miércoles, 5 de enero de 2011

El cine que no vimos/XXXIV


Favorito del circuito festivalero de Europa -su cine ha estado en Cannes, Venecia y Locarno-, el cineasta portugués Pedro Costa es prácticamente desconocido en México. No sólo nunca se ha exhibido comercialmente su cine sino que, incluso, sus cintas no son presencia constante en el circuito cultural de nuestro país. Usted dirá que mal de mucho, consuelo de tontos, pero si uno revisa la distribución mundial del cine de Costa, uno descubre que su cine tampoco se exhibe ampliamente en ningún lado. Después de ver sus primeros tres filmes, uno entiende claramente por qué. Para bien, en los dos primeros casos; para mal, en el tercero.
O Sangue (Portugal, 1989), su opera prima, no es más que un típico ejercicio de estilo neo-noir perfectamente fotografiado pero demasiado elusivo para dejar huella en el espectador. Su siguiente cinta, Casa de Lava (Portugal-Francia-Alemania, 1994), es aún peor: estéticamente la película no se siente tan cuidada y su discurso dramático es confuso y tedioso. No es hasta Ossos (Portugal-Francia-Dinamarca, 1997), su tercer largomatraje, cuando Costa empieza a merecer -por lo menos desde mi perspectiva- algo de la adoración cinematográfica que por él expresan algunos cinecríticos estadounidenses y europeos.
Primer filme de "la trilogía Fontahinas" -llamada así porque se desarrolla en un ghetto homónimo africano que se encuentra en Lisboa-, Ossos nació como una suerte de subproducto de Casa de Lava. Y es que al terminar de filmar esta cinta en Cabo Verde, muchos de los actores no profesionales y extras de Casa de Lava, le pidieron a Costa que llevara algunas cartas a sus familiares que vivían en Lisboa. En Fontahinas, para ser precisos. Costa cumplió con el encargo y al hacerlo descubrió un mundo desconocido para él: la dura vida, la dura muerte, la dura sobrevivencia de los invisibles habitantes de Fontahinas.
Ossos está centrada en tres personajes que viven en el ghetto: la jovencita Tina (Mariya Lipkina), su marido/novio sin nombre (Nuno Vaz) y la vecina de ambos, Clotilde (Vanda Duarte, futura protagonista del segundo filme de la trilogía, No Quarto da Vanda/2000), una mujer de mediana edad que trabaja limpiando departamentos por las mañanas, cuando sus dueños están fuera. La pobreza en la que están sumergidos los personajes es abrumadora, pero Costa no explota la previsible veta miserabilista de la historia ni, mucho menos, idealiza a sus criaturas. No son monstruos ni están rogando nuestra compasión. Acaso, Costa desea que tratemos de entenderlos.
No acaba de llegar Tina del hospital, después de parir a su bebé, cuando la joven mujer cierra todas las ventanas de su casucha en Fontahinas, abre el tanque de gas y se dispone morir con su retoño. Llega el innombrado novio/marido, ventila el lugar, salva al niño, sale con él en brazos a la calle... para luego ir al centro de Lisboa a pedir limosna, apelando a la lástima de los transeúntes. O sea, el tipo no merece regalo en el día del padre. Poco después veremos cómo el hombre trata de vender el niño a una enfermera (Isabel Ruth) que lo recoge en su departamento con todo y bebé y, ya que no lo consigue, trata de negociarlo con una guapa prostituta (Inês de Medeiros). Vanda, vecina de la pareja y empleada de la enfermera, será quien, inesperadamente, resuelva la vida y la muerte de estos personajes.
Fotografiada sobriamente por Emmanuel Machuel -colaborador del último Bresson- y con el preciso montaje elíptico de Jackie Bastide, Ossos es un riguroso ejercicio de narración elusiva: lo que se cuenta está en las imágenes que nos muestra Costa, pero también en lo que no nos muestra. Ossos se desarrolla, pues, en la pantalla de cine pero también en el filme que vamos creando en nuestra cabeza, en la medida que vamos atando cabos. Por eso, en su desenlace, la película resulta aún más efectiva. La solidaridad femenina conmueve. Y, de alguna manera, aterroriza.

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