viernes, 6 de agosto de 2010

El cine que no vimos/XXVI


Mi primer acercamiento con el cine del argentino Daniel Burman fue El Abrazo Partido (2004), visto en Guadalajara 2004, en donde el cineasta conosureño ganó el premio a Mejor Director Iberoamericano. El Abrazo Partido pasó después por el circuito cineclubero y luego tuvo una breve corrida comercial, antes de aterrizar en la televisión de paga, en Movie City. Hace poco, en el VII Festival de Cine Judío, se pudo ver en la ciudad de México otra cinta notable de Burman, El Nido Vacío (2009), que reseñé aquí, en este mismo blog, el año pasado.
Fuera de estas dos cintas, el cine de Burman es completamente desconocido en México. Y, si hacemos cuentas, sólo El Abrazo Partido y Todas las Azafatas Van al Cielo (Argentina-España, 2002), tercer largometraje del argentino, han merecido estreno comercial en el país.
Yo no tuve oportunidad de ver Todas las Azafatas... en el momento del estreno y no he podido ver la opera prima de Burman, Un Crisantemo Estalla en Cinco Esquinas (1998), que permanece inédito en México. Eso sí, Esperando al Mesías (Argentina-España-Italia, 2000), el segundo largometraje de Burman, se ha visto en la televisión de paga, al igual que Todas las Azafatas Van al Cielo, que también está disponible en DVD de importación.
Hace poco pude ver estas tempranas películas de Burman y debo decir que, aunque muy menores en comparación con su cine posterior -especialmente con El Abrazo Partido, El Nido Vacío y Derecho de Familia (2006)-, ya aparecen en estas dos películas de inicios de siglo la constante central en la obra del cineasta judío-argentino: las dificiles relaciones familiares, especialmente entre padres/madres e hijos.
De este par de filmes, Esperando al Mesías es el menos logrado. Ubicado en el barrio judío-bonaerense "el once", seguimos al confundido videoasta -en realidad, productor de vídeos de bodas- Ariel Goldstein (Daniel Hendler, ¿quién más?), quien acaba de enterrar a su madre y se niega a seguir viviendo "en la burbuja", es decir, en el mismo lugar y con la misma gente, como diría el poeta de Juárez. Así, hace a un lado a su perfecta y bellísima novia judía (Melina Petriella) para seguir una aventura con la guapota productora televisiva bisexual Laura (Chiara Caselli). Al mismo tiempo, seguimos al recién desempleado Santamaría (Enrique Piñeyro), quien se entretiene y sobrevive regresando objetos perdidos/robados a sus auténticos dueños, mientras trata de iniciar una relación amorosa con la encargada de un baño público (Stefanía Sandrelli).
A decir verdad, sólo la woodyalleniana historia de Goldstein y su ir y venir entre sus dos mujeres -la que representa la estabilidad de la burbuja y la que representa la novedad y el peligro de lo desconocido- tiene algo de interés. El de Santamaría, en contraste, cae de inmediato en los peores lugares comunes del romance maduro. Eso sí: varios personajes tienen, para variar, asuntos qué resolver con sus padres. Laura con su papá al que hace años que no ve, la amante de ella decide regresar al nido vacío donde la espera su mamá, y el propio Ariel inicia su rebelión concientemente, tratando de salir de esa burbuja creada por su madre fallecida y su generoso padre siempre sonriente (Héctor Alterio).
Todas las Azafatas Van al Cielo es mejor, acaso porque se concentra en una sola historia. Teresa (Ingrid Rubio), una azafata soltera e independiente, se entera que está embarazada antes de subirse a un avión que la lleva a Ushuaia, la ciudad más austral de la Argentina. En ese mismo avión, como pasajero, viaja un melancólico oftalmólogo viudo, Julián (Alfredo Casero), quien va a la Patagonia con el único fin de esparcir la cenizas de su esposa recién fallecida que, para más señas, también era azafata.
Lo que sigue es una historia de amor iniciada, interrumpida, continuada, vuelta a interrumpir, entre estos dos personajes solitarios: ella, que no sabe qué hacer con la vida que lleva en el vientre; y él, que carga en una urna todo lo que más amaba y que, tampoco, sabe qué hacer con su vida. Los dos tienen que quedarse en tierra por una ridícula amenaza terrorista -y que, luego sabremos, sólo se trata de un juego de un papá con su hija: otra vez la infaltable relación paterno/filial- y los dos descubrirán no sólo que hay segundas oportunidades sino que la música de Rafaella Carrá no es tan mala, después de todo.
La película se sostiene en la personalidad encontrada de sus protagonistas -la bella inquisitiva señorita Rubio y el feo tristón señor Casero- y en la galería de personajes secundarios que rodean a este par de inesperados amantes. En este sentido, Daniel Hendler, en el papel de un chismoso taxista judío perdido en el culo del mundo, se roba cada escena en la que aparece. Hendler estaba preparándose para su consagración -y la del propio Burman- en El Abrazo Partido que es, insisto, mucho mejor que las dos cintas aquí reseñadas.

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