jueves, 12 de abril de 2012

BAFICI 2012/II



La competencia internacional del BAFICI 2012 está formada por 15 cintas que, siguiendo la vocación del festival -y cito el sitio oficial del BAFICI- deben ser "innovadoras, arriesgadas y comprometidas". Clip (Klip, Serbia, 2012), opera prima de Maja Milos, cumple hasta cierto punto con el segundo adjetivo, el de arriesgada. ¿Comprometida?: acaso, con la explotación de su tema y su actriz principal. En cuanto a lo innovadora... no lo sé: ¿mostrar que los adolescentes de hoy no pueden vivir si su teléfono celular con cámara incluida, califica como innovación? ¿Insertar imágenes obtenidas a través de estos mismos teléfonos en un relato fílmico es innovador? No estoy tan seguro.
En todo caso, la cinta sí es una provocación y debo confesar que, por lo menos al inicio, sí me sentí provocado. Luego, molesto. Y, al final, aburrido. La trama, escrita por la propia cineasta, está centrada en las correrías abyectamente sexosas de una guapa adolescente serbia llamada Jasna (magnética jovencita Isadora Simijonovic, con reales catorce años de edad) que, acaso como forma de escape ante la inminente muerte de su papá -que se encuentra en su departamento, literalmente agonizando-, deja que un tipo la vea mientras se quita la blusa o finge que se masturba, luego baila semidesnuda dizque sensualmente en su cuarto, le hace a una felación a un patán que no podría ester menos interesado en eso y deja  que ese mismo patán eyacule sobre ella. En todos estos casos -y otros más, como en cierta escena de bullying escolar- está presente el teléfono celular de ella, de sus amigas o del patán ya mencionado: todas la correrías han sido grabadas para ser, se sobre-entiende, mostradas y/o presumidas. Me graban por un teléfono celular, luego, existo.
Por supuesto, la directora Milos usó una "doble de cuerpo" para no ser acusada de explotación de la catorceañera Simijonovic, así que uno supone que los falos que aparecen en el mismo encuadre que la muchacha no son reales, que la felación al gañán es fingida y que el pubis rasurado que se ve en primer plano no es el de la joven actriz. Para el caso es lo mismo: sea o no el cuerpo de la señorita Simijonovic, la explotación morbosa de muchacha -o de su doble- es flagrante porque vemos las escenas de sexo explícito sin que haya una justificación real para ellas. O, peor aún, la justificación apesta: Milos nos quiere vender la idea que todas esas escenas sexuales y de adicción están ahí para denunciar -ajummm- algo muy novedoso: que hay mucho degenere entre la juventud serbia... (y de otras latitudes, supongo yo). 
Y es que, a ver, ¿Jasna se despeña hacia la abyección sexual y el consumo de drogas como una forma de escape ante la agonía de su papá? Ok, compro la premisa: pero ¿y todas las amigas de Jasna que son igual de reventadas y/o promiscuas? ¿A ellas también se les está muriendo su papá? Si no es así, y la intención de Milos es mostrar cómo la juventud serbia -especialmente las muchachas- se la pasan nomás de degenere en degenere, ¿para qué demontres se pierde tiempo con la subtrama de la enfermedad terminal del papá? Nada más que para entregarnos la peor mezcla posible: explotación morbosa con una (dizque) denuncia valerosa -y melodramática- de la decadencia juvenil. 
En cuanto al aspecto formal de Clip, las imágenes objetivas tomadas por la cámara de Vladimir Simic son continuamente interrumpidas por las imágenes subjetivas tomadas por los distintos teléfonos celulares de Jasna y sus amigos, como tratando de capturar la vida tal como la viven y la ven estos destrampados muchachos serbios. Gran aportación estilística. Ajá.
Es mucho mejor, de lejos, de sima a cima, otra cinta en competencia: Tomboy (Francia, 2011), segundo largometraje de Céline Sciamma (opera prima Naissances de Pieuvres/2007, no vista por mí). Como no se puede escribir de la película sin revelar un secreto que, de todas formas, se descubre cuando ha avanzado los primeros quince minutos del filme, invitaría al lector a no seguir leyendo por si tiene pensado verla -aunque, la verdad, el susodicho secreto lo revelan todas las sinopsis que he leído de la cinta, incluyendo la que está en la IMDB.  
Pero volvamos a Tomboy. La protagonista, al igual que en Clip, es un adolescente. O, más bien, preadolescente, pues Laure (prodigiosa Zoé Héran) tiene, en realidad, 10 años de edad y aún no empieza a desarrollarse. La niña llega con su hermanita menor de 6 años Jeanne (Malon Levanna), su mamá embarazada (Sophie Cattani) y su agradable papá (Mathieu Demy) a un nuevo barrio, en algún suburbio de París en donde hay, a tiro de piedra, un acogedor bosquecillo. No sabemos gran cosa de los papás pero no hace falta: la cinta está hecha privilegiando el punto de vista de la infancia. Y, más específicamente, de Laure.
El "secreto" mencionado lo descubre uno, como espectador, a los 15 minutos de haber iniciado el filme. En ese momento, no sabemos los nombres de las dos niñas y, de hecho, pensamos que la mayor es, en realidad, un niño. Como ya anoté antes, la niña mayor no se ha desarrollado, tiene el pelo muy corto y viste como niño, así que cuando vemos las rutinas diarias de esa familia nuclear recién llegada al barrio, pensamos que está formada por papá, mamá, hermano mayor y hermanita menor. Sin embargo, cuando "niño" y niña salen de la tina de baño, vemos que se tratan, en realidad, de dos niñas. El asunto es que antes ya vimos que el "niño" se ha hecho llamar Michaël y que empieza a jugar con sus recién conocidos vecinos de su edad como lo haría cualquier niño.
Sciamma nos muestra con una gran sutileza y un mayor respeto por su personaje central el estado de confusión y definición personal en el que se encuentra Laure/Michaël. Al haberse identificado como niño cuando le pregunta su nombre su bonita vecinita Lisa (Jeanne Disson) -que tiene su misma edad pero está mucho más desarrollada-, Laure tiene que ser consecuente con su personalidad elegida y jugar futbol como niño, escupir como niño, defender a su hermanita como lo haría cualquier niño, agarrarse a catorrazos como cualquier niño y, bueno, besar a la niña bonita del barrio en la boca, tal como también lo haría cualquier niño. 
Tomboy es una delicada y no pocas veces conmovedora crónica de la definición de una personalidad que se está formando. Por eso, al final, después de que ha pasado todo lo que ha pasado, hay que salir a la calle de nuevo, a decir su verdadero nombre, a presentarse otra vez, sin miedo. Porque no se puede vivir escondida para siempre. Y más vale que Laure lo entienda de una vez. 

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