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miércoles, 29 de febrero de 2012

El cliché que yo ya vi/C




Esta sección llega a la entrada número cien. La inicié el 7 de octubre de 2007 comentando algunos clichés que Roger Ebert había recogido en un delicioso librito escrito por él con ayuda de sus lectores -"Ebert´s Little Movie Glosary"- y, después de hacerlo, sucedió más o menos lo mismo aquí en el blog. Es decir, la sección pasó de ser escrita por mí a ser escrita por los amigos y lectores de este blog. No estoy seguro, pero podría apostar que más de la mitad de las entradas han sido escritas por Joel Meza y Abraham Sánchez (los colaboradores más asiduos), además de otros generosos lectores como Christian Guisa, Alonso Ruvalcaba y muchos más. Gracias a todos.

El primer colaborador de esta sección, Joel Meza, propone para el cliché número 100:

"Salimos de water-mala...": En las películas, si los personajes se ven obligados a escapar por un río, generalmente flotando sobre una balsa improvisada, apenas empezarán a hacer gestos de molestia por la inesperada humedad, cuando se percatarán de que eso era lo de menos: la corriente del río los lleva, efectivamente, a las inevitables y proverbiales cataratas. En ese punto puede ocurrir una de dos cosas: nuestros héroes encontrarán la manera de saltar a la orilla antes del precipicio y salvarse; o bien, caerán por las cataratas en medio de alaridos de terror para... salvarse. A menos que quien cae sea el malo, que por supuesto se despedazará en las rocas o se ahogará en las turbulentas aguas.
Algunos de los sobrevivientes del cliché van desde los dibujos animados (Arthur y los Minimoys) a los animales caseros (Las Aventuras de Milo y Otis) hasta llegar al quintaesencial protagonista de los clichés de acción: Indiana Jones, que no contento con hacer los honores en El Templo de la Perdición, se da el lujo de caer por tres cataratas seguidas en El Reino de la Calavera de Cristal.

FICUNAM 2012/VII



Vi Canícula (México, 2011), segundo largometraje documental de José Álvarez en Morelia 2011. O, más bien, no lo vi porque terminé saliéndome del cine, como lo expliqué en su momento por acá. Sin embargo, me quedé con la sensación de que había cometido una injusticia: aunque no fui muy entusiasta de su primera cinta, Flores en el Desierto (2009) -vista en Guadalajara 2010-, anoté en su momento que la película estaba tan bien realizada que debería llevarse algún premio. (No se ganó nada, por cierto: supongo que la salé).
Así pues, ahora que Canícula se programó en el FICUNAM dentro de la sección "Ahora México", me di a la tarea de revisarla sin los agobios y cansancios de ver cuatro, cinco o seis cintas diarias, como suele suceder en Guadalajara o Morelia. Y constaté que, en efecto, no era para tanto. No para salirse del cine, en todo caso.
Nuevamente con las cámaras de Pedro González Rubio y Fernanda Romandía, más la dirección fotográfica de Sebastián Hoffman, Álvarez se da a la tarea de acercarse respetuosamente a una forma de vida ancestral, a sus tradiciones, costumbres, ritos... Si en Flores en el Desierto se seguía a los huicholes, en esta ocasión los protagonistas son los habitantes cercanos a El Tajín, en Veracruz: los miembros de varios talleres que trabajan el barro, la escuela en donde se entrenan los "Voladores de Papantla", los habitantes de un rancho en donde se cultiva la vainilla, los bailarines -niños y ancianos- que en una plaza sabrosamente se revientan un danzón y, por supuesto, la tierra mojada, la luna enrojecida, el agua que abraza a una mujer semidesnuda, el árbol que se mece ante la fuerza del viendo, un pequeño gato que juega con su cola... Debí haberlo visto completo la vez primera. Ya lo hice.
Una provocación: ¿un "detrás de las cámaras" puede ser mejor que la película del que depende? Si alguien quiere argumentar que esto sí es posible, puede tomar como ejemplo Aquel Cuyo Rostro No Irradie Luz (México, 2011), mediometraje de 40 minutos dirigido por Andrea Bussman y fotografiado por el ubicuo, chambeador y multipremiado (además de marido de la señora Bussman) Nicolás Pereda.
En sentido estricto, no se trata de un "detrás de las cámaras". Aunque, en efecto, la cinta fue realizada entre tomas de la opera prima de Michel Lipkes Malaventura (2011), en ningún momento se habla de la película, de lo que trata, de lo que se quiere lograr con la cinta. La cámara, manejada por Pereda, toma media docena de testimonios de los ancianos extras que participaron en esa película, monólogos que pueden resultar lo mismo tristes -el tipo que recuerda a su mujer muerta a los 21 años y a los hijos que nunca crió, la hoy viuda que se casó a los 13 con un tipo que era chofer de Pedro Infante-, graciosas -la discusión alrededor de cierta canción de José Alfredo Jiménez-, delirantes -el tipo que dice no gustarle el cine porque es "pura ficción" y que luego asegura que una guapísima alemana le compró alguna vez casa y carro- y hasta aleccionadoras -"Nadie es tu amigo, nadie", le dice un anciano a su entrevistador.
El ensayo de una escena que vemos en Malaventura -la torpe lectura de cierto poema de William Blake que le da el título a este mediometraje de Bussman- pasa de un mero ejercicio formalista de lectura -varios extras leen el mismo segmento después de que uno de ellos, en lugar de pronunciar "exceso", dice "exsexo"- a una hilarante y conmovedora escena en la que un viejo maestro de historia (y de actuación, dice él) que lee las líneas de Blake, dice que algunas están mal, que él las puede corregir si le dan tiempo y, después, ya fuera de cámara, sigue hablando de que le habían prometido mil pesos pero que nomás le dieron 500. No está mal ("Me pagaron por venir a jugar dominó", aclara) pero le habían dicho que iba a haber más lana. Pobre amigo: está en una película festivalera. Que se dé de santos que le dieron un quinientón.


Canícula se exhibe hoy en el Faro Milpa Alta a las 17 horas. Aquel Cuyo Rostro No Irradie Luz, en la sala Julio Bracho a las 19:30.

martes, 28 de febrero de 2012

FICUNAM 2012/VI



Presentada en Sundance 2012 y en la sección Forum de Berlín 2012, Bestiario (Bestiaire, Canadá-Francia, 2012), sexto largometraje -segundo de tipo documental- del canadiense Denis Côté (Curling, 2010), ha sido programado en la sección Trazos del FICUNAM.
Se trata de una demandante cinta contemplativa que en su título y en su escena incial nos ofrece la clave del tono y el objetivo. Estamos ante una colección de bestias tomadas fragmentariamente por la cámara inmóvil de Vincent Biron: un ejercicio de apropiación visual de esos animales que viven para ser observados por los visitantes del Parc Safari de Hemmingford, Québec. 
La escena inicial de este documental sin música y sin narración de ningún tipo nos da la clave: cinco estudiantes de arte se concentran viendo y dibujando un pequeño venado disecado. Lo que veremos a continuación, a través de esta cinta concebida por Côté, es algo similar: la mirada del cineasta y su cinefotógrafo dirigida a un grupo de animales en cautiverio. 
Algunos de las composiciones son ingeniosas: la cabeza de un avestruz que se asoma por la parte inferior del encuadre, las pequeñas manos de un mamífero (¿una zarigüeya?) que está sosteniendo su comida, un mono araña que no se despega de su peluche... En ocasiones, los animales (¿curiosos?, ¿acusadores?) devuelven la mirada hacia la cámara y nosotros nos convertimos en los observados. Más tarde, cuando vemos a los empleados y veterinarios atender a los animales en sus jaulas, pasamos a observar lo que hacen nuestros compañeros de especie: alimentan, bañan, curan y, de repente, también se pierden observando a esos mismos animales.
Hacia poco más de la mitad del filme, vemos otro ejercicio de apropiación: el profesional trabajo de un taxidermista que toma los cuerpos de innumerables animales -jabalís, patos, venados- para fijarlos en el tiempo y en el espacio. No está claro si eso sucede en algún lugar dentro del propio Parc Safari -supongo que sí- aunque esto es lo de menos: se trata de lo mismo. Es decir, los artistas dibujando un animal, la cámara tomando los animales de un zoológico, un taxidermista conservando sus cuerpos y, al final, vemos centenares de seres humanos que, en verano, visitan el parque, pasean sobre un elefante, le toman fotos a un león dormido, transitan en sus autos mientras unas cebras trotan junto a ellos... No lo podemos evitar: estamos destinados a apropiarnos de una u otra forma de todo eso que no nos pertenece, empezando por las imágenes que nos rodean, terminando con los cuerpos vivos y muertos de esos seres vivos que tanto nos causa gracia ver enjaluados o caminar libremente en un zoológico. Bestias ellos, como nosotros.
Otro tipo de observación ha llevado a cabo Kyzza Terrazas en su opera prima próxima a estrenarse comercialmente El Lenguaje de los Machetes (México, 2011), presentada el año pasado tanto en Venecia 2011 como en Morelia 2011. Producida en parte por Canana -es decir, Gael, Diego, Naranjo-, el guionista de Déficit (García Bernal, 2007) ha dirigido una cinta exasperante pero, creo entender, de eso se trata. Aunque también creo que a Terrazas se le pasó la mano.
Ray y Ramona (Andrés Almeida y Jessy Bulbo) son dos treintañeros militantes de izquierda. Él proviene de una familia burguesa -su mamá es Julieta Egurrola, que no podría encarnar a alguien sin dinero aunque quisiera- y ella es hija de un guerrillero desaparecido en los años 70. El compromiso por las causas populares, sin embargo, no deja de ser muy superficial: ella va y grita en alguna marcha conmemorativa del '68 y él va a Atenco con su camarita de video a tomar la represión policial sobre los celebérrimos macheteros de la época de Fox. Este par de irritantes radical-chic de Región 4 no tiene, pues, oficio ni beneficio: ella canta unas horrendas canciones -compuestas por la propia señorita Bulbo y el cineasta Terrazas-, pero él no hace ni siquiera eso y cuando se reúnen con sus amigos fuman mota, se empolvan la nariz y gritan consignas que se quieren anarquistas/destructivas.
Ramona quiere tener un hijo -para darle resistol a los tres años, dice ella, pero no se asuste: es broma- pero Ray tiene otra idea más trascendente. De eso trata la segunda parte de la cinta, en la que Ray ha decidido pasar a la posteridad haciendo algo que no puede pasar desapercibido: nadie más le va a llamar "güerito" culero o algo así. Él tiene los suficientes pantalones para hacerlo... ¿o no?
Hay que aplaudir a Terrazas la elección del tema y su retrato nada condescendiente de sus dos protagonistas, especialmente en el caso de Ray. Habría que señalar, también, los tropiezos: un juego actoral defectuoso (ni Bulbo ni Almeida están particularmente convincentes), una subtrama a la que le faltó desarrollo -la hermana de Ramona que se encuentra en el psiquiátrico- y una puesta en imágenes mareadora, pues la cámara en mano de Christian Rivera se mueve siempre, para todas partes, para todos lados, aunque a veces no tenga mucho sentido. De todas formas, una opera prima meritoria que merece ser vista y discutida.

El Lenguaje de los Machetes se exhibe hoy a las 15 horas en la sala Julio Bracho. Bestiario, en el mismo sitio, pero a las 20:45 horas.

lunes, 27 de febrero de 2012

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXX



Usted disculpará, pero entre el fin de Ambulante 2012, el inicio del FICUNAM 2012, la preparación de los bártulos para volar a Guadalajara 2012 y el fin de semana del Oscar no pude ver más que ¡De Panzazo! (México, 2012), el documental dirigido a cuatro manos por Juan Carlos Rulfo y Carlos Loret de Mola. Como lo argumenté en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado, la cinta puede funcionar más como un instrumento de concientización/movilización que como película en sí misma. Dicho de otra manera, como una cinta firmada por Juan Carlos Rulfo, uno de los más grandes documentalistas vivos del cine mexicano -¿los otros?: el veterano Nicolás Echevarría y, por supuesto, Everardo González- es una obra muy mediana. Como reportaje, sin embargo, pone algunos puntos sobre las íes. Sí, en efecto, mucha de la información presentada es ya muy conocida, pero el objetivo de "Mexicanos Primero", la asociación productora de esta cinta, es darla a conocer al gran público para provocar interés y, se vale soñar, la debida movilización para cambiar el estado lamentable en el que se encuentra la educación en México, sea pública, sea privada. Ojalá sirva de algo, más allá del típico desgarramiento de vestiduras.

FICUNAM 2012/V



En su opera prima, Malaventura (México, 2011), el egresado del CCC Michel Lipkes acomete un experimento minimalista y provocador que se sostiene tanto por sus excesos como por sus hallazgos. La trama es elemental: un anciano solitario (el no profesional Isaac López) deambula un día entero por el centro histórico de la ciudad de México. 
El hombre está muy enfermo y al final lo vemos colapsarse frente a una iglesia, arrastrándose en el suelo de algún parquecito. No sabemos cómo se llama -los créditos lo identifican sólo como "viejo"- pero sabemos que vende globos, que va a una decrépita cantina a saludar a otros igual de ancianos que él, que le da un dinero a unos barbones sospechosos dentro de un auto, que entra a ver una cinta pornográfica, que marca un número telefónico pero no se decide a hablar y que guarda para sí algunos momentos -¿ciertos?, ¿falsos?- de algún instante de fuego, muerte y tragedia. En realidad, todo esto no son más que meros indicios de una historia que Lipkes no está interesado en contar sino en ver.
Los hallazgos -porque tengo entendido que eso son: no fueron planeados- están en esos encuadres en planos generales y en tomas extendidas en los que el anciano comparte la cámara con un gato negro que se atraviesa y se coloca en el otro extremo, guardando a la perfección el equilibrio de la imagen. O ese momento en el que el viejo camina frente a un edificio a punto de derrumbarse -otra toma en plano general- mientras atrás de él vienen  caminando una fila de ciegos buñuealianos guiados por su lazarillo.
También los excesos son notables: la toma inicial de casi diez minutos, con cámara fija en un leve contrapicado (¿tatami-shot a la Ozu?), nos muestra los rituales cotidianos del viejo al levantarse con el amanecer. Así, mientras la luz del día se cuela por su ventana, vemos/escuchamos al anciano levantarse, ir al baño, vestirse. La rutina diaria, la soledad cotidiana. Supongo que la toma podría haber durado menos, pero incluso este exceso, propio del slow-cinema tan de moda, está justificado por el sentido último del filme: encontrar la belleza a fuerza de mirar. Aunque duela hacerlo.

Malaventura se exhibe hoy en el Cinematógrafo del Chopo a las 13:30 horas.

domingo, 26 de febrero de 2012

FICUNAM 2012/IV



El Sueño de Lu (México, 2011), segundo largometraje de Hari (antes Carlos) Sama, fue presentado en Morelia 2011 en donde obtuvo una "mención especial" por parte del jurado. No pude verla entonces pero ahora, programada en la sección "Ahora México" del FICUNAM, tuve el pretexto perfecto para solucionar esa omisión. 
Muy diferente en tono y resultados a su opera prima Sin Ton Ni Sonia (2003) -ganadora del Premio del Público en la lejana Guadalajara 2003-, El Sueño de Lu es una honesta, sentida y meritoria exploración por el dolor provocado por la pérdida de un hijo. Como bien lo señalan en una de las escenas que suceden en el interior de un grupo de padres que han perdido a sus retoños, es tan anti-natural esta situación -uno se acostumbra a la idea de enterrar a los padres, nunca a los hijos- que ni siquiera existe una palabra para nombrarla. Es decir, uno sabe lo que es un huérfano, pero ¿cómo llamar a quien pierde un hijo?
La Lu del título (interpretada por una sobria Úrsula Pruneda) es una concertista de guitarra que acaba de perder a su pequeño hijo de cinco años llamado Sebastián debido a un aneurisma cerebral. Dividida claramente en tres secciones -cada una de ellas de más o menos media hora- con sus respectivos intertítulos: "Momento Primero", "Momento Segundo", "Momento Tercero"-, la cinta escrita y dirigida por Sama sigue a Lu desde que sale del hospital (¿depresión?, ¿intento de suicidio?) hasta que empieza a volver a armar los pedazos de su vida, pasando por los amorosos cuidados de su madre (María del Carmen Farías), la reconciliación con su avejentado papá antes distante (Emilio Echevarría notable en los pocos minutos que aparece en pantalla), su encuentro con el padre del niño que no sabía de su paternidad (Gerardo Trejoluna), el inevitable viaje al mar que no pudo hacer con el niño y su aceptación final de que Sebastián estará siempre con ella, ahí, en su vida; ahí, en sus sueños.
La primera parte del filme es la mejor. La cámara de Emilio Villanueva capta funcionalmente el estado de desconcierto constante y dolor apenas reprimido en el que (sobre)vive Lu. Cuando aparece Malik (Trejoluna), el amigo con el que en alguna noche y en algún desliz hizo a Sebastián, la cinta se tambalea unos instantes -ese monólogo que le hacen decir a Trejoluna es demasiado literario- y parece que todo terminará mal cuando lo que sigue, en el "Momento Tercero", es el consabido cliché del viaje al mar. Sin embargo, cuando la cinta llega a la Bahía Isla Magdalena en Baja California Sur, Sama, su cinefotógrafo y todos sus actores -Pruneda pero también los auténticos habitantes de ese sitio- logran transmitir un genuino sentido de comunidad gracias al cual Lu encuentra el suficiente valor para tomar la guitarra y cantar "La Bruja", mientras la cámara se aleja, respetuosa, de ese momento clave de comunión/aceptación final. No hay que solazarse en el dolor de nadie; hay que respetarlo, sentirlo y (tratar de) entenderlo. Para luego, qué remedio, seguir viviendo. 

El Sueño de Lu se exhibe hoy a las 17:30 en la sala José Revueltas. 

sábado, 25 de febrero de 2012

FICUNAM 2012/III



Seguramente usted se acuerda. Nuestros padres hablaban "en clave" para, según ellos, ocultarnos algo. Un ejercicio un tanto cuanto inútil: uno sabía, de niño, que nos estaban escondiendo algo y tarde o temprano averiguábamos qué estaba pasando. En De Jueves a Domingo (Chile-Holanda, 2012), opera prima de Dominga Sotomayor -cinta recién ganadora al premio a la Mejor Película en Rotterdam 2012-, la niña protagonista, Lucía (Santi Ahumada), ve a sus papás (Francisco Pérez Bannen y Paola Giannini) manotear a lo lejos, discutir sin escuchar lo que están diciendo, hablar en inglés para que ella y su hermanito Manuel (Emiliano Freifeld) no los entiendan y, en cierto momento, es testigo de alguna ominosa conversación fragmentada ("Voy a rentar ese departamento", "¿A qué venimos?") que indica con dolorosa claridad que esta familia en vacaciones está en una crisis irremediable.
Papá, mamá y los dos niños viajan en un pequeño y maltratado Mazda hacia el norte de Chile, a pasar unos cuantos días -del jueves al domingo del título- de vacaciones. En la medida que la familia avanza por la carretera, nos vamos dando cuenta de las tensiones matrimoniales: algún reproche por ahí, un tono de exasperación por allá, un gesto de enfado por acá... Los niños hacen lo cualquier niño haría en esas circunstancias, encerrados en un auto: juegan, molestan, cantan, pelean, hacen un berrinche pero, por lo menos en el caso de Lucía, la mayor, también se dan cuenta de esa tensión que se respira dentro del Mazda o fuera de él, como cuando se detienen a la orilla de un río para pasar la noche con un antiguo amigo de la mamá.
La debutante Sotomayor privilegia la toma fija, sea en planos generales o el interior del auto en carretera, pero uno siente que no se trata de jugar al minimalismo cinefotográfico tan de moda. La elección de la puesta en imágenes tiene que ver con la perspectiva con la cual la cineasta quiere mostrarnos la crisis de esta familia. En este sentido, no tenemos acceso a las razones de ellos, de los adultos, sino a la mirada y la sensibilidad de la niña -aparentemente el alter ego de la propia cineasta- que ve de lejos y acaso intuye que su vida está a punto de cambiar después de que termine ese viaje. No les quedará más que los recuerdos, como esa rescatada canción de Manuel Alejandro, "Quiero Dormir Cansado", que se escucha, insidiosamente, en los créditos finales.

De Jueves a Domingo se exhibe hoy sábado a las 20 horas en la sala Julio Bracho. 

viernes, 24 de febrero de 2012

FICUNAM 2012/II



En el catálogo del FICUNAM 2012, el crítico y programador Roger Korza trae a colación la sólida opera prima de Tatiana Huezo El Lugar Más Pequeño (2011) al escribir de Territorio Perdido (Territoire Perdu, Francia-Bélgica, 2011), el más reciente documental de Pierre-Yves Vandeweerd.
La comparación no es gratuita. Como la más lograda película de Huezo, Territorio Perdido es un rompecabezas visual/auditivo/testimonial que da cuenta de los estragos causados por la guerra, la represión, la muerte. Filmada en blanco y negro y en Súper 8, con imágenes en exceso granuladas, con un audio en off que no corresponde con lo que vemos en pantalla, Venderweerd nos muestra cómo viven, sufren y recuerdan los refugiados saharauis quienes, desde que lograron su independencia de España en 1976, vieron su país partido en dos, dividido por El Hisam, una muralla de 2400 kilómetros de largo. De un lado, el territorio ocupado por las tropas marroquíes, del otro, el desierto que, como dice un anciano nómada en un momento del filme, será quien derrote al final de cuentas a los invasores.
Los testimonios se suceden pero nunca vemos hablar a nadie: la cámara, manejada por el propio cineasta, ve a la gente caminar, toma sus rostros, sus manos, las arenas del desierto. Las voces acompañan estas imágenes, que parece sombras provenientes de otra época, de otra guerra que es más o menos la misma: una hija recuerda a su padre desaparecido, alguien habla por teléfono de las torturas sufridas en manos de la inteligencia marroquí y otro más recuerda a "la gente del vacío", un eufemismo acaso demasiado poético para referirse a los muertos y desaparecidos desde que inició el conflicto.
No se trata de una cinta fácil de digerir por el rigor estilístico con el que el cineasta se acerca al tema, pero encaja a la perfeccción con el tipo de cine que defiende un festival como el FICUNAM. En este contexto, un poco más convencional resulta La Montaña de los Solteros (Guanggun, China, 2011), tercer largometraje documental del especialista Guangyi Yu.
Yu -de quien por desgracia no he visto ninguna de sus anteriores cintas- es nativo del lugar en donde se ubica la acción de su documental: una pequeña población ubicada en la provincia nororiental china de Heilongjiang. Se trata de un pueblo maderero cuyos habitantes,  debido a los cambios en las leyes ambientales, se han ido quedando sin trabajo. Las mujeres, por su lado, se han ido a vivir a las grandes ciudades -de ahí el título de la película- y los hombres que quedan han "importado" mujeres norcoreanas que, con el paso del tiempo, los han ido abandonando.
La cámara manejada por el propio cineasta sigue al amable y regordete Liangzi San, un leñador divorciado de 46 años de edad que ha vivido enamorado la última decada de la voluntariosa mujer de 29 años Meizi Wang, que tiene un pequeño hotel en el que atiende a los turistas "ecológicos" que vienen de las grandes ciudades a pasar unos días en ese remoto lugar. Liangzi es un tipo agradable, acaso algo ingenuo, que dice haber elegido vivir en celibato hasta que Meizi le dé el sí, algo que, al parecer, ella no está dispuesta a dar. Acaso porque es una mujer ambiciosa que sólo le interesa el dinero; acaso porque, como le dicen sus amigos a Liangzi, ella tiene otro tipo de razones.
Estamos, pues, ante una notable crónica de la dificil y solitaria vida de un hombre común en ese remoto sitio, pero también ante una conmovedora y frustrante historia de amor no correspondido. A Yu no le interesa juzgar a sus personajes -Meizi no es mostrada como una ingrata o una pérfida-, sino mostrarlos en lo que son: las dos caras de una China cambiante y contrastante en la que caben lo mismo la ambición de Meizi, el estoicismo de Liangzi y unos turistas alcoholizados que bailan al ritmo de "Salta y salta y salta sin parar..". Dios: hasta allá ha llegado esa tonadita.


Territorio Perdido se exhibe hoy en el Cinematógrafo del Chopo a las 13:30 horas. 

La Montaña de los Solteros se exhibe hoy en la Sala José Revueltas a las 18 horas. 

jueves, 23 de febrero de 2012

FICUNAM 2012/I



Va la pregunta retórica de la semana: ¿es posible revitalizar el llamado cine de papá, es decir, el cine de época basado en obras literarias clásicas? Ante la evidencia de Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights, GB, 2011), tercer largometraje de Andrea Arnold (inédita en México Red Road/2003, Fish Tank/2006), hay que responder que sí.
El reto no era sencillo. No sólo porque se trata de una de las novelas inglesas más importantes del siglo XIX sino porque la historia de sus adaptaciones cinematográficas está llena de grandes nombres: la clásica de William Wyler de 1939 con un magnético Laurence Olivier como Heathcliff, la dispareja versión buñueliana de 1954 con un memorable monólogo de amour-fou y un violento desenlace a escopetazo limpio, además de otra revisión -no vista por mí- filmada por Jacques Rivette en 1985. Hay, por supuesto, muchas otras adaptaciones: una de 1992 con Juliette Binoche y Ralph Fiennes -que sí vi pero de la cual he olvidado todo-, un reciente filme televisivo con el ascendente Tom Hardy como Heathcliff y hasta alguna telenovela mexicana de la cual no recuerdo su nombre.
Sin haber visto la película de Rivette, creo que la nueva versión realizada por la señora Arnold y su cinefotógrafo Robbie Ryan -quien mereció la Osella de Oro en Venecia 2011 por este trabajo- merece, por derecho propio, ser colocada al lado de las adaptaciones dirigidas por Wyler y Buñuel. Por supuesto, es imposible olvidar la cinta de Wyler, con la oscareada fotografía del gran Gregg Toland y la intensidad interpretativa de Olivier; y menos aún la tambaleante lectura de Luis Buñuel, quien logró vencer sus problemas de reparto a través de una visión febril de la pasión que consume a los amantes malditos. El éxito de Arnold radica, de hecho, en deshacerse de esta tradición, sin dejar de ser fiel al espíritu de la única novela de la poeta Emily Brontë.
La puesta en imágenes tiene poco qué ver con el académico cine-de-papá. La cámara siempre en mano, siempre en movimiento de Robbie Ryan, permanece muy cerca del cuerpo, las manos, el rostro de sus actores. En muchas ocasiones, la cercanía con las acciones y la brusquedad del movimiento hace que se pierda el foco. Los diálogos son escasos, en especial en la primera hora de la cinta: sabemos del interés que sienten mutuamente Heathcliff y Catherine (los jovencitos Solomon Glave y Shannon Beer respectivamente) por sus miradas, por sus juegos, por esa lucha en el barro que termina entre sonrisas y jadeos. 
La puesta en imágenes de Arnold carece de música de cualquier especie -sólo en la secuencia de créditos finales se escucha la canción "The Enemy", del grupo de folk-rock Mumford and Sons-, pero el sonido del viento es un personaje central de la cinta. Buscando capturar la esencia profundamente romántica de la novela, ambientada en los páramos del norte de Inglaterra, el viento no deja de ulular, la lluvia no deja de caer, la tierra  lodosa se pega a la piel de los personajes y todos ellos se ven obligados a sobrevivir en esas condiciones dificiles en las que la muerte llega en cualquier momento, acompañada del arribo de una nueva vida. En este contexto, no son extrañas las continuas digresiones casi buñuelianas en las que vemos insectos caminar entre la hierba o volar de un lugar a otro. La naturaleza sirve, al final de cuentas, como una extensión de los propios personajes y sus pasiones. 
La adaptación firmada por la propia cineasta en colaboración con Olivia Hetreed permanece fiel, en líneas generales, a la novela de Brontë, con un cambio clave y significativo: el Heathcliff imaginado por Arnold es un joven afrocaribeño que, aparentemente, nació esclavo. El dueño de Wuthering Heights, la remota granjita decandente donde ocurre casi toda la acción, lleva a Heathcliff a vivir con él y con sus hijos, la imprevisible Catherine y el violento y racista Hindley (Lee Shaw cual proto-skinhead), quien trata de "nigger" a su hermano adoptivo. Heathcliff, por su parte, indomable y montaraz, contesta a estos insultos con un "fuck-off, you cunts!", línea que bien pudo haber pronunciado la irreprimible protagonista juvenil de Fish Tank. Sin embargo, más allá de la rudeza (¿anacrónica?) del lenguaje, lo que llama la atención es la elección de convertir a Heathcliff en negro. Arnold ha dicho que la idea surgió leyendo con cuidado la novela: que en Cumbres Borrascosas, el libro, Brontë describe a Heathcliff como "un gitano de piel oscura", de tal manera que, además de la diferencia de clases que aleja a los dos enamorados, Arnold agrega un elemento adicional: la raza.
La cinta tiene sus mejores momentos cuando seguimos a Heathcliff y Catherine como adolescentes. Arnold logra transmitir el deseo carnal, el resentimiento, la exaltación, la alegría, la tristeza, de sus dos jóvenes apasionados. La segunda parte del filme, cuando Heathcliff regresa por venganza y por amor a Wuthering Heights, tiene un tono más oscuro pero ya sabemos por qué. Heathcliff y Catherine están condenados de antemano y lo saben. No tienen otra salida. No la han tenido nunca. 

Cumbres Borrascosas se exhibe hoy a las 19 horas en la sala Miguel Covarrubias.

Ambulante 2012: impresiones estrelladas



Como lo he hecho ya en Morelia 2011 y antes en Guadalajara 2011, he aquí mis impresiones estrelladas de lo que pude ver de Ambulante 2012. Las calificaciones positivas asignadas van de uno a cuatro asteriscos; las negativas, de una a dos cruces.

1. Los Cosechadores y Yo (2002), de Agnes Varda. Sección Enfoque: ****

2. Exit Through the Gift Shop (2010), de Banksy: Sección Imperdibles: *** 1/2

3. The Arbor (2010), de Clio Barnard. Sección Dedazo: ***

4. Esta No Es una Película (2011), de Jafar Panahi y Mojtaba Mirtahmasb. Sección Dictator's Cut: ***

5. Mundo Remoto, Salvaje y Azul (2005), de Werner Herzog. Sección Enfoque: ** 1/2

6. Tabloide (2010), de Errol Morris. Sección Observatorio: ** 1/2

7. Ríos de Hombres (2011), de Tim Dirdamal. Sección Pulsos: ** 1/2

8. Cuates de Australia (2011), de Everardo González. Sección Pulsos: ** 1/2

9. Silvestre Pantaleón (2010), de Roberto Olivares. Sección Pulsos: **

10. Tiroteo (2011), de Barbara Kopple.Sección Dedazo: **

11. Sobreviviendo al Progreso (2011), de Mathieu Roy y Harold Crooks. Sección Dictator's Cut: **

12. Reportero (2012), de Bernardo Ruiz.Sección Director's Cut: **

13. Bombay Beach (2011), de Alma Har'el. Sección Dedazo: **

14. ¡Vivan las Antípodas! (2011), de Victor Kossakovsky. Sección Observatorio: * 1/2

15. Florería y Edecanes (2010), de Jaiziel Hernández Máynez. Sección Pulsos: * 1/2

16. El Velador (2011), de Natalia Almada. Sección Pulsos: +

17. Acción Lenta (2011), de Ben Rivers. Sección Observatorio: +

18. La Gente vs. George Lucas (2010), de Alexander O. Philippe y Michael Ramova: Sección Dedazo: +

Ambulante 2012/XI y último



Nunca estrenada comercialmente en México, aunque exhibida en una retrospectiva documental de Werner Herzog hace un año en la Cineteca Nacional, la extravagancia titulada Mundo Remoto, Salvaje y Azul (The Wild Blue Yonder, GB-Alemania-Francia-2005) ha sido rescatada y programada en Ambulante 2012. Y qué bueno que así haya sido.
Mundo Remoto... es, en efecto, re-moto. Pero dirigiendo Werner Herzog y con Brad Dourif como protagonista y único actor de esta "fantasía de ciencia ficción" apoyada por la "sensibilidad poética" de la NASA, ¿podíamos realmente esperar otra cosa?
Herzog retoma la estrategia de montaje documental del británico Adam Curtis. Si exceptuamos los maravillosos monólogos locochones de Brad Dourif, toda la cinta está formada por imágenes de archivo o filmadas por alguien más -pietaje tomado en el transbordador espacial STS 34 por los propios astronautas, imágenes submarinas bajo el hielo captadas por el explorador Henry Kaiser-, además de los excéntricos testimonios de matemáticos y astronautas que hablan de fórmulas y teorías initelegibles. 
La trama de este falso documental realizado con imágenes verdaderas está centrada en el testimonio de un alien que llegó de Andrómeda (Dourif, but of course) que, a través de diez episodios bien delimitados por sendos intertítulos, nos cuenta cómo llegó a la Tierra, qué pasó con su planeta (el "mundo remoto, salvaje y azul" del título en español), las distintas interacciones que han tenido los extraterrestres con nosotros -habla de Roswell, por supuesto- y muestra su indignación por el hecho de que el ser humano haya viajado a su lejano planeta y que no haya aprendido la lección. Así como aquel lejano lugar azul quedó despoblado y destruido, ese es el camino que ha seguido (o seguirá o siguió) la Tierra, tan manoseada por esa plaga llamada ser humano.
"Los aliens somos patéticos", dice en algún momento de su perorata el extraterrestre encarnado por Brad Dourif. Pero muy divertidos, agregaría yo. Por lo menos cuando son interpretados por un desatado Dourif que resulta hilarante cuando se suelta divagando loqueras -por ejemplo, sobre el primer pecado cometido por el hombre: la domesticación del puerco- o cuando detalla al derrota que tuvo su propia civilización, que quería construir la comunidad ideal -un gigantesco "mall", nada menos-, lo que terminó en un rotundo fracaso: "todavía nos queda mercancía sin vender", confiesa el desafortunado alien compungido.
La cinta dista de ser la más lograda de Herzog: a pesar de su corta duración de 81 minutos, se extiende en demasía en las tomas tanto del espacio como de las profundidades del mar -estas últimas pasan como la filmación de la llegada y exploración del "mundo remoto salvaje y azul" - pero no nos alcanza a exasperar -o por lo menos, no mucho- porque el cineasta sabe terminar cuando es necesario hacerlo: cuando esta extravagancia de "ciencia ficción y fantasía" se está quedando sin gas.

Mundo Remoto Salvaje y Azul se exhibe hoy jueves en el Teatro Carlos Lazo a las 12 horas. 

miércoles, 22 de febrero de 2012

El cliché que yo ya vi/XCIX



El lector frecuente y buen amigo Christian Guisa (aka Tyler) propone: 

 
La Maldición de la Estación de Trenes: En realidad este cliché puede aplicar para casi cualquier estación de transporte, como podría ser un aeropuerto o una estación de camiones y va más o menos así:
Casi siempre que usted esté viendo una película donde un par de personajes queden de verse o de alguna manera tengan que hacer algo crítico en una estación de trenes, esto no sucederá. Ya sea que se queden de ver porque son dos amantes y tienen que huir o sea el caso de dos tipos que tienen que hacer un negocio súper importante y decidieron llevarlo a cabo ahí, el chiste es que si esto va ocurrir en una estación, apuéstele al de al lado a que esto no se concretará y seguro se ganará un dinerito.
El ejemplo más claro lo podemos ver en esa última gran película de Brian De Palma ¿y de Pacino también? llamada 'Carlito's Way' (De Palma, 1993), donde los dos amantes se quedan de ver justo en la mítica Grand Central Station de Nueva York y al final, nos quedamos con las ganas. Lo mismo ocurre en esa maravilla de Fatih Akin conocida como 'Contra la Pared' (Akin, 2004), donde luego de sufrir junto con los personajes veinte mil vicisitudes, estos se quedan de ver en una estación de camiones y en una toma verdaderamente notable, sólo vemos como se aleja el camión y una vez más, nos quedamos con las ganas. Asimismo, en 'Antes del Amanecer' (Linklater, 1995), cuando luego de horas y horas de platicar, vemos como Ethan Hawke y Julie Delpy llegan a la estación de trenes, y aunque las reglas están muy claras desde el inicio de la película, uno por un breve instante desea que se queden juntos, pero pues no, el cliché nos vuelve a dejar con las ganas.
También vemos esta situación en aquella película de David Lean llamada 'Brief Encounter' (Lean,1945), donde todos quisiéramos que Celia Johnson y Trevor Howard se quedaran juntos, pero ¿qué cree usted? El encuentro final es en una estación de tren. ¡Maldita estación de tren!
Para ya no hacerle el cuento largo, sólo le menciono que esto también lo podemos ver en cintas tan disímiles como 'Pearl Harbor' (Bay, 2001), 'Realmente Amor' (Curtis, 2003), 'La Boda de Mi Mejor Amigo' (Hogan, 1997), y en esa joyita conocida como 'El Secreto de sus Ojos' (Campanella, 2009). En esta última, los personajes, no son amantes y no se quedaron de ver ahí para huir. De hecho, van de común acuerdo a despedirse, pero el cliché aplica porque uno como espectador quisiera que se quedaran juntos, pero no, está el maldito tren ahí. ¡Es imposible!

martes, 21 de febrero de 2012

Ambulante 2012/X



Ríos de Hombres (México-Bolivia, 2011), segundo largometraje documental de Tim Dirdamal (multipremiada opera prima también documental De Nadie/2005 que, mea culpa, no he visto), inicia con una sincera/desvergonzada confesión de parte. El cineasta regiomontano ha llegado a Cochabamba, Bolivia, porque -él mismo lo confiesa en voz en off- le dijeron que acá hubo una guerra en la que ganó el pueblo bueno y él quiere formar parte de ese triunfo. Quiere apropiárselo, pues.
La historia es más o menos conocida: en el año 2000, bajo los auspicios del gobierno de Hugo Banzer, se privatizó el suministro de agua en Cochabamba, una de las ciudades más grandes de Bolivia. Luego que la empresa Aguas del Tunari subiera las cuotas del agua desproporcionalmente y que, incluso, pretendieran cobrar una cuota por el agua recolectada de la lluvia, se desataron iracundas propuestas callejeras que terminaron con la muerte de un jovencito de 17 años. Después de que la crisis política y social se hizo inmanejable, el gobierno de Banzer se echó para atrás y el pueblo bueno ganó la batalla, faltaba más.
Dirdamal, emocionado, empieza contando la historia a través de los testimonios de la madre del muchachito sacrificado, del general ya retirado que dirigió a las fuerzas del orden en ese momento, de especialistas del problema del agua, de activistas que participaron en las protestas y hasta del escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano que, por supuesto, subraya el sinsentido absurdo y neoliberal de que una compañía privatizara el agua de la lluvia. Apenas se puede creer. En ese momento, uno está listo para dejarse crecer la barba, tomar el morral que hace 20 años se dejó arrumbado en alguna esquina y salir a protestar contra el neoliberalismo, la privatización, los ricos, el mal gobierno y, entrados en gastos, en contra de la mucha calor (o el mucho frío) que está arreciando.
Pero he aquí que, hacia la mitad del documental, la propia voz de Dirdama muestra cierto desencanto. "Quería creer en esta lucha", nos dice. Pero a estas alturas ya sabe que el problema es más complejo y que hay más de un mito por derrumbar y uno que otro gato encerrado que dejar salir. A través de más o menos las mismas cabezas parlantes, nos enteramos que eso del supuesto pago por el agua de lluvia nunca fue cierto, que el aumento de los precios del agua -hasta un 300%- fue para las clases acomodadas, que los niños de la calle que sirvieron como carne de cañón en las protestas siguen olvidados por la sociedad de Cochabamba y que muchos de los que salieron a protestar lo hacían obligados, pues sus líderes políticos les podían negar el agua para regar sus parcelas. 
Es decir, el asunto se vuelve más complicado porque, en efecto, el gobierno sí privatizó el agua y la malévola compañía transnacional sí subió demasiado el precio -aunque a las empresas y clases privilegiadas-, pero también es cierto que "la guerra del agua" se convirtió en un botín nacionalista de donde emergieron líderes sociales y políticos que, por otra parte, no han contribuido en gran medida para resolver el problema del agua. Más de una década después de esa (dizque) heroica guerra, Dirdamal subraya que las cosas siguen más o menos donde mismo: los pobres no tienen agua o la que tiene es poca, el conciente general Gil ya retirado se duele de no haber manejado mejor la situación -aunque todos los testimonios apuntan a que el militar salvó a Cochabamba de un baño de sangre- y un joven de 17 años, muerto en las protestas, es recordado por su devota madre y una lápida da cuenta de su valentía al caer valientemente en esa guerra. 
¿"El agua es nuestra"? Dirdamal se pregunta sobre el sentido de ese grito de guerra. Por lo pronto, tendrá que ir a buscar a otro lado si quiere encontrar un sitio en el que pueda formar parte de un triunfo. Aquí, en Cochabamba, no se puede. 

Ríos de Hombres se exhibe hoy martes en el Teatro Carlos Lazio a las 16 horas.

El Artista




Es fácil saber qué cinta ganará la mayor cantidad de estatuillas doradas el próximo domingo, en el Oscar 2012 y por qué sucederá eso. El Artista (The Artist, Francia-Bélgica, 2011), cuarto largometraje del cineasta galo Michel Hazanavicius (par de divertidos pastiches del agente OSS 117 -2006 y 2009- inéditos en México) es, en primera instancia, una cinta para cinéfilos  que homenajea el cine como medio y como fin en sí mismo. En segunda instancia, está impecablemente realizada en cada departamento técnico y/o artístico. Y, finalmente, hace reír y sufrir de manera equilibrada, antes de llegar a un happy-end que, por cierto y para mi gusto, se quedó muy corto.
¿La mejor cinta del año? Por supuesto que no –ni siquiera es la mejor entre las restantes ocho nominadas al Oscar 2012-, pero de eso no estamos hablando. Lo que digo es que El Artista tiene los suficientes argumentos para ganar la estatuilla dorada –sin contar la sombra del todopoderoso Harvey Weinstein- y eso sucederá el próximo domingo. Y, por cierto, eso a mí no me molesta en lo absoluto. Han ganado el Oscar cosas mucho peores.
La trama no es más que un agradable repaso/fusión de Cantando Bajo la Lluvia (Donen y Kelly, 1952) y las dos primeras versiones de Nace una Estrella (Wellman/1937, Cukor/1954). Estamos en Hollywood, en 1927. El cine sonoro está a punto de arribar y la superestrella silente George Valentin (Jean Dujardin, con el rostro de Douglas Fairbanks y la apostura viril de Gene Kelly interpretando una versión del auténtico John Gilbert) se niega a hablar, por lo que en poco tiempo pierde todo: mujer, fama, dinero y autoestima. Sólo le quedan su fiel chofer Clifton (James Cromwell), su aún más fiel Jack Russell “Uggy” y la secreta devoción de la joven actriz en ascenso Peppy Miller (encantadora y expresiva Bérénice Bejo, esposa del director Hazanavicius), quien entró al cine gracias a una ayudadita del ególatra Valentin. Así, mientras el actor olvidado cae en el agujero del alcoholismo, Peppy, la nueva estrella que sí puede y quiere hablar, se eleva por los cielos.
Desde los créditos iniciales, hechos al estilo del Hollywood de los años 20/30/40, Hazanavicius deja claro cuál es juego. Si el espectador no quiere o no le interesa jugarlo, está en su derecho, pero el director de las dos películas del OSS 117 no está engañando a nadie: he aquí un pastiche que no tiene empacho (¿ni desvergüenza?) de serlo. Así, además del discutido y discutible robo en despoblado de cierto pasaje musical escrito por Bernard Herrmann para De entre los Muertos (Hitchcock, 1958), he aquí las anacrónicas transiciones usando el iris, el uso del formato 1.37:1 llamado también académico, la aparición tipo Zelig (Allen, 1983) del George Valentin de Dujardin en una película protagonizada por el auténtico Douglas Fairbanks (nada menos que La Marca del Zorro/Niblo/1920), las bien realizadas secuencias en las que vemos pasar el tiempo a través de fragmentos de películas o noticias periodísticas y, por supuesto, el hecho (¿no lo había anotado ya?) de que estamos ante una cinta muda, aunque no silente, pues hay una pertinente banda sonora musical de Ludovic Burce y uno que otro efecto sonoro que escuchamos en algún momento clave del filme.
Habría que anotar, sin embargo, que Hazanavicius no sólo es capaz del mero plagio juguetón. Hay un uso inteligente de la cámara a lo largo de toda la cinta –incluso hay una toma notable en la que Valentin, alcoholizado, baña su propia imagen reflejada en el crista de una mesa- y una escena que, como bien ha escrito David Thomson, podría haber sido escrita por el mismísimo Ernst Lubitsch: el momento en el que, a través de una filmación que se repite una y otra vez, vemos cómo Valentin empieza a enamorarse de Peppy. Todo funciona a la perfección: la actuación de Dujardin como Valentin que, a su vez, está actuando en una película; la encantadora presencia de Madame Bejo; y la sencilla pero eficaz puesta en imágenes de Hazanavicius. ¿Hazanavicius-touch?: nah, no es para tanto. Pero sí lo suficiente para ganar el Oscar.

lunes, 20 de febrero de 2012

El cliché que yo ya vi/XCVIII



Es un honor tenerlo de invitado en el blog. Alonso Ruvalcaba, crítico de cine, de teleseries, de comida y de Medianoche en París, propone el cliché:

¿Buscabas esto?: Digamos que el bueno o buena de la película tiene, precavido, un arma escondida. Digamos que se distrae en su interacción con el malo –de preferencia porque su interacción ha implicado quitarse la ropa o al menos enseñar un poco de escote– y baja la guardia. Cuando el bueno vuelve a subir la guardia, sea por una mala palabra, por desconfianza o porque le han herido el corazoncito, y estira la mano o corre en busca de su arma, el malo –siempre un paso adelante– ya se ha hecho de ésta o de las municiones. El malo entonces hará la pregunta inevitable, sosteniendo el arma: “Looking for this?” –subtítulo: “¿Buscabas esto?” (Puede funcionar con los papeles invertidos.) Visto, por ejemplo, en Duro de matar –el arquetipo de decenas de clichés de acción actuales–, en Lost –lo dice Linus en Dead is dead–, en El cuervo: salvación –ahí le toca decirlo al propio Cuervo–, en Casino Royale –el gran Bond sostiene el cartucho en la mano, igual que McClane… En “Modern Warfare”, uno de los mejores episodios de Community, está la parodia de la parodia (“No paintballs, Hans?” pregunta Jeff). Recientemente, en el extraordinario episodio “The weekend” de Homeland, la sensata actuación de Damian Lewis como el sargento Brody, que puede o no ser terrorista, demostró que, colocado en un momento perfecto, incluso un clichezote de este tamaño puede sentirse vivito y coleando. Ahí, sorprendentemente, el lugar común es pura tensión.

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXIX



Historias Cruzadas (The Help, EU-India-Emiratos Árabes Unidos, 2011), de Tate Taylor. Ya tengo mi placer culpable del año. Se trata de un melodrama femenino y racial que no es más que una telenovela bien realizada y mejor interpretada con brío, dedicación y humor por un impecable cuerpo de actrices. Viola Davis y Octavia Spencer ganarán sus respectivos Oscar encarnando a un par de clichés parlantes, pero quien se ganó mi admiración es Jessica Chastain en una bien modulada interpretación cómico-melodrámatica. Me siento sucio al escribir esto, pero ni modo: disfruté más la telenovelera Historias Cruzadas que la muy mediana Los Descendientes (Payne, 2011). Por lo menos la cinta dirigida por Taylor abraza sin verguenza alguna su condición sentimental. 

El Artista (The Artist, Francia-Bélgica, 2011), de Michel Hazanavicius. Como mañana mismo publico aquí mi crítica, no tiene sentido abundar mucho. En todo caso, adelanto: no, no la odié; no es la mejor película del año -ni siquiera la mejor entre las nominadas, creo yo-; y no me molestará que gane todo lo que tenga que ganar el próximo domingo, incluyendo el Oscar a Mejor Película. 

Contrabando (Contraband, EU-GB-Francia, 2012), de Baltasar Kormákur. Palomero remake inflado -más duración, más personajes, más subtramas, más prespuesto- del mejor thriller islandés Reykjavík Rotterdam (Jónasson, 2008) en el que el director de este refrito, el cineasta/guionista/actor Kormákur, fungió como productor y protagonista. Este remake se deja ver sin mayor problema y Mark Wahlberg se luce en el papel del rudo defensor de su familia amenazada por el excéntrico Giovanni Ribisi. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. 

domingo, 19 de febrero de 2012

Ambulante 2012/IX



En Tiroteo (Gun Fight, EU, 2011), el documental televisivo que Barbara Kopple dirigió para HBO, la doblemente ganadora del Oscar a Mejor Documental por Harlan County USA (1976) y American Dream (1990) explora un tema profundamente enraizado en el ethos estadounidense, en la visión que los americanos tienen de sí mismos y en la propia historia de cómo nació su país y su Constitución, que les da el derecho -a través de la célebre y sacrosanta segunda enmienda- de portar armas para su protección.
Kopple inicia este documental con imágenes de archivo -de noticieros televisivos y de imágenes capturadas por un teléfono celular- de la matanza de estudiantes que ocurrió un 16 de abril de 2007 en Virginia Tech, cuando un tal Seung-hui Cho entró a esa escuela de Blackburg, Virginia, para matar a 33 compañeros de clases. Esa masacre -ocurrida ocho años después de Columbine- es el punto de partida que toma Kopple para explorar la cultura de las armas en Estados Unidos, las razones de su fortaleza y el poder que tiene la famosa Organización Nacional del Rifle -NRA por sus siglas en inglés- que ha extendido cada vez más su tentáculos político-económicos en el Congreso, en la Casa Blanca, en los medios de comunicación. 
Kopple, obviamente, está a favor de un mayor control en la venta de armas, pero no comete el error de caricaturizar a los contrarios ni intenta simplificar el tema -no es Michael Mooere, pues-, por lo que la cineasta no sólo les otorga voz y presencia a los más recalcintrantes defensores del armamentismo, sino que uno de los tres personajes centrales de la cinta resulta ser Richard Feldman, un muy articulado exDirector del NRA que, distanciado de la organización, desnuda los intereses económicos del NRA sin dejar de defender su derecho constitucional a portar una matona. 
El segundo personaje que emerge en Tiroteo es el joven Colin Goddard, uno de los sobrevivientes de la matanza recordada al inicio del filme, la de Virginia Tech. Goddard, quien aún tiene en su cuerpo fragmentos de las balas disparadas por Cho, es uno de los más apasionados defensores de la Propuesta Brady, llamada así por el secretrario James Brady, herido en el atentado en contra de Ronald Reagan. La propuesta respectiva no trata, siquiera, de prohibir la compra y el uso de armas, sino de ir llenando algunas de las lagunas de la actual legislación, como el hecho de que alguien pueda vender su colección personal de armas sin control alguno, a diferencia de lo que sucede en cualquier armería, cuyo dueño tiene la obligación legal de, por lo menos, averiguar quién es el comprador.
Finalmente, el tercer personaje de Tiroteo es alguien que tiene que lidiar, literalmente a diario, con los efectos de la cultura de las armas en Filadelfia, "la capital del asesinato", como la llaman en el filme. Se trata del Dr. Wintenmute, un médico de mediana edad que atiende a las decenas de heridos de bala que llegan a la sala de emergencias de cierto hospital de Filadelfia. Cada semana, dice el doctor, hay más jóvenes muertos a balazos que los asesinados en Virginia Tech, pero como se trata de muertos a cuenta-gotas, nadie lo nota... más que él y su muy profesional equipo, por supuesto. 
Kopple nos da los suficientes datos como para entender que el derecho a portar armas, protegido en la segunda enmienda constitucional y recientemente refrendado por la Suprema Corte de Estados Unidos, no es un tema sencillo de abordar: hay por lo menos 80 millones de estadounidenses que poseen armas y por lo menos 300 millones de ellas en el país del norte. Por supuesto que abundan orates entre estos individuos -milicianos que "protegen" la frontera de los "invasores" mexicanos, neonazis que no tienen empacho en presumir la svástica, seguidores orgullosos del KKK, Timothys McVeighs en potencia listos para actuar en contra de su propio país- pero el asunto es que no todos los 80 millones que tienen armas están locos o son neo-nazis. El panorama es mucho más complejo y por eso se necesita la sensatez y reciedumbre de alguien como Colin Goddard, que habla desde su trágica experiencia, buscando metas posibles, alcanzables. Porque las armas no se van a ir de los Estados Unidos: no de sus casas, no de sus calles, no de sus películas... ¿no de su psique?

Tiroteo se exhibe hoy domingo en Cinépolis Diana a las 22:10 horas.

sábado, 18 de febrero de 2012

Ambulante 2012/VIII



En su cuarto largometraje documental, Cuates de Australia (México, 2011), Everardo González vuelve, hasta cierto punto, a sus orígenes. Me explico: en sus dos anteriores cintas, El Cielo Abierto (2011) y Los Ladrones Viejos: las Leyendas del Artegio (2007), el documental terminaba centrándose en una figura específica. En el primer caso, esto sucedía de una manera mucho más obvia, tratándose de una biopic documental de Monseñor Arnulfo Romero; en el segundo caso, en Los Ladrones Viejos, aunque tal vez no era esa la intención, el articulado y carimático ladrón "El Carrizos" terminaba robándose -no pun intended; bueno, en realidad, sí- la película.
Esto no sucedía en la opera prima de González, La Canción del Pulque (2003). Es cierto que es fácil recordar entre los personajes de este filme al "Cantarrecio" Narciso ("canto feo pero bien macizo"), pero el documental, centrado en la cultura del pulque y sus consumidores, tenía más que ver con el ethos de estos individuos, aferrados al sabroso tlachicotón. En Cuates de Australia, González no centra su cámara en un protagonista -o, si usted quiere, no deja que nadie se convierta en protagonista-, sino en el ecosistema -biológico pero también existencial- de los habitantes de un remoto ejido de la sierra de Coahuila llamado, precisamente "Cuates de Australia" -la razón de tan exótico nombre, por cierto, no se llega a saber: ni los más ancianos del pueblo saben quién bautizó al ejido así.
Así, a través de las cámaras del propio González y de Eduardo Herrerra (responsable, dicen los créditos, de la fotografía de la vida silvestre), sin voz en off de ninguna especie, con algunos testimonios bien dosificados y con un estilo que nunca llama la atención sobre sí mismo -el lente está ahí pero la gente, al parecer, se ha acostumbrado a él-, Cuates de Australia nos muestra las vidas en sequía (¡pero nunca secas!) de este puñado de personas que toman agua sucia de un estanque sin quejarse ("Dios sabe por qué no ha mandado el agua") y que están acostumbradas a vivir en las peores condiciones posibles sin chistar. Ni ellos ni la cinta solicitan nuestra conmiseración, pero tampoco se idealizan las condiciones de miseria en la que viven: se nos muestra el embarazo de alto riesgo por falta de líquidos de una joven madre pero, por otra parte, también vemos cómo esa misma comunidad se olvida de todo en cierta carrera de caballos que termina en arrebatos y empujones.
Gónzalez nos muestra estas dificiles estampas de vida sin enfatizar lo obvio: la sequía que provoca la muerte de los animales, las aves de rapiña que se atrancan con los cádaveres abandonados, el sacrificio de las reses en primer plano, el gozoso bautizo colectivo en la escuela del lugar, el hilarante pleito de dos morritos broncudos que termina en corretiza en plano general alejado, el testimonio malhablado de un recio lugareño y, en conjunto, el éxodo hacia sitios más habitables hasta que el cielo mande la lluvia bienhechora. 
El círculo de la vida y la muerte sigue su curso, pero es claro que la naturaleza no vencerá a estos Cuates de Australia. Están ahí para sobrevivir. Lo han hecho siempre. Y lo seguirán haciendo.

Cuates de Australia se exhibe hoy sábado a las 20 horas en la Casa del Lago.

jueves, 16 de febrero de 2012

Ambulante 2012/VII



Usted debe conocer la historia. No Es una Película (In Film Nist, Irán, 2010), la más reciente (¿y la última?) cinta del maestro iraní Jafar Panahi (El Globo Blanco/1995, El Espejo/1997, El Círculo/2000, Fuera de Juego/2006), codirigida con Mojtaba Mirtahmasb, fue realizada mientras Panahi se encontraba en arresto domiciliario, esperando la sentencia de seis años a la cárcel más 20 años de prohibición de dirigir cine. 
Así, esperando la decisión del tribunal islámico, con una cámara profesional a su alcance, la camarita de un teléfono celular y la ayuda de otro compañero cineasta y documentalista -Mojtaba Mirtahmasb, precisamente-, Panahi se dio a la tarea de NO hacer una película sino, más bien, contarla. Después de todo, los jueces al servicio del Ayatola le han prohibido dirigir una película, pero no dijeron nada acerca de leer un guión ante la cámara. En el proceso -es decir, en los cuatro días que duró la grabación (que no filmación) de esta cinta- Panahi y Mirtahmasb realizaron una de las obras cinematográficas más sencillas y fascinantes de los últimos años, un discurso tan conmovedor como rabiosamente político, una reflexión sobre lo que es el cine y cómo funciona y, además, una película -y es que sí, estamos ante una película- claramente enraizada en la tradición del neo-neorrealismo auto-referencial iraní, de la cual tanto Panahi como Abbas Kiarostami son los más grandes maestros.
En los primeros minutos vemos a Panahi a través de una cámara siempre fija hablar por teléfono con su abogada que no le da muchas esperanzas de salvarse de la cárcel, recibir una llamada de su esposa que se encuentra festejando el año nuevo islámico en otro lado con sus hijos, y alimentar pacientemente a la mascota de su hija, una enorme iguana que prefiere el queso a la lechuguita. En esta primera parte de la cinta la cámara permanece fija en tomas largas de uno a cuatro minutos de duración. 
Cuando llega su colega y camarada Mirtahmasb, el ritmo del montaje cambia y la cámara toma movimiento. Panahi ahora se mueve por el departamento, se levanta y coloca una de sus películas en el DVD-Player, analiza una escena de El Espejo o de alguna otra de sus cintas y ya que tiene prohibido hacer cine pero no contarlo, decide leer frente a cámara el guión de una película que, es obvio, no tiene oportunidad de realizar y que trata de una jovencita que se matricula en la universidad pero que sus padres la encierran para hacerle perder su oportunidad de inscripción. Encarrerado, Panahi toma una cinta adhesiva y marca en el piso de su amplio departamento el sitio de la acción de su película nunca filmada: aquí está el cuarto de la muchacha, aquí está la ventana, aquí la puerta, cual ejercicio fílmico-teatral de von Trier hecho en Teherán...
Aunque se supone que No Es una Película fue realizada en un solo día, la verdad es que fue grabada en cuatro jornadas, así que para todos aquellos que desgarran las vestiduras afirmando que el documental no debe truquear la realidad -ajá: se ve que no saben ni jota de Flaherty-, ya tienen otro argumento para gritar que Panahi nos ha engañado porque no podemos saber a ciencia cierta cuánto de lo que vemos es verdad y cuánto es mentira (por ejemplo: ¿realmente fue casual el encuentro con el joven estudiante de arte que trabaja sacando la basura en el edificio en donde vive Panahi?). 
Por supuesto, la distancia entre ficción y realidad es uno de los temas centrales del cine iraní internacionalizado más conocido -el de Kiarostami y el del propio Panahi-, pero aquí esta reflexión adquiere una dimensión extra, pues el director de Fuera de Juego puede estar reconstruyendo la realidad que vemos a través de sus cámaras, pero el hecho real y comprobable es que Panahi estaba de verdad en arresto domiciliario en ese momento y que, para acabar pronto, no sólo la sentencia de 6 y 20 años (prisión y prohibición de dirigir cine) fue confirmada en octubre de 2011 sino que el propio codirector Mirtahmasb fue detenido en septiembre de 2011 y enviado a prisión por hacer esta no-película que estamos viendo. 
Ok, ok, a lo mejor Panahi está actuando frente a la cámara -pero ¿quién no lo hace cuando está frente a una?- y a acaso la iguana Igi y el escandaloso chucho que aparecen por ahí están amaestrados, pero todo esto es lo de menos. Olvídese de que está viendo un documental: se trata de un absorbente diario filosófico-visual-político-personal más cercano a la obra de Agnès Varda que al cine documental más académico. 
Realizada en 85 tomas -que van de 3 ó 4 segundos de duración hasta más de 5 minutos, como la extraordinaria toma extendida del final en la que Panahi sigue, cámara en mano, al joven estudiante/basurero-, No Es una Película es un vibrante documento sobre cómo se puede hacer cine -mejor dicho, gran cine- en las condiciones más restringidas posibles. Basta una cámara, un celular, una iguana... y mucho talento.

No Es una Película se exhibe hoy jueves a las 16 horas en el Museo Memoria y Tolerancia.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Ambulante 2012/VI



En Reportero (México-EU, 2012), primer largometraje para cine del documentalista televisivo Bernardo Ruiz, la historia que se cuenta es bien conocida, por lo menos para aquellos que hemos seguido más o menos de cerca la ejemplar historia -en más de un sentido- del Semanario Zeta. Sin embargo, por más que conozcamos la historia, no está de más que nos la repitan de vez en cuando. No vaya a ser que se olvide.
Así, a través del convencional desfile de cabezas parlantes, de los que están vivos y de los que ya se fueron (o "los fueron" a la brava), recordamos al valeroso fundador del Semanario Zeta, Jesús Blancornelas (1936-2006), ya fallecido de muerte natural después de haber sobrevivido a un atentado contra su vida ordenado, aparentemente, por el cártel de los Arellano Félix; del otro fundador, el celebérrimo provocador político Héctor "el Gato" Félix, asesinado en las calles de Tijuana en 1988 por gente cercana a Jorge Hank Rohn; y del editor Francisco Ortiz, asesinado también en 2004 frente a sus propios hijos, entre otras muchas víctimas de la violencia en contra de los periodistas mexicanos que cubren la información del narcotráfico y la política, pues como se nos informa de manera oportuna al inicio del documental, por lo menos 74 periodistas han sido asesinados en los últimos once años en México.
El hilo conductor de Reportero son las cabezas parlantes ya mencionadas, las imágenes de archivo sobre distintas coberturas realizadas en el Semanario Zeta desde su fundación en 1980 y la narración frente a cámara del periodista y fotógrafo Sergio Haro, uno de los colaboradores del Semanario desde los años ochenta, quien funge como nuestro Virgilio por el infierno de la violencia y la descomposición política y social en estos tristes tiempos del narco. No es un documental notable por su ejecución ni por su puesta en imágenes, sino por la información y los testimonios. El Semanario Zeta -un medio informativo creado por periodistas, no por empresarios, no por políticos- ha sobrevivido a pesar de todas estas tragedias. Y también, qué remedio, por estas mismas tragedias.

Reportero se exhibe hoy miércoles en el Museo Memoria y Tolerancia a las 16 horas.

martes, 14 de febrero de 2012

Ambulante 2012/V



Bombay Beach (Ídem, EU, 2011), opera prima de la directora de videoclips y comerciales de origen israelí Alma Har'el, se sostiene precariamente entre la observación de la vida cotidiana de sus personas/personajes elegidos y la desbordada estilización de ellos y su entorno. Gracias a que la duración de este documental no pasa de los 80 minutos, la cinta logra llegar a buen término al final, aunque es inevitable terminar preguntándose cuánto de interés genuino en estos individuos y cuánto de mera explotación morbosa/turística hay en la cineasta debutante, encargada también de la cámara y del montaje de este documental, ganador en el Tribeca 2011.
Estamos en Salton Sea, un agujero "white-trash" al sur californiano, suficientemente cerca de, digamos, la frontera con Calexico/Mexicali (a 60 millas) y lo suficientemente lejos de la gran metrópolis de California, a 173 millas de Los Ángeles. Har'el centra su atención en el inquieto niño bipolar Benny Parrish, educado -es un decir- entre dosis de Risperdal, Ritalín y hasta Litio; en el adolescente afroamericano CeeJay Thompson, que salió huyendo del South Central angelino cuando un primo murió ejecutado a balazos; y en el alegre anciano racista Dorran "Red" Forgy, quien sobrevive en un decrépito trailer-park revendiendo cigarrillos que compra a precios más baratos en alguna reservación india.
La intrusión en las vidas de esta personas está contrapunteada por una serie de bailes que, al inicio, parecen espontáneos pero que, en la medida que avanza la cinta, es evidente que han sido preparados y coreografiados con todo cuidado, tal como la fantasía infantil que ve cumplida Benny al final: montarse en un enorme carro de bomberos. Sin embargo, hay momentos en los que la cinta roza la franca explotación de estos individuos -los arranques alcohólicos del papá de Benny, los monólogos del anciano Forgy, el romance interracial entre el negro CeeJay y la hermana caucásica de un compañero de la escuela- sin que lleguemos a entender cuál es la razón de haber realizado esta cinta que, por lo demás, está muy bien hecha. Como ejercicio visual/musical, por lo menos -con todo y música de Bob Dylan y Beirut en la banda sonora. 

Bombay Beach se exhibe martes en Cinépolis Diana a las 19:10 horas y a las 22 horas en Cinépolis Perisur.

lunes, 13 de febrero de 2012

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXVIII



El Espía que Sabía Demasiado (Tinker Tailor Soldier Spy, GB-Francia-Alemania, 2011), de Tomas Alfredson. ¿La mejor adaptación fílmica de una novela de Le Carré? Muy probablemente. La farragosa novela original -que mereció una notable adaptación televisiva con Alec Guiness en el papel de George Smiley- está adaptada con precisión milimétrica, traicionando algunos pasajes del texto pero respetando, al final de cuentas, el desazonante espíritu del libro. Gary Oldman está formidable como Smiley -el anti007-, el reparto secundario es impresionante, la banda sonora torcidamente pertinente y la opaca narrativa visual del director Alfredson no podía estar más ad-hoc para la historia, la época y los personajes. A esta película tendrán que vencer todas las que vengan en los meses que le restan al 2012. Mi candidata personal a lo mejor del año. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

Yo, También (España, 2009), de Antonio Naharro y Álvaro Pastor. Un treintañero con síndrome de Down, Daniel (Pablo Pineda) -que, además, es un graduado de la Universidad- entra a trabajar en la oficina de atención a los discapacitados mentales de Sevilla y ahí se enamora de una mujer "con 46 cromosomas", la guapa, problemática y con un pasado dificil Laura (Lola Dueñas). Escrito así parece melodrama de domingo por la tarde en el Hallmark Channel, pero la cinta dirigida al alimón por Naharro y Pastor no cae nunca en chantajes sentimentaloides, está realizada con sobriedad y derrocha buen humor y alguna que otra regocijante vulgaridad pues, "la gente normal folla, por lo menos de vez en cuando".

Ambulante 2012/IV



En 1977, cuando se estrenó urbi et orbi La Guerra de las Galaxias -me niego a llamarla Episodio IV- yo tenía once años de edad. Así que debo estar dañado -"¡ajá!", dirá usted, "eso ya lo sabía"- porque cuando me acuerdo del cine que más me apasionó en los años 70, tiempo de mi infancia y adolescencia, no está en mi memoria la trilogía Star Wars. De hecho, las películas que me marcaron en esos años, de mediados a fines de los 70, fueron otras, saber: Tiburón (Spielberg, 1975), Carrie: Extraño Presentimiento (De Palma, 1976) Encuentro Cercanos del Tercer Tipo (Spielberg, 1977), Alien el Octavo Pasajero (1979) e, incluso, Kramer vs. Kramer (Benton, 1979). Por supuesto, no quiero decir que no vi la trilogía original: claro que la vi, me gustó y toda la cosa. Pero, vaya, no le tengo un especial cariño. Tampoco soy un detractor de ella ni nada que se le parezca. Simple y llanamente, para mí, siempre fue otra película más. 
Por supuesto, nada más lejano a lo que acabo de escribir se ve en el repetitivo documental La Gente vs. George Lucas (The People vs. George Lucas, EU-GB, 2010), en la que decenas de fans, escritores de ciencia ficción, cineastas, críticos y demás fauna, repiten una y otra vez que no, que La Guerra de las Galaxias -o Episodio IV, como le llaman ellos en el filme- no es una película más. Que Star Wars provocó cambios positivos en el mundo, que Lucas es comparable a Shakespeare u Homero (y no, no Simpson) y que, por lo mismo, por haber creado un universo tan importante, tan trascendente, tan importante para la cultura universal, Lucas no tiene derecho -lástima: ya lo hizo- a cambiar una y otra vez las versiones originales de Star Wars. Que quién se cree, que es un hojalatero, que... que... ¡que Han Solo disparó primero, carajo!
Dirigido por Alexandre O. Philippe y Michael Ramova, La Gente vs. George Lucas empieza de manera muy divertida, con una animación en la que nos muestra cómo, al inicio, Lucas fue criando/creando un grupo de fieles seguidores que, después de la trilogía original, lo convirtieron en el Rey -¿Rey?: ¡Dios!- de Hollywood. Sin embargo, como se ve en esa misma animación, bastó que Lucas volviera a las cintas originales y les hiciera los cambios que todos conocemos -que si Jabba the Hut, que si la escena del bar, que... que... ¡que Han Solo disparó primero, chingado!- para que, de repente, el mismo Lucas se convirtiera en el enemigo público número uno de sus antiguos seguidores. De hecho, después de esta animación y la secuencia de créditos, vemos un fragmento antológico en el que Jon Stewart le reclama a un George Lucas enmudecido, alguna inconsistencia de las muchas que plagan a la saga completa. Hilarante ver a Stewart elevar su chillona voz mientras Lucas medio sonríe no sabiéndo qué hacer ante el ataque de un furioso fan.
Lástima que el resto del filme no tenga tanta gracia y no sea más que un desfile interminable de cabezas parlantes que no dicen nada de interés -y a ellas sumo gente respetable como el escritor Neil Gaiman o el crítico de cine Glenn Kenny-, a no ser que Lucas fue un genio y luego un desvergonzado explotador de ese legado que no es de él sino de todos esos fans que aparecen, en pantalla, vestidos de no-sé-qué personaje, filmando parodias/homenajes de escenas claves de Star Wars y encabronándose muy en serio porque... porque... ¡Han Solo disparó primero! Se...

La Gente vs. George Lucas se exhibe hoy en Cinépolis Plaza Carso a las 19 horas.

domingo, 12 de febrero de 2012

Ambulante 2012/III



No he visto los anteriores documentales de Victor Kossakovsky pero por lo que leí en la reseña de ¡Vivan las Antípodas! (Alemania-Argentina-Holanda-Chile, 2011) escrita por Leslie Felperin para Variety (publicada en agosto 31 de 2011), la caprichosa estructura narrativa de esta última cinta se repite en otros largometrajes dirigidos por el cineasta ruso: en Sreda (1997), Kossakovsky, nacido el 19 de julio de 1961, se dio a la tarea de investigar las vidas de otras personas nacidas el mismo día que él; I Loved You (2000) está centrado en el amor que se expresan tres parejas de distintas edades en distintos países y culturas; Tishe! (2003) nos muestra la vida diaria de San Petesburgo durante un año entero y vista a través de la misma ventana.
Es decir, el cine de Kossakovsky está interesado en la vida cotidiana de la gente común (¿microhistoria contemporánea?) y, para mostrarla, echa mano siempre de algún capricho formalista -una misma ventana, una misma fecha, un mismo tema- a través del cual nos recuerda que todos los que vivimos en este planeta compartimos más o menos las mismas rutinas, los mismos problemas, las mismas esperanzas, los mismos sinsabores. En ¡Vivan las Antípodas! se repite el esquema: vemos paisajes, personas y rutinas en cuatro pares de lugares que son, como dice el título, antípodas. Es decir, Entre Ríos, Argentina, antípoda de Shanghai, China; una zona volcánica de Hawaii y el pueblo de Kubu en Botswana; una casa a las orillas del Lago Baikal en Rusia y la casucha en donde vive un anciano rodeado de gatos en la Patagonia chilena; la playa de Castle Point, Nueva Zelanda, a donde llegó a morir una enorme ballena, y un bosquecito idílico en Miraflores, España.
El hombre-orquesta Kossakovksy -cineasta, fotógrafo y editor- se da vuelo jugando con el concepto visual/auditivo de comparar la vida en esa cuarteta de poblaciones antípodas: así, vemos al anciano chileno caminar por la fría Patagonia mientras escuchamos en la banda sonora la alegre música rusa proveniente del otro lado del mundo; la cámara que ha seguido en planos alejados a los dos hermanos que se encargan de cobrar el peaje en cierto puente de Entre Ríos, en Argentina, se mueve hasta colocarse completamente de cabeza, siguiendo a una camioneta que transita por el camino de terracería y, de repente, seguimos de cabeza pero ahora en un modernísimo free-way de la cosmopolita Shanghai; el paisaje rocoso hawaiino, rugoso y negro, se confunde con la piel oscura, rugosa, plomiza, de unos enormes elefantes que caminan tranquilamente en Botswana, dejando de pasada unas montañas de mierda; la pequeña vida animal de cierto bosquecillo español contrasta con la enormidad de una ballena muerta en una playa neozelandesa; transitamos por las populosas calles de Shanghai escuchando tango, mientras el solitario par de hermanos argentinos, al otro lado del mundo, platican de todo y de nada y, cuando la cámara se aleja, se dejan escuchar acordes de música china...
El juego de contrastes/coincidencias es fotográficamente bellísimo -hay algunas imágenes que valen por sí mismas- y la música no deja de ser humorosamente pertinente -el inicio es notable, cuando una suerte de raspador de tierra se mueve al ritmo portentoso de cierta pieza musical argentina- aunque creo, como lo señala muy bien Felperin en la reseña ya mencionada de Variety, que una pareja de antípodas menos -digamos, la de España/Nueva Zelanda- habría resultado en una cinta más corta, más concreta, más disfrutable e igual de valiosa. De todas maneras, ¡Vivan las Antípodas! me dejó con la suficiente curiosidad para ir a buscar la obra anterior  de Kossakovsky. Otro pendiente -otro más- anotado.

¡Vivan las Antípodas!  se exhibe hoy en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco a las 17 horas.


sábado, 11 de febrero de 2012

Ambulante 2012/II


En su noveno largometraje -octavo documental-, Errol Morris sigue encontrando al personaje perfecto frente a su cámara. En Tabloide (Tabloide, EU, 2010) se trata de la exMiss Wyoming Joyce McKinney, quien tuvo sus quince minutos de fama mundial -bueno, más de quince minutos, de hecho- cuando, en 1977, viajó de Los Ángeles a Londres para secuestrar a su antiguo enamorado, un tal Kirk Anderson, un joven mormón que se encontraba ahí como misionero. Según todos los testimonios, Joyce y Kirk tuvieron tres días de "diversión, comida y sexo" en alguna cabañita perdida de Devon -según ella, porque él quiso; según él, porque ella lo esposó a la cama y lo violó- pero, al final de cuentas, ella será capturada, pasará tres meses en prisión y, así, gracias al Daily Express y Daily Mirror -los legendarios tabloides del título- se convertirá en el objeto de moda del morbo internacional. 
Morris no usa la voz en off narrativa -aunque sí se escucha haciendo algunas preguntas y algún comentario clave hacia el desenlace- porque, francamente, no la necesita: tanto la ahora sexagenaria Joyce McKinney, como las demás articuladas cabezas parlantes que aparecen en la cinta -uno de sus cómplices en el secuestro, un exmisionero mormón que nos ofrece el debido contexto sobre ese culto religioso, un cinicazo fotógrafo del Mirror, un educado periodista del Express, además de un científico sudcoreano que aparecerá insólitamente hacia el final- van hilando una historia tan culposamente entretenida que uno está tentado a creer que Morris lo ha inventado todo.
Por supuesto, esto no es así. Esta historia de obsesión amorosa, escándalo sexual, delirio mediático y algo más -que no diré porque creo que es mejor que usted lo descubra: hay que ver para creer- está hilvanada por la avalancha de testimonios y comentarios de la media docena de entrevistados -la "víctima" Kirk Anderson se negó a hablar-, además de recortes de artículos, fotos de la época y hasta algunas entrevistas televisivas o cintas caseras tomadas, aparentemente, por la propia McKinney, la gustosa protagonista de este filme, que gesticula, llora, ríe, se carcajea y reflexiona sobre esa "historia de amor tan especial" que cambió su vida -en realidad, se trata de dos historias de amor, pero dejemos que usted descubra la segunda. 
¿Quién es esta extrovertida mujer con un coeficiente intelectual de 168 -130 es considerado muy superior- que, cuando joven, la vemos guapa, plantosa, de gran cuerpo, despampanante? ¿Qué le vio a ese timido mormón del que se enamoró a simple vista cuando lo vio, a los 19 años, en una visita que hizo a Utah? ¿De dónde sacó que los miembros de "esa dizque religión" tenían secuestrado a su Kirk y que era su deber rescatarlo? Y, por cierto, ¿cómo obtuvo el dinero para conformar el "equipo de rescate"? ¿Y de qué vive ahora? ¿Realmente se conservó virgen para su Kirk al que, dice, morirá amándolo?
Algunas de estas preguntas se responden de una u otra manera pero la principal, ¿quién es esta mujer?, queda en el misterio. Por supuesto, uno puede afirmar que simplemente McKinney está loca de atar y ya, pero la respuesta, creo, es un poco mas compleja. Claro, McKinney sí está tumbada del burro -"barking mad", dice el periodista del Express- pero Morris nos sugiere, especialmente por el seguimiento que hace de la cobertura de los tabloides ya mencionados, que ese frenesí por la vida de la exMiss Wyoming tampoco puede ser sano. Vamos, que si McKinney está más loca que una cabra, los periodistas que la siguieron y el público que devoró la historia no pueden presumir de ser mejores. Al final, es obvio que Morris se niega a condenar explícitamente a su entrevistada porque su extravagancia merece su admiración. Y eso es lo que más le atrae a Morris: el insondable misterio que representa cada ser humano y la verdad que defiende.

Tabloide se exhibe hoy sábado en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco a las 17 horas.