jueves, 30 de diciembre de 2010

Citadina


Citadina (City Girl, EU, 1930) fue la última película dirigida por F. W. Murnau -aunque luego realizó Tabú (1931), en codirección con Robert Flaherty- y durante medio siglo se creyó que se había perdido. Realizada para la casa Fox después de su obra maestra Amanecer (1927) y la esa sí perdida hasta el momento 4 Devils (1928), la película le fue arrebatada a Murnau por el propio William Fox quien, dice la leyenda, se horrorizó por lo que había visto en el corte final. Aparentemente, Fox ordenó que se re-editara, se le agregara algo de sonido y se estrenó en una mutiladísima versión de poco más de una hora que, previsiblemente, falló en la taquilla. El corte original de Murnau, silente y de 90 minutos de duración, nunca se exhibió comercialmente y hasta se dio por perdido durante mucho tiempo hasta que reapareció a inicios de los años 70. En todo caso, Murnau nunca vio su filme estrenado en la pantalla grande y, por lo mismo, molesto por la interferencia de William Fox, terminó rompiendo el contrato que había firmado para su estudio y decidió experimentar con el cine documental, colaborando con Flaherty en la ya mencionada Tabú.
Por supuesto, esta no fue la primera ni sería la última vez que un genio fílmico chocara con las directrices económicas de Hollywood (¿les suena von Stroheim? ¿O Welles?). Murnau había llegado de tierras alemanas a la casa Fox con un ventajoso contrato que le otorgaba todo el presupuesto y todas las libertades posibles. Así, en esas condiciones, realizó Amanecer que, aunque triunfó en el establishment hollywoodense -ganó tres oscares: actriz, fotografía y uno "especial" por su calidad artística- y entre la crítica de su tiempo -casi unánimemente fue considerada una obra maestra-, el filme no fue un buen negocio. Su siguiente obra, 4 Devils, el filme perdido, fue alabado por la crítica, pero tampoco conquistó la taquilla. Aun así, habría que apuntar que si bien es cierto que que la casa Fox le cortó el presupuesto para Citadina, su tercera cinta para ese estudio, de todas formas le dio el suficiente dinero a Murnau para que comprara una granja en Oregon, el escenario natural de una película que, hasta cierto punto, se puede entender como una pieza de acompañamiento de Amanecer.
Si se recuerda, en Amanecer una vampiresa citadina provoca que un honesto marido campirano planee el asesinato de su sufrida mujer. Aquí, en Citadina, la soñadora y vivaz Kate (espléndida Mary Duncan), una joven mesera proveniente de la ciudad será, si no una inocente víctima, sí una mujer independiente injustamente acorralada por los prejuicios de un autoritario páterfamilia (David Torrance) y de un lascivo capataz (Richard Alexander) que sólo la ve como material encamable.
Kate, una extenuada mesera de un siempre atascado comedor de Chicago, conoce al ingenuo muchachote Lem (Charles Farrell), quien ha ido a la gran ciudad a vender la cosecha de trigo de la granja familiar. Después de hacerlo a un precio más bajo de lo que esperaba -lo que provocará que su padre se lo reproche cuando regrese- y de haber comido varias veces en el restaurante donde trabaja Kate, los dos muchachos, prácticamente al mismo tiempo, se declaran su amor y deciden, de manera impulsiva, casarse. Así pues, Lem regresa a la granja paterna en Minessota con todo y esposa (¡MESERA!, dicen los enormes intertítulos) incluida.
Bajo los estándares contemporáneos, este melodrama femenino es lo que Molly Haskell ha llamado "a woman's film" -categoría, de hecho, en la que también cabe Amanecer-, aunque la virtuosa realización de Murnau hace que Citadina se eleve muy por encima de los convencionalismos de una trama que podría haber sido filmada por Griffith o Sjöstrom (cf. El Viento/1928). Además de unas transiciones que capciosamente nos ubican en los universos enfrentados de la historia -el pan cortado a cuchillo por el viejo patriarca en Minessota y el pan que sale ya cortado y calientito de una máquina en un restaurante de Chicago-, habría que llamar la atención sobre el manejo de la luz por parte del cinefotógrafo Ernest Palmer -la escena de la estación bañada por líneas de luz y la escena expresionista en la que los padres de Lem reciben en telegrama en el que el muchacho les anuncia su matrimonio- y, por supuesto, el extraordinario tracking-shot por el cual seguimos a Lem y Kate al llegar a la granja. Se trata del momento culminante de felicidad, el edén particular de los recién casados, antes de enfrentarse al infierno de incomprensión y prejuicios que tendrán que enfrentar momentos después. Pocas veces en la historia del cine -y lo he pensado antes de escribir esto- un solo movimiento de cámara -en este caso, un travelling en un escenario abierto, atravesando un campo de trigo, siguiendo a dos enamorados- significa tanto emocional y dramáticamente.
Un último apunte con respecto a la dirección de actores de Murnau, especialmente al trabajo del veterano David Torrance, quien encarna al atrabiliario padre de Lem. Su interpretación es notable porque está concentrada en todo su cuerpo y no sólo en sus gesticulaciones. Esto se nota en el desenlace: de repente, de un corte a otro, el imponente patriarca, rígido e implacable, se transforma en un conmovedor y frágil anciano. No se trata de su rostro sino de su cuerpo entero: a partir de ese momento sabemos que Kate y Lem no tendrán mayores problemas. El anciano, después de todo, tiene un corazón.

Citadina se exhibe hoy en la Cineteca Nacional a las 19 horas.

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