sábado 18 de julio de 2009

Los otros Potter


Por pura desidia nunca hice la reseña extensa de Harry Potter y el Prisionero de Azkabán (2004) aunque, a la distancia, me arrepiento: hasta la fecha -acabo de ver la sexta parte de la saga- es probable que la cinta dirigida por Alfonso Cuarón sea la mejor de la serie. El Potter de Cuarón es un adolescente rebelde, confundido, volátil: un adolescente normal, hasta cierto punto. Con el regreso a Hogwarts, Harry se verá enfrentado de nuevo con el doloroso recuerdo de sus padres y con la fuga de la cárcel de un peligroso mago, encarnado por Gary Oldman. La tercera entrega potteriana brilla por la eficaz narrativa de Cuarón, por los prodigiosos FX y por el espléndido reparto, en el cual destaca el joven Daniel Radcliffe, que en esta cinta empezó a madurar como actor.

La cuarta y quinta aventuras potterianas sí las reseñé y están, respectivamente, aquí y acá, tal como fueron publicadas en su momento. Ahora sí, cumplida la tarea, próximamente la reseña de HP-6. Qué remedio.

viernes 17 de julio de 2009

Pídala Cantando/VIII


Un lector asiduo de este blog, DarkJam, me pregunta -y le pregunta a los demás lectores- cuáles son las peores adaptaciones literarias llevadas al cine. A bote pronto, propongo estas cuatro no fantásticas sino abominables:

Pedro Páramo (1968), de Carlos Velo. Bostezante adaptación de la novela rulfiana (guión firmado, entre otros, por Carlos Fuentes) con John Gavin en el papel del cacique de los Altos de Jalisco. El casting parece una broma cruel.

El Hombre de la Mancha (1972), de Arthur Hiller. Peter O’Toole le echa todos a los kilos a su encarnación musical de Don Quijote, pero las canciones, las coreografías y la propia adaptación apestan.

El Amigo Americano (1977), de Wim Wenders. La inquietante novela El Juego de Ripley de Patricia Highsmith (luego adaptada decentemente por Liliana Cavani en El Amigo Americano/2002) se convierte en una trama incoherente y aburrida en manos de Wenders. Sin duda, el peor Highsmith fílmico.

La Letra Escarlata (1995), de Roland Joffé. La maravillosa novela de Nathaniel Hawthorne es destrozada por una estúpida adaptación y por la presencia de Demi Moore como una heroica feminista avant-la-lettre. Guácala.


PS. DarkJam propone dos horrendas adaptaciones: El Curioso Caso de Benjamin Button y El Código Da Vinci. ¿Y ustedes?

Harry Potter y la Cámara de los Secretos


Mientras termino de digerir el más reciente Harry Potter para escribir la reseña respectiva, sigue la revisión de lo que he escrito acerca del universo cinematográfico creado a partir de los best-sellers de la señora Rowling. Lo que sigue es la reseña de Harry Potter y la Cámara de los Secretos tal y como la publiqué en su momento. Al re-leerla, recordé que, de hecho, esta segunda cinta me gustó más que la primera.



Chris Columbus ha hecho con Harry Potter y la Cámara de los Secretos (Harry Potter and the Chamber of Secrets, EU, 2002) su mejor película hasta la fecha. El director de Mi Pobre Angelito (1990) y Papá por Siempre (1993) nunca ha sido un cineasta de mucha inventiva pero en esta, la segunda entrega de las aventuras de Potter y amigos, Columbus se nota más suelto con sus personajes, logra varias secuencias muy bien ejecutadas y nos entrega un desenlace que resulta, debo confesar, hasta moderadamente conmovedor.

Pero cuidado: decir que Columbus ha hecho su mejor filme no significa que La Cámara de los Secretos es la obra maestra de fantasía que ¿esperábamos? (en realidad, un servidor no esperaba gran cosa). Hay dos servidumbres que el filme de la Warner no puede (¿o no quiere?) evitar: un desarrollo demasiado episódico de la historia y una excesiva fidelidad al libro de J.K. Rowling, situaciones que provocan que la cinta se extienda, sin muchas justificaciones, a casi 3 horas de duración.

Un año ha pasado y Harry (Daniel Radcliffe) vuelve al exclusivo colegio Hogwarts con todo y sus inseparables amigos Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) y su malévolo enemigo Draco Malfoy (Tom Felton). Harry tendrá varios retos por enfrentar: evitar que Hogwarts sea cerrado, salvar a Hermione de un hechizo que la tiene paralizada por completo, limpiar su propio nombre pues ha sido acusado injustamente y, para variar, enfrentarse al que-no-debe-ser-nombrado, Lord Voldemort, quien resulta estar detrás de todo el mitote.

Sería injusto desechar este segundo episodio potteriano por redundante. Por supuesto, claro que lo es, pero el logro de Columbus, su guionista Steve Kloves, su espléndido reparto sin tache y su notable equipo técnico estriba precisamente en la calidad de esa redundancia. Es decir, tomando en cuenta que la libertad creativa en este tipo de filme es cercana a cero, no puede negarse que La Cámara de los Secretos ofrece no pocos placeres cinematográficos, algunos de ellos asociados a la desbordada imaginación de las cinco compañías de efectos especiales que trabajaron para el filme, otros debidos a un grupo de grandes actores que encarnan con vigor y dignidad impresionantes a sus encantadores personajes unidimensionales.

Así, lo mismo vemos a un delicado fénix naciendo de entre sus propias cenizas que a Kenneth Brannagh y Alan Rickman enfrentarse con pasmosa seriedad en un duelo de hechizos y conjuros; nos asustamos con un árbol malhumorado con vida propia o con un santuario de enormes arañas gigantes, al mismo tiempo que disfrutamos la última interpretación del fallecido Richard Harris o caemos redondos ante el carisma de Robbie Coltrane; vemos cómo Jason Isaacs se sobreactúa gozosamente en el papel del malvado Lucius Malfoy para luego asistir con asombro a una clase de botánica con todo y gritonas raíces de mandrágora; atestiguamos el crecimiento físico e interpretativo del reparto (ya no tan) infantil y después reímos de buena gana con la aparición de una carta materna genialmente regañona…

En cuanto al aspecto temático, La Piedra Filosofal trataba del descubrimiento de la propia personalidad y de aceptarse como uno es; ahora, en La Cámara de los Secretos, Harry tendrá que reflexionar sobre las responsabilidades que tiene, al mismo tiempo que ve cómo su colegio se divide por una serie de tensiones racistas/clasistas entre magos “de pura sangre” y magos “medio-muggles”. Claro, el espectador dirá que el tratamiento que se le da a estos problemas es muy esquemático y simple pero, ¿qué esperaba? Esta es una película dirigida a niños de 10 a12 años. Si se tiene esa edad –o se puede fingir durante tres horas que se tiene—Harry Potter y la Cámara de los Secretos no va a decepcionar mucho… o, de plano, nada.

jueves 16 de julio de 2009

Harry Potter y la Piedra Filosofal


Hoy entra a cartelera Harry Potter y el Misterio del Príncipe (Yates, 2009), la sexta entrega del maguito de espejuelos y cicatriz en la frente. Un servidor se había hecho a la idea de revisar nuevamente las cinco películas anteriores pero, la verdad, ¿a quién quiero engañar? No tengo tanto tiempo libre para auto-recetarme un maratón de esa naturaleza. En todo caso, lo que sí puedo hacer, es rescatar lo que escribí, al momento del estreno, sobre las distintas entregas potterianas. Aquí, la primera reseña. Prácticamente no hay cambio alguno a lo que publiqué hace 8 años. Sólo que, al leerla, me doy cuenta que algunos de mis peros no están plenamente justificados. De hecho, ya me dio curiosidad de volver a verla...



En Hollywood, películas como Harry Potter y la Piedra Filosofal (Harry Potter and the Sorcerer’s Stone, EU, 2001) se dirigen (casi) solas. Dicho de otra manera, la labor de un director en este tipo de superproducciones es, por lo general, la de una suerte de supervisor/gerente de los técnicos, los diseñadores de producción, de vestuario, de efectos especiales, quienes resultan los auténticos “creadores” de la película. Cintas con tal presupuesto y tales ambiciones económicas no pueden dejarse, pues, al libre albedrío de un director con visión propia y fuerte personalidad. Menos aún si estamos hablando de la saga literaria de Harry Potter, creada por la escritora británica J.K. Rowling. El fenómeno literario/cultural/económico que representa Potter y amigos es tan poderoso que la Warner, productora del filme, no quiso arriesgar mucho y optó por jugar una “mano fácil”. Por todo lo antes dicho, no es una sorpresa que el nombre de Terry Gilliam haya sido desechado para que Chris Columbus terminara dirigiendo la adaptación fílmica de la primera novela sobre Harry y compañía.

Columbus es un director eficaz pero invisible, ha trabajado con niños actores y grandes estrellas, ha manejado películas de efectos especiales y no ha conocido todavía lo que es un gran fracaso taquillero. Estas virtudes de Columbus como cineasta salen a relucir en Harry Potter y la Piedra Filosofal pero son estas mismas características las que impiden que el primer filme del brujo pre-adolescente sea una obra maestra. Pero empecemos por partes.

Harry Potter... es un filme entretenido en sus 152 minutos de duración, tiene un reparto de grandes actores plenamente aprovechados (Richard Harris, Maggie Smith, Alan Rickman, Ian Hart, el espléndido Robbie Coltrane), varios curiosos cameos (John Cleese, John Hurt, Julie Walters) y un casting infantil cercano a la perfección (Daniel Radcliffe como Harry, Ruppert Grint como Ron Weasley y la magnífica Emma Watson como Hermione). Además, los efectos especiales no distraen ni estorban sino que sirven para darle mayor profundidad a la trama (para acabar pronto: ¿qué sería de Harry Potter y la Piedra Filosofal sin los espléndidos F/X que hacen posible el juego de quidditch?, ¿qué sería del filme sin la secuencia de la compra de útiles escolares en un barrio mágico de Londres?, ¿acaso no dañaría a la cinta si los efectos especiales no funcionaran a la perfección en la escena del juego de ajedrez?). Pero si la cinta tiene todas estas virtudes, ¿cuál es, entonces, el problema con ella?

Básicamente, su respetuosísima adaptación, escrita por Steven Kloves (guionista de Los Fabulosos Hermanos Baker y Wonder Boys). La cinta está prácticamente encorsetada por la excesiva fidelidad al texto de Rowling quien, al parecer, no sólo participó en el casting y en la propia adaptación, sino que estuvo presente en el set durante buena parte del rodaje. Más que adaptación, el trabajo de Kloves fue, de hecho, una transcripción: diálogos, situaciones, escenas, secuencias, fueron extraídos del libro sin que mediara ningún esfuerzo imaginativo. De hecho, la única imagen que está en el filme y que no aparece en la novela está al inicio, cuando la casa de los tíos de Harry está rodeada de cientos de lechuzas-correo. En todo lo demás, pareciera que el filme de Columbus y la Warner no ambiciona más que ser una especie de versión ilustrada (al costo de 125 millones de dólares) de la novela de Rowling.

Esta fidelidad daña al filme porque hay muchas escenas que pudieron haberse borrado por innecesarias (un ejemplo: la rata de Ron, fundamental en el libro, aquí no tiene ningún papel; entonces ¿para qué conservarla en la trama?), hay otras que debieron haber sido cambiadas para darle mayor impacto a la historia (la huida de los tíos de Harry hasta terminar en una casucha en medio del mar, por ejemplo), mientras que información clave no fue transmitida en la película (¿por qué Severus Snape/Alan Rickman ayuda a Harry?: en el libro hay una explicación muy interesante; en la película, el descubrimiento de que Snape es el “bueno” parece mera arbitrariedad).

Si a pesar de estos problemas de adaptación el filme aparece como una entretenida pieza de diversión infantil, juvenil y adulta, esto se debe a su espléndido reparto, a un diseño de producción impecable, al magnífico trabajo de varias compañías de F/X y, pr supuesto, a la historia contenida en el libro de Rowling quien, para la próxima, debería darle más libertad a Kloves para que éste haga su trabajo. En cuanto a Columbus, el exitoso, muy profesional pero nada inspirado director es quien ya está haciendo la segunda parte de la saga. Por lo tanto, no creo que Harry Potter y la Cámara de los Secretos –que se estrenará en diciembre de 2002— vaya a ser un gran filme. Columbus no lo puede evitar: es bueno en lo que hace, pero sólo es un pobre muggle.

miércoles 15 de julio de 2009

La Soldadera


En 1966, José Bolaños, uno de los responsables -como coguionista- de uno de los bodrios "revolucionarios" mas intragables -La Cucaracha (Ismael Rodríguez, 1958)-, dirigiría una obra insólita en el cine mexicano y en el cine nacional sobre la Revolución Mexicana: La Soldadera (México, 1966).

A diferencia de todo el cine del "Indio" Fernández acerca de la Revolución, no hay intención didáctica alguna en la cinta de Bolaños. A diferencia del cine industrial restante de la época, la Revolución no es escenario para desplantes machistas/machorros ni para actos heroicos/suicidas. Más que la Revolución, lo que retrata Bolaños en esta cinta es "la bola", es decir, el caos de las batallas, el polvo del camino, los ruidos silbantes de las balas, los cuerpos cayendo pesadamente de los caballos, los muertos regados por doquier.

Silvia Pinal encarna a Lázara, una joven pueblerina que en el mismo día de su boda "la leva" militar se lleva a Juan (Jaime Fernández), su marido. Lázara sigue a Juan hasta que este es muerto en una batalla. Luego, la infortunada mujer sigue al vencedor, un general villista llamado Nicolás (Narciso Busquets), quien también muere en un combate contra las fuerzas carrancistas. Lázara, con una hija de Nicolás en ristre, sigue ahora a otro militar del bando vencedor.

La cinta está filmada en un tono lacónico, semidocumental. Como el hilo argumental es tan tenue, lo que importa en realidad es dejarse llevar por las imágenes, como si se estuviera siguiendo una serie de acontecimientos reales.

Por otra parte, los personajes de esta película están lejos de representar a los típicos habitantes de las películas "revolucionarias". Las intenciones de Lázara son inexistentes. Ella no participa conscientemente en "la bola". Sólo le tocó estar ahí. No entiende qué sucede ni para qué se pelea. En todo caso, si algo quiere, es una casa propia en donde vivir, anhelo clasemediero si los hay. Pero tampoco los revolucionarios tienen muy claro el por qué de su lucha. Nicolás, el rudo general villista, sólo acierta a decir en un diálogo clave: "Luchamos para que si nos 'mueramos' de hambre, que sea pronto". Pues sí, si de eso se trataba la Revolución, vaya que logró sus fines.

martes 14 de julio de 2009

Seré Breve.../V


“Ya lo leí”, me dijo un amigo, encogiéndose de hombros. “La verdad, esos italianos no tienen nada que enseñarnos”. Mi escéptico camarada se refería a Gomorra (Ed. Debate, 2007), el best-seller periodístico escrito por Roberto Saviano (Nápoles, 1979), convertido también en multipremiada película recientemente estrenada en México. Y cuando él afirmaba que no teníamos nada que aprender de esos italianos –en específicos, de esos camorristas napolitanos- se refería a algo cierto. Agrego un adverbio: algo dolorosamente cierto. Cualquier sinaloense (o bajacaliforniano, michoacano, tamaulipeco, chihuahuense...) bien informado –vamos, cualquier mexicano bien informado- lee Gomorra como quien posa los ojos en un terreno conocido, en gente que hemos visto antes, en formas de vida identificables. Los tentáculos económicos, políticos y de poder que extiende la Camorra desde el centro-sur de Italia, en la región de Campania, hacia otros destinos de Europa y, de hecho, del mundo, podemos compararlos con los que vemos nosotros muy cerca: los del crimen organizado mexicano que, ay, conocemos –y padecemos- demasiado bien.

Saviano realizó una investigación tan indignada como acuciosa. Su interés es claro: hacer a la Camorra visible. No se trata solamente de levantar la voz, gritar, desahogarse. La denuncia está ahí, en cada una de las páginas, pero también está la información puntual, los nombres y apellidos, los dineros y las empresas, los contactos políticos y económicos. La denuncia de Saviano, no mal escrita y profusamente informada, dio en el blanco: luego de la publicación de Gomorra, en septiembre de 2006, el autor ha tenido que vivir oculto y bajo protección policial.

Qué puerto tan limpio...




El negocio limpio


Desde las primeras páginas, Saviano deja claro que su libro no es acerca de Padrinos paternales que acarician un gato mientras ordenan la muerte de un enemigo o de violentos gángsteres carismáticos que subrayan sus órdenes blandiendo una Ak-47. En el primer capítulo de la primera parte del libro, Saviano apabulla con los datos, la información, los números.

Para entender lo que pasa en el hogar de la Camorra, hay que conocer la entrada. Y esa entrada es el puerto de Nápoles, el puente directo hacia los productos que provienen de Oriente. Un dato nada más: en Nápoles se mueve el 20% del valor de las importaciones textiles de China, pero en cuanto a cantidad, el 70% del volumen pasa por ese sitio. Algo más: el mayor armador estatal de China, Cosco, con la tercera flota más grande del orbe, opera en Nápoles asociado con la compañía suiza MSC, propietaria de la segunda flota mundial. Entre las dos, Cosco y MSC, dominan el mercado de contenedores en el puerto, calculado en más de 150 mil piezas. Según datos oficiales de la Agencia de Aduanas de Italia, el 60% de la mercancía que entra a Nápoles no es inspeccionada, un 20% de recibos arancelarios no se revisan y hay unas 50 mil falsificaciones. Cálculos conservadores indican que se evaden unos 200 millones de euros solamente en impuestos no pagados.

En ese descomunal universo de barcos entrando y saliendo, de ciudades enteras construidas de contenedores, Saviano inicia su periplo por las entrañas camorristas y por uno de sus mecanismos económicos/criminales más redituables: el contrabando. Así, Saviano busca un contacto, consigue trabajo, es contratado sin mayores averiguaciones y rápidamente es asignado a derrumbar paredes internas de un edificio que será, de esta manera, transformado en un enorme almacén. Ahí, se amontonarán cajas y cajas de ropas y utensilios: gabardinas, cazadoras, chubasqueros, paraguas, tenis, zapatillas… Escribí la palabra almacén pero esto no es preciso: se trata de lugares en donde la ropa y los objetos más diversos están unos días nada más para luego ser repartidos por toda Italia, por toda Europa. La lógica económica domina todo y la explica Saviano en prosa limpia, transparente:

“… Una parte de la mercancía podía ser introducida sin el lastre de los aranceles, los mayoristas la recibirían sin los gastos de aduana. A la competencia se le ganaba con descuentos. Mercancía de la misma calidad, pero con un 4, un 6, un 10 % de descuento. Porcentajes que ningún agente comercial habría podido ofrecer, y los porcentajes de descuento hacen crecer o morir un negocio, permiten abrir centros comerciales, tener ingresos seguros, y con ingresos seguros, los avales bancarios”.

Y, por supuesto, los negocios favorecidos por ese trato preferencial son los elegidos por la Camorra, los asociados a ella, los protegidos de ella. Los negocios “limpios” y la delincuencia “sucia” son uno y lo mismo en terrenos de la Camorra. Uno se alimenta de otro. El otro está conectado con el uno.


"¡Giuseppe, consígueme unos terrenos para echar este cochinero...!"



El negocio sucio

El último capítulo del libro, “Tierra de los fuegos”, cierra el círculo de manera perfecta. Para entonces, hemos pasado por más de 300 páginas entre guerras entre clanes, historias de corrupción política, relatos de rebeliones heroicas y trágicas (la de Don Peppino Diana, un sacerdote que se enfrentó a la Camorra sólo para ser asesinado por ella), análisis de la influencia económica de la mafia napolitana en la lejana Gran Bretaña, crónica del papel que juegan las mujeres en el interior de la Camorra, etcétera. Cuando llegamos al final, pareciera que nada ni nadie nos puede ya sorprender: sabemos que la Camorra mata, corrompe, absorbe, aplasta… Y envenena: y no es metáfora.

En esta última parte del libro, Saviano narra su experiencia como asistente/acompañante de un “stakeholder” de los desechos tóxicos, es decir, de un ejecutivo que directa o indirectamente, está conectado con los jefes camorristas, quienes controlan una de las industrias más redituables de Italia: el manejo de residuos. Según Saviano, ningún otro territorio del mundo occidental ha recibido mayor cantidad de residuos tóxicos, muchos de ellos vertidos ilegalmente, lo cual, por cierto, es el verdadero negocio. Siempre de acuerdo con Saviano, los clanes camorristas han ganado, sólo en los últimos cuatro años, la cantidad de 44 mil millones de euros manejando ilegalmente las miles de toneladas de desechos que han envenenado las tierras, los campos, las cañadas, las costas, el mar mismo, del centro y sur de Italia.

Investigaciones oficiales aseguran que de las dieciocho empresas legales que se encargan del manejo de residuos tóxicos solamente en Nápoles, quince de ellas tienen una relación directa con los clanes camorristas. No nos engañemos, nos pide Saviano: el manejo ilegal de estos desechos tiene implicaciones más siniestras que echar basura debajo de la alfombra. En los últimos años, en la zona de la Campania dominada por la Camorra, la mortandad debida al cáncer ha aumentado en más de un 20%. La Camorra, pues, mata incluso con sus negocios de fachada legal. Mejor dicho: mata especialmente con estos negocios “legales”.




Un bonito encuadre, pa' que vean


... the movie

Desde hace varios días está en cartelera Gomorra (Ídem, Italia, 2008), la adaptación fílmica del libro de Saviano. La película -reseñada por un servidor en el Primera Fila de REFORMA del viernes pasado- es una extraordinaria pieza fílmica cuyos aparentes defectos deben ser entendidos como desafiantes decisiones éticas y estéticas por parte del cineasta. Estamos ante una película de gángsteres que pretende enmendarle la plana a todas las películas de gángsteres.

Siguiendo el camino de Saviano, el director y sus guionistas nos muestran a la Camorra como lo que realmente es: un grupo de vulgares criminales que matarían a su propia madre por unos cuantos euros. La negativa, pues, a dar demasiadas explicaciones y el estilo sucio y directo de la cinta tiene su razón de ser: no hay nada más que entender que los camorristas son unos asesinos que pudren todo lo que tocan.

Me pregunto si funciona como debe la cinta sin saber absolutamente nada del contexto social y económico en el que se desarrollan las cinco historias que vemos en pantalla. Supongo que sí. Después de todo, los mexicanos sabemos, por desgracia, algo del mismo tema.

lunes 13 de julio de 2009

Sé lo que viste el fin de semana pasado.../XCII


Todo Incluido/All Inclusive (México-Chile, 2008), de Rodrigo Ortúzar. Un muy convencional melodrama familiar artesanalmente no mal realizado y con dos o tres interpretaciones dignas de mención. Pero si esto no convence ni al sempiterno conformista que regentea este blog, pues usted ya sabrá de qué tamaño son los logros de esta coproducción chileno-mexicana. Mi reseña, escrita hace unos días, aquí, y mi primera impresión de la película, cuando la vi en Guadalajara 2008, acá.

Juego de Ladrones (Thick as Thieves/The Code, EU, 2009), de Mimi Leder. Esta mediocre heist-movie no alcanzó estreno comercial en Estados Unidos, pero aquí en México somos generosos y vemos basuras que no le interesan a nadie, faltaba más. Eso sí, por lo la película es tan fallida que tiene momentos muy disfrutables de humorismo involuntario. Un experimentado ladrón (Morgan Freeman) se conchava a un joven (¿?) caco nuevo en la ciudad (Antonio Banderas) para dar un golpe imposible. Las vueltas de tuerca son tan absurdas que, como a la mitad del filme, dejan de interesar por completo. Mi reseña en REFORMA.

Gomorra (Ídem, Italia, 2008), de Matteo Garrone. Sobre el best-seller homónimo de Roberto Saviano, el séptimo largometraje del cineasta desconocido en México Matteo Garrone es una extraordinaria pieza fílmica -sin duda, de lo mejor del año- cuyos aparentes defectos estilísticos deben entenderse como desafiantes decisiones éticas y estéticas por parte de los hacedores de esta cinta. La crónica contemporánea de los infinitos tentáculos del crimen organizado en Nápoles -¿y por qué no en Tijuana, Culiacán, Juárez, Morelia, el DF, Cancún, Veracruz, Guadalajara, Monterrey...?- tendría que hacerse como lo realiza aquí Garrone o, de plano, mejor no hacerse. Mi reseña en REFORMA.

sábado 11 de julio de 2009

Enemigos Públicos


Hay mucho qué admirar en Enemigos Públicos (Public Enemies, EU, 2009), el más reciente largometraje del especialista en policías y ladrones Michael Mann (productor de la teleserie Miami Vice/1984-1990, director de Fuego contra Fuego/1995, Colateral/2004 y la muy menor adaptación fílmica de Miami Vice/2006). Lo admirable es la impecable ambientación de época con todo y banda sonora ad-hoc, el montaje visual y sonoro de las muchas escenas de acción que presume la cinta, y el trabajo de algunos de sus actores -aunque no tanto de los protagónicos, por cierto. Sin embargo, también me topé con varios elementos que nunca me terminaron de convencer. El resultado, desde mi perspectiva, es el de una película indudablemente valiosa -de hecho, es probable que se cuele en mi lista de lo mejor del 2009- pero que se quedó a un buen trecho de tocar la auténtica grandeza.

La cinta es la trepidante crónica de los 14 meses, de mayo de 1933 a julio de 1934, en los que el célebre asaltabancos John Dillinger (Johnny Depp) puso en jaque y en ridículo al gobierno de Estados Unidos y a al recién creado FBI, pues no sólo robó todo banco que quiso y cuando quiso sino que, cuando llegó a ser capturado, se escapó de la cárcel -dice la leyenda, no corroborada aquí, que con una pistola de madera-, llevándose, además, el auto de la alcaidesa. Más aún: Dillinger, aficionado al beisbol, a las mujeres, al whiskey y al cine (hombre, ¿qué hay de malo en todo esto?), se convirtió en una auténtica celebridad que sonreía a la primera provocación, daba declaraciones cínicas, posaba despreocupado en las fotos y -por lo menos eso también dice la leyenda- no le robaba el dinero que llevaban en las manos los cuenta-habientes, sino solamente lo que se encontraba en las bóvedas de los bancos. Y algo más: se sabe que Dillinger odiaba el uso exagerado de la violencia y no le gustaba matar "civiles", a diferencia del psicopático Baby Face Nelson (Stephen Graham) que asesinaba por gusto. Si a este cuadro le agregamos que Dillinger hizo todas sus gracias en plena Depresión, cuando los bancos no eran exactamente bien vistos (¿y cuándo lo son, por cierto?), entonces podemos entender la fuerza mítica de su nombre y sus acciones. No extraña, por lo tanto, que Dillinger haya merecido, antes de Enemigos Públicos, por lo menos dos filmes en los que él es el personaje protagónico -uno de 1945 y otro de 1973- además de aparecer en casi una veintena de películas desde que lo encarnó Lawrence Tierney en la ya mencionada cinta de 1945.

Al llevar a la pantalla grande, en casi dos horas y media, esta emblemática historia de ladrones carismáticos, huídas imposibles, robos audaces y rudos agentes de la ley, Mann creó varias secuencias extraordinarias -todas los momentos de acción hacen que fijemos la mirada en la pantalla- y, por lo menos, una imagen que es no sólo de lo mejor que veremos en el año sino de los mejor que ha hecho el cineasta en toda su carrera: el éxtasis de balas que dispara y que recibe, al morir, un orgiástico Baby Face Nelson. Pero, escribí arriba, Mann tomó algunas decisiones desconcertantes que, en mi opinión, terminan por minar este, de todas maneras, espléndido filme.

El más importante es el casting de Johnny Depp y, por añadidura, la definición del John Dillinger imaginado por Mann y sus coguionistas. Para acabar pronto, Depp nos entrega un gángster demasiado cool para ser cierto: en ningún momento creí que estaba viendo la historia de John Dillinger sino, por el contrario, que estaba atestiguando la gozosa actuación de Johnny Depp como Dillinger. Nunca pude comprar la idea que Depp era capaz ya no digo de robar un banco, sino de quitarle un dulce a un niño. Es cierto, Depp se ve muy bien empuñando su tommy-gun, dando órdenes terminantes al asaltar, golpeando a uno que otro de vez en cuando, pero su presencia no transmite ningún tipo de amenaza. Compare usted el Dillinger de Mann/Depp con el mejor que me ha tocado ver, el interpretado por Warren Oates en el subvalorado filme de John Milius, y entenderá las diferencias: el Dillinger de Oates también tiene carisma, es adicto a la fama, disfruta su chamba de asaltar bancos, pero en ningún momento nos hace olvidar que puede empuñar un arma. El tipo puede ser atractivo, sí, pero también peligroso.

La actuación de Christian Bale como el Némesis de Dillinger, el obsesivo -y dueño de su propia leyenda- agente federal Melvin Purvis ha sido muy criticada en casi todas partes. No acostumbro ser un contreras, pero creo que Bale sale mejor librado que Depp al encarnar al famoso G-Man Purvis que hizo caer no sólo a Dillinger sino al ya mencionado Baby Face Nelson y a Pretty Boy Floyd (Channing Tatum). Es cierto, Bale está inexpresivo, concentrado, se diría que casi aburrido, pero no podía ser de otra manera: es el seco rostro de la Ley, el brazo implacable y profesonal del todopoderoso Edgar J. Hoover (Billy Crudup). Sin embargo, cuando él mismo no puede con el paquete, pedirá los debidos refuerzos, entre ellos al experimentado ranger Charles Winstead (Stephen Lang, memorable) que, poco a poco, impondrá su inteligencia y jerarquía, a tal grado de ser él -y no Purvis- quien recibe el recado postrero que Dillinger le envía a su amada india-francesita (Marion Cotillard cumplidora). Dicho de otra manera, es muy claro de qué lado está Mann: de su carismático Dillinger, de su estrella Depp.

El otro asunto que me ha hecho dudar es el vídeo en alta definición en el que está realizado el filme. David Edelstein, del New York Magazine, ha escrito que a través de la cámara de Dante Spinotti, Mann nos entrega una cinta que tiene un look "fascinantemente raro". En efecto: en lo personal, todavía no sé si la imagen general de la película terminó por gustarme. Hay momentos en donde la inmediatez estilística del vídeo se justifica con creces (los asaltos bancarios, las muchas huidas, la nocturna balacera climática), pero hay otros en donde, la verdad, no tiene sentido: por ejemplo, ¿para qué hacer un brusquísimo paneo en interiores, cuando lo único que provoca es que no veamos nada, a no ser manchas e imágenes barridas?

En todo caso, más allá de mis dudas y mis peros, Mann demuestra nuevamente ser uno de los más grandes autores contemporáneos del cine estadounidense. Qué tan grande, qué tan importante, que lugar ocupa frente -o al lado- de otros, puede ser discutido. Pero nadie puede poner en duda que el hombre sabe hacer cine. Y lo hace bien.