viernes, 23 de octubre de 2009

Séptimo Festival Internacional de Cine Judío/I


Ora sí qué cosas pasan Cuando los Hijos se Van (Bustillo Oro, 1941). La afluente pareja matrimonial formada por el dramaturgo misántropo Leonardo (Óscar Martínez, Mejor Actor en San Sebastián 2008) y la ama de casa exasperada Martha (Cecilia Roth) se tambalea cuando la última de sus hijas, Julia (Inés Efrón, el hermafrodita de XXY/Puenzo/2007), se casa y se va a vivir a Israel con su marido escritor Ianib (Ron Richter). De improviso, los dos cincuentones bonaerenses se encuentran, pues, con El Nido Vacío (Argentina-España-Francia-Italia, 2008). Leonardo está bloqueado, no puede escribir más, se obsesiona por una preciosa ortodoncista (Eugenia Capizzano) que le atiende por las tardes en su consultorio y comparte sus ideas con un neurólogo (Arturo Goetz) especialista en la memoria. Por su parte, Martha se matricula en la facultad de sociología, llena el departamento de estudiantes e invita una noche y otra también a sus amigos que llenan de humo de tabaco todas las habitaciones, para consternación del acorralado Leonardo, que no sabe muy bien qué quiere su mujer y, probablemente, tampoco le interesa mucho.

El séptimo largometraje del cineasta argentino-judío Daniel Burman -mejor conocido en México por su espléndida comedia paterno/filial El Abrazo Partido (2004)- puede ser visto como su 8 1/2 (Fellini, 1963) particular. Y es que lo que le interesa a Burman es el bloqueo creativo de su escritor, no la belleza de la idealizada dentista ni, mucho menos, los afanes académicos de Martha, la madura mujer que parece haber encontrado su segundo aire. El centro de la atención del filme, pues, es Leonardo y su ego-trip por sus fantasías eróticas-intelectuales-laborales-familiares-paternales... Otro creador viéndose el ombligo a través de su alter-ego, sin duda, pero si el asunto dista mucho de ser original, por lo menos éstá bien realizado.

Las acciones se suceden de una forma un tanto cuanto arbitraria -tal como se usa la música de fondo, que pasa caprichosamente del jazz al bossa nova o al Bolero de Ravel-, pero Burman no pierde nunca el paso: la elegante cámara de Hugo Colace (Mejor Fotografía en San Sebastián 2008) y el eficaz montaje de Alejandro Brodersohn sostienen el ritmo narrativo con tal gracia y ligereza que, incluso, cuando la cinta se desliza momentánemente hacia un cine musical/surreal, este hecho no rompe el discurso del filme sino que, por el contrario, lo acentúa, lo subraya. Al final -¿o era al principio?- el escritor querrá contar su historia para ver cómo le salió. Nada mal, diría yo. Nada mal.

El Nido Vacío se exhibe mañana sábado a las 22 horas en Cinépolis Interlomas. El resto de los horarios y sedes, aquí.

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