viernes, 13 de noviembre de 2009

51 Muestra Internacional de Cine/III


El asunto es mucho más complejo, pero permítanme plantearlo así: el cine, en su evolución y desarrollo de más de un siglo, ha pasado por varias etapas "autorales". Para simplificar al máximo, yo diría que son cuatro.

Al inicio, tenemos la generación de los pioneros y creadores: es decir, los cineastas que prácticamente crearon la gramática fílmica visual/narrativa que, en mayor o en menor medida, sigue vigente hasta el día de hoy. Me refiero a los que aprendieron a hacer cine cuando el cine estaba naciendo: Griffith, Eisenstein, Chaplin, Keaton, Murnau, Pabst...

Luego, tenemos a los grandes maestros: los que, subidos en los hombros de los anteriores, continuaron perfeccionando el lenguaje cinematográfico que habían creado Griffith, Eisenstein et al. Se trata de cineastas que aprendieron su oficio en los mismos naciente estudios: empezaron dibujando escenarios, escribiendo guiones, jalando cables, cargando la cámara, incluso actuando. Me refiero a Ford, Buñuel, Hawks, Ozu, Renoir, Hitchcock, Wilder, Fellini, Bergman, Satyajit Ray...

Luego, ya retirados y/o fallecidos éstos (en la década los 60-70 del siglo pasado), vendría otra generación educada no sólo en universidades y escuelas de cine sino también a través de diversas teorías visuales/estructuralistas/narrativas/filosóficas: esos jóvenes turcos, en los dos lados del Atlántico, serían legión. Me refiero a los críticos cahieristas convertidos en cineastas (Godard, Truffaut, Chabrol), al nuevo cine alemán encabezado por Fassbinder, a los jóvenes airados ingleses de los 50/60 y, en Hollywood, a esa primera generación de cineastas cinéfilos encabezada por Scorsese, Coppola, Allen, Spielberg y otros más.

Y, finalmente, llegamos a la generación que me interesa para el objetivo de esta reseña: me refiero a la de los cineastas que aprendieron su oficio no en universidades o cineclubes -como lo harían Scorsese, Coppola, Chabrol...- sino en la tienda de vídeo, en el estudio de su casa, frente a la pantalla de la televisión, incluso frente a su computadora. El cine, para ellos, no representa sólo el retrato de una vida sino la vida misma. A diferencia de la generación anterior, que absorvió el cine de los grandes maestros en las salas de cine (como lo hizo, ejemplarmente, Scorsese), estos cineastas han tenido a su disposición todo el cine del mundo entero a unos clicks, literalmente, de distancia. Creo que quien mejor representa a esta generación es, sin lugar a dudas, Quentin Tarantino: si el director de Perros de Reserva (1992) no fuera un cinéfilo tan apasionado/apasionante, ¿valdría la pena acercarse a su cine?

Valga este larguísimo y discutible choro mareador para proponer lo siguiente. Aunque debutante en el terreno del largometraje más de una década antes que Tarantino (con Folle... Fólle... Fólleme Tim/1978), el manchego Pedro Almodóvar encaja a la perfección en esta descripción generacional. Buena parte de su cine nos remite de manera directa a sus obsesiones cinefílicas: diálogos enteros son saqueados impunemente (por ejemplo, lo que le dice Antonio Banderas a Victoria Abril en ¡Átame!/1990 es la misma explicación que le da Don Murray a Marilyn Monroe en Nunca Fui Santa/Logan/1956), escenas fílmicas memorables forman parte del bagaje existencial de sus personajes (el final de Duelo al Sol/King Vidor/1946 en Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios/1988) y no falta el cine-dentro-del-cine que le guiña el ojo al cinéfilo más obseso (la falsa película muda El Amante Menguante de Hable con Ella/2002, por ejemplo). La diferencia entre Tarantino y Almodóvar no es menor, por lo menos desde la posición de quien esto escribe: mientras que, emocionalmente hablando, los personajes tarantinescos no nos llegan a interesar gran cosa -excepciones: los gangsters traicioneros/traicionados de Perros de Reserva y la aeromoza emproblemada de Jackie Brown (1997)-, los personajes de Almodóvar tienden a habitar un mundo real y reconocible de emociones, iras, amores frustrados, llantos y anhelos. Esta es una posición personal, por supuesto, pero en el gran cine de Almodóvar -Mujeres al Borde..., ¡Átame!, La Flor de Mi Secreto (1995), Hable con Ella- uno termina emocionado por y con los personajes: lo que le sucede a ellos le sucede, vicariamente, a nosotros. En contraste, aunque siempre interesado en lo que pasa en pantalla, la verdad es que no encontré asidero moral de ninguna especie -o empatía, vaya- en Bastardos sin Gloria (Tarantino, 2009).

Por todo lo anterior, me resultó francamente decepcionante el más reciente largometraje almodovariano, Los Abrazos Rotos (España, 2009), el número 18 en la ya extensa filmografía del cineasta español. Pero matizo de una buena vez: decepcionante pero, de todas formas, fascinante.

En Los Abrazos Rotos Almodóvar muestra esa misma conexión con el cine que ya he mencionado antes, pero esta vez sus personajes no respiran más allá del universo fílmico/cinefílico en el que se mueven. Más aún: en esta ocasión, las citas de Almodóvar no provienen de Hollywood clásico o del neorrealismo italiano sino de sí mismo. Como el propio Woody Allen -que no desaprovecha la oportunidad de autoplagiarse con mayor o menor fortuna-, Almodóvar se da a la tarea de homenajear la tarea de hacer cine a través de la cita de su propia obra.

Mateo Blanco (Lluís Homar), un cineasta retirado que perdió la vista y que ahora se mantiene escribiendo guiones bajo pedido con el pseudónimo de Harry Caine, recuerda, en largas conversaciones con su asistente/lazarillo Diego (Tamar Novas), la relación que tuvo con Lena (Penélope Cruz, cada vez más madura como actriz), la bellísima amante de un poderoso empresario, Ernesto Martel (José Luis Gómez), que acaba de fallecer. La narrativa inicia en el Madrid de 2008, pero vuelve continuamente a la España de la década anterior, cuando Mateo es un encumbrado cineasta que se obsesiona con la secre/amante de Martel, Lena, a la quien elige como actriz principal de su comedia de enredos Chicas y Maletas, que no es otra cosa que la almodovariana Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios, con todo y parte del reparto original (Chus Lampreave y Rosy de Palma incluidas).

No tiene mucho sentido tratar de profundizar en la trama: es obvio que esto es lo menos importante, por más que el tema de la paternidad (negada/no-asumida/desconocida/rechazada) flote desde el inicio hasta el previsible final, en el que se descubrirá un melodramático secreto más que obvio. Queda la sensación que Almodóvar intentó hacer el equivalente de La Noche Americana (Truffaut, 1973), su propio y muy personal 8 1/2 (Fellini, 1963), su emocionado homenaje al cine, a quienes lo hacen, a quienes lo sufren, a su musa favorita, a algunas películas elegidas (Viaje a Italia/Rosellini/1954, Ascensor para el Cadalso/Malle/1957, Tristana/Buñuel/197o y otra más) y, de pasada, a sí mismo, con todo y confesión ¿autocrítica? ("Las películas hay que terminarlas aunque sea a ciegas").

Todo el asunto resultará fascinante si, como quien esto escribe, se es amante (y, bueno, conocedor, aunque suene muy petulante) del cine de Almodóvar. Quien no se entusiasme tanto por la obra del manchego, las varias digresiones más bien inútiles, sus no pocas autocomplacencias y su reiterativa reformulación de Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios resultará, supongo, exasperante. Incluso para mí, a ratos, lo fue.

8 comentarios:

Joel Meza dijo...

'orita saliendo a ver Malditos Bastardos (sí: sobrevivió al fin del mundo). Mañana te platico.

Joel Meza dijo...

Listo. Ahora tendré que cuidarme de los spoilers de Los Abrazos Rotos...

DarkJam dijo...

Me voy a salir del tema pero vi anunciado en un canal de cine mexicano por cable un maraton de buñuel , entre ellas pasaran Nazarin y Simon del desierto para mi ver par de joyitas, pero como ernesto es mas especialista me gustaria me diga sus 5 favoritas de el señor buñuel y si tiene las reseñas de ellas....pilili el amigo jajaja

optimistic dijo...

fascinante síntesis de la evolución del auteur y el cine. Poco más de 100 años saben a poco y tanto al mismo tiempo. Ojalá Godard fuera eterno... y otros tantos jamás hubieran tomado una cámara...

Champy dijo...

"Ojalá Godard fuera eterno... "

A que si!

Claro que lo es!

Como chingaos no!

2046

Eduardo dijo...

En efecto, la trama es lo menos importante. Y cômo no podrîa uno quedar fascinado con esa manera de autoexplorarse cômo si estuviéramos frente a una serie de "plays and rewinds" sucesivos que toman cada vez un camino ligeramente diferente. Yo terminé fascinado; por la forma.

Champy dijo...

A ver a ver a ver.... no me queda del todo claro tu decepción-fascinación?
Yo confieso que me decepcionó menos de lo que esperaba y me fascinó un poco mas de lo que creía.

2046

Diezmartinez dijo...

Fascinación porque conociendo como conozco el cine de Almodóvar, era evidente su auto-homenaje truffautiano/fellinesco a través del personaje del director ciego (premisa que ya uso, también, por cierto W. Allen, otro cineasta que al que le encanta el autoplagio). Fascinación por la perfección formal de la película: es impresionante ver cómo Almodóvar, con otro cinefótografo, sigue siendo el mismo Almodóvar, sólo que más depurado.
Fascinación por ese entramado de citas y autocitas de principio a fin: un auténtico festival cinefílico.
Pero también decepcionado: comparada con Hable con Ella -y en menor medida, Volver- a esta película le falta pasión por sus personajes y sus dilemas. Toda la pasión de Almodóvar está dirigida sobre sí mismo, el cine y el proceso de realizarlo.
Y, bueno, hacia el final, hay también demasiada autoindulgencia: Mujeres al Borde... es una gran comedia, pero creo que Almodóvar se pasó de tueste con tantas y tan reiterativas citas.