miércoles, 7 de marzo de 2012

Guadalajara 2012/Día cuatro



La cuarta jornada inició mal, con Sangre de Familia (México, 2011), tardío segundo largometraje de Eduardo Rossoff (Ave María, 2000), basado en una novela del camarada Juan José Rodríguez. Como -mea culpa- no he leído la novela de Juan José, no sé qué tanta fidelidad exista en la adaptación escrita y dirigida por Rossoff. Para el caso, da lo mismo: sería lo peor que he visto en Guadalajara si no fuera porque existe esa cosa llamada La Cama (Montero, 2012).
La premisa es muy interesante -amor, pasión, venganza, honor en Mazatlán, con personajes pseudovampirescos- y la cinta está decentemente producida -se ve el dinero en pantalla- pero los actores protagónicos (Liz Gallardo y Shalim Ortiz) están muy mal aunque, para ser francos, ¿quién podría estar  bien con esos diálogos hablados en cursiñol?
Casi huyendo de este monumental fracaso, me metí a ver, sin saber de qué trataba, El Páramo (Colombia, 2011), opera prima de Jaime Osorio. Qué bueno que lo hice: se trató de una gratísima sorpresa. Estamos antes una cinta de género que inicia como filme bélico, continúa como thriller y termina en el terreno del horror alegórico. 
Una partida formada por una decena de soldados llega a un cerro en donde se encuentra una base militar. Los soldados acantonados ahí no están por ningún lado: se los ha tragado la tierra. ¿La guerrilla? ¿O hay algo más peligroso suelto por ahí? Por supuesto que no y sí. Es decir, no se trata de las FARC sino de algo más dificil de vencer y que irá acabando con todos los soldados.
Al final, Osorio -autor él mismo del guión- es demasiado machacón con la obvia alegoría política, pero esto es, que se entienda, un reproche menor. El Páramo es una cinta de género muy bien realizada y si estuviera hablada en inglés y ubicada, digamos, en la guerra de Irak, podría pasar como una muy decente cinta de horror gringa, perfecta para el palomazo del fin de semana.
Ojalá así pueda exhibirse y venderse El Fantástico Mundo de Juan Orol (México, 2011), ambiciosa opera prima de Sebastián del Amo, una suerte de biopic del "Rey del Churro", el gallego-cubano-mexicano Juan Orol, bien interpretado por Roberto Sosa.
Un anciano Orol le cuenta, cual Forrest Gump de Región 4, toda su vida a un joven acomodador de un cine en algún ciclo-homenaje que le han dedicado en 1982 en el Cine Bella Época. El muchacho, sentado a su lado, escucha como nosotros la retahíla de recuerdos del viejito Orol, hilvanados como si se tratara de un auténtico "churro" oroliano.
La cinta es una gozosa comedia nostálgica sobre nuestro Ed Wood (Burton, 1994) particular realizada con sentido del humor, gracia y un buen manejo de todos los recursos cinematográficos posibles y al alcance del novel cineasta del Amo. Así, en la veta cinefílica tan de moda en los últimos meses, los recuerdos del Orol anciano son vistos en blanco y negro -que se tornarán a colores cuando Orol haga su primera película en technicolor-, su infancia es presentada cual película silente y abundan recursos visuales anacrónicos (el uso del iris, por ejemplo) para ubicarnos en esa época y en ese tipo de cine. 
La película termina en un tono anticlimático inexplicable -pareciera que, en efecto, del Amo siguió el ejemplo de Juan Orol y nomás no le dieron ganas filmar un par de secuencias más-, pero de todas formas los logros obtenidos en la cinta son muy superiores a sus fallas. 
A propósito de logros. Me falta ver tres cintas nacionales en competencia pero si exceptuamos La Demora (Plá, 2011), lo mejor en cuanto a cine mexicano de ficción se refiere, ha sido Un Mundo Secreto (México, 2012), opera prima de Gabriel Mariño.
Una muchacha, María (notable Lucía Uribe), acaba de terminar su preparatoria y sin decir agua va toma su maleta y decide tomar la carretera hacia el norte. ¿De visita con alguien pariente? ¿Va hacia Estados Unidos? Ni ella lo sabe. En el camino, se topa con uno que otro personaje aunque, formulita obliga, a quien ha ido a encontrar es a sí misma.
Es curioso: contada así, la cinta parece una plasta. Y si además anoto que el filme privilegia las tomas extendidas con la cámara fija, que algún personaje se suelta un monólogo larguísimo, que la protagonista es de muy pocas palabras y que, en realidad, en el filme no suceden demasiadas cosas, uno podría decir que estamos ante una tediosa/pretenciosa slow-movie. Nada de eso.
O, mejor dicho, sí, estamos ante una slow-movie pero es una bien lograda slow-movie. El personaje interpetado por la señorita Uribe tiene vida propia: practica el sexo casual (¿de plano se prostituye?) acaso por mero aburrimiento, se inventa a sí mismo una vida que no ha podido alcanzar, se autoinculpa como "puta" en su propio cuaderno o en algún baño de un gasolinera, mientras la cámara de Iván Hernández sigue todas estas acciones a través de una controladísima puesta en imágenes. Incluso el guiño godardiano del final parece fresco en las manos del joven cineasta Mariño.

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