sábado, 18 de febrero de 2012

Ambulante 2012/VIII



En su cuarto largometraje documental, Cuates de Australia (México, 2011), Everardo González vuelve, hasta cierto punto, a sus orígenes. Me explico: en sus dos anteriores cintas, El Cielo Abierto (2011) y Los Ladrones Viejos: las Leyendas del Artegio (2007), el documental terminaba centrándose en una figura específica. En el primer caso, esto sucedía de una manera mucho más obvia, tratándose de una biopic documental de Monseñor Arnulfo Romero; en el segundo caso, en Los Ladrones Viejos, aunque tal vez no era esa la intención, el articulado y carimático ladrón "El Carrizos" terminaba robándose -no pun intended; bueno, en realidad, sí- la película.
Esto no sucedía en la opera prima de González, La Canción del Pulque (2003). Es cierto que es fácil recordar entre los personajes de este filme al "Cantarrecio" Narciso ("canto feo pero bien macizo"), pero el documental, centrado en la cultura del pulque y sus consumidores, tenía más que ver con el ethos de estos individuos, aferrados al sabroso tlachicotón. En Cuates de Australia, González no centra su cámara en un protagonista -o, si usted quiere, no deja que nadie se convierta en protagonista-, sino en el ecosistema -biológico pero también existencial- de los habitantes de un remoto ejido de la sierra de Coahuila llamado, precisamente "Cuates de Australia" -la razón de tan exótico nombre, por cierto, no se llega a saber: ni los más ancianos del pueblo saben quién bautizó al ejido así.
Así, a través de las cámaras del propio González y de Eduardo Herrerra (responsable, dicen los créditos, de la fotografía de la vida silvestre), sin voz en off de ninguna especie, con algunos testimonios bien dosificados y con un estilo que nunca llama la atención sobre sí mismo -el lente está ahí pero la gente, al parecer, se ha acostumbrado a él-, Cuates de Australia nos muestra las vidas en sequía (¡pero nunca secas!) de este puñado de personas que toman agua sucia de un estanque sin quejarse ("Dios sabe por qué no ha mandado el agua") y que están acostumbradas a vivir en las peores condiciones posibles sin chistar. Ni ellos ni la cinta solicitan nuestra conmiseración, pero tampoco se idealizan las condiciones de miseria en la que viven: se nos muestra el embarazo de alto riesgo por falta de líquidos de una joven madre pero, por otra parte, también vemos cómo esa misma comunidad se olvida de todo en cierta carrera de caballos que termina en arrebatos y empujones.
Gónzalez nos muestra estas dificiles estampas de vida sin enfatizar lo obvio: la sequía que provoca la muerte de los animales, las aves de rapiña que se atrancan con los cádaveres abandonados, el sacrificio de las reses en primer plano, el gozoso bautizo colectivo en la escuela del lugar, el hilarante pleito de dos morritos broncudos que termina en corretiza en plano general alejado, el testimonio malhablado de un recio lugareño y, en conjunto, el éxodo hacia sitios más habitables hasta que el cielo mande la lluvia bienhechora. 
El círculo de la vida y la muerte sigue su curso, pero es claro que la naturaleza no vencerá a estos Cuates de Australia. Están ahí para sobrevivir. Lo han hecho siempre. Y lo seguirán haciendo.

Cuates de Australia se exhibe hoy sábado a las 20 horas en la Casa del Lago.

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