martes, 1 de septiembre de 2009

Grandes Maestros del Cine Japonés/I


Cuando Ozu Yasujiro (o Yasujiro Ozu, si se quiere occidentalizar su nombre) dirigió Historia de Tokio (Tokyo Monogatari, Japón, 1953) ya estaba, desde hace rato, en el pináculo del cine japonés de la postguerra, un sitial que ni siquiera el más famoso -occidentalmente hablando- Akira Kurosawa le podría arrebatar jamás. Considerada por muchos como la obra más depurada de Ozu y uno de los más grandes filmes en la historia del cine, Historia de Tokio tardó algo de tiempo para aparecer en el canon fílmico del siglo XX. Un vistazo a los top-ten de la revista británica Sight and Sound -el único magazine que ha listado, desde 1952 y cada diez años, los diez mejores filmes en la historia del cine a partir de encuestas aplicadas a decenas de críticos y cineastas- nos señala que no fue hasta 1992 cuando la cinta de Ozu apareció en un lugar prominente en el top-ten de la crítica -en el tercer sitio, detrás de El Ciudadano Kane (Welles, 1941) y La Regla del Juego (Renoir, 1939)-, lugar que casi repitió en la encuesta de 2002, pues apareció en el quinto sitio.

La tardía aparición de Ozu en las listas canónicas del cine mundial no es extraño: a pesar de que Ozu fue un gran admirador del cine de Hollywood, su estilo le debe muy poco -para no decir nada- a la industria que se encuentra al otro lado del Pacífico. Con todo, la influencia de Ozu en el cine oriental -y no sólo japonés- no se discute. Incluso, en los últimos años, cualquier cinéfilo más o menos enterado puede ver la sombra estilística de Ozu en muchos cineastas de fines del siglo XX e inicios del XXI, incluyendo uno que otro mexicano.

Ozu empezó a ser conocido y reconocido fuera de Japón gracias a la tenaz labor divulgadora de críticos e historiadores tan influyentes como Donald Richie en los años 60 o David Bordwell a fines del siglo pasado, sin olvidar el influyentísimo texto escrito por el cineasta/guionista y teórico fílmico Paul Schrader, Trascendental Style in Film: Ozu, Bresson and Dreyer (1972), quien dedicó un capítulo entero de su libro a estudiar el cine de Ozu.

Ozu había entrado al cine contra los deseos de su tradicional padre comerciante: en 1924 conseguiría trabajo como asistente de cámara en los Estudios Sochiku, lugar que sería su hogar fílmico durante el resto de su vida. Ozu debutó como director con Zange no yaiba (1927), un remake de una cinta hollywoodense, Kick-In (Fitzmaurice, 1917). Durante los siguientes dos años, de 1928 a 1930, Ozu encararía una demencial época de entrenamiento: dirigiría un total de 18 cintas, alguna de ellas perdidas, todas comedias ligeras, con un equipo técnico y de producción que lo seguiría el resto de su carrera, con un guionista -Kogo Noda- que escribiría algunas de sus más grandes cintas de los años 50 y 60, y con un cuerpo de actores que no tendría mucha variación, incluyendo al emblemático Chishu Ryu, que aparecería en 51 de los 54 filmes dirigidos por el cineasta nipón.

Al finalizar este periodo de trepidante aprendizaje fílmico -algunas de estas cintas eran filmadas en apenas una semana-, Ozu empezó a encontrarse con el respeto y la consideración de la crítica de su país: su primera gran shomin-geki (en cristiano: lo que aquí llamamos melodrama familiar), Umarete wa mita keredo (1931), -traducido como Yo Nací Pero...- ganó el primer lugar en el top-ten anual de la prestigiada revista japonesa Kinema Jumpo, el primero de seis primeros lugares que recibiría Ozu a lo largo de su carrera, un reconocimiento que no ha logrado ningún otro cineasta japonés.

Durante el periodo imperial-bélico de la Segunda Guerra Mundial, Ozu tenía ya tanto prestigio, que no pudo ser obligado a hacer ninguna cinta de propaganda supremacista. De hecho, cuando fue enviado a Singapur en 1943 a rodar un filme de esta naturaleza bajo órdenes precisas del ejército, se pasó el tiempo fingiendo que la Virgen -o su equivalente japonés- le hablaba y se cuenta que se la pasaba revisando películas americanas confiscadas, entre ellas una tal El Ciudadano Kane, que le impresionó sobremanera.

Al llegar a su película número 46, Historia de Tokio, Ozu había dirigido ya El Fin de la Primavera (1949), filme que, en opinión personal, podría competir por su temática general y por su pureza estilística con la mucho más famosa Historia de Tokio.

Escrita por el propio Ozu en colaboración con su guionista de cabecera Noda, la cinta inicia con la visión de una anciana pareja matrimonial, Shukichi y Tomi (Chishu Ruy y Chieko Higashiyama, respectivamente), que vive en el pequeño poblado de Onomichi. Los dos viejos deciden viajar a Tokio, donde viven sus hijos y su nuera viuda. En la gran ciudad, Shukichi y Tomi se dan cuenta que no son más que unos estorbos para sus hijos profesionales -inmersos en sus trabajos, vidas y familias-, así que aceptan que sus ingratos vástagos distantes les paguen unas vacaciones en un balneario cercano. Hartos por las francachelas que tienen que soportar por la noche, los ancianos deciden regresar a Tokio a pasar unos días más con sus hijos, aunque en casas separadas: Shukichi se queda con su hija Shige (Haruko Sugimura), dueña de un salón de belleza, mientras Tomi decide dormir en casa de su amable nuera vuda Noriko (Setsuko Hara), que vive en un pequeñísimo departamento. De regreso al pueblo, los viejos paran en Osaka, para saludar a otro hijo, Keizo (Shiro Osaka) que, de una u otra manera, también representa una decepción para sus padres. Al llegar finalmente a Onomichi, la anciana Tomi muere. Después de que sus hijos han asistido al funeral de su madre, todos ellos vuelven a lo suyo y dejan atrás, solo, al viejo Shukichi, apenas acompañado por la solidaridad de su nuera viuda y la hija menor soltera Kyoko (Kyoko Kagawa), que aun no se ha ido de casa.

En Historia de Tokio Ozu resume todas sus preocupaciones temáticas o, si se quiere, su gran preocupación temática: la disolución de la sociedad del pasado y de sus valores, algo que Ozu ve con malos ojos -de hecho, la crítica al cine del maestro nipón ha venido siempre de su apoyo irrestricto a los valores más conservadores del Japón antiguo, valores que algunos otros cineastas contemporáneos de Ozu como Mikio Naruse estaban poniendo en duda en esos mismos años.

En todo caso, si la inclinación ideológica conservadora de Ozu ha sido vista con recelo por algunos críticos e historiadores, no sucede lo mismo con su puesta en imágenes, que es vista como la quintaesencia de los preceptos estéticos orientales más puros aplicados al séptimo arte. En particular, en Historia de Tokio, su depurado estilo minimalista, despojado de todo tipo de "afeites" que consideraba innecesarios (por ejemplo, el uso de disolvencias), transmite de manera genuina una melancólica amargura que señala el fin de una era y el advenimiento de otra, con un Japón occidentalizado del que Ozu desconfía claramente.

Historia de Tokio es el dolido testimonio del fin de una civilización representada por Shukichi y Tomi, y del arribo del frío y vulgar pragmantismo y eficientismo del mundo moderno, representados por esos mezquinos hijos preocupados por la cartera, los clientes y el trabajo. Incluso los célebres planos-pausa de Ozu, que antes solían mostrar cuadros de la naturaleza o paisajes urbanos animados, esta vez son sustituidos por fábricas con chimeneas humeantes, vías de ferrocarril, construcciones metálicas... Por último, el conmovedor desenlace, con el anciano paterfamilia quedándose solo con su hija, prefigura la trama de su último filme, Una Tarde de Otoño (1962) que es, curiosamente, una vuelta a sus orígenes, a la comedia ligera de sus primeros años.

Ahora sí, un último apunte: Historia de Tokio ha sido re-hecha, sin dar crédito alguno, como Todos Estamos Bien (Tornatore, 1990), y ha sido claramente homenajeada en la reciente Las Flores del Cerezo (Dörrie, 2008).


Historia de Tokio será exhibida el día de mañana, miércoles 2 de septiembre, en la Cineteca Nacional (18 y 20:30 horas), dentro del ciclo Maestros del Cine Japonés, que inició el día de hoy con la exhibición de La Puerta del Infierno (Kinugasa, 1953). Aquí, en la medida de lo posible, daremos cuenta de buena parte del ciclo. La programación completa, aquí.

4 comentarios:

Champy dijo...

Estupenda etiqueta, a segurila y esperarla.

2046

fritzio dijo...

Pues qué bueno. Estaré al pendiente. Si la falta de medios se vuelve abundancia de medios, seguramente me dejaré llegar a la Cineteca. Yo mismo me lo propuse, pero asi es la canija realidad.
Felicidades

Joel Meza dijo...

Chin. Kurosawa, Miyazaki, Ozu y Takahata. En ese orden los conozco, por número de películas que les he visto (cronológicamente sería primero Miyazaki y luego Kurosawa, porque ví El Gato con Botas cuando se estrenó en el cine, de niño).
¿Va a haber algo de animación en este ciclo?

Diezmartinez dijo...

No, por lo que se ve en el ciclo, Joel.