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sábado, 20 de diciembre de 2014

Visitantes



El primer cortometraje de Acán Coen, El Otro Cuarto (2006), fueron los mejores 14 minutos de cine nacional que vi en el 2007 y así lo anoté en su momento por acá. A esta pequeña obra mayor borgiana en el que sueño, realidad y narración se entrelazan, se funden o se desdoblan una dentro de la otra, le siguió otro notable cortometraje, Fin de Trayecto (2007), una suerte de thriller erótico-psicológico que bien pudo haber sido influido por algún relato de Patricia Highsmith. A estos dos cortos le siguieron otros dos más –Una Noche (2010) y Revelación (2012)- que no he visto, aunque sé que por lo menos el segundo, Revelación, está en el terreno del horror y la ciencia ficción.
Va esta introducción para señalar que Visitantes, (México, 2014), la opera prima de Coen, que se estrenó comercialmente este fin de semana, es la continuación lógica de los anteriores esfuerzos creativos del cineasta. Se trata de un filme de horror en el que una familia nuclear –padre, madre, hijito de seis años- entran en contacto con otra dimensión, primero a través del mundo de los sueños y, después, con una pequeña casa de juguete construida por el propio papá. Estamos, pues, ante la confluencia de distintos universos, con violencia, asesinatos y sangre regada a discreción.
Daniel (Raúl Méndez) ha estado teniendo una serie de pesadillas en el que ve cómo una mujer asesina a su marido y a su hijito en una enorme casa porfiriana. Los sueños de Daniel se convierten en obsesión cuando se da cuenta que su pesadilla está conectada con otro crimen múltiple, cometido hace poco tiempo por otra joven mamá (Sophie Alexander-Katz), quien se escabechó también a su marido y a su hijo. Asediado por sus visiones, Daniel sufre un grave accidente automovilístico y, al despertar, resulta que ha cambiado tanto que sus ojos son de otro color. Por supuesto, Daniel también tiene una mujer (Kate del Castillo) y un hijito (André Collin), por lo que ya se imaginará hacia dónde avanza la historia.
Coen se muestra como un cineasta eficaz cuando se trata de montar los inevitables sustos –los verdaderos y los falsos-, algunos recursos de producción son de primer orden –en especial los efectos visuales y el diseño sonoro- y, en general, la premisa central funciona bastante bien, más allá de que sea muy previsible o acaso por eso mismo. Es decir, el guion escrito por Coen nos muestra que los peores peligros se encuentran en el hogar, con una madre que puede haber perdido la razón y con un padre violento y alienado que está dispuesto más temprano que tarde a soltar un guamazo a primera provocación.
Por desgracia, a ese mismo guion le sobran varios clichés –la criada indígena y religiosa, cierto personaje metiche y sacrificable- y le falta alguna que otra justificación argumental –hacia la mitad de la cinta, el personaje interpretado por Kate del Castillo dice así nada más que no quiere terminar igual de loca que su madre-, lo cual termina minando la efectividad de la cinta que, a pesar de todo, aguanta el palomazo de fin de semana. 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

El evangelio del 2014 según... The Village Voice/VI



85 críticos -básicamente gringos- respondieron a la encuesta anual de lo mejor del 2014 y aunque en las tres primeras del top-10 no hay demasiadas sorpresas, del cuarto en adelante hay algunas diferencias interesantes con respecto a otras listas de fin de año, como sigue:


1. Boyhood (EU, 2014), de Richard Linklater.

2. Bajo la Piel (Under the Skin,GB- EU-Suiza, 2013), de Jonathan Glazer.

3. El Gran Budapest Hotel (The Grand Hotel Budapest, EU, 2014), de Wes Anderson.

4. Solo los Amantes Sobreviven (Only Lovers Left Alive, EU-Alemania-Francia-Grecia-Chipre, 2013), de Jim Jarmush.

5. Adiós al Lenguaje (Adieu au Langage, Francia, 2014), de Jean-Luc Godard.

6. Dos Días, una Noche (Deux jours, une nuit, Bélgica-Francia-Italia, 2014), de Jean-Pierre y Luc Dardenne.

7. Sueños de Libertad (The Immigrant, EU, 2013), de James Gray.

8. Inherent Vice (EU, 2014), de Paul Thomas Anderson.

9. Whiplash: Música y Obsesión (Whiplash, EU, 2014), de Damien Chazelle.

10. Perdida (Gone Girl, EU, 2014), de David Fincher. 


La lista completa de The Village Voice, por acá. 

martes, 16 de diciembre de 2014

El cliché que yo ya vi/CXXVI




Joel Meza propone:

El hábito, una cadena difícil de romper: En las películas, si se trata de abrir un cerco con candado, nadie necesita llaves ni cerrajero. No importa cuán sólidas sean las rejas o gruesas las cadenas y rudo el candado: los héroes tienen muy arraigado el hábito de golpear el cerco con el automóvil. El candado cederá, las cadenas caerán y las rejas se abrirán de par en par, de modo que el carro pase sin ningún rasguño. Por supuesto, a alguien, algún día, el hábito lo iba a traicionar: véase la escena correspondiente en Quiero Matar a Mi Jefe 2.

lunes, 15 de diciembre de 2014

El evangelio del 2014... según IndieWire/V



220 críticos de cine participamos en CriticWire para elegir nuestras cintas favoritas del 2014, en distintas categorías. Los resultados completos -que incluyen los ganadores del cine documental, de las mejores opera primas, de las mejores películas que aún no tiene distribución en USA, así como reconocimientos a los directores, guionistas, actores, actrices, fotógrafos, editores y músicos- están por acá. 
Aclaración necesaria: la única regla en la votación era que las películas contendientes tenían que haber sido exhibidas comercialmente en el país del norte, por lo que mi lista personal será, por supuesto, algo diferente a la que publicaré a fines de este año en el blog. Por lo pronto, va el top-10 del 2014 según IndieWire:

1. Boyhood (EU, 2014), de Richard Linlkater.

2. Bajo la Piel (Under the Skin, GB-EU-Suiza, 2013), de Jonathan Glazer.

3. El Gran Budapest Hotel (The Grand Hotel Budapest, EU, 2014), de Wes Anderson.

4. Birdman (o la Inesperada Virtud de la Ignorancia) (Birdman -or the Unexpected Virtue of Ignorance, EU, 2014), de Alejandro González Iñárritu.

5. Inherent Vice (EU, 2014), de Paul Thomas Anderson.

6. Adiós al Lenguaje (Adieu au Langage, Francia, 2014), de Jean-Luc Godard.

7. Ida (Ídem, Polonia-Dinamarca-Francia-GB, 2014), de Pawel Pawlikowski.

8. Whiplash: Música y Obsesión (Whiplash, EU, 2014), de Damien Chezelle.

9. Solo los Amantes Sobreviven (Only Lovers Left Alive, EU-Alemania-Francia-Grecia-Chipre, 2013), de Jim Jarmush.

10. Selma (EU-GB, 2014), de Ava Duvernay. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Your Movie Sucks! (In Memoriam Roger Ebert): XXII



Faltan varios días para que se acabe el año, pero soy optimista. No creo que vea peor cine que el que está citado aquí abajito.

Sin un orden particular, el six-pack de lo peorcito que vi en el año:


1. Muerte en Arizona



4. La Danza de la Realidad

5. El Futuro

6, La Última Profecía


Y acá, otra veintena de cintas que padecí, en menor medida que las seis anteriores, pero igual las padecí:

¿Qué le Dijiste a Dios?, Detrás del Poder, 47 Ronin: la Leyenda del Samurái, Navajazo, Tip Top, El Crimen del Cácaro Gumaro, La Fórmula del Dr. Funes, En el Último Trago, Cantinflas, Ilusión Nacional, Dame Tus Ojos, Extrañas Apariciones 2, Más Negro que la Noche, En el Tornado, Líbranos del Mal, El Dador de Recuerdos, La Guerra de Manuela Jankovic, Los Enemigos del Dolor, El Comienzo del Tiempo y Elvira, Te Daría La Vida pero la Estoy Usando. 

Y antes de que me reclamen por qué abunda el cine mexicano entre lo peor que vi en el año, no es por malichismo, es por prurito profesional: veo casi todo el cine mexicano que se estrena en el año y, en contraste, le saco la vuelta al cine gringo -o de otros países- que huele desde lejos a churro. Aun así, usted se preguntará por qué vi 47 Ronin o La Última Profecía si era obvio que eran poco más que vómito negro en celuloide (bueno; en digital). La respuesta es simple: fueron asignaciones directas en el diario en el que escribo. Digo, tengo que comer. 

viernes, 12 de diciembre de 2014

El evangelio del 2014... según Film Comment/IV



La revista americana Film Comment ha liberado hoy su top-10 del 2014 (top-20 en realidad) como sigue:

1. Boyhood (EU, 2014), de Richard Linklater.

2. Adiós al Lenguaje (Adieu al Langage, Francia, 2014), de Jean Luc Godard.

3. El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, EU, 2014), de Wes Anderson.

4. Ida (Ídem, Polonia-Dinamarca-Francia_GB, 2013), de Pawel Pawlikowski.

5. Bajo la Piel (Under the Skin, GB-EU-Suiza, 2013), de Jonathan Glazer.

6. El Extraño del Lago (L'inconnu du Lac, Francia, 2013), de Alain Guiraudie.

7. CITIZENFOUR (EU, 2014), de Laura Poitras.

8. Birdman (o la Inesperada Virtud de la Ignorancia) (Birdman -or the Unexpected Virtue of Ignorancia, EU, 2014), de Alejandro González Iñárritu.

9. Inherent Vice (EU, 2014), de Paul Thomas Anderson.

10. Sueños de Libertad (The Immigrant, EU, 2013), de James Gray.

La lista completa, con los 20 títulos, además de otra lista con los 20 mejores filmes no distribuidos en USA, por acá.  

jueves, 11 de diciembre de 2014

Cuéntamela otra vez/XXXVI



Ante el estreno de Éxodo: Dioses y Reyes (Exodus: Gods and Kings, EU-GB-España, 2014), me di a la tarea de volver a ver Los Diez Mandamientos (The Ten Commandment, EU, 1956), la última cinta dirigida por el legendario Cecil B. DeMille, uno de los fundadores de Hollywood.
No había vuelto a ver Los Diez Mandamientos completa desde mi infancia, cuando la programaron en alguno de aquellos inolvidables ciclos de filmes clásicos presentados por PECIME. La cinta, de casi cuatro horas de duración, fue la película número 80 en la extensa carrera de DeMille, que inició en 1914 con The Squaw Man, el primer largometraje filmado en Hollywood. 
Para cuando dirigió Los Diez Mandamientos, DeMille había gozado de casi dos décadas de éxitos taquilleros ininterrumpidos, trabajando para la compañía que él mismo fundó –la Paramount Pictures- aunque con una libertad inusitada para esa época: contaba los recursos económicos que quisiera y nadie osaba ponerle condiciones. Es cierto que la crítica lo destrozaba una y otra vez desde hacía mucho tiempo, pero eso al gran público le importaba muy poco. De hecho, desde El Llanero (1937) –un sólido western, de lo mejor que hizo DeMille en toda su carrera- el cineasta no había conocido el fracaso económico.
Ahora bien, después de volver a ver Los Diez Mandamientos, es imposible no coincidir con los más acérrimos críticos de DeMille: su puesta en imágenes es completamente anacrónica, incluso para los años 50. Los personajes permanecen la mayor parte del tiempo tiesos, posando para la cámara, en un estilo proveniente de los años 10 y 20, pero sin el dinamismo que otros cineastas de esa época –o de los propios años 50- le estaban imponiendo a esa estética, conocida como tableau. Bajo estas condiciones, la mayoría de los intérpretes posan, no actúan, pero ese estilo encaja a la perfección tanto con Yul Brynner como con Charlton Heston, quienes encarnan a los hermanos de crianza enfrentados: el soberbio faraón Ramsés II y el liberador del pueblo hebreo Moisés.
Con todo, debo confesar que durante las casi cuatro horas de duración de la cinta no me aburrí un instante. Ya sé que el aburrimiento –o la falta de él- no es una categoría estética, pero qué quiere: Heston domina la pantalla de principio a fin –deberían haberle dado un Oscar por no ganarle la risa cuando aparece con las barbas de algodón del final-, Brynner es un gran antagonista, Anne Baxter roza la autoparodia como la ganosa/rencorosa Nefretiri y Edward G. Robinson se roba cada escena en la que aparece como el idólatra villano Dathan, quien sonsaca a los hebreos para que dejen de adorar a Dios y lo sustituyan por un becerro de oro, mientras Moisés está en el Sinaí, recibiendo los diez mandamientos escritos en piedra por el mismísimo dedo flamígero del Señor.
La orgiástica secuencia de la idolatría es de lo mejor de la cinta, con la música, el relajo, los colores y las guapotas mujeres enseñando piernón loco. Estos minutos, de hecho, presumen un dinamismo del que el resto del filme carece. Tratándose de DeMille, esto no es nada extraño: en su mejor época como cineasta –que fue en los años 20-, el director realizó una serie de comedias y melodramas que mostraba la degradación moral de sus personajes quienes, por supuesto, hacia el final eran debidamente castigados o se arrepentían de su mal comportamiento, volviendo al redil.
Se trataba de una fórmula perfecta: DeMille mostraba –hasta donde el Código Hays lo permitía- escenas de sexo, juego, alcohol o infidelidad marital, para luego castigar a los pécoros personajes. Así cumplía con todos: con el espectador ávido de morbo y con el pío espectador que quería ver cualquier desviación moral castigada.
Por supuesto, las más de las veces, el espectador morboso y el espectador pío son la misma persona. Así lo intuyó DeMille porque así fue él en su vida privada. Pero eso es otra historia. Más interesante, incluso, que Los Diez Mandamientos.




Y a todo esto, ¿cómo hacer una épica bíblica en estos descreídos y escépticos tiempos? Ridley Scott tiene la respuesta. O tiene una respuesta, en todo caso. El director de la nueva versión fílmica del segundo libro de la Biblia, sabe cómo recrear de forma genuinamente espectacular el mundo antiguo –recuérdese la Roma imperial de Gladiador (2000) y la Edad Media de Cruzada (2005)-  por lo que no es de extrañar que use de manera tan eficaz el CGI para mostrarnos el Egipto de los faraones en todo su esplendor. Y ni se diga cuando el Mar Rojo se abre para permitir la huida de los hebreos o, antes, cuando Dios lanza sus diez plagas contra Ramsés II (Joel Edgerton) y su pueblo, a saber: los cocodrilos gigantes comiendo gente  –eso no está en la Biblia, pero así se explica que las aguas del Nilo enrojezcan-, la lluvia de ranas, el granizo, las langostas, Peña y la Gaviota, etcétera.
Más allá de la espectacularidad, la cinta se sostiene también por un par de brillantes decisiones contenidas en el guion firmado por cuatro personas, entre ellas el ganador del Oscar, Steven Zaillian. La primera consiste en que la cinta no inicia con la consabida historia de Moisés flotando en una canasta en la inmensidad del Nilo, sino con un Moisés adulto (un muy serio Christian Bale), quien no solo es el general preferido del Faraón Seti (John Turturro), sino el mejor amigo y hermano de crianza del futuro emperador, Ramses II.
Así, de un plumazo, Scott y sus guionistas nos ahorran el largo prólogo melodramático del origen del liberador de los hebreos, para dejarnos, in media res, en el centro de la acción, en una feroz batalla entre los egipcios y los hititas, en la que el audaz, claridoso y escéptico general Moisés le salva la vida al futuro emperador Ramsés II, lo que hará que el lazo de amistad/rivalidad entre los dos sea aún más profundo.
La segunda decisión me parece aún más brillante. En lugar del arbusto ardiente que dicen las Sagradas Escrituras –y Cecil B. DeMille- que fue el medio por el que Dios se comunicaba con Moisés, Scott, sus guionistas y la encargada del casting eligieron a un niño (Isaac Andrews) como la voz e imagen del Creador. No se trata exactamente de un ángel, sino de una provocadora interpretación de la divinidad del Antiguo Testamento, entendida como si fuera un chamaco caprichoso y cruel, que siempre quiere que se hagan las cosas a su modo y si no es así, pobre de la humanidad entera.
Los encuentros entre Moisés y Dios son de lo mejor de la cinta, pues el Moisés de Scott/Bale no es el hombre pío convencido de su gran misión, ni el personaje mayestático que tan bien interpretó Charlton Heston hace más de 60 años. Este Moisés es un hombre confundido y rebasado no solo por el descubrimiento de su origen hebreo –y, por lo tanto, esclavo- sino por su relación con Dios mismo, a quien le grita, le reclama y hasta le pide que no sea bárbaro, que no haga eso que ha decidido hacer –es decir, matar a todos los primogénitos de Egipto, por ejemplo.
Por supuesto, la cinta tiene no pocos problemas –un desenlace anticlimático y abrupto, buenos actores (Sigourney Weaver, Ben Kingley) desperdiciados, una sección (el destierro de Moisés en el desierto) que se alarga en demasía- pero creo que Scott ha triunfado al final de cuentas. 
Éxodo… presume la espectacularidad del viejo Hollywood del siglo pasado y ciertas audacias argumentales del nuevo siglo que sacuden, para bien, esta venerable fórmula épica. Es más: si se trata de elegir una versión, me quedo más con esta de Scott que con la del legendario DeMille. Aunque me acusen de idólatra.