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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Pídala cantando/XLV



El asiduo lector y comentarista de este blog, Tyler, me preguntó hace semanas qué diferencias hay entre los westerns de John Ford y los de Howard Hawks. Un tema de tesis doctoral, diría yo -y no es broma. Pero tratemos de aterrizar la respuesta en unas cuantas líneas. Por principio de cuentas, Ford construyó su reputación no únicamente pero sí específicamente en el western: su mejor cine -y no sólo el más conocido- se encuentra en ese género. En contraste, aunque Hawks le dio al género algunas piezas clásicas -en lo especial me quedo con Río Bravo (1958)- fue un cineasta mucho más versátil y lo mismo dirigió obras fundamentales en la screwball comedy, en el cine de gangsters, en el musical, en el cine épico, en el cine bélico y lo que se acumule en la semana.
La característica que distingue a los westerns de Hawks es la misma que aparece en muchas otras de sus películas: sus personajes se distinguen por lo que hacen, por sus acciones, por su trabajo; son profesionales, responsables, serios, competitivos. Su amistad/rivalidad se resuelve/engrandece a puñetazo limpio o en duelos verbales. Emilio García Riera, en su pequeña pero espléndida monografía titulada sencillamente Howard Hawks (Universidad de Guadalajara, 1988) lanza una hipótesis nada desdeñable: a diferencia todos los demás cineastas del Hollywood clásico, que provenían de Europa o eran hijos de inmigrantes europeos (Wilder, Lubitsch, Murnau, Ford, Walsh, von Sternberg, Vidor, Hitchcock), Hawks fue el único gran director de la época auténticamente WASP -blanco, anglosajón, protestante- trabajando en Hollywood. Su educación y su formación provenía de una ética protestante pura -calvinista, dice García Riera- en la que importa no es tanto las buenas intenciones o los buenos sentimientos sino las buenas acciones. Los vaqueros de Hawks -y otra vez volvemos a Río Bravo como el mejor ejemplo de ello- valen por lo que hacen, por cómo actúan, por su acción, por su trabajo; "su virtud se prueba con su obra", en palabras de García Riera. Hay otra característica más: la ausencia de sentimientalismo y de mensajes edificantes: en los westerns de Hawks los personajes son lo que son porque vemos lo que hacen. No hay demasiada psicología en la definición de ellos ni alegorías históricas posibles en sus historias.
Ford, por el contrario, sentimentaliza a sus personajes -esa es la razón por la que David Thomson reniega de casi toda la obra de Ford, exceptuando Más Corazón que Odio (1956)- y en sus westerns iniciales idealiza claramente uno de los temas centrales del género: la lucha de la civilización vs. la barbarie. Sin embargo, el propio Ford se encargó, muchos años antes de Clint Eastwood, de dinamitar su propio legado romántico en la mencionada Más Corazón que Odio, en Un Tiro en la Noche (1962) y, sobre todo, en El Otoño de los Cheyenne (1964). Es decir, la leyenda del heroísmo de sus alguaciles, el tema de la lucha contra la naturaleza y/o los indios en la colonización del oeste, la edificación de las raíces del Estado frente a los desalmados malandrines en Tombstone -que se encuentra en sus obra maestras La Diligencia (1939), La Pasión de los Fuertes (1946) y en toda su serie sobre la caballería americana- fueron luego matizados por el propio Ford. La grandilocuencia romántica de esas cintas se diluye, insisto, en su obra posterior, algo que Thomson menciona de pasada, sin darle mayor importancia. Pero, bueno, Thomson está en su derecho de no gustarle el cine de Ford por lo que es, pero no comete la tontería de afirmar, por ejemplo, que su cine está formalmente mal realizado.
Para terminar, el cine de Ford es un constructor/demoledor de mitos épicos/alegóricos sobre el Oeste, sus héroes/villanos, sus ganadores/perdedores. Hay sentimentalismo, hay humor, hay complacencia con sus personajes; hay, incluso, definiciones psicológicas de ellos -el Ethan de John Wayne en Más Corazón que Odio es uno de los grandes héroes/psicópatas de la historia del cine. El cine de Hawks no apunta tan alto: mira a los ojos a sus personajes, hombres/mujeres, y trata de entenderlos observándolos. No se interesa en lo que piensan ni en lo que sienten, sino en lo que hacen. ¿Qué cineasta es mejor? Llamemos a empate y veamos su cine. El de los dos.


martes, 29 de noviembre de 2011

El evangelio del 2011 según... Sight and Sound/I



Aunque la edición de enero de Sight and Sound aparecerá a la venta dentro de poco más de una semana, ya empezó a llegar a la casa de sus suscriptores. Yo aún no la recibo -se tarda algunos días en cruzar el Atlántico- pero, de todas formas, la lista de lo mejor del 2011 ya se coló, via web, twitter y puntos intermedios. Así pues, empieza la temporada de listas en este blog con la de Sight and Sound y como sigue:

1. El Árbol de la Vida, de Terrence Malick.

2. Jodaeiye Nader az Simin. de Asghar Farhadi.

3. El Chico de la Bicicleta, de Jean Pierre y Luc Dardenne.

4. Melancholia, de Lars von Trier.

5. The Artist, de Michel Hazanavicius.

6. Había una Vez en Anatolia, de Nuri Bilge Ceylan.

    El Caballo de Turín, de Béla Tarr.

8. We Need to Talk About Kevin, de Lynn Ramsay.

9. Cuatro Estaciones, de Michelangelo Frammartino.

10. In Film Nist, de Jafar Panahi y Mojtaba Mirtahmasb.

      Tinker Tailor Soldier Spy, de Tomas Alfredson.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCVII



El Caballo de Turín (A Torinói Ló, Hungría-Francia-Alemania-Suiza-EU, 2011), de Béla Tarr. El noveno y supuestamente último largometraje de Tarr -codirigiendo aquí por tercera vez con Ágnes Hranitzky- es la aplastante crónica del infieno en la tierra. Christian Guisa (Tyler, pues) me proponía por twitter que este filme de Tarr era una suerte de Hechizo del Tiempo (Ramis, 1995) pero deprimente. Muy deprimente, agregaría yo. Mi crítica se publicó el viernes pasado en el Primera Fila de Reforma. En el podcast de Reforma también hablé de este filme.

La Última Pelea (Warrior, EU, 2011), de Gavin O'Connor. Un convencional pero efectivo melodrama familiar/deportivo en el que dos hermanos (Joel Edgerton y Tom Hardy) terminarán enfrentándose climáticamente en un emocionante torneo de Artes Marciales Mixtas. El papá de ellos es un alcohólico reformado encarnado por un perfecto Nick Nolte. Si no puede ver esta película no se preocupe: auguro que con el paso de algunos años se convertirá en la típica cinta que verá usted una y otra vez en cualquier canal de televisión. Mi crítica se públicó el viernes pasado en el Primera Fila de Reforma. 

Los Muppets (The Muppets, EU, 2011), de James Bobin. "El Show de los Muppets" televisivo pertenece a la infancia de los venerables cuarentones -como quien esto escribe- y la última película de los personajes creados por Jim Henson es, literalmente, del siglo pasado. Así que, ¿qué mejor manera de revivir a la Raná René -ya sé, ya sé, ahora se llama Kermit- y a todos sus amigos que retrabajando la anacrónica fórmula de los musicales hollywoodenses de los años 30? Regresaré a esta cinta esta misma semana.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Cuarta Muestra del Cine Español



Como ha sido costumbre en los últimos años, hacia fines de noviembre aparece en Cinépolis del DF -en el Diana, para ser exactos- la Muestra del Cine Español, la número cuatro hasta el momento. Se trata de mostrar una pequeña revisión de la producción española e iberoamericana del último año y casi siempre hay dos o tres película de valía. 
El día de hoy a las 17:55 horas en Cinépolis Diana -la Muestra tuvo su inaguración el jueves y las funciones para público iniciaron ayer- se presenta Naufragio (España-Alemania, 2010), cinta que pude ver en Morelia 2011. Se trata del segundo largometraje de Pedro Aguilera y, desde mi perspectiva, resulta un retroceso creativo por parte del exasistente de dirección de Carlos Reygadas. Recuerdo que su opera prima, La Influencia (2007), estaba mucho más focalizada que esta suerte de re-interpretación del Robinson Crusoe de Daniel Defoe, demasiado vaga y elíptica para mi gusto.
El protagonista, un inmigrange sub-sarahiano llamado Robinson (Solo Toure), aparece inconciente en las costas mediterráneas españolas. Es adoptado por una colonia de trabajadores ilegales que laboran en unos invernaderos. Robinson se queda un tiempo ahí, mientras retoma sus fuerzas para cumplir cierta misión. Finalmente, llega al norte español, al País Vasco, a un pequeño pueblo en donde encuentra un hostal, un trabajo y, al final, la razón que lo llevó a España. Suponemos que él entiende esa razón; nosotros, no tanto. Sólo que lo mueve la venganza. Cuando la cumple, la película termina. Alabado sea el Señor.
La narrativa de Aguilera es elusiva hasta la exasperación pero, a su favor, hay que decir que su puesta en imágenes es muy profesional -una mención especial al diseño sonoro- y que la mezcla de actores no profesionales y profesionales funciona mejor que en muchas otras cintas similares, nacidas de la influencia de Reygadas, "Joe" y el slow-cinema tan en boga.
También muy en boga está el tema central -el agua- de También la Lluvia (España-Francia-México, 2010), de Iciar Bollaín, que se exhibirá en el mismo Cinépolis Diana a las 22:20. Estamos ante un buen melodrama social que no llega a ser tan logrado como debería por el esquemático guión del colaborador habitual de Ken Loach, Paul Laverty. 
Un equipo español de filmación llega en el año 2000 a Cochambaba para rodar ahí un filme sobre Cristobal Colón y Bartolomé de las Casas. El productor (espléndido Luis Tosar) ha elegido Bolivia porque puede pagar dos mugres dólares al día a los extras y a los trabajadores. El director de la cinta (Gael García Bernal) elige al problemático indígena Daniel (Juan Carlos Aduviri) para que encarne a Huatey, un bravo indio que se enfrentó a los españoles. Muy pronto, la película que están haciendo -la historia de la explotación de los indios- se convertirá en el fiel reflejo de la Bolivia contemporánea, en la cual los más pobres están luchando por el agua que manejan compañías transnacionales, incluyendo españolas.
Bollaín dirige con fluidez y el reparto es cumplidor -en especial Karra Elejalde como el actor borrachín que encarna a Colón, y el infalible Luis Tosar, que logra imponerse a los vacíos dramáticos de su personaje-, pero el guión de Laverty deja escapar muchas ambigüedades que habrían convertido en un filme más complejo a También la Lluvia. Por dar un par de ejemplos, apenas sugiere la ojetez del director interpretado por Gael que, llegado el momento, preferirá seguir con su película que dar un paso para defender a esos pobres de los que tanto le gusta hablar. Y, por otra parte, la conversión de Luis Tosar es demasiado abrupta. Al final de cuentas, es obvio, También la Lluvia no trata tanto sobre los explotados indígenas, sino sobre el pragmático capitalista Tosar que se involucra -aunque sea un ratito- con los problemas de esos extras a los que les paga dós dólares al día.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Martha



Presentada en Guadalajara 2010 fuera de concurso, Martha (México, 2010), opera prima de ficción de Marcelino Islas Hernández, ha estado exhibiéndose con toda justicia durante todo el mes de noviembre en la Cineteca Nacional. Y apunto la palabra justicia porque esta pequeña película de apenas 77 minutos de duración dirigida por Islas Hernández -que tiene en su haber documental llamado Cihuame (2007), desconocido por mí- no merece el ninguneo ni, mucho menos, el olvido.
El filme, escrito por el propio cineasta, está centrado en rutinaria, solitaria y grisácea vida de la anciana archivista -perdón: "archivera"- Martha Gallegos (Magda Vizcaíno), que tiene 34 años trabajando en una pinchurrienta aseguradora mexicana. Un buen día su ojete jefe de buenos modales (Carlos Ceja) le avisa que se le acabó la chamba pues los papeles que ella tiene que ordenar serán digitalizados y de aquí en adelante todo será manejado en computadoras. Martha nunca se casó, vive sola en un diminuto departamento y, por las noches, le hace compañía a una vecina, acaso retrasada, e igual de vieja que ella. Cuando la joven encargada de la digitalización, Eva (Penélope Hernández), llega a su oficina a sustituirla, Martha se sentirá amenazada aunque, después de un intercambio de cigarrillos y confesiones, la anciana encontrará en esa muchacha una suerte de alma gemela sólo que con medio siglo menos.
En su penetrante crítica publicada en La Justeza del Cine Mexicano (UNAM, 2011, pp-204-208), Jorge Ayala Blanco apunta con razón cierta afinidad de Martha con el neorrealismo italiano, especialmente con el clásico Umberto D (de Sica, 1952), centrado en otro personaje anciano solitario y desvalido. Sin embargo, como el propio Ayala Blanco también se encarga de subrayar, el guión y la puesta en imágenes de Islas Hernández están desproviston de todo sentimentalismo. Yo agregaría, además, que también carece, por fortuna, de cualquier asomo de miserabilismo ripsteniano. La soledad en la que vive Martha no es pretexto para la abyección sino para constatar serenamente, sin crueldad, de que así es la vida de muchas personas -que somos o podemos ser nosotros- en una urbe del tamaño de la Ciudad de México. Es posible encontrar solidaridad, es cierto, pero también indiferencia. Y así hay que seguir viviendo.
He apuntado que en Martha no hay chantajes ni azotes. Eso es bueno. Pero también hay algunos brotes de humor absurdo. Y eso es mejor. Así, la anciana le informa a Eva, con neutral displicencia, al escuchar los ruidos y gemidos que provienen de la oficina contigua, que el jefe coge con la secre chichona (Ismena Romero) "nomás lunes y miércoles... bueno, a veces también los viernes"; Martha decide quitarse la vida ("si no me mato, nunca me voy a morir") hasta el viernes, porque no quiere faltar en su último día de trabajo; el incómodo silencio que domina en una improvisada reunión en el pequeño departamento de Martha se rompe cuando un chamaco muerde un pan seco; la boca de la simplona vecina de Martha, Sonia (Leticia Gómez Rivera), permanece abierta mucho tiempo después de que el médico le pide que la cierre...
El debut de Islas Hernández dista de estar completamente logrado. Las secuencias oniríco-poéticas están de más y rompen con el tono naturalista, seco, del filme. Y el manejo del encuadre es, por decir lo menos, inconsistente: es cierto que hay un uso competente de la cámara fija y de los espacios en off, pero también hay ocasiones, especialmente en interiores, en los que la cámara de Rodrigo Sandoval rompe el eje del campo/contracampo para dejar que cada personaje tenga su propio eje, casi al estilo de Ozu. Aunque, ¿cuál es el sentido? En lo personal, no encontré ninguna justificación para este caprichoso manejo del encuadre. Pequeña distracción de una película modesta pero satisfactoria que no merece, insisto, el olvido. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

De-BD Verse/II



Después de Morelia y la cobertura de la 53 Muestra, he aquí de vuelta a la lista de pendientes. No me costó ningún sacrificio revisar el BD nacional que la Casa Warner ha editado de El Gran Desafío (The Cincinnati Kid, EU, 1965), quinto largometraje del cineasta y productor canadiense/hollywoodense Norman Jewison quien, en el muy entretenido comentario que viene como extra en el disco, califica a esta cinta como una de sus favoritas, una especie "de patito feo" que tuvo que realizar en plan de bateador emergente, pues Sam Peckinpah había sido despedido a los pocos días de haber iniciado la filmación. La razón, según apunta Jewison, es que los productores no estaban convencidos de la decisión de Peckinpah de realizar la película en blanco y negro, una elección por lo menos curiosa si se piensa que la escena climática de la historia tiene que ver con un juego de poquer en el que el color de las cartas tiene una importancia central. 
Es probable que en las manos de Peckinpah esta película sería más cruda, violenta y directa. Jewison, de todas formas, no lo hizo nada mal, aunque su personalidad como cineasta siempre fue y ha sido más blanda. La historia y los personajes nos remite a la mucho mejor El Audaz (Rossen, 1961), aunque habría que decir que el guión firmado por Terry Southern y el doblemente oscareado Ring Lardner Jr. -hijo del legendario periodista y escritor Ring Lardner- está basado en una novela original de Richard Jessup.
Como en la amarga obra maestra de Rossen protagonizada por Paul Newman, he aquí al impetuoso joven maravilla Eric "the Cincinnati Kid" Stoner (Steve McQueen), amor y señor absoluto del póquer abierto en Nueva Orleans. A Eric, ambición obliga, se le queman las habas por enfrentarse al imperturbable anciano Lancey Howard (Edward G. Robinson), quien es considerado el mejor jugador de póquer abierto sobre la Tierra -o en la pelicula, para el caso da lo mismo. Así pues, Howard llegará a Nueva Orleans desde Miami a dejar las cosas en claro: a derrotar o ser derrotado, a humillar o ser humillado. ¿Quién ganará? ¿El siempre cool "Cincinnati Kid" o el traqueteado Mr. Howard?
La película se sostiene por su vívido sentido del espacio y del lugar, tanto en exteriores -la filmación en espacios abiertos se realizó en Nueva Orleans- como en interiores, cuando la cámara de Philip H. Lathrop se concentra en planos de conjunto, planos medios y primeros planos: en los tensos rostros de sus actores, en sus manos, en sus miradas huidizas, en el sudor que cae por sus frentes, en los azulísimos ojos fríos de Steve McQueen. El montaje del futuro cineasta Hal Ashby es ejemplar: la manera en la que está editado "el gran desafío" final del título en español provoca una tensión creciente y las actuaciones de McQueen y Robinson, cargando cada uno de ellos con su propia leyenda, son de antología.
Para redondear, el reparto secundario -formado por figuras y/o veteranos de la talla de Karl Malden, Rip Torn, Cabe Calloway, Joan Blondell o Jack Weston- es más que lucidor y Ann-Margret como la mancornadora, felina y casi ronroneante Melba (ah, esa mirada, esa sonrisa, ese vestido rojo) se roba cada escena en la que aparece. (Una duda: ¿cómo le hicieron McQueen, Malden, Robinson y demás para concentrarse cuando estaba ella en el set?).
El BD que ha puesto en venta la casa Warner cuenta con el muy ameno comentario del propio director Jewison, un promocional de 1965 en el que el "especialista" en póquer Jay Ose hace unos trucos frente a la cámara, el trailer original y, por supuesto, la imagen impecable (1080p, Alta Definición, formato 1.85:1) a los que los BD de la Warner nos tiene acostumbrados.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

53 Muestra Internacional de Cine/X y último




Dice el viejo adagio que si alguien se acuerda de lo que hizo en los años sesenta, significa que no los vivió. Pero no hay problema: para resolver estas lagunas mentales está Tom DiCillio con su convencional, reverente pero bien informado documental When You’re Strange, una Película de The Doors (When You’re Strange, EU, 2009)...

La crítica completa se publica hoy en la sección cultural de Reforma.

When You're Strange se exhibe hoy en la Cineteca Nacional a las 12 y 18:45 horas.

martes, 22 de noviembre de 2011

El cliché que yo ya vi/XCIII



Joel Meza propone: 

Callejón Con Salida. En las películas, cuando el protagonista huye a pata de alguien más, la persecución invariablemente terminará cuando el perseguido entre en un callejón y se esconda detrás de la puerta de algún almacén o local misterioso que, convenientemente, siempre será fácil de abrir. Cuando los perseguidores pasen frente a la susodicha puerta, naturalmente nunca se les ocurrirá tratar de abrirla, dándose por vencidos en su búsqueda. Y, claro, el cliché no termina ahí: detrás de la puerta, el escurridizo héroe encontrará la clave que lo llevará a la aventura de que se tratará la película. Ver el ejemplo más reciente en El Precio del Mañana, con Justin Timberlake haciendo los honores.

53 Muestra Internacional de Cine/IX




Al inicio de Misterios de Lisboa (Mistérios de Lisboa, Portugal-Francia, 2010), chorrogésimo largometraje del prolífico cineasta chileno recién fallecido Raúl Ruiz, el ubicuo Padre Dinis (Adriano Luz) afirma que “todo es posible”. Un poco más tarde, que “el misterio es provocador”. Al final, uno podría agregar, desde la butaca, que todos estos misterios provocadores y que no conocen lo imposible, son además, adictivos. Uno permanece en trance viendo la pantalla durante los 272 minutos de duración de esta película y, cuando la cinta termina para irse a blancos, uno desea ver más. No hay problema: Misterios de Lisboa está disponible, también, en su versión original para televisión, en seis capítulos de una hora cada uno...

La crítica completa se publica hoy en la sección cultural de Reforma.

Misterios de Lisboa se exhibe hoy en la Cineteca Nacional a las 15:15 horas. 

lunes, 21 de noviembre de 2011

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCVI


Este fin de semana sólo pude -más bien, quise- ver Río de Oro (México, 2010). Se trata del segundo largometraje del socio de la casa Mantarraya Producciones, Pablo Aldrete (opera prima no vista por mí, Nipon e Yokoso/2005), una cinta insólita en el cine mexicano por sus escenarios, sus personajes, su temática y al género al que de forma reticente pertenece.
Estamos en el norte de Sonora, en 1853, unos años después de la pérdida de más de la mitad del territorio por la guerra contra Estados Unidos. Estamos en el Rancho Los Nogales, en una frontera méxico-americana porosa en la que los pocos mexicanos que sobreviven en ese inhóspito lugar, tienen que soportar las inclemencias del tiempo, los ataques de los apaches que han empezado a ser arrinconados en Estados Unidos y las abusivas acciones de soldados y/o mercenarios gringos, que deambulan por esos lugares para cobrar las recompensas que el propio gobierno mexicano está dispuesto a dar por cada cabellera de apache que le sea entregada.
La profesional e inteligente puesta en imágenes es del experimentado cinefotógrafo Lorenzo Hagerman (director de la decepcionante crónica documental 0.56%/2010). En ella dominan, como debe de ser, los planos generales, mientras que a través de su elíptico encuadre nos sugiere un horror que sucede a un lado de la impávida cámara fija. Aldrete opta por un laconismo narrativo riguroso, que le viene bien a los personajes, a la historia y a la propia trama. Estamos en un escenario en el que pareciera que sobrevive el que menos habla -de hecho, la sección más dialogada de la película, en la que una familia tiene una comida al aire libre en "Los Nogales" termina efectivamente en una masacre: quién le manda al anfitrión echarse tan pomposo discurso.
La trama, que abreva del western clásico, ha sido escrita por el propio cineasta, Pablo Aldrete. Un vaquero, Trinidad (Gonzalo Lebrija), decide abandonar el rancho en el que trabajaba para ir en buscar del río de oro del título; un mercenario gringo, Tagart (Kenny Johnston), ha cruzado la frontera en busca de cabelleras apaches; una jovencita, Estela (Stephanie Sigman, Miss Bala/Naranjo/2011), es secuestrada por un apache, Goyahkla (Deshava Apache), quien ha matado a los padres de ella acaso como mero desahogo porque los gringos -que son lo mismo que los mexicanos, según el resentido indígena- masacraron a su propia familia. Estos cuatro personajes cruzan las calientes tierras del norte de Sonora y entrecruzan sus vidas y muertes en una historia que tiene guiños lo mismo a clásicos literarios -la obra maestra Meridiano de Sangre (1985), de Cormar McCarthy, ubicada en un escenario similar-, a clásicos fílmicos irrebatibles -obviamente, a Más Corazón que Odio (Ford, 1956)- e, incluso, a estudios históricos serios, pues es claro que Aldrete, para escribir el guión, tuvo que haber echado mano de asesores históricos bien informados que le ayudaran a retratar con tanta justeza cómo era la vida en esa parte (casi) deshabitada de Sonora, con apaches, gringos y mexicanos luchando entre sí (¿Habrá leído A la Sombra de las Águilas: Sonora y la Transformación de la Frontera durante el Porfiriato, de Miguel Tinker Salas, FCE, 2010, pero con publicación original en inglés en 1997?).
Sin embargo, el sólido western de Aldrete -porque genéricamente eso es: un western- opta por un desenlace cósmico-malickiano-guadalupano que no me convenció en lo absoluto. Aclaro: este problema es mío, no de la película que, debo aceptar, finaliza de manera consistente con una reivindicación de la espiritualidad mexicana/indígena frente a la maléfica invasión yanqui. Esta última parte no me convenció, insisto, pero qué quiere usted: yo prefiero westerns menos opacos. Pero ése soy yo. No es culpa de Río de Oro, que se erige como un sólido filme nacional que merece, de lejos, ser revisado. 

domingo, 20 de noviembre de 2011

Allenómetro



Luis Reséndiz (@LaPetiteMachine) me propuso, vía twitter, enlistar nuestras diez cinta favoritas de Woody Allen, tan de moda en estos días porque hoy domingo y mañana lunes se exhibirán, en PBS, las dos partes de un largo documental sobre su vida, su obra, sus cintas, sus filias y fobias. Apenas puedo esperar para ver el susodicho documental de tres y horas y media. Por lo pronto, mi allenómetro personal. La primera cinta fue fácil: La Rosa Púrpura del Cairo no es sómo mi cinta preferida de Allen sino de uno de mis filmes favoritos. Así, nada más. Los nueve restantes, en orden cronológico.

1. La Rosa Púrpura del Cairo (1984).

2. Dos Extraños Amantes (1977).

3. Zelig (1983).

4. Broadway Danny Rose (1984).

5. Hanna y sus Hermanas (1986).

6. Días de Radio (1987).

7. Crímenes y Pecados (1989).

8. Maridos y Esposas (1992).

9. Balas sobre Nueva York (1994).

10. Los Enredos de Harry (1997).

Extra: el segmento Edipo Reprimido, lo mejor de la dispareja Historias de Nueva York (1989).

viernes, 18 de noviembre de 2011

Pídala cantando/XLIV





El buen lector Saúl Baas Bolio me pidió que rescatara mi crítica de la Guerra de los Mundos spielbergiana. Al revisar mis archivos, vi que escribí, hace más de seis años, dos textos. He aquí el copy-paste de los dos:


"La Guerra de los Mundos" (1898), de Herbert George Wells (1866-1946), es la desencantada crónica de la devastación (humana, social, moral, ecológica) provocada por la cruel colonización de una raza “superior” que nos ve como nosotros veríamos a un hato de animales comestibles. Lo interesante del seminal texto de Wells es que, de manera explícita, el narrador –un escritor y filósofo, alter ego del propio autor—nos recuerda que los seres humanos no tenemos autoridad moral para quejarnos de los invasores llegados del espacio: nosotros mismos hemos acabado con especies animales, hemos sometido a otras razas, hemos acabado con todo aquello que nos “estorba”. Así, publicada desde la capital del imperio victoriano, La Guerra de los Mundos se nos presenta como una feroz crítica apenas velada del detestable comportamiento de los colonizadores (¿el Imperio Británico?) con sus colonizados (en ese momento, una buena parte del mundo).
Cuando el jovencísimo Orson Welles retomó la historia para realizar la célebre adaptación radiofónica transmitida en Estados Unidos un 30 de octubre de 1938, el mundo era otro y lo que el “enfant terrible” Welles quería explotar era otra cosa. Ya no se trataba de criticar al insensato orgullo humano, sino poner en evidencia el clima de miedo en el que se vivía en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. La metáfora bélica/paranoica es aún más clara en la adaptación fílmica de 1953, La Guerra de los Mundos, dirigida por Byron Haskin bajo los auspicios del gran productor hollywoodense George Pal. Los marcianos llegan a California un aciago día y, sin decir agua va, destruyen todo lo que encuentran a su paso. La respuesta militar es inmediata e ineficaz: ni la temida bomba atómica –vista aquí como la última oportunidad para conservar el “american way of life”—detiene a estos terribles (y prácticamente invisibles) invasores. Tal vez La Guerra de los Mundos, versión 1953, no sea la mejor cinta del periodo de la “guerra fría”, pero sí es una de las obras que más claramente trasmite la cultura belicista de la época.
Y así llegamos a la esperada versión/revisión 2005 de La Guerra de los Mundos. Steven Spielberg ha declarado que no podía haber realizado esta cinta en un momento mejor. Tristemente, es cierto. En el enfermizo ambiente traumático post-11-de-septiembre en el que se vive en el Imperio del Norte, ¿qué mejor metáfora que toparse con unos implacables destructores que no siguen ninguna religión o ideología más que la de aplastar a todo aquellos que les “estorbe”? Estos sí tienen armas de destrucción masiva, estos sí desconocen qué son los derechos humanos, estos sí no tienen el mínimo remordimiento por arrasar todo lo que ven. 
Guerra de los Mundos (War of the Worlds, EU, 2005) revisitada es, antes que nada, una brillante adaptación de la misantrópica novela de H.G. Wells y, después de todo, cuando el polvo se ha asentado, una de las películas más redondas de su director, el eterno “golden-boy” hollywoodense Steven Spielberg. El capcioso guión retoma el espíritu científico/escéptico del texto de Wells y, aunque permanece fiel a algunas de las propuestas claves del libro (la forma en la que se alimentan los alienígenas, la hiedra roja que empieza a crecer junto con la invasión espacial, los trípodes y su impresionante rayo letal), también extrapola detalles apenas sugeridos por el escritor victoriano (la estremecedora secuencia de los humanos enjaulados y engullidos cuando hace hambrita) y fusiona con pertinencia varios personajes fundamentales del libro en uno solo (el artillero megalomaníaco y el sacerdote histérico llevan el nombre de un científico de la misma novela, Ogilvy, convertido aquí en un desequilibrado tipejo encarnado magistralmente por Tim Robbins).
Claro que este filme de Spielberg funciona en otros terrenos, por más admirable que haya resultado la adaptación fílmica firmada por Josh Friedman y Davied Koepp. Así, Guerra de los Mundos es otra exploración de la familia nuclear spielbergiana siempre en crisis –tema recurrente, si lo hay, en la obra del director de E.T. El Extraterrestre (1982)—y, por supuesto es, también, una espléndida cereza, otra más, colocada en el mítico pastel en que se ha convertido la carrera cinematográfica del poderoso señor Cruise.
La invasión de los extraterrestres –no específicamente marcianos—rompe brutalmente el egoísta modo de vida de cierto trabajador divorciado, Ray Ferrier (Tom Cruise), quien tiene que cuidar a sus dos hijos, el adolescente rebelde Robbie (Justin Chatwin) y la inquisitiva niña Rachel (Dakota Fanning), que son dejados a su resguardo el fin de semana por su exesposa ya embarazada de su nuevo marido ricachón. Desordenado, arrogante, irresponsable, incapaz de conectar con sus dos hijos, Ray tendrá que aprender a ser un auténtico padre en plena Guerra de los Mundos algo que, evidentemente, nunca lo ha sido.
¿Suena cursi, sensiblero? Créame: la manera en que plantea la historia Spielberg no da tiempo para estas ñoñeces. Ray tiene que tomar decisiones y hacerlo rápido, no sólo para salvar a sus hijos de los implacables alienígenas montados en sus descomunales trípodes, sino para evitar que otros miembros de la raza humana no pasen por encima de él y de sus crías. En plena guerra de exterminio Ray tiene varios frentes abiertos y, a ratos, parece que no podrá ganar en el más importante de todos: la confianza de Robbie y Rachel. En este sentido, no puedo pensar en otro actor más apto que Tom Cruise para encarnar a este insoportable tipo. Siempre ha habido algo tan atractivo como repulsivo en la personalidad fílmica de Mr. Cruise y él lo ha sabido explotar cada día de mejor manera: su Ray Ferrier es, acaso, el personaje más creíble y humano que ha hecho en toda su carrera.   
 Guerra de los Mundos es muy cruel (¿por qué nos muestra Spielberg varios segundos el rostro de una extra despavorida sólo para verla morir después por el rayo letal?: porque es un bárbaro), pero no deja de ser juguetona (el alien tomando la rueda de una bicicleta cual pariente gandalla del E.T.) y hasta se atreve al algún detalle sarcástico (el letrero de “Bienvenidos a Boston” con la ciudad completamente destruida). Estamos, pues, ante la película de alguien que sabe hacer cine para la industria hollywoodense, para su estrella todopoderosa, para sí mismo y, qué caray, hasta le alcanza para nosotros.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Pídala cantando/XLIII



Juan Carlos Lazo, director general de la 20th Century Fox, me pide por twitter que les pregunte lo siguiente: ¿qué opinan del cine mexicnao?, ¿les gusta, no les gusta?, ¿qué quieren ver? Hace unos meses, cuando asistí a Guadalajara 2011 y en una larga entrevista con el camarada Ricardo Solís de La Jornada, apunté algunas cosas con las que heroicamente descubrí el hilo negro. Resumiendo: el problema es que, con sus excepciones, el cine mexicano es incapaz de conectar con su público. Y di algunos ejemplos de lo que vi en Guadalajara en ese momento. La entrevista está por acá. Y ustedes, ¿qué piensan?