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sábado, 31 de marzo de 2012

Toulouse 2012: Impresiones estrelladas



No, no fui al otro lado del charco, en Toulouse. No di el brinco hasta allá. Ora sí que brincos diera. Pero al revisar la programación del Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse 2012, me di cuenta que buena parte de la programación ya la vi en otros festivales, me lo enviaron en algún screener o lo puedo ver en los días siguientes en esa maravilla que es Festival Scope. 
Lo comentaban hace unos días en twitter: gracias a las nuevas tecnologías, los festivales de cine empiezan a evolucionar. Dudo que los festivales desaparezcan -siguen siendo la oportunidad perfecta para hacer negocios, socializar, presentar proyectos, etcétera- pero irán migrando, de manera inevitable, hacia nuevas formas de difusión de los materiales que ahí se presentan. 
Como ha sido costumbre, las calificaciones positivas van de uno a cuatro asteriscos; las negativas, de una a dos cruces, y como sigue:

Los Herederos (México, 2008), de Eugenio Polgovsky. Panorama (Re)Voir: *** 

Miss Bala (México, 2011), de Gerardo Naranjo. Panorama Ficción: ***

Whisky (Uruguay, 2004), de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. Función Especial: ***

El Lugar Más Pequeño (México, 2011), de Leticia Huezo. Función Especial: ** 1/2

El Premio (México, 2010), de Paula Markovitch. Panorama Ficción: ** 1/2

Las Acacias (Argentina-España, 2011), de Pablo Giorgelli. Panorama (Re)Voir: ** 1/2

La Demora (México-Uruguay, 2012), de Rodrigo Plá. Película inaugural: ** 1/2

La Rabia (Argentina-Holanda, 2008), de Albertina Carri. Reencuentro con Albertina Carri: ** 1/2

Gigante (Uruguay-Argentina-Alemania-España-Holanda, 2009), de Adrián Biniez. Comedia a la uruguaya: ** 1/2

¿Qué Sueñan las Cabras? (México, 2011), de Jorge Prior. Panorama Documental: ** 1/2 

Un Mundo Secreto (México, 2012), de Gabriel Mariño. Largometraje de Ficción: ** 1/2

Historias que Sólo Existen Cuando las Recuerdas (Historias que so existem quando lembradas, Brasil-Argentina-Francia, 2011), de Júlia Murat: Largometraje de ficción: ** 1/2

Trazando Aleida (México, 2008), de Christian Burkhard. Panorama Documental y Asociaciones: **

Violeta Se Fue a los Cielos (Chile-Argentina-Brasil, 2011), de Andrés Wood. Largometraje de Ficción: **

Bonsai (Chile-Argentina-Brasil, 2011), de Cristián Jiménez. Panorama (Re)Voir: **

Río de Oro (México, 2010), de Pablo Aldrete. Largometraje de Ficción: **
 
De Jueves a Domingo (Chile-Holanda, 2012), de Dominga Sotomayor. Largometraje de Ficción: **

Corazón del Tiempo (México, 2008), de Alberto Cortés. Panorama Documental y Asociaciones: **

Entre la Noche y el Día (México, 2011), de Bernardo Arellano. Panorama Ficción: * 1/2

Sentados frente al Fuego (Chile-Alemania, 2011), de Alejandro Fernández Almendras. Largometraje de Ficción: * 1/2

Morir de Pie (México, 2010), de Jacaranda Correa: Panorama Documental: * 1/2

Canícula (México, 2011), de José Álvarez. Competencia Documental: *

Medianeras (Argentina-España-Alemania, 2011), de Gustavo Taretto. Panorama (Re)Voir: *

Abrir Puertas y Ventanas (Argentina, 2011), de Milagros Mumenthaler. Panorama Ficción: *

Zoológico (Chile, 2011), de Rodrigo Marín. Largometraje de Ficción: *

El Salvavidas (Chile, 2011), de Maite Alberdi. Largometraje Documental: *
  
El Lenguaje de los Machetes (México, 2011), de Kyzza Terrazas. Largometraje de Ficción: *

Los Últimos Cristeros (México, 2011), de Matías Meyer. Largometraje de Ficción: +

Hu-Enigma (Hu, Brasil, 2011), de Pedro Urano y Joana Traub Csekö. Largometraje Documental: +

Toulouse 2012/III y último



Rita (Lisa Fávero) aparece hasta que han pasado los primeros 20 minutos de Historias que Sólo Existen Cuando las Recuerdas (Histoiras que so existem quando lembradas, Brasil-Argentina-Francia, 2011), segundo largometraje -primero de ficción- de Júlia Murat (opera prima documental Dia dos Pais/2008, codirigido con Leo Bitencourt). Rita es una joven fotógrafa que ha llegado a un perdido pueblo del interior brasileño habitado, aparentemente, por unos cuantos ancianos que se les ha "olvidado morir".
Durante los primeros minutos de esta cinta, exquisitamente fotografiada por Lucio Bonelli, hemos visto las rutinas de Madalena (Sonia Guedes), una anciana viuda que hace religiosamente todos los días el pan para llevarlo a la tienda del hosco Tonho (Luiz Serra), un viejo que también se ha quedado solo, pues sus tres hijos murieron hace tiempo. Los dos ancianos, suerte de Lemmon/Mathau brasileiros, apenas si se saludan, se lanzan pullas, se insultan con cariño y, luego, se sientan a tomar un café -que ella dice, claro está, que es malísimo. Más tarde, de regreso a su casa, Madalena le escribe una carta diaria a su marido muerto: apenas las líneas suficientes para recordar cuánto lo amó. 
Así pues, en este contexto, Rita aparece un buen día en el pueblo, le pide alojamiento a Madalena y en muy poco tiempo cambia algunas de las rutinas de la decena de habitantes/sobrevivientes del pueblito de marras y también, de alguna manera, empieza a formar parte de esas mismas rutinas: ayuda a hacer el pan, asiste a misa, brinda con aguardiente en la comida y comparte pláticas nocturnas con otro anciano negro que se encuentra por ahí. Poco a poco, Rita se va apropiando del pueblo y de sus habitantes a su manera: a través de una serie de fotografías que toma con una colección de cámaras -modernas y antiquísimas- en las que los ancianos parece que se difuminan entre las paredes o se confunden en el paisaje. Así le pasará a ella a su debido tiempo. Es cuestión de esperar. Y en ese pueblo no saben hacer otra cosa. 

PS. Historias que Sólo Existen Cuando las Recuerdas ganó dos premios (el CCAS y Le Rail d'Oc) en Toulouse 2012. El resto de filmes ganadores está aquí. 

viernes, 30 de marzo de 2012

Toulouse 2012/II



HU-Enigma (HU, Brasil, 2011), segundo largometraje documental de Pedro Urano -aquí codirigiendo con Joana Traub Csekö- me recordó, guardando las distancias, al reciente documental mexicano ¡De Panzazo! (Rulfo y Loret de Mola, 2012). En los dos filmes, el centro es la denuncia de un problema bien conocido: en el caso del filme nacional, el fracaso de la educación pública; en HU-Enigma, el lamentable caso de los servicios públicos de salud, representado por un descomunal Hospital Universitario -de ahí las siglas: HU- que está abierto y funcionando sólo en una de sus partes. La otra parte del enorme edificio está sin utilizar, destruido, herrumboso.
Así, mientras en una parte del edificio se ofrecen, mal que bien, todos los servicios de salud posibles, en otra parte de ese mismo edificio, vemos la obra negra deteriorándose, vastas habitaciones llenas de escombros, pasillos oscuros llenos de humedad en donde es posible ver correr a una rata, puertas bloqueadas con ladrillos para evitar que entren ladrones y vagabundos... Un hospital que quedó a medias de todo: sirve para algo, pero sólo en partes, aquejado por el mal crónico de los servicios públicos en Brasil, México y puntos intermedios: la falta de dinero y la mala administración de éste.
La pantalla se divide continuamente en dos secciones. Mientras a la izquierda vemos a médicos, pacientes y funcionarios hablar de los problemas del hospital, a la derecha vemos el estado lamentable de las instalaciones abandonadas. El documental es pertinente por toda la información que nos ofrece pero supongo que lo que muestra no es ninguna novedad para el ciudadano brasileño promedio... Por eso mismo me recordó ¡De Panzazo! Aunque habría que decir que HU-Enigma es más coherente en su puesta en imágenes.
A propósito de puesta en imágenes. Sentados frente al Fuego (Alemania-Chile, 2011), segundo largometraje de Alejandro Fernández Almendras (opera prima Huacho/2009, no vista por mí; capaz editor del documental El Salvavidas/Alberdi/2011, reseñado en la entrada anterior), tiene todo el sello estilístico del minimalismo sudamericano, con las tomas extendidas de rigor y el sempiterno encuadre fijo, roto por ocasionales movimientos de cámara.
La cinta, escrita por el propio director, está dividida en cinco segmentos, titulados de acuerdo con alguna línea dicha en los diálogos y fechados de octubre de 2009 a octubre de 2010. En estos segmentos -ubicados en distintas poblaciones de la zona central chilena de Bío Bío- vemos a Daniel (Daniel Muñoz) lidiar estoicamente con la enfermedad de su esposa Alejandra (Alejandra Yáñez). En sentido estricto, no pasan gran cosas en el filme -el hombre trabaja en el campo, llega a la casa a convivir con su mujer, en algún momento le hace cariñosamente el amor, adopta un gato al que alimenta- pero el rigor de la puesta en imágenes y el gran rapport entre los dos actores hacen una gran diferencia. 
En este sentido, hay una escena notable hacia la mitad del filme: la pareja acaba de hacer el amor y la cámara sostiene su mirada fija y sin corte alguno en la conversación, íntima, graciosa, conmovedora, entre los personajes. Los dos se confiesan sus correrías juveniles, hablan de la familia, de lo que hacían antes de conocerse, de cierto día que hicieron el amor en el trabajo, etc. La calidez entre Muñoz y Yáñez y la relación en pantalla de los dos actores dotan de una gran humanidad a esos largos minutos en los que la cámara no se mueve ni un centímetro. Pero, además, no queremos que se mueva: lo que dicen y cómo lo dicen hace que uno desee que la escena no termine nunca. 
Sin sentimentalismo alguno, sin chantaje de ninguna especie, sin tremendismo melodramático, Fernández Almendras entrega un sobrio pero emotivo filme sobre el amor maduro, la vida en la pareja y la muerte. Otra cinta chilena digna de revisión.

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXIV



Misterios de Lisboa (Mistérios de Lisboa, Portugal-Francia, 2010), de Raúl Ruiz. Una maravilla fílmica que ya estuvo en mi lista de lo mejor que vi el año pasado, pues se programó en la Muestra Internacional de Cine. Ahora vuelve a exhibirse de nuevo, en el circuito alternativo de la Cineteca Nacional. Acabo de publicar de ella por acá.

Los Juegos del Hambre (Hunger Games, EU, 2012), de Gary Ross. No dudo que las novelas originales en las que está basada esta naciente saga sean muy populares, pero esta adaptación cinematográfica es, me disculpará usted, bostezante. Durante la primera hora no pasada nada y, después, en la hora y media restante, lo que sucede no podría haberme interesando menos. El filme es demasiado largo, la sátira es más que obvia y la violencia mínima, seguramente sacrificada para lograr la clasificación comercial clave PG-13. La trama, sobre un futuro mundo distópico en el que un grupo de adolescentes deben luchar por su vida en una especie de violento y letal programa televisivo, me hizo recordar la mucho mejor, más divertida y más corta El Sobreviviente (Glaser, 1987), sobre una novela de Stephen King, con Arnold Schwarzeneger como protagonista.

Los Niños de la Esperanza (La Raffle, Francia-Alemania-Hungría, 2010), de Rose Bosch. El "cine de papá" en su máxima expresión. Otra cinta del holocausto judío que, sin embargo, logra transmitir un ángulo novedoso: la participación cómplice y criminal del gobierno de Vichy en la redada del título original, cuando miles de judíos -algunos de ellos ciudadanos franceses- fueron llevados a los campos de concentración y de exterminio de los nazis. La cinta presume estar basado en la experiencia de los sobrevivientes y en documentos oficiales, sean de los nazis, sean del gobierno del Mariscal Pétain. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma viernes pasado.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Toulouse 2012/I



Estas dos cintas cintas chilenas en competencia en Toulouse 2012 comparten una duración similar -se trata de filmes que apenas pasan de la hora de duración-, son igualmente modestas en sus alcances y optan por una puesta en imágenes escamoteadora. Se trata de Zoológico (Chile, 2011), segundo largometraje de Rodrigo Marín (Las Niñas/2007, no visto por mí) y El Salvavidas (Chile, 2011), opera prima documental de Maite Alberdi.
Zoológico está centrada en las vidas de tres adolescentes diecisieteañeros que, a un año de entrar a la Universidad, no saben qué van a estudiar ni tampoco les interesa mucho, por más que sus maestros del exclusivísimo colegio al que asisten les echan el consabido choro de que son el futuro del país, que todo Chile cuenta con ellos, que se tomen en serio su decisión, etcétera...
La guapa Belén (Alicia Rodríguez) tiene por lo menos algo claro: desea salir en la televisión y tener una noche especial con su novio. El "gringo" Camilo (Santiago de Aguirre) -que pasa unos días con el muy joven novio de su mamá, que se encuentra en el extranjero en algún seminario- no encaja en ninguna parte, odia su vida y apenas se entretiene paseando en bici y viendo videos de algún oso polar en un zoológico. El resentido Aníbal (Luis Balmaceda) no está mejor: sus papás también están separados y su único sueño es dedicarse a jugar con su patineta.
Los tres son muchachos adinerados, los tres son buenos estudiantes, los tres parecen vivir en un constante estado de aburrimiento y apatía. Sus rebeliones son mínimas, instrascendentes aunque, por lo menos en un caso, crueles: Belén le miente a su mamá, compra condones y masturba a su novio bueno para nada; Camilo trata friamente al novio de su madre y se masturba tocando la ropa interior ¿de su mamá?; Aníbal insulta a su madre por teléfono y le tira su perro faldero a su padre, como una forma de revancha porque no le da permiso para irse a un tour de skating.
La controladísima fotografía de Andrés Jordán privilegia el encuadre fijo, las conversaciones fuera de cuadro -no hay un solo padre de familia visible, a no ser el novio de la mamá de Camilo, que parece casi de la edad de su "hijastro"- y los pocos movimientos de cámara, cuando se dan, son lentos y funcionales. La frialdad de la puesta en imágenes, se entiende, tiene que ver con la observación distanciada de estos típicos "especímenes" de la juventud chilena de clase alta -que bien podría ser mexicana- y las tomas finales dejan aún más clara la intención: vistas fijas de las casas en donde viven estos y otros muchachos, tan tristemente enjaulados como el oso polar que va a ver a a un zoológico Camilo.
El Salvavidas, documental de Maite Alberdi, tiene otra estrategia escamoteadora. Si en Zoológico nunca vemos a los papás de los tres muchachos, en El Salvavidas nunca vemos el mar sino hasta la última toma del filme.
El salvavidas del título es un tal Mauricio Rodríguez, que trabaja en alguna playa chilena y que batalla para implantar el orden, pues los vacacionistas que van al mar lo último que desean es que alguien les diga lo que tienen que hacer. Mauro aguanta vara: se burlan de él por su aspecto -"Bob Marley" le dice uno, "colchón de piojos" le dice otro sin cuidar mucho si Mauro lo oye-, le invaden su torre de vigilancia para tomar fotografías, se niegan a quitarse de su camino cuando él se los pide y su propio compañero/rival de trabajo afirma que, en realidad, Mauro no es un rescatista porque nunca lo ha visto que se meta al mar.
Y en efecto, no vemos que el serio muchacho -lentes negros, todo concentración, silbato en mano, boca cerrada en perpetua mueca de molestia- se meta alguna vez al agua. Mauro cree que el mejor salvavidas no es el que salva a alguien que se esté ahogando, sino el que previene que no entren al mar cuando no se debe y quienes no deben hacerlo. Así, vigila constantemente que nadie haga fuego en la playa, que nadie tome cerveza, que nadie fume mota, que nadie se vaya a esa parte peligrosa que nunca vemos y, de pasada, que nadie ande en calzones -"hombre, póngase un traje de baño, que se ve mal". 
El tipo llega a ser conmovedor en la futilidad de sus esfuerzos que nadie agradece porque la gente va a la playa a divertirse: a hacer una parrillada, a resolver crucigramas con una chela en la mano, a platicar de los maridos borrachales que ya no aguantan. Puede ser que Mauro tenga razón -de hecho, al final del documental un par de muchachos se ahogan; uno es sacado del agua por el salvavidas rival mientras Mauro ve todo sin intervenir; el otro muchacho se pierde en definitiva en el oceáno- pero, ¿cómo puede controlar Mauro a toda esa gente y, además, con tan malos modos? Es tan dificil como controlar el enbravecido mar que el frustrado salvavidas contempla en la última toma del filme.

martes, 27 de marzo de 2012

Misterios de Lisboa




En mi lista de lo mejor del año pasado apareció hasta arriba. Exhibida en la 53 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, ha vuelto a exhibirse, aunque sea solo de forma limitada, en el propio circuito alterno de la Cineteca. Se trata, por supuesto de Misterios de Lisboa (Mistérios de Lisboa, Portugal-Francia, 2010), chorrogésimo largometraje del prolífico cineasta chileno recién fallecido Raúl Ruiz.
Al inicio de esta cinta, el ubicuo Padre Dinis (Adriano Luz) afirma que “todo es posible”. Un poco más tarde, que “el misterio es provocador”. Al final, uno podría agregar, desde la butaca, que todos estos misterios provocadores y que no conocen lo imposible, son además, adictivos. Uno permanece en trance viendo la pantalla durante los 272 minutos de duración de esta película y, cuando la cinta termina para irse a blancos, uno desea ver más. No hay problema: Misterios de Lisboa está disponible, también, en su versión original para televisión, en seis capítulos de una hora cada uno.
El filme-despedida del inagotable Ruiz está basado en la homónima novela decimonónica de Camilo Castelo Blanco y supongo que algo de la laberíntica narrativa de la cinta proviene del libro: amores prohibidos y perseguidos por la adversidad, hijos que no conocen a sus padres, insólitos re-encuentros paterno-filiales, matones redimidos que se transforman en defensores de honras, villanos que piden perdón en su lecho de muerte, triángulos amorosos que tienen como telón de fondo el imperio napoleónico…
La estructura narrativa que plantea Raúl Ruiz para contar esta historia orgullosamente folletinesca es de un barroquismo abrumador: el narrador en off de la cinta, el niño sin nombre Joao luego llamado Pedro (Joao Arrais de niño, José Alfonso Pimentel de adulto) le cede la palabra al misterioso padre Dinis –que veremos que tiene más de un rostro y de una voz- y el sacerdote se la cede a un amante perseguido, a un anciano fraile, a una mujer sufrida y a quien se acumule esta semana. Así, entre flash-backs dentro de flash-backs, con historias que se van engarzando caprichosamente, con descubrimientos de último minuto que ni a Yolanda Vargas Dulché se le hubieran ocurrido, Ruiz realizó su última obra maestra, un culebrón melodramático postmoderno filmada con un virtuoso estilo tableau, con tomas largas y sostenidas, y con cámara y actores moviéndose continuamente en un maravilloso ballet de figuras, miradas y emociones.
Además, tratándose de Ruiz, Misterios de Lisboa es antes que nada y después de todo, una reflexión sobre la representación fílmica, una mise-en-abyme que nos deja, al final de cuentas, preguntándonos que acabamos de ver, quién nos contó qué cosa y en dónde estamos parados. Y es que con Ruiz, la narración fílmica es “artificio… es polvo, es sombra, es nada”. 

Misterios de Lisboa se exhibe en las salas alternas de la Cineteca Nacional como el IFAL y The Movie Compay.

lunes, 26 de marzo de 2012

Riviera Maya 2012: Impresiones estrelladas

 


Estas fueron mis impresiones estrelladas de lo que vi en el RMFF 2012. Como ya es sabido, las calificaciones positivas van de uno a cuatro asteriscos; las negativas, de una a dos cruces. La "H", de huída, si es que salí huyendo del cine.

Vida sin Principios (Dyut meng gan, China, 2011), de Johnnie To. Galas: *** 1/2

Esta No Es una Película (2011), de Jafar Panahi y Mojtaba Mirtahmasb. Planetario: ***

Rebelión (L'ordre et la moral, Francia, 2011), de Mathieu Kassovitz. Gran Público: ***

11 Flores (Wo 11, China-Francia, 2011), de Xiaoshuai Wang. Panorama Autoral: ** 1/2

Los Gigantes (Les Géants, Bélgica, 2011), de Bouli Lanners. Gran Público: ** 1/2

Yo Deseo (Kiseki, Japón, 2011), de Hirokazu Koreeda. Gran Público: ** 1/2

Los Bien Amados (Les Bien Aimés, Francia-GB-República Checa, 2011), de Christophe Honoré. Gala de Inauguración: ** 1/2

Alamar (México, 2009), de Pedro González Rubio. Planetario: ** 1/2

Cuates de Australia (México, 2011), de Everardo González. Plataforma Mexicana: ** 1/2

Un Mundo Secreto (México, 2012), de Gabriel Mariño. Plataforma Mexicana: ** 1/2

Bonsái (Chile-Argentina-Portugal-Francia, 2011), de Cristián Jiménez. Gran Público:**

El Sueño de Lu (México, 2011), de Hari Sama. Plataforma Mexicana: **

Días de Gracia (México, 2011), de Everardo Gout. Galas: **

Silvestre Pantaleón (2010), de Roberto Olivares. Plataforma Mexicana: **

El Hombre que Vivió en un Zapato (México, 2011), de Gabriella Gómez-Mont. Plataforma Mexicana: **

Canícula (México, 2011), de José Álvarez. Plataforma Mexicana: *

La Castración (México, 2011), de Iván Löwenberg. Plataforma Mexicana: *

Abrir Puertas y Ventanas (Argentina, 2011), de Milagros Mumenthaler. Panorama Autoral: *

Medianeras (Argentina-España-Alemania, 2011), de Gustavo Taretto. Galas: *

Trishna (Ídem, GB, 2011), de Michael Winterbotton. Gran Público: *

Lecciones para una Guerra (México, 2011), de Juan Manuel Sepúlveda. Plataforma Mexicana: *

Paraísos Artificiales (México, 2011), de Yulene Olaizola. Panorama Autoral: *

El Lenguaje de los Machetes (México, 2011), de Kyzza Terrazas. Panorama Autoral: *

 Lívida (Livide, Francia, 2011), de Alexandre Bustillo y Julien Maury. Gran Público: *

Fuera del Camino Transitado (Off the Beaten Track, Irlanda-Rumania, 2011), de Dieter Auner. Planetario: *

Los Últimos Cristeros (México, 2011), de Matías Meyer. Plataforma Mexicana: +

La Bella Durmiente (Sleeping Beauty, Australia, 2011), de Julia Leigh. Gran Público: +

Americano (Francia, 2011), de Mathieu Demy. Gran Público: +

Aquel Verano (Un Été Brûlant, Francia, 2011), de Philippe Garrel. Panorama Autoral: +

Cesado (México, 2011), de Daniela Schneider. Plataforma Mexicana: + 

Ánima (México, 2011), de Antón Terni. Plataforma Mexicana: ++

Arirang (Ídem, Corea del Sur, 2011), de Ki-duk Kim. Panorama Autoral: H

Riviera Maya 2012/Conclusiones




Ayer terminó la primera emisión del Festival Riviera Maya 2012 (RMFF 2012) con resultados más que positivos, aunque no sobraría hacer algunos ajustes para el año que entra. Primero vamos con lo bueno: un festival bien organizado –por lo menos así lo viví en Playa del Carmen, aclaro- que si bien es cierto tuvo dificultades iniciales con la logística del transporte, esto se fue resolviendo para el segundo día del festival. Para el tercero, ya todo estaba funcionando razonablemente bien. Es decir, la capacidad de reacción de los organizadores fue notable, así como la constante amabilidad de los muchachos y muchachas del staff.
La sala de prensa, sencilla, pero de fácil acceso, con el internet siempre funcionando, y unos cines modestos pero funcionales en Plaza Pelícanos que, fuera del episodio del apagón del viernes, nos ofrecieron funciones impecables. La asistencia en Playa de Carmen fue consistentemente buena –ahí estábamos prácticamente todos los invitados, la prensa, la crítica naciona e internacionl, los jurados-, lo que no sucedió, tengo entendido, en los cines de Cancún, cuyos cines estuvieron desolados. Acaso aquí cabría pensar si es necesario tener dos sedes con tantos filmes a la vez. ¿No sería mejor, el año que entra, concentrar todo en Playa del Carmen y llevar a Cancún o Cozumel sólo alguna gala importante? Digo, es propuesta.
En cuanto a la programación, no tengo mayores objeciones. Cuando voy a un festival y salgo de él después de haber visto una de las mejores cintas del año –como me pasó con La Vida sin Principios (To, 2011)-, esto quiere decir que el festival de marras valió la pena. Además de la obra mayor de To, vimos cintas importantes de Kassovitz, Wang y Kore-eda, y alguna sorpresa como Bonsái (Jiménez, 2011) y toda la competencia mexicana, con sus altas, sus bajas y sus bajísimas. 
No tengo problemas con los ganadores decididos por el jurado oficial y el jurado joven (Cuates de Australia y Los Últimos Cristeros ganaron el Kukulkán, dotado de 300 mil pesos que deben usarse para la promoción y distribución, minetras que Canícula fue la elegida por el jurado joven), aunque me hubiera gustado ver al lado de Cuates de Australia a Un Mundo Secreto o El Sueño de Lu. Sin embargo, entiendo por qué eligieron los jurados Los Últimos Cristeros, aunque no comparta su decisión. Total, algunos no se cansan de ver slow-movies; yo sí.
¿Conclusión? Si esta fue la "novatada" que hicieron la directora del festival Paula Chaurand y su equipo, apenas puedo esperar un año más para ver qué sucede en la segunda emisión. Por cierto, aguien me comentó que el promedio de edad de los organizadores del RMFF no pasaba de los 30 años. Puede ser que así sea: vi gente muy joven tomando las riendas sde todos los asuntos y dando órdenes por aquí y por allá, y esto incluye a la propia directora, la muy guapa señorita Chaurand. 
Es refrescante ver caras nuevas. Se agradece. Y más todavía el salir de un festival de cine sin tener el hígado encebollado por el mal cine y por el mal trato. Nos vemos por allá el año próximo.

domingo, 25 de marzo de 2012

Riviera Maya 2012/Día cinco

 
Hace poco, en el Sight and Sound de enero, leí una entrevista con Pablo Giorgelli, director de la encantadora cinta minimalista Las Acacias (2011), en la que confiesa que buscó durante mucho tiempo a un verdadero chofer para el papel protagónico de Rubén, pues no quería usar actores profesionales. El problema es que no encontró a nadie que lo convenciera y terminó eligiendo a Germán de Silva, un actor con una larga trayectoria teatral. Giorgelli dice que no se arrepiente de ello y tiene razón en no arrepentirse: de Silva logra una convincente interpretación como ese hombre solitario y reservado que ve poco a poco la posibilidad de cambiar su vida. Dudo que un actor no entrenado pudiera haber hecho algo así.
Recordé esta entrevista de Giorgelli cuando estaba viendo Paraísos Artificiales (México, 2011), primer largometraje de ficción de Yulene Olaizola (multipremiada cinta documental Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo/2008). Luisa Pardo -la única actriz profesional del filme- es Luisa, una joven con adicción a la "chiva" -heroína, pues- que pasa unos días en algún rústico hotel de Las Tuxtlas, en Veracruz. Ahí, hace migas con un trabajador, Salomón (Salomón Hernández), un hombre de mediana edad, viudo, más o menos articulado, que dice que no tiene muchos vicios, aunque luego vemos que le entra con fruición a la motita -quesque no hace daño- y se pega unas borracheras monumentales.
Slow-movie autoconciente a todo lo que da: el primer diálogo -más bien, un rezo- se escucha en el minuto nueve, la señorita Pardo interactúa con niños y adultos que se interpretan a sí mismos, y aunque el personaje -¿o será la persona real?- de Don Salomón no deja de resultar interesante a ratos, su registro actoral es nulo, por lo que hay un constante falta de balance en pantalla. No falta tampoco el grito de "corte" que viene desde fuera del encuadre, como para recordarnos que estamos viendo una película. Sí, eso es lo que estamos viendo aunque, al final, con todo y la buena fotografía de Lisa Tillinger, el asunto no me pudo interesar menos. Olaizola, en efecto, no juzga a sus personajes ni sus adicciones, pero esto no es una virtud. Es nomás un hecho.
Medianeras (Argentina-España-Alemania, 2011) es, dijera mi estimado colega Óscar Uriel -aunque esto lo dijo con respecto a otra cinta-, como un tecito: ligerito, agradable, pero sin sustancia. En efecto, esta comedia romántica que une a un par de solitarios treintañeros, tiene a dos actores atractivos y simpáticos (Javier Drolas y Pilar López de Ayala), unas cuantas frases ingeniosas (la narración en off sobre la personalidad arquitectónica de Buenos Aires, la reflexión sobre lo que significa la bandeja vacía de correo electrónico en nuestra época) y la infaltable cita woodyalleniana -se ve Manhattan (1979) en la tele, para que todo mundo sepa de dónde proviene la inspiración.
Tengo entendido que esta cinta, opera prima de Gustavo Taretto, se expandió a partir de un corto que dirigió el cineasta debutante en el 2005, con el mismo Javier Drolas como actor protagónico. Tengo la sospecha que con esa duración original de 28 minutos, la historia funciona mejor. Aquí, se nota muy calculado todo el asunto y, el final, demasiado caprichoso para resultar simpático. De todas formas, lo acepto, se deja ver sin mayor problema. ¿Seguirá un remake en forma en estilo indie gringo? En una de esas, en una de esas...
Otra cinta que se expandió a partir de un corto fue Americano (Francia, 2011), opera prima de Mathieu Demy. Al parecer, el casting de Americano tuvo que ver con una condición: ser hijo de alguien muy importante en la industria fílmica. Aparecen Chiara (hija de Catherine Deneuve y de Marcello) Mastroianni, Geraldine (hija de Charles) Chaplin, Carlos (hijo de Pilar) Bardem y el propio cineasta/guionista debutante, además de actor protagónico de su propio filme, Mathieu (hijo de, nada menos, Agnès Varda y Jacques) Demy. Bueno, y también, en la última media hora, aparece Salma Hayek, que no es hija de ningún personaje fílmico pero que tiene más billetes que todos los demás juntos.
Lástima que tanto nombre importante no sirva para maldita la cosa. El corto del que salió este malogrado filme fue realizado por la mama del joven Demy, Agnès Varda, cuando esta santa señora estaba acompañando a su marido, Jacques Demy, en el Hollywood de los años 70. De esa aventura americana, Demy papá no sacó en nada en concreto, pero Varda, para no aburrirse, hizo un corto centrado en la relación de una madre con su hijo, encarnado por el propio Mathieu Demy. Escenas de aquella lejana curiosidad filmada por Varda aparecen en Americano, en la forma de vagos recuerdos que tiene de esa época Martin (Demy junior), quien tiene que viajar de París a Los Ángeles cuando se entera que su madre acaba de fallecer. Martin no tuvo buena imagen de su mamá, quien se separó de su padre para quedarse a vivir en América. Sin embargo, cuando llega a Los Ángeles para hacer los trámites funerarios y recoger su herencia –una casa y un lote de cuadros pintados por ella-, se entera que su mamá le heredó la casa a Lola (Hayek), una mexicana a la que, aparentemente, la mujer veía como una hija. Como la tal Lola ya no vive en Estados Unidos por haber sido deportada, Martin tiene que cruzar a Tijuana para buscar a Lola, convertida en prostituta.
No tiene a culpa ella, pero es un hecho que cuando Salma aparece, la película empeora. Sí, es cierto, su rutina de table-dance todavía hace que uno detenga su respiración, pero el personaje de Salma, la relación que tiene con Martin y la manera en que termina va de lo previsible a lo arbitrario, si no es que a lo francamente ridículo. De lo peor que vi en el Riviera Maya.
En contraste, de lo mejor que vi, exceptuando la extraordinaria Una Vida sin Principios (To, 2011), fue Rebelión (L’ordre et la morale, Francia, 2011), el más reciente largometraje del actor y ocasional cineasta Mathieu Kassovitz. El mismo cineasta encarna al protagonista, el profesional capitán de la GIGN francesa Phillippe Legorjus, quien fue enviado por el gobierno francés en abril de 1988 a sofocar/negociar un levantamiento ocurrido en el territorio francés de Nueva Caledonia, un pequeño archipiélago ubicado en el Océano Pacífico.
Los insurrectos, liderados por el rebelde Alphonse Dianou, han secuestrado a un puñado de gendarmes franceses y Legorjus, un tipo serio y consciente, ha llegado a negociar su liberación. Sin embargo, estamos a unos días de la segunda vuelta en la elección presidencial, entre el Presidente Miterrand, que quiere re-elegirse, y el Primer Ministro Chirac, que quiere llegar al poder. Así pues, el operativo en Nueva Caledonia se vuelve rehén de diversos intereses políticos, partidistas y militares, por lo cual Legorjus está destinado a fracasar. No estoy echándole a perder nada: esto lo sabemos porque el filme está basado en hechos reales –en las memorias del verdadero capitán Legorjus, para acabar pronto- y porque, además, el Capitán Legorjus interpretado por Kassovitz nos informa desde el inicio que todos sus esfuerzos han sido en vano y que no pudo evitar la masacre que estamos viendo en ralentí y en reversa.
La Rebelión es un sólido filme bélico que se transforma en thriller político –o al revés, as you wish- en el que el capitán Legorjus, los halcones militares que quieren sangre y los idealistas e ingenuos líderes de la independencia de Nueva Caledonia, son meros peones de la lucha electoral entre Miterrand y Chirac quienes, en su último debate por la presidencia, toman a esa pequeña colonia llena de níquel como arma política. Terminaría re-eligiéndose Miterrand, por cierto, pero sobre la sangre de varios ciudadanos franceses. Es lo que acostumbran hacer los políticos. Si lo sabremos en México.
A propósito de nuestro país: pude ver la única película que me faltaba de la competencia nacional, Lecciones para una Guerra (México, 2011), de Juan Manuel Sepúlveda, un documental sobre los miles de desplazados guatemaltecos por la guerra de los años 80/90, quienes se han refugiado y sobrevivido en las montañas del norte de Guatemala desde entonces. De la mano de una impresionante fotografía, Sepúlveda logra los mejores momentos de su película cuando la propia gente frente a él se involucra directamente en la realización del filme.
Así, lo que en otra cinta podrían ser las escenas borradas o los “extras” del DVD, aquí son el centro de la película: dos tipos que voltean a la cámara y empiezan a burlarse en lengua ixchil del equipo de filmación que, seguramente, dicen los cábulas, no entienden nada: “son como animalitos, nomás nos ven”; en otra parte, dos hombres empieza a discutir en dónde se van a acomodar para platicar lo que tienen que platicar, como tomando la dirección de la cinta; en otro momento, una mujer regaña acremente a su marido, porque nomás se está luciendo “para la cámara”; y en otra ocasión, otro hombre que acaba de presidir una ceremonia religiosa, sabe del encuadre para advertirles a otras personas del pueblo que vigilen “a los de la filmación”, que quien sabe qué quiereen; no hay que tenerles tanta confianza.
Sin embargo, acaso porque fue la última película del día –y la última del festival- la sentí repetitiva y redundante, con algunas escenas de más. Por eso, la duración de 95 minutos –más que razonable en otro contexto- me pareció exagerada. A lo mejor merece que la revise de nuevo en alguna otra ocasión, cuando esté más descansado.

sábado, 24 de marzo de 2012

Riviera Maya 2012/Día cuatro



Aunque el título hace esperar algún ejercicio tremendista, La Castración (México, 2011), opera prima dirigida/escrita por Iván Löwenberg, es un sencillo estudio de un personaje femenino en el límite de la represión/frustración sexual/existencial. Lourdes (Victoria Santaella, todo un descubrimiento) tiene 24 años y parece que su destino en esta vida es servir a alguien más: es asistente/secretaria en una empresa de casting, atiende a su papá inválido cuando éste quiere hacer popó o pipí, le cuida su bebé a una vecina cuando ella sale a darle vuelo a la hilacha y cuando regresa su mamá (Paloma Woolchir) al departamento -ella los abandonó hace tiempo por un affaire amoroso- la vida le aprieta las tuercas aún más porque, al parecer, Lourdes tendrá que hacerse cargo de su señora madre también. Por lo menos durante algún tiempo.
Todo esto parece bastante deprimente, pero no lo es tanto. Con todo y que no le faltan algunos problemitas menores, Löwenberg demuestra tener buena mano para crear algunas situaciones graciosas, el rapport cómico entre Santaella y Keyla Wood -quien encarna a su mejor amiga Victoria- funciona muy bien, y la señorita Santaella, con un rostro muy particular, termina apoderándose de la película con la mano en la cintura. En algún momento, su personaje, Lourdes, le dice a Victoria: "¿Sabías que siempre quise ser actriz?". En la vida real, Santaella ya es precisamente eso. Y una actriz muy simpática, además. 
Lo mejor que he visto en el festival -y de lo mejor que he visto en lo que va del año, para acabar pronto- ha sido, previsiblemente, Una Vida sin Principios (Dyut meng gam, Hong Kong, 2011), el más reciente largometraje del prolífico Johnnie To. Las vidas de tres personajes se rozan -más que entrecruzan- en unos terribles días de crisis económica global y rampante -Grecia se acaba de declarar en quiebra y las bolsas de valores van en picada en todo el planeta. Un leal "soldado" mafioso apodado Panther (formidable Ching Wang Lau), una joven empleada bancaria llamada Teresa (Denise Ho) y un serio y profesional policía hongkonés, el inspector Cheung (Richie Ren), tienen que ver, a su modo, con esta crisis en la que vivimos:Teresa, con todo y que se ve que aún tiene algo de conciencia, trata de engatusar a sus clientes para que inviertan en acciones muy riesgosas; Panther tiene que aprender de forma intensiva cómo funciona la bolsa de valores porque necesita dinero rápidamente y eso de ser gangster "no deja dinero" -pero sí manejar un banco, but of course-; y el prudente Cheung ve cómo su mujer (Myolie Wu) firma una hipoteca en el peor momento posible, mientras investiga crímenes o casos que, en la superficie y en el fondo, tiene que ver con la crisis económica.
Aunque hay momentos dramáticos y violentos, lo que domina en el tono del filme es el humor. Irritante en la escena en la que Teresa atiende a una pobre doñita a la que va a esquilmar, agudo cuando el prestamista Yuen (Hoi-Pang Lo) le gana en su mismo terreno a Teresa, de franco y regocijante slapstick cuando Panther y su camarada Lung (Philip Keung) buscan frenéticos salir del atolladero en que se han metido... To ha realizado una de las cintas claves de este tiempo complicado que estamos viviendo y sufriendo, en el que la bolsa de valores baja y sube misteriosamente, mientras nosotros, sin deberla ni temerla, lo resentimos. Al final, habrá ganadores y perdedores. Y no parece haber ninguna moraleja al respecto, por más que la suerte les sonríe, al final, a Teresa, Panther y Cheung.
De cima a sima. Después de ver algo de lo mejor del año, soporté una hora de lo peor que he visto en mucho tiempo: Arirang (Ídem, Corea del Sur, 2011), la película con la que rompió su semi-retiro el cineasta sudcoreano Ki-duk Kim. Sucede que en el filme anterior de Kim, Sueño (2008), ocurrió un accidente en el casi pierde la vida una de las actrices. Eso le provocó al multipremiado cineasta una crisis de conciencia y una depresión que lo llevó a vivir como ermitaño, en la montaña, en una cabaña pequeña y casi sin servicios. Con una cámara digital Cannon Mark II Kim se filma a sí mismo en sus rutinas diarias -cocinar, lavarse la cara, dar de comer a su gato, defecar en la nieve- y pasados diez minutos empieza una perorata que parece no tendrá fin. Kim le habla a la cámara y nosotros nos convertimos en su terapista personal: llora, grita, canta -la "Arirang" del título que, entiendo, es como una especie de "Cielito Lindo" en Corea del Sur- y se entrevista a sí mismo para confesar, urbi et orbi, que se le ha olvidado cómo hacer cine, que ya no puede hacerlo, que no sabe cómo dirigir actores, que nadie lo quiere, que todos lo odian y que mejor se come un gusanito. Yo me salí cuando el reloj marcó la hora exacta del filme -faltaban 40 minutos más de tortura- porque no le hago al masoquismo.
No tengo nada en contra de la autoindulgencia creativa -algunos de mis cineastas favoritos, de Chaplin a Woody Allen pasando por Fellini cayeron o caen, como lo hace Allen, continuamente en ella-, siempre y cuando haya algo más que un mero ejercicio masturbatorio, lo que no es el caso con este filme del señor Kim. En todo caso, después de Arirang, Kim ha hecho otros dos filme en el mismo 2011, lo que significa que la catarsis sirvió de algo. Esperemos, eso sí, que lo que haya hecho después sea mucho mejor. Esta película es impresentable, por más que haya ganado Una Cierta Mirada en Cannes 2011.
Después de ver este bodriazo, Trishna (Ídem, EU, 2011), el más reciente largometraje de género del versátil Michael Winterbottom, parece una obra maestra. No lo es, de ninguna manera ni de lejos, aunque no le faltan elementos interesantes y una sólida pareja protagónica, Freida Pinto y Riz Ahmed. 
Se trata de una arriesgada adaptación contemporánea de la novela de Thomas Hardy, Tess, la de los D'Urvervilles, que ya mereció el filme mayor de Polanski, Tess (1979), pero en esta versión no estamos en la reprimida Inglaterra del siglo XIX sino en la colorida India del siglo XXI. De todas forma, Tess -digo, Trishna (Pinto)- es la sufrida muchacha conquistada por el indolente junior (Ahmed) de un magnate hotelero.
Si conoce la historia, ya sabe usted en qué terminará todo. Lo interesante del filme es la yuxtaposición de ese determinismo pesimista de Hardy en el contexto alegre y colorido de la India contemporánea, con todo y algo de Bollywood como telón de fondo. Más que la historia, tengo la sensación que Winterbottom se interesó en el reto de cómo llevar a otra época y otro lugar esa historia clásica y creo, también que, por desgracia, el resultado no es el mejor posible. La cinta se alarga en demasía hacia el final, se vuelve muy repetitiva y hay subtramas y personajes que se dejan de lado sin haberse desarrollado adecuadamente. De todas formas, es un fracaso interesante.

viernes, 23 de marzo de 2012

Riviera Maya 2012/Día tres



En Bonsái (Chile-Argentina-Portugal-Francia, 2011), segundo largometraje de Cristián Jiménez (opera prima Ilusiones Ópticas/2009, que no he visto), se nos informa desde el inicio que "Emilia muere; Julio, no". Sin embargo, como estamos frente a una película sobre un joven novelista que finge estar al servicio de un gran escritor a quien le está transcribiendo su última novela -en realidad, el muchacho está escribiendo su propio libro-, ¿de verdad sucederá lo que se nos dice al principio? ¿No será un artilugio del propio narrador/protagonista?
Dividido en media docena de segmentos con todo y títulos claves ("Proust", "Bulto", "Sobras"...), el filme de Jiménez sigue a Julio (Diego Noguera) en dos momentos claves de su vida: cuando conoció, se enamoró y fue novio de Emilia (Nathalia Galgani), en la universidad, hace ocho años; y, ahora, en tiempo presente, cuando está en otra relación más sexual que sentimental con una vecina (Trinidad González), y tratando de escribir una novela que resultará dolorosamente autobiográfica, por más que lo oculte diciéndole a su amante que está sólo transcribiendo las ideas de Gazmuri (Hugo Medina), un gran escritor consagrado. "Es un pobre tipo con el corazón roto", le dice la amante refiriéndose a Gazmuri, después de leer la novela que está transcribiendo -en realidad, escribiendo- Julio día tras día, noche tras noche. En efecto, tiene el corazón roto, pero la vida sigue. Y si escribir "es como cuidar un bonsái", para vivir hay que tener el mismo cuidado y la misma paciencia.
Mucha paciencia se necesita, de hecho, para ver La Bella Durmiente (Sleeping Beauty, Australia, 2011), opera prima de Julia Leigh. A la cinta le fue muy mal en Cannes 2011 y es evidente por qué: más allá de la blanquísima belleza de la protagonista, Emily Browning, del cuidado manejo de cámara de Geoffrey Simpson y de una premisa que, en el papel, suena interesante, la cinta carece de todo sentido dramático.
Lucy (Miss Browning, de piel que parece de porcelana) es una bellísima estudiante que, para poder sobrevivir, tiene dos trabajos -mesera en la noche, encargada de copias en el día- al que agrega otro más, mucho mejor pagado: mesera (des)vestida en lencería que sirve el vino a viejitos/viejitas decadentes libidinosos. Como su presencia y sang-froid le place a su elegantísima patrona (Rachel Blake), es "ascendida" a la "bella durmiente" del título: toma una droga que la deja profundamente dormida durante varias horas y durante ese tiempo queda a disposición de algún ñasquito vicioso que puede hacerle lo que quiere, siempre y cuando no haya penetración ni le deje ninguna marca en la piel.
Esto sucede cuando ha pasado una hora entera del filme en la que, además, sabemos poco de ella: tiene un amigo muy enfermo al que adora, es buena limpiando mesas en el restaurante, se aburre sacando copias en la oficina, asiste a una que otra clase en la universidad, consume coca que una aprontada le ofrece, se bronquea con sus compañeros de casa y nomás porque sí toma un billete de cien y lo quema. Cuando inicia el segmento "perversón" uno quiere creer que la película mejorará pero no sucede así: cada uno de los tres clientes que tiene Lucy -o Sara, como la bautiza su patrona- es tan patético/aburrido/vacío como ella misma y como la propia película. Un ancianito la trata con gran dulzura; otro la insulta, le grita obscenidades y le lame la cara; y otro más se colapsa al intentar cargarla.
La señorita Browning, completamente desnuda, es tratada como un simple objeto por cada uno de estos vejetes y, por añadidura, por la propia directora Leigh, que obliga -es un decir, ya lo sé: la actriz no fue obligada con un arma de fuego a hacer este papel- a la pobre muchacha a una serie de abyecciones apenas equiparables a las que Ripstein le enjareta a sus actrices.
El documental Fuera del Camino Transitado (Off the Beaten Track, Irlanda-Rumania, 2010), opera prima de Dieter Auner es mucho mejor, aunque no sea más que un decente filme académico sobre un tema recurrente en el cine documental: un estilo de vida anacrónico que lentamente es rebasado por la modernidad.
La cámara del propio Auner sigue durante un año a una familia de agricultores y pastores rumanos que, desde la entrada de Rumania a la Unión Europea, su estilo de vida se ha transformado por completo: las mujeres suelen irse a trabajar a Alemania a ganar 50 euros al día, mientras los hombres se quedan seguir criando ovejas que nadie quiere comprar. La crónica es justa y el tema pertinente, pero no pasa nada realmente extraordinario y la cinta está realizada de manera apenas funcional. Jorge Prior con ¿Qué Sueñan las Cabras? (2011) hizo un mejor trabajo de un tema muy similar. 
Tenía todas las esperanzas de ver un buen filme de horror en Lívida (Livide, Francia, 2011), segundo largometraje de Alexandre Bustillo y Julien Maury (efectiva opera prima Instinto Siniestro/2007). Y, de hecho, eso es durante la primera hora. Sin embargo, en los últimos minutos, la cinta se desbarranca para caer en la autoparodia y el ridículo. Bustillo y Maury juegan durante la primera parte con la fórmula de la casa encantada para terminar en una mezcla indigesta de vampiros, zombies, automátas y los clichés y gratuidades que se acumulen en la semana.
Eso sí, los cineastas saben crear suspenso -insisto: en su primera hora- y en la guapa y atlética Chloé Coulloud han encontrado a una bella y correosa heroína que no le tiene miedo ni a la más horrenda de las brujas. De alguna manera, con algo así se enfrenta Mademoiselle Coulloud. Está tan bien en el papel que ya me la puedo imaginar sustituyendo a la Jovovich en Resident Evil XIII.
El viernes terminó de manera frustrante debido a una falla eléctrica generalizada que hizo que la exhibición de 13 Asesinos (Miike, 2010) se interrumpiera. Apenas pudimos ver la primera hora, que resultó ser una absorbente cinta de samuráis, acción e intriga política, al estilo de la insuperable Asesino (Shinoda, 1964). Tengo la sensación que Miike no supera a Shinoda pero creo que me voy a quedar con la duda hasta que la termine de ver. Seguramente en DVD y en mi casa. Ni modo.