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lunes, 31 de mayo de 2010

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CXXIX


Por razones ajenas a mi voluntad -y otra debido a mi voluntad-, este fin de semana supe muy poco. No quise ver El Príncipe de Persia -lo siento, pero hace rato que desistí de ver películas basadas en videojuegos, a menos que haya pago de por medio- y no pude ver ninguna de las dos cintas mexicanas estrenadas el viernes. De cualquier forma, tengo la sensación que lo que alcancé a revisar fue lo mejor de la semana.

El Secreto de sus Ojos (Argentina-España, 2009), de Juan José Campanella. Un thriller clásico que es, al mismo tiempo, una historia de amor, una comedia costumbrista y un sutil drama político. En lo personal, una auténtica sorpresa, tomando en cuenta que Campanella nunca ha sido santo (cinematográfico) de mi devoción. Más allá del Oscar ganado, una de las mejores películas del año. Mi reseña en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

La Edad del Deseo (Chérie, GB-Francia-Alemania-Islas Caimán, 2009), de Stephen Frears. Sobre un par de novelas de inicios del siglo XX escritas por Colette, he aquí la historia truculenta y elegante -no hay contradicción alguna en ello- de una famosa cortesana (Michelle Pfeiffer) que termina adoptando sexual y amorosamente al hijo (Rupert Friend) de una colega (Kathy Bates, espléndida). La producción es impecablemente clásica -fluida cámara de Darius Khondji, música valsesca de Alexander Desplat, diseño de producción ad hoc de Alan McDonald-, pero este amargo melodrama amoroso es todo menos una cinta de papá. Espero volver a esta película en los próximos días.

domingo, 30 de mayo de 2010

Tercer Festival de Cine en Derechos Humanos/III


Dice un viejo dicho "dime de qué presumes y te diré de qué careces". Después de ver Outrage (EU, 2009), el más reciente documental del especialista Kirby Dick (Twist of Faith/2004, This Film Is Not Yet Rated/2006), uno tendría que afirmar "dime lo que presumes odiar y te diré qué es lo que escondes". En efecto, en 90 minutos de duración, Dick -¿pun intended?- se da a la tarea de hacer una serena, bien informada y sistemática denuncia de la hipocresía de un sector de la clase política estadounidense, que puede aceptar que senadores, diputados, gobernadores, alcaldes y hasta un posible candidato presidencial republicano en 2012 sean gays, siempre y cuando estén bien escondidos en el clóset.
La cinta inicia con el audio del senador republicano por Idaho Larry Craig -el de la bonita foto aquí arriba-, cuando fue interrogado por la policía, después de haber sido detenido en los baños del aeropuerto de Minneapolis por haber solicitado sexo a un vecino de excusado. A lo largo de la película, veremos cómo Craig insiste una y otra vez que no es homosexual, que todo fue un error, que ya no quiere comentar este asunto, mientras es apoyado por su esposa, quien afirma que ella nunca se prestaría para una farsa matrimonial que ocultara la supuesta homosexualidad de su muy conservador y cristiano marido.
El contraste lo dan las imágenes de archivo del exgobernador demócrata de Nueva Jersey Jim McGreevy, el mismo que tuvo que renunciar a su cargo en 2004 cuando fue descubierto que tenía un affaire homosexual con un miembro de su equipo de colaboradores. Al lado, en la conferencia de prensa de la renuncia, la joven esposa de McGreevy aparece con la mirada fija y la sonrisa congelada, apoyando la salida del clóset de su esposo. Sin embargo, en entrevistas posteriores en Outrage, McGreevy y su -ahora- exmujer narran con detalle, por un lado, lo agotador que fue para él llevar esa doble vida durante varias décadas mientras que ella confiesa que nunca sospechó nada de él, por más que nadie se lo crea. Así pues, sin narración en off de ninguna especie, la negativa del senador Craig y la defensa de su mujer tiene un cariz casi risible si no fuera trágico.
La brillante forma en que Kirby ordena toda esta información -imágenes de archivo, noticieros televisivos, entrevistas a las infaltables cabezas parlantes, pequeños textos que aparecen en pantalla- va creando un absorbente discurso acerca de los valores entendidos de la clase política estadounidense y cómo estos mismos valores van siendo minados por algunos individuos que, un buen día, dejaron de mentirle a los demás y a sí mismos para salir felizmente del clóset, como el diputado demócrata de Massachusetts Barney Frank o el diputado republicano por Arizona Jim Kolbe.
Hacia el final de Outrage, la figura del gobernador republicano de Florida Charlie Crist se va imponiendo como triste ejemplo de todo lo que hemos visto: envuelto en varios rumores sobre su homosexualidad, el soltero Crist -estuvo casado hace 20 años sólo por seis meses- ha contraído matrimonio, de manera intempestiva, acaso porque se le menciona como uno de los posibles precandidatos presidenciales del Partido Republicano en las elecciones del 2012.
Lo patético no es un matrimonio que parece a leguas arreglado, sino lo que está detrás. No se trata sólo del afán de seguir viviendo en una mentira -finalmente, es la vida de cada quien-, sino que estos políticos que niegan su homosexualidad son, además, los primeros en negarle los derechos a otros como ellos: son los más conservadores, los más homofóbicos, los que votan siempre en contra de los homosexuales. Así, el asunto ya no es personal sino público: alguien que dice estar en contra de esos "enfermos" y "pervertidos" vota de esa manera porque él mismo se siente "enfermo" y "pervertido" y mostrando ese rechazo -o franco odio- se logra desviar la atención de todos los demás. Esto es patológico. Políticamente patológico.
Y aunque la cinta termina con un dejo de optimismo, con el mismísimo Harvey Milk hablando frente a un micrófono -"salgan del clóset para que todos sepan cuántos y quiénes somos"-, es evidente que la guerra cultural por los derechos de los homosexuales no ha terminado todavía, ni en Estados Unidos ni en ningún otro lugar del mundo. Esta lucha apenas ha empezado y ya es hora que los que deban hacerlo salgan del closet a vivir "su vida loca" y hagan de su culo un papalote. Total: es de ellos.

Outrage se exhibe hoy en Cinépolis Diana 2, a las 22:05 horas.

sábado, 29 de mayo de 2010

Tercer Festival de Cine en Derechos Humanos/II


Puede ser que ganar un Ariel no signifique nada en México, pero los Goyas, por una u otra razón, ha tenido cada vez mayor eco en este país. Si uno revisa todos los ganadores de Goya a la Mejor Película de la década pasada, todas y cada una de las cintas se han estrenado comercialmente en México -aunque con unos cuantos meses de retraso-, lo que es decir bastante más de lo que sucede con el cine nacional. Valga esta jeremiada como preámbulo para afirmar que, aunque usted no pueda ver hoy Celda 211 (España-Francia, 2009), que se exhibe por último día en el Festival de Cine en Derechos Humanos, lo más seguro es que en algunas semanas o meses veremos a la ganadora del Goya 2010 a Mejor Película distribuida en las salas de cine mexicanas. En todo caso, eso es lo que se mecere.
El cuarto largometraje del excinecrítico Daniel Monzón es un buen thriller carcelario con todas las de la ley. El treintañero Juan Oliver (Alberto Ammann, Goya a Mejor Actor Revelación) va a ingresar como guardia a la prisión de Zamora, pero un día antes, para ambientarse y "dar buena impresion", decide visitar el que será su nuevo lugar de trabajo. Sin embargo, en plena "visita guiada", sufre un accidente que lo deja sin plena conciencia. Al mismo tiempo, un violento motín se ha desatado en prisión, dirigido por el carismático "Malamadre" (Luis Tosar, Goya a Mejor Actor). Para protegerse y protegerlo, los guardias llevan a Juan a una celda vacía -la 211 del título- mientras ellos se ponen a buen resguardo. Cuando Juan despierta, se encuentra en medio de una peligrosa rebelión de prisioneros que reclaman sus derechos y no de buena manera. Hábilmente, Juan logra convencer a todos no sólo que es un preso más sino que se convierte en una suerte de asesor/confidente del temible "Malamadre". Mientras, allá afuera, la embarazada esposa de Juan, Estela (Marta Etura), se entera que algo malo sucede con su marido y nadie quiere decirle nada.
No he visto ninguna de las tres cintas anteriores de Monzón pero, por lo que demuestra aquí, se trata de un cineasta con pleno dominio de todos los recursos narrativos y visuales necesarios para evitar que la cinta decaiga un solo momento. Si bien es cierto que la historia -basada en la novela homónima de Francisco Pérez Gandul- exige que el espectador acepte una que otra coincidencia y algún cambio de personalidad que no es del todo convincente, la realidad es que mientras uno ve el filme, es dificil detenerse a reflexionar: tanto la trepidante acción perfectamente ejecutada como el impecable juego actoral de todo el reparto -Tosar, Ammann, Carlos Bardem, Luis Zahera, Antonio Resines- terminan imponiéndose sobre cualquier pero que uno quisiera emitir. Como se dice por ahí, en un par de escenas claves: "se hace lo que se puede". En el caso de Monzón, se hace mucho más.

Celda 211 se exhibe hoy sábado 20 en Cinépolis Diana 3 a las 21:10 horas.

viernes, 28 de mayo de 2010

Distrital/I


Hoy inicia -bueno, inició ayer, con la premiere de Abel (Luna, 2010)- Distrital, el festival de cine capitalino que viene a sustituir (más o menos) al desaparecido FICCO. La programación completa puede usted revisarla aquí.

El día de hoy, un par de recomendaciones que, por desgracia, se exhiben a la misma hora en distintos espacios: Un Día Menos (2010), de Dariela Dudlow, exhibida en Lumiere Reforma a las 17 horas y reseñada aquí; y Los Últimos Héroes de la Península (Cravioto, 2008), también programada a las 17 horas, pero en Cinemark Reforma, y reseñada acá.

jueves, 27 de mayo de 2010

El cine que no vimos/XXII


Escribir del cine de Aleksandr Sokurov desde México es complicado. Aunque el veterano cineasta ruso tiene una carrera larga en el cine y en la televisión de su país, tanto en la ficción como en el documental, tanto en el largometraje como en el cortometraje, la realidad es que en México poco sabemos de él.

A decir verdad, Sokurov ha sido un nombre más o menos familiar en los cineclubes nacionales a partir del éxito internacional de su obra mayor Madre e Hijo (1997) -una de mis películas favoritas de la década de los 90-, pero sus cintas anteriores, que datan de inicios de los 80, permanecen inédita, no sólo en México, sino en buena parte de occidente. Así que el juicio que se ha hecho de Sokurov en estos lares ha sido, por decir lo menos, incompleto.

Para acabar pronto, su más reciente película de ficción, Aleksandra (Ídem, Rusia-Francia, 2007) es hora que no sólo no llega comercialmente al país -ni llegará, como dijera Don Teofilito-, sino que, incluso, ni siquiera está disponible en DVD de Región 4. Para acabar pronto, el largometraje número 23 de Sokurov, sólo puede verse a través del respectivo disco de importación.

De todo el cine que conozco de Sokurov -es decir, a partir de la ya mencionada Madre e Hijo-, Aleksandra me parece su película más accesible, más elemental, aunque no la más lograda. La carga simbólica/arquetípica del personaje central es inevitable, pero la estructura narrativa del filme es, en contraste, muy sencilla, sin momentos dramáticos extraordinarios, sin catarsis de ninguna especie, sin climax emocional alguno. En sentido estricto, no es más que la despedida de una abuela viuda y solitaria que va a visitar a su nieto militar que hace siete años que no ve. En ese nivel, la película funciona sin mayor problema. Sin embargo, tratándose de Sokurov, la película trata de otras cosas más.

Estamos en algún lugar del frente checheno, en la época contemporánea. La Aleksandra Nikolaevna del título (la cantante de ópera Galina Vishnevskaya, viuda del chelista y conductor ruso Mstislav Rostropovich) es una anciana mandona y de recia personalidad que llega a un campamento militar a visitar por unos días a su nieto, Denis (Vasily Shevtsov), un capitán del ejército ruso. Aleksandra se pasea por el campamento, habla con el comandante y con varios soldados, visita un mercado que se encuentra a unos pasos de ahí, conoce a una anciana chechena (Raisa Gichaeva) que fue maestra en Rusia, discute con su nieto que todavía no se casa, se despide de él y, finalmente, regresa ella, sola, a casa, en el mismo tren polvoriento en el que vino.

Es imposible negar la carga simbólica que carga la Aleksandra de la señora Vishnevskaya: se trata de una dura matrona que funciona como una suerte de encarnación de una Madre Rusia que se sigue sintiendo orgullosa de sus hijos -en este caso, su nieto-, pero que, también, ya tiene rasgos de agotamiento y decadencia extremos. Aleksandra sabe que su nieto no debería estar ahí en Chechenia -o, en todo caso, ella desearía que no estuviera ahí- pero también sabe que no es fácil desmontar esa cultura de destrucción en el que él y millones de rusos han sido educados ("Ojalá fuera tan fácil", le dice la vieja a un adolescente checheno que le pregunta por qué los soldados rusos no se van de ahí y los dejan en paz).

Sokurov ha dicho una y otra vez que a él no le interesa hacer cine político y no hay por qué dudar de su aseveración. De hecho, la parte más floja de esta cinta radica precisamente en la parte en la que se trata, aunque sea de forma indirecta, el problema bélico checheno. Es en esta parte en donde Sokurov resbala.

Aleksandra, al visitar el pueblo cercano al campamento, hace migas con una anciana maestra chechena. A pesar de que las dos están en bandos contrarios, es obvio que las dos tienen mucho en común: son viudas, están cansadas, solas, con nietos jóvenes a los que no entienden... Esta última parte tiene un regusto facilón: ¿ya ven como es posible que todos nos entendamos?, ¿ya ven que todos tenemos algo en común? Como Sokurov no muestra de forma clara el conflicto checheno ni contextualiza lo que vemos en pantalla, todo el asunto termina entrampado en una especie de anécdota sentimental espléndidamente filmada por la cámara de Aleksandr Burov.

Mi duda es: ¿es prudente hacer una película sobre Chechenia sin tratar de frente el papel imperial de Rusia, el terrorismo checheno y sus efectos criminales, los abusos del ejército ruso en esa parte de la ex-Unión Soviética? No lo sé: yo me quedo con la sensación que Sokurov, simple y llanamente, escurrió el bulto. No quiso hacer la película que debía hacer.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Tercer Festival de Cine en Derechos Humanos/I


Desde el viernes pasado y hasta el próximo tres de junio, se ha estado desarrollando el Tercer Festival de Cine en Derechos Humanos, apoyado por Fundación Cinépolis y exhibido en Cinépolis Diana de la Ciudad de México. El festival tiene una sección competitiva y cinco secciones más fuera de concurso, con cine documental y de ficción, en el terreno del largometraje y del cortometraje.
Si decide darse la vuelta, yo le recomendaría el siguiente maratón: en Cinépolis Diana 2 a las 15:45, podrá ver el buen documental argentino fuera de concruso Fragmentos de una Búsqueda -reseñado por un servidor aquí-; en esa misma sala, pero a las 19:145 horas, la cinta documental mexicana Voces del Subterráneo -en competencia y reseñada por mí acá- y las 21:20, también en Cinépolis Diana 2, la película de ficción germano-israelí Ajami, que ya reseñaremos más tarde, cuando se presente en Distrital o cuando se estrene -sí, como no- comercialmente.
La programación completa del FICDH esta por acá.

martes, 25 de mayo de 2010

El Último Camino



Para Julio Flomar


Acaso hay que empezar a matizar el adjetivo de "infilmables", que se ha usado desde siempre para caracterizar las novelas de Cormac McCarthy. Aunque, en efecto, la adaptación fílmica de Todos los Hermosos Caballos (Espíritu Salvaje/Thornton/2000) fue un rotundo fracaso -interesante, pero fracaso al final de cuentas-, Sin Lugar para los Débiles (Hermanos Coen, 2007), sobre el espléndido western moderno No Es País para Viejos fue todo lo contrario: un oscareable éxito de crítica y público que, aunque suene a herejía, superó al propio novelista en su oscura visión del azaroso y frío universo amoral en el que se mueven los personajes.

En cuanto a El Último Camino (The Road, EU, 2009), sobre la post-apocalíptica novela La Carretera, la cinta se coloca en un espacio intermedio entre los dos filmes ya mencionados. No es, para nada, un fracaso, pero también es evidente que el competente cineasta John Hillcoat y su guionista John Penhall no pudieron capturar por completo el elusivo tono poético-elegiaco del texto de McCarthy.

Como en un escenario salido de una cinta de zombies de George A. Romero, el mundo futuro de El Último Camino es un escenario devastado no se sabe por qué: han ocurrido incendios y terremotos que han acabado con plantas, animales, ciudades. Llueve un día sí y otro también, los rayos solares no alcanzan a llegar por la enorme nube de cenizas que cubren los cielos, el agua está sucia y amarillenta y los seres humanos sobrevivientes han sido reducidos al estado de naturaleza hobbesiano, con todo y canibalismo incluido.

En ese mundo agonizante, un Hombre (Viggo Mortensen) y su pequeño Hijo de diez años (Kodi Smit-McPhee) atraviesan los bosques muertos, los llanos quemados, los pueblos sin vida, buscando un refugio en donde guarecerse del frío, algunas semillas que puedan masticar, unas latas con alimentos, una postrer lata de coca-cola... La adaptación de Penhall es fidelísima en el sentido de que los acontecimientos mostrados en pantalla son básicamente los mismos de la novela, mientras que el diseño de producción de Chis Kennedy -bien apoyado por unos F/X digitales discretos pero eficaces- no podía haber sido mejor. El mundo post-apocalíptico creado por McCarthy -e imaginado por un servidor al leer la novela, por lo menos- es idéntico al que Hillcoat y compañía llevaron a la pantalla grande. Tampoco podemos elevar ninguna queja en cuanto a los actores se refiere: Mortensen está impresionante como el arquetípico Padre que no quiere otra cosa que salvar a su Hijo, el niño Smit-McPhee cumple sin edulcoramientos de ninguna naturaleza y un irreconocible Robert Duvall, como el Anciano, se roba la película en los escasos minutos en los que aparece en el encuadre.

Y, sin embargo, con todo y que cierta frase musitada al final resulta genuinamente conmovedora para todos los que tenemos o tuvimos un padre ("Te hablaré todos los días y nunca te olvidaré"), La Última Carretera se queda corta en un elemento central de la novela de McCarthy: en el tono de última desolación emocional que logra el escritor estadounidense a través de una prosa casi elegiaca, diríase poética. El cine, un arte visual/narrativo tan completo como la literatura, está, acaso, imposibilitado para capturar el sentido más profundo del texto de McCarthy por los elementos poéticos del mismo, no por una falla específica de alguien, mucho menos de Hillcoat y su equipo -aunque, bueno, debo confesar que la partitura escrita por Nick Cave y Warren Ellis sí me pareció, a ratos, chocante.

Una última aclaración: no estoy repitiendo la gansada "es que el libro siempre es mejor que la película" -recordemos: la literatura y el cine tienen lenguajes distintos y es absurdo hacer este tipo de comparaciones-, pero sí es necesario subrayar que, por lo menos en este caso, hay elementos poéticos infilmables en La Carretera con los que no pudo lidiar Hillcoat. Era una tarea imposible. Apenas Tarkovsky, acaso.

El Último Camino ha sido puesto en venta en DVD de Región 1 y se está exhibiendo todavía en algunos lugares de México.

lunes, 24 de mayo de 2010

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CXXVIII


París en la Mira (From Paris with Love, Francia, 2010), de Pierre Morel. El más reciente largometraje del protegé de Luc Besson, Pierre Morel (Adrenalina Total/2004, Búsqueda Implacable/2008), es, como de costumbre, una muy entretenida cinta de acción. No tiene mucho sentido y el filme despide un tufillo misógino imposible de soslayar, pero uno -yo, pues- se divierte como enano con un Travolta calvo y barrigón, y un Jonathan Rhys-Mayers muy en su papel de serio patiño sacado-de-onda. De todas formas, no vale más que para el palomazo del miércoles a dos por uno. Mi reseña en Primera Fila del REFORMA.

Los Perdedores (The Losers, EU, 2010), de Sylvain White. De lo peor del año. Mejor dicho: de muchos años. Mi justificación para ver este bodriazo, señor juez, es que me pagan por hacerlo. Mi reseña en Primera Fila del REFORMA.

domingo, 23 de mayo de 2010

Año Bisiesto


Pues nada, que González Iñárritu no ganó la Palma de Oro en Cannes 2010, pero su actor protagónico, Javier Bardem, cumplió las expectativas y ganó el premio (aunque ex-aqueo) a Mejor Actor. La sorpresa de la noche no fue que Mike Leigh se fuera con las manos vacías o que "Joe" ganara su primera Palma de Oro, sino que la cinta mexicana Año Bisiesto (2010), de Michael Crowe, ganara la Cámara de Oro a Mejor Opera Prima. Felicidades a él y a todo su equipo.
Esperamos ver Año Bisiesto como se acostumba en este país: dentro de un año, en cuatro salas y en los muy comerciales horarios de 12:30 del día. (O, a lo mejor, en Morelia 2010 o, de plano, en Guadalajara 2011). Sigan en sintonía.

sábado, 22 de mayo de 2010

El cliché que yo ya vi/LX


Javier C., un lector y comentarista asiduo en este blog, propone:

Corre a la libertad: Hay una buenta cantidad de películas que terminan con el personaje principal corriendo como un acto de liberación, esperanza, aceptación. Ejemplos sobran: Los 400 Golpes, Fuera del Cielo, La Familia Savage y, más recientemente, la espléndida cinta chileno-mexicana La Nana. ¿Algún otro filme que quieran enlistar?

PS. En otra gran película, La Soledad del Corredor de Fondo, se le da vuelta al cliché por completo: el protagonista se niega a correr como un actor de rebeldía y liberación.

viernes, 21 de mayo de 2010

30 Foro de la Cineteca/VIII y último


Los Viajes del Viento (Colombia-Holanda-Argentina-Alemania, 2009), segundo largometraje de Ciro Guerra (opera prima La Sombra del Caminante/2004, no vista por mí) es, acaso, la sorpresa más agradable en la, por lo demás, muy apreciable programación del 30 Foro de la Cineteca. No digo que sea la mejor película de todas las vistas hasta el momento -tal vez Hambre (2008) tenga esa condición, de acuerdo con mi gusto muy particular-, pero sí una autentica sorpresa para quien esto escribe.

Y es que, a diferencia del resto de la programación, no sabía qué esperar del filme del colombiano Guerra. Lo que vi, en todo caso, es una valiosa y meritoria road-movie musical -a pie y en burro- por el norte colombiano de fines de los años 60 del siglo pasado, desde Sucre hasta La Guajira. Los protagonistas son el lacónico juglar y maestro del acordeón Ignacio Carrillo (el actor no profesional Marciano Martínez, sin una nota falsa) y el adolescente solovino Fermín Morales (Yull Núñez), quien se une al hosco músico en su manda personal: devolver el legendario acordeón que toca a su verdadero dueño, un anciano maestro que vive -si es que vive todavía- en el desierto de La Guajira.

Ignacio está de luto y de perpetuo mal humor. Su mujer acaba de fallecer, no sabe cuántos hijos ha dejado regados por ahí y su devoción absoluta a la música le ha costado mucho. Fermín lo acompaña porque quiere aprender de él, aunque Ignacio no tiene intenciones de enseñarle nada. Además, el talento para la música, para el acordeón, para los tambores, se tiene o no se tiene. E Ignacio no se anda por las ramas con el terco muchachito: "tú no tienes talento".

La cámara de Paulo Andrés Pérez y el funcional montaje de Iván Wild logran alternar muy bien los enormes espacios abiertos por los que cruzan Ignacio y Fermín -montañas, pastizales, desiertos, lagunas, ríos, páramos, el desierto- con los cargados interiores en los que Ignacio accede finalmente a tocar su acordeón -¡esa secuencia del duelo de coplas al estilo del viejo cine mexicano!- o en los espacios abiertos, pero más reducidos, en donde el solitario acordeonista decide cantarle a su pequeño hijo avistado a lo lejos ("Caballito"), o en donde el músico sirve de tétrica comparsa a un violento enfrentamiento a machetazos, visto a través del reflejo en el agua, visto a través de las sombras que serán bañadas por sangre.

La cinta se extiende en demasía -creo que roza con la redundancia dramática en su último cuarto- pero tiene un último elemento a su favor: Guerra no se permite edulcorar a ninguno de sus dos personajes centrales. Ignacio ha caminado un largo trecho para llegar a donde tiene que llegar y Fermín tiene que seguir el camino. La vida sigue. A ritmo de vallenato.


Los Viajes del Viento se exhibe hoy, por último día, en la Cineteca Nacional.

jueves, 20 de mayo de 2010

Desgracia


Al adaptar a la pantalla grande la novela Desgracia (Ed. Mondadori), del Premio Nobel 2003 J. M. Coetzee, la pareja matrimonial formada por el actor vuelto cineasta Steve Jacobs y su productora/guionista Ana Maria Monticelli, enfrentó un reto descomunal: traducir la complejidad dramática y moral del libro al lenguaje visual del cine que, por fuerza, resulta ser más prosaico.
El resultado, contra todo pronóstico, es muy satisfactorio, pues Desgracia (Disgrace, Sudáfrica-Australia, 2008) -que desgraciadamente se exhibe en el DF en un par de salas comerciales, nada más-, transita por el mismo camino del texto de Coetzee: una ruta difícil que no ofrece atajos salvadores a sus personajes ni a los espectadores.
Estamos en Ciudad del Cabo, en la Sudáfrica del post-apartheid. El cincuentón profesor de poesía David Lurie (John Malkovich, en un papel que parece haber sido escrito para él) es obligado a renunciar a su plaza en la Universidad después de que se hiciera público su affaire sexual con una joven estudiante negra (Antoinette Engel). Retirado de su trabajo académico, Lurie decide visitar a su hija hippie y lesbiana (Jessica Haines), quien vive en una granja, retirada de toda civilización, sembrando flores y zanahorias. Durante la visita, Lurie y su hija sufrirán la desgracia del título, que cambiará radicalmente la vida de ambos.
Es inevitable analizar la forma en la que Monticelli y Jacobs se apropiaron de la trama de Coetzee. Así, lo que en el libro es una sutil pero provocadora alegoría de la Sudáfrica del presente, la película tiende a ser más directa en lo que pretende (de)mostrar: que Lurie –no tanto Lucy- no ha entendido todavía que ya no vive en el país de antes. Que el balance de poder ha cambiado y que es hora de pagar lo que debe, aunque, acaso, no deba tanto.
Jacobs encuentra el equivalente del arte literario de Coetzee en el propio lenguaje cinematográfico, en especial en esa espléndida toma final que no está en el libro, pero que logra resumir, visualmente y en un solo encuadre, el sentido moral de toda la novela. De alguna forma, pues, Jacobs entrega algo más que la reverente adaptación de un gran texto: ha logrado realizar una cinta que es valiosa por sí misma, aunque sea imposible desligarla de su prestigiado origen literario. Dicho de otra forma: Jacobs no es un copista. Es un traductor. Y nada malo, de hecho.

miércoles, 19 de mayo de 2010

30 Foro de la Cineteca/VII


Exhibida en nuestro país en Guadalajara 2010, donde concursó sin éxito en la sección iberoamericana, Te Extraño (Argentina-México, 2010), segundo largometraje de ficción del argentino mexicanizado Fabián Hofman (Pachito Rex: Me Voy pero No del Todo/ 2001), ha vuelto a las salas de cine nacionales gracias al 30 Foro de la Cineteca.

La película es, evidentemente, un proyecto muy sentido y muy personal de Hofman, pues algo de su vida se ve reflejada en lo que le sucede al personaje central, Javier (Fermín Volcoff), un adolescente argentino de familia judía-polaca, quien es enviado a vivir a México una temporada después de que su hermano mayor, el aprendiz de “montonero” Adrián (Martín Slipak), ha sido desaparecido por la dictadura militar de los Videla/Massera/Agosti de los años 70.

Hofman dirige con soltura este buen melodrama de crecimiento y maduración juvenil...


La reseña completa de Te Extraño se publica hoy en la sección cultural de Reforma.


Te Extraño se exhibe hoy en la Cineteca Nacional.

martes, 18 de mayo de 2010

Robin Hood


¿Quién era Robin Hood antes de convertirse en el forajido que robaba a los ricos para repartir el dinero entre los pobres? El más reciente largometraje del siempre ambicioso Ridley Scott responde a esta pregunta en, precisamente, Robin Hood (Ídem, EU-GB, 2010) que, si bien no es el desastre absoluto que yo había leído por ahí, tampoco es la cinta épica que hará que olvidemos Gladiador (2000), la primera –y acaso la mejor- de las cinco colaboraciones entre el cineasta británico y el ingobernable actor neozelandés Russell Crowe.

El guión escrito por Brian Helgeland es, pues, una especie de prólogo –de más de dos horas de duración, eso sí- de las aventuras más conocidas de Robin Hood en el bosque de Sherwood, llevadas a la pantalla en un centenar de ocasiones, desde la canónica Las Aventuras de Robin Hood (Curtiz y Keighley, 1938) hasta la crepuscular Robin y Marian (Lester, 1976), pasando por algún cartón de la Warner en el que el Pato Lucas era el fallido equivalente palmípedo del justiciero de Nottingham.

En esta nueva versión revisionista, Robin Longstride (Crowe en plena forma) es un arquero más en el ejército del rey Ricardo Corazón de León (Danny Huston espléndido), quien regresa a Inglaterra después de estar varios años de cruzado, rescatando los lugares santos y asesinando, de pasada, a miles de niños, mujeres y ancianos musulmanes. Sin embargo, en un último saqueo –perdón: batalla- en tierras francesas, Ricardo muere y es Robin –haciéndose pasar por el noble Sir Robert Loxley- quien tiene como misión cargar con la corona del monarca fallecido para que se la ciña su veleidoso y tiránico hermano menor, Juan (Oscar Isaac).

El reyezuelo de marras, cual Presidente mexicano en plena crisis, le subirá los impuestos a su depauperado pueblo, lo que provocará un conato de guerra civil, que será pospuesta cuando el enemigo común -¡los franchutes!- estén a punto de desembarcar en Inglaterra. Para entonces, Robin Longstride ha sido prácticamente adoptado por el anciano padre de Loxley (Max von Sydow, robándose la película) y ya le empieza hacer ojitos a la indómita viuda de Sir Robert, Marion (Cate Blanchett). Será Robin, también, quien se convertirá en el auténtico líder del pueblo inglés para derrotar a los franceses y a su maléfico agente Godfrey (Mark Strong, perfecto).

Como se podrá usted imaginar, sólo por ver la interacción de este extraordinario reparto -Crowe, Blanchett, von Sydow, Strong, Huston y hasta William Hurt…- vale la pena el boleto de entrada. También es innegable la solvencia de Scott al dirigir las varias escenas de acción de la cinta, especialmente la final, genuinamente emocionante, con flechas volando por los aires, espadazos a diestra y siniestra, y un sangriento desembarco en la playa.

Sin embargo, Robin Hood, el filme, tampoco carece de problemas. Hay un momento en la trama –cuando Robin ya está instalado cómodamente en Nottingham- que la cinta se detiene en demasía en las traiciones y maquiavelismos de la corte del Rey Juan, lo que rompe con el ritmo terso y sostenido de la película. Tampoco ayuda que la Marion de Cate Blanchett se haya convertido no sólo en toda una protofeminista -¿en el siglo XII?- sino hasta en prima hermana de Juana Arco, con todo y armadura. Y más aún: eso de escarbar en la infancia de Robin Hood hasta hacerlo ver como el hijo de una especie de filósofo liberal precursor de John Locke –otra vez: ¿en el siglo XII?- es, para decirlo elegantemente, una jalada.

Por lo demás, la película se deja ver, con todo y que los 140 minutos de duración pueden parecer demasiados. En lo personal, no lo sentí así: pero, bueno, siempre he tenido debilidad por las cintas épicas a la antigüita.

lunes, 17 de mayo de 2010

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CXXVII


Desgracia (Disgrace, Australia-Sudáfrica, 2008), de Steve Jacobs. Exhibida en la pasada Muestra Internacional de Cine, regresa a las pantallas nacionales -bueno, para ser precisos a DOS pantallas defeñas- esta espléndida adaptación de la provocadora novela homónima del Premio Nobel J. M. Coetzee. Se trata de una serie meditación sobre la convivencia, el pasado, la culpa y la redención personal protagoniza por John Malkovich. Volveré a la película esta misma semana en el blog.


Mi Pareja es Mi Rival (Notre Univers Impitoyable, Francia, 2008), de Léa Fazer. Tomando una premisa narrativa/estructural ya algo manoseada (por Allen, Resnais y varios más), he aquí que una joven y enamorada pareja de abogados (Alice Taglioni y Jocelyn Quivrin) tienen la oportunidad de ascender en la prestigiada firma para la que trabajan. La cinta nos presenta, en secuencias paralelas/alternativas, qué pasaría con el amor entre ellos si la mujer o el hombre fueran los elegidos. Fazer entrega una elegante puesta en imágenes -su manejo del encuadre es notable, como puede verse en la escena inicial-, pero el guión, escrito por ella misma, termina traicionando el seco escepticismo que se había construido a lo largo de toda la cinta. Mi reseña, en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.


Robin Hood (Ídem, EU-GB, 2010), de Ridley Scott. Ni el desastre que dicen algunos que la vieron en la premiere en Cannes -¿pues qué comieron que los puso de tan mal humor?- pero, tampoco, la gran cinta épica que pudo haber sido y no quiso ser. El problema, creo, es que Scott se toma demasiado en serio la leyenda del forajido de los bosques de Sherwood. Y, también, acepto, hay unos anacronismos bastante chocantes. Pero tampoco es para tanto. Mi reseña, esta misma semana en el blog.

The Obscure, the Forgotten and the Unloved: Resultados


Iain Stott ha publicado los resultados finales del ejercicio cinefílico que nos pidió a varias decenas de críticos, blogueros y cinéfilos de todo el mundo. Listar 40 películas poco vistas y no tan conocidas que, en la opinión de cada uno de los participantes, debería ser considerada un clásico. Aquí abajo está el top-ten, y acá, la lista completa con todas las cintas y todos los participantes. Por cierto, en este top-ten se colaron tres filmes por los que yo voté. No es mal récord. (Ah, mi lista personal está aquí).



1. Ride Lonesome (1959), de Budd Boetticher
2. Make Way for Tomorrow, de Leo McCarey
3. Y la Vida Sigue (1991), de Abbas Kiarostami
4. Jeanne Dielman (1975), de Chantal Akerman
5. The Reckles Moment (1949), de Max Ophüls
6. El Crimen de Monsieur Lange (1936), de Jean Renoir
7. Voces Distantes, Aún Vivas (1988), de Terence Davies
8. The Tarnished Angels (1958), de Douglas Sirk
9. Syndromes and a Century (2006), de Apichatpong Weerasethakul
10. Con los puños en los Bolsillos (1965), de Marco Bellocchio

domingo, 16 de mayo de 2010

30 Foro de la Cineteca/VI



En su debut como cineasta de ficción, el artista plástico y videoasta Steve McQueen -qué maravilla llevar ese nombre- no niega la cruz de su parroquia. Hambre (Hunger, GB-Irlanda, 2008), su multipremiada opera prima -ganadora de la Cámara de Oro en Cannes 2008 entre muchos otros premios- es, antes que nada, un fascinante ensayo estructural.


Me explico. Aunque la película tiene una estructura clásica aristotélica -está dividida en tres partes que bien podrían encajar en los canónicos segmentos de "introducción", "desarrollo" y "conclusión"-, la realidad es que dentro de cada una de estas secciones, de más o menos media hora cada una, McQueen y su guionista Enda Walsh dinamitan cualquier zona de comfort en la que quiera instalarse uno como espectador. El radicalismo narrativo/visual de McQueen es más eficaz en la medida que está enmascarado en un problemático discurso histórico/político nunca directo.


Estamos en la prisión Maze, en Belfast, Irlanda del Norte, a inicios de los 80. Acompañado por la voz de la señora Tatcher, el delgado Davey Gillen (Brian Milligan) llega a cumplir su condena de 6 años de prisión. Como otros miembros del Ejército Republicano Irlandés (IRA por sus siglas en inglés), se niega a llevar la vestimenta oficial de la cárcel: él no es un criminal, sino un preso político. Desnudo, cubriéndose apenas con una pequeña cobija, llega a su celda, compartida con el hirsuto Gerry Cambell (Liam McMahon), otro miembro del IRA sentenciado a 12 años.


Ante la negativa de Tatcher de darles el estatus de presos políticos, los prisioneros del IRA en Maze han organizado una serie de "protestas sucias": decoran de mierda sus celdas, tiran sus orines en el pasillo, se niegan a bañarse y a cortarse el cabello.


Con muy pocos diálogos, esta primera parte nos muestra tanto las rutinas de los prisioneros como de los guardias de la prisión. De hecho, la película inicia siguiendo a un hombre, Raymond Lohan (Stuart Graham), que luego sabremos que trabaja en Maze: el tipo se levanta, se lava, desayuna, se despide de su mujer... Sin embargo, también mete sus manos matratadas en agua caliente. Y antes de salir de su casa revisa con cuidado los alrededores. Y, por supuesto, revisa el auto por abajo: no vaya a ser que alguien le haya dejado un regalito.


Más tarde sabremos la razón de sus manos adoloridas y veremos qué hace Lohan en prisión hy qué relación tienen -o, mejor dicho, no tiene- no sólo con los prisioneros sino con sus mismos compañeros de trabajo y hasta con madre semi-catatónica, internada en un asilo. El poder de observación de McQueen con los prisioneros del IRA es tan riguroso como lo es con Lohan, a quien atisbamos cuando almuerza solitario en el comedor o se fuma, nervioso, un cigarrillo, en una pausa de su trabajo.


La segunda parte parece un merecido descanso de la violencia y la escatología de la primera media hora. Sin embargo, lo que veremos es tan emocionalmente demandante como el inicio. El protagonista de la cinta aparece: se trata del líder del IRA Bobby Sands (hipnótico Michael Fassbender) quien ha decidido, como forma de presión ante la tozudez legendaria de la señora Tatcher, iniciar una huelga de hambre que lo llevará, previsiblemente, a la muerte.


El centro de esta secuencia está realizada prácticamente en un par de tomas y si durante los primeros 30 minutos de Hambre hemos escuchado pocos diálogos, lo que veremos en la siguiente media hora es una de las más dramáticas conversaciones que he escuchado en mucho tiempo, seguido por un fascinante monólogo. La cámara de Sean Bobbit permanece fija, quieta, mientras Bobby platica con el Padre Moran (Liam Cunningham). En la toma general, vemos y escuchamos el ping-pong amistoso, incluso banal, de Moran y Bobby: chismes, bromas, reflexiones, bocanadas de humo que se cruzan... El tiempo avanza y los dos empiezan a entrar en materia: Moran no ha ido ahí a platicar de un sacerdote arribista que le ganó una jugosa parroquia, sino a escuchar la voluntad martirológica de Bobby para que el cura la dé a conocer al exterior. En esa simple escena, de más de 16 minutos, sin corte alguno, con la cámara fija, McQueen ha cambiado de nuevo el envoltorio de su filme: de un funcional docudrama frío y hasta distante (con todo y los momentos de violencia y el malsano escenario escatológico), pasamos a un minimalismo radical que no suda ni se acongoja al dejar la cámara fija y exigirle todo a sus dos actores.


Más aún: después de estos 16 minutos, ocurre por fin el primer corte y ahora vemos, en primer plano, a Bobby Sands justificar su huelga de hambre frente a un Padre Moran fuera de cámara. Se trata de cinco minutos -nuevamente sin corte y sin movimiento- fascinantes: más allá de lo discutible que puede parecer su explicación del suicidio que está a punto de iniciar, estamos ante una puesta en imágenes engañosamente austera. El cine, nos dice McQueen, no es sólo el experto manejo de la cámara -como en la primera parte- sino, también, de los actores y sus diálogos, de los personajes y sus motivaciones. En esta segunda parte, estamos inevitablemente conectados con Bobby Sands y su martirio.


La tercera sección -la última media hora- es la más convencional del filme. Se trata de la crónica visual -y otra vez con muy pocos diálogos- de los 66 días en huelga de hambre que resistió Sands. También es la parte más problemática: como nunca se nos dice qué hizo Sands para merecer la prisión -¿puso una bomba?, ¿mató civiles inocentes?, ¿asesinó policías?, ¿murieron niños en sus actos terroristas?, ¿robó un banco?-, su lenta muerte aparece como un ejercicio crístico, sacrifical. La violencia y la represión del Estado británico en Maze son mostrados en todo su esplendor, así como los actos de resistencia de los presos del IRA, pero no tenemos acceso a otro tipo de información. Por supuesto, esto es más una característica que un defecto del filme de McQueen: el cineasta debutante no ha hecho un filme político, sino un experimento estructural y dramático. El contexto lo coloca el espectador y la información que él tenga al ver el filme.


En el desenlace McQueen no baja la guardia: el climax esperado nunca llega. La información que se nos brinda al final -tantos murieron en Maze, siguiendo la huelga de hambre de Sands; tantos policías fueron asesinados por el IRA más o menos al mismo tiempo- aparece como mera estadística. ¿A quién le interesan los números después de haber presenciado esta odisea visual, narrativa, emocional?

Hambre se exhibe hoy en la Cineteca Nacional.

sábado, 15 de mayo de 2010

30 Foro de la Cineteca/V


Una de las tendencias dominantes en el cine "de arte" y/o "festivalero" de los últimos años es su inclinación a lo que Jonathan Romney (Sight and Sound, febrero de 2010) ha llamado, certeramente, "slow cinema". Es decir, un cine que se toma tooooodo el tiempo del mundo para expresar, visual y dramáticamente, lo que quiere.

Los ejemplos pueden ser muy demandantes para el cinéfilo promedio -digamos, la opacidad narrativa de Los Muertos (Alonso, 2004), los contemplativos minutos iniciales de Luz Silenciosa (Reygadas, 2007)- , pero, al final de cuentas, cuando la fórmula funciona, la película termina transmitiendo una emoción genuina. Hemos visto algo misterioso y fascinante desarrollarse frente a nuestros ojos: el esfuerzo ha valido la pena.

Sin embargo, cuando la fórmula no funciona, lo que queda es el más puro e irrebatible aburrimiento. Es lo que me sucedió a mí, en lo personal, con Cefalópodo (México, 2010), segundo largometraje de Rubén Imaz...


La reseña completa de Cefalópodo se publica hoy en la sección cultural de REFORMA.

Cefalópodo se exhibe hoy en la Cineteca Nacional.

viernes, 14 de mayo de 2010

Pídala Cantando/XVI


No tenía la intención de dedicarle más líneas de las que escribí aquí y acá, pero un par de lectores me pidieron que me extendiera un poco más acerca de Euforia (México, 2009), tercer largometraje de Alfonso Corona (Preparatoria/1983, Extraños Caminos/1993, no vistas por mí), cinta exhibida fuera de concurso en Guadalajara 2009 y estrenada en la ciudad de México el fin de semana pasado.

Realizada con una solvencia apreciable -los recursos de producción están por encima del promedio, la fotografía de Arturo de la Rosa destaca como de costumbre-, Euforia tiene un lastre imposibles de soslayar: un argumento absurdo que cae una y otra vez en el humor involuntario. En este contexto, ante una trama tan gratuita, sería injusto reprocharle algo a sus actores: más bien, uno termina sintiendo pena por ellos.

Pat Corcoran López -sí, así se llama- es un rockero has-been que ahora canta -o intenta hacerlo- en bares de quinta categoría. En uno de ellos, Corcoran -interpretado por Humberto Zurita en piloto automático- se encuentra con Ana (fresca Ana Serradilla), una guapa jovencita con quien, más rápido que usted deletrea r-o-a-d m-o-v-i-e, se irá por el camino para solucionar sus dudas existenciales, mientras se sueltan profundeces engoladas ("Es mejor vivir como poeta que hacer poesía"), se dicen confesiones tremebundas ("Mi papá quería que fuera un US Marine") y se pronuncias frases rete-dramáticas ("Duermo porque prefiero soñar").

Las incoherencias en esta cinta podrían llenar varias páginas -de hecho, yo llené tres-: se supone que Corcoran vivió en los 60, cuando tuvo su banda de rock influida por Jim Morrison, pero en algún momento se nos informa que tiene 46 años. O sea: ¿a qué edad tuvo su banda? ¿A los 5 años? Pero dejémoslo así: supongamos entonces que su banda fue más bien ochentera. Eso explica su fracaso: ¿quién demontres quería escuchar a unos imitadores de The Doors varios años después de la muerte de Morrison, en la década de, por ejemplo, Madonna?

Y aún hay más, como diría el clásico: la Ana de la señorita Serradilla se acuesta nomás porque sí con un joven sacerdote (Francisco Cardoso), Ana bautiza con nombres de árboles a todos los que se encuentra (Pat es un eucalipto, por ejemplo), aparece gratuitamente un niño autista para darle mayor dramatismo a todo el asunto y, en cierto momento, los dos personajes centrales toman un avión cuando se supone que no tienen ni con qué caerse muertos. Las escenas de humor involuntario son varias y de pena ajena, pero me quedo con una, que provocó carcajadas en la función a la que asistí, en Guadalajara 2009: Pat correteando al pérfido curita que se encamó con Ana. Pero lo entiendo. Da corajito.

jueves, 13 de mayo de 2010

El cliché que yo ya vi/LIX


Joel Meza propone el siguiente cliché:


Cae el telón: En las películas, las cortinas de baño sólo cumplen una función y no es evitar que el agua de la regadera moje el resto de la habitación. Podemos estar seguros que siempre que aparezca un baño con cortina, ésta terminará siendo jalada hacia abajo por alguno de los personajes hasta arrancarla del tubo, independientemente de si los fines son dramáticos, trágicos, cómicos o sexys. Ejemplos que trascienden géneros y épocas: El héroe de Tierra de Zombies arranca la cortina para escapar de su vecina infectada, la pareja de enamorados de 500 Días con Ella hace lo propio para demostrarse su amor, no podía faltar James Bond en Thunderball y, por supuesto, Marion Crane hace los honores cortesía de la mamá de Norman Bates en Psicosis.

miércoles, 12 de mayo de 2010

30 Foro de la Cineteca/IV


Náufrago en la Luna (Kimmsi pyoryugi, Corea del Sur, 2009), opera prima en solitario de Hae-jun Lee -quien codirigió en 2006 una cinta sobre un gordito que se siente mujer-, no oculta en ningún momento su deuda con el buen melodrama hollywoodense Náufrago (Zemeckis, 2000). Como en la película americana, su protagonista es un tipo que llega a una isla desierta y tiene que aprender a vivir en ella. Y al igual que Tom Hanks, nuestro héroe, Seong-geun Kim (espléndido Jae-yeong Jeong), tiene hasta su propio "Wilson" con quien platica, discute y cotorrea.

La diferencia es que la isla a la que llega el treintañero Kim no está a mitad del oceáno sino a tiro de piedra de Seúl. Deprimido por sus deudas impagables y por una novia que lo abandonó sin decir agua va, Kim decide suicidarse, tirándose de un puente al celebérrimo y anchísimo Río Han -el mismo de donde salió el monstruo multiforme de El Huésped (Bong, 2006)-, con tan mala suerte que el patético Kim termina siendo arrastrado por la corriente hasta la orilla de la Isla Bam, un pequeño islote que se encuentra a mitad del río. Como el tipo no sabe nadar y su teléfono celular queda sin batería, Kim queda varado en la isla en medio de Seúl: un atípico náufrago que muy pronto tendrá que aprender a cazar pajaritos, atrapar pescados y hasta cultivar su propia huerta, consiguiendo las semillas de... Bueno, usted ya lo verá.

En un edificio de departamentos que se encuentra frente al Río Han, vive una muchacha que, a su modo, también está en su propia isla desierta. Hace tres años que no sale de su habitación, sobrevive pegada a su computadora y se ha inventado su propio perfil en las redes sociales para aparentar todo lo que no es: bonita, elegante, alegre, sociable. Su único pasatiempo es tomarle fotos a la Luna y, un buen día, apuntando su telefoto al satélite natural de nuestro planeta, ve a un "extraterrestre" excéntrico que está en la Isla Bam, sacudiéndose desnudo frente a la ciudad, hablando solo con un maniquí, recogiendo mierda de las palomas, escribiendo mensajes de ayuda ("help") o de saludo ("hello") en la sucia arena...

Como de costumbre en el cine sudcoreano más reciente -por lo menos en el más conocido en México: el de Joon-ho Bong y el de Ki-duk Kim-, lo que domina en el filme de Lee son los bruscos cambios de tono: lo que inicia como sátira de la crisis económica y de la alienación social, continúa como hilarante comedia slapstick -¡esos intentos de capturar a los pájaros y de atrapar a los "egoístas" peces!- y termina en forma de sublime y cursilísima comedia romántica, con dos "náufragos" enamorados a la distancia, comunicándose con anacrónicas botellas echadas al mar -digo, al rio- y con una pareja de alienados que han empezado a amar la vida de nuevo, pues la esperanza tiene cara de tallarín. Y con mucha salsa.


Náufrago en la Luna se exhibe hoy en la Cineteca Nacional

martes, 11 de mayo de 2010

30 Foro de la Cineteca/III


Después de haber codirigido con Juan Carlos Rulfo Los que Se Quedan (2008), una de las mejores cintas mexicanas del año pasado y, por lo menos desde mi perspectiva, una de las más logradas y pertinentes películas nacionales de la década, Carlos Hagerman ha realizado su primer largometraje solo, y ha pasado la prueba con creces. Hagerman sin Rulfo sabe hacer buen cine.

Vuelve a la Vida (México, 2009) surgió de un accidente, nos informa Hagerman desde el inicio de este gozoso documental...


La reseña completa de Vuelve a la Vida se publica hoy en la sección cultural de Reforma.

Vuelve a la Vida se exhibe hoy en la Cineteca Nacional.

lunes, 10 de mayo de 2010

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CXXVI


La Caja de Pandora (Pandora'nin Kutusu, Turquía-Francia-Alemania-Bélgica, 2008), de Yesim Ustaoglu. Un melodrama gerontológico que no cae en los excesos de rigor. Cuando una anciana madre de tres infelices -en el más amplios sentido del término- empieza a tener síntomas de Alzheimer, las dos hijas y el hijo van por ella al pueblito en donde vive para llevársela a Estambul. Lidiar con la viejita ga-ga y con sus propias broncas personales no será tarea sencilla. Mi reseña, in extenso, en la semana -si es que sobrevive a la cartelera.

Camino (España, 2008), de Javier Fesser. El tercer largometraje de Fesser es una inclasificable obra que se mueve entre el melodrama de denuncia, el filme de crecimiento juvenil y la descarada comedia herética casi buñueliana. Basada vagamente en hechos reales -la muerte de una niña de 14 años, provocada por una enfermedad degenerativa-, la cinta causó una enorme polémica en España, debido a su visión poco halagueña del Opus Dei, la organización a la que pertenecián los familiares de la muchachita, vista como mártir de la fe por los sacerdotes de "la Obra". Fesser dirige con un eclectismo vigoroso: lo mismo secuencias fantásticas a la Peter Jackson (Criaturas Celestiales, 1994), imágenes gore de las continuas operaciones que sufrió la niña (prodigiosa Nerea Camacho), secuencias de una sarcástica crueldad apenas embozada (la que se refiere al papá de la protagonista, encarnado por un conmovedor Mariano Venancio) y una secuencia final socarronamente herética, en la mejor tradición buñueliana (cf. Nazarín/1959). Los creyentes en Dios y los miembros del Opus Dei tienen razón en molestarse. Los creyentes en el buen cine tenemos razón en regocijarnos. Mi reseña en el Primera Fila de Reforma.

Euforia (México, 2009), de Alfonso Corona. Vi este bodriazo fuera de concurso en Guadalajara 2009. Nunca lo olvidaré por dos razones muy simples: ha sido una de las peores películas que vi en la década pasada y no me pude salir del cine por mi clasemediera educación convencional. Sucede que me senté al lado de dos colegas y, a continuación, apareció Ana Serradilla (alegre, fresca, luminosa, como está siempre en pantalla), nos saludó amigablemente y se sentó al lado de uno de mis compañeros, a un metro de distancia. Con todo y el gusto de saludar a la señorita Serradilla, Euforia fue una tortura: la película va de ridiculez a ridiculez, de inconsistencia a inconsistencia, y nadie podía agarrar cotorreo porque al lado de nosotros estaba sentada, muy sonriente, la protagonista. Tampoco me animé a huir del cine porque podía parecer una grosería: resabios de mi educación familiar. Tengo tres páginas enteras de notas sobre la película pero paso de escribir la reseña. No paga el tiro. Aquí está lo que escribí de ella, en Guadalajara 2009.

Hombres de Mentes (The Men Who Stare at Goats, EU-GB, 2009), de Grant Heslov. El primer largometraje del socio de George Clooney, Grant Heslov, es más un cúmulo de buenas puntadas que una buena película. El reparto es espléndido (Clooney, Jeff Bridges, Kevin Spacey, Stephen Lang y Ewan McGregor, con la mejor línea de toda la película), pero la comedia es, en el mejor de los casos, muy inconsistente. De todas formas, vale el palomazo. Mi reseña en el Primera Fila de Reforma.

domingo, 9 de mayo de 2010

30 Foro de la Cineteca/II


Desde la misma secuencia de créditos, queda claro quién tendrá el privilegio del punto de vista dominante en el segundo largometraje de Sebastián Silva, La Nana (Chile-México, 2008). El título del filme aparece sobre el adusto rostro de la actriz protagónica, Catalina Saavedra, quien encarna magistralmente a Raquel, la criada y nana de la familia Valdez, quien ha vivido con ellos desde hace más de 20 años.

Estamos en el hogar de una familia de clase alta chilena –de hecho, en la misma casa en la que creció el director, Sebastián Silva-, en donde los que mandan son los patrones, el matrimonio de Pilar (Claudia Celedón) y Mundo (Alejandro Goic), aunque la que tiene el poder en muchas pequeñas y cotidianas cosas sobre la casa entera y los cuatro niños Valdez es, en realidad, Raquel...

La reseña completa de La Nana está publicada en El Ángel de Reforma y mi primera impresión de la cinta, cuando la vi en Guadalajara 2009, esta acá.

La Nana
se exhibe hoy en la Cineteca Nacional.

sábado, 8 de mayo de 2010

30 Foro de la Cineteca/I


Ya lo hemos escrito un servidor y alguno que otro participante en este mismo blog: la originalidad está sobrevalorada. El hecho de ser el primero en algo es un mérito indudable pero no necesariamente el único ni el más importante. Tómese el caso de la película de ciencia ficción Luna: 1095 Días (Moon, GB, 2008), opera prima de Duncan -hijo de David Bowie- Jones: en sentido estricto, nada de lo que nos muestra es novedad.
Las referencias cinematográficas, a bote pronto, son inocultables: una computadora de tersa voz masculina que interactúa con un solitario astronauta (cf. 2001: Odisea Espacial/Kubrick/1968), una compañía que lo que menos le interesa son sus trabajadores espaciales tan sacrificables (cf. Alien, el Octavo Pasajero/Scott/1979), una reflexión sobre lo que significa el ser humano en un mundo futuro en donde ya no es muy claro qué es la humanidad (cf. Blade Runer/Scott/1982)... Las referencias literarias son, sospecho, tan abundantes, aunque eso se lo dejo a los especialistas (¿Duende?) que de vez en cuando caen por aquí.
La trama, que parte de un argumento escrito por el propio cineasta debutante, nos ubica en un mundo futuro en donde todos los problemas energéticos han sido resueltos. Lunar Industries, una poderosa megacoporación terrestre, envía el Helium-3 a nuestro planeta, elemento que obtiene de una minas que se encuentran en el lado oscuro de la Luna. Ahí, solo y su alma, se encuentra el astronauta/ingeniero Sam Bell (impresionante Sam Rockwell), quien maneja el proceso automatizado de extracción del Helium 3, ayudado por la servicial computadora Gerty (voz perfecta de Kevin Spacey). Bell, quien está a punto de cumplir su contrato de tres años y ya se le cuecen las habas para volver a la Tierra, no tiene mucho qué hacer además de asegurarse que las máquinas estén funcionando: en los casi 1095 días del título en español se ha entretenido tallando una ciudad en miniatura, regando unas plantas con las cuales habla continuamente, viendo viejos programas de Hechizada y, por supuesto, recibiendo los mensajes de su adorada esposa desde la Tierra.
Pero usted ya se imagina: ese inminente regreso a la Tierra presentará algunas dificultades. Sam tendrá que salir a la superficie lunar a resolver un desperfecto técnico y sufrirá un accidente que lo dejará inconciente. El problema es que cuando despierta no se encuentra en el automóvil espacial sino acostado, en una bata, conectado a un suero, con Gerty cuidándolo cual fiel y preocupada enfermera. ¿Cómo llegó ahí? ¿Hace cuánto que pasó el accidente? ¿Por qué se siente tan confundido? Pero mejor dejémoslo así. Aunque lo que sigue es más o menos previsible, no quiero echarle a perder a usted el placer de descubrir qué le sucede a Sam, qué es lo que está pasando en la Luna y cuáles son las implicaciones de todo ello.
Jones ha dirigido una temprana obra mayor con un presupuesto mínimo -5 millones de dólares- un solo actor que fue injustamente ninguneado en la entrega del Oscar y el BAFTA, y unas cuantas ideas que, si bien no son exactamente originales, sí supo apropiarse de ellas de la mejor manera posible. Habrá que seguirle la pista de aquí en adelante.

Luna: 1095 días se exhibe hoy en la Cineteca Nacional, dentro del 30 Foro de la Cineteca.

viernes, 7 de mayo de 2010

The Obscure, the Forgotten and the Unloved... Reloaded


Iain Stott ataca de nuevo. Como informamos en este mismo sitio, el cinecrítico y bloguero británico nos pidió nuestra participación para hacer una lista de películas "oscuras", "olvidadas" o de plano "no amadas" que, sin embargo, no merecen -según la opinión de cada participante- esa clase de ninguneo. El número de cintas elegidas podía llegar hasta 30 -de una lista previamente hecha por Stott y muchos otros que participamos en su anterior proyecto, Beyond the Canon-, más una decena de filmes que, libremente, cada uno de nosotros podíamos agregar, siempre y cuando esas diez películas no tuvieran mil votos en la Internet Movie Database -un criterio mínimo para asegurarnos de la "oscuridad" de la cinta elegida.

El chiste, pues, era terminar con una lista de no más de 40 títulos. Yo me detuve en 25: 20 de la lista previamente conformada y 5 más propuestas libremente por mí, todas ellas cintas mexicanas clásicas que los cinéfilos extranjeros no conocen, aunque los mexicanos sí (o deberíamos, por lo menos). La lista la publiqué aquí, en el blog.

Finalmente, Stott nos ha pedido una última elección. Previsiblemente, de las decenas de películas elegidas libremente por cada participante, hay de todo, menos consenso. Lo que nos ha solicitado Stott ahora es que elijamos otras diez películas más de esta larga lista de los títulos propuestos libremente por cada uno de los participantes. Yo no elegí 10 sino 5, de tal forma que mi lista completa de películas "oscuras", "olvidadas" o "no amadas" -yo diría, más bien, ninguneadas- por el canon fílmico quedó en 30 y puede usted revisarla en esta liga.

jueves, 6 de mayo de 2010

Iron Man 2


Releo la reseña que escribí hace un par de años ante el estreno de Iron Man: el Hombre de Hierro (Favreau, 2008). Con todo y mi entusiasmo por aquella cinta veraniega de súper-héroes –“la mejor desde Spiderman 2 (Raimi, 2004)”, anoté-, no dejé de lamentar que los ruidosos F/X y las confusas escenas de acción terminaran minando lo mejor del filme que, a mi ver, era la perfecta interpretación de Robert Downey Jr. como el insoportable pero heroico narcisista Tony Stark y su rapport neurótico-romántico con su novia/secretaria Pepper Pots (despampanante Gwyneth Paltrow).

En la inevitable secuela, Iron Man 2 (Ídem, EU, 2010), lo mejor de la franquicia sigue presente. Los momentos más logrados son los que están alejados de los efectos especiales y de las peleas entre Iron Man y cierto ejército de hojalata. Así, la primera secuencia, cuando Stark, dueño del escenario, inaugura su exposición mundial de tecnología, es de los más disfrutable: la egolatría de Stark/Downey Jr. son intercambiables, como si el actor que hasta hace poco era considerado una elección peligrosa para protagonizar cualquier película –nadie sabía cuándo podía volver a las andadas de sus múltiples adicciones- estuviera disfrutando de verdad su condición no tanto de súper-héroe invencible, sino de súper-estrella veraniega.

Luego, sigue la secuencia del Senado, cuando un oleaginoso politicastro de tercera, el Senador Stern (Garry Shandling, muy convincente: hasta parece político mexicano) quiere acorralar al libertariano Tony Stark, quien no quiere soltar su traje de Iron Man a nadie, mucho menos a un Estado potencialmente corrupto como el que representa Stern. En lugar de quitarle su juguetito, dice Stark, todos deberían de agradecerle a él que el mundo viva un periodo de paz absoluta desde la aparición de la susodicha hojalata voladora, hace seis meses.

Todo hasta aquí resulta divertido, ingenioso, entretenido. Uno espera lo mejor cuando queda claro que el villano será un Mickey Rourke tatuado, musitando en ruso, con un loro blanco a un lado y un infaltable pica-dientes en los labios, cual mánager de beisbol de Grandes Ligas. La motivación del maloso de marras, Ivan Vanko, es nebulosa –quesque el papá de Stark fue el culpable de la desgracias del papá de Vanko, pero ¿hasta ahorita pensó en la venganza?-, pero no me voy a quejar por esto. Me queda claro que estoy viendo una película gringa de súper-héroes, no una adaptación shakespeariana.

Sin embargo, a partir de este planteamiento y con todo y que hay otros elementos atractivos en el filme, Iron Man 2 se estanca en las meditaciones existenciales de Stark: ¿qué haré ahora cuando lo que me salvó la vida, el paladio, me está matando?, ¿le diré a Pepper que se me está acabando la batería? ¿Y por qué mi papá no me pelaba? Y nosotros, mientras tanto, hurgando en el vaso de palomitas, nos preguntamos: ¿y ora, qué está haciendo Don Cheadle en lugar de Terrence Howard? ¿Y qué hace Samuel L. Jackson además de cobrar un jugoso cheque? ¿Y por qué no aparece más tiempo y con menos ropa Scarlett Johannson?

Apunté arriba que, independientemente de las aburridas peleas entre Iron Man y el villano, Iron Man y un ejército robotizado, Iron Man y su amigo Rhodey, la película aguanta el palomazo no sólo por la presencia del mejor Downey Jr. –cuando no está sufriendo por ser incomprendido, claro está-, sino por la gozosa parodia que realiza Sam Rockwell de él, quien encarna a un detestable competidor de Stark cuyo sueño no es tanto ganarle a él sino convertirse en él.

Otro momento notable llega en el desenlace cuando, en pleno clímax de acción, Stark y Pepper se pelean a larga distancia como si estuvieran en una película distinta, acaso en una ingeniosa screwball comedy protagonizada por un hombre encantador pero egocéntrico y una mujer inteligente y voluntariosa. Ojalá que en Iron Man 3 los hacedores de esta franquicia se dediquen un poco más a esto: en el par de epílogos de la película –antes y después de los créditos finales- queda claro que en las próximas entregas habrá más acción, más súper-héroes y más villanos. Ojalá, también, más Miss Paltrow. Y más Miss Johansson, si no es mucha molestia.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Machete

Robert Rodríguez ha re-editado su trailer de Machete con un mensaje especial para este 5 de mayo en Estados Unidos en general y Arizona en particular. Ey, yo sí pagaría por ver esta película -si es que alguna vez Rodríguez la hace.

lunes, 3 de mayo de 2010

Cinco grandes libros sobre cine


Sight and Sound, en su edición de junio -es hora que no me llega la de mayo- ha preguntado a un grupo de escritores, críticos e historiadores de cine sus mejores cinco libros sobre el séptimo arte. Aprovechando el viaje, va mi propia selección que, inevitablemente, es bastante localista y a mucho orgullo:

1. La Aventura del Cine Mexicano, de Jorge Ayala Blanco.

2. Historia Documental del Cine Mexicano (edición original), de Emilio García Riera.

3. Arcadia todas las Noches, de Guillermo Cabrera Infante.

4. Mi Último Suspiro, de Luis Buñuel.

5. El cine de Hitchcock, de Robin Wood.

Digamos que, por estos títulos, me decidí a escribir de cine hace ya más de 20 años. Pero, por favor, no le eche la culpa a ninguno de estos autores. Además, sólo uno de ellos está vivo.


PS. Ah, por cierto, la lista de los mejores libros según los encuestados en Sight and Sound, aquí.

domingo, 2 de mayo de 2010

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CXXV


Iron Man 2 (Ídem, EU, 2010), de Jon Favreau. Ni el churro infecto que yo temía, pero tampoco la capciosa y divertida película de súper-héroes que fue la primera parte. Cuando Downey Jr. presume su egolatría, acosa a Scarlett Johansson o se pelea a distancia con Gwyneth Paltrow, la cinta respira. Cuando empieza la acción o cuando se estanca en las dudas existenciales de Tony Stark, Iron Man 2 se vuelve bostezante. Mi reseña, esta misma semana.

Man on Wire: La Hazaña del Siglo (Man on Wire, GB, 2007), de James Marsh. La mañana del 6 de agosto de 1974 el diminuto francés Philippe Petit logró colocar un juego de alamabres entre las Torres Gemelas de Nueva York y caminar (casi) literalmente en el aire durante 45 minutos. Este filme documental de Marsh combina las convencionales cabezas parlantes con una reconstrucción dramática de ese demencial "golpe" que asombró y sigue asombrando a quien se deje. Mi mini-reseña, en el Primera Fila de Reforma.

El Último Camino (The Road, EU, 2009), de John Hillcoat. Una sólida adaptación fílmica de una de las novelas más apabullantes de la última década. Todavía la estoy rumiando, así que esperen la reseña en esta misma semana.

El Día del Apocalipsis (The Crazies, EU, 2010), de Breck Eisner. Un muy digno remake de una de las cintas menos conocidas de George A. Romero, exhibida en este país con el título de Colapso: Exterminio Brutal (1973), Mi reseña, en el Primera Fila de Reforma y otra reseña comparativa, aquí mismo, abajito.

sábado, 1 de mayo de 2010

Cuéntamela otra vez/XI



La primera sorpresa al ver El Día del Apocalipsis (The Crazies, EU, 2010), puesta al día de la cult-movie Colapso: Exterminio Brutal (1973) –el nombre en español no lo inventé yo: así aparece en la enciclopédica Cartelera Cinematográfica 1980-1989 de Ayala Blanco y Amador-, es que el tercer largometraje de Breck Eisner (espantoso churro Sahara/2005) no sólo está casi a la altura de la película setentera dirigida por George A. Romero sino que, de hecho, está mejor producida.


Aunque, para ser francos, esto último no es muy difícil: Romero nunca contó –ni ha contado- con mucho dinero para hacer sus películas de horror, zombis y comentario político-social. Lo notable, en todo caso, no radica solamente en la lana, el muy profesional reparto y los buenos recursos de producción de El Día del Apocalipsis, sino en el vigor que demuestra Eisner en las varias secuencias gore, incluyendo una en la que uno de nuestros héroes se defiende bravíamente cuchillo en mano (y eso de “cuchillo en mano” es, que conste, literal).


Pero volvamos a The Crazies original: la mamá de todas las películas de “infestados” está ubicada en la pequeña ciudad de Evans City, Pennsylvania, en una época en la que estaba viviéndose todavía los estragos de la guerra de Vietnam y en donde la figura de un militar negro al mando representaba aún una suerte de tabú. En ese mencionado pueblito se desatará una infección causada por un virus letal que transforma a todos los seres humanos en violentos, histéricos, homicidas, maniacos… Dicho en pocas palabras: en una pinche bola de locos.

Los protagonistas de la película son el bombero y exboina verde David (Will McMillan) y la enfermera Judy (Lane Carroll), una pareja que ve con horror no sólo que sus amigos, compañeros y vecinos se transforman en una horda de locos homicidas sino que, aún peor, no pueden distinguir quién es quién. Y es que, ¿cómo podemos separar el comportamiento histérico/paranoico de la auténtica enfermedad causada por el susodicho virus que fue creado por el propio gobierno como un experimento militar?

Romero –que en aquel tiempo sólo había realizado La Noche de los Muertos Vivientes (1968), la muy menor Superstición (1972) y un melodrama desconocido por mí llamado There’s Always Vanilla (1971)- está preocupado, más que nada, en mostrar los efectos del desastre: el comportamiento de los civiles armados que se protegen a balazo limpio de los infectados y de los abusivos soldados que han llegado a invadir la comunidad, la sempiterna desconfianza de los ciudadanos de a pie hacia la autoridad abusiva (“El ejército no es amigo de nadie”, dice uno de los personajes) y la estupidez y la burocracia que son las características dominantes de los responsables mayores de ese desastre.






La trama de El Día del Apocalipsis es muy similar. El discurso crítico a la autoridad, a las fuerzas del (des)orden y a la insensibilidad burocrática también se repite, aunque el filme dirigido por Eisner privilegia la visión de las víctimas y no la de los militares o los científicos, a diferencia de la cinta de Romero.

El reparto es más competente en el refrito: Timothy Olyphant, como el responsable sheriff –no bombero- de Ogden Marsh, Iowa, y Radha Mitchell, como su mujer embarazada, cumplen con creces con sus papeles de ciudadanos comunes que no están dispuestos a dejar que los atropellen unos tipos de uniforme que, además, ni siquiera saben qué demontres están haciendo ahí, matando civiles.

Una parte de la crítica estadounidense le reprochó a este remake que carece tanto del humor sardónico del filme original –lo cual es cierto- como de su pertinencia histórica –lo que me parece injusto. Sí, es cierto, a diferencia de los años 60/70, en Estados Unidos no están la policía ni el ejército en las calles, echando bala a civiles inocentes pero, ¿qué tal en otras partes, especialmente en México? Ahora que lo pienso, ¿no habrán hecho El Día del Apocalipsis para nosotros?