martes, 6 de noviembre de 2012

Morelia 2012/III



La primera cinta del día fue No Quiero Dormir Sola (México, 2012), opera prima de Natalia Beristáin Egurrola quien, por sus dos apellidos, se dará usted cuenta que forma parte de dos familias centrales en el cine y, especialmente, el teatro mexicano del siglo pasado y lo que va de este.
Basado vagamente en la relación que la propia cineasta tenía con su abuela, la actriz recientemente fallecida Dolores Beristáin (1926-2010), he aquí a la solitaria treintona y con perpetua jeta de hastío Amanda (Mariana Gajá) que, ante las constantes ausencias de su distante papá actor (Arturo Beristáin, padre de la cineasta), se tiene que hacer cargo de su ingobernable abuela alcohólica de 83 años Lola (Adriana Roel), que hace años fue una importante actriz, pero que ahora, sea por la edad, sea por el exceso de alcohol, sea por las dos cosas, empieza a tener lagunas mentales y ya no puede valerse por si misma.
La debutante Beristáin ha contado con la cámara de Dariela Ludlow, quien sabe muy bien cómo filmar ancianos con respeto -recuérdese su documental Un Día Menos (2009), sobre sus propios abuelos-, por lo que no hay aquí explotación morbosa de nada, ni sordidez de ningún tipo. La cinta cobra altura a partir de una escena clave en la que la Amanda de Gajá (de 36 años que no se le notan) ve su cuerpo desnudo aún atractivo, mientras la Lola de Roel (de 78 primaveras), también desnuda, le dice que la vida -el tiempo, pues- no perdona. A partir de este momento, el filme se sostiene firme en la interacción/complicidad entre estas dos actrices, quienes encarnan personajes cuya confianza y amor va creciendo en la medida que avanza el la película. El desenlace es previsible y aunque escuché que algunos de mis colegas lo objetaban, creo que es el justo y más con el guiño hacia la comunión entre estas dos almas, la de la abuela y la de  la nieta, cuando Lola empieza a recitar el último diálogo de Sonia en el Tío Vania de Chejov. "¿Qué se puede hacer? ¡Hay que vivir!". Sí, hay que vivir hasta el final. Hasta la última gota de eso que llamamos vida. 
Si No Quiero Dormir Sola resultó ser una apreciable sorpresa, la siguiente película que vi, Cosmopólis (Cosmopolis, Francia-Canadá-Italia-Portugal, 2012), la más reciente del clásico viviente David Cronenberg, resultó ser una decepción. Como el filme se exhibirá en la 54 Muestra y posteriormente merecerá la corrida comercial de rigor, dejaré el análisis de la película para otro momento, aunque no puedo dejar de admitir que Cronenberg logra algunos momentos brillantes -entre ellos la última escena, la de final- y que Robert Pattinson no se ve nada mal como el decadente multimillonario Eric Packer que, por cortarse el cabello, atraviesa Manhattan, en su enorme limusina blindada el mismo día que el Presidente de Estados Unidos visita Nueva York, el yuan se está derrumbando y hay revueltas y protestas en toda la ciudad. Cosmopólis es un fracaso interesante -como casi todos los fracasos de los grandes autores fílmicos- pero fracaso al final de cuentas.
La Caza (Jagten, Dinamarca, 2012), el más reciente largometraje de Thomas Vinterberg, ha sido otro de los muchos puntos fuertes de la sección de estrenos internacionales. La película está programada para exhibirse en la próxima 54 Muestra, así que aquí o en Reforma escribiré in extenso sobre ella. En todo caso, adelanto que el filme bien merece el adjetivo de hitchockiano, por uno de los temas recurrentes del maestro inglés -el falso culpable- y por uno de sus filmes más subestimados pero más personales: El Hombre Equivocado (1956). En La Caza, un berrinche de una niñita despechada desata el infierno alrededor del amable profesor de pre-escolar Lucas (Mads Mikkelsen), quien es acusado de haber abusado de una de sus alumnas. Un filme que alarga y sostiene la tensión hasta su desazonante final muy hitchcockiano.

5 comentarios:

Felipe dijo...

"Cosmópolis" me pareció una película extraordinaria en términos de cómo le da imágenes prácticamente indelebles a un texto que no intenta sugerirlas. En ese sentido, Cosmópolis es como el otro extremo del espectro afectivo que empieza con "La pasión de Juana de Arco" de Dreyer, que se basa en los registros del juicio y que son más que nada una transcripción de lo que dijeron los involucrados. La novela de Don DeLillo está compuesta más que nada de diálogos, pero como expresan una total deshumanización, los primeros planos de la mayoría de los personajes tienden a la impenetrabilidad y la opacidad, no la emoción transparente del elenco de Dreyer. Así, en un fin del espectro, tenemos la batalla entre la espiritualidad y su extrema manifestación en el cuerpo en Dreyer, y en el otro, tenemos la coraza hueca que queda en el infierno de Cronenberg y DeLillo, en la que el cuerpo no tiene ningún fervor que expresar. Ochenta y cuatro años separan estas películas.

Carl Zand dijo...

De plano, ¿esta es la primera pieza fallida de Cronenberg? Ni hablar. Salud...

Agustín T. Galván dijo...

Cero y van dos resbalones de mr. Cronenberg. Uno más "evidente" que el otro, pero, sí, resbalones a fin de cuentas.

Joel Meza dijo...

Me recordaron el chiste de Catón sobre el tipo que va a ver el espectáculo del hombre que puede con 100 mujeres pero, oh decepción, después de la 99, el tipo cae fulminado en el escenario sin tocar a la buenísima número 100. El molesto espectador le escupe "Para eso me gustabas, maricón..."

Diezmartinez dijo...

Felipe: Muchas gracias por el comentario. Acaso la novela Cosmópolis era intraducible al cine. Acaso.

Carl: Creo que es lo peor que he visto de él. Creo que sí.

Joel: Sí, cierto. De seguro en la siguiente Mr. Cronenber completa el ciento.