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lunes, 31 de agosto de 2009

Sé lo que viste el fin de semana pasado/XCIX


Pues sé poco porque quise. Pude haber visto la otra cinta en cartelera que parece visible, Desafío (Zwick, 2009), pero no tuve humor para ooootra cinta más del Holocausto, ahora aderezada por algo de acción bélica. Supongo que la veré más tarde, porque Zwick no ha sido nunca un mal artesano, aunque debo confesar que Diamante de Sangre (2006), su anterior cinta, tampoco la vi en pantalla grande. La he visto a retazos, en la tele, y tengo la sensación que hice bien en sacarle la vuelta.

La que sí revisé fue la bien hechecita comedia romántica ¡Bésame, por Favor! (Un Baiser S'il Vous Plaît, Francia, 2007), cuarto largometraje del desconocido en México Emmanuel Mouret. La trama, escrita por el propio cineasta, no carece de ingenio: después de pasar una perfecta velada, una pareja que recién acaba de conocerse (Julie Gayet y Michaël Cohen) se va a despedir amigablemente de beso. Cuando ella rechaza el picorete de él, pasa a explicarle la razón: nadie sabe lo que puede suceder después de un beso. Ahí inicia una historia dentro de otra historia: la de dos amigos (el director Mouret y Virginie Ledoyen) cuya vida cambia por completo después que se dan un inocente besito.

Mouret ha sido comparado, como cineasta, con el maestro Eric Rohmer, y como actor/personaje, con el primer Woody Allen. Que sea para menos en uno y en otro caso. De cualquier forma, ¡Bésame, por Favor! es una comedia romántica al estilo francés: compleja, matizada, divertida y exquisitamente bien realizada. Mi reseña, ampliada, en REFORMA.

domingo, 30 de agosto de 2009

Confesiones Verdaderas XXIV


"Escenificar es algo que se debe hacer en un documental... Siempe me ha molestado profundamente (el cinéma vérité) por su falta de intensidad estilística. Tienes que hacer algo más que grabar y presentar...
La primera vez que me topé con el cine fue a los 11 años en una pequeña escuela rural. Llegó un proyeccionista ambulante y mostró dos películas: una sobre esquimales que construyen un iglú y otra sobre unos pigmeos que hacían un puente en Camerún. La película de los esquimales no me gustó nada: era terrible la forma en la que ellos construían los iglús. Sentí inmediatamente que todo era falso. El comentario de la película decía que los esquimales vivían en iglús, ¡pero se veía que no sabían construir uno!... Aunque era un niño yo me di cuenta inmediatamente porque me crié en la nieve y en las montañas...
El Romanticismo es algo extraño para mí, algo que realmente no me gusta mucho... Mis influencias vienen de otras partes, como la poesía barroca de Andreas Gyrphius o de algunos escritores del Romanticismo -aunque no son románticos- como Büchner, Hölderlin y Kleist...
Para mí, la búsqueda de la verdad es dificil incluso hasta para definirla. Tiene que ver muy poco con hechos, eso sí. De otra manera, el directorio telefónico de Manhattan, con cuatro millones de entradas, sería el libro de libros de la verdad: cuatro millones de hechos concretos y verdaderos. Pero esta "verdad" no ilumina, no aclara nada. ¿Cómo acercarte a algo tan elusivo como la verdad? Yo creo que solamente lo puedes hacer a través de la música o la poesía: sientes la verdad en el momento que te encuentras con ella".

Werner Herzog en una entrevista concedida a Geoffrey Macnab en Sight and Sound, junio de 2008, con una libérrima traducción del regenteador de este blog.

viernes, 28 de agosto de 2009

Homo Cinefilus


Fernando Bañuelos ha iniciado esta misma semana una aventura envidiable: su portal homocinefilus.com en donde, además de lo "normal" de muchos otros sitios de Internet, ofrece programación en vivo con programas de todo tipo con una sola característica similar: todos tratan de cine. Desde aquí le deseamos la mejor de las suertes a Fernando.

jueves, 27 de agosto de 2009

Las 25 mexicanas


Ya que estamos en esto de las listas, va otra más, solicitada por Paxton Hernández: las mejores 25 películas mexicanas de la historia, según el muy discutible -y espero que discutido- criterio de un servidor. Aunque parezca mentira, es la primera vez que hago un ejercicio de esta naturaleza, así que para evitarme broncas, por orden de aparición y con una sola regla autoimpuesta -no colocar más de tres cintas de un solo realizador-, va la lista respectiva:


1. El Compadre Mendoza (1933), de Fernando de Fuentes y Juan Bustillo Oro.

2. Vámonos con Pancho Villa (1935), de Fernando de Fuentes.

3. Distinto Amanecer (1943), de Julio Bracho.

4. Canaima (1945), de Juan Bustillo Oro.

5. Los Tres García (1946) y Vuelven los García (1946), de Ismael Rodríguez.

6. Pueblerina (1948), de Emilio Fernández.

7. Una Familia de Tantas (1948), de Alejandro Galindo.

8. El Rey del Barrio (1949), de Gilberto Martínez Solares.

9. Aventurera (1949), de Alberto Gout.

10. Los Olvidados (1950), de Luis Buñuel.

11. Doña Perfecta (1950), de Alejandro Galindo.

12. La Noche Avanza (1951), de Roberto Gavaldón.

13. Dos Tipos de Cuidado (1952), de Ismael Rodríguez.

14. Nazarín (1958), de Luis Buñuel.

15. El Esqueleto de la Señora Morales (1959), de Rogelio A. González.

16. Los Hermanos del Hierro (1961), de Ismael Rodríguez.

17. El Ángel Exterminador (1962), de Luis Buñuel.

18. El Cumpleaños del Perro (1974), de Jaime Humberto Hermosillo.

19. Canoa (1975), de Felipe Cazals.

20. Los Albañiles (1976), de Jorge Fons.

21. El Lugar sin Límites (1977), de Arturo Ripstein.

22. Cadena Perpetua (1978), de Arturo Ripstein.

23. Lolo (1993), de Francisco Athié.

24. Los Ladrones Viejos (2007), de Everardo González.

25. Los que se Quedan (2008), de Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman.


Post-scriptum: en la tarde de hoy jueves recibí un amable correo del columnista del diario El Norte Roberto Villarreal señalándome los múltiples errores que tenía anotados en las fechas de varias de la películas aquí listadas. En efecto: confié malamente en mi memoria y en la Internet Movie Database que, en cuanto a cine mexicano se refiere, no es muy confiable que digamos. Ya hice los cambios respectivos de acuerdo con La Guía del Cine Mexicano, de García Riera y Macotela (Ed. Patria, 1984). Gracias de nuevo a Roberto Villarreal, una lectura obligada desde hace muchos años en El Norte: todos los días, sin excepción, publica una columna acerca del cine programado en tevé.

miércoles, 26 de agosto de 2009

10 películas antes de morir


La pregunta fue directa: ¿cuáles son las diez películas que todo cinéfilo debería ver antes de morir? (porque ya después de morir, supongo, habría algunas dificultades de logística). A bote-pronto, como deberían hacerse este tipo de listas, respondí con mi top-ten en completo desorden alfabético, tal y como se me fue ocurriendo. Después de ver la lista publicada, me di cuenta que se trata de un conjunto de filmes formado con elementos canónicos clásicos (Welles, Renoir, Fellini, Hitchcock, Ozu), con una cinta que marcó mi infancia y cuatro obras personales que he visto en incontables ocasiones una y otra vez, como sigue:

El Ciudadano Kane, de Welles.

La Regla del Juego, de Renoir.

8 1/2, de Fellini.

Vértigo/De entre los Muertos, de Hitchcock.

Cantando bajo la Lluvia, de Kelly y Donen.

Historia de Tokio, de Ozu.

El Bueno, el Malo y el Feo, de Leone.

El Padrino I y II, de Coppola.

Deseando Amar, de Wong.

La Rosa Púrpura del Cairo, de Allen.

La única duda recayó en Hitch: ¿Vértigo o Psicosis? Ganó la partida la primera. Por algo se llama así este blog, después de todo. Ah, y hice trampa: los Padrinos son dos películas, no una, pero qué caray...

martes, 25 de agosto de 2009

Nueva York a Escena


A lo largo de Nueva York a Escena (Synecdoche, New York, EU, 2008), opera prima del guionista mind-fucker Charlie Kaufman (guiones de ¿Quieres Ser John Malkovich?/Jonze/1999, Confesiones de una Mente Peligrosa/Clooney/2002, El Ladrón de Orquídeas/Jonze/2002, Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos/Gondry/2004), abundan las claves que nos advierten que lo que estamos viendo no es una película común y corriente. Al inicio, por ejemplo, cuando el hipocondríaco director teatral Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman) se queja con su distante esposa Adele (Catherine Keener) de las múltiples dificultades innecesarias que enfrenta con la obra que está montando –una versión juvenil de La Muerte de un Viajante, de Arthur Miller-, la mujer le responde, lacónica: “Pero así eres tú, complicado”. Y en el desenlace, cuando un avejentado Cotard le dice a su adorada imposible de toda la vida Hazel (extraordinaria Samantha Morton) que él, en realidad, es muy divertido, la mujer le contesta, impávida, sin aceptar réplicas: “No, no lo eres”.

En efecto: el esperado debut fílmico de Kaufman –considerado por algunos como uno de los mejores filmes del 2008 y por otros como uno de los más grandes fiascos de la temporada- es complicado y no muy divertido (a menos que la visión solipsista/masoquista de un creador en su laberinto sea el tipo de diversión que usted prefiere). Más aún: el filme tiene algunos segmentos tediosos y, en lo personal, me provocó un estado depresivo que no me lo pude sacudir en varios días. Y, sin embargo, habiendo escrito todo lo anterior, déjeme apuntar algo más: se trata de la película más audaz y demandante que he visto en el año. Y otra cosa: creo entrever que esos defectos anotados antes –el tedio y la depresión que me provocaron- son parte indisoluble del sentido último del filme. Es más: sin el aburrimiento y sin la desesperanza, Nueva York a Escena no sería tan efectiva como es.

Pero déjeme trata de resumir la historia. Aunque el dramaturgo y director teatral Cotard tiene un gran éxito con su adaptación de La Muerte de un Viajante, el tipo está imposibilitado para ser feliz: su mujer –una talentosa pintora miniaturista de influencia baconiana- con todo e hijita de cuatro años, lo abandona para irse a vivir a Berlín con una amiga/amante lesbiana (Jennifer Jason Leigh); descubre que sufre de una extraña condición que le impide salivar, por lo que tragar comida se vuelve una odisea; vive preocupado por el color extraño de las heces que inspecciona continuamente; llora cada vez que quiere hacer el amor y no siempre lo puede hacer… ¿Le sigo?

Ni la jugosa beca de la Fundación McArthur cambia su vida realmente: al recibir ese legendario apoyo que se le da sólo a los “genios artísticos”, Cotard decide no escapar de la miseria en la que vive sino convertirla en arte. Así, renta un enorme hangar abandonado en algún lugar de Manhattan y decide crear un cerrado y controlado mundo en el cual monta su vida misma, su vida entera: su fallido segundo matrimonio con la guapa actriz Claire (Michelle Williams), su platónica relación amorosa con la inasible Hazel (Samantha Morton), sus insufribles rutinas, sus innumerables problemas médicos… No se trata sólo de revivir esas escenas, sino de reconstruir todo a su alrededor: habitaciones, edificios, calles, teatros. Cotard contrata a un tal Sammy Barnathan (Tom Noonan) para que interprete su papel –algo que no es difícil: Sammy ha seguido a Cotard durante 20 años y lo conoce al dedillo-, a Tammy (Emily Watson) para que encarne a Hazel y a la propia Claire para que actúe de sí misma. Pero el asunto, previsiblemente, se complica: el tiempo pasa, los ensayos se suceden, los escenarios crecen y crecen… En algún momento dado nos enteramos que ya pasaron 17 años y la obra –cuyo nombre cambia continuamente- no ha sido mostrada al público aún: los extras ya son cientos o acaso miles, la “ciudad” de Cotard sigue creciendo y el avejentado dramaturgo –ya calvo, siempre enfermo, con bastón en mano- necesita ahora de otro alter-ego, pues Sammy está interpretando a Cotard y ¿no Cotard está dirigiendo esa obra de teatro en donde aparece el mismo Sammy? Por supuesto: por eso mismo, ahora Sammy necesita a otro actor –un segundo falso Cotard- a quien dirigir. (Lo que significa que también se necesita una segunda Hazel y… bueno, usted entiende).

Esta mise en abîme resulta demencial en sí misma: un juego de muñecas rusas que no tiene fin porque, acaso, para tratar de buscarle una explicación racional a todo esto –como si Kaufman la necesitara-, lo que hemos estado viendo es el delirio de un pobre diablo provocado porque la llave del lavabo se le estrelló en la frente. O, mejor aún, si esta explicación es demasiado vulgar para usted, estamos ante el delirio intelectual de un autor –que no es Cotard sino una tal Millicent Weems (Dianne Wiest), quien encarna la última versión del propio Cotard en la obra de teatro- que se está imaginando todo lo que hemos visto hasta llegar al desesperanzador final, en el que ella, terminante, le ordena al Cotard original (o sea, a Phillip Seymour Hoffman) que ya se muera y nos deje en paz. Porfavorcito.

Y por si no fuera poco, dejados caer por aquí y por allá, abundan los guiños buñuelianos (Hazel vive en una casa en llamas y no es metáfora: su hogar se está quemando), escenas escatológicas más bien gratuitas (¿necesitamos ver en primer plano las heces de Cotard?), elementos argumentales de corte fantástico (el diario de la hija de cuatro años de Cotard, Olive, que sigue escribiéndose solo en la medida que la niña crece), momentos insoportablemente crueles (el diálogo en el lecho de muerte entre una crecida Olive que sólo habla alemán y un lloroso Cotard) y uno que otro momento de respiro cómico-fársico (la relación de Cotard con la sexy psicóloga interpretada por Hope Davis).

Nueva York a Escena es el filme de un creador ambicioso, qué duda cabe. Tal vez demasiado ambicioso para su propio bien, si es que esto es posible. Y es que Kaufman tiene tantas ideas tan alocadas, tan originales, que, a veces, uno tiene la sensación que no sabe qué hacer con ellas. Sin tener un director como intermediario esta vez –es decir, sin Spike Jonze, sin George Clooney, sin Michel Gondry-, Kaufman ha mostrado todo lo que puede hacer, todo lo que tiene en la cabeza, todo lo que él es. Otros grandes cineastas han intentado este mismo tipo de exploración personal/psicológica/existencial sobre sí mismos y su arte en anteriores ocasiones: Fellini en el clásico irrebatible 8 ½ (1963), Bob Fosse hacia el temprano final de su carrera en All That Jazz (1979), Woody Allen hace mucho tiempo en su discutida Recuerdos (1980). Pero Kaufman lo ha hecho en su primera película. En su debut. En la primera ocasión que funge como director. ¿Qué sigue ahora? Para ser francos, da un poco de miedo pensarlo.

lunes, 24 de agosto de 2009

Sé lo que viste el fin de semana pasado/XCVIII


Nueva York a Escena (Synecdoche, New York, EU, 2008), de Charlie Kaufman. Hace casi un año, cuando la esperada opera prima del guionista mind-fucker Charlie Kaufman se estrenó en Estados Unidos, el veterano cinecrítico Andrew Sarris escribió que la película podía ser nombrada la cinta más original del año y uno de los peores filmes jamás hechos. A continuación, Mr. Sarris afirmaba que él se colocaba en el justo medio aristotélico de tan extremosos juicios. Yo, por mi parte, me inclino hacia la primera posición: estamos ante una de las más audaces cintas del año -de cualquier año- y en cuanto la termine de digerir -si es que alguna vez termino de hacerlo- escribiré in extenso acerca de ella.

Arrástrame al Infierno (Drag Me to Hell, EU, 2009), de Sam Raimi. Aunque la recepción crítica estadounidense a este filme de horror cómico de Raimi fue desproporcionado, no cabe duda -por lo menos desde mi perspectiva- que estamos ante un vigoroso divertimento por parte del director de El Despertar del Diablo (1981) que, con esta historia de una ejecutiva bancaria a la que le cae una maldición gitana, ha vuelto a sus orígenes: hacer un cine de horror desbocado, excesivo y autoparódico. Mi reseña en REFORMA.

La Niña y el Zorrito (Le Rénard et L'Enfant, Francia, 2007), de Luc Jacquet. Una inteligente fábula naturalista -con todo y moraleja incluida- en el que una niña (simpática Bertille Noël-Bruneau) hace migas con el zorrito del título -más bien zorrita, porque luego tiene cachorritos- en una idílica campiña francesa que parece provenir de un luminoso mundo fantástico. Mi reseña en REFORMA.

Sólo Quiero Caminar (México-España, 2008), de Agustín Díaz Yanez. El cuarto largometraje de Díaz Yanez es una clara mejoría con respecto a su anterior cinta, ese desastre llamado Alatriste (2006). Escribí la reseña el sábado pasado aquí mismo.

domingo, 23 de agosto de 2009

Segundo Festival de Cine en Derechos Humanos/IV y último


Con un par de días de retraso -el jueves por la noche fue la ceremonia de premiación-, me enteré ayer de quiénes fueron los ganadores del Segundo Festival de Cine en Derechos Humanos: se trata del bienintencionado pero elemental largometraje Rehje (México, 2009), de Raúl Cuesta y Anaís Huerta, y el cortometraje de 10 minutos Carretera del Norte (México, 2008), dirigido por Rubén Rojo Aura, el exadolescente empistolado de Elisa antes del Fin del Mundo (de la Riva, 1997) convertido en cineasta.

No he visto el corto de Rojo Aura, pero sí Rehje, del cual escribí unas líneas cuando lo vi en Guadalajara 2009. La verdad, no entiendo cómo pudo haberle ganado este filme a los documentales de Rulfo y Polgovsky pero, bueno, yo también he sido jurado en algún festival y no voy a empezar a quejarme por las decisiones que, en entera libertad, toman otros. Gracias a Alan Vargas Favero por la información.

sábado, 22 de agosto de 2009

Sólo Quiero Caminar


Apuntar que Sólo Quiero Caminar (España-México, 2008), cuarto largometraje de Agustín Díaz-Yanez, es mejor que su anterior cinta, ese desastre llamado Alatriste (2006), no es decir mucho porque, la verdad, había que esforzarse bastante para hacer algo más aburrido y confuso que aquel batidillo fílmico de las novelas de Pérez-Reverte. Podríamos apuntar, entonces, que en Sólo Quiero Caminar el madrileño Díaz Yanez ha vuelto a lo mejor de sí mismo, pues en esta película ambientada en los dos lados del Atlántico, en Algeciras y chilangolandia, vuelve a aparecer el personaje central de su opera prima Nadie Hablará de Nosotras Cuando Hayamos Muerto (1995), la ladrona Gloria Duque (Victoria Abril), ahora haciendo de las suyas, al lado de otras féminas españolas, en nuestra inabarcable Ciudad en Movimiento. El asunto es que, sin negar que el debut de Díaz Yanez era un efectivo drama gangsteril no mal tramado, tampoco era una precoz obra maestra o algo por el estilo. Un buen filme de género, sin duda. Pero no más.

Algo similar podemos señalar con respecto a Sólo Quiero Caminar, una heist-movie femenina/feminista inverosímil, que se alarga demasiado, que deja enormes cabos sueltos por doquier y que, sin embargo, no se permite a sí misma aburrirse ni aburrir al respetable.

España, tiempo presente. Después de que un robo de diamantes salió mal, con todo y la castigadora Aurora (Ariadna Gil) enviada a la cárcel, su insegura hermana Paloma (Pilar Lopez de Ayala), su alcohólica cómplice Ana (Elena Anaya) y la jefa de todas ellas, la veterana Gloria Duque, esperan la oportunidad de reagruparse y volver a las andadas. Ana conoce en la Madre Patria a un poderoso narco mexicano, Félix (José María Yazpik, robándose la película), a quien le entusiasma tanto la felación que ella le receta, que el impulsivo gangster le propone matrimonio, se la trae a México y le organiza un bodorrio de aquellos, con todo y Mijares cantando en buen inglés Pretty Woman.

El asunto es que Ana no puede negar la cruz de su parroquia: borracha, puta y alejada de sus "hermanitas de sangre" que se quedaron en España, la mujer empieza a escapársele a Félix quien, harto de sus infidelidades, la echa de un auto en movimiento, dejándola en estado de coma. Regresan a escena Gloria, Paloma y Aurora -liberada gracias a otra felación que Gloria le hace a un juez: ora sí que puras mamadas-, quienes llegan a México a vengarse de lo que Félix le hizo a Ana y, de paso, como no queriendo la cosa, a robarle todo su dinero. Eso sí, siempre y cuando el sicario de cabecera de Félix, llamado indistintamente "el Arcángel", "Baby Face" o "Mi niño", lo permite. El matón de marras, llamado Gabriel (el productor Diego Luna), no parpadea cuando tiene que escabecharse a alguien, siempre y cuando ese alguien no sea un niño o una mujer.

La película tiene muchos elementos a su favor: una atractiva banda sonora con todo y el infaltable Paco de Lucía en los créditos finales, un espléndido cuadro de actores secundarios entre los cuales brilla Dagoberto Gama, varias secuencias bien montadas por el veterano editor almodovariano José Salcedo (por ejemplo, la inicial del fallido robo de diamantes, mostrada en impecable narración paralela en cuatro escenarios distintos), algunos chiespeantes diálogos bien hablados en vugar y misógino mexicano básico ("esas son nalguitas, les das dinero y las coges bien y no te causan problemas"), la plantosa presencia de Ariadna Gil y hasta la seguridad interpretativa de un sorprendente José María Yazpik. Todo ello eleva de manera considerable la torpe historia escrita por el propio Díaz Yanez.

El asunto es que la historia, además de ser inverosímil –lo que no es gran problema: toda heist-movie presume una trama increíble-, tiene demasiadas inconsistencias argumentales y estructurales: una voz en off que empieza narrando la cinta pero que es abandonada de inmediato, una relación de amistad indisoluble entre Félix y Gabriel que se sobreentiende pero no se justifica dramáticamente, personajes que aparecen en los intersticios (como la doña mafiosa interpretada por Ana Ofelia Murguía) y que no sirven para maldita la cosa, y así…

Mejor contador de historias que creador de las mismas, Díaz Yanez debería de buscar a un buen coguionista para la próxima: alguien que lo haga disciplinarse y cortar por aquí y por allá todo lo que sobra, además de agregarle a sus personajes eso que les falta. En una de esas, logra hacer la obra mayor que se le ha escapado.

jueves, 20 de agosto de 2009

Brideshead Revisited


Supongo que es una impresión mía basada en mi gran desconocimiento sobre la literatura católica (o que trata temas católicos, mejor dicho), pero las mejores novelas de este tipo que me ha tocado leer -si exceptuamos Nudo de Víboras (1932), del francés premionobel Francois Mauriac-provienen, paradójicamente, de un país protestante. O, para ser exactos, anglicano. Me refiero a las obras de los británicos Graham Greene -especialmente El Fin de la Aventura (1951), con un Dios omnipotente metido en un triángulo amoroso-, G. K. Chesterton -las varias aventuras detectivescas del Padre Brown-, C. S. Lewis -su saga fantástico/crística de Narnia- y Evelyn Waugh, cuya novela Retorno a Brideshead (1945) fue convertida en serie televisiva en 1981 y, más recientemente (2008), en una película británica que no he visto y que permanece inédita en México, aunque ya puede conseguirse en el respectivo DVD de Región 1.


Tampoco he leído -shame-on-me- la novela, aunque desde ya se encuentra en mi infinita lista de pendientes literarios, más aún después de terminar de ver la extraordinaria serie televisiva basada en el mencionado libro de Waugh: Brideshead Revisited (GB, 1981), una mini-serie de 11 capítulos que se encuentra disponible en una modesta edición en DVD de Región 1. Cada programa -exceptuando y el primero y el último, cuyas duraciones son de 9o minutos cada uno- es de una hora, por lo que estamos hablando de 12 horas en total. Doce horas que merecen estar entre lo mejor de la teleseries que me ha tocado ver en toda mi vida.


Originalmente planeada para adaptarse en seis episodios, la casa productora Granada TV decidió de último minuto doblar prácticamente el número de capítulos, con todo y que la la realización de Brideshead Revisited estuvo marcada por una huelga de técnicos, retrasos, en la producción cambios en el casting y demás problemas menores y mayores. Viendo el resultado en pantalla, es evidente que los directores Charles Sturridge y Michael Lindsay-Hog vencieron con largueza cualquier contrariedad que hayan vivido en la realización de la serie televisiva.


Brideshead Revisited inicia en 1943. El cuarentón capitán Charles Ryder (Jeremy Irons) dirige a su pelotón de reserva a cierto sitio secreto en la campiña inglesa. El lugar resulta ser Brideshead Castle, un sitio que el serio oficial que ya peina canas conoce demasiado bien. Ese primer episodio finaliza cuando Charles -que, al igual que en la novela, es el narrador de la historia- nos lleva de la mano por sus recuerdos juveniles. Matriculado en Oxford a inicios de los años veinte, huérfano de madre e hijo de un distante padre intelectual (genial John Gielgud), Charles conoce en la Universidad al millonario joven Lord Sebastian Flyte (Anthony Andrews), quien se supone que estudia también en el mismo sitio, aunque más bien se lleva de francachela en francachela, escandalizando por ahí y por allá y, de pasada, vomitando su borrachera a la primera provocación. Así, de hecho, es cómo se conocen Charles y Sebastian: el segundo abre la ventana del cuarto en donde vive el primero y descarga todo el alcohol que llevaba en su organismo. A pesar de tan asquerosa presentación, Charles y Sebastian se prenderán, platónicamente, uno del otro. Una amistad que es claramente más que eso, aunque sea dificil precisar qué es: ¿pasión homoerótica reprimida?, ¿auténtico encuentro de almas gemelas?, ¿amor fraternal que va más allá de las convenciones sociales? Por lo que he leído, en la novela de Waugh hay espacio, también, para muchas lecturas de esta relación que será la parte central de la primera parte de la teleserie.


La amista de Charles y Sebastian hará que, contra los deseos del segundo, Charles visite Brideshead Castle y conozca al resto de su familia: el estirado hermano mayor Bridey (Simon Jones), la enigmática y bellísima hermana Julia (Diana Quick), la otra hermana menor, la vivaz Cordelia (Phoebe Nicholls), y la dulcemente dominante madre de todos, Lady Marchmain (Claire Bloom), quien con su inflexible carácter católico ha hecho huir a su coscolino marido, Lord Marchmain (Laurence Olivier, nada menos), quien vive en Venecia con su joven amante italiana Cara (Stéphane Audran).


En los siguientes episodios -hasta llegar de nuevo, al presente de 1943, hacia el final del capítulo once- veremos crecer la intensa relación de Charles y Sebastian hasta que se ésta se empieza a desvanecer ante el imparable alcoholismo del joven Lord. En un momento dado, Sebastian desaparece del mapa -se va a vivir al norte de África-, pero la relación de Charles con los dueños de Brideshead no desaparecerá. Al contrario: un fortuito encuentro de él y de Julia, en el Queen Elizabeth, en medio del Atlántico, hará que los contactos se estrechen aún más, aunque de otra manera.


Desde el principio, en Brideshead Revisited hay otro personaje presente. No visible, pero presente. Me refiero, por supuesto, al Dios católico que, fervientemente, adoran/traicionan/temen/aman Sebastian, Julia, Cordelia, Bridey, Lady Marchmain e, incluso, el propio Lord Marchmain que, en el episodio final, regresará a su posesión inglesa ante los acontecimientos en Italia que anticipan una cruenta guerra mundial. Charles, educado en el protestantismo, pero agnóstico al final de cuentas, desdeña esas "supersticiones" católicas y no puede entender como el borrachales hedonista de Sebastian o la rebelde oveja negra Julia pueden creer realmente en tales "supercherías" romanas. Lo extraordinario de la historia, adaptada a la pantalla chica por John Mortimer, es que cuando llega el desenlace, uno entiende perfectamente que no hay contradicción alguna entre esos personajes y esa fe que ellos siguen fielmente, esa gracia divina vivida, sentida, sufrida, a pesar de todo.


Filmada en locaciones auténticas de la Universidad de Oxford y de la campiña inglesa -además de Marruecos, Venecia, el trasatlántico Queen Elizabeth y otros muchos sitios más-, con un suntuoso diseño de producción y una espléndida banda sonora muy ad-hoc de Geoffrey Burgon, Brideshead Revisited es, además de todo lo ya señalado, un mentís para todos aquellos que menosprecian el trabajo de los actores. En gran medida, el éxito de esta teleserie -que algunos señalan como la más lograda adaptación literaria en la historia de la televisión: yo, de todas formas, votaría por otra- radica en el perfecto casting.

Anthony Edwards parece, al inicio, demasiado afectado en el papel del joven Lord Flyte. Sin embargo, en la medida que avanza la trama, esta supuesta sobreactuación se antoja necesaria para transmitir el dificil equilibrio en el que vive el alcoholizado Sebastian. Irons, por su parte, en el papel central del narrador, aparece, en los primeros episodios, grisáceo, sin vida, sin personalidad. Algo que cambiará también, sutilmente, en la medida que Charles se involucre en los conflictos internos y externos de los aristócratas a los que tanto frecuenta. En cuanto a los veteranos -Claire Bloom, Sir Laurence Olivier, Sir John Gielgud-, lo que uno lamenta es que no aparezcan más tiempo: Bloom está inolvidable, Olivier se roba buena parte del capítulo final y Gielgud tiene los mejores momentos cómicos de toda la serie. De hecho, es impresionante darse cuenta lo que Gielgud puede lograr con una mirada por encima de sus anteojos, con un gesto despectivo, con un exasperado tono de voz... Una actuación terroríficamente hilarante. Ya lo he dicho en otras ocasiones y lo repito: el mejor efecto especial que puede tener una película es la presencia de un actor, de una actriz, de un auténtico animal fílmico que, con su mera aparición, transforma todo lo que le rodea. Como Sir John Gielgud.

Amigos fieles


Aunque las he visto innumerables veces en la televisión (cada vez que aparecen me es imposible despegar los ojos de la pantalla), ahí estaré de nuevo, ahora con el pretexto de que habrá versiones en 3-D. Me refiero a los re-estrenos en tercera dimensión de Toy Story (Lasseter, 1995) y su ¿aún mejor? secuela Toy Story 2 (Lasseter, Brannon y Unkrich, 1999) que, me informa la siempre oportuna Rocío Chicharro, ya tienen fecha de exhibición en México: el 23 y el 30 de octubre, respectivamente. En cuanto a Toy Story 3, no se hagan ilusiones: hasta el 2 de julio de 2010. Mis desafueros acerca de estas obras mayores de Pixar, aquí y acá, escritas en el momento del estreno.


miércoles, 19 de agosto de 2009

8va. Semana de Cine Alemán/III y última


Hacia la última parte de Berlin Calling (Ídem, Alemania, 2008), tercer largometraje del desconocido en México Hannes Stöhr, el talentosísimo adicto y ezquizoide DJ "Ickarus" (Paul Kalkbrenner), organiza una pachanga en el centro de rehabilitación en donde él mismo ha aceptado recluirse por voluntad propia. Cual juvenil versión del rebelde Jack Nicholson de Atrapado sin Salida (Forman, 1975), Martin -"Ickarus" es su nombre artístico- convence al casi adolescente vigilante para que no la haga de tos y lo deje organizar una pequeña "fiesta de despedida". Antes de que pueda usted deletrar "orgía", Ickarus ha metido al centro de rehabilitación chelas a discreción, varios paquetes de cigarrillos, algo de drogas para levantar el ánimo y dos chabochas prostitutas de cuyos prominentes pechos quedarán prendidos el jovencito vigilante de marras y uno de los neuróticos pacientes. Mientras el chupe -de todo tipo- ocurre en el lobby, Ickarus ameniza el huateque con la música de su último disco aún sin liberar. Por supuesto, al sitio llega la estricta doctora que dirige el lugar (Corinna Harfouch), quien detendrá todo el relajo. Cuando Ickarus es arrastrado por dos guardias y llevado a su habitación, vemos con claridad que lleva puesta la camiseta de la selección de futbol argentina. Y peor aún: con el número 10 de Maradona. En cuanto no se puso peor.

Berlin Calling es la muy competente fusión de dos fórmulas melodramáticas clásicas: por un lado, la crónica existencial de un genio artístico que lleva una desordenada vida (drogas, sexo y rock-and-roll) que es, acaso, la semilla de su propia creatividad; y, por el otro, la lucha de ese mismo personaje por vencer una adicción a las drogas que lo ha llevado a perder un jugoso contrato, a su bisexualosa novia/manejadora/pilmama Mathilde (Rita Lengyel) y a su propia forma de vida, la única que conoce, pues la guapa ejecutiva disquera Alice (Megan Gay) no está dispuesta a arriesgar giras, conciertos y presentaciones con un DJ que, por más brillante que sea, se mete toda droga habida y por haber (con la excepción de la heroína, porque no tenía una jeringa a la mano).

Herr Kalkbrenner encarna con justeza a su artista/drogadicto en complicada rehabilitación y la realización de Stöhr es limpia y funcional, con los previsibles desbordes estilísticos para transmitir el estado alterado de Ickarus o la frenética vida nocturna berlinesa que, por lo visto en pantalla, no conoce descanso. Y en cuanto a la música en sí que crea el celebérrimo DJ... Mmmm... A decir verdad, nunca he sido seguidor de la música electrónica y el trabajo de los distintos DJs es, para mí, indistinguible... Todos me suenan como ponchis-ponchis pero con caché. Como me han dicho por ahí: estoy hecho un dinosauorio.

Berlin Calling se exhibe hoy en la Cineteca Nacional, dentro de la Octava Semana de Cine Alemán.

martes, 18 de agosto de 2009

Camino a la Plenitud


Había leído en algún lado que la opera prima de Sarah Gavron, Camino a la Plenitud (Brick Lane, India-GB, 2007), había sido boicoteada por la comunidad bengalí viviendo en Londres, supuestamente por mostrar un rostro negativo de Blangatown, el barrio de inmigrantes provenientes de Bangladesh que se encuentra en el este londinense, en la calle Brick Lane del título original. Al parecer, todo fue un malentendido: Lisa Mullen, en su reseña en Sight and Sound (diciembre de 2007) explica al detalle la confusión. Se rumoraba que en la película había una escena en donde una mujer llevaba una sanguijuela en el pelo, animalejo que caía en un plato de comida, lo que hacía ver la suciedad en la que vivían los bengalíes en Londres. Por supuesto, esa escena no existió nunca, pero no hubo manera de convencer a la gente de lo contrario. Llegó a tal grado la animosidad que Gavron tuvo que renunciar a filmar en la auténtica Brick Lane.

La película dista mucho de presentar un retrato denigrante de las mujeres y los hombres bengalíes que viven en Londres. Tampoco se les idealiza, es cierto. Entre los personajes de Camino a la Plenitud hay hombres maduros fracasados pero bienintencionados, hijos de inmigrantes que se radicalizan como reacción a la paranoia post-11-de-septiembre, mujeres luchonas que salen adelante con su propio trabajo, ancianas usureras que explotan cínicamente a su propia comunidad, adolescentes rebeldes que ven a Londres como su hogar y rechazan regresar al Bangladesh de sus padres y, por supuesto, la protagonista de la cinta: una joven madre de familia que un buen día decide empezar a tomar sus propias decisiones, dejando atrás igual a su inútil y pomposo marido que a su joven amante apasionado.

Con todo y que la película está basada en el exitoso best-seller femenino Siete Mares, Trece Ríos (Editorial Emecé), de la inglesa de madre hindú Monica Ali, la trama adaptada por Abi Morgan y Laura Jones está claramente anclada en el territorio del woman's film clásico.

La protagonista, Nazneen (Tannishtha Chatterjee), vive en Londres junto a su buenazo marido mucho mayor que ella Chanu (Satish Kaushik), quien acaba de renunciar a su trabajo. Dieciséis años antes, a los 17 años de edad, Nazneen fue enviada desde Bangladesh hasta Londres por su papá, para casarse con ese hombre que conocía sólo por su foto. Nazneen es la perfecta esposa bengalí: tranquila, silenciosa, obediente, sumisa... El mundo, sin embargo, empezará a cambiar radicalmente alrededor de ella. Chanu, cansado de ser desplazado cada vez que hay una posibilidad de ascenso, ha renunciado a su trabajo y ha decidido volver a Bangladesh, para desoncierto de su joven esposa treintañera y horror de su rebelde hija mayor. Frente a las súbitas dificultades económicas, Nazneen decide trabajar por su cuenta, cosiendo pantalones, lo que la pone en contacto con un joven distribuidor de ropa, Karim (Christopher Simpson), un bengalí de segunda generación. Ya sabemos lo que ocurrirá: entre santa y santo, pared de cal y canto...

El melodrama femenino se desarrolla con apreciable fluidez, sostenido en el buen desempeño de la actriz protagonista y el sólido apoyo de Mr. Kaushik, que no es, ni de lejos, el villano del filme. El gordazo Chanu es un hombre bueno cuyo fracaso no sólo termina doliéndole a su propia esposa infiel sino a nosotros, los espectadores. Se trata del típico colonizado fallido: el que piensa que citando a Chaucer, Hume o Chesterton puede mimetizarse con los ingleses, engañando a los suyos y a los demás. Se trata de un personaje encantadoramente patético y, al final, no exento de cierta grandeza trágica.

Como en todo woman's film que se precie de serlo, en Camino a la Plenitud la protagonista, Nazneen, no necesitará, al final de cuentas, de bules para nadar: ni del sensato marido fracasado ni del amante de fe islámica renacida. Reconocida su libertad recién conquistada, Nazneen se tirará al suelo nevado del Brick Lane londinense con sus dos hijas, para recuperar su niñez perdida... aunque sea por un momento.

lunes, 17 de agosto de 2009

Sé lo que viste el fin de semana pasado/XCVII


¿Qué Pasó Ayer? (The Hangover, EU-Alemania, 2009), de Todd Phillips. Como ha sido claro en los comentarios de los últimos días en este blog, creo que me he quedado solo ante el peligro en mi percepción del más reciente largometraje del especialista en comedias masculinas Todd Phillips. Insisto: la cinta sí me provocó alguna que otra carcajada (especialmente por el listado de cosas que ven los camaradas crudos al despertar de su épica borrachera: una gallina, un tigre en el jacuzzi, un diente faltante, Mike Tyson cantando una de Phil Collins, un bebé en el clóset...) pero, vista como un todo, me parece que la película se quedó corta en la descripción de sus personajes y los resortes mismos de la comedia no funcionaron conmigo tanto como me hubiera gustado. Pero, bueno, no será la primera vez que la enorme mayoria opina distinto a mí. Mi reseña, en REFORMA.

Camino a la Plenitud (Brick Lane, GB-India, 2007), de Sarah Gavron. Sobre un best-seller femenino que no he leído, esta decente woman's film nos muestra el despertar de una joven madre bengalí que vive en el "brick lane" londinense del título, un barrio emblemático de la capital británica. La mujer fue enviada a Inglaterra por su padre desde Bangladesh, a sus tiernos 17 años de edad, para que se casara con un pomposo gordazo mucho mayor que ella. 16 años han pasado, la mujer tiene dos hijas, un marido fracasado y un juvenil vecino de no malos bigotes con quien inicia una relación laboral que se va a convertir, previsiblemente, en otra cosa. Mi reseña, in extenso, en los próximos días.

Corazón del Tiempo (México-España, 2009), de Alberto Cortés. Una historia de amor ubicada en territorio zapatista. Acabo de escribir sobre ella aquí mismo.

domingo, 16 de agosto de 2009

Segundo Festival Internacional de Cine en Derechos Humanos/III


Después de haber ganado el Mayahuel a Mejor Documental Mexicano en Guadalajara 2009 y de haber sido exhibida en el Foro de la Cineteca hace un par de meses, vuelve a las pantallas, ahora en competencia en el Segundo Festival Internacional de Cine en Derechos Humanos, Los que Se Quedan (México, 2009), tercer largometraje de Juan Carlos Rulfo (Del Olvido al No Me Acuerdo, 1999, En el hoyo, 2006), ahora codirigiendo con su productor Carlos Hagerman.

Estamos ante una conmovedora crónica nunca chantajista de las huellas que han dejado en nuestro país la migración hacia los Estados Unidos. Hagerman y Rulfo atravesaron durante varios meses parte de México, de Jalisco a Yucatán, de Zacatecas a Chiapas, de Puebla a Jalisco y, gracias a ellos, conocemos cómo viven, cómo ríen, cómo sufren, cómo sueñan, cómo lloran, un puñado de mexicanos que tiene gente -hermanos, maridos, hijos, padres- en el otro lado. Rulfo y Hagerman recogen los testimonios de los que se quedaron aquí, pero también de los que estuvieron allá y se regresaron, de los que nunca se han ido, de los que van para allá a encontrarse con su ser querido, de los que perdieron a alguien para siempre.

Como de costumbre tratándose de Rulfo, el virtuosismo formal de su puesta en imágenes y su imaginativo montaje (¡esa secuencia unida a través de la danza de los viejitos!) no están peleados con esa visión genuina y profundamente humana que tiene el cineasta de las personas que entrevista, a las que respeta sin llegar a manipularlas, a las que desnuda emotivamente sin llegar a la explotación cínica. Para ser franco, no tengo la menor idea de cómo sea Juan Carlos Rulfo en su vida personal/profesional, pero por lo menos en su cine se muestra como el más empático y generoso de los cineastas mexicanos contemporáneos.

Si no pasa algo raro, Los que Se Quedan debe ser la cinta ganadora del Festival en Derechos Humanos. No sólo se trata del mejor filme exhibido en competencia, sino uno de los mejores del año. Acaso exagero, pero qué caray: la más emocionada/emocionante cinta mexicana del nuevo siglo.

Los que Se Quedan se exhibe hoy, en Cinépolis Diana, a las 17 horas.

sábado, 15 de agosto de 2009

Segundo Festival de Cine en Derechos Humanos/II


Hoy sábado, dentro del Segundo Festival de Cine en Derechos Humanos, se podrán revisar tres documentales mexicanos en competencia. Autonomía Zapatista (García, 2009), en Cinépolis Diana, a las 15:30; inmediatamente después en el mismo cine Los Herederos (Polgovsky, 2008), a las 17 horas; y en Cinépolis Perisur, a las 17:30 horas, El Ciruelo (Altuna y Rossini, 2008).
Debo confesar que Autonomía Zapatista fue walk-out personal en Guadalajara 2009. En cuanto a El Ciruelo, no pasa de la mera corrección temática y estilística, y así lo anoté cuando la vi también en Guadalajara 2009. La mejor del trío es, sin duda, Los Herederos, que reseñé aquí cuando se presentó en el Foro de la Cineteca hace un par de meses.

viernes, 14 de agosto de 2009

Segundo Festival Internacional de Cine en Derechos Humanos/I

El día de hoy, en Cinépolis Diana (Paseo de la Reforma 423) y Cinépolis Perisur (Periférico Sur 4690), inicia el Segundo Festival Internacional de Cine en Derechos Humanos, patrocinado, obviamente, por Cinépolis -a través de la fundación del mismo nombre-, además del Festival de Morelia, el Festival Ambulante, la Comisión de Derechos Humanos del D.F., Amnistía Internacional y otras organizaciones más. Hay documentales y cortometrajes mexicanos en competencia, además de cuatro secciones no competitivas que presentan documentales y ficciones relacionadas con los derechos humanos. Algo del material ya se ha visto en otras partes -Guadalajara, Morelia, la Cineteca Nacional, cineclubes-, pero sí hay algunos filmes que serán estreno nacional. En la medida de lo posible, aquí daremos cuenta de algunos de ellos. La programación completa, aquí.

Corazón del Tiempo


Vi Corazón del Tiempo (México-España, 2008), el quinto largometraje de Alberto Cortés, en Guadalajara 2009. La cinta me provocó reacciones encontradas, como argumenté aquí mismo en su momento pero, al colocar de nuevo todo en la balanza, creo que los elementos positivos pesan más que mis objeciones.
El lirismo narrativo-musical con el que Cortés cuenta esta idílica historia de amor en tierras zapatistas puede que sea ingenuo pero, con todo y su cursilería, funciona. Los diálogos recitados por los actores no profesionales -auténticos pobladores de las bases de apoyo zapatistas- suenan huecos, sin duda, pero esto se compensa, en parte, por la sinceridad de la protagonista, la guapa Rocío Barrios, quien encarna con justeza a la jovencita enamorada Sonia, quien se dice "cambiada" cuando ve en la selva a su cantarín revolucionario Julio y que luego explica con tajante sencillez por qué no ama a su novio impuesto Miguel ("No hay emoción") y que, aunque confundida a veces, nunca pierde la noción de lo que realmente desea ("Quiero a Julio, eso sé").
El amor entre Sonia y Julio causa problemas en las comunidades de ambos: en el pueblo de Sonia, sus padres tienen que regresar cierta vaca perjuiciosa que se había dado como dote; entre los combatientes zapatistas, la capitana Adriana tiene que reconvenir a Julio quien, por andar enamorando a Sonia, está distraído y ha faltado a sus deberes
Por supuesto, el retrato del zapatismo hecho en el guión escrito por el propio cineasta y Herman Bellinghausen no renuncia a cierto didactismo rollero y a una visión idílica del movimiento y sus bases de apoyp (¿de verdad así de civilizadas son sus asambleas?), pero mi objeción central al filme no radica en esto. Más bien se debe a que el sano feminismo que encarna Sonia (y su encantadora abuela) termina cuando con ello se ponen en duda las reglas del zapatismo. Es decir, está mal que quieran obligar a Sonia a casarse con quien no quiere, está peor que den una vaca -y además desastrosa- por ella, pero no está mal que a Sonia se le imponga, al final, que siga al revolucionario Julio -como lo hacía María Félix con Pedro Armendáriz en Enamorada (Fernández, 1946)-, cuando el problema principal era, precisamente, que ella no quería irse al monte con los zapatistas. Así pues, al final de cuentas, Sonia tendrá que tragarse su rebeldía y se irá a algún lugar de la selva lacandona en compañía de su elocuente revolucionario, que la convence diciéndole "nada quiero mío, sólo vos".
Y con todo que este desenlace me cause roña, la realidad es que el lirismo de la historia de amor pasada por música y canciones, me resulta encantador.

jueves, 13 de agosto de 2009

8va. Semana de Cine Alemán/II


En sentido estricto, no hay muchas novedades en el más reciente largometraje del veterano cineasta alemán Andreas Dresen. No es novedad, por supuesto, el adulterio ni el triángulo amoroso ni el amour fou que termina o provoca alguna tragedia ni el affaire entre un hombre y una mujer de edades dispares y ni siquiera el soft-core geriátrico que vemos en pantalla -con desnudos frontales incluidos-, pues no hace mucho tiempo Carlos Reygadas nos provocó en su opera prima Japón (2002) con la visión de un coito entre un hombre maduro y una anciana indígena.

Si en algo vale la pena Entre Nubes (Wolke Neun, Alemania, 2008) es por el poder de observación de Dresen, un cineasta nacido en la parte excomunista de Alemania y cuya amplia carrera fílmica y televisiva -prácticamente desconocida en México a no ser las cintas Aves de Paso (1999) y A Mitad de la Escalera (2002), exhibidas en la Cineteca- se ha desarrollado después de la unificación de las dos Alemanias.

La trama es simple: un matrimonio aparentemente feliz se derrumba cuando ella se enamora de otro hombre. La mujer, Inge (Ursula Werner), tiene más de 60 años, una hija mayor, varios nietos, y un marido buenazo, Werner (Horst Rehberg), que se acaba de jubilar. El hombre, también en sus 60 primaveras, puede que sea algo aburrido -se entretiene escuchando viejos discos LP con sonidos de trenes, su idea de un buen fin de semana es viajar por tren sin rumbo fijo mirando hacia la bella campiña germana-, pero se ve que no es mal tipo: atiende a su mujer cuando ésta se enferma después de que se fue de coscolina y la lluvia la sorprendió, nunca deja de tener palabras amables para ella y hasta todavía las puede cuando la doña le quita el libro por la noche y le sugiere que es hora de cumplir con las labores propias de su sexo. Más aún: Inge y Werner han estado casados durante 30 años y aunque se entiende que se trata del segundo matrimonio de los dos y los hijos que tienen provienen de sus respectivos primeros enlaces, no hay duda de que han criado una familia estable y feliz.

La primera secuencia -antes incluso de que aparezcan los créditos del filme- nos ubica abruptamente en el sentido del filme y su muy directa narrativa: Inge le lleva unos pantalones que le arregló a un anciano vecino, Karl (Horst Westphal), y el tipo no termina de probárselos para ver si le quedaron bien, cuando él mismo se los está quitando para arrastrar a la apasionada mujer hacia la alfombra. Este primer coito adúltero -y los que seguirán- es tan explícito como podría ser uno similar en cualquier película europea en donde dos jóvenes hacen el amor. Es decir, hay desnudos parciales de los cuerpos unidos, desnudos frontales de él o de ella en algún otro momento, planos medios o completos del cuerpo de ella mostrando sus carnes frente al espejo... Los dos viejos no tienen pena por mostrarse en traje de Adán y Eva y la cámara de Michael Hammon menos pena aún en tomarlos así, mientras se ríen de sus propias leperadas después de hacer el amor o mientras se bañan en algún idílico laguito en medio de un intoxicante verdor primaveral.

¿Por qué Inge se deja llevar de esta manera? ¿Por qué echa al caño un matrimonio de 30 años con un hombre que, ella misma lo dice, nunca hizo "nada malo"? Es más: el tercero en discordia ni siquiera es más joven que el sufrido esposo sexagenario. Karl tiene, de hecho, 76 años y aunque no está nada ga-gá -es atlético, anda en bicicleta, nada a brazada limpia- tampoco es infalible, como se deja ver cuando, con una sonrisa divertida, le pide perdón a Inge por las penas que le hace pasar su pene penoso (diría Cabrera Infante).

El guión firmado por cuatro autores no es explícito en nada: ella se ha enamorado porque sí, porque el amor no conoce de lógica, porque no lo pudo evitar. No hay crueldad en Inge y, después de un arranque de incredulidad e indignación por parte de Werner, tampoco la hay en el decepcionado marido. Sin embargo, a lo largo de la funcional y nada enfática narrativa fílmica de Dresen se nos da alguna clave para entender lo que vemos.

El padre de Werner aún vive. El viejo, en silla de ruedas, ya ido, tendrá más de 80 años. Acaso más de 90. Werner e Inge lo visitan de vez en cuando. Lo sacan a pasear. Lo alimentan. Puede que no esté en las mejores condiciones, pero el anciano respira a sus 90 años de edad. Dicho de otra manera: la vida de Inge, la de Werner, con todo y sus seis décadas a cuestas, no está terminada. Cuando mucho ha entrado en su última etapa. E Inge, se entiende, quiere vivirla intensamente. Cueste lo que cueste. Y vaya que le cuesta.

Entre Nubes se exhibe hoy y el próximo sábado en la Cineteca Nacional.

miércoles, 12 de agosto de 2009

8va. Semana del Cine Alemán/I


A partir de mañana jueves y hasta el 23 de agosto, la Cineteca Nacional presenta la Octava Semana de Cine Alemán, acaso la cinematografía europea más interesante del nuevo siglo. Además de la nueva película de Christian Petzold (en la foto), Jerichow (2009), el cinéfilo capitalino podrá revisar obras que prometen ser interesantes como En las Nubes (Dresen, 2008) y Berlin Calling (Stöhr, 2007), entre otras más. Un análisis completo de la Semana de Cine Alemán la ha realizado Carlos Bonfil en La Jornada el domingo pasado y aquí mismo haremos la reseña de algunas de las películas, si es que nos alcanza el tiempo.

martes, 11 de agosto de 2009

Diario de una recamarera


Luis Buñuel construyó su riquísima filmografía a la sombra del surrealismo. Por lo mismo, el lugar común le atribuye al cineasta aragonés una obra completa y absolutamente surrealista. Nada más falso. Buñuel dirigió sólo dos cintas radicalmente surrealistas –Un Perro Andaluz (1929)y La Edad de Oro (1930)-, realizó algunos filmes con fuerte carga surreal –El Ángel Exterminador (1962), La Vía Láctea (1969), El Discreto Encanto de la Burguesía (1972)—y, es cierto, muchas de sus otras cintas tienen momentos, escenas y secuencias enteras que bien podríamos calificar como surrealistas. Sin embargo, tanto en Los Olvidados (1950)como en Nazarín (1959), Bella de Día (1967) o Ese Obscuro Objeto del Deseo (1977), así como en prácticamente el resto de sus películas, uno puede encontrar una narrativa clásica y sencilla, es decir, una progresión dramática más o menos convencional, relaciones causa-efecto oscuras y ambiguas si se quiere pero relaciones causa-efecto de todas formas, actuaciones más bien sobrias, una puesta en imágenes más funcional que otra cosa...

Véase, por ejemplo, El Diario de una Recamarera (Le Journal d’une Femme de Chambre, Francia-Italia, 1963), la película número 25 de su filmografía y una de las menos conocidas y más subvaloradas. El Diario de una Recamarera es la primera de la seis colaboraciones de Buñuel con quien sería su guionista de cabecera en su última etapa, Jean-Claude Carrierre (quien, por cierto, actúa en la película en el papel de un joven sacerdote que maldice al no poder abrir una puerta a patadas). En todo caso, desde el inicio, la dupla Buñuel-Carriere funcionó a la perfección: la película tiene excelentes diálogos y está centrada –como buena parte de la obra del aragonés- en la observación de los personajes más que en la trama en sí, que sirve como mero pretexto para hacer una aguda reflexión sobre los más caros valores burgueses y el peso de las convenciones, mientras de fondo podemos intuir el nacimiento del fascismo francés a finales de los años 20 del siglo pasado.

La cinta está basada en una novela homónima de Octave Mirbeau que ya había sido llevada al cine en una adaptación hollywoodense dirigida por Jean Renoir en 1946 -y que, por cierto, todavía no he logrado ver. Buñuel y Carriere movieron la trama de la Francia del siglo XIX a la campiña gala del 28, época en la que el mismo Buñuel llegó a Francia. Como de costumbre, Don Luis tomó las ideas generales del libro y las condensó en unos cuantos episodios que cuentan la llegada de Celestine (Jeanne Moreau preciosa), una recamarera parisina, a la casa del matrimonio burgués Monteil. Él (Michel Piccoli) es un lascivo e inútil hombre que usa su tiempo exclusivamente en la caza; ella (Francoise Lugagne), una reprimida y frígida mujer que tiene la mínima comunicación con su esposo. El cuadro lo completa el anciano padre de ella, Rabour (Jean Ozenne antológico), un fetichista empedernido que le suplica a Celestine calzarse unos viejos botines de mujer. El vecino de los Monteil, el viejo capitán Mauzer (Daniel Ivernal), se divierte echando basura en el jardín de ellos y molestando a Monteil en todo momento.

La cinta es una fascinante visión del pequeño y mezquino mundo de unos burgueses más anodinos que crueles o terribles. Por supuesto, el filme está muy lejos de ser una crítica militante de los "decadentes valores de la perversa burguesía" o algo por el estilo. El aragonés ve con un dejo de sorna los diálogos entre los sirvientes –que son insolidarios, reaccionarios, racistas y hasta un violador de niñas puede haber entre ellos- al mismo tiempo que describe los vicios y perversiones de unos ricos tan detestables como aburridos –con la excepción hecha del vejete Rabour, eso sí, una suerte de torcido alter-ego del propio Buñuel.

lunes, 10 de agosto de 2009

Momentos críticos/I


La polémica e influyente cinecrítica Pauline Kael (1919-2001) no tuvo nunca la mejor opinión sobre el cine de John Cassavetes quien, por otra parte, siempre que tuvo la oportunidad le hizo pasar un mal momento a la chaparrita columnista de cine.

En una ocasión, después de que Kael diera una conferencia acerca de por qué odiaba tanto a Shadows (1959), Cassavetes fue al estacionamiento, abrió el auto de Kael y le robó el abrigo (que luego le devolvió tramposamente cuando ella fue a reclamárselo). Luego, Cassavetes trató de impedir que Kael entrara a ver una función de prensa de otra de sus cintas y, según la propia cinecrítica, en otra ocasión Cassavetes la abordó a la salida del cine, la tomó del brazo y la abrazó amenazadoramente diciéndole, "Love ya, Pauline, love ya". Ah, claro, y otra vez, cuando les tóco que compartieran un taxi , Cassavetes se agachó, tomó los zapatos de Miss Kael y los tiró por la ventana. La historia completa con más anécdotas y críticas en el New Yorker de esta semana, aquí.

domingo, 9 de agosto de 2009

Sé lo que viste el fin de semana pasado.../XCVI


Un fin de semana curioso con dos películas mexicanas de estreno rodeadas de blockbusters veraniegos. Pareciera que los distribuidores nacionales han apostado por estrenar el cine mexicano en verano: en semanas pasadas hemos tenido Todo Incluido, Año Uña, Los Bastardos y, próximamente, Corazón del Tiempo. En todo caso, las dos cintas nacionales de este viernes no son lo mejor del año. De Enemigos Íntimos (México, 2009) -reseñada por un servidor en el Primera Fila de REFORMA- hay poco qué decir: se trata de un archiconvencional melodrama en el que a un exitoso profesionista (Demián Bichir) se le diagnostica un tumor canceroso, lo que lo lleva a replantaerse su vida. Todos los que rodean a Bichir tienen sus propios enemigos íntimos: la mentira, la negación, la traición, la mediocridad, el amor no correspondido... Fernando Sariñana le echa estilacho al asunto, pero no provocó en mí más que incredulidad y bostezos.
De la otra cinta mexicana, Mi Último Día (México, 2007), escribí una mini-reseña aquí mismo. Aunque no me convenció mucho que digamos, sí es bastante mejor que el bodrio de Sariñana lo cual, de todas formas, no es decir mucho. De cualquier manera, hay colegas que sí les llamó la atención: el viernes pasado escuché a Fernanda Solórzano recomendar el filme de manera entusiasta en el programa radiofónico de Denisse Maerker. Además, sospecho que Mi Último Día es lo mejor que se estrenó esta semana en México.

sábado, 8 de agosto de 2009

Revisando a Chaplin.../XIX


En la casi ya veintena de entradas en las que he revisado al primer Chaplin –es decir, el Chaplin antes de la realización de los largometrajes-, queda claro que no son lo mismo los filmes en los que solamente Chaplin actúa, como Los Apuros de Mabel (Mabel’s Strange Predicament, EU, 1914) o Entre Chubascos (Between Showers, EU, 1914), y los filmes en donde él dirigía las acciones como Charlot Sufragista (A Busy Day, EU, 1914), Junto al Mar (By the Sea, EU, 1915) y Charlot Artista de Cine (The Masquerader, EU, 1914), el mejor de los filmes de uno o dos rollos que revisamos para esta entrega.

Los Apuros de Mabel, un two-reeler dirigido por el dueño de la Keystone, Mack Sennett, apoyado por su prolífico yes-sir-man Henry Lehrman, tiene como protagonista a la Mabel (Normand) del título, pero quien termina robándose la película es Chaplin en su infalible papel de vagabundo borrachales. Charlot llega briago a un hotel, causa estragos en el lobby, coquetea con todas las muchachas, le jala la cola al perro collie de Mabel, es incapaz de sentarse en un sillón y no puede mantener la vertical por más intentos que hace. Los apuros de Miss Normand son más bien pedestres –ella termina empijamada en un cuarto de hotel que no es el suyo- pero la presencia de Charlot no lo es jamás.

Entre Chubascos, la siguiente película en la que Chaplin actuó dirigido por Henry Lehrman, es también una cinta de dos rollos. Por desgracia, aquí no hay mucha oportunidad para el lucimiento chaplinesco –más allá de su virtuosismo en el más violento slapstick-, pues la trama, que se nota a leguas improvisada, es demasiado simple: un malandrín (Ford Sterling) que le había robado el paraguas a un cuico despistado (Chester Conklin) termina rivalizando en amores con Charlot, con quien se lía en un duelo de patadas y ladrillazos.

Es mucho mejor Charlot Sufragista, aunque sea por la grotesca comicidad de la que hace gala Chaplin, quien aquí no encarna a Charlot sino a una celosa doñita cuyo marido (inevitable Mack Swain) quiene ponerle los cuernos con la guapa Phyllis Allen. Se trata del tercer filme dirigido por Chaplin –después de Veinte Minutos de Amor (1914) y Charlot y la Sonámbula (1914)- y, aunque el escenario es Sennett puro –la acción se lleva a cabo en un auténtico desfile que parece es de policías-, el Chaplin director sabe explotar a la perfección los exteriores naturales, monta eficazmente persecuciones y peleas, y se atreve a citarse a sí mismo: como el terco vagabundo que se entrometía en la filmación de Carrera Infantil de Autos (1914), en esta ocasión la mujer encarnada por Chaplin olvida por un momento que está buscando a su coscolino marido y, ante la presencia de una cámara de cine, no resiste la tentación de plantarse frente a ella. Curiosamente, Chaplin no enlistó en su filmografía a esta película como suya, pero las evidencias indican que sí la dirigió.

No hay duda alguna de la autoría chaplinesca de Charlot Artista de Cine, una de las mejores cintas dirigidas por Chaplin para la Keystone de Sennett y la décima de su filmografía. En ella, Chaplin no interpreta a Charlot, sino a una especie de versión de sí mismo como actor. El escenario son los propios estudios de Sennett, en donde llega un joven actor (el propio Chaplin) a trabajar. Ahí, mientras se maquilla, se coloca su típico mostacho y se viste con el atuendo de Charlot, comparte camerino con Fatty Arbuckle –nada menos- a quien infructuosamente trata de bajarle su pachita. Luego, el actor novel, ya vestido de Charlot, le echa a perder una escena a Chester Conklin, con quien se agarra a patadas voladoras. Por supuesto, el actor –o sea Charlot, o sea Chaplin- es despedido, por lo que luego regresará al mismo estudio vestido ahora como juvenil mujer, todo con el fin de vengarse de su despótico patrón malhumorado. La comedia es inusualmente sofisticada por los diferentes niveles de juego actoral que propone, una prueba fehaciente de que incluso en su primer año detrás de las cámaras, Chaplin entendía muy bien los alcances del cine como lenguaje, arte e industria, más allá del perfecto manejo del slapstick.

Junto al Mar, su filme número 27 y realizado para la Essanay, es muestra de ello. La trama es muy sencilla, casi sennettiana: el parque típico en donde se desatan los enredos y pleitos de siempre es sustituido aquí por la playa, en donde Charlot, otra vez de vagabundo borrachales y bravero, coquetea con Edna Purviance y Margie Reiger, mientras pelea a patadas y puñetazos con Billy Armstrong y Bud Jamison. Particularmente inspirado es el duelo con este último, cuando los dos blanden unos conos de nieve con los que terminan completamente embarrados. La trama es casi inexistente, es cierto, pero basta ver el slapstick chaplinesco de sus primeros años (1914, 1915) y compararlo con las películas de otros cineastas de esa misma época para darnos cuenta el abismo existente en cuanto al manejo del encuadre, de los movimientos de los actores dentro del mismo, de los tiempos de respuesta entre una acción y otra. A estas alturas, Chaplin ya era, pues, un cineasta.