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martes, 2 de septiembre de 2014

Lucy



Hay un momento en Lucy (Ídem, Francia, 2014), décimo-sexto largometraje del veterano cineasta y productor galo internacionalizado Luc Besson, en el que la Lucy del título, con un displicente movimiento de sus manos, maneja a su antojo a sus violentos oponentes hasta dejarlos flotando en el aire, entre frustrados e indefensos. En otra escena, la sola mirada de Lucy hace callar al sobrecargo de un avión. Y al final, en la secuencia climática del filme, Lucy termina dejándonos un mensaje de alcances quasi-divinos: “estoy en todas partes”.
Por supuesto, como la tal Lucy es encarnada por Scarlett Johansson, la descripción de sus poderes –que los hombres caen a sus pies o flotan ante ella, que se quedan sin habla, que sienten su presencia en todos lados- es más o menos lo que provocaría la mera presencia de Miss Johansson en la vida real, sin súper-poderes de por medio.
Besson nunca ha sido un cineasta sutil pero eso no significa que no tenga claridad en lo que quiere hacer. Me refiero a que, más allá de alguna muy buena secuencia de acción  filmada en las calles de París, Lucy no es tanto una cinta de acción veraniega sino un desvergonzado y muy efectivo vehículo de lucimiento de Miss Johansson quien, por otra parte, puede presumir la más interesante filmografía hollywoodense del nuevo siglo entre las actrices de su generación: de “Black Widow” en la lucrativa saga de monitos de la Marvel a irresistible voz artificial pero intoxicante en Ella (Jonze, 2013) a misterioso extraterrestre cazador/recolector de seres humanos en Bajo la Piel (Glazer, 2013) a parangón de las más altas posibilidades de la humanidad en Lucy.
La película, escrita por el propio Besson, no es más que un mero excipiente para lucir a  Miss Johansson, lo que ofrece no pocas ventajas –la cinta solo está interesada en darle oportunidades a su actriz/estrella para que aparezca en minifalda, eche bala a diestra y siniestra, ponga pose de implacable depredadora frente a los matones que la persiguen o aparezca inesperadamente conmovedora en cierto monólogo filmado en close up- pero también bastantes desventajas, como el simple hecho de que, a ratos, la historia no tiene sentido y el hilo argumental cambia caprichosamente sin explicación alguna.
La Lucy del título, una guapa muchacha que vive temporalmente en Taipei, es obligada por su ojete novio a llevar a cabo un trato que resulta ser letal. Tiene que entregar al violento gánster coreano Mr. Jang (Min-Sik Choi, en su primer papel importante en Occidente) un maletín que contiene una poderosa droga sintética –la CPH4- que luego será colocada, operación quirúrgica de por medio, en el abdomen de ella con el fin de que lleve ese paquete a los Estados Unidos. El problema es que uno de los malandrines de Mr. Jang patea en el estómago a Lucy, el CPH4 se libera dentro del cuerpo de ella y eso provoca que, gracias a la droga, la muchacha empiece a usar el 90% restante del cerebro que, supuestamente, ningún ser humano usa en realidad. O sea: díganle sí a las drogas.
En la primera parte de la cinta, antes de que Miss Johansson se convierta en Súper-Lucy, la cinta alterna el escenario de Taipei con una conferencia magistral dictada por un sabio profesor avejentado (Morgan Freeman, ¿quién más?), quien nos va dando trozos de información clave sobre los límites de la inteligencia humana, las reglas de la evolución y el mal uso que le damos a nuestro cerebro.
A esta narración paralela más que obvia hay que sumarle chambonas ilustraciones sobre la relación entre víctima y depredador que parecen salidas de un documental de National Graphic o de alguna obra mayor de Alain Resnais (Mi Tío de América/1980), además de un desenlace que se mueve del homenaje a la parodia, entre lo mejor de Kubrick y lo peor de Malick.
Al final, me queda claro que Besson ya no supo qué hacer con su película ni, mucho menos, con Miss Johansson. No le pidamos peras al olmo: Besson no es Sofía Coppola, Woody Allen, Spike Jonze o Jonathan Glazer pero, de todas formas, sí hace mejor cine –o, vaya, por lo menos, más interesante- que la gente de la Marvel.  ¿Besson para dirigir a Miss Johansson en la futura película de “Black Widow”? Nah: los ñoños de la Marvel nunca se atreverían. Ellos se lo pierden. Y, por desgracia, todos nosotros también. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLII



H2Omx (México, 2013), de José Cohen y Lorenzo Hagerman. Estamos ante una muy bien informada cinta documental que nos presenta el ¿irresolube? problema del agua en la ciudad de México. Sin voz narrativa alguna, pero sí con innumerables testimonios en off de diversos especialistas, investigadores, activistas y funcionarios, Cohen y Hagerman nos muestran el callejón sin salida que es llevarle agua a la zona metropolitana de la Ciudad de México, en donde viven 22 millones de personas. 
El problema, por cierto, es más o menos parejo: es cierto que los más ricos acaso no tienen que esperar la pipa del mes como sucede con cierta doñita que vive en Tlalpan, pero también vemos a un gerente de un restaurante de la Condesa que asegura tener broncas similares con el suministro del agua. Y lo peor, que atestiguamos al final: las aguas negras y contaminadas con metales pesados que salen del DF llegan a Hidalgo, en donde son usadas para el riego de las verduras que se comen los capitalinos. Algún agricultor lo dice con todas las letras: "de la ciudad nos mandan caca y nosotros les regresamos alimentos". Esos alimentos están contaminados con cantidades criminales de cromo, plomo, estaño, antimonio, cobalto, arsénico, cadmio y el resto de la tabla periódica, y las mediciones no son cualquier cosa: los metales pesados -que han provocado, por ejemplo, una alta incidencia de cáncer en las zonas rurales de Hidalgo- sobrepasan hasta en nueve veces -es el caso del plomo- las cantidades mínimas permitidas. 
Los datos, las imágenes, los testimonios, que presentan Cohen y Hagerman son abrumadores y pareciera que no queda más remedio que la desesperanza o, de plano, la extinción. Pero, por supuesto, esto no es así: desde el inicio del documental, vemos a dos jóvenes, el ingeniero Antonio Capella y el diseñador Enrique Lomnitz, quienes con un entusiasmo hasta sospechoso llegan a Xochimilco a instalar un sistema de recolección de lluvia que puede solucionar el problema del agua de una comunidad entera. 
Claro, el trabajo de estos dos activistas -eso sí, muy prácticos, ¿habrán leído a Gabriel Zaid?- es solo una gota -ya sé, la metáfora es chambona- que se puede perder en ese océano de problemas que es la Ciudad de México. Pero son este tipo de acciones, pequeñas pero concretas, las que pueden ir solucionando broncas de este tipo. El valor de este documental dirigido por Cohen y Hagerman es que que no solo muestra todos estos problemas, sino prueba que la solución a ellos es posible. El valor de H2Omx es, pues, muy didáctico, en el mejor sentido del término.

Lucy (Francia, 2014), de Luc Besson. Como mañana pienso publicar un largo texto aquí mismo, solo adelantaré que se trata, más allá de sus virtudes e insuficiencias, acaso el definitivo vehículo de lucimiento de Scarlett Johansson como estrella fílmica global.

El Círculo Roto (The Broken Circle Breakdown, Bélgica-Holanda, 2012), de Felix van Groeningen. Esta cinta, nominada al Oscar 2014 a Mejor Película en Idioma Extranjero, es un intenso melodrama sobre el amor, la vida en pareja, la paternidad/maternidad, la enfermedad, la muerte y hasta el último/íntimo sentido de la vida, todo ello acompañado por una irresistible banda sonora bluegrass. Con todo, creo que hacia el final la historia se le sale de madre al director van Groeningen y cierta vuelta de tuerca en el desenlace termina por minar buena parte de lo que hemos visto. Igual, vale la pena revisarla por su pareja de actores protagónicos (Veerle Baetens y Johan Heldenberg), por la fragmentada pero eficaz puesta en imágenes e, insisto, por esa banda sonora repleta de clásicos del bluegrass o de canciones de T Bone Burnett y otros compositores por el estilo. 

Decisión Final (Draft Day, EU, 2014), de Ivan Reitman. Una suerte de Moneyball (Miller, 2011) en el mundo del futbol americano con un perfecto Kevin Costner en un papel hecho a la medida. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

jueves, 28 de agosto de 2014

La Marcha Nupcial


Von Stroheim dándole ideas a los diputados panistas




La Marcha Nupcial (The Wedding March, EU, 1928), séptimo largometraje de Erich von Stroheim, fue producido fuera de los grandes estudios después de que el cineasta austriaco había sufrido la mutilación y el fracaso económico de Avaricia (1924) y haber gozado del triunfo y el éxito en taquilla de su siguiente filme, La Viuda Alegre (1925) –aunque, a decir verdad, von Stroheim no ganó mucho dinero con este segundo filme, pues la MGM le “descontó” las ganancias de La Viuda Alegre para “abonar” el desastre financiero que resultó Avaricia.
En todo caso, el éxito de La Viuda Alegre le permitió a von Stroheim jugar a la producción independiente. Un millonario, Pat Powers, salió al quite para financiar su siguiente épica cinematográfica: una historia de amor ambientada en el Imperio Austrohúngaro, en plena Gran Guerra y que sería estrenada en dos partes de poco menos de dos horas cada una. Al final de cuentas, fiel al destino fílmico que sufrió von Stroheim durante toda su carrera, el director austriaco solo pudo realizar la primera parte. La secuela, titulada The Honeymoon (1928), fue editada sin su consentimiento sin haber sido terminada, fue estrenada solo en Europa y desapareció del mapa cuando la única copia existente se quemó en un incendio ocurrido en la Cinemateca Francesa en 1957.
En todo caso, más allá de que el proyecto no pudo ser terminado como deseaba von Stroheim, hay que decir que lo que sobrevivió hasta nuestros días, esta primera parte titulada La Marcha Nupcial, es de lo mejor en toda la filmografía del director de Queen Kelly (1929). Incluso, bien podría alegarse que se trata de una de sus cintas más redondas, ya que su llamada obra maestra, Avaricia, fue mutilada criminalmente y acaso nunca conoceremos el corte original de 9 horas.
La Marcha Nupcial, escrita por el propio director en colaboración con Harry Carr, nos ubica en Viena, en 1914, en los albores de la Gran Guerra. El Príncipe Ottokar von Wildeliebe Rauffenburg (George Fawcett) y su esposa, la Princesa María (Maude George), pueden tener todos los títulos nobiliarios posibles –él es Capitán de la Guardia Imperial- y un apellido “de un kilómetro de largo”, pero no tienen en qué caerse muertos. Por eso, cuando su indolente hijo único Nicholas (von Stroheim himself) les pide una lana para sostener su tren de vida, los príncipes le dicen, a voz en cuello, que “se case con el dinero”.
Y da la casualidad que, por ahí, queda una soltera codiciada. Es cierto que es tímida, esmirriada y cojea visiblemente, pero Cecelia Schweisser (Zasu Pitts) es la heredera de un nuevo rico que, en una escena particularmente grotesca, en medio de una orgía –con trago, mujeres y negros incluidos- negocia con el Príncipe Ottokar el matrimonio de sus respectivos retoños por un millón de kronens. Sin embargo, Nicholas –o Nicky, como le gusta ser llamado- se ha enamorado de una bellísima arpista pobretona, Mitzy (Fay Wray unos años antes de enamorar a cierto chango gigantesco), a quien le hace la ronda un vulgar y violento carnicero (Matthew Betz). ¿Qué cree usted que pasará? ¿Triunfarán los “verdaderos enamorados” a quienes dedica von Stroheim su película? ¿O ganará el siniestro “Hombre de Hierro”, la fría estatua de metal que domina la vista de toda Viena?
Además de los extraordinarios recursos de producción –la Viena de la juventud de von Stroheim fue reproducida al dedillo en estudios americanos, la secuencia de la procesión de Corpus Christi fue realizada en un “revolucionario” technicolor-, La Marcha Nupcial se sostiene impecable/implacable por sus escenas y secuencias genuinamente cinematográficas: el flirteo entre Nicky y Mitzy descrito a través de sus miradas y sonrisas, la orgía en la que von Stroheim se atreve a mostrar eyaculaciones de champaña en primer plano, el contraste de la decadente nobleza en su fiesta digna de diputados panistas frente al amor puro de Nicky y Mitzy, además de esa inolvidable secuencia final –retomada años después por Kurosawa- que es uno de los desenlaces más crueles en la obra de von Stroheim. Y esto es ya decir algo.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El cliché que yo ya vi/CXXIV



Joel Meza propone:

El escudo antibalas hollywoodense: En las películas, cuando el protagonista quiere salir bien librado de una lluvia de balas, únicamente debe activar el escudo que conoce todo héroe que se respete: esto se logra disparando (y si es sin apuntar, mejor) hacia donde los agresores, mientras lo están rociando de plomo. Hollywood garantiza que ninguna bala enemiga le pegará al héroe que, acto seguido, podrá moverse a sus anchas frente a los enemigos. Es menester que el héroe suelte uno o dos disparos más, igualmente descuidados, mientras se traslada como Pedro por su domicilio, para que el escudo antibalas no pierda fuerza.
Ejemplos, hay muchos... y Sylvester Stallone los usó todos en Los Indestructibles 3.

lunes, 25 de agosto de 2014

La Segunda Muerte



Desde el pasado fin de semana se está presentando en la Cineteca Nacional, el Cinematógrafo del Chopo y otras sedes, el XIII Macabro Film Festival, dedicado al cine fantástico y/o de horror, con todo y lo vago que pueden resultar este tipo de etiquetas. Dentro de la Sección Oficial de Largometraje, se encuentra en competencia La Segunda Muerte (Argentina, 2012), opera prima de Santiago Fernández Calvete. 
Comercialmente hablando, se ve poco cine argentino en México y más aún  si este es de horror y/o fantástico. De hecho, haciendo memoria, en los últimos meses he podido ver apenas un par de cintas argentinas que entran en esta definición genérica: El Desierto (Behl, 2013), un sólido ejercicio post-apocalíptico zombiesco; y Leones (López, 2012), una hipnótica road-movie a pata, casi mágica en su planteamiento y ejecución.
Frente a estos dos filmes mencionados, La Segunda Muerte se presenta como un meritorio ejercicio de estilo en el terreno del thriller religioso. La puesta en imágenes, con la fotografía grisácea y deslavada de Darío Sabina, encaja a la perfección con el tipo de vida y la clase de gente que vive en Pueblo Chico, algún pequeño villorrio en el interior argentino en donde ocurren los acontecimientos del filme.
Cierto día, la policía Alba Aiello (Agustina Lecuona) encuentra el cadáver quemado de un habitante del lugar en medio del camino. Luego aparece otro más, que resulta ser el hermano. Y después, otros miembros de la familia también mueren de la misma forma. La forense acepta dar un veredicto increíble, milagroso: todas las muertes se deben a una combustión espontánea. En esos mismos días ha llegado a Pueblo Chico un niño de 11 años apodado “El Mago” (Tomás Curullo Lizzio), quien es capaz de ver el pasado de cualquier persona solo al tocar una foto de ella. “El Mago” resultará ser de utilidad para resolver el caso de la familia incinerada, aunque él mismo tiene su propio misterio sin resolver.
El guion escrito por el propio cineasta debutante nos va dirigiendo hacia una solución insólita –que no apuntaré aquí, por supuesto- aunque, finalmente, el enigma de las muertes de todos los familiares se resuelve de una forma relativamente más convencional. Aunque, eso sí, Fernández Calvete no desperdicia ni siquiera el último fotograma para sorprendernos con una postrer revelación que cambia el sentido de buena parte de lo que hemos visto. Un buen ejercicio genérico y una muy decente cinta en competencia. 

La Segunda Muerte se exhibe hoy en el Cinematógrafo del Chopo a las 19:30 horas. 

domingo, 24 de agosto de 2014

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLI



Guten Tag, Ramón (México-Alemania, 2013), de Jorge Ramírez-Suárez. Idílica fantasía migrante que se beneficia de una simpática interpretación de Krystian Ferrer. Se deja ver con extrema facilidad. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

Gran Piano (Grand Piano, España, 2013), de Eugenio Mira. El tercer largometraje del valenciano Eugenio Mira -inéditas en México The Birthday (2004) y Agnosia (2010)- es un implausible pero bien ejecutado thriller que podía haber sido dirigido por el Brian de Palma de los años 80. 
El virtuoso pianista Tom Selznick (Elijah Wood), recién salido de un forzado retiro de 5 años después de sufrir un ataque de pánico al intentar ejecutar cierta "pieza intocable" de su fallecido mentor, vuelve a los escenarios en Chicago a tocar frente a un ansioso público que quiere volver a ver al que alguna vez fue considerado "el nuevo Rachmaninoff". Sin embargo, al empezar el programa respectivo, Selznick es amenazado, primero vía telefónica y luego a través de un audífono: si no ejecuta a la perfección cierta maldita "pieza intocable" -"La Cinquette", de su mentor Patrick Godureaux-, el invisible tipo que le habla desde algún lugar en el teatro, lo matará a él y, antes, a su preciosa mujer actriz (Kerry Bishé), que está en ese mismo concierto. 
Así pues, Selznick tiene que tocar a la perfección la susodicha pieza no sólo para recuperar la confianza en sí mismo, sino para salvar la vida de su esposa y su propio pellejo. Y es claro que el misterioso villano (voz y luego presencia de John Cusack) no está bromeando, pues Selznick comprueba muy pronto que el misterioso tipo está dispuesto, en efecto, a escabecharse en quien se interponga en su camino. 
Aunque la razón para que el psicópata de marras tenga apuntando un arma a la humanidad de Selznick resulta ser bastante vulgar -el cochino dinero, como siempre-, la verdad es que esa justiticación no funciona más que como el inevitable McGuffin argumental para que el director Mira y su muy profesional equipo -el cinefotógrafo Unax Mendía, el editor José Luis Romeu y el actor protagónico Elijah Wood, muy convincente en su papel de pianista acorralado en un gran escenario teatral- nos entreguen un compulsivamente visible thriller que, además, tiene la virtud que ni siquiera llega a la hora y media de duración. Lo decente, si es breve, resulta doblemente decente.

sábado, 23 de agosto de 2014

Esposas Frívolas



Finalmente, después de un año de filmación y seis meses de montaje, Esposas Frívolas (Foolish Wives, EU, 1922), tercer largometraje de Erich von Stroheim, se estrenó en Estados Unidos con una duración de más de dos horas. La cinta -que originalmente había sido planeada para seis horas- le había costado a la Universal más de un millón de dólares. El excesivo costo se explica porque el meticuloso von Stroheim insistió en reproducir al dedillo casinos y castillos europeos en California, además de su conocido gusto por repetir una y otra vez la misma escena, manía que lo llevó a usar, se dice, más de 300 rollos en todo el rodaje.
El entonces joven presidente de la Universal Irving Thalberg amenazó con correr a von Stroheim en varios momentos de la filmación, pero la cinta había costado demasiado y había que sacar algún beneficio de ella. Además, ¿cómo correr a von Stroheim si, además, él mismo era el actor protagónico? Al final de cuentas, la película se estrenó con una extensión de 21 rollos, aunque luego fue cortada bajo órdenes de Thalberg hasta dejarla en 14 (140 minutos), que es la versión más cercana a lo que pretendió hacer von Stroheim.
Si uno lee las reseñas de la época, un reproche común es la excesiva duración de una historia que, al final de cuentas, es una variación, corregida y aumentada, de su opera prima, Maridos Ciegos (1919). Nuevamente von Stroheim encarna al perverso villano, el dizque sofisticado Conde Serguei Karamzin, capitán del ejército ruso, quien posee la lujosa Villa Amorosa en Monte Carlo, donde vive -y desayuna caviar- con sus "primas", las princesas Olga y Vera Petchnikoff (Maude George y Mae Bush). Por supuesto, Karamzin no es ningún noble, no es ningún militar y no tiene dinero -de hecho, todo esto pareciera una confesión del propio von Stroheim, que se decía hijo de nobles (no lo era), que presumía haber sido héroe de guerra (no lo fue) y que ocultó siempre su origen clasemediero y judío. En todo caso, el falso conde ruso usa sus aires de autoridad, su carisma y la credulidad de sus víctimas -la realeza europea y los ingenuos "nuevos ricos" americanos- para hacer de las suyas. Así, monta un casino en su propia villa, despeluca a los incautos que caen por ahí, pierde dinero falso que le encarga a un achichincle (Cesare Gravina) y, de pasada, enamora a la joven esposa (Miss Dupont) de un maduro embajador gringo (Rudolph Christians). 
Uno podría alegar que von Stroheim es un misógino de primera: no hay una sola mujer en todo el filme que no sea una víctima (la esposa del embajador, la criada de Karamzin, la hija retrasada del falsificador) o una depredadora (las "primitas" alegres). Pero la verdad es que tampoco los hombres se salvan. Vea si no la galería masculina: el desalmado y cínico Karamzin, el estirado embajador americano, los decadentes tipos que caen a tomar y jugar en Villa Amorosa... 
La misantropía de von Stroheim no deja títere con cabeza en esta lasciva crónica de excesos: nadie se ve bien en la cinta, sea por su crueldad, su cinismo o su tontería. Este tono desencantado evita que el filme caiga en el discurso moralino que lastraba Maridos Ciegos. El final que tiene el propio Karamzin -echado a una alcantarilla como si fuera una vil rata- es un castigo apenas justo no solo para él, sino para toda esa sociedad de entreguerras que chapotea en la decadencia.