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jueves, 31 de marzo de 2011

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CLXXII



Ya sé, ya sé, mañana inicia el próximo fin de semana pero no había tenido oportunidad de dar cuenta de los estrenos de la semana pasada por estar en Guadalajara 2011. Tampoco había mucho que ver, la verdad.

Así Pasa Cuando Sucede (Whatever Work, EU, 2009), de Woody Allen. Por caprichos de nuestros distribuidores, vimos primero el filme número 40 de Allen -Conocerás al Hombre de Tus Sueños (2010)- que Así Pasa Cuando Sucede, una menor comedia alleniana que, de todas formas, se las agencia para funcionar sin mayor problema. Como de costumbre con Allen, esta película, más allá de lo lograda o malograda que esté, hay que entenderla como una pieza más en la vasta obra del cineasta. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

Juego de Traiciones (Fair Game, EU-Emiratos Árabes Unidos, 2010), de Doug Liman. Un convencional thriller político basado en el caso real de la espía Valerie Plame (Naomi Watts), descubierta por el propio gobierno de Bush como una forma de represalia, pues su marido (Sean Penn), un prestigiado diplomático y académico, escribió un texto en el que negaba la posibilidad de que Irak tuviera armas de destrucción masiva. Liberalismo hollywoodense entretenido y bien actuado. Nada más. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

Guadalajara 2011/Día cinco



Jean Gentil (República Dominica-México-Alemania), exhibido en la sección iberoamericano de ficción, es la clásica cinta festivalera promovida por la fundación Hubert Bals. Estamos en un escenario -relativamente- exótico, seguimos con cuidado los ires y venires del personaje solitario del título y hay dosis precisas de naturalismo, humor y reflexión existencial. No hay nada de malo en ello, pero la fórmula empieza a desgartarse.
En el segundo largometraje de la pareja formada por Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas (la más lograda Cochochi/2007) la sombra de Kiarostami es más que evidente. Jean Gentil (él mismo, llamado Jean Remy Genty) es un haitiano desempleado que deja Santo Domingo para irse al interior de la isla. El hombre, tímido, calmo y sereno, se siente abandonado por Dios, a quien le pide continuamente que lo ilumine.
El filme ha entusiasmado a varios de mis colegas y es uno de los candidatos fuertes para llevarse algún premio pero, en lo personal, este tipo de cine de la Fundación Hubert Bals empieza a cansarme. En todo caso, el slow cinema de Guzmán y Cárdenas no llega a agobiar porque está aderezado con algunas pequeñas dosis de buen humor.
Asalto al Cine (México, 2011), opera prima de Iria Gómez Concheiro, es otra fuerte candidata a llevarse algo a la hora de los premios. Exhibida en la sección de largometraje de ficción, el filme es una sólida crónica social de cuatro jovencitos de la colonia Guerrero defeña que, nomás porque sí, un poco en forma de juego, otro poco en forma de reafirmación existencial, deciden robar un cine.
A la película le sobran algunas escenas y creo que sería mucho más lograda con varios minutos menos, pero el reparto juvenil (el ubicuo Gabino Rodríguez y varios jóvenes de esa misma colonia) es magnífico, los diálogos son muy vivaces, la secuencia del robo al cine está muy bien montada y, en general, la impresión que deja Gómez Concheiro es que se trata de una cineasta aún inexperta pero con un pulso seguro y firme a la hora de contar su historia. El desenlace es tan opaco como justo.
La sorpresa, hasta el momento, ha sido Aquí entre Nos (México, 2011), primer largometraje de Patricia Martínez de Velasco, filme exhibido también en la sección mexicana de largometraje de ficción. No se trata del más arriesgado ni el más propositivo de los filmes nacionales que he visto, pero sí puedo afirmar que es el más limpio de todos. Me refiero a que se trata de una agradable cinta comercial que no desea ser más que eso precisamente y que, sin embargo, deja caer por ahí y por allá algunos elementos más que pertinentes sobre el matrimonio, la familia y las relaciones de pareja.
No he visto el trabajo anterior de la señora Martínez de Velasco -algunos cortos, básicamente- pero en Aquí entre Nos demuestra que es una cineasta con impecable ritmo narrativo -ninguna escena se alarga, los cortes son precisos- y más que competente en la dirección de actores -aunque con un reparto encabezado por un espléndido Jesús Ochoa y una irreconociblemente ligera Carmen Beato, la verdad es que Martínez de Velasco la llevaba ganada desde el inicio.
Rodolfo Guerrero (Ochoa) es una arquitecto cincuentón que empieza a hartarse de ser "explotado" -así dice él- por su aún guapa mujer Miriam (Beato) y sus tres hijas,  una de ellas casadera. Rodolfo no es ninguna perita en dulce -tiene una amante (Giovanna Zacarías), puede ser muy impertinente y malhumorado- pero uno entiende por qué ese viejo panzón conquistó en su momento a su esposa y por qué sus hijas -especialmente la pequeña- lo quieren tanto. El tipo tiene encanto y carisma.
La cinta no es más que una comedia de enredos familiares -rompimientos y reconciliaciones incluidas- pero el ritmo es muy ágil, algunos diálogos son genuinamente divertidos -no sabía que Beato podía ser tan buena actriz cómica- y, como no queriendo la cosa, el guión escrito por la propia Martínez de Velasco deja caer una que otra escena interesante -la plática sobre sexualidad que tiene Miriam con sus dos hijas mayores- y abre y cierra con una vulgaridad bien ejecutada.
Por lo que he escrito, pareciera que estamos ante una obra maestra que ganará el Mayahuel y blablablá. Nada de eso: de hecho, la película acaso no debería estar en competencia. Al final de cuentas, se trata de un filme sencillo, convencional y con un potencial taquillero notable, si es que los productores la pueden vender bien. De todo lo visto en competencia, Aquí entre Nos no será la mejor película nacional pero si es, en definitiva, el producto comercial más decente.
Algo similar podría afirmarse de Adiós, Mundo Cruel (México, 2010), opera prima de Jack Zagha Kababie exhibida fuera de concurso, si la cinta no fuera tan irregular. En todo caso, más allá de que la descripción de su personaje central es por lo menos muy caprichosa, hay que admitir que la película es consistentemente entretenida y, en ocasionales, hasta hilarante.
La trama gira sobre un pobre diablo que, después de ser despedido de su trabajo, por mera casualidad termina perteneciendo a una tintanesca banda de ladrones. Rodeado de sus nuevos amigos, Ángel (Juan Carlos Orozco), nuestro protagonista, tendrá la genial ideal de secuestrar un feroz "león asiático" para pedir un millonario rescate por él.
Más allá de las inconsistencias en la descripción del personaje central -un apocado tipo que de la nada se convierte en un audaz ladrón- hay que aceptar que la película se deja ver por su relajiento sentido del humor. Algunas secuencias funcionan muy bien -la divertida planeación del asalto, el león convertido en mascota de la casa, una borrachera que termina en serenata con "taka-taka" arrimado- y, por lo menos a la función que asistí, la gente reía a carcajadas. El único problema para vender al gran público este filme es la ausencia de estrellas: tengo la sensación que si Eugenio Derbez apareciera como protagonista, Zagha Kababie tendría el taquillazo nacional del año.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Guadalajara 2011/Día cuatro



El lunes fue, sin duda, el peor día del cine mexicano en competencia. La primera desgracia fue Años Después (México, 2011), segundo largometraje -aunque primero de ficción- de Laura Gárdos Velo, nieta del gran documentalista mexicano Carlos Velo.
Don Justino (Celso Bugallo, actor de 64 años) es un huraño anciano que vive en el pueblo gallego de Cartelle. Su hija, que dejó España a los 18 años poco antes de la muerte de Franco, ha rehecho su vida en México. Se llama Clara (Angélica María, actriz de 67 años) y tiene un hijo, Andrés (Moisés Arizmendi), a quien le ha ocultado que su abuelo aún vive. Cuando Andrés sepa que tiene a su abuelito vivito y coleando, irá a España a conocerlo.
El hecho de que Bugallo interprete al papá de una mujer mayor que él es lo de menos: la trama, escrita por la propia directora, abunda en situaciones absurdas, el desarrollo argumental ronda con bipolaridad -los personajes se pelean y reconcilian en un corte- y las actuaciones son, en general, lamentables, si exceptuamos las del sufrido joven Arizmendi y la del infalible viejo Bugallo.
Años Después, se entiende, es un proyecto muy personal de la directora Gárdos Velo. Pasa lo mismo con Lluvia de Luna (México, 2010), el más reciente largometraje de Maryse Sistach. El filme está centrado en una cantante que, luego de la trágica muerte de su hija, no puede volver a cantar. La Luna interviene para, mágicamente, devolverle a su hija de una manera harto peculiar.
Lo único notable de esta película es la espléndida fotografía submarina de María José Secco. Y, por supuesto, la belleza de las jovencitas que aparecen en traje de baño durante todo el fime. En cuanto a la trama -escrita por la señora Sistach- y su ejecución, es tan fallida que prefiero autocensurarme. Es obvio que la película trata, oblicuamente, sobre la propia muerte de la hija de la directora, atropellada en 2003 ("en memoría de Pía", dice la dedicatoria que aparece al inicio y ese era el nombre de la desafortunada jovencita) y no diré más.
En el terreno del cine iberoamericano de ficción, vi después La Lección de Pintura (Chile-México-España, 2010), dirigida por el veterano Pablo Perelman, sobre una novela homónima de Adolfo Couve. La cinta está ubicada en el interior de Chile, poco antes del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.
En un pueblito macuarro llamado Llay Llay, el boticario Aguiar (Daniel Giménez Cacho, impecable para variar) le da trabajo a la madre soltera Elvira Medrano (Verónica Sánchez), quien carga con su hijito Augusto. A pesar de que Elvira es joven y bella, Aguiar no la toma mucho en cuenta: él está interesado en la pintura, en la música y en las tertulias que organiza en su propia casa. Sin embargo, llegado el momento, Aguiar empezará a ver con interés a Elvira o, más bien, a su hijito Augusto, pues el niño resultará ser un genio natural de la pintura, lo que nunca pudo ni podrá ser Aguiar.
La adaptación escrita por el propio Perelman se nota, a veces, trastabillante -hay personajes que en la novela seguramente estaban más desarrollados; hay situaciones dramáticas que no van a ninguna parte- pero la realización es ágil, la ambientación de época es impecable y el reparto no merece un solo reproche.
La pieza del día fue la polémica Agnus Dei: Cordero de Dios (México, 2011), exhibida en la sección competitiva mexicana de cine documental. Segundo largometraje documental de Alejandra Sánchez (Bajo Juárez: La Ciudad Devorando a sus Hijas/2006), Agnus Dei puede ser el próximo Presunto Culpable (Smith y Hernández, 2008), por lo menos al nivel del escándalo.
Con una enorme cantidad de recursos visuales y narrativos -fotografía en time lapse, segmentos claves de animación, un sugerente montaje provocador de Ana García, una espléndida banda sonora-, el filme nos muestra el caso del abuso sexual cometido por el sacerdote Carlos López Valdez al niño de once años Jesús Colín. Jesús ya es un adulto, está casado, tiene una niña, pero quiere buscar a López Valdez para encararlo. Lo necesita, dice él, para empezar a sanar una parte extremadamente dañada de él mismo.
Formalmente hablando, lo repito, Agnus Dei es más que notable; como denuncia, es más que pertinente; como retrato de la institucionalidad de la iglesia católica frente a la pederastia, interesante... Pero también está el retrato del propio Jesús, que accedio a contar todo, a describir todo, a mostrar todo -incluyendo ciertas fotos que, supongo, podrían ocasionarle problemas a la cineasta- y, en este sentido, aún me pregunto sobre la validez ética de la secuencia final de la película. ¿Era necesario mostrar esas fotos? ¿Se tenía que llevar tan lejos la escena climática en la que Jesús encuentra finalmente a López Valdez que, por cierto, sigue oficiando misa en algunas parroquias de la ciudad de México? De cualquier forma, me queda claro que el filme puede ser un trancazo en más de un sentido. Creo que entre Agnus Dei y El Cielo Abierto estará la cinta ganadora.

martes, 29 de marzo de 2011

Guadalajara 2011/Día tres


El domingo inició mal. Reacciones Adversas (México, 2010), opera prima del egresado del ITESM y el CCC, es un recalentado de Taxi Driver (Scorsese, 1976), con todo y secuencia final de masacre incluida. Daniel (Héctor Kotsifakis) sufre de alucinaciones y paranoias diversas, y el medicamento psiquiátrico que toma le provocan, además, las reacciones adversas del título. El pobre diablo tiene fantasías violentas, se le aparece el perro muerto de la vecina para hablarle (o sea, Looks who's Talking!, Son of Sam) y alguien anotado en los créditos como "la sombra", le avienta choros en inglés y le da un arma, ahí nomás pa'l gasto. En algún momento de la película, una mujer cuyo rostro esta surcado por una cicatriz, le dice a Daniel :"¿No te dan ganas de salir corriendo?". Yo desde mi butaca, respondí: claro que sí, pero me aguanto porque soy bien macho. Reacciones Adversas forma parte de la sección mexicana de ficción.
En esta misma sección compite Los Inadaptados (México, 2011), filme dirigido ocho manos por Jorge Ramírez Suárez, Javier Colinas, Marco Polo Constandse y Sergio Tovar Velarde. El lugar común dice que este tipo de cintas colectivas tienden a ser disparejas, pero aquí no es el caso. Los Inadaptados es consistentemente fallida. A no ser el segmento en el que Paola Nuñez lleva a comer a su casa a su dizque novio Luis Arrieta que es dizque estrella de cine porno, los otros restantes son inverosímiles -un clasista yuppie toma conciencia de los demás y de sí mismo al quedarse atorado en un elevador con una sirvienta embarazada-, resultan comedias muy apenitas -un solitario nerd se liga por internet a su propia mamá- o de plano ya son historia (literalmente) antigua -unos viejitos sacan juventud de su pasado y planean un asalto bancario para matar el aburrimiento. Ignoro quién de los cuatro cineastas dirigió el segmento de Nuñez/Arrieta pero ese era el único que, como mero divertimento, vale el palomazo: podía haber sido la raíz de una agradable comedia romántica. 
Ya más tarde vi También la Lluvia (España-Francia-México, 2010), de Iciar Bollaín, exhibida en la competencia de ficción iberoamericana. Se trata de un buen melodrama social que no llega a ser tan logrado como debería por el esquemático guión del colaborador habitual de Ken Loach, Paul Laverty. Un equipo español de filmación llega en el año 2000 a Cochambaba para rodar ahí un filme sobre Cristobal Colón y Bartolomé de las Casas. El productor (espléndido Luis Tosar) ha elegido Bolivia porque puede pagar dos mugres dólares al día a los extras y a los trabajadores. El director de la cinta (Gael García Bernal) elige al problemático indígena Daniel (Juan Carlos Aduviri) para que encarne a Huatey, un bravo indio que se enfrentó a los españoles. Muy pronto, la película que están haciendo -la historia de la explotación de los indios- se convertirá en el fiel reflejo de la Bolivia contemporánea, en la cual los más pobres están luchando por el agua que manejan compañías transnacionales, incluyendo españolas.
Bollaín dirige con fluidez y el reparto es cumplidor -en especial Karra Elejalde como el actor borrachín que encarna a Colón, y el infalible Luis Tosar, que logra imponerse a los vacíos dramáticos de su personaje-, pero el guión de Laverty deja escapar muchas ambigüedades que habrían convertido en un filme más complejo a También la Lluvia. Por dar un par de ejemplos, apenas sugiere la ojetez del director interpretado por Gael que, llegado el momento, preferirá seguir con su película que dar un paso para defender a esos pobres de los que tanto le gusta hablar. Y, por otra parte, la conversión de Luis Tosar es demasiado abrupta. Al final de cuentas, es obvio, También la Lluvia no trata tanto sobre los explotados indígenas, sino sobre el pragmático capitalista Tosar que se involucra -aunque sea un ratito- con los problemas de esos extras a los que les paga dós dólares al día.
La mejor película nacional en competencia -escribo esto cuando me faltan sólo dos filmes mexicanos por ver- ha sido, previsiblemente, El Premio (México-Francia-Polonia, 2011), opera prima de la exguionista de Carlos Carrera (Sin Remitente/1995) y Fernando Eimbcke (Temporada de Patos/2004, Lake Tahoe/2008) Paula Markovitch, cinta que ganó dos Osos de Plata en Berlín 2011 por su fotografía (de Wojciech Staron) y su diseño de producción (de Bárbara Enríquez).
Estamos en alguna lejana playa argentina, en tiempos de la dictadura. La joven madre Lucía (Laura Agorreca) llega con su precoz hijita de siete años Ceci (extraordinaria Paula Galinelli Hertzog) a una pequeña cabaña a la orilla del mar. Es evidente que Lucía se está ocultando: entierra algunos libros en la arena, le hace aprenderse de memoria cierto mantra a la chiquilla ("Mi papá hace cortinas y mi mamá es un ama de casa"), la manda a la escuela del pueblo y espera, pacientemente, recibir noticias del marido que, acaso, ya esté muerto. Pero esta no es la cinta de Laura, sino de la dificil Ceci, una poeta natural ("Las gaviotas gritan porque tienen miedo de caerse") que, cuando le dejan de tarea una composición sobre el ejército de Argentina, escribe lo que ha escuchado de los labios de su mamá.
La cinta está dominada por las tomas largas, controladas, de Wojciech Staron, y por la complicada relación que tienen madre e hija en esa orilla del mundo. El filme tiene demasiados finales -hay por lo menos tres- y se cuelga innecesariamente en algunas escenas, pero de todas formas estamos ante una película lograda, redonda, satisfactoria, en más de un sentido.
No es lo que se puede afirmar, por desgracia, de 0.56% (México, 2010), del cinefotógrafo y documentalista Lorenzo Hagerman. El filme, exhibido en concurso en la sección de documentales mexicanos, plantea la pregunta "¿Qué le pasó a México?" -con respecto a la turbulenta elección de 2006- y luego de poco más de 90 minutos de duración, la respuesta es: "Sepa la bola". Hagerman ha desperdiciado un espléndido tema -la elección presidencial perdida por López Obrador- y un par de grandes personajes -el propio AMLO, Felipe Calderón- para hacer un filme que se deja ver sin dificultad pero que no pasa de ser un mero recuento de hechos, dicusiones y acontecimientos. Fraude: México 2006 (Mandoki, 2007) carecía de objetividad pero le sobraba apasionamiento. 0.56% comete el pecado de no apasionar a pesar de tratar el tema político más divisivo en los últimos años en este país: la elección de 2006 y Andrés Manuel López Obrador.

domingo, 27 de marzo de 2011

Guadalajara 2011/Día dos



Con un día de retraso, he aquí la crónica de mi segundo día en Guadalajara 2011, como sigue:
Entre la Noche y el Día (México, 2011), opera prima del egresado del CCC Bernardo Arellano -exhibida en la competecia de largometrajes mexicanos de ficción- es, como bien me comentó el camarada Silvestre López Portillo, dos películas en una. Y yo agregaría: la primera es mejor que la segunda. 
Francisco (el actor no profesional y discapacitado mental Francisco Cruz) es un adulto mayor autista que vive con su hermano Víctor (Joaquín Cossío) en alguna parte de la ciudad de México, muy cerca del bosque de Chapultepec. Francisco es muy funcional -de hecho, no es un autista clásico sino, en todo caso, un  Asperger- pero, de todas formas, necesita supervisión constante, por lo que la esposa de Víctor, Silvia (Carmen Beato), ya no puede más con esa responsabilidad. La gota que derrama el vaso es que Francisco adopta una vieja rata que encuentra, desamparada, en Chapultepec. Al final de cuentas, "Fran" es enviado con su otra hermana, Gaby (Arcelia Ramírez), que vive en el interior del país (¿Veracruz?) y que tiene un violento novio de pocas pulgas.
Arellano se muestra como un cineasta debutante muy controlado. El manejo del encuadre -la cámara es de Damián Aguilar- es impecable y la combinación de actores de prestigio con no profesionales da buenos resultados. En lo personal, la sección campirana del filme, cuando "Fran" encuentra su propio paraíso terrenal, me pareción muy forzada, pero creo que Arellano es alguien que hay que seguirle la pista en su siguiente obra que se llamará, dice el catálogo del festival, La Noche de Franco.
La pena ajena llegó muy pronto con El Efecto Tequila (México, 2010), cuarto largometraje del también egresado del CCC -pero en 1985- León Serment. La cinta, presentada también en competencia en la sección mexicana de ficción, está ubicada entre dos crisis: la del fin del salinato en 1994 y la de la crisis inmobiliaria gringa de nuestros días. He aquí, pues, la fallida la historia de un arribista financiero que, por tenerle tanto amor al dinero, perdió todo -casa, mujer, hijita, papá, vergüenza- en "el error de diciembre" y ahora, dueño de una cantina llamada "El Efecto Tequila", cree poder vengarse del mefistofélico villano que arruinó su vida.
El filme tiene tantos problemas que, en su momento, merecerá una entrada especial de la serie "Your Movie Sucks!". Baste decir que, más allá de su muy profesional puesta en imágenes -cámara de Ramón Orozco-, la película nunca decide qué ser: farsa, melodrama, comedia... En todo caso, roza con el ridículo en esas escenitas romanticoides entre la buenota pero inexpresiva esposa de nuestro protagonista y el sancho barbudo que se agencia. Un reaparecido Julián Pastor encarna a un anciano borracho tira-netas que interrumpe cada rato la película con una perorata que ningún personaje del filme entiende. Tampoco lo entendemos nosotros.
Después de un trago tan amargo, Post Mortem (Chile-México-Alemania, 2010), presentado en la sección de largometraje iberoamericano de ficción y tercer largometraje de Pablo Larraín (Tony Manero, 2007), vino a componernos el día. Estamos en 1973, a unos días de la caída del gobierno de Allende. Estos datos, por cierto, lo sabemos ya avanzado el filme, pues Larraín es un narrador oblicuo por naturaleza. En determinado momento, nuestro protagonista, Mario Cornejo (Alfredo Castro, exTony Manero), escribano de la oficina del forense, sale a unas calles desoladas y destruidas de Santiago de Chile. Parece el escenario de un filme de zombies y más aún cuando Cornejo se comporta precisamente así, como un muerto viviente. Pero no: se trata de los tiempos del golpe de estado y la brutal represión que le siguió.
La película será estrenada comercialmente en México -tiene dinero nacional y la distribuye Canana- por lo que volveremos a ella cuando se exhiba. Déjeme agregar algo más: comentaba con la colega Chiara Arroyo de Screen Daily que Post Mortem es un filme profundamente desagradable. Y, al mismo tiempo, una obra fascinante, por más que la contundente crueldad de Larraín llega a extremos discutibles.
Aún mejor resultó Nostalgia de Luz (Chile-Francia-Alemania, 2010), de Patricio Guzmán, que trata más o menos del mismo tema -el Chile del golpe de Estado, el Chile de la tortura y los desaparecidos- pero desde otra perspectiva muy diferente. 
Guzmán inicia su filme al estilo de la maravillosa Agnès Varda: el documental como una suerte de diario personal que, en la medida que avanza, se convierte en otra cosa. En este caso, en una reflexión sobre la ciencia, el origen del universo, el presente y el pasado, la arqueología, la historia, la dictadura, los desaparecidos... Sucede que Guzmán, aficionado a la astronomía desde un infante, ha viajado al inmenso desierto chileno de Atacama, en el que un puñado de astrónomos tratan de descifrar los misterios del universo. Sin embargo, ahí mismo, en ese enorme y seco desierto, hay unas mujeres tratado de descifrar otros secretos: dónde están los cuerpos de sus familiares que estuvieron prisioneros en un campo de concentración en ese sitio y que, después, fueron asesinados y enterrados en ese mismo desierto inabarcable.
Pocas veces un documental ofrece un grupo de cabezas parlantes tan fascinante. Pocas veces, también, se encuentra alguien como Patricio Guzmán haciendo preguntas, matizando respuestas, dirigiendo la conversación. Es probable que, más allá de la Cineteca Nacional y el festival Ambulante, Nostalgia de la Luz no será exhibida en México. Y esto será, por supuesto, una desgracia.
Eso -una desgracia- le sucede a Julieta (Erica Rivas), una joven madre de familia que vive en Buenos Aires y, se entiende, se acaba de separar de su marido, quien anda de viaje. La pobre mujer tiene que lidiar con dos pequeños monstruos a los que no los puede tranquilizar, con un trabajo que debe entregar al día siguiente y con las responsabilidades "normales" que enfrentaría cualquier madre de familia que sea ama de casa, profesional y -para terminarla de gozar- esté separada.
La película es Por Tu Culpa (Argentina-Francia, 2010), tercer largometraje de Anahí Berneri, exhibido fuera de concurso.Lo que le sucede a Julieta no es nada del otro mundo pero, de todas formas, lo que vemos en pantalla llega a extremos irritantes. Se trata de un pedazo de vida cotidiana, de vida simple, que se convertirá en una auténtica pesadilla para Julieta. No tiene sentido mucho abundar en la trama, porque una parte fundamental de la efectividad del filme es tratar de dilucidar las muchas ambigüedades de la cinta por uno mismo, sin ayuda de nadie. Por lo mismo, yo no ayudo.

sábado, 26 de marzo de 2011

Guadalajara 2011/Día uno



Empezamos con nuestra cobertura de Guadalajara 2011. El Festival Internacional de Cine en Guadalajara en su edición número 26 estrena nuevo comité organizador, nuevo presidente, además de nueva sedes, nuevos hoteles y hasta nuevos cines. Sobre la marcha ya iremos haciendo nuestro juicio: por lo pronto, a pesar de que con un servidor la acreditación llegó hasta el último momento -algo de suspenso hitchcokiano, para darle algo de emoción al asunto-, la realidad es que nunca antes, en la década que tengo viniendo al festival, habían estado disponibles, con una semana de anticipación, el catálogo del festival con todo y el programa general incluido. También nunca antes me habían dicho que irían por mí al aeropuerto... y, también, nunca antes me habían dejado plantado, porque nadie fue por mí. En fin...
En Guadalajara 2011 habrá la posibilidad, por vez primera, de ver algunas películas on-demand, de tal forma que si hay alguna cinta que no se pueda revisar en pantalla grande -sea por falta de tiempo, sea porque se empalma con otra función- existirá la posibilidad de "visionarla" -así dice el boletín- a través de una plataforma on-line. En todo caso, ya veremos si podemos hacer uso de ella, pues el boletín no aclara si este servicio es sólo para los compradores que asisten al Mercado de Cine Iberoamericano o si la prensa y los críticos podemos usarla. Sea como sea, es una innovación digna de subrayar: sería la primera vez que algo por el estilo se hace en un festival de cine en México.
En cuanto al primer día de trabajo, no hay mucho de qué presumir. El Mural (México-Argentina, 2010), chorrógesimo largometraje del veterano Héctor Olivera, presentado en competencia en la sección iberoamericana, es una fallida mezcla de extravagante melodrama familiar y declamatoria biopic política-culterana. Llamada "de interés nacional" en los créditos -lo que hace suponer que hubo dinero del erario argentino en la producción- El Mural toca el mismo tema, sólo que en el terreno de la ficción, que la premiada cinta documental Los Próximos Pasados (Muñoz, 2006), no vista, desgraciadamente, por mí.
En 1933, el gran muralista mexicano, apasionado comunista y fanático del papito Stalin, David Alfaro Siqueiros (Bruno Bichir, adecuadamente desatado) llega a Buenos Aires con el fin de pintar un mural "revolucionario" en algún lugar público pero, en su lugar, termina siendo contratado por el poderoso magnate periodístico Natalio Botana (Luis Machín), dueño del influyente diario "Crítica", para pintar un mural erótico ("Experimento abstracto" se llamaría) en el amplio sótano de su quinta Los Granados.
Olivera combina así, el retrato de la personalidad creativa de Siqueiros -su apuesta por la experimentación formal, el uso artístico de un producto industrial como el silicato- con sus muchas contradicciones ideológicas -un revolucionario que no tenía empacho en trabajar para el capitalista Botana; un (dizque) progresista que trataba de puta a su esposa, la poeta urugaya Blanca Luz Brum (Carla Peterson)-, al mismo tiempo que nos entrega la escandalosa crónica telenovelera de la familia formada por el propio Botana y su excéntrica esposa periodista/feminista Salvadora Medina (Ana Celentano), con todo y la aparición de las personalidades famosas de rigor, como Pablo Neruda (Sergio Boris) o Victoria Ocampo (Mónica Galán).
La producción es impecable y los protagonistas/antagonistas, Siqueiros y Botana, son figuras fascinantes por sí mismas, pero la cinta se pierde en una verbosidad que llega a hartar, algunos personajes están desdibujados -Neruda y Ocampo de plano están de más- y el drama de la familia Botana-Medina es, para decir lo menos, inconsistente. La señora Medina es retratada aquí como una histérica y desquiciada -por lo que la infidelidad de Botana con la suculenta esposa de Siqueiros casi se disculpa- mientras que algún episodio lésbico -el beso de la ama de llaves alemana a la señora Medina- es tan gratuito que roza con el absurdo: ¿juay-dis-mess?
En comparación, Amador (España, 2010), sexto largometraje de Fernando León de Aranoa, filme también en la competencia iberoamericana, parece una obra mayor. No lo es, por cierto: León de Aranoa, siempre solidario con sus personajes marginales, lo ha hecho mejor antes, tanto en Princesas (2005) como en Los Lunes al Sol (2002). Sin embargo, Amador no carece de interés y hasta logra subvertir algunos de sus convencionalismos por una temprana vuelta de tuerca que, por lo menos, yo no esperaba.
Marcela (la siempre bienvenida Magaly Solier), una inmigrante sudamericana -acaso boliviana-, es contratada por Yolanda (Sonia Almarcha) para que cuide a su anciano padre, el Amador del título (Celso Bugallo), quien está postrado en su viejo departamento sin compañía alguna. Al inicio, el anciano -que mata el tiempo resolviendo enormes rompecabezas- no quiere saber gran cosa de la muchacha que lo cuida pero no pasa mucho tiempo para que los dos platiquen y peleen, como lo hace cualquier paciente gruñón con su eficaz enfermera/mucama. Marcela necesita el trabajo: la paga de 500 euros que recibirá en un mes le permitirá pagar el refrigerador que su marido, Nelson (Pietro Sibille), ha comprado para mantener vivas las flores que roba y que vende en la calle, con un pequeño grupo de prostitutas e inmigrantes africanos. Marcela necesita el dinero, además, por otra pequeña razón: está embarazada, aunque no sabe cómo decirselo a Nelson con quien no se imagina viviendo para siempre. Estamos, pues, entre el melodrama social a lo Loach y el woman's film clásico, con una mujer despertando de su letargo existencial para empezar a decidir por sí misma lo que tiene que hacer.
He escrito el melodrama social "a lo Loach". Es injusto: en su corta pero sustanciosa carrera, León de Aranoa ya puede presumir de tener su propia voz, marcada por la solidaridad a los marginados, la capciosa observación social y la regocijante comedia de costumbres. No es Amador la mejor película de su filmografía y, de hecho, no está exenta de inconsistencias -hay momentos bastante gratuitos, como el choro que le suelta el anciano a la panza de Marcela; todo ese rollo de las sirenas no está bien justificado-, pero también tiene buenas ideas -el rompecabezas como una alegoría de una vida que hay que cambiar/completar- y un reparto sin tacha, en el que brilla, en la última parte, Fanny de Castro como una avejentada prostituta pragmática.
Escribí antes que lo convencional de todo el asunto no lo es tanto después de que sucede una inesperada vuelta de tuerca en el primer tercio del filme, algo en lo que no puedo extenderme por razones obvias. Lo que sí puedo insistir es que incluso en este tono menor, León de Aranoa sigue haciendo un cine más que visible.
Esto mismo podemos decir de Elisa K (España, 2010), filme dirigido a cuatro manos por los veteranos cineastas catalanes Jordi Cadena y Judith Collel, cinta ganadora del Premio Especial del Jurado en San Sebastián 2010. La película, por cierto, no se exhibe en competencia sino en una interesante sección titulada "Europa Nuevas Tendencias: San Sebastián-Guadalajara".
Elisa K está dividida en dos partes claramente delimitadas no sólo temporalmente, sino estilísticamente. En la primera sección, la más extensa e interesante de una muy breve película de 72 minutos de duración, la niña de once años Elisa Kiseljak (notable Clàudia Pons) es violada por un amigo de su papá. La muchachita queda en estado de shock pero su mente logra borrar de su memoria todo lo sucedido. En la segunda parte, 14 años después, con una Elisa ya crecida (Aina Clotet) y estudiando en el extranjero, vemos cómo, por una azarosa cadena de asociaciones, Elisa recuerda traumáticamente la violación que sufrío de niña.
En la primera sección, fotografiada en blanco y negro, se privilegian las tomas largas y un estilo visual académico, frío, distanciado, subrayado aún más por la omnisciente voz en off de un narrador (Ramón Madaula) que analiza lo que piensa y siente la confundida Elisa. En la segunda parte, aparece el color, domina la cámara en mano y el encuadre, nervioso, se está (re)haciendo a cada instante.
El notable trabajo fotográfico de Sergi Gallardo es uno de los puntos a favor de este filme que, en lo personal, creo que se sale de madre en su segunda parte. Es evidente que esto era necesario -si el primer segmento trata de la represión inconciente de esa violación infantil- aunque no estoy tan convencido de que funcione la larga secuencia del derrumbe de la Elisa adulta. De cualquier forma, Elisa K fue la película más interesante que vi en esta primera jornada. 

viernes, 25 de marzo de 2011

Money makes the world go around...



Ya que ha habido algunos comentarios por correo electrónico, en twitter y hasta aquí, en el blog, va la aclaración urbi et orbi, pues al parecer el asunto no era obvio. 
Sí, claro, las ligas de publicidad que hay en el blog me dejan dinero. Pero no se preocupe: no me estoy haciendo rico -albureros: abstenerse. Hace un año que decidí "monetizar" el blog y desde entonces, gracias a amazon, he ganado un par de novelas de gorra en mi Kindle. No más. La publicidad de Google ha sido menos efectiva -y no me extraña: ¿quién va a hacer clic en un anuncio del PRI?- y si sigue el mismo ritmo, mi primer pago de cien dólares llegará en el 2012 -si es que llega, por eso del fin del mundo. La suscripción al blog por paypal ha resultado más efectiva: algunos lectores de este blog han decidido caerse con una lana. Y al ritmo de 20 pesos a la semana, me han pagado el equivalente a algunas tazas de café. Se los agradezco, de verdad.
Sin embargo, para quien haya sido lector de este blog desde que lo abrí, hace más de tres años, podrá constatar que la "monetización" del mismo no ha significado cambio de ninguna especie. Las entradas siguen apareciendo (casi) a diario; si hay un lector que me pide una reseña para publicar y puedo hacerlo, la publico; si hay una pregunta que puedo responder para beneficio de todos, lo hago. El único cambio visible es que, bueno, quiero ganar algo de dinero. Morralla, ya lo sé. Pero mejor morralla que nada. 
Ni modo: supongo que me malacostumbré desde el inicio. El primer texto que escribí para publicar, "El Compadre de Fuentes" sobre El Compadre Mendoza, a mediados de los años 80, me lo pagaron. Veinte, veinticinco pesos, no recuerdo bien. Desde entonces, exceptuando unas cuantas colaboraciones en DICINE, Nitrato de Plata y El Financiero, cada texto que ha sido publicado me ha sido pagado. A veces bien, a veces mal, pero pagado. Creo firmemente que el respeto profesional que tiene un medio por el trabajo de uno se demuestra no con elogios sino con dinero. Materialista que es uno. Qué remedio.
Por otra parte, las ligas de amazon son sólo eso: ligas. No hay obligación de comprar nada y el blog seguirá siendo gratuito. Y, por supuesto, cuando coloco una liga de un libro, una película o el mismo Kindle es porque yo ya leí ese libro, vi esa película o tengo el Kindle y me parecen valiosos. No colocaría un anuncio de Alicia en el País de las Maravillas de Burton porque, honestamente, no me parece una cinta valiosa. Pero sí, de Escenas de un Matrimonio o El Ilusionista o Gigante, por recordar tres ligas de filmes personalmente favoritos que he colocado en las últimas semanas. 
Hace ya mucho tiempo, un antiguo lector -lo digo así porque el susodicho presume de no leerme y está en su derecho de hacer las dos cosas: de no leerme y de presumir de no hacerlo- me pidió un consejo profesional: ¿cuánto debería cobrar por escribir en tal parte? Le contesté por correo que debería cobrar cierta cantidad y que fuera firme al respecto: "si se acostumbran a que tu trabajo es gratis desde el inicio, ¿por qué tendrían que pagarte después?", le dije, palabras más, palabras menos. Sigo pensando lo mismo.
Si alguien se siente engañado o molesto o traicionado por la publicidad de este blog -incluyendo la de amazon-, lo siento mucho pero esto no cambiará. Tampoco cambiará que el blog sea gratis... a menos que luego se me ocurra otra cosa para poder comprar unas cuantas novelas más para mi Kindle. Y ya me voy a Guadalajara 2011 a hacer la cobertura más completa posible. Y gratis.

jueves, 24 de marzo de 2011

Desconocido



Liam Neeson ha dado un giro curioso en su carrera en el último par de años: de un actor serio, de carácter, en proyectos más o menos interesantes y ambiciosos, se ha transformado en una suerte de Charles Bronson de prestigio. No seré yo quien me queje: de hecho, si funciona el thriller paranoico Búsqueda Implacable (2008) –no vi Brigada A: los Magníficos (Carnahan, 2010)- se debe, en gran medida, a la sólida presencia del cincuentón Neeson, quien encarna todos sus papeles –hasta cuando le da la voz al león crístico Aslán- con una seriedad que infunde respeto.
En Desconocido (Unknown, EU-GB-Francia-Japón-Canadá-Alemania, 2011), su nuevo filme de acción, persecuciones y balazos, Neeson ya no está solo en eso de inyectarle algo de calidad a una película que, para efectos prácticos, no es más que un subproducto hitchcokiano razonablemente bien hechecito, dirigido por el churrero catalán internacionalizado Jaume Collet-Serra (La Casa de Cera/2005, Gol 2: Viviendo el Sueño/2007, La Huérfana/2009).
Y es que además de la presencia de Neeson y de la funcional puesta en imágenes de Collet-Serra, el mérito para que Desconocido funcione –en los modestos límites en los que puede funcionar: como mero entretenimiento dominguero- radica en el espléndido casting, responsabilidad de Lucinda Syson. Casi podríamos decir que la única razón para ver esta cinta, en realidad, es su gran reparto secundario.
El científico Martin Harris (Neeson) llega a Berlín, acompañado por su gélida esposa rubia Liz (January Jones, de Mad Men, explotando su belleza tipo Grace Kelly) para participar en un importantísimo simposio sobre biotecnología. Sin embargo, de regreso al aeropuerto –pues olvidó su maletín con todo y su pasaporte y demás identificaciones-, Harris sufre un accidente automovilístico que lo deja en estado de coma durante cuatro días. Al despertar, se da cuenta que nadie ha preguntado por él y cuando va a buscar a su esposa, la mujer no sólo no lo reconoce sino que, además, hay otro Martin Harris (Aidan Quinn) ocupando su sitio. Con la ayuda de la taxista bosnia que le salvó la vida (¿Diane Kruger como taxista?: buehh) y de un agente retirado de la temible Stasi (Bruno Ganz, soberbio), Harris buscará la manera de recuperar su identidad.
El McGuffin es descaradamente hitchcockiano –no me refiero al asunto de la pérdida de la memoria, sino a la resolución del misterio, tan similar a la obra maestra Intriga Internacional (Hitchcock, 1959)-, así como las ocasionales pizcas de humor excéntrico –los dos Martin Harris recitando su vida frente a un desconcertado científico (Sebastian Koch, de La Lista Negra/Verhoeven/2006)- y la eficaz creación de un genuino ambiente paranoico, en el que nada es lo que parece y en el que Harris tiene que correr, pelear y matar por su vida.
Sin embargo, el mejor momento del filme tiene que ver con la escena más tranquila de todas. También con la mejor actuada. En ella aparecen Bruno Ganz y Frank Langella, dos profesionales que se respetan incondicionalmente. Hablo de los personajes que interpretan, claro, pero también de los propios actores: uno puede casi adivinar el enorme placer que sintieron al hacer esa escena juntos y demostrar(se) lo que son capaces de hacer con unas cuantas líneas. Acaso por eso, porque en el final ya no están Ganz ni Langella, la película termina tan mal… De hecho, ni siquiera termina. Sólo se interrumpe.

miércoles, 23 de marzo de 2011

martes, 22 de marzo de 2011

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CLXXI



Triste San Valentín (Blue Valentine, EU, 2010), de Derek Cianfrance.Una sólida entrada en el subgénero dramático de la pareja matrimonial destruida. Mi crítica, publicada el domingo pasado, está aquí abajito

Marte Necesita Mamás (Mars Needs Moms, EU, 2011), de Simon Wells. Producción de la casa Disney con la compañía de Robert Zemeckis, quien ya debe dejar de lado su rotoscopio digital y/o conseguirse mejores guionistas. La cinta es una plasta hasta su última parte en la que llega genuinamente a emocionar. Demasiado tarde, en todo caso. Mi nota crítica, en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Anticristo (Antichrist, Dinamarca-Alemania-Francia-Suecia-Italia-Polonia, 2009), de Lars von Trier. La cinta "antigalardonada" en Cannes 2009 por su "misoginia" finalmente tuvo su estreno comercial en México. Se trata, para variar, de una provocación más del "mejor director del mundo", una suerte de alegoría de alcances míticos en la que Él (Willem Dafoe) y Ella (Charlotte Gainsbourg) se aman/separan/enfrentan en un universo en el que, como cierto personaje clave afirma, "el caos reina". Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

Desconocido (Unknown, EU-GB-Alemania-Francia-Canadá-Japón, 2011), de Jaume Collet-Serra. Un entretenido subproducto hollywoodense que se sostiene muy bien durante la mayor parte del tiempo gracias, en parte, a la funcional puesta en imágenes de Collet-Serra, a la presencia de Liam Neeson -que ya se convirtió en una especie de Charles Bronson de prestigio- y a un espléndido reparto secundario. El encuentro entre Bruno Ganz y Frank Langella paga el boleto. Espero volver a estar película in-extenso antes de irme a Guadalajara 2011.

domingo, 20 de marzo de 2011

Triste San Valentín



Triste San Valentín (Blue Valentine, EU, 2010), segundo largometraje de Derek Cianfrance, pertenece a una difícil estirpe fílmica por partida doble. Dificil porque el subgénero del que forma parte es el pesimista drama marital, cuyo discurso básico podemos resumir en unas cuantas afirmaciones desesperanzadoras: el matrimonio nunca funciona, el amor se escapa en el momento menos esperado y la naturaleza humana nos empuja a dañar todo aquello que deberíamos cuidar mejor. Es decir, esta clase de cintas no son fáciles de vender al gran público que no quiere ir al cine "a sufrir". Y difícil, también, porque la obra cumbre de este tipo de filmes es la pieza maestra de Bergman, Escenas de un Matrimonio (1973), inalcanzable cinta con la cual, qué remedio, será comparada toda película que trate el mismo tema. 
En este contexto, Cianfrance y sus dos actores/productores, Ryan Gosling y Michelle Williams, han pasado con creces la prueba. El guión -escrito por el propio cineasta con dos colaboradores, más la participación de sus dos actores, quienes tuvieron la oportunidad de improvisar escenas y diálogos- no hace concesiones de ninguna especie. La crónica del deterioro matrimonial de la pareja formada por frustrada enfermera Cindy (Williams) y el agradable bueno-para-nada Dean (Gosling) es tan cruda como verosímil. Y nada de que "así es la vida" o "nadie tiene la culpa". Al contrario: lo que nos muestra Triste San Valentín es que todo tiene consecuencias en esta vida y de que, por supuesto, cuando un matrimonio se va a la goma, quienes tienen la culpa de ello son quienes forman ese matrimonio. Esto no los convierte en monstruos, por cierto: los hace seres humanos.
Y si bien es cierto que Cianfrance se queda lejos de la contundencia clásica de Bergman -¿pero hay alguien que se le acerque?-, tampoco está a años luz de otras obras mayores que han explorado estos mismos territorios desolados/desoladores en los últimos años, como Maridos y Esposas (Allen, 1992), 5x2 (Ozon, 2004) o Sólo un  Sueño (Mendes, 2008). De hecho, la estructura narrativa de Triste San Valentín nos remite, hasta cierto punto, al cruel montaje del filme de Ozon. Como en 5x2, el desamor es una mera cuestión de tiempo: basta sentarse a esperar cómo el beso de amor y de esperanza del día la boda se convierte en el beso amargo del fracaso y la despedida, cuando los dos se dan cuenta que ya no pueden estar juntos.
La edición abrupta de Jim Helton y Ron Patane nos llevan del oscuro presente al luminoso pasado sin decir agua va. Al inicio, puede resultar desconcertante, pero muy pronto nos acostumbramos y empezamos a encajar las piezas mentalmente. No se trata de un mero juego especular -aunque hay algo de ello-, sino de contrastar dos etapas en la vida de una pareja que, uno lo entiende con claridad, estaba destinada al fracaso desde el inicio. No se trata de fatalismo, sino de mero sentido común, lo primero que se nubla cuando se atraviesa el amor: ella tiene ambiciones, quiere estudiar medicina, explotar ese "potencial" que le ha dicho su maestra de biología que tiene; él no podría ser menos ambicioso, abandonó la preparatoria porque sí y se contenta con ganar unos dólares en cualquier chamba que caiga. No se trata de un asunto de clase -los dos provienen más o menos del mismo ámbito trabajador- sino de visión del mundo. 
Dean y Cindy no son malas personas ni, mucho menos, son malos padres de la encantadora niña que tienen -aunque el padre no es Dean, sino un ojete exnovio de ella-, pero por ahí y por allá se deslizan sus defectos tan naturales, tan corrientes: ella tuvo una vida sexual promiscua en su adolescencia y ahora tiene una jeta de perpetuo hastío, él será muy agradable y muy buena-onda, pero siempre está a la defensiva, bebe por las mañanas antes de ir a trabajar y estalla a la primera provocación. 
Si uno ve sólo esta parte del filme, uno no entiende cómo ellos dos, tan distintos, pudieron haberse enamorado pero, como ya comenté antes, el montaje nos lleva a ver los tiempos felices, especialmente a la escena clave de la cinta, cuando Dean y Cindy pasean por las calles de alguna ciudad de Pennsylvania. Él, radiante por haberla encontrado después de haberla buscado durante algún tiempo, toca descuidadamente su ukelele mientras ella, de manera espontánea, le presume sus conocimientos sobre los presidentes de Estados Unidos. Luego, en una larga toma de casi tres minutos de duración, ella baila tan torpe como encantadoramente, mientras él canta y toca su ukelele. La cámara de Andrij Parekh deja respirar a los personajes -y a sus actores-, quienes parecen disfrutar de verdad de ese mágico momento en el que, muy probablemente, nació el amor entre ellos. Uno sabe que están destinados al desastre pero al ver esa escena, ¿quién puede culparlos? Se ven tan bien juntos. Por eso duele tanto cuando, en el siguiente corte -es decir, pocos años después-, se ven tan mal juntos.

sábado, 19 de marzo de 2011

¿Y con qué se come?/IX



Sául Bass, un lector y comentador en este blog (@sabassbo en twitter) me ha preguntado qué diferencia hay entre un clásico y un filme "de culto" o cult-movie. Una película clásica deja una estela: es un ejemplo inalcanzable que muchos cineastas quieres seguir, aunque sepan que no podrán nunca siquiera rozarla. Además, académicamente, el canon -creado por archivistas, historiadores, críticos y cineastas- ya la ha aceptado como clásica y dificilmente su estatus cambiará en mucho tiempo.
El cine "de culto" es diferente. Mientras que el término "clásico" proviene de la academia y sus vigilantes -repito: archivistas, historiadores, críticos y cineastas-, una cult-movie nace a partir del culto obsesivo de un grupo de espectadores que hacen suya una película en particular, más allá de lo que diga el canon. Umberto Eco, en un famoso ensayo sobre Casablanca (Curtiz, 1942) -un caso raro, aunque no único, de la fusión entre lo clásico y lo "de culto"- afirma que una cult-movie es, por definición, una cinta profundamente imperfecta que, sin embargo, a pesar de esas imperfecciones e incluso por ellas mismas, es adorada a tal grado que sus fanáticos pueden citar parrafadas enteras de los diálogos, visten como sus actores/personajes preferidos y se convierten en los máximos defensores de esa cinta que, muy probablemente, fue despreciada por el gran público en el momento del estreno.
Esos cultistas -o "culteros" dice un buen amigo, despectivamente- pueden convertir en éxitos perennes películas como The Rocky Horror Picture Show (Sharman, 1975) -que se mantuvo durante años exhibiéndose en cines de Nueva York y Chicago-, la saga de zombies de George A. Romero -hay que ver las filas de voluntarios para aparecer como zombie en cualquier nueva cinta de muertos vivientes de Romero- o el cine de Jodorowsky -que, al parecer, pasará de mano en mano, en DVDs legales y/o piratas, hasta el fin de los tiempos. 
Los cultistas pueden tener también algo de influencia en el canon: hay que recordar que Blade Runner (Scott, 1982) fracasó rotundamente en su estreno comercial. No fue hasta después, cuando fue tomada como objeto de culto por muchos académicos y/o aficionados al cine de ciencia ficción, que la cinta empezó a aparecer en el canon fílmico de los 80. Así, pues, treinta años después y luego de no-sé-cuántas-versiones más -la del director, con voz en off, sin voz en off, con escenas nuevas, con o sin el unicornio de papel-, Blade Runner ya está en el canon con la pequeña ayuda de estos apasionados cultistas -porque, la verdad, "culteros" se lee gacho.

viernes, 18 de marzo de 2011

El cliché que yo ya vi/LXXVI



Abraham Sánchez Espinoza propone el siguiente cliché:

Qué te ha dado esa canción: Pedro Chávez ha sido abandonado por su mejor amigo Luis Macías, nuevamente por un lío de faldas. Mientras Pedro se encuentra reflexivo en la fonda donde suele comer pozole, suena en el radio la canción: “Que te ha dado esa mujer”, al tiempo que vemos que en otro sitio, Luis escucha la misma canción en el radio. De pronto, como si ambos supieran lo que pasa, comienzan a cantar y la pantalla nos muestra a ambos en misma habitación, mirándose a los ojos. Por supuesto que al terminar la canción, Pedro desaparece y gracias al poder de la canción, pide su pozole en la fonda, sabiendo exactamente lo que tiene que hacer para arreglar las cosas con su amigo. La secuela de una de las cintas esenciales del cine mexicano nos presenta así una de mis versiones predilectas del cliché que nos ocupa a continuación: la película que toma su título de una canción que ya existía previamente.

Una variación y otro de mis ejemplos favoritos aparece en una cinta francesa donde una excepcional Kristin Scott Thomas, interpretando a una mujer que acaba de salir de prisión, no encuentra cómo relacionarse con el mundo exterior, ni con su familia. De pronto, se encuentra cantando al piano junto a su hermana “À la claire fontaine”, recordando como lo hacían cuando eran niñas, mientras su sobrina baila al ritmo de la canción infantil en una emotiva escena que nos hace sentir la cercanía que buscan recuperar las hermanas. “Il y a longtemps que je t'aime”, toma su nombre no del título, sino de una de las frases de la tradicional canción infantil, siendo pues una variación del cliché.

Hay quienes llevan las cosas al extremo basando toda la película en la canción, como ocurre con “Pedro Navajas”, que a fin de cuentas era un homenaje a otra famosa canción alemana conocida de este lado del charco como “Mack the Knife” y que aparecía en la obra de teatro “La ópera de los tres centavos”, la cual ha sido llevada al cine en múltiples ocasiones -esos gángsters de barrio son muy filmables. Otros, como Coppola en “Peggie Sue Got Married”, toman el título de la canción, y ya encarrerado el ratón, con ese toque rocanrolero de la época en el que se sitúa la cinta, pues también le pone el nombre a la protagonista, hace que se case y que viaje por el tiempo, aunque eso último no era parte de la canción ¿o si? Bien podría haberle puesto Susie Q y nadie se hubiera quejado.

"Detroit Rock City" por su parte justifica su título con un grupo de adolecentes tratando de colarse a un concierto de Kiss en Detroit,"Jennifer's Body" lo hace con esa actitud de perra que tiene su protagonista que está en sintonía con Courtney Love, quien canta la canción de Hole. "Stand By Me" toma ese mensaje aspiracional de la canción de Ben King, "Fools Rush In" lo hace tomando la ingenuidad cómica de la canción de Ricky Nelson. "Problem Child", teniendo como protagonista a un niño con la misma energía devastadora de AC/DC. La horrorosa "My Best Friend's Girl", con su trama sobre un sujeto que le baja la novia a su amigo, usando la canción de The Cars, pues usar la de los Sinners en semejante bodrio si hubiera sido un pecado.

Claro que la canción no necesariamente debe hacer su aparición durante la película o tomar el espíritu de la misma. Una película en tercera dimensión sobre moscas que quieren ir a la luna poco tiene que ver con la canción de Sinatra “Fly me to the moon” y eso no impide que se robe su título. Un documental submarino en tercera dimensión como “Under the sea 3D” sin embargo, sí puede decir con orgullo que toma su espíritu festivo de la canción de "The Little Mermaid”. Y hablando de canciones que roban su título de unas que fueron originalmente compuestas para otras películas, ahí tenemos a “Eye of the Tiger”, canción original de “Rocky 3”. Y no, esa no estaba en 3D.

¿No sabe que título ponerle a su documental sobre una banda de rock?. Sencillamente siga la fórmula y use una canción de su último álbum o de una las conocidas: “Blur: No Distance Left to Run”, “Metallica: Some Kind of Monster”, “Café Tacuba: Seguir Siendo”, “Alex Lora: Esclavo del Rock & Roll”, “Rolling Stones: Shine a Light”. Si usted quiere hacer una biopic de su cantante favorito la misma fórmula aplica con un poquito de gracia: Johnny Cash con “Walk the Line” o Ritchie Valens con “La Bamba”. Claro que hay biopics que no son de cantantes pero eso tampoco impide robar el título de alguna canción, como sucede con Edie Sedgwick en “Factory Girl” o con Andy Kaufman en “Man on the moon”, aunque en este caso la canción de R.E.M., escrita años antes, si había sido dedicada al comediante. 

¿Quiere usted hacer un musical con las canciones de su grupo favorito? ABBA con la insulsa “Mamma Mía” o The Beatles con “Across the universe” son buenos ejemplos. Y es que el cuarteto de Liverpool encabeza el salón de la fama de este cliché con sus cintas: “A hard day's night”, “Help!”, “Magical Mystery Tour”, “Yellow Submarine”, “Let It Be” o hasta “Imagine” ya con Lennon en solitario, e inspirando el título de otras como “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”. “P.S. I Love You” también es canción de los Beatles, pero en este caso el libro y la película lucen más inspirados en la melodía escrita por Gordon Jenkins e interpretada originalmente por Billie Holiday, aunque es el cover de Nellie McKay el que aparece en la cinta. Hablando de drama romántico no podemos olvidar a “Pretty Woman” que roba su título de la famosa canción de Roy Orbison, aunque también lo tenemos en su versión infantil en “My Girl”, con la bella música de los Temptations.

Algunas veces el robo es un mero capricho del director, como Michael Bay que teniendo a Will Smith y a Martin Lawrence de protagonistas, le entra la onda reggae con “Bad Boys” de Inner Circle en la pareja dispareja de policías, lo cual es otro cliché. Drew Barrymore, por su parte, demuestra su amor por los ochentas en más de una ocasión y si bien el título de su debut como directora es un movimiento especial en la lucha en patines, que coincida con el título “Whip It” de Devo es un plus del cual seguramente se siente orgullosa. Kimberly Peirce lo intenta con la onda gótica de The Cure en “Boys Don't Cry”, aunque alguien debió avisarle a Kim que esa canción de The Cure ciertamente tiene poco de gótica. Lo gótico ochentero inevitablemente nos recuerda a la canción “Mátenme porque me muero” de Caifanes, que es un buen ejemplo del cliché al revés en versión circular: Primero fue una cinta de Ismael Rodríguez protagonizada por Tin Tan, luego vino la canción de Caifanes y luego vino otra cinta, con Pedro Weber Chatanuga.

En una muestra de que robar títulos de canciones para una película sigue más vigente que nunca, tres de los estrenos de esta semana hacen lo propio. “The kids are allright” toma el espíritu festivo de The who, en una comedia con un sensacional hipster hipioso incluído en el paquete, cortesía de Mark Ruffalo. “Morning Glory” bien podría ser uno de esos casos meramente accidentales pues podría tomar su título de la canción de Tim Buckley, apropiada para un café mañanero acompañado del programa de revista matutino de la cinta, pero también podría tomarlo de la canción del grupo Oasis o hasta de la cinta del mismo nombre que le hiciera ganar su primer Oscar a Katharine Hepburn: ¿acaso el cliché circular está de vuelta?. “Never Let Me Go” también es un caso especial, pues toma su título de una canción ficticia cantada por una artista ficticia llamada Judy Bridgewater en la novela de Ishiguro, pero en la película la canción es interpretada por Jane Monheit y escrita hace años por Luther Dixon. Para hacer las cosas más confusas, Monheit ya había interpretado otra canción también llamada “Never let me go” en su álbum “Never Never Land”.

Podríamos agregar una cuarta si tomamos en cuenta que “Battle of Los Angeles” también es el título de un album de Rage Against the Machine, pero sabemos que la cinta se inspira más bien en el rumor de que en 1942 los extraterrestres atacaron la ciudad. Caso similar con “American Beauty”, que también es el título de un disco de Grateful Dead, pero que toma su título de una variedad de rosa. Asi que si quiere usted agregar como variación del cliché a películas que toman el título de un álbum, vaya a la segura y agregue aquellas que se basan en discos conceptuales, como “Tommy” de The who, “The wall” de Pink Floyd” o la anunciada “American Idiot” de Green Day.

Mejor me despido antes de que me lancen pedradas por alargarme demasiado, lo cual es un cliché personal mío: asi que bye bye American Pies.

jueves, 17 de marzo de 2011

Pídala cantando/XXXII




Saúl Bass, uno de los lectores y comentaristas del blog, me pidió que rescatara mi crítica de 2046, de Wong Kar-wai. Va lo que escribí de esta cinta cuando se exhibió por vez primera en México, en el desaparecido FICCO 2006.


En alguna escena de 2046 (Ídem, China-Francia-Alemania-Hong Kong, 2004), un personaje le dice al escritor de novelas de artes marciales Chow Mo Wan (el astro pan-chino Tony Leung Chiu Wai) que debería cambiar el final de uno de sus textos por un desenlace más feliz. Chow medio sonríe y musita: “veré qué puedo hacer”. Por supuesto, fracasa: el escritor queda pasmado frente a la hoja de papel sin poder borrar ni agregar un ideograma. Chow no puede cambiar nada… ¿o será que no quiere hacerlo?
            Eso mismo podríamos preguntarnos ante 2046, la más reciente cinta del maestro hongkonés del amor/desamor romántico Wong Kar-wai, estrenada en nuestro país dentro de la sección de galas del FICCO 2006: ¿Wong será capaz de cambiar, transformarse, evolucionar? O, en todo caso, ¿querrá hacerlo?
            Una suerte de secuela/expansión de su anterior película Deseando Amar (2000), 2046 nos muestra a Chow de regreso a Hong Kong y convertido en un endurecido y cruel play-boy. Así, el Chow de un impecablemente bogartiano Tony Leung puede pasar la noche con su antigua novia Lulu (Carina Lau) para luego iniciar una tormentosa relación con la temperamental Bai Ling (Ziyi Zhang), servir de “celestino” de la jovencita enamorada Wang Jing Wen (Faye Wong) y, después, recordar su efímero affaire con una misteriosa tahúra (Gong Li, nada menos), aunque nada de esto lo podrá hacer olvidar a la única mujer que realmente ha amado: la bellísima señora Su (la diva Maggie Cheung en un brevísimo cameo), quien lo (y nos) hipnotizó con su caminar y su mirada en Deseando Amar.
            Wong no podría hacer una película fea aunque lo intentara. Todo superficie, todo textura, todo sensación, 2046 es una intoxicante “cinta-summa” temática/visual de la obra de Wong. Temáticamente, el filme es una extensión (otra más) de las mismas preocupaciones de siempre del cineasta hongkonés: Chow y Bai juegan a las vencidas amorosas como los amantes gays de Happy Together (1997), todos y cada uno de los personajes se abandonan y se reconcilian como si fueran volátiles habitantes de Chunking Express (1994) y todos ellos saben que para evitar ser rechazado hay que rechazar primero, como en Ashes of Time (1994). El amor, pues, como un espacio de lucha, sueño, anhelo, nunca realización.
Visualmente hablando, 2046 es aún más estilizada que Deseando Amar -si es que esto es posible-, mientras la cámara de Christopher Doyle y sus dos colaboradores toma a los personajes fragmentados, reflejados en espejos, mirando hacia fuera del encuadre. No pueden ocupar el mismo espacio en pantalla porque nada –a no ser su incapacidad de encontrar el amor- los une. Tampoco en la novela de ciencia ficción que escribe Chow sus criaturas encuentran el descanso. ¿Cómo podrían hacerlo?: su creador tampoco lo ha logrado.
Y aquí vuelvo a la pregunta inicial: ¿Wong querrá cambiar de tema, de estilo, de obsesión? Para ser franco, yo espero que no. De hecho, espero que nunca.  
             

miércoles, 16 de marzo de 2011

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CLXX



Los Niños Están Bien (The Kids Are All Right, EU, 2010), de Lisa Chodolenko. El cuarto largometraje de Chodolenko toma la premisa de una clásica comedia de costumbres de Renoir para entregarnos el retrato de un grupo de personajes tan entrañables y contradictorios como los de Hannah y sus Hermanas (Allen, 1986). Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

La Chica que Soñaba con un Cerillo y un Galón de Gasolina (Flicken som Lekte Med Elden, Suecia-Dinamarca-Alemania, 2009), de Daniel Alfredson. La segunda parte de la saga Millenium es, inevitablemente, un mero puente hacia el desenlace de la trilogía. La cinta, sin embargo, no pasa de ser un telefilme policial más, visible más que nada por el personaje de Lisbeth Salander y por la actriz que la encarna, Noomi Rapace. En el remake que ya viene, David Fincher tendrá mucho espacio para mejorar estas películas. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

La Nana (Chile-México, 2008), de Sebastián Silva. Vista en Guadalajara 2009 -por cierto, ya mero nos vamos a Guadalajara 2011-, finalmente esta espléndida comedia chilena tuvo su estreno comercial. Mi crítica, hace unos cuantos días, aquí mismo.

martes, 15 de marzo de 2011

Nagisa Oshima, la evolución de un maestro/III



Noche y Niebla en Japón (Nihon no Yoru to Kiri, Japón, 1960), cuarto largometraje de Nagisa Ôshima, es una de las cintas más personales de su extensa filmografía y, también, una de sus más polémicas en su país, a tal grado que la casa productora, la Shôchiku Eiga, la retiró de los cines. Molesto por esta decisión, Ôshima dejó la Shôchiku -lugar en donde había realizado todo su cine hasta ese momento- para empezar a trabajar por la libre con otros estudios.
Es fácil entender la razón que tuvieron los ejecutivos de la casa Shôchiku para sabotear la cinta que ellos mismos habían producido: la crónica política que Ôshima muestra en este fascinante tour de force fílmico es una denuncia seca, descarnada, del fracaso del liderazgo estudiantil de izquierdas que llegó a poner en jaque a las autoridades niponas de la postguerra. La Shôchiku tuvo miedo, al parecer, que el tema del filme y la forma de tratarlo por parte de Ôshima provocara un despertar de los entonces adormercidos movimientos estudiantiles. La provocación política de Ôshima fue mostrar que todos esos honestos e idealistas jóvenes de la postguerra que salían a la calle a luchar por la democracia y el socialismo se habían convertido, en unos cuantos años, en dogmáticos líderes comunistas/stalinistas, en desvergonzados traidores a la causa, en desencantados clasemedieros pequeñoburgueses, en desilusionados contestatarios acorralados por su propias mezquindades... Haga usted de cuenta un retrato de lo que le sucedió, mutatis mutandi, a la generación del 68 en México.
La cinta inicia en la celebración de la boda de Nozawa (Fumio Watanabe) y Reiko (Miyuki Kuwano), dos antiguos actividas estudiantiles de izquierda, aunque de distintas generaciones. Nozawa es ahora un periodista progresista mientras que Reiko, más joven que él, ha decidido dejar la lucha para convertirse en un ama de casa. En plena boda, ya con algunos alcoholes entre pecho y espalda, las recriminaciones, las sospechas, los reclamos, los lamentos, no se hacen esperar. Todos los que están ahí compartieron los mismos ideales, pero ahora están más enfrentados que los "chuchos" y los "pejistas". En sucesivos flash-backs -con sus varias digresiones dentro de los flash-backs- veremos el origen de la interminable crisis en la que languidecía la izquierda japonesa de ese tiempo.
He leído por ahí que Noche y Niebla en Japón es uno de los filmes más dificiles de Ôshima porque le exige al espectador tener un amplio conocimiento de la historia política japonesa de la postguerra. No estoy de acuerdo: aunque es cierto que el conocer de la historia de Japón de esos años -de la inmediata postguerra hasta fines de los 50- no estorba, la realidad es que para incluso los neófitos en estos territorios -como el que esto escribe- la cinta es transparente: no se necesita haber estudiado esta época para entender la posición de Ôshima frente a sus personajes y sus decisiones.
Pero aún así, sin negar los defectos de la cinta -precisamente su relativa oscuridad para el espectador de Occidente, lo farragoso que resultan algunos de los muchos diálogos/monólogos-, Noche y Niebla en Japón merece ser revisada por cualquier persona que se haga llamar cinéfila, pues estamos ante una fascinante master-class en cuanto a puesta en imágenes se refiere. Filmada en sólo 43 tomas -la cinta dura 107 minutos: casi 2.5 minutos en promedio por toma-, la cámara del colaborador habitual de Ôshima, Takashi Kawamata, se mueve de manera fluida, funcional, re-estructurando a cada paso el encuadre. En ocasiones, el paneo puede ser brusco, en forma de barrido, capturando las preguntas y respuestas de los personajes; en otras, es más bien elegante, partiendo del interior de una pequeña habitación, hacia el atestado exterior, repleto de jovenes bailando. Lo curioso es que esta puesta en imágenes se siente como parte integral de la cinta: no me puedo imaginar otra forma de montar esas interminables discusiones ideológicas/personales, ese fluir entre el pasado utópico y el presente desencantado, entre esos secretos enterrados durante años y esas revelaciones confesadas en medio de una patética fiesta que termina en la mejor secuencia del filme.
Me refiero, por supuesto, a esa extraordinaria toma hitchcockiana de 10 minutos de duración en la que, después de que el desafiante Ôta (Masahiko Tsugawa), uno de los invitados a la boda, ha sido detenido por la policía, el burocrático líder izquierdista Nakayama (Takao Yoshizawa), se suelta con una interminable perorata pidiendo unidad, comprensión, solidaridad... La cámara de Kawamata se pasea por todos los personajes que acaban de presenciar la detención mientras la voz plana de Nakayama -haga de cuenta hermano gemelo de Chucho Ortega, pero sin bigote- sigue con su discurso vacío que nadie atiende/entiende. Poco a poco, el volumen del filme se apaga y la imagen se va a negros. El filme termina en oscuridad y silencio, como las esperanzas de Ôshima por una izquierda moderna, eficiente, progresista, generosa. Algo debe haber sabido al respecto Ôshima: en su juventud, fue el máximo líder estudiantil en Kyoto. Noche y Niebla en Japón fue su fascinante confesión/expiación/exorcismo urbi et orbi.

Noche y Niebla en Japón estaba programada para exhibirse hoy martes en la Cineteca Nacional, pero de último momento el ciclo de Ôshima ha sido cancelado  por razones que no entiendo. La película está disponible, de todas formas, en DVD de importación. 

lunes, 14 de marzo de 2011

Pídala cantando/XXXI



Estrenada el año pasado, no tuve tiempo de reseñar en este espacio El Asesino dentro de Mí, aunque esta crítica sí fue publicada en papel en uno de los diarios en los que escribo. Como el Exigente Duende Callejero pidió que la rescatara, aquí está, pues, por si alguien no ha visto la cinta y puede rentarla en el vídeo-club más cercano.

Vilipendiada en donde fue exhibida -supuestamente por glorificar los arranques de violencia enfermiza contra las mujeres de las que goza su protagonista-, El Asesino dentro de Mí (The Killer Inside Me, EU-Suecia-Francia-GB, 2010), chorrogésimo largometraje del prolífico, ecléctico e imprevisible Michael Winterbottom, ha llegado finalmente a la ciudad.
                Se trata, en efecto, de un filme difícil de ver no porque su violencia sea excesivamente gráfica –aunque en algún momento sí lo es-, sino porque Winterbottom ha tomado el reto de adaptar lo más fielmente posible no sólo la trama sino el espíritu de la novela original homónima de Jim Thompson, publicada en 1952.
                La premisa es tan simple como perversa: en la novela y en el filme seguimos las acciones del psicópata de modales untuosamente rancheros Lou Ford (un perfecto Casey Affleck), quien tras su meliflua voz esconde un peligroso asesino sádico de (dizque) inteligencia y educación privilegiadas. Ford, ayudante del sheriff en un pueblito tejano de los años 50 del siglo pasado, se mueve entre el arrebatado deseo por una suculenta prostituta (Jessica Alba, indeed) y la belleza (dizque) intachable del lugar, la maestra de escuela Amy Stanton (Kate Hudson).
                El uso del adverbio dizque me parece justo: en El Asesino dentro de Mí, Lou Ford dista ser el único que finge algo que no es, aunque es claro que su caso es el más enfermizo. Nacida su psicopatía a partir de su primera experiencia sexual, Lou cree que puede engañar a todos, pero nunca se engaña a sí mismo. Su “enfermedad” es lo que es y, de alguna manera, él sólo es realmente él mismo cuando se deja llevar por esa “enfermedad”.
                Winterbottom es un cineasta de innumerables recursos –aún no he visto un churro de él, aunque debo confesar que no conozco su obra completa-, así que este viaje al infierno de la mano del mismo Satán nunca deja de ser interesante y menos cuando Affleck está rodeado de actores del calibre de Elias Koteas, Ned Beatty o un desatado (para variar) Bill Pullman, todos ellos con impecable acento tejano.
                La obra del escritor hard-boiled Jim Thompson ha sido llevada al cine en no pocas ocasiones, pero esta adaptación de Winterbottom debe estar sumada entre lo mejor de sus novelas adaptadas a la pantalla grande, al lado de la cínica Coup de Torchon (Tavernier, 1981), otro filme sobre una autoridad criminal que sólo puede lograr orden cuando se deja llevar por el crimen. Una especie de afable pariente del siniestro Lou Ford de Casey Affleck.