sábado, 12 de julio de 2008

A 50 Años de la Nueva Ola Francesa/V


Guardando las proporciones y la debida distancia, el caso del franco-suizo Jean-Luc Godard puede bien compararse con el de Orson Welles. Los dos realizaron una opera prima tan importante e influyente que terminó por opacar buena parte del resto de su obra. Incluso en el aspecto financiero Welles y Godard tienen mucho en común: según el excinecrítico de Cahiers du Cinema, fuera de su debut fílmico Sin Aliento (À Bout de Souffle, Francia, 1960), todo lo que ha hecho a continuación -con una que otra aislada excepción a la regla- ha sido una larga cadena de fracasos comerciales. Y Welles, habrá que recordar, tampoco tuvo mucha suerte en el aspecto económico de hacer cine.
Sin Aliento es, históricamente hablando, acaso la más importante película de la entonces naciente nouvelle vague. Es cierto que Los 400 Golpes (Truffaut, 1959) es más entrañable y que Hiroshima Mi Amor (Resnais, 1959) tiene más prestigio intelectual, pero Sin Aliento es la que mejor deja ver las propuestas más frescas y radicales de la corriente fílmica francesa.
Los personajes, la trama y la realidad misma en la película de Godard son abiertamente cinematograficos y apelan no a las relaciones que se suceden dentro de la pantalla sino fuera de la misma. Sin Aliento ve hacia el espectador, lo reta, le guiña el ojo, juega con sus (con nuestras) expectativas. La historia -escrita por François Truffaut- parece un mero borrador de una B-movie gangsteril americana: un delincuente parisino (Jean-Paul Belmondo) se convierte en un codiciado blanco por la policía de todo el país después de matar a un agente de tránsito. El tipo, Michel Poiccard, no parece muy preocupado: sigue cometiendo robos, timos, atracos, y está obsesionado por una bellísima estadounidense viviendo en París, Patricia (Jean Seberg), a la que quiere convencer para huir hacia Italia.
Más allá de los revolucionarios -¡y accidentales!- jump-cuts que interrumpen subrayando el flujo narrativo, lo fascinante de Sin Aliento es la seguridad con el que el entonces debutante Godard hecha mano de mucho signos fílmicos -la cámara en mano, por ejemplo- que muy pronto se volverían cliché. La modernidad fílmica había nacido con un cigarrillo en la boca y una preciosa y enigmática sonrisa.

Sin Aliento se exhibe hoy en la Cineteca Nacional.

5 comentarios:

MARICHUY dijo...

Ernesto

Y quizá ese personaje de Belmondo, ¿Lazlo Kovács?, junto con el entrañable Antoine Doinel, sean los dos más emblemáticos de la nueva ola.

Saludos

Diezmartinez dijo...

Sí, en efecto.

Kovács es uno de los nombres que usa el personaje de Belmondo en la cinta. Y, como trivia, no tiene nada que ver con el fotógrafo húngaro del mismo nombre.

El Duende Callejero dijo...

Para la tierra del fotógrafo, según leí en una entrevista, Kovács es como el Pérez o López de por acá... Y Lazlo es Juan o José.

Por cierto, el pequeño momento en el que Jean-Pierre Melville aparece en pantalla, es genial.

Joel Meza dijo...

¿Y cómo se compara el refrito gringo? No he visto ninguna de las dos, por cierto, aunque en la secundaria por alguna razón que olvido me perdí el estreno de la de Gere. Ernesto, no sé si recuerdas al Mendívil, de la prepa. Breathless con Gere era una de sus favoritas en ese tiempo, muy seguido la platicaba.

Diezmartinez dijo...

Joel: El remake no es ofensivo ni espantoso, aunque sí superfluo. Ni siquiera tiene la gracia manierista del refrito que hizo Van Sant de Psicosis.