miércoles, 30 de marzo de 2011

Guadalajara 2011/Día cuatro



El lunes fue, sin duda, el peor día del cine mexicano en competencia. La primera desgracia fue Años Después (México, 2011), segundo largometraje -aunque primero de ficción- de Laura Gárdos Velo, nieta del gran documentalista mexicano Carlos Velo.
Don Justino (Celso Bugallo, actor de 64 años) es un huraño anciano que vive en el pueblo gallego de Cartelle. Su hija, que dejó España a los 18 años poco antes de la muerte de Franco, ha rehecho su vida en México. Se llama Clara (Angélica María, actriz de 67 años) y tiene un hijo, Andrés (Moisés Arizmendi), a quien le ha ocultado que su abuelo aún vive. Cuando Andrés sepa que tiene a su abuelito vivito y coleando, irá a España a conocerlo.
El hecho de que Bugallo interprete al papá de una mujer mayor que él es lo de menos: la trama, escrita por la propia directora, abunda en situaciones absurdas, el desarrollo argumental ronda con bipolaridad -los personajes se pelean y reconcilian en un corte- y las actuaciones son, en general, lamentables, si exceptuamos las del sufrido joven Arizmendi y la del infalible viejo Bugallo.
Años Después, se entiende, es un proyecto muy personal de la directora Gárdos Velo. Pasa lo mismo con Lluvia de Luna (México, 2010), el más reciente largometraje de Maryse Sistach. El filme está centrado en una cantante que, luego de la trágica muerte de su hija, no puede volver a cantar. La Luna interviene para, mágicamente, devolverle a su hija de una manera harto peculiar.
Lo único notable de esta película es la espléndida fotografía submarina de María José Secco. Y, por supuesto, la belleza de las jovencitas que aparecen en traje de baño durante todo el fime. En cuanto a la trama -escrita por la señora Sistach- y su ejecución, es tan fallida que prefiero autocensurarme. Es obvio que la película trata, oblicuamente, sobre la propia muerte de la hija de la directora, atropellada en 2003 ("en memoría de Pía", dice la dedicatoria que aparece al inicio y ese era el nombre de la desafortunada jovencita) y no diré más.
En el terreno del cine iberoamericano de ficción, vi después La Lección de Pintura (Chile-México-España, 2010), dirigida por el veterano Pablo Perelman, sobre una novela homónima de Adolfo Couve. La cinta está ubicada en el interior de Chile, poco antes del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.
En un pueblito macuarro llamado Llay Llay, el boticario Aguiar (Daniel Giménez Cacho, impecable para variar) le da trabajo a la madre soltera Elvira Medrano (Verónica Sánchez), quien carga con su hijito Augusto. A pesar de que Elvira es joven y bella, Aguiar no la toma mucho en cuenta: él está interesado en la pintura, en la música y en las tertulias que organiza en su propia casa. Sin embargo, llegado el momento, Aguiar empezará a ver con interés a Elvira o, más bien, a su hijito Augusto, pues el niño resultará ser un genio natural de la pintura, lo que nunca pudo ni podrá ser Aguiar.
La adaptación escrita por el propio Perelman se nota, a veces, trastabillante -hay personajes que en la novela seguramente estaban más desarrollados; hay situaciones dramáticas que no van a ninguna parte- pero la realización es ágil, la ambientación de época es impecable y el reparto no merece un solo reproche.
La pieza del día fue la polémica Agnus Dei: Cordero de Dios (México, 2011), exhibida en la sección competitiva mexicana de cine documental. Segundo largometraje documental de Alejandra Sánchez (Bajo Juárez: La Ciudad Devorando a sus Hijas/2006), Agnus Dei puede ser el próximo Presunto Culpable (Smith y Hernández, 2008), por lo menos al nivel del escándalo.
Con una enorme cantidad de recursos visuales y narrativos -fotografía en time lapse, segmentos claves de animación, un sugerente montaje provocador de Ana García, una espléndida banda sonora-, el filme nos muestra el caso del abuso sexual cometido por el sacerdote Carlos López Valdez al niño de once años Jesús Colín. Jesús ya es un adulto, está casado, tiene una niña, pero quiere buscar a López Valdez para encararlo. Lo necesita, dice él, para empezar a sanar una parte extremadamente dañada de él mismo.
Formalmente hablando, lo repito, Agnus Dei es más que notable; como denuncia, es más que pertinente; como retrato de la institucionalidad de la iglesia católica frente a la pederastia, interesante... Pero también está el retrato del propio Jesús, que accedio a contar todo, a describir todo, a mostrar todo -incluyendo ciertas fotos que, supongo, podrían ocasionarle problemas a la cineasta- y, en este sentido, aún me pregunto sobre la validez ética de la secuencia final de la película. ¿Era necesario mostrar esas fotos? ¿Se tenía que llevar tan lejos la escena climática en la que Jesús encuentra finalmente a López Valdez que, por cierto, sigue oficiando misa en algunas parroquias de la ciudad de México? De cualquier forma, me queda claro que el filme puede ser un trancazo en más de un sentido. Creo que entre Agnus Dei y El Cielo Abierto estará la cinta ganadora.

2 comentarios:

Joel Meza dijo...

Uh, pos con tanta película mala es difícil adivinar de dónde fue el actor que te pregutó tu opinión...
Oye, ¿y de perdida hay alguna excusa formal en la película para las edades de los actores o el maquillaje y la actuación funcionan?

Diezmartinez dijo...

Ni la actuación ni el maquillaje funcionan. Qué remedio.