martes, 23 de febrero de 2010

Ambulante 2010/VII y último


Chile, la Memoria Obstinada (Canadá-Francia, 1997) funciona no sólo como un regreso a la monumental obra militante/documental La Batalla de Chile (La Lucha de un Pueblo sin Armas) (Chile, 1975-1979) sino como una suerte de conmovedor epílogo nada rencoroso de este tríptico cinematográfico.

Recordemos la historia. Patricio Guzmán, joven documentalista chileno, empezó haciendo la crónica del gobierno socialista de Salvador Allende desde los difíciles meses de finales de 1972 hasta el brutal golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Con el material filmado durante cerca de un año, Guzmán montó una película, en el ICAIC cubano, en tres partes de 90 minutos cada una: I. La insurrección de la burguesía (1975), II. El golpe de Estado (1977) y III. El poder popular (1979).

En La Insurrección de la Burguesía, Guzmán inicia su acezante crónica política con las inminentes elecciones parlamentarias del 4 de marzo de 1973. Los simpatizantes de los derechistas Partido Nacional (PN) y Partido Demócrata Cristiano (PDC) creen poder conseguir las dos terceras partes de los escaños para destituir a Allende. Para ellos no quedan más que dos caminos: "marxismo o libertad". La enorme mayoría de los entrevistados -clasemedieros, profesionistas, señoras encopetadas- dicen que a través de la vía electoral debe cambiarse el país. Por ahí, sin embargo, se cuela la histeria de una mujer que quiere mandar al carajo "a esos comunistas de mierda". Como la táctica electoral fracasa -la Unidad Popular (UP) allendista logra el 43% de los votos- los adversarios políticos de Allende pasan a la siguiente fase: el boicot económico/gremial.

El narrador, con voz tranquila, sin aspavientos, narra los diferentes estadios por los que pasa la burguesía insurrecta: el acaparamiento de productos de primera necesidad, el boicot legislativo que llegó al extremo de que el Parlamento destituyera a siete ministros de Allende, la asonada estudiantil organizada por los muchachos de la elitista Universidad Católica y, finalmente, la ofensiva de los gremios patronales y de profesionistas, que paralizan el transporte, la industria minera y muchas empresas privadas, hasta que los propios obreros tomaron la iniciativa y algo más: los centros de trabajo, las empresas, las fábricas.

Esta primera parte finaliza con las imágenes del primer intento fracasado de golpe de Estado, el de 29 de junio de 1973: un regimiento ataca el Palacio de la Moneda, pero no logra el apoyo del resto del ejército. La oposición tarda en condenar la intentona -el PDC lanza un comunicado cuando ha quedado claro el fracaso del golpe- y el resultado final son 22 muertos, entre ellos un camarógrafo artentino de Guzmán que graba su propia muerte, al estilo del periodista sacrificado en Oaxaca, Brad Will.

En la segunda parte, El Golpe de Estado, La Batalla de Chile toma la forma de un reportaje: Allende, ante la intentona golpista fallida, cambia de gabinete -entra el General Prats a escena-, intenta declarar el Estado de Sitio -el Parlamento de oposición lo rechaza- e inicia una andanada mediática contra los adversarios, con todo y emocionados/emocionantes debates televisados en donde algún joven miembro de la UP se enfrenta a un colérico militante del PN que no condena, bajo ninguna circunstancia, el golpe de Estado que acababa de fracasar. La inminencia del desastre abruma: entre las fuerzas "leales" a Allende por ahí se deja ver Pinochet, muy cerca del General Prats.

En la tercera y última parte, El Poder Popular, volvemos a los escenarios y a los tiempos de las dos primeras partes, pero ahora desde otra perspectiva. Ya no es la crónica de los argumentos de la derecha rabiosa ni el reportaje de la inminente caída del gobierno de UP: estamos ahora frente a la acuciosa crónica de las utópicas formas de organización de los obreros y campesinos chilenos que querían defender "a nuestro gobierno" a toda costa: los voluntarios que repartían alimentos, los grupos de defensa de las empresas y fábricas, las manifestaciones exultantes con todo y cantaleta obvia ("Allende/Allende/el pueblo te defiende")...

Guzmán no abandona la lucidez, por más que es claro de qué lado está el cineasta: él está de parte de Allende, de los campesinos, de los obreros, de los militantes de la UP. Sin embargo, en cierta escena colocada casi hasta el final, la contradicción es insalvable: ¿cómo llegar al socialismo cuando el Estado es "burgués y capitalista"? Yo agregaría: ¿cómo llegar a un socialismo que no sea democrático? Y si es democrático, la oposición feroz del PDC y hasta la fascistoide del PN debe ser aceptada, siempre y cuando no viole la ley ni termine -como fue el caso en Chile- con un criminal golpe de Estado.

Y así volvemos a Chile, la Memoria Obstinada, exhibida en Ambulante 2010. En 1997, más de dos décadas después de haber filmado La Batalla de Chile, Guzmán volvió a Santiago. Por vez primera desde entonces, entró de nuevo al Palacio de la Moneda, contrató a una banda musical estudiantil para que salieran a la calle a tocar el himno de la UP ante el azoro y/o la emoción de los transeúntes y se dio a la tarea de buscar a algunos de los protagonistas de su tríptico fílmico de los años 70. Así, encuentra a Juan, uno de los pocos defensores del Palacio de la Moneda que salvó la vida; a una militante, Carmen Vivanco, a la que le desaparecieron a toda su familia (marido, hijo, hermano, cuñada, sobrino); a los guaruras de Allende que ahora se ven en el viejo documental añorantes de su Camarada Presidente y del pelo que han perdido en dos décadas; a Ernesto, un apasionado profesor universitario que fue uno de los personajes centrales en El Poder Popular -él es quien plantea la contradicción insalvable de hacer cambios en un Estado burgués que no va a perder sus privilegios fácilmente-, a don Rodolfo Müller, el anciano padre de Jorge Müller, uno de los camarógrafos de La Batalla de Chile, capturado y desaparecido por la Junta Militar; y a Ignacio, el octogenario tío del propio cineasta, que cuenta ante cámara de qué manera salieron las bovinas de La Batalla de Chile hacia el exterior, gracias a la Embajada de Suecia.

Los momentos más apasionantes de este punto final (no, perdón: punto y seguido) son los debates estudiantiles que filma objetivamente Guzmán. Después de haber visto la cinta, un grupo de muchachitas de algún colegio particular y los estudiantes de un salón universitario debaten sobre lo que acaban de ver: alguien por ahí disculpa el golpe y lo justifica con números ("hombre, sólo fueron 2130 muertos en 17 años, en otros países fue mucho peor") mientras que una niña grita indignada que nada puede justificar el asesinato de alguien. Una maestra se confiesa: el día del golpe estuvo feliz. Ahora se arrepiente de haber sentido eso: de haber sido tan ingenua.

En Chile: la Memoria Obstinada y en el tríptico de La Batalla de Chile, Guzmán actúa como un militante, pero nunca como un fanático. Hay objetividad pero no imparcialidad: es clara la militancia izquierdista de Guzmán pero más clara aún es su lucidez para dar cuenta de las contradicciones de quienes admira y para darle voz a los "reaccionarios" a los que nunca ridiculiza. El documental militante no tiene por qué aburrir, no tiene por qué cansar, no tiene por qué ofender la inteligencia.


Chile: la Memoria Obstinada, se exhibió en Ambulante 2010 y está como uno de los extras del paquete del DVD que acaba de salir a la venta de La Batalla de Chile.

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