, ellos han podido seguir viviendo, por más que el recuerdo de esos niños y de esa tragedia sea -y deba ser- imborrable. 

miércoles, 22 de octubre de 2014

Morelia 2014/V



Si la sección de largometraje mexicano de ficción ha sido más bien floja, el documental nacional puede presumir, por lo menos en mi experiencia, un mejor promedio de bateo. Curiosamente, tres de los varios documentales mexicanos vistos recientemente en Morelia, tratan sobre la memoria y los recuerdos. 
En Sporen: Huellas (México-Holanda, 2014), mediometraje documental dirigido a cuatro manos por el mexicano Diego Gutiérrez (espléndido largometraje documental Partes de una Familia/2012) y el israelí avecindado en Holanda Danniel Danniel, la muerte de un fotógrafo, Peter Kieft, le sirve de pretexto al par de cineastas para explorar la vida de ese hombre a través de los objetos que dejó en su departamento y que, en algunos días, serán recogidos por el municipio, pues al parecer Kieft no tiene un solo familiar que reclame esas posesiones. Media docena de personas hurgan en fotos, vídeos, objetos y comparten sus reflexiones sobre la vida y la muerte -la de Kieft, la de ellos mismos- frente a cámara. En la banda sonora se escucha de principio a fin el ominoso tic-tac de un reloj, marcando el implacable paso del tiempo. 
Mucho más logrado me parece el ensayo fílmico sobre los recuerdos, la memoria y el paso del tiempo que es La Danza del Hipocampo (México, 2014), de Gabriela Domínguez Ruvalcaba. A través de fotografías y películas caseras de distintos formatos (de Súper 8 a digital pasando por VHS), la directora explora no solo sus propios recuerdos, sino el pasado familiar, antes de que ella naciera, en San Cristóbal de la Casas.
Así pues, examina los orígenes de la mitad de su familia, en Durango, desde los antiquísimos Súper 8 tomados o rescatadados por su "alma gemela", el obseso por la imagen Tío Beto, hasta llegar a los propios vídeos que ella misma tomó en los primeros días de enero de 1994, en pleno levantamiento zapatista. Las preguntas planteadas en off por Domínguez al inicio de su filme (¿Pasa el pasado? ¿A dónde se va lo que se fue? ¿Por qué recordamos?) le sirve de pretexto a la directora para construir un fascinante ensayo verbal/visual sobre el funcionamiento del cerebro y de lo (poco) que sabemos acerca del proceso de recordar.
La cineasta elige siete momentos claves de su vida y se sumerge en esos recuerdos -que si un legendario columpio hecho por su papá, que si el trabajo en los estudios de cine de Durango del Tío Beto, que si el primer beso que le supo a fresa- aunque, al final de cuentas, no sabrá si todo esos son recuerdos reales o construidos en su imaginación. Un ensayo que termina con el mejor dictum vitalista posible: para poder recordar, hay que vivir. Solo viviendo se mantiene la memoria. Y no todos los recuerdos tienen que pasar por el lente de una cámara.
Otro documental sobre los recuerdos es El Silencio de la Princesa (México, 2014), opera prima documental del michoacano Manuel Cañibe. La cinta está centrada en Diana Mariscal (1949-2013), una actriz y cantante que tuvo sus momentos de fama en los años 60, al actuar en algunas cintas juveniles al lado de Enrique Guzmán y al presentarse en algunos programas de televisión, aunque su "inmortalidad" -las comillas son mías, que conste- llegaría al convertirse en la protagonista de Fando y Lis (1968), la opera prima de culto de Alejandro Jodorowsky.
Una docena de amigos, familiares y colegas de esa época -desde su extrovertido hermano Héctor hasta Ignacio López Tarso, pasando por el especialista Oscar Sarquiz, Ella Laboriel o Sergio Kleiner- nos comparten sus recuerdos de Mariscal, una guapisima mujer con cara, voz y modales de niña que desde muy pequeña mostró que era diferente, no solo por la influencia de su madre pintora/bohemia, sino por los inicios de una enfermedad mental que la llevaría a retirarse tempranamente, poco después del estreno de Fando y Lis
A través de una capciosa selección de imágenes de archivo, bien alternadas con las muy articuladas cabezas parlantes -edición del propio cineasta en colaboración con otras tres personas-, Cañibe nos entrega no solo el retrato indirecto de esa fugaz estrella del cine, la televisión y el teatro mexicanos, sino también la crónica de una época y, especialmente, las huellas que Diana Mariscal dejó en todos aquellos que conoció, especialmente en su fiel y dedicado hermano Héctor. El mejor documental que he visto hasta el momento en Morelia 2014. 

martes, 21 de octubre de 2014

Morelia 2014/IV



¿Se le puede exigir a un cineasta que deje de hacer lo que realmente le interesa? ¿Con qué derecho le pedimos a Hong, Allen o, más recientemente, Piñeiro, que dejen de repetirse si eso es lo que quieren hacer? ¿Qué autoridad tenemos para eso?
Esto viene al cuento porque en su cuarto largometraje, Yo Soy la Felicidad de este Mundo (México, 2014), exhibido en la competencia oficial, Julián Hernández vuelve a hacer lo que le interesa y lo que sabe hacer mejor. A saber, una hipnótica coreografía de bellos cuerpos masculinos/femeninos entrelazados y entrecruzándose, con el telón de fondo musical -o de plano, con la franca inspiración- de una añeja canción romántica de José José (en este caso, "Dos").
Como de costumbre en el cine de Hernández -la cámara es del infalible Alejandro Cantú-, no hay imagen desperdiciada en cuanto a la belleza y al equilibrio estético se refiere. Sin embargo, como en cierto guiño humorístico (¿o autocrítico?) que un personaje suelta en algún momento del filme, el "cine de arte" de Hernández ya es identificable porque la gente habla poco, se mueve lentamente y no pasan muchas cosas. (Ya, en serio, si en el segmento del threesome Gabino Rodríguez dejara de gatear y él y los demás se movieran normalmente, ¿a cuantos minutos bajaría la duración de la película?)
A decir verdad, sí pasan cosas en Yo Soy la Felicidad de este Mundo: básicamente, estamos ante una historia de amor entre el cineasta Emiliano Arenales (Hugo Catalán) y un jovencito bailarín, Octavio (Alan Ramírez), a quien el director ve cuando está realizando un documental sobre la coreógrafa Gloria Contreras. En el resto del filme Emiliano se dedica a acercarse a Octavio, al mismo tiempo que se encarga de sabotear su relación. Hacia la mitad del filme, aparece el mencionado Gabino Rodríguez -seguramente Nicolás Pereda está de vacaciones en estos días- y tiene una larga escena sexual con un bella dama y con otro caballero, escena que probablemente provenga de un guión que está trabajando el propio Emiliano para su próxima película. Este triángulo amoroso de 30 minutos bien podría haber sido un cortometraje por sí mismo, separado por completo de Yo Soy la Felicidad... pero esa sería otra cinta, más compacta, más concreta. Una que no le interesa hacer a Julián Hernández. E, insisto, ¿quién soy para decirle lo que tiene que hacer? Nomás eso faltaba.
Y si Hernández hizo lo que era de esperarse de él, la sorpresa -fuera de concurso- fue Gloria (México, 2014), opera prima del suizo Christian Keller, la esperada biopic de Gloria Trevi escrita por Sabina Berman. Gloria no es ninguna obra mayor, por supuesto, pero sostengo no solo que es una biopic más coherente que Cantinflas (Del Amor, 2014) -algo que no era tan difícil de hacer, la verdad sea dicha- sino que, incluso, resulta más interesante que varias películas que he visto en la competencia oficial. 
La historia inicia en 1984, cuando una tal Gloria Treviño, una muchachita norteña y atrabancada, llega a audicionar frente al compositor Sergio Andrade (Marco Pérez, muy en su papel) con varias docenas de canciones escritas por ella. La tal Gloria no sabe tocar un solo instrumento, desafina continuamente, sus canciones son "primitivas" pero Andrade ve en ella un filón de oro. De este encuentro entre la futura Gloria Trevi y Sergio Andrade pasamos al momento de su detención, 15 años después, en Río de Janeiro, donde el "clan Trevi-Andrade" -como los bautizaría, aparentemente, la poderosa conductora Paty Chapoy- pasaría varios años de cárcel. Así, entre el ascenso a la fama de la Trevi y su descenso a la cárcel, avanzará esta película que no absuelve por completo a Gloria de su complicidad con Sergio Andrade, aunque sí explica esa misma complicidad por la ciega devoción que la muchacha sentía por su "carcelero", pues muchos años vivió "Con los Ojos Cerrados", como lo dice la canción que Trevi interpreta, en franco tono de cine musical, frente a Ricardo Salinas (Pedro Mira) y Paty Chapoy (Marisa Rubio).
Esta invasión abrupta del musical y sus enlaces a interpretaciones en palenques o conciertos, denotan un arrojo y, al mismo tiempo, una seguridad en el cineasta debutante Keller que resulta refrescante. El tono de la cinta se mueve entre la (¿injustamente?) vilipendiada Showgirls (Verhoeven, 1995) pro de Región 4 y el woman's-film tradicional -la película cumple con dos requisitos básicos de la fórmula: el sufrimiento y la elección-, lo que quiere decir que se alterna la comedia vulgar con el melodrama in extremis. La película merece no pocos reproches -Raúl Velasco (Pepe Olivares) es de risa loca, la música de Lorne Balfe es machacona, el retrato que se hace de la Trevi termina siendo acaso demasiado positivo-, pero la cinta se sostiene sin dificultades durante los 120 minutos de su duración, las escenas musicales (videoclips, conciertos, palenques) están bien realizados y, last but not least, Gloria tiene una inesperada arma secreta que se llama Sofía Espinoza.
La señorita Espinoza no solo canta con enjundia las canciones de la Trevi ("Mañana", "Dr. Psiquiatra", "Pelo Suelto", "Los Borregos, "Papa sin Catsup", "El Recuento de los Daños") sino que se ha convertido en Gloria misma. No solo la voz es muy parecida, sino que se mueve como ella, brinca como ella, baila como ella, grita como ella, hace desfiguros como ella. Es un trabajo físico notable que hará, con toda justicia, que Espinoza se gane toda la atención que merece. Ya está lista para cosas mayores. 


lunes, 20 de octubre de 2014

Morelia 2014/III



¿Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero (México, 2014), segundo largometraje del crítico vuelto cineasta Gustavo Moheno, tenía que ser exhibida en la sección oficial como sucedió? No me malinterprete: la cinta es, la mayor parte del tiempo, un regocijante palomazo pero, vaya, si el año pasado Guten Tag, Ramón (Ramírez Suárez, 2013) se exhibió fuera de concurso, no encuentro mayores méritos en el filme de Moheno que en la película de Ramírez Suárez. Lo que sí veo es que puede tener potencial taquillero, tanto por su reparto, como por su fluida ejecución. 
El Eddie Reynolds del título -en realidad, Eduardo Reynoso- fue vocalista de "Los Ángeles de Acero", un grupo de rockeros que tuvieron sus 15 minutos de gloria hace más de 30 años, con el sencillo "Cheve en la Fiesta". Por supuesto, lo que tenía que pasar, pasó: el ego del vocalista emergió, el guitarrista estrella Santos (Arturo Ríos) se dedicó al trago y a las drogas, y el grupo se separó de mala manera. Sin embargo, he aquí que el mismísimo Bono escucha "Cheve en la Fiesta" y quiere grabarla. Es la oportunidad de Eddie (Damián Alcázar) de dejar de cantar "El Venao" en las bodas, del bajista Fernando (Jorge Zárate) de decirle no a los palenques y a Gloria Trevi, y del baterista Ulises (Álvaro Guerrero) de olvidarse un momento de la farmacia en la que trabaja, solo que hay que encontrar a Santos para que acceda a firmar la cesión de derechos de la citada canción y, ya entrados en gastos, para volver a reunir a la banda.
Alcázar está impecable como siempre, Guerrero está muy gracioso, la jovencita Vico Escorcia es un auténtico descubrimiento, pero el guión no deja ningún cliché sin usar, mientras aparecen algunas las referencias cinefílicas de rigor (que si la historia de amor a lo Manhattan/Allen/1979, que cierto encuadre idéntico a El Resplandor/Kubrick/1980), mientras que abundan los chistoretes de chile, dulce y de manteca: los hay escatológicos ("Eructo es el pedo nulo que por flojera no llegó al culo"), los hay ñoños ("Lázaro, levántate") y los hay hilarantes (el mantra que Lucía/Vico Escorcia les enseña a los ruckeros: "Me ven y se mojan"). Ah, las rolas, por cierto, no están mal.
En cuanto a Retratos de una Búsqueda (México, 2014), opera prima de Alicia Calderón, no hay duda que sí debe estar en la competencia oficial del documental mexicano. Centrada en tres madres que han visto desaparecer a sus respectivos hijos en el sexenio pasado, Calderón se acerca a estas tres mujeres, cuya vida cambió abruptamente cuando la hija de una de ellas fue secuestrada aparentemente por malandrines -o policías, da lo mismo-, el hijo de otra desapareció cuando salió de su casa manejando una camioneta, y la hija de la tercera desapareció con todo y marido cuando los dos iban hacia Estados Unidos.
Los testimonios de las tres madres se alternan con la contextualización de la tragedia nacional de los desaparecidos -solo en el sexenio de Felipe Calderón hubo 26 mil casos- y con su valiente y conmovedora lucha para que el Estado mexicano las escuche. La directora ha sido periodista durante 15 años en Guadalajara y eso se nota en el manejo de un lenguaje directo y reporteril, pero Calderón ha elegido bien su historia y mejor aún a sus tres Madres Corajes. Ya con eso está del otro lado. Del lado correcto, quiero decir.
Plan Sexenal (México, 2014), otra opera prima, pero esta de ficción, es producida por Gerardo Naranjo. El hombre orquesta Santiago Cendejas -director/guionista/editor/músico/coproductor- ha debutado con una auténtica curiosidad, no del todo lograda, pero por lo menos bastante interesante.
Estamos en el DF, en momentos de caos. Hay golpe de Estado, levantamiento popular, toque de queda, el Corona Capital o todos los anteriores. No hay energía eléctrica tampoco, así que la gente se esconde en sus casas y se duerme temprano. Menos Juan y Mercedes (Harold Torres y Edwarda Gurrola), que gracias a "un inventito", no solo tiene luz en su casa sino que, además, organizan una pachanga que, de todas formas, tienen que cancelar cuando un policía (Noé Hernández) llega a su puerta a advertirles que están molestando a los vecinos. 
La noche se torna ominosa por las amenazas apenas embozadas del cuico, porque hay un misterioso vagabundo que se aparece frente a la casa y no se quiere ir, porque alguien rompe el cristal de la ventana con un tabique y porque, además, parece que hay bronquitas no resueltas entre Juan y Mercedes. Sin embargo, cuando uno cree que está viendo la versión nacional de La Noche de la Expiación (De Monaco, 2013) o algo por el estilo, el filme toma un camino claramente dostoiveskiano, y no agregaré nada más para no echar a perder la sorpresa que, para ser francos, resulta lo más interesante de la película, pues la ejecución no le hace tanta justicia a la idea. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Morelia 2014/II




En todos los festivales de cine a los que he ido -nacionales o fuera de México- siempre hay una o varias películas en competencia que merecen la etiqueta: "¿te cae?". Es decir, se trata de ese tipo de cintas que uno no sabe cómo terminaron en la sección competitiva de, digamos, Guadalajara, FICUNAM, La Habana, Río o, en este caso, Morelia.
Y a las pruebas me remito: El Comienzo del Tiempo (México, 2014), segundo largometraje de Bernardo Arellano (decente debut Entre la Noche y el Día/2011) es de esos filmes que uno termina de verlos y dan ganas de ir con la gente del comité de selección -sobre todo con los amigos- para decirles: ¿te cae? 
Toñito y Bertha (Antonio Pérez Carbajal y Bertha Olivia Ramírez) son dos ancianos que viven en una ciudad de México que parece estar habitada por pura gente de la tercera edad: oficinistas, relojeros, peluqueros, sastres, usureros, todos son "mis viejecitos", como dijera el clásico. Vamos, en el DF de Arellano no hay nadie que tenga menos de 50 años de edad. Bueno, de hecho sí hay un joven en el filme, el veinteañero Paco (Francisco Barreiro) -¿no será el mismo Paco de las películas de Pereda en las que ha actuado Barreiro?-, el nieto de Toño y Betty, que un buen día, por esas casualidades extrañas de la vida -o que suceden cuando al guionista no se le ocurrió algo mejor-, se estacionó en el puesto de tamales que tienen los ancianos para preguntarles por una gasolinería y resultó que esos dos viejitos pasitas eran sus abuelitos desconocidos.
Los viejos acogen al nieto, dejado ahí por el hijo ingrato interpretado por José Sefami, y durante el resto del filme vemos cómo los dos santos señores y el indolente muchacho se van conociendo poco a poco. Toño y Bertha están en las últimas, no solo por su avanzada edad, sino porque el gobierno ha cortado las pensiones -quesque para pagar la deuda externa-, por lo que la pareja de ancianos han tenido que buscar la supervivencia haciendo una venta de garaje, cometiendo robo hormiga o, finalmente, convirtiéndose en emprendedores, levantado el susodicho puesto de tamales.
En el papel, una historia como esta, en la que dos venerables viejos conocen a su nieto veinteañero, conviven con él y le enseñan algunas verdades de la vida -y de la muerte-, no parece tan mal. Después de todo, el cine mexicano tiene una larga tradición, nacida en los años 40, en la que los sufridos padres de familia se las veían negras para lidiar con los pulpos chupeteadores que solían ser los hijos ingratos. Y en el cine mundial, desde Di Adiós al Mañana (McCarey, 1937) hasta Amor (Haneke, 2012), pasando por Historia de Tokio (Ozu, 1953), el sufrimiento de los viejos ha sido un tema recurrente.
El problema es que Arellano se muestra como un cineasta casi amateur: repetitivo en las acciones y diálogos contenidos en el guión escrito por él, incapaz de obtener actuaciones decentes de sus no-actores y con una resolución que se quiere emotiva -Paco se une a su abuelo y al desdentado activista Marcos (Marcos Galindo Maldonado) en alguna manifestación antigubernamental- pero que solo puede serlo en la imaginación del cineasta. Una pena porque en su opera prima, la mucho más controlada Entre la Noche y el Día, Arellano había mostrado que tenía cosas qué decir y sabía cómo decirlas. Parece que entre ese filme y El Comienzo del Tiempo todo eso se le olvidó.
El Hogar al Revés (México, 2014), opera prima de Itzel Martínez del Cañizo, en competencia en la sección documental, es notablemente mejor. La cinta está centrada en tres adolescentes, Gerardo, Omar y Santos, que viven en una colonia del Pichonavit en las afueras de Tijuana. No hay adultos alrededor porque las mamás -de los papás se habla poco o casi nada- están trabajando en las maquiladoras, así que los tres chamacos, que están dejando la secundaria para entrar a la prepa, tienen que educarse a sí mismos -el caso de Omar-, ser papá/mamá de sus hermanitos menores -como Santos- o de plano ya iniciar su propia familia -Gerardo, que ha salido con la batea de babas de embarazar a su exnovia.
Martínez ha encontrado en sus tres protagonistas -y en los amigos, amigas y novias que los rodean- a un grupo de muchachitos a los que, en realidad, no les pasa nada extraordinario. Sin embargo, el efecto acumulativo que logra la directora al acercarse a ellos y dejarlos hablar y hacer -es decir, dejar que sean ellos mismos- es notable. El articulado y romántico Omar, el monosilábico Gerardo o el solitario y ambicioso Santos terminan convertidos en figuras reconocibles -uno conoce chamacos así, uno acaso fue más o menos así en la adolescencia- y hasta entrañables.
Dólares de Arena (México-República Dominicana-Argentina, 2014), cuarto largometraje de la pareja formada por Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán (Cochochi/2007, Jean Gentil/2010, Carmita/2013), tiene la desventaja que es una historia que hemos visto ya varias veces en los últimos años y, además, esas cintas han sido mejores.
Me refiero a la temática del turismo sexual en el Tercer Mundo, ya tratada en Bienvenidas al Paraíso (Cantet, 2005) o, más recientemente, en Paraíso: Amor (Seidl, 2012). En este caso, el escenario es República Dominicana, en cuyas playas una guapa jovencita, Noelí (Yanet Mojica), reparte sus atenciones entre algún anciano cliente y una amante más o menos de planta, Anne (Geraldine Chaplin reaparecida), quien se la quiere llevar a vivir a Francia. El novio de Noelí (Ricardo Ariel Toribio) empuja esta relación, porque quiere que la muchacha se vaya a Europa para que le mande dinero con el que, en algún momento, él también pueda viajar hasta allá.
Cárdenas y Guzmán aciertan especialmente en el retrato de ese ambiente entre natural, carnal y decadente en el que se mueven sus personajes y la selección musical -con la participación estelar de la voz y la presencia de Ramón Cordero, quien se revienta el clásico "Causa de Mi Muerte"- es impecable, aunque la cinta no se eleva mucho más allá del mero ejercicio. Y este par de cineastas ya han demostrado que pueden hacer cosas mucho mejores. 

sábado, 18 de octubre de 2014

Morelia 2014/I



La cinta con la que inauguró el 12do. Festival de Morelia fue Birdman (o la Inesperada Virtud de la Ignorancia) (Birdman, or the Unexpected Virtue of Ignorance, EU, 2014), el quinto largometraje del cineasta antes conocido como Alejandro González Iñárritu -es que ahora, en los créditos, aparece como Alejandro G. Iñárritu. Estamos ante la primera obra mayor del director de Amores Perros (2000), la primera cinta en la que González Iñárritu se acerca a algo parecido a la grandeza. Y también a la locura. 
Filmada en una sola (falsa) toma -en realidad, son varias tomas extendidas, con los cortes más o menos visibles, al estilo de La Soga (Hitchcock, 1948)- a través de la virtuosa cámara nunca quieta de Emmanuel Lubezki (ya denle otro Oscar, por favor), he aquí la enloquecida crónica del montaje de cierta obra teatral de Broadway basada en un cuento de Raymond Carver, adaptada/producida/dirigida/protagonizada por Riggan Thompson (Michael Keaton, entre su inolvidable fantasma ingobernable de Beetlejuice/Burton/1988 y su abrumado ingeniero clonado de Mis Otros Yo/Ramis/1996), un antiguo super-estrella del cine de monitos que, después de hacer tres películas de Birdman en los años 90, se negó a participar en una cuarta parte, lo que lo condenó al limbo cinematográfico, entre el olvido de las nuevas generaciones de adolescentes y la admiración nostálgica de alguna cuarentona que lo aborda en un bar para tomarse una foto con él. 
Ya sesentón, divorciado, en crisis económica, con una hija/asistente en rehabilitación, con una nueva novia/actriz que acaso está embarazada, Thompson ha decidido sacar juventud de su pasado y demostrarle al mundo entero -pero sobre todo a sí mismo- que puede hacer algo trascendente, importante, artístico, aunque sea una sola vez en su vida. Vamos, que sí sabe actuar. Que no es solo una "celebridad", como le dice, ningunéandolo, cierta poderosa crítica teatral (Lindsay Duncan, cual Pauline Kael de Broadway) que lo amenaza con destruirlo con su devastadora pluma.
Pero, para ello, Riggan tendrá que lidiar con los regaños de su desesperado productor (Zach Galifianakis, ¡actuando!), su problemática relación con su novia/actriz (Andrea Riseborough), el errático comportamiento de cierto actor genial pero insoportable (Edward Norton, cual Brando revivido, pero diez veces más ojete), la animadversión cantada de la ya mencionada crítica teatral y, por supuesto, sus propias inseguridad y su ego desatado, caras de la misma moneda. Ah, claro, se me olvidaba: y también con el mismísimo Birdman, el personaje que lo hizo famoso, que le habla/regaña/aconseja (con voz en off idéntica al tonito del Batman de Christian Bale, por supuesto), diciéndole que se deje de babosadas artísticas y haga Birdman 4 ("los sesenta son los nuevos 30"), porque eso -el cine de monitos, las cintas de Michael Bay- es lo que quiere ver la gente, no obras teatrales escritas por blancos privilegiados cuya única preocupación verdadera es decidir dónde comprar su café, como le dice, en un desbordado monólogo, su lúcida pero fiel hija adicta (Emma Stone, con sus ojazos).
González Iñárritu dirige con un controlado frenesí -valga el contrasentido- a todos sus actores, quienes caminan, hablan, gritan, pelean, mientras la cámara de Lubezki, nunca quieta, siempre en el encuadre perfecto, los sigue sin perder un solo segundo de la acción, todo ello coreografiado al ritmo de la impresionante banda sonora creada por el joven percusionista Antonio Sánchez. Sin duda, la cinta tiene algunos problemas -los diálogos entre Norton y Stone agregan poco a la historia- y hay algunas escenas de más -el único instante en el que se rompe la ilusión de la toma única a través de sucesivos cortes tradicionales-, pero es injusto concentrarse en estos reproches cuando hay mucho más que disfrutar de una película que finaliza por los aires. Es el vuelo, triunfante/delirante, de González Iñárritu. 
Al día siguiente, o sea hoy, se programó la primera cinta en competencia, en la sección de largometraje de ficción. Se trata de En la Estancia (México, 2014) -antes Las Voces-, opera prima en solitario de Carlos Armella (codirección anterior del documental Toro Negro/2005 con Pedro González-Rubio).
Estamos en La Estancia del título, un pueblito abandonado, cuyos restos decrépitos de su pasado minero apenas se pueden adivinar en sus casas derruidas, sus calles solitarias, su dominante silencio. En los primeros 50 minutos del filme, vemos la rutinaria vida del nonagenario Don Jesús y su crecidito retoño Juan Diego, su hijo más chico que, tradición obliga, se ha quedado a cuidar a su padre. Son los únicos habitantes que quedan en el pueblo. El anciano sigue lúcido -por más que a veces se el olvide alguna anécdota o le conteste a algunas voces que él solo escucha por las noches-, fuerte y saludable. El hijo, abierto, sonriente, un tanto ingenuo, ayuda diligente a criar los "animalitos" que son el único patrimonio familiar, además de unas tierras y algunos árboles frutales. Todo esto lo vemos a través de una puesta en imágenes documental, dirigida por un tal Sebastián, quien permanece fuera del encuadre, por más que a veces dé alguna instrucción o le haga comentarios imprudentes a un desconcertado o hasta dolido Juan Diego.
Pero he aquí que hacia la mita de la cinta, En la Estancia cambia de piel. Lo que hemos visto no es un documental, sino una ficción con un personaje -Don Jesús Vallejo, fallecido en 2012- interpretando una versión más o menos real de sí mismo. Juan Diego, sin embargo, no es su hijo, sino el actor Gilberto Barraza. Roto el encanto documental, la cinta sigue una segunda parte más claramente ficticia. El tal Sebastián (Waldo Facco) que apenas vimos hacia el final de la sección titulada "Espacio", aparece en la segunda parte, llamada "Tiempo", llegando a La Estancia con su mujer embarazada (Natalia Gatto), en busca de Juan Diego. Don Jesús ha muerto, Juan Diego no está por ningún lado y la gente de los pueblos cercanos no sabe nada de él. Esta segunda parte, en la que el cineasta regresa al pueblo a terminar aquel documental que dejó inconcluso, es tan convencional como correctamente realizado.
De alguna manera, Armella ha logrado crear dos cintas en una: un (falso) documental sobre un pueblo olvidado y sus dos últimos habitantes, y una ficción fatalista que -formulita obliga- nos muestra que los sofisticados citadinos haríamos bien en no tomarnos demasiadas libertades y confianzas con el México profundo, tal como nos lo advertía ya la paranoica Llovizna (Olhovich, 1978) hace algunas décadas. Armella ha debutado en solitario, pues, con un filme más que visible, aunque habría que señalar que su colega González-Rubio tuve un debut individual más que promisorio con Alamar (2009).