jueves, 5 de mayo de 2016

Ariel 2016... en un vistazo



Hace unas semanas se dieron a conocer las cintas nominadas al premio Ariel que otorga cada año la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas a lo mejor del cine mexicano -e iberoamericano- en cada una de las 26 categorías. 
Como de costumbre, acá está la lista, en orden de preferencia, de todas las cintas que he visto hasta el momento, con algunas ligas a críticas o comentarios. ¿Qué significan las estrellitas/crucecitas? Aquí, a la derecha.


El lobo detrás de la puerta (O lobo atrás da porta, Brasil, 2013), de Fernando Coimbra. Escribí por acá de ella. (***)

El club (Chile, 2015), de Pablo Larraín. Escribí de ella por acá. (***)

El clan (Argentina-España, 2015), de Pablo Trapero. (***)

Hilda (México, 2014), de Andrés Clariond. Mi crítica en Reforma. (** 1/2)

Los reyes del pueblo que no existe (México, 2015), de Betzabé García. (** 1/2)

600 millas (México-EU, 2015), de Gabriel Ripstein. Mi crítica, en Reforma. (** 1/2)

El hombre que vio demasiado (México, 2015), de Trisha Ziff. Escribí de ella por acá. (** 1/2)

Las elegidas (México-Francia, 2015), de David Pablos. Mi crítica en Reforma. (** 1/2)

Los ases del corral (México, 2015; 10 minutos), de Irving Sevilla. (** 1/2)

Trémulo (México, 2015; 20 minutos), de Roberto Fiesco. (** 1/2).

Ausencias (México-El Salvador, 2015; 28 minutos), de Tatiana Huezo. (** 1/2)

Muchacho en la barra se masturba con rabia y osadía (México, 2015; 22 minutos), de Julián Hernández. (** 1/2) 

El abrazo de la serpiente (Colombia-Argentina-Venezuela, 2015), de Ciro Guerra. Escribí de ella acá. (**)

Un monstruo de mil cabezas (México, 2015), de Rodrigo Plá. Unas líneas, acá. (**)

El Paso (México, 2015), de Everardo González. (**)

Tiempo suspendido (México, 2015), de Natalia Bruchstein. Escribí unas líneas aquí(**)

Te prometo anarquía (México-Alemania, 2015), de Julio Hernández Cordón. Escribí por acá de ella. (**)

Una sonrisa a la vida (Truman, España-Argentina, 2015), de Cesc Gay. Acabo de escribir unas líneas por acá(**)

Gloria (México, 2014), de Christian Keller.  Mi crítica, en Reforma. (**)

El buzo (México, 2015; 16 minutos), de Esteban Arrangoiz. (**)

3 variaciones de Ofelia (México, 2015; 15 minutos), de Paulo César Riquer. (**)

Dólares de arena (México-República Dominicana-Argentina), de Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán. Mi comentario acá. (* 3/4) 

El Jeremías (México, 2015), de Anwar Safa. Mi crítica, acá. (* 1/2)

Sopladora de Hojas (México, 2015), de Alejandro Iglesias Mendizábal. Escribí unas líneas por acá. (* 1/2)

La delgada línea amarilla (México, 2015), de Celso García. (* 1/2).

La teta de Botero (México, 2014; 16 minutos), de Humberto Bustos. (* 1/2)

Made in Bangkok (México-Alemania, 2015), de Flavio Florencio. (* 1/2) 

Tobías (México, 2015; 44 minutos), de Francisca D'Acosta. (* 1/2)

Esclava (México, 2014; 13 minutos), de Amat Escalante. (*)

La increíble historia del niño de piedra (México, 2015), de Pablo Aldrete, Miguel Bonilla, Jaime Romandía y Miguel Ángel Uriegas. Mi crítica, en Reforma. (*)

Ella es Ramona (México, 2015), de Hugo Rodríguez. Unas líneas, por acá. (*)

Tiempos felices (México, 2014), de Luis Javer Henaine. (*)

El americano: The movie (México-EU, 2016), de Ricardo Arnaiz, Mike Kunkel y Raúl García. Mi comentario, acá. (*)

Mexican gangster: La leyenda del charro misterioso, de José Manuel Cravioto. (-)

Familia gang (México, 2014), de Armando Casas. Escribí de ella acá. (+)

Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando (México, 2014), de Manolo Caro. Mi comentario, acá. (+)

Yo (México-Suiza-Canadá-República Dominicana-Holanda, 2015), de Matías Meyer. Escribí de ella por acá. (+)

El placer es mío (México, 2015), de Elisa Miller. Unas líneas, acá. (+)

Alicia en el país de María (México, 2014), de Jesús Magaña Vázquez. De lo peor que vi el año pasado. Escribí de ella acá. (++)

martes, 3 de mayo de 2016

Capitán América: Civil War



Después que han pasado 90 minutos de Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, EU, 2016), tercer episodio de las aventuras de Steven Rogers, alias Capitán América, y chorrogésima cinta del Universo Cinematográfico de la Casa Marvel, disfrutamos de la mejor y única gran escena de una película que, en realidad,  es la tercera parte no oficial de Avengers.
Me refiero a la extendida escena de la pelea, ubicada en un aeropuerto alemán, en el que media docena de vengadores, comandados por el culposo Iron Man (Robert Downey Jr.) se enfrenta a otros seis avengers, dirigidos por el rebelde Capitán América (Chris Evans). La razón del enfrentamiento es lo de menos: el chiste es que, aunque sea por unos cuantos minutos, la cinta se transforma en un simplón pero efectivo entretenimiento infantil.
Vemos a Ant-Man (Paul Rudd, desperdiciado) cual chorrito, haciéndose grandote, haciéndose chiquito; a Black Widow (Scarlet Johansson) agarrándose a patines con su amigo del alma Hawkeye (Jeremy Renner); al jovencísimo Hombre Araña (Tom Holland), cual adolescente con juguete nuevo, quitándole su escudo al mismísimo Capitán América; al muy serio Black Panther (Chadwick Boseman) saltando por ahí y por allá dejando huellas de sus garras hasta en el concreto; y, por supuesto, a Iron Man soltando alguna afortunada one-liner (“Si alguien tiene otro super-poder escondido, es hora de que empiece a usarlo”).
Se trata de un momento inspirado: es como si Andy, el dueño de Woody y Buzzlightyear, estuviera jugando con todas sus figuritas de acción. Más aún: las figuritas de acción saben que son eso y siguen el juego para entretener a Andy. O sea, a nosotros.
Sin embargo, estos minutos son una pequeña isla en un océano ¡de dos horas y media de duración! en el que abundan diálogos repetitivos -¿cuántas veces escuchamos los mismos rollos acerca de si los avengers deben seguir reglas o no?- y las escenas de acción torpemente montadas -¿por qué las peleas son tomadas en encuadres cerrados?, ¿no consiguieron un buen coreógrafo para los catorrazos?
Peor aún: el villano que busca la destrucción de nuestros héroes metiéndoles cizaña resulta tener un móvil perfectamente razonable –la pura y simple venganza- pero está interpretado por Daniel Brühl, quien nomás no tiene la presencia de un maloso de verdad. ¡Es Daniel Brühl!
Mauricio González ha escrito por ahí que cada película del Universo Cinematográfico de la Casa Marvel no es tanto una cinta en sí misma, sino poco más que un larguísimo tráiler que sirve para anunciar el próximo episodio de la saga. En esta ocasión, con dos nuevos personajes entre la palomilla –el juvenil Peter Parker con todo y guapota Tía May (Marisa Tomei) y el solemne vengador africano Black Panther-, Capitán América: Civil War es, en efecto, un mero prólogo para el regreso del Hombre Araña programado para 2017 y un preludio para que el serio vengador negro –el único que no es amiguito de un avenger blanco, sino protagonista de su propia historia- estrene su filme en 2018.
Hasta el momento, viendo los números, es claro que, como negocio, el Universo Cinematográfico de la Casa Marvel va viento en popa. Como cine, no tanto. Pero sospecho que esto no les interesa gran cosa a los ejecutivos de Disney.

lunes, 2 de mayo de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXVIII




Mentiras Blancas (White Lies, Nueva Zelanda, 2013), de Dana Rotberg. La cineasta mexicana Rotberg emigró a Nueva Zelanda después de ver La Leyenda de las Ballenas (Caro, 2002), la exitosa cinta basada en una novela de Witi Ihimaera. Una década después, la transterrada Rotberg ha dirigido su primer filme en las antípodas, este sólido melodrama femenino -basado en otro libro de Ihimaera- sobre el pasado colonialista/racista de su país adoptivo. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (* 1/2)

Youth (Ídem, Italia-Francia-GB-Suiza, 2015), de Paolo Sorrentino. El más reciente largometraje del italiano internacionalizado (y oscareado) Sorrentino está ubicado en un exclusivo spa suizo en el que un par de viejos amigos, el compositor y conductor de orquesta Frank Ballinger (Michael Caine) y el cineasta Mick Boyle (Harvey Keitel) buscando dirigir de nuevo, comparten tiempo, recuerdos, achaques -que si como se sienten ese día, que si cuántas gotitas orinaron hoy- y hasta broncas familiares, pues Frank y Mick son consuegros -la hija de Frank está casada con el hijo de Mick y su matrimonio ha fracasado. 
El hotel europeo, el gran artista que ya no quiere crear -vaya, ni siquiera aparecer en público-, sus recuerdos que lo persiguen... Si por La Gran Belleza (2013) Sorrentino fue atacado -con toda razón- por el saqueo del universo felliniano de La Dolce Vita (1960) -aunque en su defensa habría que señalar que su homenaje fellinesco fue tan vigoroso como imaginativo-, ahora el reproche es por haber copiado sin más la premisa de la obra maestra del nacido en Rimini, 8 1/2 (1963).
A decir verdad, si el resultado hubiera sido realmente logrado, da lo mismo si la idea la tomó Sorrentino de Fellini, Fuller o Michael Bay: el problema es la estructura digresiva sin demasiado chiste -el cameo del pseudoMaradona, la aparición de una Jane Fonda desatada, las broncas de los hijos de los viejos protagonistas-, unos diálogos que no son particularmente brillantes ni esclarecedores -Caine y Keitel logran hacerlos vagamente interesante porque ellos son Caine y Keitel- y una serie de decisiones dramáticas que me parecieron francamente gratuitas -el suicidio de uno de los personajes, la aparición de otro personaje con Alzheimer... Como Sorrentino y su equipo son incapaces de hacer una toma fea, la película se ve bien. Mucho estilo, pocas nueces.  (-)

Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, EU, 2016), de Joe y Anthony Russo. La más reciente entrega de la saga de Steve Rogers alias el Capitán América es, en realidad, no más que un larguísimo trailer de las próximas aventuras del nuevo Hombre Araña (jovencísimo Tom Holland). La estrategia narrativa -si es que se puede llamar así- de esta suerte de Avengers 3 es muy simple y muy pobre: repetitivas escenas con mucho bla-bla-blá seguidas de peleas confusas y mal montadas. Pero qué se puede esperar de los hermanos Russo: los tipos han probado ser buenos administradores de esta franquicia, pero muy malos cineastas. Mi crítica in extenso, acá.  (+)

viernes, 29 de abril de 2016

Pídala cantando/LXVI



El habitual lector y comentarista más recurrente de este blog, Christian Guisa, me ha pedido rescatar un texto escrito hace tiempo sobre La Pandilla Salvaje. Estos párrafos fueron publicados por ahí en 2003, cuando la película apareció en edición nacional en DVD. 


La Warner ha puesto a la venta en México una buena colección de DVDs a precios que apenas pasan de los 100 pesos. Entre los títulos que es posible encontrar si se tiene la paciencia de hurgar en los estantes del supermercado más cercano, el más notable es “la versión original del director” de La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, EU, 69), el cuarto largometraje del soberbio maestro del cine violento de los sesenta/setenta Sam Peckinpah, probablemente su obra mas perfecta y acaso el último gran western de Hollywood.
Sur de Texas, 1914. Un grupo de soldados atraviesa la calle de un pequeño pueblo polvoriento. Parecen cansados, aunque no tanto para no ser amables con una anciana con la que tropiezan momentos antes de entrar al banco. Todo parece normal. Pero sólo parece. Los soldados son en realidad asaltantes, comandados por Pike Bishop (William Holden). El atraco sale mal: frente al banco, emboscados en el techo de un edificio, se encuentra un grupo de pistoleros comandados por un antiguo miembro de la banda de Pike, Deke Thornton (Robert Ryan). Entre los dos grupos de hombres, por la calle principal, marchan varias decenas de personas pertenecientes a un grupo antialcohólico. La banda de Pike tendrá que huir a balazo limpio... si es que Thornton y secuaces la dejan.
Una suerte de re-elaboración de la histórica escena de las escalinatas de El Acorazado Potemkin -en términos de edición y montaje, por supuesto-, la secuencia inicial de la balacera en el pequeño pueblo texano, de aproximadamente 20 minutos de duración, mas de 25 mil pies de película durante varios días de filmación, todo desde 131 emplazamientos de cámara distintos. Pero más allá del virtuoso trabajo de edición –coordinado por el propio Peckinpah junto a su montajista Louis Lombardo-, el resultado de ese memorable prólogo es que la violencia mostrada -la más gráfica hasta ese momento en la historia del cine hollywoodense- no tenía un origen moral bien definido. Es decir, está en un momento argumental en el que no sabemos quiénes son los "buenos" y quiénes los "malos". Los disparos llegan desde todos los ángulos posibles sin respetar hombres, mujeres, ancianos o niños. Las balas penetran en los cuerpos y hacen salir borbotones de sangre por entre las ropas. Es un espectáculo a la vez terrible y maravilloso como pura puesta en imágenes; una secuencia amoral y nihilista que puede leerse como un inadvertido reflejo del clima social de la América de los sesenta, que había atestiguado el asesinato del Presidente Kennedy y estaba viviendo la Guerra de Vietnam.
Este baño de sangre se repetiría en las climáticas escenas finales, cuando la pandilla de Pike -es decir, su hombre de confianza Dutch (Ernest Borgnine) y los hermanos Gorch (Warren Oates y Ben Johnson)-, decide rescatar al otro miembro de la banda, Ángel (Jaime Sanchez), quien está siendo torturado por el sádico general huertista Mapache (Emilio Fernández en su última gran encarnación, -que no actuación). Esta secuencia final inicia con el degüello de Ángel a manos de Mapache. La escena, filmada al mismo tiempo por tres cámaras en diferentes emplazamientos, apenas si se ve fracciones de segundo en la pantalla, lo suficiente para iniciar la orgía de disparos y sangre en los que morirán, redimidos, Pike y compañía.
Aunque la influencia de este tipo de montaje en el cine contemporáneo es más o menos obvio -la precisa edición de los enfrentamientos casi coreográficos en el cine de John Woo, la acezante acción vista desde múltiples puntos de vista en el cine hollywoodense actual, la violencia hipergráfica del cine de Tarantino-, uno extraña en el cine de hoy la rica y ambigua moralidad de un Sam Peckinpah y su opción por la violencia, a la que veía como parte indisoluble y hasta indispensable del SER humano.
La Pandilla Salvaje permanece, pues, como un inquietante y -sobre todo, en el final- conmovedor discurso sobre la lealtad, la traición y la independencia de un puñado de hombres derrotados de antemano por la historia. Y es que La Pandilla Salvaje trata, también, sobre el fin del Oeste como territorio salvaje y libre: el canto del cisne del Oeste como tal y del western como género –canto que el propio Peckinpah llevaría más lejos en su siguiente filme, La Balada de Cable Hogue (1970), su película preferida-, una elegía que entonaría años después Clint Eastwood en Los Imperdonables, acaso el único western con la suficiente fuerza para soportar la comparación con el cine del viejo y desafiante Sam.

martes, 26 de abril de 2016

¡Salve, César!



¡Salve, César! (Hail Caesar, EU, 2016), el décimo-séptimo largometraje de los hermanos Joel y Ethan Coen es, a bote pronto, no más que un ingenioso e irresistible juego cinéfilo. Usando como pretexto una premisa dramática sacada del film noir –el protagonista busca resolver un indescifrable misterio y, en el camino, irá enfrentando una interminable serie de retos de toda naturaleza-, los Coen se han soltado el pelo para entretener de principio a fin a un público cinéfilo que, de por sí, ya tienen cautivo.
Las referencias culteranas y cinematográficas en ¡Salve, César! son legión, empezando con la cambiante puesta en imágenes con formatos distintos incluidos (del 1.85:1 al 1.37:1 y de regreso), continuando con los géneros que se homenajean/saquean a lo largo de la cinta –sean el western musical de serie B, la sofisticada comedia urbana, el energético musical de la MGM a la Gene Kelly, el cine “de romanos” de los 50 como El Manto Sagrado (Koster, 1953) o las películas acuático-musicales protagonizadas por Esther Williams-, y terminando con varios guiños a la chismografía del Hollywood clásico, como los rumores de prostitución juvenil gay de cierta estrella masculina de virilidad “incuestionable” (Clark Gable, nada menos) o la solución que los estudios le dieron al inesperado embarazo de una juvenil estrella femenina  es ascenso (Loretta Young, que fue obligada a ocultar que tuvo una hija, a la que luego la hizo pasar como adoptiva).
Sin embargo, más allá de todas estas digresiones, de los inevitables juegos cinéfilos de identificación –George Clooney aparece como una mezcla de Clark Gable y Victor Mature, Scarlett Johansson interpreta a una fusión de Loretta Young y Esther Williams, Channing Tatum encarna a un émulo perfecto de Gene Kelly, el descubrimiento personal Alden Ehrenreich es una especie de juvenil Gene Autry- y hasta de algunos insólitos y brevísimos cameos (Jack Huston, Christopher Lambert, ¡Dolph Lundgren!), ¡Salve, César! es más que un mero juego cinéfilo. O, en todo caso, es un juego cinéfilo cuya clave no es tan superficial como parece.
La historia es simple. Estamos a mediados de los años 50, en los estudios de la Capitol Pictures, la misma compañía cinematográfica en la que trabajó años atrás el izquierdista dramaturgo Barton Fink en la cinta homónima (1991) de los Coen. La súper-estrella hollywoodense Bard Whitlock (Clooney), protagonista de la película de romanos “Hail, Caesar: A Tale of the Christ” es secuestrado por una banda de intelectuales comunistas dirigida, nada menos, que por el filósofo judío-alemán Herbert Marcuse (John Bluthal).
Así pues, el ejecutivo de la Capitol, el incansable Eddie Mannix (espléndido Josh Brolin) tendrá, en poco más de 24 horas, que encontrar al plagiado Mannix, mientras resuelve infinidad de pequeñas y grandes broncas en el camino: que si el embarazo de su joven estrella acuática DeeAnna Moran (Scarlett, con perfecto acento barriobajero), que si la incapacidad de un joven cowboy (Ehrenreich) para actuar en otro tipo de películas que no sean de caballitos, que si la lluvia torrencial que ha detenido la filmación en exteriores de alguna cinta, que si deja esta locura de chambear en ese circo de múltiples pistas que el cine para elegir “un trabajo de verdad” en una compañía de aviación.
El pretexto argumental del más reciente filme de los Coen es el secuestro de Whitlock, que desata no solo la acción principal sino, también, la infinidad de digresiones y juegos cinéfilos ya descritos. Sin embargo, como apunté antes, la clave de este juego de los Coen no es tan superficial como parece.
El Hollywood de la Capitol Pictures –en realidad, la MGM, estudio en el que trabajó el verdadero Eddie Mannix- es, en efecto, una feria de vanidades efímeras, un ridículo circo de múltiples pistas, un espacio en el que la más descarada ambición económica se encuentra con el peor de los cinismos… Y, sin embargo, es el estudio en el que se produce un baratón western musical que provoca la genuina hilaridad del público (“Lazy Ol’ Moon”); es el mismo sitio en el que un prodigioso bailarín ejecuta una perfecta coreografía (el número musical de 6 minutos “No Dames” que tiene como protagonista a Tatum); es el mágico lugar en el que una vacua estrella cinematográfica como Whitlock puede emocionar de verdad a todos sus compañeros con cierto cursílismo monólogo religioso.
Los Coen no están, para nada, ridiculizando el cine clásico hollywoodense de las décadas de los 30-50: lo están homenajeando de la manera más sincera posible. Puede ser que todos los que están atrás y frente a las cámaras de Capitol Pictures no sean las mejores personas sobre la tierra: son egoístas, mezquinos, ambiciosos, promiscuos, bobalicones o de plano francamente imbéciles. Pero lo que producen, qué duda cabe, es valioso. Pareciera que los Coen quieren hacer suyo el todavía pertinente “mensaje final” de la obra maestra de Preston Sturges, Por Meterse a Redentor (1941): si el cine hollywoodense vale algo –¿si el cine a secas vale algo?- es porque, en primera instancia, entretiene a su público. No más, no menos.
A lo largo del cine de los Coen, emerge, de vez en cuando, la preocupación de sus personajes con respecto a Dios. ¿Existe? ¿Le interesamos? ¿Es todo bondad como Jesús o, por el contrario, es un malhumorado soltero, como el Dios de los judíos?
Eddie Mannix, el protagonista de ¡Salve, César! es un ferviente católico que confiesa sus pecados todos los días. Él cree de verdad en Dios y no desafía sus designios: los acepta sin más. No tengo idea cuáles sean las creencias religiosas de los Coen, pero después de ver ¡Salve, César!, no me cabe duda que, como Mannix, ellos creen fervientemente en el poder del cine. Más aún: ellos creen que, contra todo pronóstico, se hicieron grandes películas en el Hollywood de ayer y que se pueden seguir haciendo grandes películas en el Hollywood de hoy. Los designios de Dios –el del cine, vaya- son, en efecto, inescrutables. 

lunes, 25 de abril de 2016

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXVII



Los Muertos (México, 2014), de Santiago Mohar Volkow. Un grupo de muchachos de la alta sociedad, ociosos, desobligados, borrachos, drogos, indolentes, malhablados y hasta incestuosos, organizan un bacanal en la casota de uno de ellos. Al día siguiente, dos parejas y el hermanito menor de una de las muchachas, siguen el güateque en una casa de campo fuera de la Ciudad de México.
Mohar muestra de forma descarnada dos Méxicos, ninguno de ellos particularmente agradable. Es decir, por un lado está el mundo de estos mirreyes quienes viven en su pequeña burbuja de privilegios, y por el otro tenemos la violenta realidad que está a la vuelta de la esquina: al guarura de uno de los muchachos le roban el auto a punta de pistola, a otro chamaco le bajan su camionetón cuando está manejando briago, otro más cuenta como si fuera gracia cierto atraco sufrido con el psicólogo, los cinco protagonistas ven los cadáveres abandonados de un grupo de ejecutados dentro de un auto...
Por desgracia, el desenlace no solo resulta gratuito sino que termina siendo aleccionador. Acaso hasta moralista. Algunos recursos narrativos -como el repetir alguna escena desde el punto de vista de uno u otro personaje, en una suerte de bucle temporal- no son particularmente necesarios. Con todo, la película se deja ver hasta el final con interés. (* 3/4)

Carneros (Hrútar, Islandia-Dinamarca, 2015), de Grímur Hákonarson. Estamos en algún remoto pueblo al norte de Islandia. Dos hermanos, Gummi y Kiddi (Theodor Juliusson y Sigurdur Sigurjonsson), viven a solo unos metros de distancia, en sus respectivas granjas ovejeras. Por alguna razón que no necesitamos conocer, los dos ancianos no se pueden ver ni en pintura. Es más, se sabe que no se dirigen la palabra desde hace 40 años. 
La rivalidad de los dos hermanos no termina ni empieza en esa ¿traición? cometida por alguno de ellos hace varias décadas: Gummi y Kiddi son los mejores criadores de ovejas del pueblo, así que cuando llega el concurso anual para nombrar al mejor carnero del ejido -o de ese lugar pues- y gana el ejemplar de Kiddi, Gummi descubre que los animales de su hermano padecen de una peligrosa enfermedad, muy similar a la de las vacas locas. ¿Resultado?: todo el hato de Kiddi debe ser sacrificado para evitar cualquier contagio. Lo malo es que no solo las ovejas de Kiddi deben ser eliminadas: todas las ovejas del pueblo, sospechosas de poder haber sido contagiadas -incluyendo, claro, las del hermano delator- deben también ser sacrificadas.
Hákonarson se mueve hábilmente entre la impávida comedia de costumbres centrada en la personalidad de sus dos personajes centrales y el entrañable melodrama fraternal, en el que los gélidos paisajes islandenses juegan un papel fundamental para el re-encuentro de los dos carneros del título, que no son esos misteriosos y carismáticos animalitos, sino esos dos hermanos granjeros, tercos como mulas -o como carneros, pues. (** 1/2)

¡Salve, César! (Hail, Caesar, EU, 2016), de Joel y Ethan Coen. El más reciente largometraje de los Coen es no tanto una parodia del cine de estudio del Hollywood de los años 50, sino un encendido homenaje al poder mismo de las películas creadas en esa época -o en cualquier otra. Puede ser que los Coen no crean en ningún Dios -que es soltero y está muy enojado, como dice un rabino en cierta hilarante escena en la película- pero sí creen, con fe ciega, en el cine. Mi crítica, in extenso, en los próximos días en este mismo blog. (***)

Las Elegidas (México-Francia, 2015), de David Pablos. El segundo largometraje de Pablos es una sobria pero sólida denuncia sobre el negocio (¿o de plano la cultura?) de la trata de blancas en el norte del país. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. (** 1/2)

martes, 19 de abril de 2016

Avenida Cloverfield 10



Cuando se anunció el inminente estreno de Avenida Cloverfield 10 (10 Cloverfield Lane, EU, 2016), opera prima de Dan Trachtenberg, su productor, el influyente J. J. Abrams, advirtió que se trataba de una secuela “espiritual” de Cloverfield: Monstruo (Reeves, 2008), aquella curiosa monster-movie que el propio Abrams produjo hace casi una década. Pero, ¿qué quiere decir, exactamente, “secuela espiritual”? Ni idea: en todo caso, pareciera significar que no se trata, en realidad, de ninguna continuación.
En efecto, más allá de la palabra “Cloverfield” en el título, la película dirigida por el debutante Trachtenberg no se parece en nada en la forma ni en el fondo al filme de 2008, un disparejo ejercicio estilístico cuya mayor audacia fue construir toda la historia a través de la mirada subjetiva de una camarita manipulada por algunos de los personajes.
Avenida Cloverfield 10 es bastante más convencional en la forma pero, también, más lograda. Estamos en Estados Unidos, tiempo presente. La joven aspirante a diseñadora de modas Michelle (Mary Elizabeth Winstead, casi treintona pero todavía con rostro adolescente) deja su departamento, su novio y sus llaves tras de sí, y huye en su auto con rumbo desconocido. En la carretera, sufre un accidente y, al despertar, se encuentra esposada a una cama.
Howard (John Goodman), su voluminoso salvador/secuestrador, le dice que están varios metros bajo tierra, que allá arriba Estados Unidos ha sido atacado (por rusos, chinos, marcianos, sepa por quién), que el aire es irrespirable y que ella está aquí más segura. Michelle no acepta los dichos de Howard, por más que en el mismo lugar aparece un tal Emmett (John Gallagher Jr.), un vecino del lugar que confirma lo dicho por Howard. De hecho, él no está secuestrado sino que entró a ese búnker por propia voluntad, rogándole a Howard que le diera un espacio.
Durante la primera parte de la cinta, el argumento escrito por Josh Campbell y Matthew Stuecken juega con la incredulidad de Michelle, quien no cree una palabra de lo que dice Howard, y con lo que sabemos nosotros como espectadores. Al inicio de la película vemos que, en efecto, hubo algún temblor en la ciudad y luego, cuando ella está por la carretera, Michelle escucha en el radio que ha habido cortes de energía recurrentes. ¿No será que Howard tiene razón y algo ha sucedido “allá arriba”? Sin duda el tipo es un paranoicazo, pero incluso los paranoicos pueden tener la razón.
Avenida Cloverfield 10 está sostenida pues, en esa primera media hora, en la incertidumbre argumental de lo que está sucediendo arriba del búnker. Luego, viene la primera vuelta de tuerca, cuando la duda queda más o menos resulta. Y, al final, llegará otra más, que no resultará tan sorprendente, porque el propio póster de la película nos la adelanta. En cuanto a la forma, Trachtenberg descansa en gran medida en su trío de intérpretes y en una puesta de imágenes que privilegia los primeros planos, las tomas cenitales y los encuadres cerrados, claustrofóbicos.
Cuando llegamos al desenlace, cuando todos los misterios han sido revelados, queda claro que toda la película ha sido apenas el prólogo para esos últimos minutos, en los que hemos sido testigos de la transformación de Michelle en otro tipo de mujer.
Si en un diálogo clave con el buenazo de Emmett, Michelle confiesa que se arrepiente de haber sido siempre una persona pasiva y apocada –su hermano la defendía de los abusos paternos, alguna vez fue testigo del maltrato de una niña sin que se animara a hacer algo, cuando tuvo problemas con su novio lo primero que pensó es huir-, hacia el final de Avenida Cloverfield 10 Michelle ha cambiado por completo: se ha convertido en una ingeniosa y determinada combatiente, capaz de enfrentarse a los monstruos de cualquier tipo, de cualquier tamaño, de cualquier planeta. Una Ripley para el nuevo siglo.