miércoles, 26 de octubre de 2011

Retrospectiva Béla Tarr/I



Habitual visitante del circuito festivalero -en donde es uno de los favoritos: ha competido y ganado en Berlín, Cannes y Locarno, por ejemplo-, el cineasta húngaro Béla Tarr es prácticamente desconocido por el gran público. Su cine, conocido por su formalismo extremo -sus planos secuencias, su tomas extendidas, su minimalismo actoral- no es, como dice el lugar común, para todos los gustos -aunque, ¿hay algo que lo sea?
En este contexto, la Cineteca Nacional ha programado una retrospectiva completa de Tarr -aprovechando que el director de la demandante Sátántangó (1994) se encontraba en Morelia 2011-, lo que debe ser uno de los eventos cinefílicos del año. Por fortuna, he tenido oportunidad de revisar Gente Prefabricada (Panekalcsolat, Hungría, 1981), su tercer largometraje que, conociendo la obra posterior que Tarr realizó a partir de mediados de los años 80, ni parece una película dirigida por él.
En la tradición dramática del mejor Bergman, en Gente Prebabricada vemos una serie de interminables Escenas de un Matrimonio (1973) en la que una joven pareja húngara (Robert Koltai y Judit Pogány, extraordinarios) intercambian reclamos y reproches de principio a fin. Él trabaja en alguna empresa en la que, según ella, sólo tiene que apretar unos botones. Ella se dedica completamente a la casa pero se siente asfixiada por las labores hogareños y por los dos niños -uno de brazos- que tiene que navegar. 
En la primera escena que vemos en el interior del pequeño departamento en el que viven, presenciamos el rompimiento de la pareja: en una larga toma de más de 3 minutos -cámara móvil a la Cassavetes, tomando a los personajes en planos medios, primeros planos y close ups- vemos cómo él va llenando una maleta con su ropa mientras ella le reclama, sorprendida, indignada, llorosa, que la abandonde así como así, que corra sin ver atrás, sin preocuparse por sus hijos. "¿A dónde puedo irme yo?", le grita, histérica, ella.
En este primer momento, pareciera que Tarr está de parte de esta pobre mujer abandonada por este irresponsable tipo, distante de ella y de sus hijos. Sin embargo, poco a poco, luego que termina la primera escena y abruptamente viajamos al pasado para ver algunos momentos anteriores de la pareja -la celebración de su noveno aniversario que se va al caño por los reclamos de ella, cierta fiesta en la que él saca a bailar a otra mujer dejando a su esposa sentada, una discusión clave en la que él quiere a trabajar dos años fuera para conseguir una mejor casa y un automóvil, una salida a una alberca en donde él se va con un amigo a platicar dejando a la mujer sola con los dos niños-, entendemos que es dificil cargar la culpa de un solo lado. Sí, es cierto, el tipo puede ser a veces desconsiderado, pero ella también es irritante a más no poder. Si hay un intento por parte de él de pasar un buen rato, ella lo ahoga en reproches repetitivos que exasperan al más paciente de los hombres. Como es común en este tipo de filmes -en la obra maestra ya mencionada de Bergman, en las películas matrimoniales de Cassavetes, en cintas más recientes como Maridos y Esposas (Allen, 1992), 5x2 (Ozon, 2004) o Triste San Valentín (Cianfrance, 2010)-, no es fácil saber en dónde inició el problema ni quién tiene la culpa. Acaso el problema mismo sea el matrimonio como tal, esa bendición/maldición del que no se puede -¿ni se debe?- escapar. 
La realización de Tarr, decía al inicio, es atípica. Cierto que abundan las tomas extendidas -de dos, tres, cuatro minutos- pero la cámara de Barna Mihók y Ferenc Pap pocas veces se queda quieta. Sigue a los personajes de cerca y pasa de uno a otro con una funcionalidad cruda, directa, pero necesaria: lo que vemos es un campo de batalla o lo que queda en él después de una escaramuza. No hay tiempos para florituras estilísticas. Cuando mucho, la cámara se permitirá un respiro al final, en esa toma extendida y fija -aunque con encuadre siempre móvil- en la que marido y mujer viajan en la parte trasera de una camioneta, después de comprar una lavadora automática. ¿Esto sucede antes de la huída que vimos al inicio o después? ¿Viven juntos de nuevo? ¿Pudo él trabajar en el extranjero y por eso ha comprado esa lujosa lavadora? No importa: lo cierto es que estamos como al principio y aunque la camioneta se esté moviendo, los personajes siguen igual, donde mismo.

Gente Prefabricada se exhibe hoy miércoles en la Cineteca Nacional a las 17 y 20:30 horas.

4 comentarios:

Guillermo dijo...

Ay cab... ¿siete horas y media en Satantango? ¿Juay de distans?

Un Mundo Cultural dijo...

Fantástico post. No conocía a Tarr, pero, tras este estudio comparativo con Bergmann y Cassavetes, seguro que intentaré visionar sus films, especialmente el referenciado. http://unmundocultura.blogspot.com/

Diezmartinez dijo...

Guillermo: Así se las gasta el maestro Tarr. Ve Gente Prefabricada. Para los estándares de Tarr, es casi un corto. Y es de lo mejor de él, además.

Un Mundo Cultural: Es de lo mejor de Tarr de su primera época.

Tyler dijo...

uh Bela Tarr...

fue cuando empecé a meterme al cine de verdad.

saludos