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lunes, 31 de octubre de 2011

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCIII



Sé poco, la verdad, pero tampoco había mucho que ver en cuanto a cartelera comercial se refiere.

Contagio (Contagion, EU, 2011), de Steven Soderbergh. Con la estructura general de una cinta de desastres de los años 60s/70's -con todo y reparto multiestelar para presumir-, Contagio le da la vuelta a los convencionalismos del género y subraya la importancia de la ciencia, la razón, el sentido común, el Estado. Soderbergh dirige limpiamente, como es su costumbre en este tipo de ¿encargos? Mi crítica en en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

domingo, 30 de octubre de 2011

El cliché que yo ya vi/XCI



Abraham Sánchez Espinoza (@Buster_Chaplin) propone el siguiente cliché:

El idiota y la maleta llena de billetes. Un grupo de hombres yace inerte a mitad de la noche, hay sangre por doquier y decenas de casquillos de bala regados después de la masacre. Un hombre observa a lo lejos los coches estacionados y decide echar un vistazo. Pasmado de inicio ante los cadáveres, se sorprende al observar que ambos bandos han dejado un maletín forrado de billetes y una carga de drogas. Sin pensarlo demasiado, el hombre toma el dinero y se aleja de la escena del crimen. Lo que sigue es un relato lleno de violencia en el que el dueño del maletín buscará recuperar lo perdido y darle una lección al estúpido ladrón. Y es que uno no le roba a este tipo de gente.

En esta clase de historias, el idiota que roba el dinero siempre se encuentra con tres opciones. La primera de ellas es dejar la escena del crimen, lo cual nos llevaría a otro tipo de película, pues de ser éste el protagonista, veríamos una cinta más sobre el dilema moral de no haber tomado ninguna acción ante tal situación, con lo cual se corre el peligro de aburrirnos, al menos que tengamos a un guionista realmente excepcional. 

La segunda opción sería hacer lo cívicamente correcto y llamar a la policía, ante lo cual el protagonista tendría que ser cuestionado sobre qué hacía en ese lugar y seguramente sería tratado como sospechoso.

La tercera opción es la más obvia, por eso es cliché, pero los guionistas no son estúpidos: también es la mejor opción que tiene un escritor. Cuando nuestro idiota le roba a la mafia tenemos lo mejor de tres mundos: el dilema moral que carga el protagonista que sabe que ha hecho algo indebido; la policía sigue su línea de investigación que eventualmente la conducirá con este tipo, pues inevitablemente habrá dejado algún rastro de su presencia; y, por supuesto, lo más importante, al implacable criminal que lo perseguirá sin cesar.

Cuando el cliché es aplicado por unos maestros como los hermanos Coen, tenemos como resultado una cinta que también toma lo mejor de las tres situaciones: tres protagonistas con su propia agenda y su propia carga moral. Nuestro imbécil que se dará cuenta muy tarde que está en un callejón sin salida, aunque eso no le impide intentar encontrarla; el viejo policía cansado que no puede ante la ola de violencia, pero cuyo trabajo es intentar detenerla a toda costa; mientras que el villano será una fuerza imparable que, sin importar qué tan ridículo sea su corte de cabello, generará el terror en todos los involucrados, incluídos nosotros como espectadores.

La fórmula se sigue al pie de la letra: el villano eventualmente torturará a algún ser querido de nuestro idiota y le pedirá muy amablemente que entregue el dinero antes de que sea tarde para salvar la vida del ser amado. Llegará el momento en que la policía se dé cuenta que el pobre diablo estaba en el lugar y momento equivocados, dividiendo su trabajo entre encontrar al ladrón y detener a su perseguidor. Y también llegará el momento esperado en el que las tres fuerzas choquen y tengamos a un eventual vencedor. ¿Alguien le apuesta al idiota?

Pero no todo tiene que ser siempre tan serio y obscuro. Como lo demuestran esos otros hermanos de apellido Farrelly, la fórmula también le viene bien a la comedia. En Una Pareja de Idiotas (Dumb and Dumber/Tonto y Retonto, pa' los cuates), el ídem de Jim Carrey y su torpe compañero intentan muy noblemente hacer lo correcto y entregar un maletín forrado de billetes a su dueña. Claro, son tan imbéciles que no saben que han tomado el dinero del rescate de un secuestro. Vaya, ni siquiera saben lo que contiene el maletín o que son perseguidos por el grupo de secuestradores y usted puede imaginar la manera tan “responsable” en la que gastarán el dinero cuando abran el maletín. Claro que lo hacen para cubrir los gastos del viaje: todo sea en aras de regresar el dinero.

La fórmula es clásica y con los clásicos difícilmente se puede fallar. Quizá por eso en el ejemplo más reciente del cliché, no importa que haya una mala dirección y por ende un grupo de actores poco cobijados. En Sin Retorno, a pesar de la mano poco hábil de Guillermo Iván, la historia (o la fórmula) es lo que vale un pasaje de ida lleno de entretenimiento, pues tras una mortal balacera, nuestro par de idiotas se encuentran ya no con un maletín, sino con  varios fajos repletos de billetes verdes que deciden ir a gastar como Dios manda en un bar contable, sin saber que el grupo de mafiosos al que robaron es dueño de dicho bar. Añádale a la fórmula una interesante estructura donde vemos la misma historia contada en distintas perspectivas: la del par de idiotas, la de los mafiosos del bar, la de los narcotraficantes gringos y la de una de las teiboleras, y tenemos un thriller mexicano que, aunque podría ser mejor, indudablemente funciona.

Usted junte a dos bandos clandestinos en un intercambio que saldrá mal por alguna razón, añádale un par de idiotas codiciosos y difícilmente las cosas saldrán mal, o al menos mal para nosotros como espectadores, ya que por el idiota no respondo. ¿Alguién vió mi maletín?


viernes, 28 de octubre de 2011

Festival 4 + 1 (2011)/III



Debo confesar que, por angas o por mangas, perdí de vista el cine de Takeshi Kitano desde Zatoichi (2003) y había leído tan malas críticas de sus siguientes filmes que cuando tuve en mis manos Outrage (Autoreiji, Japón, 2010), su décimo-quinto largometraje, empece a verlo con una enorme desconfianza. Una desconfianza que se fue diluyendo poco a poco y de manera sostenida, de tal forma que, aun cuando es cierto que Outrage está lejos de su mejores cintas -digamos, de su obra maestra Hana-Bi (1997)-, también es cierto que no se merece el ninguneo. Al contrario: merece, por lo menos, algunas entusiastas líneas.
Outrage inicia con una reunión en la que un anciano Jefe Mafioso le aconseja a uno de sus jefes menores, Ikemoto (Jun Kunimura), que se distancie de su "hermano de sangre" Murase (Renji Ishibashi), otro jefe mafioso con el que Ikemoto ha entablado una relación de sociedad y amistad desde que los dos estuvieron en la cárcel. Ikemoto le ordena a su teniente Ôtomo (Kitano, en un personaje secundario que va creciendo en la medida que avanza la película) que provoque algún pleito menor. La gente de Ôtomo lo hace y lo que sigue es una interminable serie de broncas, provocaciones, revanchas, traiciones y celadas que no tendrán fin ni siquiera en el desenlace. 
Bajo la impávida mirada de Kitano, el mundo de los mafiosos nipones -o yakuzas, como son mundialmente conocidos- está lleno no sólo de los típicos episodios de violencia y sadismo, sino de una exasperante hipocresía que haría envidiar a los calculadores mafiosos de Coppola -a los que, por cierto, Kitano cita en algún segmento calcado de El Padrino Segunda Parte (1974). Así, el viejo Jefe Mafioso provoca que sus subalternos peleen entre sí para que no adquieran demasiado poder, pero también ellos engañan al viejo, se engañan entre sí y engañan a sus "tenientes" y "soldados". Todos los yakuzas hablan de "honor", "lealtad" y juran ser fieles a sus "hermanos de sangre" o a su "padre" mafioso pero, en realidad, están dispuestos a matar por la espalda -literalmente- a quien se descuide, por ma´s que un segundo antes le hayan jurado sumisión eterna. 
Kitano -autor mismo del guión- presenta, al inicio, las actividades de los yakuzas con cierto tono de humor negro. Sin embargo, las barbaridades son tantas y la violencia tan gráfica -sin llegar nunca a la caricatura ni a la exageración- que las risas de incredulidad del principio son seguidas muy pronto por carcajadas inquietas, nerviosas. La cadena de sangre y muerte es tan larga que sabemos que el precario equilibrio que vemos en el desenlace se derrumbará en cualquier momento, cuando cualquier chúntaro decida que es hora de ponerle un cuatro a su jefe o a su compañero de familia. Así es el mundo de la mafia japonesa según Kitano: más cercano a las abyecciones infinitas de los ambiciosos Buenos Muchachos (1990) scorsesianos, más cercano al caos interminable de Gomorra (Garrone, 2008), más cercano al interminable baño de sangre en el que chapalean las mafias mexicanas. No hay gloria alguna en ser yakuza y menos cuando se envejece, como el Ôtomo de Kitano. Como lo hace Kitano mismo, el cineasta.

Outrage se presentó ayer en el Ferstival 4 + 1 y se puede ver en streaming en el sitio MUBI.com

jueves, 27 de octubre de 2011

Festival 4 + 1 (2011)/II



Curling (Ídem, Canadá, 2010), quinto largometraje del canadiense Denis Côté -anteriores cintas desconocidas por un servidor-, lleva el nombre del "deporte más aburrido del mundo", según dijo en alguna entrevista el propio realizador. El deporte de marras -olímpico, además- consiste en empujar un enorme objeto semicilíndrico en el hielo, ayudando a que se deslice y alcance a llegar a cierto sitio. Por supuesto, se trata de un deporte de invierno, por lo que es natural que en el pueblito anónimo canadiense en el que está ambientado este filme no parece haber otra cosa más emocionante que jugar precisamente curling -o su pariente cercano, los bolos. 
El por qué es usado este deporte como nombre de la película queda a interpretración, como prácticamente todo el sentido del filme, un opaco relato en el que un hosco y solitario padre de familia, Jean Francois Sauvageau (Emmanuel Bilodeau), mantiene a su hija Julyvonne (Philomène Bilodeau, hija verdadera del actor) alejada lo más posible de la sociedad. Al inicio, pareciera que estamos ante otra derivación del caso de Alarma El Castillo de la Pureza (Ripstein, 1973) o su excéntrica re-elaboración Diente de Perro (Lanthimos, 2009), pero no, para nada: la historia de enclaustramiento emocional de padre e hija es mucho más vaga, más elusiva, más elíptica y, también, qué remedio, más inerte.
El tipo, que trabaja haciendo la limpieza y el mantenimiento de un boliche y un motel, tiene ojos tristes, es tímido y, en el fondo es un buenazo. No tiene a su hija encerrada en un calabozo ni lleva a cabo rutinas extravagantes con ella; sin embargo, no permite que la niña vaya a la escuela ni deja que salga a ninguna parte sin su supervisión. Padre e hija viven en una pequeña casa en las afueras de un pueblito en algún lugar de Québec y en su horizonte sólo se ve nieve, nieve y más nieve. 
Las razones para este aislamiento se dejan entrever en la medida que avanza la cinta, pero no son suficientes para explicar la situación. Menos aún cuando la seria Julyvonne encuentra media docena de cadáveres congelados en el campo y el propio Jean-Francois encuentra el cuerpo ensangretado de un niño de la comunidad que ha sido declarado desaparecido. A pesar de esto, no hay en Curling atisbos de thriller, no hay suspenso de ninguna especie, no hay sugerencias de que algo siniestro esté pasando. 
Côté es un cineasta en pleno dominio de sus facultades -el manejo del encuadre es impecable- y Bilodeau senior realiza una notable interpretación que sugiere una compleja vida interna de su personaje, pero el guión escrito por el propio cineasta sabotea toda posibilidad de drama. Eso sí: debo confesar que nunca perdí el interés en la película, a pesar de que ésta no termina sino que, simplemente se interrumpe. Así nomás.
Previsiblemente, la cinta ha viajado por innumerables festivales y con toda justicia, ganó los premios de Mejor Director y Mejor Actor en Locarno 2010. Con un mejor guión, sin embargo, sospecho que este filme habría viajado y aterrizado en otras partes, más allá del cerrado circuito festivalero. Pero sospecho que eso no le interesa en lo más mínimo a Monsieur Côté.

Curling se exhibe hoy en la Cineteca Nacional a las 14:30 horas.

El Juego de la Fortuna




En el cine sobre el beisbol lo mismo se han contado las biografías de sus santos (El Orgullo de los Yanquis/Wood/1942) que de sus demonios (Cobb/Shelton/1994), se ha mostrado su lado oscuro (Ocho Fuera de Línea/Sayles/1988) y su lado mítico (El Campo de los Sueños/Robinson/1989), se ha hecho la crónica de los que sobreviven en el limbo de las ligas menores  (La Bella y el Campeón/Shelton/1988) y de los que llegan a las Grandes Ligas a cumplir un destino (El Mejor/Levinson/1984).
                A esta lista le faltaba algo como El Juego de la Fortuna (Moneyball, EU, 2011), otra película sobre beisbol, sí, pero no sobre lo que pasa en el terreno de juego, sino lejos de él, en las oficinas donde se cortan millones de dólares de presupuesto de una temporada a otra, en las juntas en las que un grupo de viejos peloteros retirados se erigen en pomposos oráculos, en las llamadas telefónicas a través de las cuales deciden que un tipo cambia de ciudad –¡y de vida!- de un día para el otro. El Juego de la Fortuna trata, pues, de las tripas del juego americano por excelencia. Trata de cómo ganar ese endiablado jueguito en el cual el mejor bateador de todos los tiempos (Ty Cobb) no conectó de hit en 6 de cada 10 ocasiones oficiales en las que se paró frente a un pitcher.
                Basado en el espléndido libro beisbolero “Moneyball: The Art of Winning an Unfair Game” (2003), el argumento de Stan Chervin (y guión de los oscareados Steven Zaillian y Aaaron Sorkin) nos ubica en la temporada 2002 de Grandes Ligas, en la oficia del Gerente General de los Atléticos de Oakland Billy Beane (Brad Pitt), quien sufre el desmantelamiento de su equipo ganador (sus estrellas Jason Giambi, Johnny Damon y Jason Isringhausen se fueron con los Yanquis, Medias Rojas y Cardenales, respectivamente), por lo que tiene que tomar una decisión radical que, hasta cierto punto, cambiaría la manera de ver el beisbol y de juzgar a los peloteros.
                El desafío que plantearía Beane, ayudado por el joven economista de Yale especialista en estadísticas Pete Brand (Jonah Hill, interpretando una versión modificada del verdadero Paul DePodesta), estaría basado en una serie de libros escritos por el excéntrico creador de la “Sabermétrica”, Bill James, una disciplina beisbolera/estadística que, a través de la medición matemática/numérica de cada jugador y de cada equipo, asegura objetivamente qué tan valioso es un individuo –o un equipo completo- para lo que es más importante en el beisbol y en cualquier deporte: ganar juegos.
                Dicho así, el tema puede resultar aburridísimo para cualquiera que no guste del Rey de los Deportes: ¿una película sobre números, nombres y estadísticas? Sí y no: es decir, sí, es cierto, hay números, nombres, estadísticas, pero el centro de la trama no está ahí. Está en el desafío a todas las reglas del sentido común que plantea Beane –y de qué manera enfrenta al establishment: ya veo esta cinta como caballito de batalla para clases de negocios y liderazgo- y en el drama personal/existencial del propio Beane, a quien unos buscadores lo convencieron, cuando joven, de que se convertiría en un superestrella –incluso por encima de un novato negro llamado Darryl Strawberry-, por lo que renunció a una beca de Standford para jugar profesionalmente con los Mets de Nueva York. ¿Resultado?: Beane, con gran cuerpo, gran cara, grandes dotes y las míticas “cinco herramientas” del gran pelotero –rapidez, buen fildeo, buen brazo, bateo de poder y bateo para porcentaje- resultó ser un beisbolista mediocre.
                Beane fracasó y ese lastre lo ha arrastrado desde entonces. Y si esos “buscadores” se equivocaron con él, ¿por qué tendrían que tener razón con los demás peloteros? Miller logra dramatizar esta idea gracias a los ágiles diálogos de Zaillian y Sorkin y a la notable interpretación de Pitt, quien encarna a un tipo agresivo y seguro de sí mismo que, sin embargo, es tan frágil que no puede soportar la idea de la derrota.
Lo que pasa es que en el beisbol uno tiene que acostumbrarse a ella. Hay que aprender a perder para luego poder ganar. En el beisbol y en la vida.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Festival 4 + 1 (2011)/I

-"¡Carajo! ¡¿Otro festival?!"


El Festival 4 + 1 en su segunda edición inicia el día de hoy en la Ciudad de México y, simultáneamente, en Bogotá, Madrid, Río de Janeiro y Buenos Aires. Se trata de exhibir 16 cintas recientes -de 2009 a 2011- y un clásico restaurado -en el caso de México, Las Zapatillas Rojas (Powell y Pressburguer, 1948)- del 26 al 30 de octubre. El sitio del Festival es este y la programación completa, con horarios incluidos, de la Cineteca Nacional, está por acá.
El día de hoy destacan dos cintas: a las 14:30 la mexicana Asalto al Cine (Gómez Concheiro, 2010) que ya vi en Guadalajara 2011 y la irrepetible Las Zapatillas Rojas que cualquier cinéfilo debe de ver, por lo menos, una vez y en pantalla grande. El filme de Powell/Pressburguer se exhibe hoy a las 19 horas. 
En este blog daremos cuenta, en la medida de lo posible, de algunas de las películas de este festival.


PS. @Rackve me recuerda, además, que la programación está disponible para verse en streaming en MUBI.com. Él me dice que gratuitamente pero tengo entendido que no, que hay que pagar dos dólares por cinta. Tampoco es muy caro.

Retrospectiva Béla Tarr/I



Habitual visitante del circuito festivalero -en donde es uno de los favoritos: ha competido y ganado en Berlín, Cannes y Locarno, por ejemplo-, el cineasta húngaro Béla Tarr es prácticamente desconocido por el gran público. Su cine, conocido por su formalismo extremo -sus planos secuencias, su tomas extendidas, su minimalismo actoral- no es, como dice el lugar común, para todos los gustos -aunque, ¿hay algo que lo sea?
En este contexto, la Cineteca Nacional ha programado una retrospectiva completa de Tarr -aprovechando que el director de la demandante Sátántangó (1994) se encontraba en Morelia 2011-, lo que debe ser uno de los eventos cinefílicos del año. Por fortuna, he tenido oportunidad de revisar Gente Prefabricada (Panekalcsolat, Hungría, 1981), su tercer largometraje que, conociendo la obra posterior que Tarr realizó a partir de mediados de los años 80, ni parece una película dirigida por él.
En la tradición dramática del mejor Bergman, en Gente Prebabricada vemos una serie de interminables Escenas de un Matrimonio (1973) en la que una joven pareja húngara (Robert Koltai y Judit Pogány, extraordinarios) intercambian reclamos y reproches de principio a fin. Él trabaja en alguna empresa en la que, según ella, sólo tiene que apretar unos botones. Ella se dedica completamente a la casa pero se siente asfixiada por las labores hogareños y por los dos niños -uno de brazos- que tiene que navegar. 
En la primera escena que vemos en el interior del pequeño departamento en el que viven, presenciamos el rompimiento de la pareja: en una larga toma de más de 3 minutos -cámara móvil a la Cassavetes, tomando a los personajes en planos medios, primeros planos y close ups- vemos cómo él va llenando una maleta con su ropa mientras ella le reclama, sorprendida, indignada, llorosa, que la abandonde así como así, que corra sin ver atrás, sin preocuparse por sus hijos. "¿A dónde puedo irme yo?", le grita, histérica, ella.
En este primer momento, pareciera que Tarr está de parte de esta pobre mujer abandonada por este irresponsable tipo, distante de ella y de sus hijos. Sin embargo, poco a poco, luego que termina la primera escena y abruptamente viajamos al pasado para ver algunos momentos anteriores de la pareja -la celebración de su noveno aniversario que se va al caño por los reclamos de ella, cierta fiesta en la que él saca a bailar a otra mujer dejando a su esposa sentada, una discusión clave en la que él quiere a trabajar dos años fuera para conseguir una mejor casa y un automóvil, una salida a una alberca en donde él se va con un amigo a platicar dejando a la mujer sola con los dos niños-, entendemos que es dificil cargar la culpa de un solo lado. Sí, es cierto, el tipo puede ser a veces desconsiderado, pero ella también es irritante a más no poder. Si hay un intento por parte de él de pasar un buen rato, ella lo ahoga en reproches repetitivos que exasperan al más paciente de los hombres. Como es común en este tipo de filmes -en la obra maestra ya mencionada de Bergman, en las películas matrimoniales de Cassavetes, en cintas más recientes como Maridos y Esposas (Allen, 1992), 5x2 (Ozon, 2004) o Triste San Valentín (Cianfrance, 2010)-, no es fácil saber en dónde inició el problema ni quién tiene la culpa. Acaso el problema mismo sea el matrimonio como tal, esa bendición/maldición del que no se puede -¿ni se debe?- escapar. 
La realización de Tarr, decía al inicio, es atípica. Cierto que abundan las tomas extendidas -de dos, tres, cuatro minutos- pero la cámara de Barna Mihók y Ferenc Pap pocas veces se queda quieta. Sigue a los personajes de cerca y pasa de uno a otro con una funcionalidad cruda, directa, pero necesaria: lo que vemos es un campo de batalla o lo que queda en él después de una escaramuza. No hay tiempos para florituras estilísticas. Cuando mucho, la cámara se permitirá un respiro al final, en esa toma extendida y fija -aunque con encuadre siempre móvil- en la que marido y mujer viajan en la parte trasera de una camioneta, después de comprar una lavadora automática. ¿Esto sucede antes de la huída que vimos al inicio o después? ¿Viven juntos de nuevo? ¿Pudo él trabajar en el extranjero y por eso ha comprado esa lujosa lavadora? No importa: lo cierto es que estamos como al principio y aunque la camioneta se esté moviendo, los personajes siguen igual, donde mismo.

Gente Prefabricada se exhibe hoy miércoles en la Cineteca Nacional a las 17 y 20:30 horas.

martes, 25 de octubre de 2011

El cliché que yo ya vi/XC



Joel Meza propone:

Superación personal según Palito Ortega. En las películas de Hollywood, cuando alguien quiere mejorar su vida, no necesita trabajar en su educación, finanzas, habilidades sociales o cualquier otro ámbito importante. Sólo necesita toparse con los gurús de la escuela de Superación Personal de Palito Ortega ("despeinada, ajá, ajá...") que no pueden faltar, quienes con reacomodarle la melena al interfecto y de paso hacerle gastar en ropa a la moda, lo dejan perfectamente encaminado a la solución de todos sus problemas.
Véanse los dos ejemplos más notorios este año, con la reinvención de Steve Carrell en Loco y Estúpido Amor y de Tom Hanks, en El Amor Llama Dos Veces.

domingo, 23 de octubre de 2011

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCII



Una Vida Mejor (A Better Life, EU, 2011), de Chris Weitz. Apenas la vimos el sábado de la semana pasada, en la función inaugural de Morelia 2011. Escribimos un par de párrafos al respecto.

El Árbol de la Vida (The Tree of Life, EU, 2011), de Terrence Malick. La ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2011 puede que sea considerada, en unos años más, una de las más grandes cintas en la historia del cine... o una de las más grandes tomaduras de pelo. Lo cierto es que fascina y exaspera en partes iguales. Hay ocasiones en las que es imposible despegar los ojos de la pantalla y otras en las que la autoindulgencia de Malick resulta demasiado. Brad Pitt da una de las mejores actuaciones de su carrera, Lubezki debería ganar finalmente su Oscar y Sean Penn está de más. Con razón él no quedó tan conforme con Malick y la película. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

sábado, 22 de octubre de 2011

Morelia 2011/VII y última: palmarés



Y acabó Morelia 2011 con los siguientes resultados:

El Premio de Paula Markovitch gana como Mejor Largometraje Mexicano.

Cuanajillo: La historia sin agua gana en la Sección Michoacana.

Mari Pepa gana el premio al Mejor Cortometraje de Ficción.

Prita Noire y Érase una vez ganan el premio ex aequo al Mejor Cortometraje de Animación.

Réquiem para la eternidad gana como Mejor Cortometraje Documental.

Silvestre Pantaleón gana como Mejor Documental Mexicano.

Fecha de caducidad gana el Premio del Público.

Algunos comentarios a bote pronto. Como los cortos premiados no los vi ni, tampoco revisé la sección michoacana, pasemos a los largometrajes documentales y de ficción. Silvestre Pantaleón lo revisé en el Docsdf  2011 y escribí esto sobre la película. Resumo: buen documental pero, vaya, no es mejor que El Lugar Más Pequeño -que obtuvo una mención- o que El Cielo Abierto -que se fue con las manos vacías.
En cuanto a la ficción, el premio a El ídem era previsible. Por lo menos de lo que alcancé a ver de la competencia, fue lo mejor del festival. Aunque, para la trivia: ¿será la primera vez que una película gana en dos festivales (Berlín y Guadalajara) con un final X, va luego a otro festival (Morelia) y gana pero ahora con un final Y
Finalmente, en lo que se refiere al premio del público, el que Fecha de Caducidad fuera la elegida, reafirma la broma que hace de mi Gerardo Ascencio: "¿no conoce usted a Ernesto Diezmartínez? Es muy fácil identificarlo: si va al cine y ve que todo mundo sale contento y un tipo enojado, ése es Diezmartinez. O al revés: si todo mundo abandona el cine despavorido o sale echando madres y un tipo sale sonriendo, hablando maravillas de la película, ése es Diezmartínez". Pues sí: yo salí echando pestes de esa cinta pero al público le encantó. Así soy yo. Qué remedio. 

viernes, 21 de octubre de 2011

Morelia 2011: impresiones estrelladas


Ya hice este ejercicio hace unos meses en Guadalajara 2011 y ahora lo hago en Morelia 2011: dar cuenta, a bote pronto, de todo lo que voy viendo en el festival, con un muy sencillo sistema de calificación. De uno (*) a cuatro (****) asteriscos, significa que la cinta en cuestión me causó una impresión positiva; de una (+) a dos (++) cruces, la evaluación personal es negativa. Si hay una "H", eso significa graciosa huída del cine.
Esto fue todo lo que vi -aunque algunas cosas ya las había visto en Guadalajara 2011, Docsdf 2011 o en screeners facilitados por cineastas/distribuidores.

Vámonos con Pancho Villa (México, 1934), de Fernando de Fuentes: (****): Presentación especial.

Perdida (México-España, 2010), de Viviana García Besné: (*** 1/2): Presentación especial.

The Arbor (GB, 2010), de Clio Barnard: (***). Presentación especial.

La Historia en la Mirada (México, 2010), de José Ramón Mikelajáuregui: (***). Presentación especial.

Al Filo de la Mentira (EU, 2010), de John Madden: (***): Estreno internacional.

El Cielo Abierto (México, 2011), de Everardo González: (** 1/2). Competencia documental mexicano.

El Lugar Más Pequeño (México, 2010), de Tatiana Huezo: (** 1/2). Competencia documental mexicano.

Las Acacias (Argentina-España, 2011), de Pablo Giorgelli: (** 1/2). Fuera de concurso.

Agnus Dei: Cordero de Dios (México-Francia, 2011), de Alejandra Sánchez: (** 1/2). Competencia documental mexicano.

El Premio (México-Francia-Polonia, 2011), de Paula Markovitch: (** 1/2). Competencia largometraje mexicano.

Nos Vemos, Papá (México, 2011), de Lucía Carreras: (** 1/2). Competencia largometraje mexicano.

La Piel que Habito (España, 2011), de Pedro Almodóvar: (**). Fuera de concurso.

La Guerrera (México 2011), de Paulina del Paso: (**). Competencia documental mexicano.

La Maleta Mexicana/The Mexican Suitcase (México-España-EU, 2011), de Trisha Ziff: (**). Competencia documental mexicano.

Mi Universo en Minúsculas (México, 2011), de Hatuey Viveros: (**). Competencia largometraje mexicano.

El Hombre que Vivió en un Zapato (México, 2011), de Gabriella Gómez-Mont: (**). Competencia docuemntal mexicano.

Silvestre Pantaleón (México, 2010), de Roberto Oliveres y Jonathan D. Amith: (**). Competencia documental mexicano.

En Aguas Quietas (México, 2011), de Astrid Rondero: (**). Competencia cortometraje mexicano.

Con una Nota (México, 2010), de Jordi Mariscal: (**). Competencia cortometraje mexicano. 

Una Vida Mejor (A Better Life, EU, 2011), de Chris Weitz: (* 1/2). Cinta de inaguración.

Pastorela (México, 2011), de Emilio Portes: (* 1/2). Fuera de concurso.

Amigos por Accidente (The Runway, Irlanda, 2011), de Ian Power: (*). Fuera de concurso.

Cenizas (México-España-Francia, 2011), de Ernesto Martínez Bucio: (*). Competencia cortometraje mexicano

Venecia, Sinaloa (México, 2001), de Betzabé García: (*): Competencia cortometraje mexicano.

Eskimal (México, 2011), de Homero Ramírez Tena: (*): Competencia cortometraje mexicano.

Naufragio (España-Alemania, 2010), de Pedro Aguilera: (*). Fuera de concurso.

Fecha de caducidad (México, 2011), de Kenya Márquez: (+). Competencia largometraje mexicano.

El Velador (México-EU, 2011), de Natalia Almada: (+). Competencia documental mexicano.

Los Últimos Cristeros (México, 2011), de Matías Meyer: (+). Competencia largometraje mexicano.

Las Razones del Corazón (México-España, 2011), de Arturo Ripstein: (+). Fuera de concurso.

Vendaval (México, 2011), de Jesús Torres Torres: (+). Competencia cortometraje mexicano.

Canícula (México, 2011), de José Álvarez: (H). Competencia documental mexicano.

Morelia 2011/VI



El único reproche que le puedo hacer a Morelia 2011 -con la calidad de la programación en competencia no me meto: los programadores sólo programan, no hacen milagros- es que debería haber más funciones mañaneras para prensa y/o críticos y que las funciones vespertinas para público e invitados deberían estar mejor sincronizadas. En algunas ocasiones, entre la salida de una función y la entrada a otra había hasta una o dos horas de tiempo libre que, la verdad, más bien resultaron tiempo muerto. 
Aunque, para ser francos, también hubo forma de aprovechar esta "des-sincronización": como no había nada que ver en competencia, entré a ver el estreno internacional de Al Filo de la Mentira (The Debt, GB, 2010), espléndido thriller moral y de espionaje dirigido por John Madden. Como supongo que la película tendrá estreno comercial muy pronto y probablemente volveremos a ella en ese momento, déjeme apuntar mi entusiasmo por el extendido reparto maduro (Helen Mirren, Tom Wilkinson, Ciaran Hinds) y su contraparte juvenil (Jessica Chastain, Marton Csokas y Sam Worthington, interpretando las versiones jóvenes de los tres actores antes mencionados), por la vigorosa realización de Madden -no sabía que el director de Shakespeare Enamorado/1998 tuviera tantos... recursos-, por la inteligente estructura narrativa que presume la cinta y por su plausible centro moral en el que el peso de la verdad busca imponerse.
La verdad, la memoria, el pasado, son también el centro de La Maleta Mexicana/The Mexican Suitcase (México-España-EU, 2011), documental en competencia dirigido por Trisha Ziff, de quien vimos en alguna emisión de Guadalajara su anterior filme, Chevolution (2011).
El documental podrá ser todo lo convencional y académico que usted quiera, pero los testimonios recabados, las lúcidas cabezas parlantes -entre ellas la de Juan Villoro- y la historia misma -el descubrimiento en 2007 de una maleta que contiene 45 mil negativos de los fotógrafos Robert Capa, David Seymour y Gerda Taro tomados en la Guerra Civil española- provocan que uno dificilmente despegue los ojos de la pantalla. Sí, es otra cinta más sobre el exilio español, pero el tema no se agotan fácilmente, como lo demuestra esta informativa y muy profesional cinta. 
Todo un profesional y un caballero resultó serl Volker Schlöndorff, me han dicho quienes lo han tratado en el festival. Yo lo vi un par de veces dentro del cine: estuvo sentado a un par de filas en donde yo estaba en la función de Las Razones del Corazón (Ripstein, 2011) -qué pena con los invitados, me cae- y, luego, llegó de último minuto -de hecho, la cinta inició tarde porque lo estabámos esperando- a ver Vámonos con Pancho Villa (México, 1935), la versión restaurada que la Filmoteca de la UNAM puso a circular el año pasado. Otro que se encontraba en la misma sala es el ubicuo colega Robert Koheler que salió con los ojos brillantes de la sala, genuinamente entusiasmado. Más entusiasmado aún, de hecho, cuando le conté que el final que vimos en la sala -el desenlace "antiguo", con Tiburcio Maya alejándose caminando sobre las vías del tren- era el "blandito", pues el otro final, el más duro y cruel, fue censurado, aunque puede verse en el DVD respectivo.
A propósito de finales alternativos. El Premio (México-Francia-Polonia, 2011), opera prima de la argentina naturalizada Paula Markovitch -vista en Guadalajara 2011-, fue presentada en concurso con un final diferente al que se vio en Berlín 2011 y Guadalajara 2011. El nuevo desenlace, de hecho, es mejor que el anterior, así que si llega a ganar en Morelia 2011, el caso será, por lo menos curioso: una película que cosecha galardones en distintos festivales y con diferentes finales. Habrá que ver.
No hay posibilidad de premio alguno para Venecia, Sinaloa (México, 2011), cortometraje de 6 minutos dirigido por la sinaloense Betzabé García. El corto describe la inundación sufrida en el pueblo de San Marcos, al sur de Sinaloa, debido a la construcción de la Presa Picachos. Se trata de un modesto ejercicio realizado por una estudiante de cuarto semestre del CUEC. Como tal hay que juzgarlo y como tal habría que decir que resulta simpático. No más, no menos.
Agradable me resultó, sin intención de parecer condescendiente, Mi Universo en Minúsculas (México, 2011), opera prima del egresado del CCC Hatuey Viveros. Cual personaje rulfiano repensado, una joven catalana llamada Aina (Aida Folch), llega a la Ciudad de México porque sabe que ahí vive su padre. Su única prueba es una vieja foto en la que ella, de tres años, es cargada por su papá: al fondo de la foto, se ve la casa en donde vivió: Juárez 37. Por supuesto, la enorme Ciudad de México tiene más de una calle Juárez, así que veremos a la muchacha recorrer a pie, en microbús, en metro, en taxi, toda la inmesidad chilanga en busca de su papá, en busca de su origen.
¿Slow-cinema otra vez? No precisamente o no al nivel antidramático que hemos sufrido en algunos filmes nacionales de los últimos años. Aina se encuentra con varias personas que tienen sus propios problemas -un joven padre soltero (Harold Torres) con un niñito de tres años en ristre, una solitaria mesera (infalible Diana Bracho) a la que el banco le va a embargar su casa, una "cultora de belleza" (Sonia Couoh) embarazada con una tía gravísima de sus pulmones-, tan singulares como los de Aina, que se pierde y se encuentra a sí misma caminando y viajando por todo Chilangolandia. La cámara está acreditada a Vidblain Valbás pero también aparecen otros seis fotógrafos en los créditos finales, responsables de esos fragmentos de vidas y rostros anónimos que vemos en todo el filme.
Y así terminamos nuestra cobertura de Morelia 2011. Esperemos el año que entra volver. Si no, que la nación me lo demande.

jueves, 20 de octubre de 2011

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCI


Pues prácticamente no sé nada, por estar enmoreliado. Tengo pendiente Moneyball para este fin de semana -antes de sumergirme en la retrospectiva de Tarr y en el Festival 4 + 1, que ya mero inician en la Cineteca- y prometo escribir de esa cinta, cuyo tema -el beisbol- es muy caro para mí. En cuanto a lo revisado el fin de semana pasado, en el Primera Fila de Reforma está publicado un texto sobre el fallido retorno al cine por parte de Alfredo Gurrola: el thriller Borrar de la Memoria (2010).Y de Armadillo (2010), el otro estreno de la semana, escribí esto hace varios meses, cuando se presentó en Ambulante 2011.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Morelia 2011/V


 Ayer expresaba aquí mismo mis quejas sobre el slow-cinema y una de sus más recientes expresiones, la cinta española-germana Naufragio (Aguilera, 2010). Ahora tengo que enlazar varios elogios por una slow-movie llamada Las Acacias (Argentina-España, 2011), multipremiada -y con toda justicia- opera prima de Pablo Giorgelli. El estilo de Giorgelli es minimalista, la trama es sencillísima, prácticamente no sucede nada importante y, sin embargo, tiene un desenlace tan genuinamente emocionante -por lo menos para mí- que su desenlace ya está anotado entre lo mejor que he visto en el año.
A Rubén (Germán de Silva), un seco y silencioso chofer que lleva un cargamento de troncos del Paraguay a Buenos Aires, su patrón le asigna la tarea de llevar en el camión a la joven guaraní Jacinta (Herbe Duarte), que lleva cargando a su hijta de cinco meses Anahí (Nayra Calle Mamani, robándose impunemente la película). No sabemos gran cosade Rubén -no está casado, tiene un hijo que prácticamente no conoce- y menos aún de Jacinta -en algún momento habla por teléfono con alguien y llora- pero entre los dos va naciendo una relación construida a través de una serie de reticencias derribadas. Insisto: el desenlace es de lo más emocionante y conmovedor que he visto en el año. O será que ando chipil, me está dando el síndrome del Jamaicón y extraño a mi familia. 
A propósito de familia, una muy excéntrica y particular es la que descubrimos en El Hombre que Vivió en un Zapato (México, 2011), opera prima documental -y en concurso- de Gabriella Gómez-Mont. Los primeros minutos del documental están centrados en Sonia, una mujer de unos cincuenta años que confiesa que sigue enamorada de su marido, José Luis, un hombre que la encerró durante un año para luego casarse con ella y llevarla a vivir a un basurero -no es metáfora: la llevó a vivir a un basurero. 
Uno, desde la butaca, comparte el mismo gesto de estupefacción de las mujeres que escuchan el testimonio de Sonia en cierto salón de belleza. La estupefacción será mayor cuando conozcamos a José Luis, el tipo que, como dice el título, llegó a vivir alguna vez en un zapato holandés enorme, del tamaño de un auto grande. "El Güero" José Luis, sin embargo, no será el único extravagante: prácticamente todos los miembros de la familia tienen alguna particularidad -un hermano padece obsesión/compulsión por el orden y la higiene, otro hermano guarda toda la publicidad que recibe, la anciana madre encamada (nieta del porfiriano gobernador sinaloense Francisco Cañedo, nada menos) fue prostituida por su marido sadomasoca, el hijo de José Luis tiene delirios de grandeza- de tal forma que, en el desenlace, el paranoico José Luis que está inventando una "nueva forma de ver el universo", no parece tan excéntrico. 
El documental linda con la explotación morbosa de sus "freaks" pero creo que se queda del lado correcto. Hay empatía, curiosidad y respeto por parte de la cineasta debutante.
Otra cineasta debutante fue Kenya Márquez, exdirectora del Festival de Guadalajara, quien presentó Fecha de Caducidad (México, 2011), una fallida comedia de humor negro en la que una anciana madre (Ana Ofelia Murguía, sobreactuada) pierde a su único hijo (Eduardo España). La vida de esta mujer, la de un pobre diablo fascinado por la medicina forense (Damián Alcázar) y la de una muchacha que ha huido de su pueblo para ocultarse en Guadalajara se cruzan y entrecruzan en ooootra película de narrativa asincrónica a la Arriaga/Iñárritu sin el indudable vigor de esa pareja tronada y con múltiples problemas en el ritmo del filme, en la caracterización de Alcázar -ojo a sus dientes: al inicio están blancos; luego, amarillentos; al principio, no cecea; al final, cecea exageradamente-, en su gratuito desenlace que no des-enlaza nada y hasta con errores de continuidad que, me dijeron los defensores de la cinta -porque vaya que los tiene-, se justifican narrativamente. Yo no estoy tan seguro de eso, la verdad sea dicha. 

martes, 18 de octubre de 2011

Morelia 2011/IV



Naufragio (España-Alemania, 2010), segundo largometraje de Pedro Aguilera, es un retroceso creativo por parte del exasistente de dirección de Carlos Reygadas. Su opera-prima, La Influencia (2007), está mucho más focalizada que esta suerte de re-interpretación del Robinson Crusoe de Daniel Defoe, demasiado vaga y elíptica para mi gusto.
El protagonista, un inmigrange sub-sarahiano llamado Robinson (Solo Toure), aparece inconciente en las costas mediterráneas españolas. Es adoptado por una colonia de trabajadores ilegales que laboran en unos invernaderos. Robinson se queda un tiempo ahí, mientras retoma sus fuerzas para cumplir cierta misión. Finalmente, llega al norte español, al País Vasco, a un pequeño pueblo en donde encuentra un hostal, un trabajo y, al final, la razón que lo llevó a España. Suponemos que él entiende esa razón; nosotros, no tanto. Sólo que lo mueve la venganza. Cuando la cumple, la película termina. Alabado sea el Señor.
La narrativa de Aguilera es elusiva hasta la exasperación pero, a su favor, hay que decir que su puesta en imágenes es muy profesional -una mención especial al diseño sonoro- y que la mezcla de actores no profesionales y profesionales funciona mejor que en muchas otras cintas similares, nacidas de la influencia de Reygadas, "Joe" y el slow-cinema tan en boga y tan festivalero. Como Naufragio no está en concurso en Morelia 2011, no ganará nada. Supongo. 
La que creo que puede tener alguna oportunidad -aunque por lo menos un par de colegas la han aborrecido de manera vehemente- es Nos Vemos, Papá (México, 2011), opera prima de Lucía Carreras, coguionista de Año Bisiesto (Rowe, 2010). La treintañera Pili (extraordinaria Cecilia Suárez) sufre la muerte de su padre y no puede lidiar con ella. La morosa mujer deja de ir al trabajo, se enclaustra en la casa paterna y duerme en la cama del muertito, decidida a no decirle adiós al hombre de su vida. 
Muy pronto será más que obvio que la obsesión de Pilar por su idealizado padre muerto ha ido demasiado lejos y su familia -su hermano, su cuñada, su tía- no saben qué hacer con ella. Suárez logra una interpretación notable: su locura puede ser inquietante, lastimosa, divertida y, finalmente, gozosa, como se manifiesta en la última toma, un primer plano de su rostro triunfante. Una locura feliz.
Sin embargo, decía, la película provocó reacciones violentas entre algunos colegas, entre ellos el siempre apasionado Robert Koheler, quien padeció, como quien esto escribe, la primera función nacional de la más reciente película de Arturo Ripstein, Las Razones del Corazón (México-España, 2011).
Bueno, padeció es un decir, porque salió despavorido antes de la mitad. Un servidor, estoicamente, se quedó hasta el final nomás porque soy muy macho. Habría que decir que no es lo peor que ha hecho Ripstein en su carrera y que hay varios elementos rescatables de esta cinta -la impecable actuación de Alejandro Suárez, un Plutarco Haza muy justo, la cámara en blanco y negro del infalible Alejandro Cantú, algún chispazo casi almodovaresco en uno que otro diálogo- pero, en lo personal, el nivel de abyección al que hace caer a su personaje y actriz principal -Arcelia Ramírez en una versión clasemediera pinche de Madame Bovary- me provocó un rechazo tan visceral que pude mitigar, en gran medida, porque me distraje admirando las bien ejecutadas tomas sostenidas de la puesta en imágenes de Cantú.
Entiendo que la película entra, a veces, en un registro de humor negro; el problema es que eso queda, las más de las veces, en un intento fallido. Y los diálogos de Paz Alicia Garciadiego -que aquí tiene el último crédito, por encima de su marido, el director Ripstein- no ayudan mucho. Algunas frases parece que van en serio: "Me aplastas el pecho con tus reclamos", "Mi amor ahoga, quita el aire", "Eres la cuba libre del galán esquivo", "Me da miedo tu amor", "Nacer es lo que me duele", "Tú no sabías que te llevabas mi vida entre tus piernas", "Me da vergüenza vivir mañana" y así hasta un alargado desenlace en el que para variar, hay más abyección de la que yo, por lo menos, puedo soportar. No aguanto nada, ya lo sé. 
La que sí aguanta todo es la boxeadora Ana María "la guerrera" Torres, campeona mundial salida de la tierra brava de Ciudad Neza. La Guerrera (México, 2011), opera prima documental de Paulina del Paso, es un documental muy convencional pero muy efectivo sobre los esfuerzos de Torres por llegar a la cima del boxeo profesional femenino que, por lo que se ve en la pantalla, no tiene el mismo caché que los catorrazos que se dan los hombres.
La estructura es sencilla: entrevistas varias, seguimientos de ella en entrenamientos, las peleas en las que triunfa y fracasa, conflictos con los que tiene que lidiar -su novio/representante/entrenador tiene una relación conflictiva con la madre de Ana María- y, por supuesto, lo que sucede cuando ella se baja del ring. Como suele suceder con los documentales sobre boxeo, es más interesante el fracaso que el triunfo -acaso porque en el fracaso hay, evidentemente, más drama.
La Guerrera no es ningún hito en el cine documental mexicano, pero sí una muy profesional y entretenida cinta de boxeo que -y esto es un elogio- bien podría programarse para su exhibición en ESPN o en cualquier otro canal deportivo de televisión. Ojalá que ahí la veamos pronto.

lunes, 17 de octubre de 2011

Morelia 2011/III



La primera decepción del festival llegó con El Velador (México-EU, 2011), tercer largometraje documental -primero fallido- de la cineasta de orígenes sinaloenses/sonorenses Natalia Almada. El problema es que, en busca de no caer en los convencionalismos -que los testimonios, que las cabezas parlantes, que la voz en off explicativa- Almada escamotea toda información necesaria para aprehender el fenómeno que está retratando. 
La cámara de la propia cineasta se instala en el celebérrimo -por lo menos para los sinaloenses, como quien esto escribe- panteón Jardines del Humaya, en donde sus deudos suelen enterrar a los "buchones" más famosos del condado y a sus muchos achichincles -claro que ahí también hay gente decente sepultada, por supuesto, pero eso a quién le interesa. 
Durante los 72 minutos de duración del documental vemos a familiares rendir tributo a sus caídos, a una joven mujer que afanosamente limpia y limpia la tumba de alguien, los grandes retratos de los fallecidos que adornan esos enormes mausoleos -uno supone que más amplios que las casas en las que viven las decenas de albañiles que trabajan de sol a sol levantando tumbas un día sí y otro también- y seguimos los trabajos del velador del título, un hombrón de edad madura y pocas palabras que se entera del mundo exterior -por ejemplo, la muerte del "jefe de jefes" Arturo Beltrán Leyva- a través de una pequeña televisión que apenas recibe la señal del canal 3 de Culiacán. No es que el tipo no sea interesante; el problema es que Almada no lo hace interesante.
Para quien conozca ese fenómenos de cerca, el asunto resultará redundante y aburrido; para quien no sepa nada de Jardines del Humaya y la narcocultura funeral que ahí se enseñorea, solamente aburrido... e inexplicable. Entiendo que los documentalistas quieren reinventar diferentes formas de acercarse a sus temas, pero en el camino terminan matando el interés del espectador. 
Hay dos momentos, sin embargo, en los que Almada reaparece como la buena cineasta que ha demostrado ser antes: la escena en la que un grupo de albañiles trabajan concentradamente en el colado de unas tumbas mientras, al fondo, escuchamos los llantos de una madre que se duele de su hijo recién fallecido. Y la irónica cereza del paste: la joven mujer que hemos visto varias veces limpiar la lujosa tumba de alguien (¿quién será?, ¿una criada?), termina subiéndose a un lujoso Audi del año.
El mismo vicio escamoteador tiene Canícula (México, 2011), documental de José Álvarez Fernández. Como en su anterior filme, Flores en el Desierto (2009 -visto en su momento en Guadalajara-, he aquí la cámara siguiendo la vida cotidiana de un grupo de habitantes de alguna población de Veracruz que trabajan el barro, bailan el danzon, trabajan la tierra y así... Las imágenes son preciosas pero nuevamente los testimonios son escasos, no hay un hilo conductor claro y no hay personajes a los cuales asirse como espectador. No terminé de verla -mi primera huída de Morelia 2011 y espero que la última- pero tal vez esto se deba a que cumplí mi cuota anual de slow-cinema desde hace rato.
En contraste, nada lenta es Pastorela (México, 2011), segundo largometraje de Emilio Portes (Conozca la Cabeza de Juan Pérez) presentado fuera de concurso. De hecho, el problema aquí es la hiperactividad de la historia, pues al final, esta relajienta comedia se sale de madre. Menos mal que cierra con un número musical ejecutado por Joaquín Cossío -¡sí, canta!- que, por lo menos, sacude la modorra que provoca la falta de disciplina de su última parte.
La película se estrena el próximo noviembre y habrá oportunidad de escribir de ella con mayor extensión. Basta señalar algunos puntos a su favor: Carlos Cobos está finalmente bien usado en su papel de nuevo párroco de un tradicionalista pueblito mexicano, Cossío ofrece otra carismática interpretación y los diálogos y las situaciones son consistentemente entretenidas durante la primera hora. Luego, ya mencioné, la trama empieza a caer en excesivas gratuidades y, al final, el relajo es el que domina. Con todo, aguanta el palomazo y puede tener una buena oportunidad en la taquilla -aunque, ¿por qué estrenarla el 11 de noviembre?, ¿no estaría mejor cerca de Navidad?
La Piel que Habito (España, 2001), el más reciente largometraje de Pedro Almodóvar, es otra cinta que está a punto de estrenarse comercialmente. No tiene caso abundar mucho en ella; baste decir que, aunque ni de lejos es de lo mejor del cineasta manchego, tampoco es el desastre que muchos decían que era. Dispareja claro que es, pero tiene algunas imágenes y secuencias notables. Como suele suceder hasta con lo peor que ha hecho Almodóvar -y La Piel que Habito no es lo peor.
La historia de un cirujano plástico (Antonio Banderas) que tiene prisionera a una mujer (pequeñita, preciosa, Elena Anaya) para experimentar con ella ciertos transplantes de piel, es tan retorcida que no me imagino a otro cineasta con la capacidad de levantar esta trama que, además, no es original, pues está basada en una novela de Thierry Jonquet. Con guiños a Franju y al Hitchcock de Vértigo (1958), La Piel que Habito merece una oportunidad. De hecho, quisiera verla de nuevo, aunque no creo poder hacerlo en Morelia.Y ya me voy a ver la de Ripstein.

domingo, 16 de octubre de 2011

Morelia 2011/II



Mi segundo día en Morelia 2011 inició con Los Últimos Cristeros (México-Holanda, 2011), tercer largometraje de Matías Meyer (Wadley/2008, El Calambre/2009, desconocidas por mí). El hijo del gran historiador de la cristiada Jean Meyer dirige una cinta visualmente impecable pero dramáticamente tan austera que me resultó imposible involucrarme con ella.
La trama -es un decir- sigue los ires y venires de un pequeñísimo grupo de cristeros que apenas si sobreviven en los llanos de Jalisco. La cámara de Gerardo Barroso Alcalá los sigue caminando, ocultándose, comiéndose un conejo, cantando algún corrido y, desde la butaca, un servidor bosteza. Meyer hijo trabaja la fórmula Hubert Bals Fund -es decir, en el slow movie tan en boga- y lo hace razonablemente bien. El problema -o mi problema, en todo caso- es que este cliché minimalista y austero de tomas largas y preciositas estampas cinefotográficas ya me cansó hace rato. Eso sí: en algún momento del filme, recuperé la fe en Cristo Rey. Le recé con toda la vehemencia de la que soy capaz para que ya se acabara.
A continuación, corrí a una función de cortos de ficción en competencia. El primero que vi, Eskimal (México, 2011, 9 minutos), dirigido por Homero Ramírez Tena, es un corto de animación cuadro-por-cuadro usando marionetas. El mensaje es tan loable como ingenuo: un esquimal y su mascota Morsa ven como su mundo glaciar está a punto de colapasarse por el calentamiento global. El segundo corto del grupo, Vendaval  (México, 2011, 12 minutos), de Jesús Torres Torres, es un mal ejercicio de estilo en el que un prostituto de postín sufre mucho porque vende caro su amor aventurero (2 mil pesos por "servicio completo") aunque, al final del día, le pide a su amada que lo abrace y que le diga que lo quiere. Me cae que sufre mucho.
Con una Nota (México, 2010, 18 minutos), de Jordi Mariscal, es mucho mejor. Un niño violinista usa su instrumento como un arma contra la tragedia y contra la muerte. De lo mejor que vi en el día. Más redondo resultó aún En Aguas Quietas (México, 2011, 14 minutos), de Astrid Rondero, sobre la relación lésbica entre una mujer aún joven que regresa al pueblo y una adolescente que huye de ese mismo lugar. Hay un manejo notable de la sensualidad en este corto, algo nada común en el cine mexicano contemporáneo. La escena del baile entre las dos protagonistas mientras se escucha como telón de fondo "Enamorada", cantada por Toña la Negra, es la mejor pieza de cine que vi en todo el día.
Cenizas (México-España-Francia-2011, 14 minutos), de Ernesto Martínez Bucio, trata sobre el cumplimiento de la última voluntad de una mujer, que le ha pedido a su hija que esparza sus cenizas en algún lugar del océano. La muchacha se resiste a hacerlo, por más que la presencia de su madre fallecida aparece para darle fuerzas y, de pasada, regañarle por fumar tanto y tener otro tipo de cenizas en su boca. El final es lo mejor del corto. Ya no pude ver La Otra Emma (México, 2011, 20 minutos), de Jhasua A. Camarena, porque corrí para la función de Amigos por Accidente (The Runway, Irlanda-Luxemburo, 2010), opera prima de Ian Power, una agradable, ligera y sencilla comedia familiar/infantil en la que Paco (simpático Jamie Kierans), un niño huérfano de padre pero con mamá guapa (Kerry Condon), adopta a un extraño, Ernesto Córdova (Damián Bichir), que cae literalmente del cielo en cierto pequeño y alejado pueblo irlandés. 
El extraño de marras es un piloto colombiano que tiene ciertos secretos, pero el pueblo entero, empujado por la creativa traducción español-inglés que hace Paco de todo lo que dice Cordova, termina ayudándolo para que su avión vuelva a volar. El asunto se deja ver con agrado por su buen reparto y sus dosis de buen humor. Un cine industrial inocuo si usted quiere, pero nunca inicuo. Algo que el cine mexicano industrial -o lo que sobrevive de él- debería aprender. Vi muchas cosas más en este día, pero continúo mañana. Hay que descansar.

Morelia 2011/I


Ya estamos en Morelia 2011. Novena edición del festival, primera vez que vengo. "Shame-on-you", dirá el lector pero, en mi descargo, diré que no habia venido a este festival por razones de quereres. Me explico: al principio, confieso, simple y llanamente que no quise venir. Luego, cuando sí quise hacerlo, el equipo de prensa anterior me dijo que gracias pero que no, que estaban mejor que sin mí -lo cual, parafraseando a Groucho Marx, no puedo reprocharlo: yo tampoco quisiera estar en lugar que acepte a gente como yo. Por fortuna, en este 2011 los astros se conjuntaron -además, hubo cambios en el equipo de prensa y conocí a Rossana Barro-, por lo que yo quise venir y la gente del festival quiso que yo viniera. Y por eso ya estoy aquí. Empezamos.
Después de una ceremonia demasiado larga, vimos finalmente Una Vida Mejor (A Better Life, EU, 2011), de Chris Weitz, una cinta ideal para la inaguración de cualquier festival de cine que se realice en México y, especialmente, en Morelia, Michoacán, tierra de migrantes. 
Estamos ante un melodra paterno-filial sentimental y chantajista que, por lo mismo, funciona bastante bien las más de las veces. Carlos (Demián Bichir) es un padre soltero que vive en Los Ángeles trabajando ilegalmente como jardinero. Solo y su alma, ha criado a su hijo adolescente Luis (José Julián), a quien quiere ver en un mejor barrio, en una mejor escuela, viviendo una mejor vida. Por lo mismo, Carlos le compra su camioneta a su encajoso patrón/compadre Blasco (Joaquín Cossío, siguiendo la costumbre de robarse cada escena en la que aparece) y empieza a trabajar por su cuenta. Pero, melodrama obliga, shit happens...
Guardando las distancias, Una Vida Mejor es Ladrón de Camionetas, con secuencias de más -todo el segmento del rodeo bien se pudo haber ahorrado- y una dirección de actores deficiente -Bichir está espléndido, el joven José Julián no tanto- pero, tengo que aceptarlo, también con algunos otros momentos genuinamente logrados -la conversación climática de Carlos con su hijo, por ejemplo- y una frase final de una fuerza innegable: "Vamos a casa". Claro que sí: porque la casa es donde viven los que uno ama.

sábado, 15 de octubre de 2011

El cliché que yo ya vi/LXXXIX



Abraham Sánchez Espinoza (@Buster_Chaplin en twitter) propone:


Un tren cargado de clichés: Dentro de un sueño en un elevador, una hermosa mujer le muestra a un hombre sus distintos traumas del pasado. En uno de estos niveles lo vemos a sí mismo asesinando a un hombre, en otro lo vemos lanzándose cual Tarzán de algún árbol. Llega el momento en el que la puerta del elevador se abre y lo vemos luchando mano a mano con otro hombre dentro del compartimiento de un tren, al tiempo que la misteriosa mujer le indica: “hemos llegado al piso del suspenso”. La escena luce como inspiración para Christopher Nolan en El Origen (Inception), donde la no tan suculenta Ellen Page se adentraba en un sueño donde observaba los traumas del personaje de di Caprio en los diferentes niveles del elevador. Ignoro si espiar dentro de los sueños los recuerdos de las personas en el elevador sea ya un cliché, pues no conozco muchas escenas similares, aunque podríamos estar viendo uno en gestación (una inception, pues).  Sin embargo, el cliché que nos interesa ahora es el del hombre peleando mano a mano dentro del vagón del tren, que como bien indica Paprika, es uno que suele darse en las películas de suspenso.

 La palabra suspenso en el cine, se asocia de inmediato con ese sujeto regordete llamado Alfred Hitchcock, cuya fascinación por las escenas dentro de trenes lo hacen un infaltable dentro de esta selección. La película hitchcocknianana por excelencia que se desarrolla dentro de un tren es sin muchas dudas La Dama Desaparece (The lady vanishes), en la que vemos la ridícula pero divertidísima pelea entre un mago y un músico pelafustán (aunque caballero después de todo, pues ayuda a la damisela en peligro), quienes luchan ante la mirada atónita de un grupo de conejos que lucen recién salidos del sombrero. La pelea por supuesto que debía terminar con mordida y macanazo incluídos, justo antes de que el mago nos deleite con un acto de desaparición. Si hasta parece sacado de un circo.

Para magos y circos tenemos buenos ejemplos, uno de mis favoritos ocurre en Harry Potter y el Misterio del Príncipe (Harry potter and the Half-Blood Prince), cuando Draco Malfoy le parte la cara a Harry dentro del expreso de Hogwarts, todo por andar de chismoso escuchando conversaciones en el vagón, dejándolo en el suelo humillado e inmovilizado donde nadie podrá encontrarlo. Para circos, Agua oara elefantes (Water for Elephants), en el que el codicioso dueño de un circo, con ayuda de su fortachoso matón, golpea y lanza del vagón a sus empleados con tal de no pagarles. Claro que a veces también golpea y despacha polizones y si le caen bien hasta los contrata como veterinarios del circo, como le ocurre al personaje de Robert Pattinson. Obviamente Pattinson no se salva de que lo agarren a trancazos antes de ser contratado. Seguramente la escena les quedó tan bien porque a Christoph Waltz no le gustó Crepúsculo, aunque cuentan que si le gustó Del Crepúsculo al Amanecer (me pregunto porque será: ¿qué acaso no es la misma saga?)

Pero para quien sí le guste y sea Team Jacob tenemos la escena que inspira este escrito, la cual ocurre en esa cinta de acción adolescente casi hitchcockniana llamada Sin Escape (Abduction), en la que el lobo favorito de todos descubre que sus verdaderos padres fueron espías, por lo ahora que debe huir de la policía y de los mafiosos que lo persiguen, todo acompañado de una guapa chica a la que se fajonea dentro del tren. Luego de esta sesión de caricias, la chica muy amablemente va por la comida y le avisa que cuando regrese tocará 3 veces la puerta del compartimiento. Como es de esperarse, no faltará el espía de Europa del Este que los anda buscando dentro del tren, quien primero le dará de catorrazos a la chica dejándola esposada en el vagón (chin, ese cliché prometo escribirlo 8 Minutos Antes de Morir y a Máxima Velocidad). Luego de esta desigual lucha preliminar, la pelea estelar es un mano a mano bastante emocionante entre "Lobezno Jr." y este fortachón espía, quien sale disparado por la ventana del tren. Seguro que Taylor Lautner vió Agua Para Elefantes y pensó que se andaba tirando a Edward del vagón del tren para quedarse con la Bella hija de Phil Collins. Asi hasta yo.

¿Espías misóginos que envían a las chicas por la comida, que tocan 3 veces antes de entrar y con un mano a mano emocionante dentro de un tren? No podía faltar el clásico de clásicos del cliché, el señor Sean Connery como James Bond en Desde Rusia Con Amor (From Russia with love). Cierto, casi una calca de lo que ocurre en Sin Escape, por algo es cliché. Ahí James Bond es el que va por la comida luego de merendarse a la chica y avisa que tocará tres veces, aunque todo es un pretexto para irse a cotorrear un rato con don Pedro Armendariz. Más adelante, el fortachón espía ruso de rigor se despacha a la bella chica drogándola con un vino (antes eran más caballerosos), quedando frente a frente con el indefenso 007, a punto de asesinarlo con una pistola. Lo que sigue es una de las luchas cuerpo a cuerpo más recordadas en la historia de la franquicia, un imposible mano a mano en technicolor donde ya sabemos quien saldrá victorioso, lo cual no lo hace menos emocionante.

Pero si le gusta más la acción que el suspenso, también está ese cliché en el que la lucha ocurre encima del vagón, pero escribir de ello resulta Misión Imposible. Su misión, si deciden aceptarla, es compartir algunos ejemplos. Este blog se autodestruirá en 5 segundos (chin, una disculpa don).


miércoles, 12 de octubre de 2011

Los Ojos sin Cara



En preparación para ver este fin de semana en Morelia 2011 La Piel que Habito (Almodóvar, 2011), me di a la tarea de volver a revisar Los Ojos sin Cara (Les Yeux sans Visage, Francia, 1959), segundo y más conocido largometraje de George Franju, una de los tres filmes de horror que, a-fines-de-los-50's/inicios-de-los-60s sacudirían crítica y público en los dos lados del Atlántico -los otros dos, claro, fueron Psicosis (Hitchcock, 1960) y Trauma/El Fotógrafo del Pánico (Powell, 1959).
Con el paso del tiempo, es obvio que de los tres filmes mencionados, el menor ha resultado ser Los Ojos sin Cara, esta variación de la conocida historia del científico loco que, al desafiar tanto a la ciencia como a la naturaleza, recibe un justo, merecido y previsible castigo. La trama gira alrededor del obsesivo profesor Génessier (Pierre Brasseur, muy en su papel), un famoso médico que ha creado una revolucionaria cirugía para el trasplante de piel. Génessier tiene razones muy personales para dedicarse a esto: su hija Christiane (Edith Scob) permanece oculta debido a que en un accidente automotriz ha perdido todo su rostro. Desde entonces, la muchacha vaga por las habitaciones de la enorme mansión paterna, oculta tras una máscara. Mientras tanto, el padre, apoyado por su siniestra asistente (Alida Valli), ha secuestrado una serie de jovencitas para quitarles la piel del rostro y trasplantarla a la cara de su enclaustrada hija.
Aunque la realización de Franju no pasa de ser funcional y la trama es más que previsible -con todo y su desenlace histérico/simbólico de cajón-, la verdad es que es imposible olvidar por lo menos una escena genuinamente horrenda de la cinta -la operación en primer plano de una de las víctimas de Génessier con el  bisturí penetrando por las orillas del rostro de la muchacha- y, por supuesto, la antológica música enfermiza,  carnavalesca, escrita por Maurice Jarré para acompañar a la inexpresiva Alida Valli en su búsqueda de nuevas víctimas para su patrón/amante/salvador. Yo soy muy macho, pero debo confesar que esa música y el rostro de la señora Valli me dan ñáñaras.
Ya veremos este fin de semana si Almodóvar supera o, por lo menos, iguala a Franju. Ya veremos. Falta poco.

martes, 11 de octubre de 2011

De-BD Verse/I



Y se hizo la luz. Literalmente. O casi. Sucede que este fin de semana empecé el cambio necesario hacia el Blu Ray (BD) después de meses, años, de haberme resistido. No es que sea un ludita -no crea usted que todavía veo películas en beta... aunque sí tengo una buena cantidad de cintas en VHS-, pero tampoco soy de los que corren a comprar el último chunche tecnológico, aunque sea para ver cine. Una pantalla plana de tamaño aceptable, un sistema de cine en casa decente, un DVD-player multi-regional, era todo lo que necesitaba... hasta que vi, hace unos días, El Fugitivo Josey Wales (The Outlaw Josey Wales, EU, 1976), en un Blu-Ray Book que ha editado la casa Warner para el 35 aniversario de la película.
Apunté que se hizo la luz porque debo confesar que, aunque había visto un par de veces el quinto largometraje de Eastwood -su primera gran película, por cierto- no recuerdo que en esas anteriores revisiones haya presenciado la imposible nitidez de algunas imágenes, especialmente una con las que inicia, cuando el apacible granjero y futuro rebelde Josey Wales (Eastwood himself) ve a lo lejos a su esposa, entre los rayos solares otoñales que se cuelan entre los árboles. Se trata de una toma bellísima salida de la cámara del colaborador habitual del Eastwood de esa época, Bruce Surtees. Sólo por ella -y por otras imágenes similares- vale la pena hacer la transición hacia el BD.
En cuanto al Blu-Ray Book de la Warner, se trata, como su nombre lo indica, de un libro impecablemente diseñado que contiene alguna información promocional pertinente -sobre la cinta en sí, sobre la carrera de Eastwood como actor y cineasta, la infaltable trivia sobre el filme- y los extras que contiene el BD están muy por arriba del promedio. Sí, está el trailer original, claro, pero también un pequeño documental de 30 minutos, "Clint Eastwood's West", realizado especialmente para esta edición, en la que actores, guionistas, críticos y colegas cineastas de Eastwood hacen una revisión del trabajo del actor dentro del cine del oeste, desde sus primeros tiempos en la teleserie "Rawhide" hasta la realización de la ya clásica-herética Los Imperdonables (1992). Hay otro par de extras de interés: un "detrás de las cámaras" realizado en la época como material de promoción -"Eastwood in Action"- y uno, más interesante, fechado en 1999 -"Hell Hath no Fury: The Making of The Outlaw Josey Wales"- en la que el propio Eastwood explica algo que podríamos llamar "la fenomenología del escupitajo". O, para decirlo en otras palabras, por qué su personaje, Josey Wales, escupe tanto, tantas veces y de forma tan grosera a lo largo de la cinta. Finalmente, un extra más: el comentario en audio del siempre articulado crítico e historiador Richard Schickel.
En cuanto al filme en sí, se trata de una curiosa cinta del oeste que desafía las expectativas más convencionales: lo que al inicio parece otro western de venganza más -al estilo, acaso, de los de Anthony Mann- se convierte poco a poco en una suerte de comedia de costumbres en la que el huraño Wales, que ha perdido su familia y no quiere involucrarse emocionalmente con nadie más, termina formando, contra su deseo, otra familia extendida, con todo y perrito solovino en ristre. Otro elemento a hacer notar: el respeto y, al mismo tiempo, humor con el que el Eastwood cineasta trata a los indígenas, especialmente al anciano indio (Chief Dan George, robándose la película) que se vuelve su aliado en cierto momento de la película. 
En suma, una buena elección para inaugurar mi BD-Player. El problema es que auguro que esto se convertirá en vicio.

domingo, 9 de octubre de 2011

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CC



Aún Sigo Aquí (I'm Still Here, EU, 2010), de Casey Affleck. Por supuesto, el retiro cinematográfico de Phoenix para, supuestamente, dedicarse al rap resultó ser completamente falso. Lo que no es mentira es el circo mediático que rodeó a este excesivo mockumentary que tanto molestó a un sector de la crítica gringa. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. También hablé de ella en el podcast del periódico, que puede escuchar en esta liga.

Jean Gentil (México-República Dominicana-Alemania, 2010), de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas. Ya escribí de ella hace unos meses en este mismo blog por aquí.

DOCSDF 2011/VI y último



Los resultados del DOCSDF 2011 se dieron a conocer anoche y, finalmente, le hizo justicia la Revolución a El Lugar Más Pequeño, de Tatiana Huezo que, ninguneada en Guadalajara 2011, fue electa aquí como la mejor cinta documental mexicana. Los resultados de las competencias oficiales, aquí abajito:


Mejor documental internacional: Last chapter. Goodbye Nicaragua, de Peter Torbiörsson.


Mejor documental iberoamericano: Tren Paraguay, de Mauricio Rial Banti.


Mejor documental mexicanoEl lugar más pequeño, de Tatiana Huezo.


Mejor cortometraje internacional: Welcome to Romford, de Simon Smith.


Mejor cortometraje mexicano: Días Distintos, de David Castañón.


Mejor documental para televisión: Out of the Ashes, Tim Albone y Lucy Martens.

sábado, 8 de octubre de 2011

DOCSDF 2011/V


El DOCSDF 2011 está a punto de terminar y antes de que el jurado decida los ganadores, he aquí, a continuación, las películas que pude revisar de este festival y en orden de preferencia. Como de costumbre tratándose de festivales nacionales, me preocupé más por revisar cine mexicano, así que todas las cintas listadas a continuación estuvieron en competencia en la sección de Mejor Documental Mexicano, a menos que se diga lo contrario. Si usted quiere revisar lo que escribí sobre el DOCSDF en el blog, pulse la etiqueta respectiva con el que se identifica esta entrada. Así, pues, lo mejor que pude ver del DOCSDF, en orden de preferencia, fue:

1. La Historia en la Mirada, de José Ramón Mikelajáuregui Sección "Hecho en México". 

2. El Cielo Abierto, de Everardo González. Sección "Mejor Documental Iberoamericano".

3. El Lugar Más Pequeño, de Tatiana Huezo. 

4. Agnus Dei: Cordero de Dios, de Alejandra Sánchez.

5. Granicero, de Gustavo Gamou.

6. Ch'ulel, de Jorge Creuheras.

7. Silvestre Pantaleón, de Roberto Olivares y Jonathan D. Amith.

8. Música para después de un Asalto, de Samuel Guzmán y Juan Felipe Guzmán. Sección "Hecho en México".

9. Aquí sobre la Tierra, de Mauricio Bidault. 

10. Lecciones para Zafirah, de Carolina Rivas y Daoud Sarhandi.

11. Una Frontera, todas las Fronteras, de David Pablos

12. Los Retoños del Tiempo: el Regreso de los Ch'oles hacia su Origen, de Stéphanie Geslin.

13. 0.56%, de Lorenzo Hagerman.