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miércoles, 31 de marzo de 2010

Sombras en el Paraíso


¿Por qué volver a Sombras en el Paraíso (Varjoja paratiisissa, Finlandia, 1986), cuarto largometraje de Aki Kaurismäki? ¿Por qué no? En estos días de vacaciones no hay nada mejor que refugiarse en la re-visión de cintas imperdonablemente olvidadas.
Debí haber visto Sombras en el Paraíso hace más de dos décadas, pero debo confesar que recordaba poco de ella. O, para ser precisos, creo que su trama la tenía confundida con otras similares en la ya larga carrera del cineasta finlandés. Y es que, al igual que muchos otros cineastas -pienso a bote pronto en Woody Allen, Claude Chabrol, Pedro Almodóvar-, Kaurimäki ha hecho más o menos la misma película con distintas variaciones que, dado el caso, pueden ser más o menos logradas.
Sombras en el Paraíso -que ha sido programada en muchas ocasiones en la televisión cultural mexicana- es la primera película del trío fílmico que ha sido bautizado como "La Trilogía Proletaria" y que está formada, además de Sombras..., por Ariel (1988) y La Chica de la Fábrica de Cerillos (1990). En estos tres filmes -y de hecho, en prácticamente toda su filmografía, para ser francos- los personajes son más o menos los mismos o provienen del mismo estrato: son empleados del más bajo nivel, cajeras con cara de perpetua aburrición, personajes cuyo máximo deseo es morir "detrás de un escritorio" en lugar de "al lado del camión de la basura". En este territorio deprimente de seres alienados, Kaurismäki se niega a deprimirse: algunas de sus tramas podrían haber servido para un profundo drama psicológico bergmaniano pero el finlandés opta, en contraste, por un humor impasible, casi keatoniano.
Nikander (el actor habitual de Kaurismäki, Matti Pellonpää) es un empleado basurero que tiene deseos de salir del hoyo: estudia inglés por las tardes y acepta la propuesta de un viejo compañero de trabajo (Sakari Kuosmanen) para iniciar juntos una pequeña compañía de recolección de basura: basta tener cinco camiones y un préstamo del banco para empezar a vislumbrar otra vida mejor. Por desgracia, el sueño compartido se va al caño: el futuro socio tiene la muerte que no deseaba -al lado de un camión de la basura- y Nikander se ha quedado más solo que nunca. Su única oportunidad vital es su acercamiento a Ilona (la otra habitué de Kaurismäki, Kati Outinen), una lacónica cajera de un supermercado.
Sombras en el Paraíso se mueve en los terrenos del melodrama social, la comedia romántica y el film-noir americanos, pero la traducción que hace de estos signos genéricos Kaurismäki es extremadamente original. El jazz que se escucha en la banda sonora, la titubeante historia de amor, la solidaridad con los desplazados, el final genuinamente esperanzador, nos remiten sobre todo al cine hollywoodense de los años 30/40 -pienso en el cine social de la Warner-, pero aquí no hay glamour de ninguna especie: Pellopää no es Bogart ni Muni y aunque Outinen sí da el aire castigador de una Bacall muy traqueatada por la vida, tampoco su apostura se presta a las comparaciones.
Sin embargo, insisto, algo de esa impronta moral del cine de la Warner de los 30/40 -ese retratar la vida del hombre común, esa solidaridad con los desplazados- se nota en Sombras en el Paraíso. Incluso la accidentada historia de amor es vista no tanto con sorna sino con un humor amable, acaso conmovido -Nikander se presenta ante Ilona como "excarnicero, ahora chofer de camión de basura", la invita a una cita romántica que termina en un pringoso bingo de cuarta- que termina en la más alta nota posible: en un acto de amor puro, bravo, valiente, por parte de Nikander. Ilona no pudo haber encontrado un partido mejor. No en el cine de Kaurismäki, por lo menos.

martes, 30 de marzo de 2010

La Felicidad


La Felicidad (Le Bonheur, Francia, 1965), tercer largometraje de la precursora de la nouvelle vague, la belga avecindada en Francia Agnès Varda, resultó, en el momento del estreno, una de sus cintas más discutidas. Viéndola casi medio siglo después, es fácil entender el porqué: ¿cómo era posible que que una mujer cineasta hiciera una cinta como ésta, calificada por algunos como una irresponsable fantasía machista?
La primera secuencia nos ubica de inmediato en el escenario dramático y en el tono del filme: a las afueras de París, el joven matrimonio de Francois y Thérèse Chevalier (el matrimonio real de Jean Claude y Claire Drouot), pasa un idílico día de campo con sus dos hijitos Gisou y Pierrot, interpretados por los auténticos hijos de la pareja. Francois duerme la siesta, Thérèse vigila a sus retoños, la campiña gala es preciosa, los colores de la naturaleza intoxican y la música del divino Mozart completa el cuadro. ¿Puede haber más felicidad que ésta?
En los siguientes minutos, tendremos el escenario completo: Francois trabaja como carpintero, el trabajo no le falta, vive modestamente pero sin dificultades, Thérèse -que además es bellísima- trabaja en casa como costurera, los niños son preciosos y bien portados, los amigos son solidarios, la familia extendida no estorba... Vaya, va avanzado la película y uno siente que la envidia le corroe el mal-alma que uno carga. Insisto: ¿puede haber más felicidad que ésta?
Parece que sí: en algún momento Francois hace migas con una joven empleada de la oficina postal, Emilie (Marie-France Boyer). Una sonrisa lleva a una plática, la plática al café, el café a un paseo, el paseo al departamento y, bueno, ya se imaginará lo que sigue después. El asunto es que Emilie no le exige gran cosa a Francois: ella sabe que está casado, que ama a su mujer, que tiene dos hijos. Ella lo ama, simplemente, y él la ama a ella. No piensa dejar a su esposa -es demasiado feliz con ella y con los niños- pero no desaprovecha la primera oportunidad que tiene para volver a los brazos de Emilie.
El idílico cuadro vital de Francois no parece haber cambiado mucho. Era feliz con su mujer, sigue siendo feliz con su mujer y con Emilie. Ni siquiere se siente distinto, diferente: "Soy más yo que te conocí", le dice exultante Francois a Emilie en un momento de franqueza. Y vuelvo a la pregunta: ¿puede haber más felicidad que ésta?
Llegado el momento, la respuesta será, finalmente negativa. Francois, que tiene el grave defecto de no saber ni querer mentir, le confiesa su affaire a Thérèse. Le dice toda la verdad en un escenario similar al de la escena inicial, en la campiña francesa: Emilie es parte de su vida, de su felicidad. No quiere hacer ningún daño a nadie: sucedió lo que sucedió sin que nadie planeara nada. Thérèse, bendita ella, parece tomarlo de la mejor manera. Si Francois quiere mantener esa aventura, ese amor por Emilie, ella no tiene más remedio que aceptarlo. No será ella quien se interponga en la felicidad de Francois.
Pero lo que sucede a continuación es el fin de la felicidad. Como si Francois hubiera traspasado todos los límites: tanta felicidad no puede ser posible. Sin embargo, después de la tragedia, la vida continuará: la naturaleza y sus colores siguen ahí, los niños siguen creciendo y Mozart sigue escuchándose en la banda sonora. En el desenlace, el cuadro familiar ha cambiado un poco, pero la felicidad se ha asentado de nuevo.
La trama escrita por la propia cineasta desconcierta si se le ve desde el atalaya de los -ismos (en este caso, del feminismo): alejada de cualquier facilón discurso ideológico, lo que nos muestra Varda es poco más que un círculo vital que se cumple de manera ineluctable, acaso cruel. La vida florece en la pantalla: las transiciones entre secuencia y secuencia están marcadas por súbitos fotogramas bañados en intensos colores (rojo, azul, verde, amarillo) y la puesta en imágenes misma, de los fotógrafos Claude Beausoleil y Jean Rabier, dificilmente podía ser más alegre: Vamos, a ratos, parece como si estuviéramos en un musical del marido de Varda, Jacque Demy (de hecho, Rabier había sido el cinefotógrafo de Los Paraguas de Cherburgo/Demy/1964).
La vida de los Chevalier, pues, era perfecta, como ellos y sus hijos, como la naturaleza que los rodea, como la música de Mozart que los acompaña en la banda sonora... Y, sin embargo, nada más elusivo que la felicidad. ¿Alguien se siente capaz de juzgar a estos personajes? Yo no puedo. Y creo que, además, no debo.

lunes, 29 de marzo de 2010

Mi Amor en Llamas


¿El cine de Kenji Mizoguchi (1898-1956) es el más feminista en la historia fílmica de Japón? Para ser francos, no tengo el conocimiento suficiente para defender esta afirmación. En todo caso, la obra de Mizoguchi sí es -por lo menos en lo que se refiere a los grandes maestros japoneses del siglo pasado- la que más se interesa en la mujer. No estoy muy seguro que a Mizoguchi se le puede colgar la etiqueta de feminista -su obra es tan contradictoria como su propia vida pública y privada- pero es innegable que sus mejores filmes están construidos alrededor de una o varias mujeres.
Mi Amor en Llamas (Waga koi wa moenu, Japón, 1949), es considerada una obra menor en la vasta filmografía de Mizoguchi y, en efecto, si se le juzga con respecto a, digamos, Ugetsu Monogatari (1953), no hay duda que la película no resiste tal comparación. Sin embargo, en lo que se refiere al contexto político en el que fue realizada la cinta y a su propio discurso ideológico, la opus número 74 de Mizoguchi ofrece muchas oportunidades para la reflexión. Sí, pues, se trata de una obra menor, pero no exenta de interés.
Realizada en la postguerra, bajo la ocupación de las fuerzas estadounidenses -que supervisaban con rigor las películas que producía la industria nipona-, Mi Amor en Llamas es un gendai-geki (es decir, un melodrama ubicado en un espacio temporal reciente o incluso contemporáneo) que narra la vida de Eiko Hirayama (la diva de Mizoguchu, Kinuyo Tanaka) , una voluntariosa mujer que, a fines del siglo XIX, decide salir de su pueblo natal, Okayama, para irse a vivir a Tokio, siguiendo los pasos de su supuesto novio liberal Hayase (Eitarô Ozawa). Y digo "supuesto", porque más temprano que tarde Hayase enseñará el cobre: es muy fácil autonombrarse liberal, feminista y hasta luchar por los derechos de las mujeres en abstracto, pero es más complicado cuando una mujer específica quiere ejercer esos derechos aquí y ahora, en concreto. A lo largo de la cinta, todos los hombres con los que se encuentre Eiko la desilusionarán: incluso el reformista liberal Omoi (Ichirô Sugai), tan adelantado a su tiempo, tan presto a protestar por lo que sea, tan crístico en su sacrificio por implantar el liberalismo en las autoritarias y feudales tierras niponas, demostrará a su debido tiempo que en su utopía modernizadora no caben las mujeres. O que sí caben, pero sólo en el discurso.
Realizada a través de las largas y fluidas tomas que son el signo de distinción de Mizoguchi, Mi Amor en Llamas es un elemental pero sinceramente indignado melodrama feminista que coloca en el banquillo de los acusados a nosotros, los cochinos hombres hipócritas, que hablamos maravillas de la mujer en general pero estamos dispuestos a tratar con la punta del pie a la mujer en particular que nos ha tocado, sea hija, mujer o amante.
El filme tiene más interés aún si se recuerda la biografía personal de Mizoguchi, que vivió incontables escándalos por su tormentosa y trágica relación con todas las mujeres que le rodearon: su hermana mayor fue vendida como geisha, una de sus amantes lo quiso apuñalar, su esposa enloqueció, se casó después con su cuñada, su amor por la actriz Tanaka fue la comidilla durante años...
Pareciera que, más allá de quedar bien con las fuerzas de ocupación -pues Mi Amor en Llamas era el tipo de cine que los estadounidenses privilegiaban-, esta película resulta una especie de expiación personal en clave por parte de Mizoguchi. Así pues, cuando Eiko decide dejar de vivir a la sombra de un hombre-bueno-pa'-nada y regresar a su pueblo para empezar a cambiar a Japón desde cero, desde las aulas, desde el trabajo, desde la militancia, Mizoguchi parece decir: "sólo cuando se liberen de hombres como yo, las mujeres serán realmente libres".

domingo, 28 de marzo de 2010

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CXX


Lol@ (LOL-Laughing Out Loud, Francia, 2009), de Lisa Azuelos. Una intrascendente pero entretenida comedia juvenil en la que la quinceañera Lola del título (Christa Theret) tendrá que enfrentar -es un decir- los complicados problemas -otro decir- que tiene: que si su relación con su potable mamacita (Sophie Marceau), que si rompe con su novio, que si consigue otro que además es rockero, que si se lleva mal con alguna compañera de la prepa... La dirección de Azuelos es fluida y el reparto ayuda bastante a que el tiempo pase volando. Mi reseña en REFORMA.

El Caza Recompensas (The Bounty Hunter, EU, 2010), de Andy Tennant. Ya tiene competencia el resto del cine que veré en el 2010. He aquí, muy probablemente, el peor filme del año. Se trata de una anodina y misógina remarriage comedy que no tiene un solo gag que funcione. Jennifer Aniston se ve bien en falda entallada, lo acepto, pero ¿quién le dijo a Gerard Butler que puede hacer comedia romántica? El tipo tiene la misma gracia que 300 (Snyder, 2006) ladrillos. Mi reseña en REFORMA.

Cómo Entrenar a Tu Dragón (How to Train your Dragon, EU, 2010), de Dean DeBlois y Chris Sanders. Una muy satisfactoria cinta animada infantil de Dreamworks. Aunque le falta una buena dosis de humor, la historia acerca de un joven vikingo que decepciona a su guerrero padre porque no sirve para cazar dragones, tiene un regusto de cuento clásico de crecimiento juvenil. El trabajo de animación es bastante bueno y por vez primera desde Coraline y la Puerta Secreta (Selick, 2009) no me quejo por haber pagado el sobrepecio del 3-D. Supongo que tendré que volver a la película en los próximos días.

sábado, 27 de marzo de 2010

Los Niños


Aunque apenas queda en unas cuantas salas defeñas, aún es tiempo de revisar el vigoroso filme de horror Los Niños (The Children, GB-Islas Caimán, 2008), segundo largometraje del ascendente especialista británico Tom Shankland, de quien escribimos por aquí sobre su notable opera prima WAZ: El Amor No Muere... Mata (2007).
Sobre un relato de Paul Andrew Williams adaptado por el propio cineasta, Los Niños abreva de la no tan escasa tradición de los niños maléficos que atacan a sus sorprendidos y abnegados papases. El asunto aquí es que los escuincles de esta cinta no son malos de nación (como en La Mala Semilla/LeRoy/1956) o porque sean hijos, literalmente, de Satanás (La Profecía/Donner/1976, con sus secuelas y remakes), sino porque una infección los convierte en una suerte de pequeños zombies asesinos, como la niña que, hacia el desenlace de La Noche de los Muertos Vivientes (Romero, 1968), está almorzando las tripas de sus progenitores.
El planteamiento argumental es muy sencillo pero efectivo: la pareja matrimonial de Elaine (Eva Birthistle) y Jonah (Stephen Campbell Moore) viajan con sus tres hijos a la idílica casa del bosque propiedad de Chloe (Rachel Shelley) y su marido Robbie (Jeremy Sheffield). Elaine y Chloe son hermanas y, aunque es obvio que sus lazos fraternales son sólidos, no faltan las tensiones típicas de cualquier familia más o menos común: la alcohólica mamá de ambas permanece alejada de la familia, hay ciertos resquemores entre las dos hermanas por roces que han tenido en el pasado, el relajado Robbie es visiblemente mejor proveedor que el el estirado Jonah, la hija mayor de Elaine, la potable adolescente Casey (Hannah Tointon), es producto de un anterior matrimonio, así que la relación de ella con su nuevo papá Jonah no ha sido completamente resuelta... A todo esto hay que agregar que los primitos -los tres hijos de Elaine/Jonah y los dos de Chloe/Robbie- tienen también sus pleitos infantiles típicos, sus desconfianzas, sus diferencias. En realidad, nada del otro mundo, así que la reunión familiar para celebrar la llegada del Año Nuevo no puede ser más típica... hasta que el horror inicia para los adultos: piernas quebradas, destripamientos, perforaciones de cráneos, mutilaciones de ojos... Y cuando es evidente que los niños se han transformado en mini-zombies asesinos, el dilema central de la cinta: ¿qué padre mataría a su propio hijito para salvar su vida?
Como ya lo había demostrado en WAZ..., Shankland no tiene empacho en montar algunas buenas escenas de horror gore -como la que tiene que ver con el terrible "accidente" de Robbie- pero también es un cineasta con recursos que van más allá del mero shocking, como puede constatarse en una espléndida secuencia de narración paralela en la que Elaine es acosada por su propio hijito Paulie mientras Chloe descubre cómo han "adornado" el estómago de Robbie.
Es una pena el ninguneo que ha sufrido Shankland, pues su cine no ha salido de los festivales especializados de horror y fantasía y porque en el gran mercado estadounidense Los Niños se distribuyó sólo en DVD. Disco que, por cierto, se encuentra en amazon, aquí a la derecha (bara-bara-bara).

miércoles, 24 de marzo de 2010

Pídala Cantando/XIV


Un lector habitual de este blog, que se dice anonadado por Gattaca, me pidió si no tenía algo escrito sobre ella. Busqué en mis archivos y me encontré este texto publicado en el momento del estreno. ¿Pienso exactamente lo mismo sobre la película? No lo sé. Tendría que volverla a verla de nuevo. Leyendo esta reseña de hace más de una década, tengo la sensación que fui algo duro con ella.


En un "futuro no muy distante", los seres humanos se reproducirán in vitro, eligiendo el mejor espermatozoide y el mejor óvulo para diseñar genéticamente el hijo que se quiera: con 1.80 de estatura, de ojos verdes, fuerte, sin problemas cardiacos, con una inteligencia superior, sin inclinación al alcoholismo, etcétera. Vincent (Ethan Hawke, adecuadamente frío en su interpretación) ha sido concebido a la antigüita -es "un hijo de Dios"- y, por lo tanto, ha salido defectuoso: de estatura mediana, frágil, con problemas cardiacos. Por lo tanto, su destino está marcado genéticamente: es un "in-válido" que, cuando mucho, logrará trabajar como afanador en una suerte de NASA futurista, Gattaca Corp., encargada de lanzar al espacio media docena de expediciones diarias. Como Vincent sueña con convertirse en astronauta y su condición de in-válido se lo impide, intercambia personalidad genética con el "válido" Jerome (Jude Law sombrío), un ejemplar diríase perfecto si no fuera porque ha quedado parapléjico debido a un accidente automovilístico. Con la ayuda de la sangre, la orina y los desechos de la piel de Jerome, Vincent logra entrar a Gattaca como programador y tal es su desempeño que ha sido elegido para viajar, por fin, al espacio. Sin embargo, el asesinato de un ejecutivo de la compañía, y el metódico trabajo de un viejo detective (un magnífico Alan Arkin) y su joven jefe (Loren Dean) pondrán en peligro la sustitución de Jerome por Vincent, pues una pestaña de éste lo pondrá en evidencia como un "in-válido" infiltrado entre la élite.

Se trata de Gattaca, Experimento Genético (Gattaca, EU, 1997), el inteligente primer largometraje del realizador neozelandés Andrew M. Niccol, autor también del guión original de esta filme de ciencia ficción que, para sorpresa de quien esto escribe, NO TRATA -por fortuna- sobre la invasión extraterrestre de nuestro planeta, moda si la habido de lo años 90 en las cintas futuristas (El Dia de la Independencia, Hombres de Negro, Marcianos al Ataque, Invasion et al).

Esta primera película de Niccol tiene varios problemas, atribuidos a un guión mal aterrizado en algunas de sus subtramas. De ah¡ la franca inutilidad de la historia de amor entre Vincent e Irene (Uma Thurman), una despampanante programadora de Gattaca; el desafortunado e injustificado giro final de la historia cuando se descubre la identidad del hermano de Vincent; o la aparición de personajes secundarios que no agregan nada a no ser que sirvan de pretexto para la reaparición del legendario Ernest Borgnine, una de las grandes figuras viriles del cine americanos de los 60/70. También es de hacerse notar la total ausencia de química entre Hawke y Thurman en el filme, algo curioso si se recuerda que son pareja en la vida real.

Con todo, Gattaca guarda varios atractivos para el aficionado al cine de ciencia ficción: es una película interesante y con ideas -condición ineludible para cualquier buen filme fantástico que se precie de serlo-, es una película adulta -es decir, trata un tema inquietante y polémico como la manipulación genética en un futuro que no se antoja demasiado alejado- y tiene a su favor un capcioso diseño futurista, o más bien retrofuturista -nominación al Óscar en su dirección de arte-, pues en este mundo de Gattaca podemos encontrar autos que parecen provenir de los 60, edificios amplios y fríos extraídos de una fantasía paranoica a lo George Orwell y una impresionante tecnología médico/genética que nos ubica con suficiente verosimilitud en un extraño y sombrío futuro en donde tener un hijo se ha convertido en una operación tan trascendente como pedir una Big Mac a nuestro gusto.

domingo, 21 de marzo de 2010

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CXIX


Volvemos a la "normalidad" de lacartelera comercial, como sigue:

Viene por Ti (Coming Soon, Tailandia, 2008), de Sopon Sukdapisit. Una palomera versión de La Rosa Púrpura del Cairo (Allen, 1985) en tono fantasmal/gore. La división entre el mundo real y el mundo del cine ha sido borrado, así que cierto fantasma vengador fílmico sale de la pantalla para hacer de las suyas y se lleva a sus terrenos a otros más. Una de sus primeras víctimas es un "pidata" que tiene la mala idea de grabar con una camarita de vídeo la película del fantasma vengador que todavía no se estrena. Ora sí que díganle no a la piratería porque les sale el coco. Mi reseña en REFORMA.

Un Sueño Posible (The Blind Side, EU, 2010), de John Lee Hancock. Preciosa (Daniels, 2009) en masculino, más ligerita y con la buena presencia de la ganadora del Oscar Sandra Bullock. La película se deja ver, pero no deja de ser una edificante cinta de Hallmark sobreproducida. Y, vamos, si le querían dar el Oscar a la señora Bullock, se lo hubieron podido dar por alguna película mejor y por alguna actuación un poquito más arriesgada. En fin. Mi reseña en REFORMA.

Sólo los Niños Van al Cielo (Ricky, Francia-Italia, 2009), de François Ozon. No hay mayor temor que tener un hijo distinto, un retoño diferente, alguien que no esperabas que fuera así. Este melodrama familiar-fantástico de Ozon trata precisamente de eso mismo: a el seno de una familia nuclear recién formada, llega un "angelito" que hará cambiar todo a su alrededor. Creo que la cinta de Ozon merece que escriba de ella in extenso y eso espero hacerlo en los próximos días aquí mismo en el blog.

viernes, 19 de marzo de 2010

Guadalajara 2010/Ganadores



-->Nomás esperaron que yo saliera de Guadalajara para anunciar a los ganadores, enlistados aquí abajito. Como vi muy poco de cine iberoamericano, confío en el jurado y no haré ningún comentario. En los demás casos, sí tengo algo de decir y está en letras amarillas: SECCIÓN IBEROAMERICANA
Mejor Película en Largometraje Iberoamericano de Ficción: Retratos en un Mar de Mentiras, de Carlos Gaviria.
Mejor Ópera Prima en Largometraje Iberoamericano de Ficción: La Yuma, de Florenve Jaugey.
Mejor Director en Largometraje Iberoamericano de Ficción: Sebastián Cordero por Rabia.
Mejor Actor en Largometraje Iberoamericano de Ficción: Gustavo Sánchez Parra por Rabia y Pascual Loayza por Zona Sur.
Mejor Actriz en Largometraje Iberoamericano de Ficción: Paola Baldión por Retratos en un Mar de Mentiras y Alma Blanco por La Yuma.
Mejor Largometraje Documental Iberoamericano: Entre a Luz e a Sombra
SECCIÓN MEXICANA
Mejor Largometraje Mexicano de Ficción: Perpétuum Mobile, de Nicolás Pereda. (Yo hubiera preferido De la Infancia, pero aplaudo que no hayan premiado la película de Ignacio Ortiz o de María Novaro).
Mejor Director en Largometraje Mexicano de Ficción: Carlos Carrera por De la Infancia.
Mejor Ópera Prima Mexicana: Cefalópodo de Rubén Imaz. (El problema es que la floja Cefalópodo no es la la opera prima de Imaz, quien dirigió antes la mucho mejor Familia Tortuga/2006, reseñada por un servidor en REFORMA).
Mejor Actor en Largometraje Mexicano de Ficción: Damián Alcázar por De la Infancia y Unax Ugalde por Cefalópodo.
Mejor Actriz en Largometraje Mexicano de Ficción: Úrsula Pruneda por Las Buenas Hierbas.
Mejor Guión: a María Novaro por Las Buenas Hierbas. (¿Guat?)
Mejor Fotografía: Gerardo Barroso por Las Buenas Hierbas
Mejor Largometraje Documental Mexicano: Presunto Culpable

Menciones especiales de Largometraje Documental: Perdida y Havanayork
Premio Rigoberto Mora a Mejor Cortometraje de Animación: Luna de Raúl y Rafael Cárdenas. (Ok, hubiera preferido otro cortometraje, pero acepto que Luna tiene una factura impecable).

CORTOMETRAJES

Mejor Cortometraje Iberoamericano: Alijuna
Mejor Cortometraje Mexicano: Si Maneja de Noche, Procure Ir Acompañado. (El único de los cortometrajes mexicanos que no vi).

OTROS PREMIOS

Premio del Público: Las Buenas Hierbas. (Lo sospeché desde un principio y así lo escribí).


Premio Guerrero de la Crítica: De la Infancia (Hombre, hasta que ganó algo por lo que voté).

Guadalajara 2010/Día siete


Último día del festival, con los ganadores a punto de develarse y la inminente renuncia del director del Festival, Jorge Sánchez, según afirma Mural hoy en primera plana. Mi última jornada, en todo caso, fue la mejor y como sigue:

Érase una Vez en Durango (México, 2010), de Juan Antonio de la Riva, se exhibió fuera de concurso, pero es claro que no se debió a su calidad sino a que, seguramente, no estuvo lista a tiempo. De hecho, la película fue presentada en exhibición digital, aunque fue filmada en los canónicos 35 mm.

De la Riva vuelve al Durango de sus amores y de su mejor cine, para contar la nostálgica historia cinefílica del encuentro de un niño obsesionado por las películas " de caballitos" y de un viejo stunt-man (Jorge Luke, muy en su papel) convertido ahora en velador del "Pueblo del Oeste", el famoso estudio de cine construido en Durango en el que se filmaron decenas de westerns mexicanos y hollywoodenses. Una película amable, sencilla, bien fotografiada por Arturo de la Rosa. Seguramente volveremos a ella cuando se estrene comercialmente.

Cuchillo de Palo (España, 2010), de Renate Costa, es otro documental que nos muestra a una joven cineasta hurgando en la vida familiar, como en los documentales mexicanos Un Día Menos (Ludlow, 2009) y Perdida (García Besné, 2010). Costa se da a la tarea de saber más de su tío Rodolfo, muerto hace diez años aparentemente del corazón o, acaso, "de tristeza", " de soledad". El tío Rodolfo llevaba una doble vida: frente a su familia de herreros, era Rodolfo Costa; en la noche, con sus amigos, era Héctor Torres, un homosexual asumido pero discreto. La sobrina Renate habla con amigos, vecinos, travestis y miembros de la comunidad gay que conocieron a Rodolfo, al mismo tiempo que confronta a su conservador y religioso papá que protegía/rechazaba a su hermano, "el enfermo". Al final de cuentas, el tío muerto y el papá vivo son los personajes centrales de este entrañable filme documental sobre la homosexualidad en el Paraguay de Stroessner.

La Rebelión de las Batas Blancas (México-Venezuela, 2009) es otra exploración del pasado, pero desde una perspectiva histórica-sociológica. El realizador Alejandro Albert nos muestra el nacimiento, desarrollo y fin del movimiento médico de 1964/1965, la primera rebelión profesionista/urbana/clasemediera del México postrevolucionario, que sería el antecedente directo del movimiento estudiantil de 1968. Albert echa mano de historiadores, sociólogos y de los propios doctores protagonistas de los acontecimientos, en un sólido filme que, por su duración de apenas una hora, debería ser exhibido en la televisión cultural mexicana.

Finalmente, vi el otro plato fuerte del Festival, la única película que podría quitarle el Mayahuel a Mejor Documental a Perdida. Me refiero, por supuesto, a Presunto Culpable (México, 2009), de Roberto Hernández y Geoffrey Smith, ganadora en Morelia 2009.

Sin duda, el filme no tiene la complejidad narrativa ni la riqueza visual de Perdida, pero es evidente que su tema es mucho más pertinente para el México de hoy y de siempre. Hernandez y Smith filman de principio a fin el segundo juicio en contra de Toño Zúñiga, un joven comerciante de Iztapalapa y rapero de vocación, que es acusado de un asesinato y condenado a 20 años de prisión. El matrimonio de abogados formado por el codirector Roberto Hernández y Layda Negrete logran que el primer juicio condenatorio de Zúñiga se declare inválido -resultó que el abogado defensor era "pidata"- y también logran el permiso para grabar la reposición de todo el juicio, de principio a fin, además de entrar al Reclusorio Oriente en donde se encuentra Zúñiga para ver cómo (sobre)vive allá adentro.

La cinta apabulla no por los datos o estadísticas que nos entrega (93% de los detenidos nunca ve un juez, 93% de los detenidos nunca vieron una orden de aprehensión, 92% de las condenas se logran sin que haya evidencia física de por medio, etcétera) sino porque nos muestra, de manera simple, directa, funcional, cómo se realiza un juicio penal en nuestro país. Llega un momento que el filme resulta genuinamente desesperante: uno quisiera poder entrar a la pantalla y sacudir al juez, a la representante del Ministerio Público (-"Quiero que me explique por qué me está acusando", -"Porque es mi chamba"), a los judiciales abusivos, al testigo evidentemente mentiroso... Volveremos a ella cuando se estrene comercialmente porque sé que va a tener corrida comercial este mismo año.

Norteado (México-España, 2009), de Rigoberto Pérezcano, que ha tenido su corrida festivalera exitosa (ganó en San Sebastián y Tesalónica, entre otros sitios), regresa a México y participa en Guadalajara 2010 pero fuera de concurso. La cinta empieza en menos, continúa en más y termina en mucho más: Andrés (Harold Torres), un joven oaxaqueño, llega a Tijuana con la idea de cruzar al otro lado y llegar a Carolina, en donde están unos compadres. Mientras que cruza y no cruza, trabaja para Ella (Alicia Laguna), la dueña de un tendajón, cuyo marido cruzó hace tiempo a Canadá para nunca más volver. Ahí, en la tiendita, trabaja también la silenciosa Cata (Sonia Couoh), cuyo marido, para variar, se perdió en algún lugar de Atlanta y ya no volvió a comunicarse. La aparición de este acomedido muchacho cambiará la cotidianidad de este par de mujeres, que son visitadas por el maduro Ascencio (Luis Cárdenas), acaso pretendiente de la todavía guapa Ella.

Pérezcano se nos descubre como un muy competente cineasta: no sólo es un excelente director de actores sino que es un experto en el manejo de ellos dentro del encuadre y del uso de la música en la banda sonora (de Debussy a Julio Preciado, nada menos). Hay frescura, interés, empatía y nada de truculencias ni sensacionalismos baratos. De seguro tendrá corrida comercial en los próximos meses.

Me quedaron varias cintas pendientes por reseñar (Lebanon y Politist, Adjectiv, entre otras), pero creo que esas merecen espacio aparte, acaso bajo la entrada "El Cine que No Vimos" porque, a menos que aparezcan en el Foro o en la Muestra de la Cineteca, es seguro que no tendrá corrida comercial en esta país, alejado de la mano del Señor del Buen Cine.

jueves, 18 de marzo de 2010

Guadalajara 2010/Día seis


Hasta el momento -porque me queda una última jornada completa- la mejor película mexicana que he visto se llama Perdida (México-España, 2010) y está en competencia en la sección documental mexicana. Se trata de la opera prima de la montajista vuelta cineasta Viviana García Besné, quien funge como la narradora en off de su propio filme.

Al inicio, la señorita García Besné dice que cuando recién empezó a involucrarse en el mundo del cine, le daba verguenza decir que provenía de la familia Calderón. Despreocúpese: García Besné no es pariente de nuestro nefasto Calderón del presente, sino bisnieta de José Calderón, el patriarca de la familia cinematográfica fundada por él y por su hermano Rafael, y continuada posteriormente por Memo, Rafael y Pedro "Perico" Calderón, los de Azteca Films, Producciones Calderón y Cinematográfica Calderón, compañías que tuvieron en su haber la censurada -por el desnudo de Lupe Vélez- La Zandunga (De Fuentes, 1938), el "descubrimiento" de la gran Ninón Sevilla -y la producción de Aventurera (1950) y Sensualidad (1951), entre otras cintas de cabareteras-, además del famoso ciclo de filmes de "desnudos estéticos y estáticos" de los años cincuentas, las primeras películas rocanroleras mexicanas, varias cintas de El Santo y hasta la moda de las ficheras, pues Don Memo Calderón, tío abuelo de García Besné, fue el productor de Bellas de Noche (Delgado, 1975).

De alguna manera, Perdida (sobre la inolvidable canción de Chucho Navarro), es la orgullosa apropiación que hace la cineasta debutante García Besné de la tradición y la historia de su bisabuelos, sus tíos abuelos, su "apestado" abuelo Jorge García Besné -productor él mismo de las cintas de El Santo y de los chili-western de "Los Villalobos"- y de las leyendas que rodean a su familia y que ella misma trata de develar en este fascinante filme de dos horas de duración nunca agotadoras, para nada cansadas.

García Besné viaja hasta Ciudad Juárez, donde se originó el emporio Calderón, pues su bisabuelo José y su hermano Rafael, fueron los primeros mexicanos en hacerse de un cine, el Alcázar, gracias a que los americanos huyeron de la ciudad, asolada por Pancho Villa. Como los Calderón tenían una fluida relación con el Centauro del Norte -y porque ellos mismos tenían un genuino interés populista/populachero: dejaban entrar gratis a los tarahuamaras al cine, fueron los primeros en El Paso en hacer funciones especiales para la comunidad negra-, su negocio empezó a florecer. Con el paso del tiempo, llegarían a tener 3o salas de cine en Chihuahua y 6 en El Paso, además de iniciar en el negocio de la distribución, a través de Azteca Films, que luego se convertirían en estudios cinematográficos. Llegado el momento, los Calderón sería la única familia involucrada, en todo el siglo XX, en todos los aspectos de la industria fílmica nacional: exhibición, distribución y producción de cine.

García Besné tiene información de más pero nunca nos abruma con ella. Experta editora ella misma, la cineasta alterna entrevistas con sus propios tíos abuelos y su abuela Maté, además de historiadores, gente de la industria y diversas estrellas de sus películas (Joaquín Cordero, Ana Luisa Peluffo, Sasha Montenegro, Rafael Inclán, Lyn May, Aldo Monti et al), con imágenes de los innumerables filmes de los hermanos Calderón, cartas inéditas que ella misma descubrió en su investigaciones, fotos y películas familiares que cubren prácticamente todo el cine del siglo pasado... A través de esta investigación, García Besné descubre quién es su familia, de dónde viene ella y cuáles son esos secretos que nadie le quiso contar pero que ella, tozudamente, va develando: el amor entre su abuela Maté y Ricardo Montalbán, el matrimonio fallido de Maté con el abogado y luego productor Jorge García Besné, los pleitos entre los tres hermanos Calderón por cuestiones de negocios, la enfermedad mental de "Perico" y su relación amorosa con Ninón Sevilla...

Para los Calderón, el cine era su vida pero también era un negocio: en algún momento, acaso el mejor de todo el filme, el tío abuelo de la cineasta, el lúcido Memo Calderón, cuenta cómo perdió todo su dinero en los años 50, después de varios fracasos comerciales. Llegado el momento, no tuvo lana para enterrar dignamente a su hijo, un bebé que el mismo señor Calderón tuvo que ir a enterrar con sus propias manos. La suerte cambiaría cuando se le ocurrió desnudar por vez primera, de la cintura para arriba, a Ana Luis Peluffo en La Fuerza del Deseo (Delgado, 1955). A partir de ahí, el negocio volvería a florecer, luego volverían más crisis y volvería a renacer con el vilipendidado ciclo de "las ficheras".

Lo cierto es que al contar estas altas y bajas económicas y creativas de Don Memo Calderón, la cineasta-narradora subraya un hecho incontrovertible: su familia hizo el cine que hizo -bueno, malo, regular, peor- pero lo hizo con su dinero. Los Calderón no arriesgaron dinero de nadie más que de ellos mismos: no les interesaba la crítica sino el público. Hacían cine para que la gente fuera a verlo. En algún momento, Don Memo se apasiona y con razón: él no pidió becas ni apoyos ni nada. Si hacía películas que ganaban dinero, qué bien; si hacía películas que perdieran lana, qué mal. Pero ese cine no era pagado con nuestros impuestos. El reproche apenas está embozado: de todo lo que he visto en competencia, en cuanto a cine de ficción se refiere, ¿cuál de ese tiene viabilidad económica?

Una ultima ironía imposible de soslayar: vemos en imágenes de archivo a Luis Echeverría, en Los Pinos, correr destempladamente y en público a todos los productores del viejo cine mexicano porque hacían cintas de sexo, violencia y leperadas. De ahora en adelante, les dijo, el Estado hará cine para educar a las masas. Curiosamente, poco antes de ese celebérrimo discurso, Rodolfo Echeverría, hermano del Presidente y director del Banco Cinematográfico, había ayudado a Memo Calderón para el financiamiento de Bellas de Noche.

Perdida es la más seria competidora para ganar el Mayahuel a Mejor Documental mexicano. Sería, de hecho, un detallazo: premiar los recuerdos y las memorias de unos productores de cine mexicano populachero que nunca les dio por transmitir profundeces como las que he padecido en la sección competitiva mexicana de ficción. Y si al inicio García Besné afirmaba que siempre le dio pena que sus tíos estuvieran involucradas con cintas de desnudos, de luchadores, de albures y demás, es obvio que, al final de cuentas, no puede estar más orgullosos de ellos. Y hace bien.

Rabia (México-España-Colombia, 2009), de Sebastián Cordero, es una de las favoritas en la sección de ficción iberoamericana y es fácil explicar por qué. Aunque tiene un par de problemas en el guión -sobra por lo menos un personaje, hay algunas escenas más bien inútiles- y el desenlace es un tanto cuanto anticlimático, la verdad es que la actuación de Gustavo Sánchez Parra es hipnótica y la realización misma de Cordero es impecable. Como la película se estrenará comercialmente, espero escribir in extenso en unos cuantos meses más.

Mother and Child (EU-España, 2009), de Rodrigo García, fue presentada fuera de concurso en la sección de galas. El oficio de García está fuera de toda duda: su manejo de los actores es intachable y la cámara en interiores de Xabier Pérez Grobet, centrada en los rostros de los intérpretes y en los escenarios cotidianos en los que viven atrapados, no tiene desperdicio. La trama no es más que un melodrama de vidas femeninas cruzadas, pero está hecho con tal calidad que es obvio que su largo aprendizaje en HBO (García ha dirigido episodios de Carnivale, Los Sopranos, Six Feet Under, Big Love, In Treatment...) le ha dado buenos frutos.

Finalmente vi la que debe ser -si algo raro no sucede- la ganadora del Mayahuel a Mejor Película en la sección mexicana de ficción. Me refiero a De la Infancia (México, 2009), el más reciente largometraje del joven veterano Carlos Carrera. Sobre una novela de Mario González Suárez que no he leído pero que ya ando buscando, he aquí la historia de tres hermanitos educados -es un decir- a punta de patadas, sopapos y groserías por parte de su delincuente papacito, un impecable Damián Alcázar -seguro ganador de Mayahuel a Mejor Actor. Los niños -qué buena mano tiene con los chamacos Carrera- tienen un curioso protector: un fantasma que ronda por la bodega en la que viven y que nadie parece ver más que ellos. Hay algunos elementos que no me convencieron del todo, pero Carrera es un cineasta de oficio al que no se le cae nunca la película. Ya escribiremos de ella cuando se estrene comercialmente, este mismo año.

No va a correr con esa misma suerte La Pequeña Semilla en el Asfalto (México, 2009), documental de Pedro Daniel López López. La cinta tiene su encanto y el mérito de provenir del mismo mundo indígena: es decir, el filme -que sigue el edificante camino de cuatro indígenas chiapanecos que salen de su comunidad para convertirse en pintores, fotógrafos, ambientalistas- es realizado en Chiapas dentro de la Escuela de Cine y Video Indígena fundado por el propio cineasta López López. Nada malo hay que escribir de esta película; pero, por desgracia, nada extraordinariamente bueno tampoco.

Otro documental mexicano en competencia, En los Pasos de Abraham (México, 2009), de Daniel Godlberg, tiene la gracia, por lo menos, de mostrarnos un mundo completamente desconocido: la de los mexicanos conversos al judaísmo. Sucede que desde hace algunos años, varias familias de Veracruz han pasado del catolicismo o de alguna otra forma de cristianismo, a abrazar la religión de Abraham y Moisés. La cinta de Goldberg alterna la mirada hacia los mexicanos conversos judaízados que viven en Tifrah, Israel, y las familias de ellos que viven en Veracruz o la de algún otro frustrado mexicano que no ha podido todavía hacer la conversión al judaísmo.

La cinta nunca deja de ser interesante, aunque me queda la sensación de que faltó explorar más en la vida de estos personajes: ¿quiénes son?, ¿por qué la conversión?, ¿por qué sólo gente evidentemente pobre? Y a todo esto, ¿qué piensas de estos conversos los judíos-mexicanos de nacimiento?

Lo peor de todo que vi en esta jornada fue, por fortuna, lo más breve: un cortito de 10 minutos llamado Corazón de Perro (México, 2009), de Ismael Nava Alejos. Se trata de ooootro ejercicio de estilo tarantinesco cuyo único merito es que nos da la oportunidad de disfrutar de la belleza despampanante de Elizabeth Cervantes, quien en todo momento empuña un chico pistolón. Ora sí que dispara cuando quieras, mi reina.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Guadalajara 2010/Día cinco


Mi día inició con Alitas (México-GB, 2009), cortometraje de 12 minutos de Gabriela Palacios, un modesto filme sobre la relación fraternal de dos hermanitas que viven al lado de su abuela, en algún pueblito mexicano. La niña menor está obsesionada por comprarse unas alitas de ángel y cuando no puede hacerlo, buscará la manera de hacerse de unas. Un ejercicio simpático y nada más.

Somos lo que Hay (México, 2010), de Jorge Michel Grau, recibió algunas de las reacciones más apasionadamente negativas que he visto en el Festival por parte de varios de mis colegas. A mí, la verdad, no me molestó tanto, aunque no dejé de ver la cantidad de problemas que tiene la ganadora del concurso de operas primas del IMCINE y el CCC.

Escrita por el propio cineasta debutante, la película inicia como una versión mexicana de Six Feet Under (el padre muere, la madre se vuelve histérica, los dos hijos y la hija tienen que seguir con la tradición familiar, uno de los muchachos es gay) pero luego se convierte en un viaje gore por El Castillo de la Pureza (Rispstein, 1973), con todo y el incesto incluido. El McGuffin de la trama es que la familia antes descrita es de caníbales y que cazan a quien se deje (niños de la calle, prostitutas, gays) para hacer con ellos un rito que tiene que ver con comérselos literalmente a mordidas. El tono de la película nunca llega a establecerse con claridad, pero las escenas finales de violencia y gore desatados son ejecutadas con un vigor que no son comunes en el cine nacional. Grau sugiere la violencia a través de un competente manejo del encuadre pero también se atreve a mostrar de qué manera le arranca un personaje a otro la nariz a mordidas, hay incisiones de los cuerpos ensangrentados en primer plano y muertitos al por mayor en el desaforado desenlace. En algún momento, la cinta me dio asquito lo que, de alguna manera, quiere decir que funciona.

Lo malo es que la película tiene, también, varios errores de continuidad, los actores son más bien irregulares y la música subraya demasiado lo que vemos en pantalla. De cualquier forma, si Grau se disciplina, puede ser que en su futuro se encuentre una decente película de zombies caníbales.

Muñecas (México, 2010), trabajo de tesis del egresado del CCC, Miguel Salgado, es un corto de 25 minutos de duración que trata el dificil tema del abuso sexual infantil en el seno de la propia familia nuclear aparentemente idílica. Salgado dirige con seguridad y la niña protagonista, Meraqui Rodríguez, es todo un descubrimiento. El desenlace es, creo yo, un tanto cuanto anticlimático pero de todas formas se trata de un sólido ejercicio escolar que merece atención.

En contraste, El Mar Muerto (México, 2010), de Ignacio Ortiz, merece otra cosa que no anotaré aquí porque luego me regaña Paxton por mis exabruptos. En cierta noche trágica, en alguna ciudad de México -evidentemente es Oaxaca-, un grupo de personajes cruzan sus destinos: un boxeador apodado "el asesino de Tlatelolco", un par de hermanas prostitutas llamada María y Magdalena -es en serio-, una mesera que le tiene miedo a todo lo que se mueva, un sacerdote que no quiere aceptar narcolimosnas y que como castigo le mandan una cabeza de "recuerdito", unos cuicos buenos para nada que se llevan patrullando sin intervenir un solo momento y un viejito -que luego sabremos que es papá del boxeador- que vive solo en alguna casucha, expiando sus pecados y tratando de olvidar un crimen bíblico que cometió cuando era joven.

Los personajes son chocantes y lo que les sucede más: el boxeador es orinado en la cara por una muchacha, como castigo, por no ganar su pelea; el cura se lleva a la prostituta Magdalena para "desogarse" y al rato sin decir agua va se cuelga nomás porque sí; el boxeador mata a la otra puta, María, en un arranque de mal guión y cuando Magdalena va tras él para matarlo, le dice que le dispare, que es lo justo, que se lo merece, y le echa un choro tan mareador que Magdalena mejor se pega un tiro ella misma antes de morir de aburrimiento; la mesera se deja violar por el dueño del cafetín, un chino lamentable y lamentador; y mientras todo esto sucede, un grupo neocristero, "Los chichimecas", cortan la luz eléctrica de la ciudad mientras gritan arengas harto trascendentes ("¡Viva Cristo Rey!", "¡Mueran las putas!", "¡Viva el Arcángel Gabriel!", "¡Viva el presupuesto federal que nos permite hacer estas películas que nadie va a ver!").

Al final, todo tendrá sentido (es un decir): las culpas transferidas/aceptadas se develarán cuando el viejito del inicio (Don Mario Almada, nada menos) le confiese a su hijo (al boxeador encarnado por Joaquín Cosío) cierto secreto familiar. Ya libre de esa culpa, el papá será cargado en brazos por el hijo, quien lo levantará en vilo y caminará literalmente sobre las aguas de una laguna oaxaqueña. Que alguien le diga a Sokurov que él no tiene la culpa de esta pedantería monumental. No vaya a ser que se pegue un tiro.

Menos mal que, para quitarme el mal sabor de boca, vi a continuación el vital y muy divertido filme documental Vuelve a la Vida (México, 2009), opera prima en solitario de Carlos Hagerman, pues el cinesta ya había codirigió con Juan Carlos Rulfo esa obra maestra llamada Los que se Quedan (2008).

Vuelve a la Vida surgió de un accidente: Hagerman fue a Acapulco a hacer un documental sobre los tiburoneros y en su lugar se encontró con la leyenda de Hilario Martínez Valdivia, "el Perro Largo", un buzo, nadador, pescador y mujeriego que conquistó, por allá en los años 50, a una despampanante top-model a la que llamaba, de cariño, "La Jirafa". La señora, Robin Sidney, sigue vivita, coleando y contando anécdotas de su marido, que le enseño a bucear a los tres hermanos Kennedy y a Johnny Weissmuller, ahí nomás pa'l gasto.

Hagerman entrevista a Robin, al hijo de ella e hijastro del "Perro" John Grillo, y a los tres hijos de la pareja Robin-Hilario, además de amigos, compadres y demás fauna de acompañamiento de ese hombre cuya idea de festejar el año nuevo era sacar un chico escopetón para tirar balazos a lo baboso, que nomás para demostrar que podía hacerlo cazó una enorme tintorera que tenía asoladas las playas de Acapulco y que ya tenía dos mujeres y ocho hijos antes de conquistar, increiblemente, a esa muñequita de sololoy que fue Robin Sidney de joven.

La galería de personajes es inolvidable y la empatía de Hagerman con ellos no se discute -se ve que algo aprendió con Rulfo-, aunque, al final de cuentas, hay otro gran personaje que termina emergiendo al final del filme. Me refiero a John Grillo, el hijastro de Hilario y coproductor de la cinta, un gringo pecoso "caga-leche" por fuera pero inevitablemente mexicano por dentro, quien llegó a Acapulco a los tres años de edad y que tuvo que aprender a decirle "papá" a ese hombrón moreno, dicharachero, bravucón y alcohólico que, de todas formas, todo mundo recuerda con un cariño que se siente genuino. Vuelve a la Vida podría ganar el Mayahuel a Mejor Documental, si no se estuviera por ahí Perdida (García Besné, 2010), que vi posteriormente, o Presunto Culpable (Hernández y Smith, 2009), que todavía no he visto.

Y a propósito de papás legendarios: Pecados de Mi Padre (Argentina-Colombia, 2009), documental de Nicolás Sentel, es la sentida búsqueda de la expiación y la reconciliación, más allá de la sangre, los rencores y los muertos. El hijo del celebérrimo capo Pablo Escobar, Sebastián Marroquín, decide hablar no sólo frente a la cámara sobre su papá y su familia, sino dar un paso insólito: pedirle perdón a los hijos del Ministro de Justicia Lara Bonilla y el candidato presidencial Galán, quienes fueron las víctimas más famosas de su padre, a mediados y finales de los años 80, cuando Pablo Escobar decidió combatir frontalmente al Estado colombiano.

Ver Pecados de Mi Padre es verse en una especie de espejo deformado: lo que sucedió en Colombia está empezando a suceder aquí en México y a pasos agigantados. Más allá de la enorme carga ética de la cinta -el clímax es el encuentro del hijo del asesino con los hijos de las víctimas-, Pecados de Mi Padre funciona también como un emocionante reportaje histórico, construido a través de un preciso manejo de la información y una sabia elección del montaje.

Más o menos en este mismo tono transcurre Voces del Subterráneo (México, 2009), de Boris Goldenblank, sobre los 65 mineros muertos en Pasta de Conchos, en febrero de 2006. Lo malo es que la película no trasciende más allá de lo que, por desgracia, sabemos: que la compañía Minera México no invirtió en seguridad para sus trabajadores -sale más barato pagar multar y si alguien se muere se le entierra y ya-, que el gobierno de Fox fue cómplice al hacerse pendejo en el mejor/peor estilo de su "¿Y yo por qué?" y que la pérdida de esos 65 hombres dejó una huella imborrable en las madres, esposas, padres, hermanos, que aún hoy luchan por conseguir los cuerpos de sus familiares para darles cristiana sepultura.

El momento cumbre del filme llega al final, cuando una llorosa mamá le dice al retrato de su hijo: "Ya no te voy a llorar en un rincón". Y ustedes saben de lo que es capaz una mujer mexicana -y madre por añadidura- cuando se decide hacer algo.

martes, 16 de marzo de 2010

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CXVIII


No sólo de cine festivalero vive el hombre. O, por lo menos este hombre. Así que, como dijera "el Comanche", como "soy muy celoso de mi deber", he aquí el paréntesis necesario para dar cuenta de los estrenos comerciales del fin de semana, como sigue:


La Isla Siniestra (Shutter Island, EU, 2010), de Martin Scorsese. Una muy digna película alimenticia de Scorsese. Una mezcla de thriller policial y drama psicológico sobre la novela homónima de Dennis Lehane (está bara-bara aquí a la derecha), La Isla Siniestra es una especie de versión scorsesiana de la seminal cinta expresionista El Gabinete del Dr. Caligari (Wiene, 1920). No quiero agregar nada más, por aquello de los spoilers. Mi reseña en REFORMA.


La Joven Reina (The Young Victoria, GB-EU, 2009), de Jean-Marc Vallée. Muy convencional pero bien hechecita biopic sobre la joven reina Victoria del título (guapa Emily Blunt), desde que asumió el trono hasta que terminó de negociar, hacia el interior de su propio matrimonio, qué le tocaba hacer a ella y qué le tocaba hacer a su marido, el Príncipe Alberto (Rupert Friend). Jim Broadbent, como el anciano Rey William, se roba la película cada vez que aparece. Mi reseña en REFORMA.

lunes, 15 de marzo de 2010

Guadalajara 2010/Día cuatro


En su columna de ayer, el estimado Carlos Bonfil apuntaba un rasgo central de Guadalajara 2010, que ya se había empezado a notar en ediciones anteriores. Además de ser el escaparate para el cine mexicano e iberoamericano de ficción y documental realizado en los últimos meses, Guadalajara se ha vuelto, también, uno de los escenarios más rigurosos para la presentación del cine de autor y de las nuevas tendencias fílmicas mundiales. Y es que ya el que el FICCO pasó a peor vida, Guadalajara rescató el homenaje programado a Agnès Varda y programó la espéndida sección Corrientes Alternas, curada por los especialistas exFICCO Michel Lipkes y Maximiliano Cruz.

Precisamente lo mejor que he visto este día -y en el Festival y en lo que va del año- fue la brillante reflexión autobiográfica Las Playas de Agnès (Les Plages d'Agnès, Francia, 2008), de la abuelita nuevaolera Agnès Varda, cinta programada en la retrospectiva de la gran maestra franco-belga. La viuda de su inolvidable Jacquot de Nantes (Varda, 1991) vuelve a las playas belgas de su infancia y ahí inicia un fascinante, conmovedor y juguetón recorrido por su juventud, sus distintas vocaciones (de fotógrafa, de cineasta, de artista plástica), su matrimonio con Monsieur Demy y su propia obra fílmica. Como espero escribir de ella in extenso -si no se estrena comercialmente, por lo menos aparecerá en la Muestra o en el Foro de la Cineteca- sólo agregaré que la octogenaria Madame Varda demuestra con esta cinta que, para decirlo de manera elegante, todavía le sobra mucha agua al bule creativo de esta señora.

Antes de llegar al climax vardaniano, vi el correcto melodrama de maduración juvenil Te Extraño (Argentina-México, 2010), segundo largometraje de ficción del argentino mexicanizado Fabián Hofman. La película -en concurso en la sección iberoamericana- es, evidentemente, un proyecto muy sentido y muy personal de Hofman, pues algo de su vida se ve reflejada en la del personaje central, Javier (Fermín Volcoff), un adolescente argentino que es enviado a vivir a México una temporada después de que su hermano mayor, el aprendiz de montonero Adrián (Martín Slipak), ha sido desaparecido por la dictadura militar de los años 70.

Hofman dirige con soltura y aunque la historia tiene por lo menos una inconsistencia grave (¿en qué momento se le abrieron los ojos a Javier y entendió que lo suyo no era convertirse en guerrillero?), Te Extraño termina con un par de momentos genuinamente conmovedores entre Javier y su senil abuelita ga-ga.

Te Extraño fue una grata sorpresa y eso podría haber sido, también, Perpetuum Mobile (México, 2009), de Nicolás Pereda, de quien vimos ayer el bostezante documental minimalista Todo, en Fin, el Silencio (2010). Perpetuum... pudo haber sido una gran comedia de observación cotidina, pero el guión escrito por el propio Pereda no se decide nunca seguir por ese camino. Además, la realización de la película es, por lo menos, inconsistente: a tomas largas de 2 ó 3 minutos con cámara inmóvil le siguen secciones mucho más convencionales -y mucho más logradas- en las que los dos personajes centrales, Gabino (el ubicuo Gabino Rodríguez) y Paco (Francisco Barreiro), se encargan de hacer distintas mudanzas en su camionetita pinchurrienta. El juego actoral es muy bueno y hay viñetas muy logradas pero, en conjunto, Pereda vuelve a fallar.

Aunque, eso sí, no al nivel de un horrendo corto alegórico que vi por la mañana, Terra Incognita (Cuba, 2009), de Rodrigo Daniel Alves de Melo (por nombre no paramos). El filme, de larguísimo diez minutos, nos presenta a un anciano obsesionado por encontrar su utopía a través de la energía solar. Como el filme fue realizado en la más antigua dictadura del continente (¿y del orbe?), uno tiene que leer entre líneas esta jalada en la que el anciano de marras busca su utopía aunque, cuando parece haberla alcanzado (todos a su alrededor se tiran al suelo como si vieran a los castrantes hermanos Castro), él no hace caso y sigue su rumbo. En todo el corto el viejo y su anciano se bañan el rostro con bloqueador, para evitar daños provocados por los rayos del Astro Rey. Como quien dice: quema-mucho-el-Sol. Si los cineastas cubanos quieren decir algo de Cuba, que lo digan en voz alta o que, por lo menos, lo hagan con alegoría menos pendejas.

Ya por la tarde, después de Las Playas de Agnès, la racha de buen cine siguió con el modesto pero empático documental Un Día Menos (México, 2009), de Dariela Ludlow, centrado en sus abuelos, el casi centenario Emeterio Deloya y su esposa de nomás 84 primaveras Carmen Cortés. Debo confesar que este sencillo filme me ganó desde el inicio y terminé de verlo con un nudo en la garganta. Por las expresiones que escuché de la gente que estaba a mi alrededor -no ha habido función de prensa para los documentales: todos han sido vistos con público "normal"- creo que no fui el único que cayó en las tramposas garras de la cineasta egresada del CCC.

La realidad es que muchos de nosotros nos sentimos identificados al ver a este matrimonio de 62 años discutir, divagar, reír y pelear incansablemente, un día sí y otro también. Ese interminable ping-pong verbal entre los viejitos, esa visita casi épica al Seguro Social, esa visita multitudinaria de toda la familia que llega a Acapulco en vísperas de Año Nuevo, me remitió a mi infancia y a mis abuelos: a Doña Luz, a Don Alberto. Esos ancianos son nuestros padres, nuestros abuelos y, si vivimos lo suficiente, seremos también nosotros. Dificil permanecer impasible ante la visión de esos dos viejos que tienen más tiempo viviendo juntos que lo que yo tengo de vida.

Flores en el Desierto (México, 2009), de José Alvarez, es mucho mejor documental en el terreno profesional de la realización: cuenta con la experta cámara de Fernanda Romandía y del también cineasta Pedro González Rubio, hay un cuidadoso trabajo sonoro de Sergio Díaz y la trama, que sigue a los huicholes en sus centenarias costumbres ancestrales, se sacude las obviedades del peor cine etnográfico. Con todo, aunque realizado de una forma mucho más amateur y menos cuidada, yo prefiero a los viejitos Deloya que a estos huicholes con todo y su legendario peyote. De todas formas, no me extrañaría que Flores en el Desierto ganara algo al final de cuentas: su realización es, insisto, impecable.

Havanyork (México, 2010), documental de Luciano Larobina, se luce también con sus recursos de producción y su temática es muy atractiva, pero la película termina desbarrancándose entre tanto choro mareador casi autoparódico. El título sugiere el tono: de La Habana a Nueva York y de regreso una y otra vez durante los 90 minutos de duración de la cinta, Larobina sigue el movimiento hip-hop cubano y lo compara con su similar estadounidense, corrompido por el rap gangsteril que, a decir de algunos radicales músicos-poetas-locos, es el arma del hombre blanco para seguir sojuzgando a los negros de los ghettos americanos.

Honestamente, yo pensé que Havanyork sería una especie de versión hip-hopera de Calle 54 (Trueba, 2000), pero Larobina se pierde en el bosque y al rato le presta demasiada atención a sus militantes musicales que en todos lados ven complós y que afirman que todos estamos compuestos de "música" y de "luz". Y que, además, eso está científicamente comprobado. Lo que hace el peyote cuando no es manejado con la responsabilidad de los huicholes.

domingo, 14 de marzo de 2010

Guadalajara 2010/Día tres


Mi día inició con un corto producido impecablemente: La Llama Doble (México, 2010), de 11 minutos, dirigido por Raúl Ramón. El filme está ubicado en 1945, en la frontera entre Polonia y la antigua Checoslovaquia. Un muchacho polaco y un adolescente alemán que acaba de desertar del ejército nazi se encuentran en una casa semiderruida por los bombazos. ¿Podrá usted adivinar en quiénes se convertirán estos dos personajes en unos cuantos años más? Se nota dinero y oficio en la producción, pero todo el asunto no deja de ser un tanto cuanto inútil.

En cuanto a Depositarios (México, 2009), ambiciosa opera prima de Rodrigo Ordoñez, lo que se nota es que faltó mucho dinero y algo de oficio como narrador. Estamos en México, en el año dos-mil-veintitantos, en una suerte de futuro alternativo. Sucede que en los años setenta del siglo XX, aquí mismo en México, se dio el nacimiento de la tecnología de los "depositarios" del título. Sucede que en este mundo alternativo de marras, las parejas que pueden darse el lujo de pagarlo, tienen un embarazo doble. Es decir, la mujer pare a su hijo y, al mismo tiempo, a un gemelo "depositario" al que se le transmitirán todos los problemas mentales y psicológicos del "original", mientras éste se la pasa feliz de la vida, cual diputado en día de quincena. Por supuesto, también el "depositario" servirá de refaccionaria biológica si el "original" necesita un órgano interno, un ojo, un cachete o nomás quiere cambiarse las uñas.

Como podrá ver, la trama es derivativa a más no poder (a ver, especialistas: una lista de cuentos, novelas y/o películas con una historia similar), pero el debutante Ordoñez no se amilana y hace bien. Su cinta alterna momentos penosos con escenas muy bien logradas. El resultado final es negativo, diría yo, pero nunca pensé en abandonar la sala ni por un momento. Un par de colegas que han visto tanto 2033 (Laresgoiti, 200) como Depositarios me ha dicho que esta última es muy superior. Como yo no he visto 2033 -ah, qué cobarde soy, me doy asco a veces- no puedo agregar nada al respecto. En todo caso, como Depositarios se estrenará comercialmente y en grande, ya volveremos a ella en unos meses.

La Mina de Oro (México, 2009), de Jacques Bonnavent, el corto de 11 minutos que precedió a la fallidísima película de María Novaro, podría haber aparecido, nomás que en versión extendida, en algún episodio de Alfred Hitchcock Presenta. Un pequeño filme de humor negro ejecutado con vigor y pleno conocimiento de la fórmula. No me escandalizaría si fuera el corto ganador de la sección competitiva, aunque creo que me sigue gustando más Lupano Leyva (Gómez, 2009), que vi y reseñé ayer mismo aquí.

En cuanto a Las Buenas Hierbas (México, 2009), de María Novaro, ha sido curioso ver la tajante división de género: las mujeres parecen haber adorado la película y los hombres, en contraste, la han aborrecido. Yo iré un poco más: creo que se trata de la peor película de la señora Novaro en toda su carrera y trataré de argumentarlo, así que si usted no quiere leer spoilers, mejor sáltese los siguientes dos párrafos.

Lala (Ofelia Medina), una experta herbolaria de la UNAM, empieza a sufrir de Alzheimer, para consternación de su hija Dalia (Úrsula Pruneda), quien tendrá que lidiar con una madre que se le escapa día tras día a un mundo desconocido. El problema es grave: el Alzheimer avanza a paso acelerado -aunque no tanto como la sobreactuación de la señora Medina, eso sí-, de tal forma que Lala tendrá que transmitirle a su hija algo del conocimiento herbolario que ella ha ido acumulando desde la época en la que consumía honguitos con la mismísima María Sabina.

Con 120 minutos de duración, a la película le sobran personajes (el marido divorciado entomólogo de Dalia, encarnado por Alberto Estrella; el adolescente jarioso Gabino Rodríguez al que re-coge amablemente Dalia nomás porque sí; el fantasma de una quinceañera asesinada que se le aparece encaramada en los árboles a su jocosa abuelita Ana Ofela Murguía), le sobra una añeja retórica izquierdosa que no viene al caso (que si Mario Marín, que si Atenco, que si Aguas Blancas, que si el mejor futuro para un encantador niñito es verlo convertido en guerrillero para que mate o se deje matar), le sobran varios interludios musicales inútiles (bueno: menos el de Rockdrigo: era su voz, ¿no?) y le falta sobriedad, control y hasta piedad cristiana por el sufrido espectador.

Cuando llega el final de la película y Dalia decide, cual Clint Eastwood femenina, asfixiar con la almohada a su pobre mamá que ya ni la reconoce, uno suspira aliviado: "Ya dejó de sufrir Lala". Y nosotros, de pasada, también. (Ah, otra cosa: Dalia es hija no de su papá, sino de cierto cantante uruguayo... ¿Y?).

Otra decepción fue Los Jóvenes Muertos (Argentina, 2009), documental de Leandro Listorti, filme del cual había leído un par de reseñas muy elogiosa. En realidad, el filme se distingue del montón, pues renuncia a buena parte de los convencionalismos del cine documental más tradicional. Sin embargo, esa virtud, llevada al extremo, termina convertida en un vicio.

Desde 1995 hasta el día de hoy, una treintena de jóvenes -el más pequeño, de 12 años; el más viejo, de 33- se han suicidado en Las Heras, un pueblito argentino. Nadie tiene explicaciones al respecto y el director Listosti menos que nadie. Las entrevistas con gente del pueblo se hacen en off -o sea, no hay cabezas parlantes: mejor dicho, no hay cabezas de ningún tipo, pues no aparecen figuras humanas en primer plano en toda la cinta- y lo que vemos en los 70 minutos de duración de la película -o en los 60 minutos que yo vi- no es más que una letanía de imágenes de salones de clases vacíos, parques abandonados, espacios abiertos solitarios, pasillos de hospitales sin gente, y así hasta que invade el tedio, pues Listorti le ha apostado a mostrar esos espacios que han dejado los que se han quitado la vida.

El problema es que, como espectadores, no podemos involucrarnos emocionalmente con todo ello, pues no sabemos quiénes son los muertitos, por más que en la pantalla se nos informe cada cuanto tiempo del nombre, la edad y la fecha del suicidio de cada uno de ellos.

Salí de la película unos minutos antes de que terminara, pero no cuenta como walk-out: lo que sucede es que tenía que salir para poder ver Alamar (México, 2009), opera prima de ficción de Pedro González-Rubio, quien conoció cierto reconocimiento hace algunos años por su documental Toro Negro (2005). Para ser honestos, Alamar es una suerte de ficción documental más que una ficción pura. La historia se ubica en el Chinchorro, cerca de Chetumal, y se centra en la relación entre un pescador y buzo maya llamado Jorge (Jorge Machado) y su pequeño hijo Natan (Natan Machado), quien ha llegado de visita desde Italia a pasar unos días con su progenitor. Sucede que Jorge concibió a Natan con una italiana, Roberta (Roberta Palombini), quien vive en Roma. Ella vive feliz en la ciudad; él vive feliz a la orilla del oceáno. Natan está, pues, dividido entre la cosmopolita y milenaria Roma y el pequeño poblado de pescadores en donde vive su papá.

Aquí no hay melodrama. Hay observación naturalista, en la mejor tradición del primer Alcoriza, el de Tiburoneros (1963): Jorge se lleva a su hijo para que lo vea cómo pesca, como atrapa las langostas, cómo mata las barracudas, mientras lo enseña a descamar peces, a partir langostas a cuchillo, a cuidarse de los lagartos que por ahí rondan y hasta a domesticar, cual Principito ítalo-mexicano, a cierta garza africana a la que bautiza como "Blanquita" y que un buen día desaparecerá sin dejar rastro. Exactamente como él, Natan, que también regresará con su mamá a Italia. Aunque el escuincle, se entiende, sí dejó rastro: a lo mejor el año que entra regresa a cazar barracudas. La mejor película de ficción que he visto hasta el momento, pero está fuera de concurso: ya había ganado en Morelia 2009 y hace poco en Rotterdam 2010.

Mi día terminó con el documental mexicano en concurso 9 Meses y 9 Días (México, 2009), de Ozcar Ramírez González. El filme sigue el escándalo mediático y las consecuencias personales que sufrieron y gozaron los tres célebres pescadores mexicanos que naufragaron en mar abierto del Pacífico los 9 meses y 9 días del título.

Ramírez no se interesa en las muchas dudas legítimas del caso -¿por qué no estaban tan quemados por el Sol cuando fueron rescatados por un barco taiwanés?, ¿de verdad salieron a cazar tiburones o eran empleados de algún narco al que traicionaron o con quien quedaron mal?, ¿qué pasó con los otros dos pescadores que no sobrevivieron?-, sino con lo que siguió al maremagnum informativo en el que los tres tipos, ahora sí, se hundieron.

El orgulloso Lucio Rendón, el abierto Jesús Vidaña y el bravero chaparrín Salvador Ordoñez son abordados por un fanático cristiano de Atlanta y por un judío-colombiano que vive en México y son convencidos de firmar un contrato para hacer una edificante película religiosa que, hasta la fecha, sigue en el limbo.

Ramírez no se compromete con nada. Atestigua la ridiculez de unos, las debilidades de estos otros, las tonterías de aquellos, pero no subraya nada de lo anterior. Deja que uno como espectador saque sus propias conclusiones y yo ya saqué las mías (¿por qué todo lo que escribo suena a albur?): la película es interesante, pero le faltó a Ramírez ser más un cineasta y menos un simple testigo.

sábado, 13 de marzo de 2010

Guadalajara 2010/Día dos


Mi segundo día inició con Lupano Leyva (México, 2009), cortometraje de 15 minutos de Felipe Gómez (co-director, con Alejandro Valle, del mafufo largometraje Historias del Desencanto/2005). Se trata de un muy competente ejercicio de estilo rulfiano-revolucionario en riguroso blanco y negro, bien fotografiado por Javier Morón. Roberto Sosa es un "pelón" -un soldado federal, pues- que ha sido herido de muerte en alguna batalla de la Revolución. El desafortunado "pelón" no quiere entender que "hace mucho que 'jue'", como le dice un briago rebelde bien interpretado por Gerardo Taracena, cual Alfonso Bedoya del nuevo siglo. Mario Zaragoza, por su parte, nos remite a Antonio R. Fraustro en su papel de Don Caralampio, el padrino del desafortunado soldado agonizante. Gómez conoce bien al cine mexicano de la Época de Oro y sus actores cumplen a la perfección con la tarea.

El largometraje mexicano que vi después no fue tan redondo. Martín al Amanecer (México, 2010), segundo largometraje de Juan Carlos Carrasco (Santos Peregrinos/2004), es dos películas en una y lo malo es que esas dos secciones no terminan nunca de embonar. En la primera, el Martín del título (Adal Ramones en plan serio) viaja de la capital a algún pueblito perdido en la nada, cargando una urna de cenizas. En esta primera sección, el tono es lánguido a más no poder -el título del filme aparece a los diez minutos y alguien dice la primera palabra a los quince- pero después, en la última media hora, la cinta se transforma en una especie de thriller rural con todo y mefistofélico ricachón de horca y cuchillo (Manuel Ojeda, muy en su papel).

La cámara de Aram Díaz se luce de principio a fin y el reparto es cumplidor (sí: Ramones puede actuar, como lo demostró en Puños Rosas/Gómez/2004), pero la historia es un tanto cuanto gratuita. Espero volver a ella cuando se estrene comercialmente.

Lo mejor del día vino después: La Historia de Siempre (España, 2009), cortometraje de 11 minutos de José Luis Montesinos. Un tipo entrado en años (Miguel Ángel Jener) que viaja en un camión urbano recibe una llamada de su exmujer, con la que estuvo casado durante casi tres décadas. Frente a los pasajeros del autobús, el hombre, gritando, discutiendo, suplicando, siempre a través del teléfono celular, trata de recuperar a su mujer. Una obrita maestra con un final genuinamente inesperado.

Mi primer walk-out del día -porque, insólitamente, hubo dos: un récord personal- fue con Los Famosos y los Duendes de la Muerte (Os famosos e os duendes da morte, Brasil-Francia, 2009), opera prima de Esmir Filho. Un adolescente común y corriente -distante, solitario, temperamental, blablabla- escribe un blog, apena si soporta a su madre viuda, está obsesionado por la música de Bob Dylan y por el suicidio de la hermanita de su mejor amigo. La verdad, soporté demasiado esta estulticia: me salí cuando faltaban 20 minutos para que terminara. Un alma caritativa y mucho más cueruda en estos dramas adolescentes existenciales me informó a la hora de la comida: el escuincle se reconcilia con su madre y no termina suicidándose. Lástima.

Por fortuna, lo siguiente que vi fue más que decente. Se trata del documental Fragmentos de una Búsqueda (Argentina, 2009), dirigida a cuatro manos por Pablo Milstein y Norberto Ludín. Se trata de un sentido documental acerca de "las desaparecidas de la democracia" en Argentina.

Lo que sucede es que ya no hay dictadura militar, por supuesto, pero sí corrupción e incompetencia policiales, de tal forma que cuando una joven y guapa madre de familia desaparece del mapa, su indómita mamá mueve cielo, mar y tierra para encontrarla. Lo que descubre la rudísima señora es una compleja red de tratantes de blancas que han secuestrado por lo menos dos centenares de muchachas en los últimos años para prostituirlas. ¿Y el Estado?: bien, gracias.

Mi segundo walk-out -insisto: una marca personal, pues nunca me había salido del cine dos veces el mismo día- lo provocó esa pedantería llamada Todo, en Fin, el Silencio lo Ocupaba (México, 2009), de Nicolás Pereda, de quien mañana o pasado veré Perpetuum Mobile (2009), que está en concurso en la sección mexicana de ficción. Todo, en Fin... es una especie de documental minimalista de una hora de duración en el que vemos la preparación teatral de la recién casada Jesusa Rodríguez, quien va a montar el "Primero Sueño" de Sor Juana. Los 61 minutos de la cinta nos muestran los sucesivos ensayos, las tomas de Pereda del trabajo de Doña Jesusa y no sé que más, porque yo salí despavorido al minuto 20. Otros, más cobardes, salieron antes; otros, más valientes -o más masoquistas- se quedaron hasta que terminó. Supongo.

Y llegamos a Kinatay (Ídem, Filipinas-Francia, 2009), octavo largometraje del nuevo genio o nuevo farsante del cine mundial Brillante Mendoza, quien ganó el premio a Mejor Director en Cannes 2009 precisamente con esta película.

Debo confesar que, a pesar de que hace un año una buena amiga me regaló un paquete de DVDs del señor Mendoza, esta es apenas la primera película que veo de él. Después de haberla revisado, honestamente no sé qué haré cuando regrese a mi casa: ver ávidamente cada uno de esos discos o quemarlos todos antes de que mi hija vea alguna de esas cintas por equivocación.

En todo caso, no culpo al jurado de Cannes 2009, dirigido por Isabelle Huppert, pues Mendoza transmite desde el inicio, con su cámara nunca quieta, una vibrante Manila que no conoce descanso alguno, sea en cierta ceremonia legal de bodas colectivas, en sus ruidosas calles siempre atestadas, en un restaurante en donde una familia se reúne para comer, en una desorganizada clase en la Academia de Policía... Precisamente ahí estudia Peping (Coco Martin), un muchacho de 20 años que se acaba de casar con Cecille (Mercedes Cabral), aunque el matrimonio recién formado ya tiene un bebé de siete meses que necesita de pañales y comida.

Peping sueña en graduarse y convertirse en agente motorizado, pues sabe que ellos ganan mejor (o morderán mejor, mejor dicho), pero mientras esto sucede es uno de los varios muchachos que tiene a su servicio Vic (Julio Díaz), un mafioso de cierto nivel. El mismo día de su boda, ya por la noche, Peping recibe una llamada: hay que reportarse con el jefe para hacer un jalecito. Aparentemente, se trata de darle una lección a una prostituta (María Isabel López) que ya cayó mal.

La segunda hora de Kinatay es francamente insoportable aunque nunca pensé en salirme de la sala. Ni siquiera cuando era obvio lo que iba a suceder (Y esto, ¿qué dice de mí, por cierto?). La violencia y el sexo en Kinatay nunca son totalmente gráficos -el manejo elíptico del encuadre por parte de Mendoza y su fotógrafo Odyssey Flores sugiere más que muestra-, aunque con lo poco que vemos y con lo mucho que imaginamos es más que suficiente.

La pregunta que queda en el aire es la siguiente: ¿realmente necesitamos este tipo de cine? Tal vez sí pero, ¿lo necesitamos con un discurso moral que, visto desde nuestro México, parece tan obvio y, al mismo tiempo, tan irrebatible? El inocente Peping es testigo de la tortura, el asesinato y el posterior desmembramiento de una mujer. El muchacho piensa en cierto momento en huir, acaso en denunciar a sus compañero y a su jefe, pero al final de cuentas termina siendo un sujeto pasivo más. Cuando el grupo termina con la tarea, se paran a desayunar porque después de una noche tan ajetreada, ya les dio a todos mucha hambre. Peping no: es incapaz de comer algo. Va al baño y echa las tripas por el lavabo. El jefe ni se inmuta, comiendo con fruición lo que parece una orden de cabeza o una birria caliente y gorda. "Ya te acostumbrarás", le dice. Luego le suelta unos cuantos billetes: "para los pañales de tu niño".

Mientras, las partes de la mujer asesinada empiezan a aparecer en Manila y los periodistas amarillistas salen con sus cámaras a tomar en primer plano la cabeza desmembrada de la desafortunda prostituta. Los periodistas están lamiéndose los bigotes del rating, dizque horrorizados por lo que están transmitiendo. Nomás faltaba que alguno de ellos dijera: "eso es todo, Joaquín, volvemos con la cámara al estudio".

No volvería a ver Kinatay por gusto, pero el morbo ya me ganó: en cuanto regrese a casa veré esos DVDs de Mendoza que tengo pendientes. Y luego, a lo mejor siempre sí los quemo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Guadalajara 2010/Día uno


Apenas si llegué a tiempo. Saludos a la gente de la prensa, abrazos a los amigos que hace exactamente un año que no veía, caminata apresurada al Centro Magno...

Llegué desfondado ("I'm beginning to be too old for this shit", parafraseando un clásico) pero exactamente un par de minutos antes de que se exhibiera Cefalópodo (México, 2009), el segundo largometraje de Rubén Imaz (meritoria Familia Tortuga/2006). Al salir de la película no pude más que preguntarme en voz alta: "¿para este bodrio dejé los bofes a la mitad de la calle?".

Sebastián Gabella (Unax Ugalde) llega a la Ciudad de México desde el país vasco a visitar a su primo Jorge (José Angel Bichir) aunque, en realidad, ni él mismo sabe a qué viene. Su propia voz en off nos informa a cuenta gotas: una tal Maité murió hace seis meses, a ella le gustaban los cefalópodos del título y... pus ya. Sebastián se droga pero poquito, se encama con una tal Emilia (Alejandra Ambrosi) y luego viaja a Guaymas a ver de cerca los calamares. La verdad, cuando Sebastián viaja por el Mar de Cortés yo esperaba que saliera un calamar gigante para que se tragara a este vasco deprimido ("¡Liberen al Kraken!"). En algún momento de su monótono e interminable monólogo, Sebastián le dice a la muertita Maité: "Ojalá hubiéramos tenido tiempo para aburrirnos juntos". No te preocupes, mi Sebas: por lo menos me aburriste a mí. Y en serio.

En Guadalajara 2009 uno de los mejores filmes mexicanos que vi fue el corto animado Jaulas (2009), de Juan José Medina, así que no lo pensé dos veces para entrar a ver la programación completa de los cortos animados en competencia. Por desgracia, ninguno de los nueve cortometrajes se sostiene frente a la obrita mayor de Medina.

Destacan, por lo nefasto, ¿Quién Asesinó a Alicia? (México, 2009, 18 minutos), de Oscar Alejandro Chagolla, sobre la muerte de una muchacha que aborta por la presión de su novio, sus amigos y su familia; por lo delirante fallido, Las Celulas Madre (México, 2009, 8 minutos), de Mario Torres Lemus, sobre un mundo futurista-mexica en donde un señor de varios rostros anda persiguiendo mujeres embarazadas para alargar su vida; y por lo tan abstracto que necesita unas notas de producción para explicarse, Tempo Rubato (México, 2010, 6 minutos), de Miguel Anaya, sobre una monstruoteca que parece haber salido de las pesadillas de alguien.

Hay un cortito simpático, Light Me Up (México, 2009, 3 minutos), de Omar Hernández, sobre una niña genio que no puede hacer su robot ideal; otro muy obvio pero visible llamado Moyana (México, 2009, 11 minutos), de Emiliano González, que trata de un niño enajenado por la tele que, al irse la luz, viaja a los abismos de su propia imaginación; y uno claramente influido por la estética y la temática de la obra de Tim Burton, Santiago y el Monstruo Amarillo (México, 2009, 9 minutos), de Jorge Hernández Garza, sobre un niño que vive con sus tres hermanitos zombies.

Sin embargo, creo que el ganador del Mejor Corto Animado estará entre estos tres: Antenas de Conejo (México, 2010, 13 minutos), de Paul Gómez, que trata de la siniestra rebelión de un viejo televisor de bulbos, que no quiere ser cambiado por uno moderno de plasma; Luna (México, 2010, 8 minutos), de Raúl y Rafael Cárdenas, ubicado en un mundo futuro que le debe demasiado a la estética de 9 (Acker, 2009); y el que más me gustó, El Sueño de Galileo (México, 2009, 6 minutos), en el que vemos al viejo astrónomo Galileo Galilei soñar con su lejana niñez. Técnicamente, el mejor de los nueve cortos es Luna -su hechura parece hollywoodense- pero la animación naïve de El Sueño de Galileo me ganó por completo. De todas formas, ninguno de los nueve cortos revisados le llega a los talones al ya mencionado Jaulas.

Finalmente, lo mejor del día y fuera de concurso: Soul Kitchen (Ídem, Alemania, 2009), el más reciente largometraje del joven maestro turco-germano Fatih Akin. Como se supone que la cinta tendrá corrida comercial dentro de poco tiempo, sólo apuntaré que estamos en los terrenos ligeros del primer Akin (el de Im Juli/2000) y que si alguien espera azotes como los de sus obras maestras Contra la Pared (2004) y A la Orilla del Cielo (2008) saldrá defraudado. La trama gira en torno al emproblemado dueño de un restaurante de quinta en Hamburgo, quien tiene que lidiar con su hermano recién salido del bote, una hernia que no lo deja caminar, una novia que se va a trabajar a China y un amigo traicionero que le quiere quitar el lugar de marras, llamado precisamente Soul Kitchen, para venderlo como terreno. Es un filme muy menor de Akin pero mucho más disfrutable que todo lo que vi el resto de la tarde.