jueves, 24 de septiembre de 2009

Revisando a Chaplin/XX

En 1918, después de haber pasado, con contratos cada vez más benéficos para él -por la cantidad de dinero y por el control que fue ganando sobre sus películas-, por la Keystone, la Essanay y la Mutual, Charles Chaplin llegó a la First National con un contrato de un millón de dólares y el compromiso de realizar doce two-reelers (es decir, cintas de dos rollos de extensión, algo así como veinte minutos de duración) en un año. A estas alturas, Chaplin estaba convertido en un maniático de la realización y todo debía ser perfecto, por lo que sus películas se alargaban a extremos enfermizos. Al final de cuentas, Chaplin dirigió no doce filmes, sino ocho; y no en un año, sino en cinco. Sin embargo, difícilmente la First National podía quejarse: sólo tres de esas ocho películas fueron de dos rollos; otras tres fueron de tres rollos; una más de cuatro y la más importante de todas, de seis: su primer largometraje, El Chico (1921), que se convertiría en uno de los clásicos irrebatibles chaplinescos.
En cuanto a Un Día de Placer (A Day's Pleasure, EU, 1919), la cuarta cinta que realizó para la Firs National -y el filme número 55 de su filmografía-, se trata de un two reeler algo irregular. Charlot no es aquí un vagabundo, sino un anónimo clasemediero que sale con su mujer (infaltable Edna Purviance) y sus dos niños a pasear en un barco. El inicio es divertido, cuando Charlot hace arrancar el destartalado Ford en el que viaja la familia al muelle, se sube al barco sin que sus hijos paguen (como el letrero dice que niños en brazos entran gratis, Charlot carga a sus dos bodoques de cuatro-cinco años) y ya ahí se mete en las broncas de siempre con un robusto paseante y su mofletuda noviecita. Aquí también, en uno de sus gags más políticamente incorrectos, usa a una doña colgante como vil puente y pasa por encima de ella para llegar al barco.
El final es lo mejor, aunque no está conectado con la trama del barco: Charlot y familia han bajado del bote, se regresan a su casa, y el tráfico citadino y un malhumorado agente de tránsito le ocasionan más de un problema a Chaplin. El slapstick es inspirado: una alcantarilla abierta y chapopote derramado son los elementos que harán triunfar, como de costumbre, a un extraño Charlot clasemediero.
La película, aquí abajo:




3 comentarios:

Joel Meza dijo...

Sí, el episodio del barco tiene partes flojas. La escena de los músicos (el trombonista) no le entendí. Pero la escena donde se aprovecha del tipo que está vomitando para darle de patines en el trasero me parece mucho mejor que lo de caminar sobre la doñita/puente (aunque el usar el arpón para sacarla del agua es un momento altamente inspirado).
Definitivamente lo mejor es la segunda parte, en la calle. Qué coreografía tan elaborada, tan bien realizada y tan hilarante. Tuve que taparme la boca para no soltar las carcajadas a la mitad de la noche, con la familia ya dormida en casa.
Insisto, qué buena serie (¡ya veinte notas!)

Diezmartinez dijo...

De hecho, parece que son dos películas en una: la historia del carro y la del barco. Si las editas por separado, conservan la lógica interna. Todo lo del auto es lo mejor, especialmente el desenlace. Como bien dices: un ballet genuinamente cinematográfico.

Lo del trombonista no funciona tanto. Además, se trata de un chiste racial del que Chaplin luego se avergonzó: de lo mareado que está, de negro se convierte en blanco.

Joel Meza dijo...

Ah, con razón el trombonista tiene esa plasta de maquillaje al final de la escena. Nunca lo hubiera adivinado. Yo pensé que era por una mala decisión del fotógrafo. Digo, no sería mal chiste si no fuera por la historia de racismo de la humanidad.