martes, 4 de octubre de 2011

Ser y Tener




Presentado hace varios años en el Séptimo Tour de Cine Francés, la Cineteca Nacional  exhibe ahora, dentro de una retrospectiva dedicada a Nicholas Philibert, Ser y Tener (Être et Avoir, Francia, 2002), el filme más conocido del documentalista galo.
            Estamos en un pequeño pueblo de Auvergne, en Saint-Étienne-sur-Usson, en una escuela de un solo grupo. El maestro a punto de jubilarse Georges López tiene que lidiar en un solo salón con una docena de niños de tres diferentes edades: unos tienen 3-4 años y tienen que recibir una educación preescolar; otros tienen 7-8 y están enfrentándose a sus primeras palabras y sus primeras broncas matemáticas; otros más tienen 11 años y están a punto de dejar el salón para ir a un pueblo cercano a la secundaria.
Durante varios meses (de diciembre de 2000 a junio de 2001) el realizador y hombre orquesta Nicholas Philibert siguió con sus cámaras y su equipo de tres personas todas las interacciones que sucedían en esa aula y algunas más que pasaron fuera de ella, y el resultado es uno de los documentos más extraordinarios que haya uno visto acerca de la educación elemental, es decir, la de los primeros años de vida.
Al hacer memoria de mis años de estudiante, recuerdo que, aunque tuve algunos grandes maestros, ninguno se puede comparar a Monsieur López. Cálido, sereno, exigente, claridoso, paciente, el maestro López es la estrella central del filme de Philibert. Quién sabe qué tanto de lo que vemos en pantalla habría sucedido si las cámaras no hubieran estado ahí (es decir, ¿siempre será así de perfecto y ecuánime el señor López?) pero, de cualquier forma, la cinta representa uno de los más bellos documentos a favor de la educación que he visto en mi vida.
Las otras estrellas son los niños. Y si pueden surgir dudas sobre el “real” maestro López fuera de cámaras, es difícil decir lo mismo en lo que respecta a los enanetes, en especial, a los más pequeños. Una niña juega seriamente con unos borradores y mira estupefacta cuando un compañerito le quita uno, un niño se lava sus manos bajo la atenta mirada del maestro, otro más se atora una y otra vez al hacer una oración, alguno más se dedica a la güeva sólo para ser interrogado severamente por López, los más grandotes se pelean y tienen que comparecer ante el diplomático maestro, una solitaria y calladísima niña recibe el apoyo de López ante el reto de ir a la escuela secundaria, en donde no va a recibir apoyo personalizado como sucede en esa mini-escuela de una sola aula. Los niños, sus juegos, sus berrinches, sus exploraciones, sus errores, sus llantos, sus risas, sus miradas, no son (no parecen ser, por lo menos) fingidas. Aquí es donde se entiende el César que ganó el propio Philibert por la edición del largometraje: fueron más de seis meses de filmación y, supongo, una cantidad respetable de pietaje con el cual trabajar, ordenar y, al final, elegir, para entregarnos este bello documento.
El cineasta no se contenta con permanecer en el salón: en algunos preciosos momentos, acompañamos a los niños en sus tareas cotidianas (en la granja, arriando vacas, manejando un tractor)  y asistimos a las turbulentas sesiones en la que hacen su tarea frente a sus respectivas mamás. En especial, es jocosamente realista la manera en la que toda una familia empieza a discutir el resultado de una operación matemática ante los ojos del niño que parece decir: “me doy, ya me hicieron más bolas”. Los que nunca nos hacemos bolas al ver este filme somos nosotros: estamos ante una de las mejores películas que se haya realizado sobre educar y aprender.

Ser y Tener se exhibe hoy en la Cineteca Nacional, a las 17 y a las 19 horas.  

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