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viernes, 31 de julio de 2009

¿Tú le crees a los cineastas? ¡Yo tampoco!.../V


Lars von Trier ha dicho que su más reciente provocación cinematográfica, Anticristo (2009), surgió después de un largo periodo depresivo: "Usé este proyecto para salir de la cama", dijo en una plática que tuvo con David Bordwell y otros historiadores y críticos de cine hace poco.

En ese mismo encuentro, von Trier se dijo interesado en el shamanismo y que él ha experimentado viajes a mundos alternativos en los cuales sus guías han sido animales. Si alguien se va por esas rutas, da un consejo muy útil: "Nunca confíes en el primer zorro que encuentres". Anotado.

Sobre Anticristo, von Trier confesó que se preparó viendo filmes de horror que él admira, como El Exorcista, El Resplandor, Carrie, El Aro y Dark Water -supongo que las versiones originales niponas. También se dijo fuertemente influenciado por la cinta ochentera Estados Alterados (Russell, 1980).

Ah, y como de costumbre, terminó con el bofetón políticamente incorrecto de siempre: "No trabajo pensando en la audiencia. Hago películas que yo quiero ver". Amén.

jueves, 30 de julio de 2009

El Joven Frankenstein


Tal vez no la mejor comedia del guionista/productor/cineasta/actor/escritor/dramaturgo y -uf- stand-up comedian judío-neoyorkino Mel Brooks, El Joven Frankenstein (The Young Frankenstein, EU, 1974) es, de todas formas, la más controlada y redonda de todas sus películas. Realizada a partir de una idea original de Gene Wilder, de cuyo argumento partió después Brooks para re-escribir el guión, se trata, sin duda, de la mejor parodia fílmica dirigida por el autor de Los Productores (1968) y una de los homenajes paródicos más logrados en la historia del cine, comparable, por ejemplo, al contemporáneo Monty Python y el Santo Grial (Gilliam y Jones, 1975) y muy por encima de la plaga de Scary Movies y demás fauna nociva y de acompañamiento.

El éxito del cuarto largometraje de Brooks se debe, creo yo, al profundo respeto que tiene el guión de Wilder y Brooks por la fuente original -el extraordinario díptico de la Universal Frankenstein (Whale, 1931) y La Novia de Frankenstein (Whale, 1935)-, lo que hace posible que la cinta tenga un sólido y coherente empuje narrativo, algo que siempre fue la gran debilidad de Brooks, incluso en sus comedias más logradas. Ese conocimiento del tema, la historia y los personajes parodiados llevó a Brooks a duplicar con una precisión visual impresionante no sólo el diseño de producción de su película -de hecho, se rentaron varios aparatos de la cinta original de 1931- sino hasta la elegante fotografía en blanco y negro -cámara de Gerald Hirschfeld-, que nos remite no sólo a los clásicos del horror de la Universal de los años 30, sino a escenas específicas de otros filmes de la época, como queda claro en la hilarante puesta en imágenes de la despedida del Dr. Frankenstein (Gene Wilder) y su novia (Madeline Khan) en la estación de ferrocarril.

A partir, entonces, de esta devoción a la historia y a las infinitas secuelas que dio vida, el filme de Brooks ofrece sus mejores gags en la re-imaginación de algunos momentos bien conocidos de la trama original -el encuentro del Monstruo (genial Peter Boyle) con un bondadoso pero despitado ciego (inolvidable cameo de Gene Hackman)-, en la puesta en ridículo de algún insumergible cliché -los caballos relichantes cada vez que alguien dice el nombre de la temible ama de llave Frau Blücher (Cloris Leachman perfecta)- o en la personalidad irrefrenablemente anárquica de Igor (Marty Feldman), el deforme asistente de joroba movible, que se equivoca en la tarea de robarse el cerebro de un genio y santo y que, en su lugar, toma la masa encefálica de un tal A. B. Normal -o, mejor dicho, abnormal.

Otros gags son menos sofisticados, pero igual de efectivos: la creciente histeria del Dr. Frankenstein cuando se da cuenta que ha usado el cerebro equivocado para crear a su Monstruo, la reacción infantil del mismo doctor ante el comentario que le hace su sexy asistente Inga (Teri Garr) de que no ha tocado su comida, y hasta el juego de "caras y gestos" que inicia cuando Frankenstein trata de decirles a Igor e Inga que seden al Monstruo que lo está estrangulando... En lo personal, creo que el gag más arbitrario y más absurdo es, también, el mejor de todos: la interpretación de Frankenstein y el Monstruo de "Putting on the Ritz", de Irving Berlin, con el Monstruo interpretando el papel de Fred Astaire con todo y zapatos de tap frente a un teatro repleto de personas, show que termina en desastre cuando el desafortunado Monstruo se asusta con una luz que estalla, por lo que exigente público lo ataca con varios kilos de lechuga orejona.

Finalmente, para todos aquellos que siempre nos preguntamos qué pasa en las películas de horror cuando hay transplantes de cerebro o de otro tipo entre un personaje y otro, queda claro, al final, que el Dr. Frankenstein le ha dado algo de su intelecto a su domesticada criatura -la última imagen que vemos de ella es que lee, aburrido, el Wall Stree Journal mientras la jariosa Madeline Khan, con todo y apostura de Elsa Lanchester, está a punto de caerle encima- mientras que el Monstruo le pasó a su creador algo más que su cabeza... O, mejor dicho, le pasó precisamente su... Eeeh... En fin.

El DVD que acabo de revisar de El Joven Frankenstein tiene sonido e imagen impecables y una colección más que respetable de extras: spots y trailers originales, escenas borradas, varios out-takes (los más divertidos tienen que ver con una improvisación de Marty Feldman que hace reír una y otra vez a Gene Wilder), unas curiosas entrevistas realizadas por la televisión mexicana a Feldman y a Wilder, y un largo documental de 42 minutos (Making FrankSense of Young Frankenstein) que resulta más informativo que el propio comentario en audio de Mel Brooks, quien se pierde en anécdotas y halagos que no van a ningún sitio. Por lo mismo, apenas si lo escuché durante media hora o poco más.

miércoles, 29 de julio de 2009

Cuéntamela otra vez.../IV


Ya lo dejé escrito hace varios años en cinevertigo.com, mi bodega de reseñas particular. Cuando se estrenó Terminator 3, la Rebelión de las Máquinas (Terminator 3: Rise of the Machines, EU-Alemania-GB, 2003) volví a ver el original Terminator (The Terminator, 1984), segundo largometraje de James Cameron. No tenía el mejor recuerdo de este filme, la verdad, así que no fue una sorpresa menor cuando la exitosa cinta ochentera me pareció, con todo y sus deficiencias, una muy disfrutable B-movie de ciencia ficción especulativa/paranoica. Lo mejor de la película -la acabo de volver a ver para escribir estas líneas- sigue siendo el impecable ritmo narrativo de Cameron, recién graduado de la casa Corman, y la hierática presencia de un Arnold Schwarzenneger en el papel que lo haría mundialmente famoso.

Como se recordará, en ese primer Terminator, Arnold es un exterminador cibernético enviado desde el futuro -el 2029, para ser precisos- con la finalidad de asesinar a Sarah Connor (Linda Hamilton), la futura madre de John Connor, el líder que dirigirá la rebelión en contra de las máquinas que provocaron -¿o provocarán?- en 1997 el Holocausto nuclear.

Este galimatías espacio-temporal se complicará aún más porque el propio John Connor envió a Los Ángeles de 1984 a un compañero de armas humano, un tal Kyle Reese (Michael Biehn), para para proteger a la susodicha Sarah Connor, de cuya leyenda Kyle se ha enamorado. Por supuesto, usted recordará la irresoluble paradoja quema-cocos: Kyle resultará ser no sólo el compañero de armas de John Connor sino su propio padre, pues este combatiente del futuro tendrá su efímera noche de pasión con Sarah, ayuntamiento -dirían los clásicos- de donde nacerá el futuro Mr. Connor.

La secuela, Terminator 2 (Terminator 2: Judgment Day, EU-Francia, 1991), es vista por algunos como la mejor película de toda la serie, no sin razón. Además de que técnicamente hablando es la cinta más lograda -hay que recordar la sensación que provocó en su momento por el uso de la tecnología digital en la conformación del letal T-1000 (Robert Patrick), construido de metal líquido multiforme-, la historia se beneficia del capcioso guión auto-referencial escrito, en parte, por el propio director James Cameron.

Y es que a estas alturas del juego, en 1991, el futuro Gobernator se había convertido en una auténtica estrella hollywoodense, por lo que ahora su obsoleto Terminator-800 no era el organismo cibernético que tenía como misión eliminar al adolescente John Connor (Edward Furlong) sino, por el contrario, había sido enviado para protegerlo a él y a su machorra mamá paranoica Sarah (Linda Hamilton, pero con bíceps). En esta ocasión, pues, el otro Terminator, el T-1000, invencible, mimético, implacable, era el maloso. Así, en esta oscareada continuación, Arnold tenía que aparecer más humano, por lo que era instruido por el jovenzuelo Connor en no matar a nadie, en cómo chocarla amistosamente, en decir alguna que otra leperada y, por supuesto, hasta en pergueñar una celebérrima one-liner ("Hasta la vista, baby") apenas comparable con la primera, la original, del Terminator de 1984: "I'll be back".

Incluso, en este segundo episodio de la saga, el Terminator de Schwarzenegger es la perfecta figura paterna del dificil adolescente John Connor, quien cree que su recluída mamá biológica Sarah está completamente loca por creer que él es "el líder elegido" que dirigirá a la humanidad en algún momento del futuro. El cambio de Schwarzenegger de villano a héroe es de tal grado que, de hecho, termina convertido en un crístico cibernético que tiene que sacrificarse para que la pérfida corporación Cyberdyne no tenga acceso a él y al chip que le daría la clave a esa capitalista compañía militar para crear Skynet, la mega-computadora que cierto día se rebelará para intentar destruir a la humanidad entera.

Por supuesto, para realizar esta secuela, sus hacedores se desentendieron de una información clave que se da a conocer en el primer Terminator: que la máquina del tiempo a través de la que viajaron el robot y el humano hacia 1984 fue destruida en el futuro, por lo que no sólo era imposible regresar al 2029 sino hacer otro viaje en el tiempo. En todo caso, en Terminator 2 no se explica cómo es que el Terminator reformado y su invencible rival T-1000 viajaron al pasado y hay todavía menos explicaciones al respecto en Terminator 3: la Rebelión de las Máquinas, que ya no contó con la dirección de James Cameron sino del muy competente artesano Jonathan Mostow.


La historia de esta segunda secuela es básicamente la misma de Terminator 2, sólo que esta vez Linda Hamilton está fuera de escena (nos enteramos que su Sarah Connor murió de leucemia en México). Ahora, el próximo líder del futuro, John Connor (Nick Stahl), ya no es un adolescente confundido sino un joven adulto confundido; y el cyborg maloso que envía al presente Skynet ya no es un T-1000 joven y atlético, sino una indestructible T-X (Kristanna Loken, hija de la modelo que aparecía en los comerciales cerveceros mexicanos de los 80 como “la rubia superior”), que resultará ser una terminatrix más temible que Elba Esther y Martita juntas.

Para entonces, en 2003, 20 años habían pasado desde el primer Terminator y eso se notaba. Y no lo digo sólo porque al T-800 encarnado por Arnold se le notaban las patas de gallo, sino porque el “blockbuster” de acción ya había transformado mucho desde el exitoso díptico de 1984/1991 y esa transformación se debía, en buena parte, a los dos primeros Terminators.

Vista ahora, en 2009, queda claro que Terminator 3 no quiere ser -no quiso ser- más que un buen filme de acción con corretizas, explosiones y las balaceras de rigor. En este sentido, el director Mostow logra algunas secuencias bastante efectivas: una persecución en el free-way y en la ciudad con la T-X manejando una grúa de demolición; un duelo de los dos cyborg, el bueno y la buenísima, en unos baños con todo y mingitorios hechos añicos; y la aparición de Arnold cargando un ataúd con armas y neutralizando a decenas de policías sin lastimar a ninguno (hay que recordar que desde Terminator 2, el T-800 era el héroe y, además, para entonces, Schwarzenegger ya había mencionado que quería ser gobernador de California).

Hay otro elemento que deja aún más claro los años transcurridos entre el primer Terminator y esta tercera parte: la cinta de 1984 era, como ya mencioné, una efectiva B-picture de ciencia-ficción desprovista casi por completo de humor. En contraste, en T3, la autoparodia se hace de manera festiva y conciente: el T-800 (Arnold, pues) aparece desnudo como de costumbre, pero en esta ocasión entra a un lady’s-bar con decenas de mujeres aullantes, en donde el hierático cyborg le quita la ropa a un desnudista, con todo y lentes negros coquetones. En contraparte, la rival T-X sale en cueros (¡y qué cuero!) del aparador de una boutique, le quita su Lexus de lujo a una incauta y hace crecer sus pechos para ser igualita a una modelo de Victoria’s Secrets.

Hay otros elementos que uno puede disfrutar de esta secuela: varias one-liners dichas por Arnold en su tiesísimo estilo ya perfeccionado ("She'll be back", para referirse a la T-X), la buena presencia de la juvenil Claire Danes en el papel de la bravía futura esposa de John Connor y una duración que apenas pasa, insólitamente, de los 100 minutos. Y en cuanto a Arnold… Bueno, en este filme ya parecía pieza de museo. De hecho, si se le compara con los héroes forzudos hollywoodenses del nuevo siglo como Vin Diesel o La Roca, la verdad es que a Arnold, y no es broma, se le extraña.

martes, 28 de julio de 2009

El cliché que yo ya vi.../LII


Joel Meza propone:

El cablecito rojo o cómo aprendí a dejar de preocuparme y desactivar la bomba: Toda bomba o dispositivo mortífero que se respete debe tener un cablecito rojo que el héroe debe encontrar y cortar para detener la destrucción, por supuesto y como cliché agregado, apenas un segundo antes del límite. Como toda temporada de verano hollywoodense debe tener al menos una muestra de este cliché para mantener el balance universal, véase la escena correspondiente en La Era de Hielo 3, actualmente en cartelera.

lunes, 27 de julio de 2009

Cine en televisión para el lunes 27 de julio


En Las Ruinas (The Ruins, EU-Australia, 2008), opera prima de Carter Smith, se dice que no hay que beber agua potable mexicana porque está contaminada con caca y se muestra, peor tantito, que un grupo de indígenas mayas están prestos a usar ¡arco y flecha! para escabecharse a cualquier turista que se pase de metichón. En otras palabras, los visitantes a nuestro país pueden ser atacados, de perdis, por una feroz disentería amibiana -o también, según el REFORMA de hoy, por una horda de fanáticos panboleros que, para celebrar el 5-0 sobre la selección B de Estados Unidos, hostigó a una familia de turistas holandeses y a un joven alemán que no pudo convencerla que no era gringo.

Pero, bueno, volviendo a Las Ruinas: no empiece, por favor, a desgarrarse las vestiduras nacionalistas por este artero ataque a nuestras sacrosantas etnias indígenas y a nuestro intachable sistema de agua potable (o a nuestros pacíficos hooligans mexicanos). Y es que si en Las Ruinas los springbreakers van cayendo muertos como viles moscas, esto no se debe a una maléfica diarrea o a la barbarie de los indios mayas –comandados por el inconfundible Sergio Calderón-, sino a la estupidez de los cuatro babosos gringos que, amenazados por todas partes, no hacen otra cosa que echarse bronca mutuamente hasta encajarse chico cuchillón nomás porque sí.

Algún lugar del sur de México (en realidad, Australia). Seis jóvenes turistas (cuatro americanos, uno griego y otro alemán), visitan las ruinas del título, un antiquísimo centro ceremonial escondido en lo más profundo de la selva. Apenas llegan al pie de la pirámide cuando aparecen Calderón (Sergio, no Felipe, por fortuna) y mayas que lo acompañan echando bala y flechas por todas partes.

¿Qué hacen nuestro pasmados héroes turísticos?: ¿correr despavoridos para la selva? Nada de eso: se suben corriendo a la pirámide en donde, en la cumbre, les espera algo peor que mayas enojados: una enredadera parásita y mortal, prima hermana de la planta extraterrestre que atacara al mismísimo Stephen King en la subvalorada y tijereteada Macabras Historias de Horror (Romero, 1982).

El asunto podría haber resultado más divertido aún si el filme hubiera tenido el tono alegórico/fantástico/paródico de la mencionada cinta de Romero, pero la trama se toma demasiado en serio a sí misma, los protagonistas no nos podrían interesar menos –de hecho, la planta ventrílocua es la que resulta simpática- y, peor aún: si usted es amante del gore, déjeme decirle que los litros de sangre derramada son más bien pocos. Ah, y otra cosa: la planta malosa en realidad casi no hace nada. Son los propios turistas que se matan entre ellos, sea a la buena (con una bárbara amputación sin anestesia), sea a la mala (con un cuchillazo traicionero). Con estos gringos babas, quién necesita plantas asesinas o fanáticos panboleros, me cae. Pero, bueno, Las Ruinas es tan mala que termina resultando morbosamente entretenida.


Las Ruinas se exhibe hoy lunes en Movie City a las 18:20 horas (tiempo del este) y 20:20 horas (tiempo del oeste). Mañana martes se vuelve a exhibir a las 9:35 (hora del este) y 11:35 (hora del oeste).

Sé lo que viste el fin de semana pasado/XCIV



Año Uña (México, 2007), de Jonás Cuarón. La opera prima de Jonás -"el orgullo de mi nepotismo"- Cuarón es una meritoria extravagancia deudora en el estilo -no en el tema- del seminal corto de ciencia ficción La Jetée (Marker, 1962). Estamos ante una foto-novela (es decir, una película realizada en pura y estricta foto-fija) en tono de romántica comedia de crecimiento juvenil sobre un adolescente mexicano jarioso (Diego Cataño) y una estudiante gringuita veinteañera de buen ver (Eireann Harper, novia del joven Cuarón). Como ya comentamos antes, Año Uña hará historia por haber sido la primera cinta nacional en haberse estrenado simultáneamente en una sala de cine y en la televisión de paga, en la modalidad de vídeo-on-demand. Toda la suerte del mundo en este experimento de dsitribución. Mi reseña en REFORMA.

Vivir de Nuevo (Reprise, Noruega, 2006), de Joachim Trier. Esta suerte de espléndida re-elaboración del clásico nuevaolero Jules y Jim (Truffaut, 1962) la reseñé hace rato, cuando se exhibió en la 50 Muestra Internacional de Cine, en noviembre del año pasado. Mi comentario, aquí.

domingo, 26 de julio de 2009

Los vicios de la crítica


Enrique Krauze, al llamar la atención, el día de hoy en REFORMA, sobre el libro Luz Espejeante: Octavio Paz ante la Crítica (compilado por Enrico Mario Santi) se conduele con razón del lamentable estado de la crítica literaria en México. En esta columna ennumera, de hecho, cinco vicios de la crítica literaria que, de hecho, mutatis mutandi, puede aplicarse a la perfección a la crítica de cine en México que se encuentra, sospecho, en un estado peor que la crítica literaria. Los cinco vicios, según Krauze y Rafael Lemus son:

"La ausencia de placer y/o aversión. En la academia rara vez se lee para comunicar un placer o para acercarse a una obra con entusiasmo o irritación. Se lee, supuestamente, con neutralidad, como si la crítica fuera una más de las ciencias sociales.

La omnipresencia de la teoría. La teoría literaria es provechosa cuando ayuda a leer mejor una obra, no cuando pretende sustituirla. Sin embargo, los académicos suelen partir en sus lecturas de un "modelo teórico", no de la obra misma, y se empeñan en acomodar el libro dentro de ese marco ya predeterminado.

La inmovilidad. Una de las funciones de la crítica debería ser la de poner en movimiento los libros: relacionarlos unos con otros, y unir la literatura a procesos culturales, políticos e históricos más amplios. La academia hace habitualmente lo contrario: aísla las obras, estudiándolas en el vacío, al margen de la sociedad en que aparecieron.


La especialización excesiva. Los genuinos críticos literarios aspiran a una visión amplia, generosa, humanista. En el mundo académico, no obstante, se estila lo contrario: desdeñar la pluralidad y complejidad del mundo para concentrarse en un solo autor, en un solo periodo de un autor, en una única obra de un autor.

La endogamia. La academia -esto es fundamental- no necesita del aval del público: produce para sí misma y se consume a sí misma. La literatura, por el contrario, es impensable sin la colaboración de los lectores; es, de hecho, un diálogo polémico entre los lectores y los autores. Su único aval es el aval del público".

PS. La columna completa se encuentra, insisto, en el REFORMA del día de hoy.

sábado, 25 de julio de 2009

Santa (1931)


Santa (México, 1931) es considerada, erróneamente, como la primera película sonora mexicana. En todo caso, esta cinta dirigida por Antonio Moreno es la primera en haberse grabado con sonido directo y óptico y, también, el primer filme sonoro más o menos logrado que se hizo en nuestro país.

La novela de Federico Gamboa ya había sido adaptada con anterioridad, en el cine silente mexicano. Luis G. Peredo había dirigido en 1917 la primera versión de Santa con Elenita Sánchez Valenzuela en el papel de la prostituta de Chimalistac y la cinta se había estrenado con inusitado éxito taquillero en julio de 1918.

En cuanto a esta versión de 1931, estamos ante un melodrama trágico sobre las desgracias de Santa (Lupita Tovar), una joven y virginal muchachita campirana de Chimalistac, que es engañada en su pueblo por el militar Marcelino (Donald Reed), expulsada de su casa por sus ofendidos hermanos (Antonio R. Frausto y Joaquín Busquets) y, luego, convertida en prostituta por la enérgica matrona doña Elvira (la legendaria Mimí Derba). Ahí, en el burdel, se enamora de ella un pianista ciego, Hipólito (Carlos Orellana), quien le compone la canción que da título a la película (canción, por supuesto, de Agustín Lara, quien aparece en los créditos como el autor de la música del filme). Finalmente, Santa, arrepentida de todos sus pecados, muere de cáncer. Hipólito la entierra en el paraíso de Chimalistac, por fin recobrado por Santa.

El primer éxito mexicano en el cine sonoro es, pues, la historia de una prostituta. Como ha dicho Ayala Blanco en el canónico libro de ensayos La Aventura del Cine Mexicano, esta imagen femenina, la de la puta, acompañará a nuestro cine para siempre. La mujer mexicana es la prostitura que baila en paños menores frente a la cámara (Santa, en una de las mejores escenas de la cinta) o es la virginal jovencita toda inocencia (Santa antes de ser engañada) o es la mártir con todo y aureola a lo Griffith (Santa en el final).

La cinta funciona en el nivel más elemental si se quiere, pues Antonio Moreno, el director, sabía su negocio. Dividida casi en cuadros independientes, como si fuera cine mudo, la película avanza no sin algunas dificultades y tropiezos. Moreno era un director con una muy limitada creatividad pero conocía al dedillo "lo que convierte al cine en una industria" (García Riera dixit). Es decir, Moreno era un artesano más o menos competente, no un artista original. No obstante, este artesano se da el lujo de crear una bellísima imagen-resumen de la cinta: las pezuñas de los caballos de la soldadesca comandada por Marcelino pisan las flores frescas, bellas, recién cortadas, que hacía un momento traía en sus manos Santa: la inocencia mancillada por la brutalidad y el abuso.

viernes, 24 de julio de 2009

Canana-on-demand


Pues hasta que alguien me escuchó... Desde este espacio y desde hace tiempo, me preguntaba por qué nadie en México seguía la propuesta del cineasta y productor Steven Soderbergh de echar abajo las llamadas "ventanas de distribución". Me refiero a acabar con la distancia temporal que separa el estreno comercial de un filme de su explotación en DVD, en televisión pay-per-view y en televisión por cable. Mi argumento es simple: si es complicado ver cine mexicano por las razones que usted quiera esgrimir, ¿por qué jugar con las viejas reglas de la distribución fílmica, creadas hace 20, 30, 40, 50 años? ¿Por qué no crear unas nuevas? ¿Por qué no experimentar, como lo hizo exitosamente Soderbergh con Bubble (2005), estrenada al mismo tiempo en un pequeño número de salas comerciales, en DVD y en video-on-demand?

Canana Films ha decidido jugar la apuesta. Hoy se estrena en unas cuantas salas defeñas la meritoria opera prima de Jonás Cuarón Año Uña (2007) -mi reseña está en REFORMA- y, casi al mismo tiempo, la película se podrá ver en Cablevisión a partir del próximo lunes en el formato de video-on-demand. Para que el círculo estuviera completo, debieron haber puesto en venta y/o renta el DVD con algunos extras interesantes. Pero, bueno, por algo se empieza. Le deseamos toda la suerte comercial del mundo a Canana con este experimento que, esperemos, sirva de ejemplo a otras distribuidoras y productoras nacionales. Carajo, que se vea el cine mexicano cómo sea, donde sea y en las condiciones que sean, pero que se vea. ¿O qué? ¿Hacen cine para enlatarlo?

jueves, 23 de julio de 2009

Revisando a Chaplin/XVII


Esos Males de Amor (Those Love Pangs/The Rival Mashers, EU, 1914), décimo-cuarto filme de Charles Chaplin -en este caso, un one-reeler que, en la versión que conozco, apenas llega a los 13 minutos de duración- no tiene mayor interés que ver a Charlot y a su rival en amores, el gran Chester Conklin, pelearse por las atenciones de tres damitas de muy buen ver (¿dónde conseguía el productor Mack Sennet damiselas tan bellas?). Se encajan tenedores en el trasero, se lían a puñetazos, se patean y, al final, forman parte de una pelea colectiva dentro de una precaria sala de cine. Se nota que esta cinta, realizada para la Keystone de Sennet, fue pensada sobre las rodillas. Eso sí: incluso en su primer año en Hollywood, Chaplin, como intérprete, era todo un maestro en el manejo del slapstick más violento.
Mucho mejor es Charlot y la Sonánmbula (Caught in the Rain/In the Park, EU, 1914), a pesar de que se trata de apenas el segundo filme dirigido por Chaplin. En este modesto one-reeler (la cinta dura 12 minutos), Charlot es un borrachales que, vagando por un parque -uno de los espacios preferidos del primer Chaplin-, molesta al matrimonio maduro formado por Alice Davenport y el infaltable gordazo Mack Swain. Charlot coquetea con la doña -que está más fea que pegarle a Dios en Viernes Santo-, Swain le reclama airado al ingobernable borrachín y todo termina en que los casados se van a su hotel, indignados. Por supuesto, minutos después a ese mismo hotel llegará Charlot a pedir un cuarto, le pisará la enyesada pierna a un desafortunado cliente, coqueteará con unas muchachas, se caerá de las escaleras una y otra vez hasta que, finalmente, llegará a su habitación a dormir la mona. La sonámbula del título será, por supuesto, la señora Davenport que, caminando dormida, se meterá en la cama de Charlot. Cuando el celoso Swain busque a su esposa desaparecida, iniciará la batahola de costumbre.
Chaplin fue un genio para interpretar borrachos y maloras. Aquí es las dos cosas y la mejor escena, políticamente incorrecta, es cuando el borracho grosero y maleducado de Charlot, sin que venga a cuento, tumba de una patada voladora a un anciano enfermo que ya había pisado momentos antes. Por lo demás, se trata de un filme primitivo que, de todas formas, muestra a Chaplin, el casi debutante cineasta, ya provisto de un sexto sentido para darle la debida continuidad a su relato y para montar dentro del encuadre los gags más efectivos. La cinta, junto con Charlot Dentista, ya reseñada antes en el blog, aquí.

PS. Por cierto, Charlot y la Sonámbula tiene el título alternativo en inglés de In the Park. No hay que confundirlo con el filme homónimo que el propio Chaplin dirigió en 1915 para la casa Essanay y que ya reseñé aca.

miércoles, 22 de julio de 2009

Vals con Bashir


Vals con Bashir (Vals im Bashir, Israel-Alemania-Francia-EU-Bélgica-Australia-Finlandia-Suiza, 2008), tercer largometraje del cineasta israelí Ari Folman, es todo lo que usted quiera, menos convencional. El primer filme documental-bélico-psicoanalítico-animado en la historia del cine -y primera cinta animada israelí en toda su historia-, Vals con Bashir es una fascinante, provocadora y contradictoria exploración personal/colectiva/generacional sobre el papel que jugó el propio cineasta Folman (y, simbólicamente, Israel mismo) en el atroz genocidio de Sabra y Chatila, sucedido en Beirut en septiembre de 1982, en plena invasión israelí del Líbano, cuando un grupo de falangistas cristianos, apoyados por el ejército israelí dirigido por Ariel Sharon, masacró a más de tres mil refugiados palestinos (mujeres, niños, ancianos) como una represalia por el asesinato del Bashir del título, el presidente electo de Líbano, que era apoyado por Israel.
Con 19 años de edad, Folman estuvo en Beirut en el momento de la matanza, pero no recuerda nada de ella. Lo mismo sucede con muchos otros de su compañeros, a los que Folman entrevista: algunos comparten con él sus pesadillas, sus experiencias, sus anécdotas. Son recuerdos traumáticos, terribles, mórbidos. Apenas es lógico, como le dice a Folman un psiquiatra, que su memoria esté bloqueada: es una forma de autodefensa. Uno de sus amigos va más lejos: Folman conoció el genocidio antes de nacer, pues sus padres estuvieron en Auschwitz; después, él mismo estuvo en Sabra y Chatila. Así, casi de pasada, se deja caer el anatema israelí de comparar el holocausto judío con la masacre de palestinos indefensos. No es poca cosa para un filme realizado en Israel.
Todo lo que atestiguamos en pantalla –a excepción de la escena final, real, documental, de desgarradora acción viva-, lo vemos a través del prisma del cine de animación. Aunque pareciera que se ha usado la técnica rotoscópica (es decir, realizar la animación sobre la propia imagen fílmica, al modo de Una Mirada a la Oscuridad/Linklater/2006), en realidad Folman hizo, primero, un documental tradicional, con testimonios y entrevistas, y a partir de ese pietaje, sus animadores crearon la película, con todo y sus pesadillescas/surreales secuencias imposibles de olvidar.

martes, 21 de julio de 2009

Harry Potter y el Misterio del Príncipe


La sexta entrega de la saga potteriana, Harry Potter y el Misterio del Príncipe (Harry Potter and the Half-Blodd Prince, GB-EU, 2009), llegó a las salas cinematográficas de todo el mundo acompañada por una recepción crítica insólita: era, según algunos, la mejor película de la serie o, en todo caso, apenas si quedaba un poco abajo de la insuperada tercera parte Harry Potter y el Prisionero de Azkabán (2004), dirigida por Alfonso Cuarón.
Tal vez estas altas expectativas fueron las que me hicieron daño. Al ser un confeso neófito harrypotteriano –sólo leí el primer libro, como ya lo he escrito en otras ocasiones-, tengo la ventaja/desventaja de juzgar cada cinta por sí misma, independientemente de qué tan fiel/infiel es con respecto a la obra de la multimillonaria Dame Rowling. Y como película en sí, creo que esta sexta parte es la más floja de todas, apenas comparable, en este sentido, con el filme anterior, Harry Potter y la Orden del Fénix (2007), dirigida, al igual que El Misterio del Príncipe, por el gran realizador televisivo convertido en yes-sir-man potteriano David Yates (espléndida miniserie State of Play/2003).
Por supuesto, insisto, escribo esto desde una posición acaso desventajosa: desconozco las tramas originales de cada película –exceptuando la primera-, por lo que no sé que es lo que los adaptadores decidieron cortar o dejar en pantalla. Y aún así, de todas formas intuyo que hay elementos faltantes claves que terminan dañando irremediablemente al filme. Tomo de ejemplo, nada más, el apresurado desenlace que nos deja literalmente colgados, esperando la última parte que veremos dividida en dos filmes, en 2010 y 2011. No sé si así es el final que aparece en el libro respectivo de la señora Rowling, pero en la película se extraña la sensación de cierre, aunque sea temporal, de la historia. Y lo peor: podría ser que se hubiera pensado un final en puntos suspensivos, emocionante, como de algún arcaico serial de inicios de siglo XX. Pero, la verdad, después del clímax en el que Dumbledore (Michael Gambon) y Snape (Alan Rickman) tienen que hacer sus propios sacrificios para, se sobre-entiende, allanarle el camino a Potter, el desenlace no nos deja deseando más, sino menos.

De todas maneras, no diría que me aburrí. Además de disfrutar, como de costumbre, de las actuaciones del impecable reparto adulto –ahora aumentado y mejorado con la aparición de Jim Broadbent, en el papel fascinantemente ambiguo de mentor tanto de un juvenil Lord Voldemort como de Harry Potter-, las aventuras hormonales de los estudiantes de Hogwarts me mantuvieron despierto. El asunto no podría ser más convencional, pero la retahíla de truenes/enamoramientos/coqueteos/frustraciones adolescentes me entretuvo. Además, si uno recuerda su propia adolescencia (de hecho, trato de olvidarla) o está en contacto con la adolescencia de otros/otras (como es mi caso), no puede haber algo más conmovedoramente divertido ver cómo Hermione (Emma Watson) sufre las de Caín porque el papanatas de Ron (Rupert Grint) se deja conquistar por la sobrona Lavender (sensacional Jessie Cave), mientras el propio Harry (Daniel Radcliffe) se da cuenta que se le cuecen las habas por la determinada hermana menor de Ron, Ginny (Bonnie Wright) que, mientras el de los espejuelos se decide, se deja besuquear y manosear en una taberna.
En cuanto a la trama se refiere, por lo que entendí, nuevamente Dumbledore le tiene que pedir un sacrificio más a Harry. Y es que Voldemort, que tiene más vidas que Salinas de Gortari, no está acabado, sino que su maléfica alma descansa, dividida, en unos cachivaches, los horcrux, que Potter tendrá que encontrar y destruir para acabar con la amenaza del Innombrable. Para llegar a ello, Dumbledore hará el máximo sacrificio posible, el sangronazo del profesor Snape jugará su resto en los dos bandos enfrentados y Harry, con las hormonas dándole vueltas por todas partes, verá que su crístico destino se acerca ineluctablemente.

lunes, 20 de julio de 2009

Sé lo que viste el fin de semana pasado/XCIII


Hubo tres estrenos esta semana y dos de ellos -Vals con Bashir (Folman, 2008) y Harry Potter y el Misterio del Príncipe (Yates, 2009)- merecerán reseñas in extenso a partir de mañana -además de que Vals con Bashir fue reseñada por un servidor en REFORMA en el Primera Fila del viernes pasado-, así que no tiene sentido extenderme demasiado en esta entrada acerca de ellos.

En cuanto al otro estreno, de plano decidí saltármelo: el remake de una película de horror cuyo original ni siquiera me gustó mucho cuando lo vi, décadas ha, en algún programa doble. Me refiero a ¡Está Vivo! (Rusnak, 2008), refrito de la B-movie de Larry Cohen de 1974 titulada en México El Monstruo Está Vivo.

domingo, 19 de julio de 2009

El Compadre Mendoza


Invariablemente colocada en algún lugar privilegiado cuando se trata de nombrar a las mejores películas mexicanas del siglo pasado -la Revista SOMOS la colocó en el lugar número 3, sólo abajo de Vámonos con Pancho Villa (De Fuentes, 1935) y Los Olvidados (Buñuel, 1950)-, El Compadre Mendoza (1933) es no sólo la primera obra maestra de Fernando de Fuentes sino, acaso, la más lúcida parábola política realizada por el cine nacional en toda su historia. La película -basada en un cuento de Mauricio Magdaleno adaptado por Juan Bustillo Oro y el mismo De Fuentes- resiste despues de más de setenta años varias lecturas, todas ellas armoniosamente paralelas.

Antes que nada, la historia en la que el acaudalado hacendado Rosalío Mendoza (Alfredo del Diestro soberbio) traiciona a su compadre zapatista Felipe Nieto (Antonio R. Frausto conmovedor) no es más que la sagaz alegoría de la traición revolucionaria hacia el zapatismo por parte de las fuerzas carrancistas (y las que siguieron) y, también, una paráfrasis del asesinato del mismo Emiliano Zapata.

Pero también, y más interesante aún, está la lectura del nacimiento de la clase política que gobernaría (y gobierna, nomás que ahora vestida de azul) este país desde los años veinte del siglo pasado. Rosalío Mendoza es un clasemediero proto-priísta/panista de pura cepa: no tiene ideología, es acomodaticio y le da lo mismo colgar el retrato de Zapata que el de Huerta o, después, el de Carranza. Mendoza no es, tampoco, el atrabiliario hacendado dueño de vidas y haciendas. No es un tipo cruel ni sanguinario. Si en un inicio el afán de lucro es el que lo empuja a un perverso juego político en el que está bien con Dios y con el Diablo, luego continúa mostrando sus dos hipócritas caras porque tiene "familia que mantener". Como él mismo lo expresa en una escena clave, el haberse casado con Dolores (Carmen Guerrero) y el tener un hijo pequeño lo han convertido en un cobarde. Y ahí, en el retrato del hombre atribulado por el futuro de su familia, Mendoza exige la simpatía del espectador que ha visto el genuino amor que profesa a su mujer y a su hijo.

Y, por supuesto, queda una lectura más: la de una de las historias de amor más bellas que haya dado el cine mexicano. El amor que se sienten Felipe Nieto y Dolores, expresado sólo en palabras amables, entrecortadas, y en miradas penosas, de soslayo, no es menos real por no haberse llevado a cabo (de hecho, esto me recuerda la también muda historia de amor de John Wayne y su cuñada en Más Corazón que Odio/Ford/1956).

Precisamente el hecho de no consumarse nunca el amor entre Felipe y Dolores, hace más despreciable la traición de Mendoza quien, casi llorando, apura un vaso de whisky, tratando de convencerse que él, caray, es un hombre pragmático no proclive a sentimentalismos. Tiene una familia que mantener, carajo. Mientras, el cadáver de Felipe Nieto cuelga en la puerta de la hacienda y con él, la última esperanza de una revolución limpia, honesta, pura.

De Fuentes dirige con una madurez y una solvencia apabullantes: la cinta es un muestrario de elegantes elipsis temporales, todo ello visto a través de los funcionales movimientos de cámara de Alex Phillips y el clasicista montaje del propio De Fuentes, que comprime la acción de manera ejemplar, sin digresiones visuales/dramáticas de ningún tipo. En suma: un irrepetible y auténtico clásico del cine mexicano.

sábado, 18 de julio de 2009

Los otros Potter


Por pura desidia nunca hice la reseña extensa de Harry Potter y el Prisionero de Azkabán (2004) aunque, a la distancia, me arrepiento: hasta la fecha -acabo de ver la sexta parte de la saga- es probable que la cinta dirigida por Alfonso Cuarón sea la mejor de la serie. El Potter de Cuarón es un adolescente rebelde, confundido, volátil: un adolescente normal, hasta cierto punto. Con el regreso a Hogwarts, Harry se verá enfrentado de nuevo con el doloroso recuerdo de sus padres y con la fuga de la cárcel de un peligroso mago, encarnado por Gary Oldman. La tercera entrega potteriana brilla por la eficaz narrativa de Cuarón, por los prodigiosos FX y por el espléndido reparto, en el cual destaca el joven Daniel Radcliffe, que en esta cinta empezó a madurar como actor.

La cuarta y quinta aventuras potterianas sí las reseñé y están, respectivamente, aquí y acá, tal como fueron publicadas en su momento. Ahora sí, cumplida la tarea, próximamente la reseña de HP-6. Qué remedio.

viernes, 17 de julio de 2009

Pídala Cantando/VIII


Un lector asiduo de este blog, DarkJam, me pregunta -y le pregunta a los demás lectores- cuáles son las peores adaptaciones literarias llevadas al cine. A bote pronto, propongo estas cuatro no fantásticas sino abominables:

Pedro Páramo (1968), de Carlos Velo. Bostezante adaptación de la novela rulfiana (guión firmado, entre otros, por Carlos Fuentes) con John Gavin en el papel del cacique de los Altos de Jalisco. El casting parece una broma cruel.

El Hombre de la Mancha (1972), de Arthur Hiller. Peter O’Toole le echa todos a los kilos a su encarnación musical de Don Quijote, pero las canciones, las coreografías y la propia adaptación apestan.

El Amigo Americano (1977), de Wim Wenders. La inquietante novela El Juego de Ripley de Patricia Highsmith (luego adaptada decentemente por Liliana Cavani en El Amigo Americano/2002) se convierte en una trama incoherente y aburrida en manos de Wenders. Sin duda, el peor Highsmith fílmico.

La Letra Escarlata (1995), de Roland Joffé. La maravillosa novela de Nathaniel Hawthorne es destrozada por una estúpida adaptación y por la presencia de Demi Moore como una heroica feminista avant-la-lettre. Guácala.


PS. DarkJam propone dos horrendas adaptaciones: El Curioso Caso de Benjamin Button y El Código Da Vinci. ¿Y ustedes?

Harry Potter y la Cámara de los Secretos


Mientras termino de digerir el más reciente Harry Potter para escribir la reseña respectiva, sigue la revisión de lo que he escrito acerca del universo cinematográfico creado a partir de los best-sellers de la señora Rowling. Lo que sigue es la reseña de Harry Potter y la Cámara de los Secretos tal y como la publiqué en su momento. Al re-leerla, recordé que, de hecho, esta segunda cinta me gustó más que la primera.



Chris Columbus ha hecho con Harry Potter y la Cámara de los Secretos (Harry Potter and the Chamber of Secrets, EU, 2002) su mejor película hasta la fecha. El director de Mi Pobre Angelito (1990) y Papá por Siempre (1993) nunca ha sido un cineasta de mucha inventiva pero en esta, la segunda entrega de las aventuras de Potter y amigos, Columbus se nota más suelto con sus personajes, logra varias secuencias muy bien ejecutadas y nos entrega un desenlace que resulta, debo confesar, hasta moderadamente conmovedor.

Pero cuidado: decir que Columbus ha hecho su mejor filme no significa que La Cámara de los Secretos es la obra maestra de fantasía que ¿esperábamos? (en realidad, un servidor no esperaba gran cosa). Hay dos servidumbres que el filme de la Warner no puede (¿o no quiere?) evitar: un desarrollo demasiado episódico de la historia y una excesiva fidelidad al libro de J.K. Rowling, situaciones que provocan que la cinta se extienda, sin muchas justificaciones, a casi 3 horas de duración.

Un año ha pasado y Harry (Daniel Radcliffe) vuelve al exclusivo colegio Hogwarts con todo y sus inseparables amigos Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) y su malévolo enemigo Draco Malfoy (Tom Felton). Harry tendrá varios retos por enfrentar: evitar que Hogwarts sea cerrado, salvar a Hermione de un hechizo que la tiene paralizada por completo, limpiar su propio nombre pues ha sido acusado injustamente y, para variar, enfrentarse al que-no-debe-ser-nombrado, Lord Voldemort, quien resulta estar detrás de todo el mitote.

Sería injusto desechar este segundo episodio potteriano por redundante. Por supuesto, claro que lo es, pero el logro de Columbus, su guionista Steve Kloves, su espléndido reparto sin tache y su notable equipo técnico estriba precisamente en la calidad de esa redundancia. Es decir, tomando en cuenta que la libertad creativa en este tipo de filme es cercana a cero, no puede negarse que La Cámara de los Secretos ofrece no pocos placeres cinematográficos, algunos de ellos asociados a la desbordada imaginación de las cinco compañías de efectos especiales que trabajaron para el filme, otros debidos a un grupo de grandes actores que encarnan con vigor y dignidad impresionantes a sus encantadores personajes unidimensionales.

Así, lo mismo vemos a un delicado fénix naciendo de entre sus propias cenizas que a Kenneth Brannagh y Alan Rickman enfrentarse con pasmosa seriedad en un duelo de hechizos y conjuros; nos asustamos con un árbol malhumorado con vida propia o con un santuario de enormes arañas gigantes, al mismo tiempo que disfrutamos la última interpretación del fallecido Richard Harris o caemos redondos ante el carisma de Robbie Coltrane; vemos cómo Jason Isaacs se sobreactúa gozosamente en el papel del malvado Lucius Malfoy para luego asistir con asombro a una clase de botánica con todo y gritonas raíces de mandrágora; atestiguamos el crecimiento físico e interpretativo del reparto (ya no tan) infantil y después reímos de buena gana con la aparición de una carta materna genialmente regañona…

En cuanto al aspecto temático, La Piedra Filosofal trataba del descubrimiento de la propia personalidad y de aceptarse como uno es; ahora, en La Cámara de los Secretos, Harry tendrá que reflexionar sobre las responsabilidades que tiene, al mismo tiempo que ve cómo su colegio se divide por una serie de tensiones racistas/clasistas entre magos “de pura sangre” y magos “medio-muggles”. Claro, el espectador dirá que el tratamiento que se le da a estos problemas es muy esquemático y simple pero, ¿qué esperaba? Esta es una película dirigida a niños de 10 a12 años. Si se tiene esa edad –o se puede fingir durante tres horas que se tiene—Harry Potter y la Cámara de los Secretos no va a decepcionar mucho… o, de plano, nada.

jueves, 16 de julio de 2009

Harry Potter y la Piedra Filosofal


Hoy entra a cartelera Harry Potter y el Misterio del Príncipe (Yates, 2009), la sexta entrega del maguito de espejuelos y cicatriz en la frente. Un servidor se había hecho a la idea de revisar nuevamente las cinco películas anteriores pero, la verdad, ¿a quién quiero engañar? No tengo tanto tiempo libre para auto-recetarme un maratón de esa naturaleza. En todo caso, lo que sí puedo hacer, es rescatar lo que escribí, al momento del estreno, sobre las distintas entregas potterianas. Aquí, la primera reseña. Prácticamente no hay cambio alguno a lo que publiqué hace 8 años. Sólo que, al leerla, me doy cuenta que algunos de mis peros no están plenamente justificados. De hecho, ya me dio curiosidad de volver a verla...



En Hollywood, películas como Harry Potter y la Piedra Filosofal (Harry Potter and the Sorcerer’s Stone, EU, 2001) se dirigen (casi) solas. Dicho de otra manera, la labor de un director en este tipo de superproducciones es, por lo general, la de una suerte de supervisor/gerente de los técnicos, los diseñadores de producción, de vestuario, de efectos especiales, quienes resultan los auténticos “creadores” de la película. Cintas con tal presupuesto y tales ambiciones económicas no pueden dejarse, pues, al libre albedrío de un director con visión propia y fuerte personalidad. Menos aún si estamos hablando de la saga literaria de Harry Potter, creada por la escritora británica J.K. Rowling. El fenómeno literario/cultural/económico que representa Potter y amigos es tan poderoso que la Warner, productora del filme, no quiso arriesgar mucho y optó por jugar una “mano fácil”. Por todo lo antes dicho, no es una sorpresa que el nombre de Terry Gilliam haya sido desechado para que Chris Columbus terminara dirigiendo la adaptación fílmica de la primera novela sobre Harry y compañía.

Columbus es un director eficaz pero invisible, ha trabajado con niños actores y grandes estrellas, ha manejado películas de efectos especiales y no ha conocido todavía lo que es un gran fracaso taquillero. Estas virtudes de Columbus como cineasta salen a relucir en Harry Potter y la Piedra Filosofal pero son estas mismas características las que impiden que el primer filme del brujo pre-adolescente sea una obra maestra. Pero empecemos por partes.

Harry Potter... es un filme entretenido en sus 152 minutos de duración, tiene un reparto de grandes actores plenamente aprovechados (Richard Harris, Maggie Smith, Alan Rickman, Ian Hart, el espléndido Robbie Coltrane), varios curiosos cameos (John Cleese, John Hurt, Julie Walters) y un casting infantil cercano a la perfección (Daniel Radcliffe como Harry, Ruppert Grint como Ron Weasley y la magnífica Emma Watson como Hermione). Además, los efectos especiales no distraen ni estorban sino que sirven para darle mayor profundidad a la trama (para acabar pronto: ¿qué sería de Harry Potter y la Piedra Filosofal sin los espléndidos F/X que hacen posible el juego de quidditch?, ¿qué sería del filme sin la secuencia de la compra de útiles escolares en un barrio mágico de Londres?, ¿acaso no dañaría a la cinta si los efectos especiales no funcionaran a la perfección en la escena del juego de ajedrez?). Pero si la cinta tiene todas estas virtudes, ¿cuál es, entonces, el problema con ella?

Básicamente, su respetuosísima adaptación, escrita por Steven Kloves (guionista de Los Fabulosos Hermanos Baker y Wonder Boys). La cinta está prácticamente encorsetada por la excesiva fidelidad al texto de Rowling quien, al parecer, no sólo participó en el casting y en la propia adaptación, sino que estuvo presente en el set durante buena parte del rodaje. Más que adaptación, el trabajo de Kloves fue, de hecho, una transcripción: diálogos, situaciones, escenas, secuencias, fueron extraídos del libro sin que mediara ningún esfuerzo imaginativo. De hecho, la única imagen que está en el filme y que no aparece en la novela está al inicio, cuando la casa de los tíos de Harry está rodeada de cientos de lechuzas-correo. En todo lo demás, pareciera que el filme de Columbus y la Warner no ambiciona más que ser una especie de versión ilustrada (al costo de 125 millones de dólares) de la novela de Rowling.

Esta fidelidad daña al filme porque hay muchas escenas que pudieron haberse borrado por innecesarias (un ejemplo: la rata de Ron, fundamental en el libro, aquí no tiene ningún papel; entonces ¿para qué conservarla en la trama?), hay otras que debieron haber sido cambiadas para darle mayor impacto a la historia (la huida de los tíos de Harry hasta terminar en una casucha en medio del mar, por ejemplo), mientras que información clave no fue transmitida en la película (¿por qué Severus Snape/Alan Rickman ayuda a Harry?: en el libro hay una explicación muy interesante; en la película, el descubrimiento de que Snape es el “bueno” parece mera arbitrariedad).

Si a pesar de estos problemas de adaptación el filme aparece como una entretenida pieza de diversión infantil, juvenil y adulta, esto se debe a su espléndido reparto, a un diseño de producción impecable, al magnífico trabajo de varias compañías de F/X y, pr supuesto, a la historia contenida en el libro de Rowling quien, para la próxima, debería darle más libertad a Kloves para que éste haga su trabajo. En cuanto a Columbus, el exitoso, muy profesional pero nada inspirado director es quien ya está haciendo la segunda parte de la saga. Por lo tanto, no creo que Harry Potter y la Cámara de los Secretos –que se estrenará en diciembre de 2002— vaya a ser un gran filme. Columbus no lo puede evitar: es bueno en lo que hace, pero sólo es un pobre muggle.

miércoles, 15 de julio de 2009

La Soldadera


En 1966, José Bolaños, uno de los responsables -como coguionista- de uno de los bodrios "revolucionarios" mas intragables -La Cucaracha (Ismael Rodríguez, 1958)-, dirigiría una obra insólita en el cine mexicano y en el cine nacional sobre la Revolución Mexicana: La Soldadera (México, 1966).

A diferencia de todo el cine del "Indio" Fernández acerca de la Revolución, no hay intención didáctica alguna en la cinta de Bolaños. A diferencia del cine industrial restante de la época, la Revolución no es escenario para desplantes machistas/machorros ni para actos heroicos/suicidas. Más que la Revolución, lo que retrata Bolaños en esta cinta es "la bola", es decir, el caos de las batallas, el polvo del camino, los ruidos silbantes de las balas, los cuerpos cayendo pesadamente de los caballos, los muertos regados por doquier.

Silvia Pinal encarna a Lázara, una joven pueblerina que en el mismo día de su boda "la leva" militar se lleva a Juan (Jaime Fernández), su marido. Lázara sigue a Juan hasta que este es muerto en una batalla. Luego, la infortunada mujer sigue al vencedor, un general villista llamado Nicolás (Narciso Busquets), quien también muere en un combate contra las fuerzas carrancistas. Lázara, con una hija de Nicolás en ristre, sigue ahora a otro militar del bando vencedor.

La cinta está filmada en un tono lacónico, semidocumental. Como el hilo argumental es tan tenue, lo que importa en realidad es dejarse llevar por las imágenes, como si se estuviera siguiendo una serie de acontecimientos reales.

Por otra parte, los personajes de esta película están lejos de representar a los típicos habitantes de las películas "revolucionarias". Las intenciones de Lázara son inexistentes. Ella no participa conscientemente en "la bola". Sólo le tocó estar ahí. No entiende qué sucede ni para qué se pelea. En todo caso, si algo quiere, es una casa propia en donde vivir, anhelo clasemediero si los hay. Pero tampoco los revolucionarios tienen muy claro el por qué de su lucha. Nicolás, el rudo general villista, sólo acierta a decir en un diálogo clave: "Luchamos para que si nos 'mueramos' de hambre, que sea pronto". Pues sí, si de eso se trataba la Revolución, vaya que logró sus fines.

martes, 14 de julio de 2009

Seré Breve.../V


“Ya lo leí”, me dijo un amigo, encogiéndose de hombros. “La verdad, esos italianos no tienen nada que enseñarnos”. Mi escéptico camarada se refería a Gomorra (Ed. Debate, 2007), el best-seller periodístico escrito por Roberto Saviano (Nápoles, 1979), convertido también en multipremiada película recientemente estrenada en México. Y cuando él afirmaba que no teníamos nada que aprender de esos italianos –en específicos, de esos camorristas napolitanos- se refería a algo cierto. Agrego un adverbio: algo dolorosamente cierto. Cualquier sinaloense (o bajacaliforniano, michoacano, tamaulipeco, chihuahuense...) bien informado –vamos, cualquier mexicano bien informado- lee Gomorra como quien posa los ojos en un terreno conocido, en gente que hemos visto antes, en formas de vida identificables. Los tentáculos económicos, políticos y de poder que extiende la Camorra desde el centro-sur de Italia, en la región de Campania, hacia otros destinos de Europa y, de hecho, del mundo, podemos compararlos con los que vemos nosotros muy cerca: los del crimen organizado mexicano que, ay, conocemos –y padecemos- demasiado bien.

Saviano realizó una investigación tan indignada como acuciosa. Su interés es claro: hacer a la Camorra visible. No se trata solamente de levantar la voz, gritar, desahogarse. La denuncia está ahí, en cada una de las páginas, pero también está la información puntual, los nombres y apellidos, los dineros y las empresas, los contactos políticos y económicos. La denuncia de Saviano, no mal escrita y profusamente informada, dio en el blanco: luego de la publicación de Gomorra, en septiembre de 2006, el autor ha tenido que vivir oculto y bajo protección policial.

Qué puerto tan limpio...




El negocio limpio


Desde las primeras páginas, Saviano deja claro que su libro no es acerca de Padrinos paternales que acarician un gato mientras ordenan la muerte de un enemigo o de violentos gángsteres carismáticos que subrayan sus órdenes blandiendo una Ak-47. En el primer capítulo de la primera parte del libro, Saviano apabulla con los datos, la información, los números.

Para entender lo que pasa en el hogar de la Camorra, hay que conocer la entrada. Y esa entrada es el puerto de Nápoles, el puente directo hacia los productos que provienen de Oriente. Un dato nada más: en Nápoles se mueve el 20% del valor de las importaciones textiles de China, pero en cuanto a cantidad, el 70% del volumen pasa por ese sitio. Algo más: el mayor armador estatal de China, Cosco, con la tercera flota más grande del orbe, opera en Nápoles asociado con la compañía suiza MSC, propietaria de la segunda flota mundial. Entre las dos, Cosco y MSC, dominan el mercado de contenedores en el puerto, calculado en más de 150 mil piezas. Según datos oficiales de la Agencia de Aduanas de Italia, el 60% de la mercancía que entra a Nápoles no es inspeccionada, un 20% de recibos arancelarios no se revisan y hay unas 50 mil falsificaciones. Cálculos conservadores indican que se evaden unos 200 millones de euros solamente en impuestos no pagados.

En ese descomunal universo de barcos entrando y saliendo, de ciudades enteras construidas de contenedores, Saviano inicia su periplo por las entrañas camorristas y por uno de sus mecanismos económicos/criminales más redituables: el contrabando. Así, Saviano busca un contacto, consigue trabajo, es contratado sin mayores averiguaciones y rápidamente es asignado a derrumbar paredes internas de un edificio que será, de esta manera, transformado en un enorme almacén. Ahí, se amontonarán cajas y cajas de ropas y utensilios: gabardinas, cazadoras, chubasqueros, paraguas, tenis, zapatillas… Escribí la palabra almacén pero esto no es preciso: se trata de lugares en donde la ropa y los objetos más diversos están unos días nada más para luego ser repartidos por toda Italia, por toda Europa. La lógica económica domina todo y la explica Saviano en prosa limpia, transparente:

“… Una parte de la mercancía podía ser introducida sin el lastre de los aranceles, los mayoristas la recibirían sin los gastos de aduana. A la competencia se le ganaba con descuentos. Mercancía de la misma calidad, pero con un 4, un 6, un 10 % de descuento. Porcentajes que ningún agente comercial habría podido ofrecer, y los porcentajes de descuento hacen crecer o morir un negocio, permiten abrir centros comerciales, tener ingresos seguros, y con ingresos seguros, los avales bancarios”.

Y, por supuesto, los negocios favorecidos por ese trato preferencial son los elegidos por la Camorra, los asociados a ella, los protegidos de ella. Los negocios “limpios” y la delincuencia “sucia” son uno y lo mismo en terrenos de la Camorra. Uno se alimenta de otro. El otro está conectado con el uno.


"¡Giuseppe, consígueme unos terrenos para echar este cochinero...!"



El negocio sucio

El último capítulo del libro, “Tierra de los fuegos”, cierra el círculo de manera perfecta. Para entonces, hemos pasado por más de 300 páginas entre guerras entre clanes, historias de corrupción política, relatos de rebeliones heroicas y trágicas (la de Don Peppino Diana, un sacerdote que se enfrentó a la Camorra sólo para ser asesinado por ella), análisis de la influencia económica de la mafia napolitana en la lejana Gran Bretaña, crónica del papel que juegan las mujeres en el interior de la Camorra, etcétera. Cuando llegamos al final, pareciera que nada ni nadie nos puede ya sorprender: sabemos que la Camorra mata, corrompe, absorbe, aplasta… Y envenena: y no es metáfora.

En esta última parte del libro, Saviano narra su experiencia como asistente/acompañante de un “stakeholder” de los desechos tóxicos, es decir, de un ejecutivo que directa o indirectamente, está conectado con los jefes camorristas, quienes controlan una de las industrias más redituables de Italia: el manejo de residuos. Según Saviano, ningún otro territorio del mundo occidental ha recibido mayor cantidad de residuos tóxicos, muchos de ellos vertidos ilegalmente, lo cual, por cierto, es el verdadero negocio. Siempre de acuerdo con Saviano, los clanes camorristas han ganado, sólo en los últimos cuatro años, la cantidad de 44 mil millones de euros manejando ilegalmente las miles de toneladas de desechos que han envenenado las tierras, los campos, las cañadas, las costas, el mar mismo, del centro y sur de Italia.

Investigaciones oficiales aseguran que de las dieciocho empresas legales que se encargan del manejo de residuos tóxicos solamente en Nápoles, quince de ellas tienen una relación directa con los clanes camorristas. No nos engañemos, nos pide Saviano: el manejo ilegal de estos desechos tiene implicaciones más siniestras que echar basura debajo de la alfombra. En los últimos años, en la zona de la Campania dominada por la Camorra, la mortandad debida al cáncer ha aumentado en más de un 20%. La Camorra, pues, mata incluso con sus negocios de fachada legal. Mejor dicho: mata especialmente con estos negocios “legales”.




Un bonito encuadre, pa' que vean


... the movie

Desde hace varios días está en cartelera Gomorra (Ídem, Italia, 2008), la adaptación fílmica del libro de Saviano. La película -reseñada por un servidor en el Primera Fila de REFORMA del viernes pasado- es una extraordinaria pieza fílmica cuyos aparentes defectos deben ser entendidos como desafiantes decisiones éticas y estéticas por parte del cineasta. Estamos ante una película de gángsteres que pretende enmendarle la plana a todas las películas de gángsteres.

Siguiendo el camino de Saviano, el director y sus guionistas nos muestran a la Camorra como lo que realmente es: un grupo de vulgares criminales que matarían a su propia madre por unos cuantos euros. La negativa, pues, a dar demasiadas explicaciones y el estilo sucio y directo de la cinta tiene su razón de ser: no hay nada más que entender que los camorristas son unos asesinos que pudren todo lo que tocan.

Me pregunto si funciona como debe la cinta sin saber absolutamente nada del contexto social y económico en el que se desarrollan las cinco historias que vemos en pantalla. Supongo que sí. Después de todo, los mexicanos sabemos, por desgracia, algo del mismo tema.

lunes, 13 de julio de 2009

Sé lo que viste el fin de semana pasado.../XCII


Todo Incluido/All Inclusive (México-Chile, 2008), de Rodrigo Ortúzar. Un muy convencional melodrama familiar artesanalmente no mal realizado y con dos o tres interpretaciones dignas de mención. Pero si esto no convence ni al sempiterno conformista que regentea este blog, pues usted ya sabrá de qué tamaño son los logros de esta coproducción chileno-mexicana. Mi reseña, escrita hace unos días, aquí, y mi primera impresión de la película, cuando la vi en Guadalajara 2008, acá.

Juego de Ladrones (Thick as Thieves/The Code, EU, 2009), de Mimi Leder. Esta mediocre heist-movie no alcanzó estreno comercial en Estados Unidos, pero aquí en México somos generosos y vemos basuras que no le interesan a nadie, faltaba más. Eso sí, por lo la película es tan fallida que tiene momentos muy disfrutables de humorismo involuntario. Un experimentado ladrón (Morgan Freeman) se conchava a un joven (¿?) caco nuevo en la ciudad (Antonio Banderas) para dar un golpe imposible. Las vueltas de tuerca son tan absurdas que, como a la mitad del filme, dejan de interesar por completo. Mi reseña en REFORMA.

Gomorra (Ídem, Italia, 2008), de Matteo Garrone. Sobre el best-seller homónimo de Roberto Saviano, el séptimo largometraje del cineasta desconocido en México Matteo Garrone es una extraordinaria pieza fílmica -sin duda, de lo mejor del año- cuyos aparentes defectos estilísticos deben entenderse como desafiantes decisiones éticas y estéticas por parte de los hacedores de esta cinta. La crónica contemporánea de los infinitos tentáculos del crimen organizado en Nápoles -¿y por qué no en Tijuana, Culiacán, Juárez, Morelia, el DF, Cancún, Veracruz, Guadalajara, Monterrey...?- tendría que hacerse como lo realiza aquí Garrone o, de plano, mejor no hacerse. Mi reseña en REFORMA.

sábado, 11 de julio de 2009

Enemigos Públicos


Hay mucho qué admirar en Enemigos Públicos (Public Enemies, EU, 2009), el más reciente largometraje del especialista en policías y ladrones Michael Mann (productor de la teleserie Miami Vice/1984-1990, director de Fuego contra Fuego/1995, Colateral/2004 y la muy menor adaptación fílmica de Miami Vice/2006). Lo admirable es la impecable ambientación de época con todo y banda sonora ad-hoc, el montaje visual y sonoro de las muchas escenas de acción que presume la cinta, y el trabajo de algunos de sus actores -aunque no tanto de los protagónicos, por cierto. Sin embargo, también me topé con varios elementos que nunca me terminaron de convencer. El resultado, desde mi perspectiva, es el de una película indudablemente valiosa -de hecho, es probable que se cuele en mi lista de lo mejor del 2009- pero que se quedó a un buen trecho de tocar la auténtica grandeza.

La cinta es la trepidante crónica de los 14 meses, de mayo de 1933 a julio de 1934, en los que el célebre asaltabancos John Dillinger (Johnny Depp) puso en jaque y en ridículo al gobierno de Estados Unidos y a al recién creado FBI, pues no sólo robó todo banco que quiso y cuando quiso sino que, cuando llegó a ser capturado, se escapó de la cárcel -dice la leyenda, no corroborada aquí, que con una pistola de madera-, llevándose, además, el auto de la alcaidesa. Más aún: Dillinger, aficionado al beisbol, a las mujeres, al whiskey y al cine (hombre, ¿qué hay de malo en todo esto?), se convirtió en una auténtica celebridad que sonreía a la primera provocación, daba declaraciones cínicas, posaba despreocupado en las fotos y -por lo menos eso también dice la leyenda- no le robaba el dinero que llevaban en las manos los cuenta-habientes, sino solamente lo que se encontraba en las bóvedas de los bancos. Y algo más: se sabe que Dillinger odiaba el uso exagerado de la violencia y no le gustaba matar "civiles", a diferencia del psicopático Baby Face Nelson (Stephen Graham) que asesinaba por gusto. Si a este cuadro le agregamos que Dillinger hizo todas sus gracias en plena Depresión, cuando los bancos no eran exactamente bien vistos (¿y cuándo lo son, por cierto?), entonces podemos entender la fuerza mítica de su nombre y sus acciones. No extraña, por lo tanto, que Dillinger haya merecido, antes de Enemigos Públicos, por lo menos dos filmes en los que él es el personaje protagónico -uno de 1945 y otro de 1973- además de aparecer en casi una veintena de películas desde que lo encarnó Lawrence Tierney en la ya mencionada cinta de 1945.

Al llevar a la pantalla grande, en casi dos horas y media, esta emblemática historia de ladrones carismáticos, huídas imposibles, robos audaces y rudos agentes de la ley, Mann creó varias secuencias extraordinarias -todas los momentos de acción hacen que fijemos la mirada en la pantalla- y, por lo menos, una imagen que es no sólo de lo mejor que veremos en el año sino de los mejor que ha hecho el cineasta en toda su carrera: el éxtasis de balas que dispara y que recibe, al morir, un orgiástico Baby Face Nelson. Pero, escribí arriba, Mann tomó algunas decisiones desconcertantes que, en mi opinión, terminan por minar este, de todas maneras, espléndido filme.

El más importante es el casting de Johnny Depp y, por añadidura, la definición del John Dillinger imaginado por Mann y sus coguionistas. Para acabar pronto, Depp nos entrega un gángster demasiado cool para ser cierto: en ningún momento creí que estaba viendo la historia de John Dillinger sino, por el contrario, que estaba atestiguando la gozosa actuación de Johnny Depp como Dillinger. Nunca pude comprar la idea que Depp era capaz ya no digo de robar un banco, sino de quitarle un dulce a un niño. Es cierto, Depp se ve muy bien empuñando su tommy-gun, dando órdenes terminantes al asaltar, golpeando a uno que otro de vez en cuando, pero su presencia no transmite ningún tipo de amenaza. Compare usted el Dillinger de Mann/Depp con el mejor que me ha tocado ver, el interpretado por Warren Oates en el subvalorado filme de John Milius, y entenderá las diferencias: el Dillinger de Oates también tiene carisma, es adicto a la fama, disfruta su chamba de asaltar bancos, pero en ningún momento nos hace olvidar que puede empuñar un arma. El tipo puede ser atractivo, sí, pero también peligroso.

La actuación de Christian Bale como el Némesis de Dillinger, el obsesivo -y dueño de su propia leyenda- agente federal Melvin Purvis ha sido muy criticada en casi todas partes. No acostumbro ser un contreras, pero creo que Bale sale mejor librado que Depp al encarnar al famoso G-Man Purvis que hizo caer no sólo a Dillinger sino al ya mencionado Baby Face Nelson y a Pretty Boy Floyd (Channing Tatum). Es cierto, Bale está inexpresivo, concentrado, se diría que casi aburrido, pero no podía ser de otra manera: es el seco rostro de la Ley, el brazo implacable y profesonal del todopoderoso Edgar J. Hoover (Billy Crudup). Sin embargo, cuando él mismo no puede con el paquete, pedirá los debidos refuerzos, entre ellos al experimentado ranger Charles Winstead (Stephen Lang, memorable) que, poco a poco, impondrá su inteligencia y jerarquía, a tal grado de ser él -y no Purvis- quien recibe el recado postrero que Dillinger le envía a su amada india-francesita (Marion Cotillard cumplidora). Dicho de otra manera, es muy claro de qué lado está Mann: de su carismático Dillinger, de su estrella Depp.

El otro asunto que me ha hecho dudar es el vídeo en alta definición en el que está realizado el filme. David Edelstein, del New York Magazine, ha escrito que a través de la cámara de Dante Spinotti, Mann nos entrega una cinta que tiene un look "fascinantemente raro". En efecto: en lo personal, todavía no sé si la imagen general de la película terminó por gustarme. Hay momentos en donde la inmediatez estilística del vídeo se justifica con creces (los asaltos bancarios, las muchas huidas, la nocturna balacera climática), pero hay otros en donde, la verdad, no tiene sentido: por ejemplo, ¿para qué hacer un brusquísimo paneo en interiores, cuando lo único que provoca es que no veamos nada, a no ser manchas e imágenes barridas?

En todo caso, más allá de mis dudas y mis peros, Mann demuestra nuevamente ser uno de los más grandes autores contemporáneos del cine estadounidense. Qué tan grande, qué tan importante, que lugar ocupa frente -o al lado- de otros, puede ser discutido. Pero nadie puede poner en duda que el hombre sabe hacer cine. Y lo hace bien.