jueves, 1 de octubre de 2009

La Era de la Estupidez


En cierto momento, hacia el final del falso documental basado en datos verdaderos La Era de la Estupidez (The Age of Stupid, GB, 2009), cuarto largometraje de la activista/documentalista Franny Armstrong, el solitario archivista sin nombre Pete Postlethwaite se pregunta frente al monitor de su computadora/editora -que es nuestra pantalla- por qué la humanidad, sabiendo lo que sabía, y teniendo la oportunidad de salvarse, no hizo nada para detener el apocalipsis. Tal vez, suspira, porque muy en el fondo, sabíamos que no valíamos la pena. Que el mundo, acaso, está mejor sin nosotros.

El escenario es el 2055, en un ártico ya completamente deshielado. Ahí, en una inmensa torre, vive el archivista, rodeado de una especie de Arca de Noé natural y cultural: además de guardar una pareja de cada especie animal, es el cuidador de cada libro, filme, obra de arte, que haya hecho la humanidad. El mundo, tal y como lo conocemos, ha desaparecido: Sydney está en llamas, Londres está bajo el agua, Las Vegas ha sido sepultada por el desierto... Frente a su pantalla de computadora, el lacónico archivista está armando un documento visual postrero a través del cual explica cómo llegamos a destruir el planeta que habitábamos. Así, tomando fragmentos de noticieros, datos científico duros, una batería de ingeniosas animaciones y entrevistas/crónicas de media docenta de personas reales a lo largo y ancho del mundo, el archivista -que es la cineasta Armstrong y su editor David G. Hill- nos cuentan la historia del pasado -visto desde el 2055- que, es por supuesto, nuestro presente.

Al inicio de la cinta se nos advierte: todo lo que vemos en el presente es comprobable, real y está basado en hechos duros; el futuro apocalíptico proviene de proyecciones científicas que nos muestran lo que podría suceder dentro de medio siglo si los seres humanos no cambiamos nuestros hábitos de consumo. "Todo esto es asunto viejo", dirá usted, "no me gusta que me sermoneen en el cine y, además, ya vi la película de Al Gore". Sin embargo, aunque los datos que presenta Armstrong no representan novedad alguna, habría que decir que la elección de ellos y la forma de ordenarlos es genuinamente cinematográfica, más que el oscareado filme documental presentado por Mr. Gore.

La trama es simple: los seres humanos nos hemos convertido en la peor plaga del planeta por nuestra forma de consumir todo lo que está a nuestro alcance, empezando y terminando con las fuentes de energía. Si a eso le agregamos que de manera suicida seguimos consumiendo petróleo -y contaminando así aire, agua y tierra-, que volteamos a otra parte cuando las corporaciones aplastan todo a su paso -distintas culturas y vidas humanas incluidas- y que nos negamos a probar otras fuertes de energía renovable que están a nuestro alcance -la eólica, por ejemplo- aunque de dientes para afuera digamos que sí nos preocupa mucho el calentamiento global, no es extraño que uno de los héroes de esta cinta, el paleontólogo e investigador petrolero Alvin Duvernay, llegue a la conclusión que si antes hubo una Edad Antigua o una Era de la Ilustración, ahora vivimos en La Era de la Ignorancia... No, mejor dicho: en la Era de la Estupidez.

El documental es más inteligente de lo que estas líneas transmiten. No se trata, de ninguna manera, de la misma jeremiada ecológica de siempre. De hecho, lo que hace interesante a esta cinta es que Armstrong se acerca no sólo a los intachables activistas ecológicos -como el inglés Piers Guy, quien de manera infructuosa trató de convencer a sus conciudadanos de levantar una planta de energía eólica en Bedfordshire-, a algún admirable viejecito nostálgico -el correoso montañista octogenario Fernand Pareau, quien casi llora cuando dice ante cámara que ya casi no hay nieve en los Alpes- o a las inocentes víctimas de las ambiciones capitalistas/petroleras -un niño iraquí que vive refugiado en Jordania y que dice odiar a los americanos porque ellos mataron a su papá- sino que, también, sigue casi con admiración la tarea de algun "villano", como el multimillonario indio Jeh Wadia, quien ha fundado la primera aerolínea de bajo costo de la India, GoAir, para que todos, hasta los más pobres, puedan viajar por aire. Después de todo, dice él, ¿por qué sólo los habitantes de países ricos pueden tomar el avión? Eso sí, ya sabemos lo que le cuesta al ambiente el uso del avión pero, vaya, hay tanto entusiasmo en el negocio que está a punto de arrancar, que es dificil no sentirse contagiado: el hombre está dando empleos, produciendo riqueza, empujando el progreso. No está cometiendo ningún crimen. O, en todo caso, está siguiendo el mismo camino criminal que todos los países desarrollados han seguido antes. ¿Cómo culparlo a él?

Los otros dos personajes entrevistados tienen aristas más complejas aún: la veinteañera Layefa Malemi, quien vive en el delta nigeriano rodeado de los pozos petroleros de Shell, ha sufrido en carne propia la contaminación provocada por la impune compañía estadounidense: una hermana murió por enfermedades causadas por los desperdicios tóxicos y tiene que lavar con jabón los pequeñísimos peces que extrae del sucio río petrolizado, pero aún así su sueño es convertirse en doctora para poder vivir como lo hacen en los Estados Unidos. Para consumir como ellos, se entiende. Mientras tanto, en América, el investigador científico Alvin Duvernay, un auténtico héroe cuando arrasó con Nueva Orleans, trabaja para la misma compañía Shell que ha provocado tal desastre ecológico en Nigeria. Duvernay es un paleontólogo y sus conocimientos del subsuelo prehistórico le sirven para señalarle a la Shell en dónde está el petróleo. El tipo es un hombre articulado, conciente y preocupado por lo que está pasando. Pero tiene su enorme motocicleta consumidora de gasolina y si volviera a ser joven, dice, volvería a trabajar donde mismo y hacer lo que ha hecho siempre: ayudar a extraer petróleo...

¿Tenemos remedio? Carajo: por lo que vemos en pantalla, pareciera que no. Sin embargo, junto a las palabras finales que aparecen en pantalla, The End, aparece, tímidamente, también, un signo de interrogación: The End? En algún sentido, depende de nosotros.

4 comentarios:

Joel Meza dijo...

¿También Picardía Mexicana, A Calzón Amarrado y Un Grito Desesperado o bien, Barman y Droguin, El Día de los Albañiles 3 y (gulp) Katuwira?

Champy dijo...

Bastante interesante.

Ojalá que nos llegue.

Al rato no faltarán las mentes retrogradas que se le irán con todo por pesimista, pero eso, ya es otra historia.

2046

Arturo dijo...

Alguien sabe porque esta película no llegó a México?

Diezmartinez dijo...

Arturo: Bienvenido a los comentarios. Sí llegó, pero la distribución fue muy pobre. Supongo que estará en DVD de Región 4.