miércoles, 2 de septiembre de 2009

Grandes Maestros del Cine Japonés/II


Kenji Mizoguchi (1898-1956) compitió durante la década de los 50 con su joven compatriota Akira Kurosawa por el reconocimiento crítico/festivalero occidental. Se cuenta, por ejemplo, que La Vida de Oharu (1952), la cinta con la que Mizoguchi fue conocido en Occidente, fue realizada por el cineasta después de ver cómo Kurosawa había ganado fama mundial con Rashomon (1950), filme que Mizoguchi consideraba inferior a la obra que él mismo había realizado en años anteriores. En todo caso, La Vida de Oharu le hizo ganar a Mizoguchi el reconocimiento que tanto buscaba fuera del archipiélago nipón: en 1952 obtuvo el León de Plata a Mejor Director, ex-aqueo con, nada menos, el John Ford de El Hombre Quieto (1952).

La obra de Mizoguchi llamó tanto la atención a los jóvenes turcos de los Cahiers du Cinéma -en especial del cinecrítico y luego cineasta Jacques Rivette- que lo terminaron "adoptando" y defendiendo frente al joven rival Kurosawa, al que consideraban un cineasta inferior. En todo caso, los dos directores japoneses competirían y compartirían el espacio en otra ocasión: en Venecia 1954 el León de Plata les fue entregado, ex-aqueo, a Kurosawa por Los Siete Samuráis y a Mizoguchi por El Intendente Sansho (Sanshô Dayô, Japón, 1950). Con el paso del tiempo, en el canon fílmico visto desde Occidente, se encumbraría a Kurosawa sobre Mizoguchi, aunque, habría que aclarar, luego aparecería por ahí Ozu, por encima incluso de estos dos cineastas. ¿Meros sube/baja de la moda académica/crítica/cinefílica? Sin duda alguna.

El Intendente Sansho no es la película más típica, temáticamente hablando, de Mizoguchi. Inclinado en algunas de sus mejores obras a tramas femeninas -o, dicen algunos, hasta francamente feministas-, en esta cinta el protagonista es un hombre, no una mujer, por más que dos mujeres juegan un papel central en la historia.

Sobre un argumento de Ogai Mori, basado en una antiquísima leyenda nipona ubicada en el Japón feudal del siglo XI, El Intendente Sansho inicia cuando Tamaki (la musa de Mizoguchi, Kinuyo Tanaka) va por el camino, viajando con sus dos pequeños hijos: el niño Zushiô, de trece años; y la niña Anju, de ocho. En sucesivos flash-backs subjetivos, vemos las razones del viaje: seis años antes, el marido de Tamaki, el bondandoso Gobernador de Tango (Masao Shimizu), fue castigado con el destierro debido a sus escandalosas ideas igualitarias y humanitarias que ha transmitido a su hijo Zushiô, quien las recita como mantra: "Sin misericorida, un ser humano no es un ser humano; sé duro contigo mismo, pero nunca con los demás; todos tienen derecho a la felicidad".

Los años han pasado, pues, y Tamaki y sus hijos va a reunirse con su padre y marido admirado. Sin embargo, estamos en una época en donde los seres humanos no aprendían todavía a serlo -como nos advierte la leyenda inicial-, así que, engañados por una dizque anciana sacerdotisa, Tamaki es secuestrada y vendida como prostituta en la Isla de Sado, mientras los niños se convierten en esclavos del cruel intendente Sansho del título (Eitarô Shindô), un señor feudal despiadado pero eficaz en el cobro de los impuestos, por los que las grandes autoridades imperiales han decidido no molestarlo en lo más mínimo.

Cuando el hijo de Sansho, el conflictuado Taro (Akitake Kôno), sabe el verdadero origen de Zushiô y Anju, los bautiza con otros nombres y les aconseja esperar a ser adultos para recuperar su libertad. Ese mismo día, asqueado de su padre y de todo lo que le rodea, Taro abandona el hogar y la herencia para entrar, nos enteraremos más tarde, a un monasterio budista.

Diez años después, Zushiô (Yoshiaki Hanyagi) es un esclavo sin conciencia alguna: hace lo que le ordenan, trabaja de Sol a Sol y cuando Sansho le pide que castigue a un viejo de 70 años que pretendía huir para morir en libertad, obedece sin chistar: Toma un fierro ardiente y quema la frente del tembeleque anciano. Anju (Kyôko Kagawa), en contraste, no ha cambiado mucho: trabaja hilando ropa, pero se preocupa de todas las mujeres que trabajan con ella y se horroriza de ver en lo que se ha convertido su hermano. Cuando una nueva esclava llega con ella, Anju escucha de los labios de la jovencita una dolida canción que trata de una madre que ha perdido a sus dos hijos y que ha sido convertida en cortesana. Al platicar con la muchacha, Anju se da cuenta que su madre vive en Sado y convence a Zushiô de que él escape para encontrarla. El camino hacia la libertad del endurecido Zushiô y su búsqueda de redención ocuparán la intensa segunda hora de un filme que acumula tragedias, crueldades y sacrificios que no parecen tener fin. Cuando todo ha terminado, sin embargo, la cámara del gran Kazuo Miyagawa -el cinefotógrafo de casi todas las mejores cintas de Mizoguchi- se mueve, en una todoabarcadora grúa, hacia la izquierda: deja al hijo vuelto a reunir con su anciana, ciega, mutilada y empobrecida madre, y se dirige hacia el paisaje abierto del mar, con todo y un pescador trabajando en lo suyo y en la playa. Un desenlace emotiva y contemplativamente budista, muy deudor de Ozu.

Más allá del loable discurso humanista que destila el filme -la secuencia del nuevo gobernador Zushiô liberando a los esclavos y el enfrentamiento climático con el viejo déspota Sansho emocionan de manera genuina-, El Intendente Sansho puede verse como uno de los mejores muestrarios del talento visual de Mizoguchi y de su leal y sufrido equipo, con el que trabajó buena parte de su última etapa, después de la Segunda Guerra Mundial.

Unas cuantas perlas visuales/narrativas. 1) La inocente familia llega a la orilla de una playa antes de ser secuestrada y separada por los bandidos: en ese sitio, un arbol seco con sus ramas torcidas amenaza, desde la izquierda del encuadre, a Tamaki y sus hijos. Luego, cuando ella es tomada por los ladrones y echada a una barca, un elegante travelling sigue la desesperación de los niños llorosos, en la arenosa orilla. 2) Anju ha decidido brindar su vida para que su Zushiô se salve: el momento del sacrificio es enmarcado por la naturaleza y la niebla que reciben a Anju y la van rodeando hasta que el cuerpo de la muchacha se pierde en el agua. 3) Después de que los esclavos de Sansho han sido liberados por Zushiô, la cámara de Miyagawa toma a todos los antiguos siervos festejando su libertad. Bailan, beben, gritan, rompen, queman... A esta gozosa y destructiva fiesta de los esclavos, vista desde un travelling que termina en un delicado movimiento de grúa, sólo le falta la foto de La Última Cena buñueliana. Pero no hay ironía en Mizoguchi: desde su palacio, Zushiô ve la destrucción sin parpadear. Se ha redimido, pero sólo parcialmente y quién sabe por cuánto tiempo: todavía tiene que buscar a su vieja madre emputecida. Y hacia allá sigue su camino.


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