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sábado, 24 de octubre de 2009

Niño Fidencio... de Roma a Espinazo


Niño Fidencio... de Roma a Espinazo (México, 2008), primer largometraje documental de Juan Farré, se acerca al fascinante fenómeno religioso-social del fidencismo, a través de un formato irreprochablemente clásico -cabezas parlantes, testimonios de especialistas y testigos, reconstrucciones dramáticas, recopilación de imágenes, entrevistas a los fieles-, aderezado por algunas audacias estilísticas, como el uso de la animación para subrayar algún momento clave en la obra y hechos del celebérrimo "Niño Fidencio" (1898-1938), el "santo niño" fundador de su propia religión, el hombre que extraía tumores con un pedazo de vidrio y que operaba cataratas con navajas de rasurar, el que trató exitosamente al mismísimo Plutarco Elías Calles, el ser especial que fue elegido (¿pero por quién?) para llevar solaz espiritual a todos los rechazados, a todos los diferentes, a todos los jodidos, pues "si los ricos van a Roma, los demás, van a Espinazo".
Farré ha viajado, pues, a Espinazo -en el municipio de Mina, Nueva León- a presenciar el estado actual de este culto religioso de raigambre norteña nacido hace siete décadas, en los albores del sistema político nacional que seguimos padeciendo. Farré toma testimonios de alguien que lo antecedió en el tema -el cineasta Nicolás Echevarría, director de Niño Fidencio, el Taumaturgo de Espinazo (1980)-, así como de historiadores, novelistas, sociológos, antropólogos y hasta de los competidores de la autonombrada Iglesia Fidencista -es decir, de los jerarcas católicos de la región- para entregarnos un inagotable palimpsesto en el cual un dicho es corroborado por otro, un testimonio es profundizado por otro más, esta idea es rebatida y confrontada por esta otra, y hasta la misma figura del biografiado se pone en entredicho: ¿era gordo, flaco, güero, prieto, cambia de color?
Nacido con un síndrome que le impidió el desarrollo de sus órganos sexuales -de ahí su voz infantil y la leyenda de que era físicamente un niño-, Fidencio se muestra como una figura misteriosa, elusiva, dificil de asir: sus "milagros" son legión, quesque tenía el poder de la clarividencia y Farré no pone en duda nada de esto. El cineasta no ironiza: más bien, respeta. Muestra los testimonios de los salvados por la fe fidencista -incluyendo el de un Presidente Municipal dizque curado de epilepsia- pero también se sigue de largo hasta ver las innumerables divisiones entre los seguidores del "niño santo": los evangelistas del "Niño Fidencio" , los católicos devotos que han elegido a Fidencio como un santo más, los "cajitas" -es decir, los discípulos que tienen el poder de curar- que forman parte del culto y los "cajitas" que se han independizado...
El culto, es obvio, es genuinamente popular, está enraizado y cumple una función que, con toda lucidez, el propio Obispo de Saltillo, Don Raúl Vera, señala: si la Iglesia Católica cierra sus puertas y no le sirve a los fieles, otras iglesias lo harán. Así, Fidencio, 70 años después de su muerte predicha por él mismo, se ha convertido en un mesías postmoderno y postindustrial que recoge en su seno a todos los que no pueden, en el más amplio de los sentidos, entrar a Roma: los pobres, los gays, los transexuales, los más enfermos... Para todos ellos está Espinazo.