miércoles, 28 de octubre de 2009

La Promesa


Ante la inminente exhibición en México, en la 51 Muestra Internacional de Cine, de El Silencio de Lorna (2008), el más reciente largometraje de los hermanos Dardenne, no es mala idea volver a revisar y reseñar ¡por vez primera! -ni modo: los críticos estamos atados a la cartelera comercial- las cintas que hemos visto de este par de cineastas belgas. Por desgracia, un servidor desconoce por completo la amplia obra documental de Luc y Jean Pierre Dardenne, iniciada hace más de 30 años y tampoco he visto sus dos primeras cintas de ficción, Falsch (1987) y Je Pense à Vous (1992) que, hasta donde recuerdo, permanecen inéditas en nuestro país.

De hecho, la primera película de los Dardenne reconocida más allá de las fronteras belgas, La Promesa (La Promesse, Bélgica-Francia-Luxemburgo, 1996), tampoco fue exhibida comercialmente en México, pero sí ha sido programada en el circuito cineclubero y exhibida en la televisión cultural. No la he visto en DVD de Región 4 pero sí está disponible en formato casero en un disco importado de Región 1.

Ganadora por partida doble en Valladolid 1996 (Espiga de Oro a Mejor Película y ganadora también del FIPRESCI), La Promesa se refiere a precisamente al juramento que hace, pasmado, un adolescente de 15 años, Igor (Jérémie Rénier, futuro protagonista de otra obra mayor de los Dardennes, El Niño/2005), cuando ve morir a un trabajador ilegal frente a sus ojos. El hombre, Amidou (Rasmane Ouedraogo), es de Burkina Fasso y permanece en la ciudad industrial belga de Antwerp haciendo trabajos de construcción para Roger (Olivier Gourmet, emblemático actor de los Dardenne en el futuro), el padre de Igor.

Antes del accidente mortal, que dará pie al desarrollo del centro moral/argumental del filme, somos testigos de la fluida relación paterno-filial entre Roger e Igor. No hay una madre a la vista, así que Igor es algo más que un hijo para el rechoncho y anteojudo Roger, pues el despierto muchacho es una suerte de asistente/aprendiz de los negocios sucios del padre.

Igor no va a la escuela, pero ha burlado la ley que lo obliga a hacerlo, pues dizque trabaja, como aprendiz, en un taller mecánico. Esta chamba, por supuesto, no le interesa: le roba la bolsa a una clienta cuando ésta se descuida y no pone la mínima atención a las enseñanzas de su patrón/maestro, pues lo que realmente le importa sucede cuando sale del trabajo. A partir de este momento, por las tardes, Igor funge como capataz de la docena de trabajadores ilegales (africanos, rumanos, orientales) a los que acomoda por aquí y por allá, en distintas construcciones. Roger tiene todo planeado: recibe a los inmigrantes ilegales, los hace deudores impagables de un cuchitril al que llama alojamiento y, cuando ya no los necesita, él mismo arregla todo para que sean detenidos y deportados por la policía. Igor, testigo, aprendiz y asistente de la forma de vida de su padre, absorbe todo sin chistar: no hay evidencia alguna que estas tareas representen algo dificil para él, ni física ni anímica ni moralmente. Todo cambia cuando, en una inspección laboral imprevista, Amidou muere accidentalmente. Agonizando, el hombre le hace prometer a Igor que él va a cuidar a su esposa Assita (Assita Ouedraogo) y a su hijito de brazos, a los que acaba de traer ilegalmente desde Burkina Fasso. En el resto de la película, lo que veremos es el dificil despertar moral de Igor.

No sé, insisto, cómo sea el cine documental de los Dardenne, pero en este, su tercer largometraje -y el primero con el que fueron reconocidos internacionalmente-, hay una virtuosa depuración de las técnicas del cinéma-verité documentales, aplicadas a una ficción que se siente inmediata, directa, sin afeites. Pero no nos engañemos. La Promesa es, por supuesto, una sagaz construcción ilusoria: aunque los escenarios son reales, lo que vemos es una historia ficticia interpretada por actores bien entrenados.

La puesta en imágenes de los Dardenne tiene una intencionalidad moral implícita no sólo en su historia, escrita por ellos mismos, sino en el montaje: no vemos nunca, por ejemplo, confrontaciones chantajistas o choros interminables sobre las decisiones que piensan tomar los personajes. El estilo de montaje de los Dardenne (edición de Marie Hélène Dozo) es ascético al extremo: sus elipsis se hacen a través del corte directo, de tal modo que lo que vemos siempre es la decisión tomada y las consecuencias que provoca.

Para dar un solo ejemplo: cuando el jefe/maestro del taller mecánico le dice a Igor que si se va de nuevo antes de tiempo lo va a tener que correr, no vemos la respuesta del muchacho. La siguiente imagen, tomada con toda naturalidad/neutralidad, es la de Igor manejando su motocicleta. Esta misma estrategia narrativa es usada por los Dardenne en otras muchas ocasiones (en la propia muerte de Amidou, que sucede fuera de cuadro), incluyendo el devastador final, en el que la elipsis se hace a través no del corte sino de la elección del encuadre.

En el cine de los los Dardenne no hay soluciones fáciles y los resultados están muy lejos del happy-end hollywoodense. Por eso, el final en puntos suspensivos es casi obligatorio. Actuar conforme a conciencia nunca es sencillo y las consecuencias son impredecibles.

1 comentario:

Champy dijo...

Autores sin contemplaciones.

Para un gran sector de la población cinefila mundial, a la cabeza entre los pocos autores vigentes.

Yo los colocaría en la 4a o 5a posición....

La promesa es maravillosa, jamás intenta convencer manipulando, yo no recuerdo jamas un exceso ó una lágrima de mas.

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