domingo, 8 de agosto de 2010

El cine que no vimos/XXVII


Tirador (Filipinas, 2007), sexto largometraje del discutido cineasta filipino Brillante Mendoza (Kaleldo/2006), nunca llegó a exhibirse comercialmente en México, aunque habría que decir que el propio director ha declarado que mucho de su cine no es para consumo masivo. De hecho, él mismo ha asegurado que Kinatay (2009), con la que ganó el premio a Mejor Director en Cannes 2009, debería exhibirse solamente en cineclubes, universidades y escuelas de cine. Tirador, incluso, a pesar de haber ganado el Premio Caligari en Berlín 2008, sólo se ha presentado comercialmente en Filipinas, pues en el resto del mundo se ha exhibido en festivales y/o muestras fílmicas. Interesante caso: un cine que se hace pensando en el circuito de festivales. Esto no es novedad, por supuesto, pero no es muy común que un cineasta lo acepte abiertamente: que él hace cine para tal o cual festival, sin preocuparse demasiado si se estrena o no.
Tirador inicia con una redada nocturna y brutal en el distrito Quiapo de Manila, un lugar en donde delincuentes de todo tipo conviven mientras trafican, roban, matan... La cámara Digibeta -manejada por el propio Mendoza con la colaboración de otros tres videofotógrafos- nos ubica de inmediato en un escenario sucio, visceral, inestable. El inmediatismo de la cámara digital en estos deprimentes escenarios reales no nos debe confundir: Mendoza y sus colaboradores logran momentos notables de coreografía visual -planos secuencia de tres minutos entre los callejones y las casuchas en donde viven los personajes- que nos indican que el filipino tiene una idea muy clara de dónde colocar la cámara y cómo debe moverla.
La trama es otra cosa: escrita por Ralston Jover -con la participación de los propios actores profesionales y no profesionales, que improvisaron algunos diálogos y situaciones-, Tirador es un agotador mural sobre ese pozo sin fondo de corrupción y degradación que es la sociedad filipina contemporánea -por lo menos la que está retratada en esta cinta, en todo caso. Aquí no hay nadie a quién asirse: no el político chicharronero que libera delincuentes como acto de campaña, no el joven papá Rex (Kristoffer King) que deja que su hijo juegue con su propia mierda frente a él, no la cinicaza ladronzuela Tess (Angela Ruiz) obsesionada por su dentadura postiza que ha pagado con tantos robos, no el asaltante callejero Elmo (Benjie Filomeno) que regresa indignado una cadena robada porque ésta es falsa (ya no se puede confiar en nadie, carajo).
Estamos años luz de cualquier visión idílica de la pobreza. Aquí pobreza es suciedad, hacinación, ignorancia, enfermedad... No hay posibilidad alguna de redención, no hay salida alguna de este infierno. La única manera de sobrevivir es como lo hace la cámara digital de Mendoza y compañía: moviéndose continuamente, sin descanso, observando todo, sin descuidarse un solo instante. El que se descuida, le bajan su cartera... en el mejor de los casos.

2 comentarios:

marichuy dijo...

"Estamos años luz de cualquier visión idílica de la pobreza"

Huy Ernesto

Creo que esa visión idílica de la pobreza, a veces casi como emanada de alguna homilía dominical de esas que promueven la resignación, ya sólo resulta creíble -y sólo hasta cierto punto- en el cine de Ismael Rodríguez. (bueno, Igual y el ‘filósofo’ Paulo Coelho tiene alguna máxima idealizando la pobreza y yo sin haberme nutrido de ella).

No conozco Filipinas más que a través de algo de su cine. Y tras lo poco que he visto (esta de Tirador, obviamente, no la conocía), me ha quedado una imagen parecida a la que reseñas: mucha violencia, miseria humana, pobreza, harto sexo sin nada de romanticismo… es decir una sociedad nada idílica. Ah, y todo exacerbado por un calor infernal...

Saludos

Diezmartinez dijo...

Lo interesante -o, bueno, lo denigrante para algunos- es que Mendoza va más allá de clásicos como Los Olvidados. Buñuel tampoco idealizaba a los pobres, pero tampoco los mostraba embrutecidos e imposibilitados de redención (hay que recordar que en Los Olvidados un muchacho trabaja limpiamente, otro quiere dejar de ser delincuente, etcétera). Aquí con Mendoza no hay nada de eso: aquí el más chimuelo masca rieles y nadie conserva rasgos de humanidad. Es la crítica que se la he hecho a su cinta, especialmente a este filme.