martes, 7 de julio de 2009

Revisando a Chaplin/XVI

Charlot Dentista (Laughing Gas/Laffing Gas, EU, 1914), sexto filme dirigido por Charles Chaplin, es una de sus más satisfactorias cintas de su etapa de aprendizaje y desarrollo que tuvo en la Keystone de Mack Sennet. A pesar de que estamos ante un Charlot más bien primitivo, hay varios elementos del futuro genio de Chaplin que se pueden vislumbrar: el uso que hace de una silla reclinada (como lo haría muchos años después en El Gran Dictador/1940) y su estilo muy particular de correr, que ya lo tenía perfeccionado incluso en este one-reeler.
Por lo demás, Charlot no es aquí un vagabundo sino el bravero asistente de un dentista. La primera carcajada la provoca en el inicio de la película: con dos pacientes quejándose de sus dolores de muelas, Charlot llega, muy orondo, a la sala de espera del consultorio dental. Ve a sus (dizque) clientes, se quita el bombín, el bastón y los guantes con toda seriedad... y luego recoge las escupideras que hay en el piso. Este juego con las expectativas de otros personajes (o del público, inclusive) sería una de las formas cómicas más recurrentes del Chaplin futuro.
En los siguientes minutos, el irrefrenable Charlot de la primera época se agarrará a trompadas con otro de los asistentes, un chaparrín peleonero de pocas pulgas (Joseph Sutherland), noqueará a varios pacientes, coqueteará con la esposa del dentista a la que dejará literalmente en calzones y, más largo que mil pesos de chorizo, se hará pasar por su histérico jefe para atender a una guapa muchacha a la que prácticamente se le montará en la silla dental mientras la ataca a besos. Como es común en el primer Charlot, no hay nada heroico ni romántico en su comportamiento: se trata de un auténtico perro café que no sabe ni quiere comportarse como la gente decente. Simplemente porque no es.
El filme, completo, aquí.

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