domingo, 4 de marzo de 2012

Guadalajara 2012/Día dos

"Si vuelvo a ver otro comercial del Partido Verde en Cinépolis Centro Magno no respondo..."


 Ventanas al Mar (México, 2011), tercer largometraje de Jesús Mario Lozano (Así/2005, Más Allá de Mí/2008), está lleno de tropezones pero también de elementos valiosos. Un par de parejas -una joven y mexicana; la otra, anciana y española- se encuentran en Cozumel, a donde han ido a pasar unas paradisiacas vacaciones. Las dos parejas tienen sus secretos, las dos tienen sus problemas pero, aparentemente, las dos son felices a su modo.
Lozano y su cinefotógrafo Juan José Savaria logran unas bellas tomas submarinas, el paisaje de Cozumel está bien aprovechado y hay por ahí una notable escena en la que, a través de un elegante travelling, somos testigos de lo que sucede en los cuartos vecinos en donde se aman, cada una a su manera, las dos parejas. El juego actoral es consistente y la banda sonora -invadida por clásicos como "Lágrimas Negras", "Perdón", "No, no y no", "Mar y Cielo", "Obsesión"- no tiene desperdicio.
Por desgracia, también tiene sus tropezones: hay inconsistencias en el trazo de los personajes (la invasión del anciano del cuarto de los jóvenes para tener un arrebato fetichista), hay elementos mal desarrollados (el coro griego -más bien, maya- que comenta que ahí viene la tormenta y que, de pasada, se queja de sus condiciones económicas) y, además, el tremendismo melodramático del final no me terminó de convencer. Eso sí, en esta última sección de la película, Lozano logra otra escena notable: una pesadilla sexosa/acuosa que podría haber salido de la imaginación de Polanski.
Ganadora en Sundance 2012 del premio a la Mejor Película Internacional, se exhibe en la sección competitiva iberoamericana Violeta se fue a los Cielos (Chile-Argentina-Brasil, 2011), sexto largometraje de Andrés Wood, de quien hemos visto aquí en México el buen melodrama político y de crecimiento infantil Machuca (2004).
Violeta se Fue a los Cielos es una convencional pero entrañable biopic sobre la ingobernable poeta-cantante-pintora autodidacta chilena Violeta Parra (1917-1967), desde su dificil infancia con su alcohólico padre profesor y músico, hasta su imprevisto suicidio cuando ya no pudo soportar el abandono de su segundo marido y su fracaso como regenteadora/empresaria de cierta carpa en la que ella e invitados cantaban a las afueras de Santiago. La trama, escrita por Eliseo Altunaga, echa mano del viejo recurso de la entrevista televisiva en el presente, mientras a lo largo de la cinta vemos fragmentos impresionistas del pasado de Violeta: sus inicios como cancionera pueblerina junto a su hermana, su viaje a cierto festival musical en Polonia, la muerte de uno de sus hijos, su segundo matrimonio con cierto músico suizo caguengue, la entrañable relación con su hija mayor y sus innumerables contradicciones como artista, madre, esposa y ser humano. El objetivo es no sólo conocer al gran artista sino también al complicado ser humano, aunque al final es obvio que la admiración de Wood por la cantante gana la partida, en especial en esa escena clave woodyalleniana en la que personajes del pasado y del presente de la Parra se reúnen para aplaudirle, como en el desenlace autoexculpatorio de Los Enredos de Harry (Allen, 1997).
Violeta Parra es interpretada por Francisca Gavilán que, por lo que veo al revisar su filmografía, no es tanto una actriz de cine sino de televisión en Chile. No importa; la señora Gavilán -qué gran apellido, por cierto- logra dotar a la Parra de una considerable fuerza y personalidad dramáticas. De hecho, ya tengo a mi primera candidata al Mayahuel a Mejor Actriz. Y conste que yo lo escribí primero. (Sólo tengo una duda: ¿canta ella las canciones de Parra o es la voz de la autora chilena? Fue como volver a mi infancia el escuchar "Volver a los 17", la herética "Maldigo al Alto Cielo" y, por supuesto, "Gracias a la Vida").
A propósito de agradecimientos. No es muy dado a ellos Joseph (extraordinario Peter Mullan), el protagonista de Tyrannosaur (GB, 2010), opera prima del actor vuelto cinetasta Paddy Considine. Exhibida dentro de la selección de cine británico contemporáneo -recuerde que "la pérfida Albión" es el país invitado esta vez-, Tyrannosaur inicia como una pieza más de jodidismo realista típicamente inglés. No va por ahí el asunto: más cercano al complejo humanismo de Mike Leigh -sólo que sin su humor- que del cine militante-populista de Ken Loach, la cinta de Considine -escrita por él mismo- está centrada en la relación entre un impulsivo y violento viudo alcohólico (Mullan, claro está) y una pobre mujer, Hannah (notable Olivia Colman), que trata de escaparse de su paranoico marido abusivo (Eddie Marsan) a través de la religión y los tragos.
Joseph y Hannah terminan (re)conociéndose en más de un sentido: ella ve atisbos en él de la violencia que sufre ella en su casa; él, a través del rostro golpeado de ella, recuerda la vida de perros que le dio a su mujer, fallecida hace cinco años. Suena cursi pero créame que la cinta está muy lejos de ser eso: es cierto, Joseph busca redimirse, trata de controlar sus instintos y, hasta cierto punto, el desenlace nos indica que, sí, el personaje central ha cambiado. Pero no el contexto que provoca el nacimiento de la violencia. Ese sigue ahí.
Considine no cae en la tentación del encuadre nervioso/tembeleque para dotar del convencional "realismo sucio" tan de moda. Sus encuadres y composiciones están bien cuidados y la cámara de Erik Alexander Wilson alterna muy bien los intensos primeros planos de sus actores con los funcionales planos generales. Mullan, que encarna a una especie de toro que siempre está a punto de embestir, está fantástico, pero Colman no se queda atrás. Ojo a la escena en la que vemos, en primer plano, su reacción a los insultos y humillaciones que le inflige Joseph en uno de sus primeros encuentros. La lenta transformación de su rostro, sus acuosos ojos a punto de estallar, su mueca reprimida de miedo, resultan impresionantes. Lástima que, previsiblemente, no veremos esta película exhibida de forma comercial en México.
La que sí veremos porque, hasta donde sé, ya tiene distribución comercial, es Espacio Interior (México, 2011), opera prima de Kai Parlange. Muy bien realizada/producida y con una esforzada actuación de Kuno Becker, he aquí un meritorio thriller basado en un hecho real ocurrido en México entre fines de 1990 y mediados de 1991. Se trató del secuestro de un prominente arquitecto que pasó 276 días encerrado en un cuartucho habilitado para ello en algún lugar de Puebla -de hecho, el "escenario" real lo vemos hacia el final de la cinta, cuando el mismísimo Jacobo Zabludovsky de esa época da cuenta de la noticia en "24 Horas".
Becker encarna a este arquitecto que, apoyado en su inquebrantable fe religiosa, logra sobreponerse a su encierro. El debutante Parlange -sobre un guión suyo y de Pierre Favreau- está igual de interesado en demostrar la reciedumbre moral del susodicho arquitecto que en solucionar el problema dramático/visual de realizar una película cuyo protagonista se la pasa entre cuatro paredes durante buena parte del filme. La cinta, creo, pasa la prueba, con todo y que muchos colegas se mostraron molestos por el machacón mensaje religioso de la cinta. 
En lo personal,  este mensaje no me molestó tanto -y aclaro: soy ateo- pero creo que llamar Lázaro al arquitecto interpretado por Becker y que su guapa esposa (Ana Serradilla, de adorno) se llame María es ya  demasiado obvio. Por lo demás, insisto, la realización es muy profesional y su desenlace sí logra transmitir un genuino sentimiento de suspenso. En parte, creo, porque nos ha llegado a interesar el destino del personaje.

2 comentarios:

Agustín T. Galván dijo...

Yup. Cuarta película notable vista este año ese Tyrannosaur.

Diezmartinez dijo...

Agustín: En efecto, notable.