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miércoles, 31 de octubre de 2012

El cliché que yo ya vi/CVIII


 Joel Meza propone: 

¿Hay un quiropráctico en la sala?: En las películas, siempre que un personaje va a agarrarse a golpes con alguien más, es obligatorio que mueva levemente la cabeza hacia un lado, para dejar oir un tronido del cuello antes del ataque. Tal vez la idea sea intimidar al contrincante, que, en otra oportunidad perdida por Hollywood, nunca ha resultado ser un quiropráctico. Ejemplos hay pa' tirar pa'rriba y recientemente hasta un tenso zombi hizo los honores antes de darle mate a su víctima, en La Cabaña del Terror.

domingo, 28 de octubre de 2012

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIV



Del Perdón al Olvido (Life During Wartime, EU, 2009), de Todd Solondz. Tardío mini-estreno comercial de una película que se exhibió en la Muestra Internacional de Cine de hace dos años. Mi crítica, aquí.

Cambio de Planes (Maktub, España, 2011), de Paco Arango. El veterano realizador televisivo debutó con esta comedia melodramática con niño enfermo de cáncer terminal en ristre. El filme es un proyecto muy personal y se notan por todas partes las mejores intenciones del mundo. Lástima que la película tenga una realización tan pobre, tan apenitas. Mi crítica, en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado.

Cita de Sangre (The Loved Ones, Australia, 2009), de Sean Byrne. Ganadora del premio del público en la sección Midnight Madness de Toronto 2009, ha llegado con tres años de retraso Cita de Sangre, una energética slasher/torture movie, opera prima del cineasta/guionista australiano Sean Byrne.
En sentido estrico, no hay nada de original en esta película pero la ejecución de ella por parte del debutante Byrne y de su reparto (especialmente de la joven Robin McLeavy y John Brumpton) hacen que esta cinta de horror valga mucho la pena. Es decir, si bien el Sean Byrne guionista no pasa de ser un esforzado copista, el Sean Byrne cineasta demuestra un genuino talento en la puesta en imágenes, en el ritmo del montaje, en la dirección de actores. 
Estamos en algún pueblo del interior australiano. El galán adolescente Brent (Xavier Samuel), aún traumatizado porque se siente culpable de la muerte accidental de su padre sucedida meses antes, declina la invitación que le hace su tímida compañera Lola (Miss McLeavy) para asistir juntos al baile de graduación de la Prepa, lo que provocará que el papá de ella (formidable Mr. Brumpton) secuestre al muchacho, lo lleve a un lejano ranchito perdido en el medio de la nada y le organice su propio baile a su psicopática hija. Por supuesto, amarrado a una silla y clavado (y no es metáfora) al piso de la cabaña, Brent será el partido ideal para la solitaria Lola quien ha pasado por tantos rechazos anteriores (por lo menos seis, según mis cuentas) que otro más no lo podría resistir. Bueno, mejor dicho: sí lo puede resistir. De hecho, la muchacha  puede resistir todo.
Byrne no se detiene para mostrar escenas sanguinolentas en primer plano ni, mucho menos, tiene empacho en sostener varios minutos algún momento de torture-porn que se vuelve casi insoportable (¡ese taladro!), pero también Byrne es capaz de crear buenas secuencias de suspenso y no le teme al humor gore más desatado ni a las imágenes grotescas más enfermas. La película no llega a la hora y media duración -y esto contando hasta los créditos finales- y aún así le sobran varios minutos, en especial esa inútil subtrama en la que vemos a un amigo de Brent y a una jovencita gótica tener su muy particular Noche de Graduación. Todo este pietaje pudo haber sido eliminado sin mayor problema aunque, claro está, Cita de Sangre no hubiera pasado de 70 minutos.

viernes, 26 de octubre de 2012

Del Perdón al Olvido





Del Perdón al Olvido (Life During Wartime, EU, 2009), sexto largometraje de Todd Solondz, es la tardía y redundante secuela de la más lograda Felicidad (1998) que, en mi opinión, sigue siendo la película más redonda de toda su filmografía. Del Perdón al Olvido se exhibió en la 52 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional y, ahora, dos años después, ha regresado para una mínima explotación comercial en un par de salas chilangas.
Estamos ubicados diez años después de lo que sucedió en Felicidad: las tres hermanas Jordan ya no viven en Nueva Jersey sino en Florida (Trish y Joy) y California (Helen); el marido pedófilo de Trish, Bill (sombrío Ciarán Hinds), acaba de salir de la cárcel después de purgar su condena por haber violado a dos niños; y los tres hijos de Trish y Bill siguen creciendo: Billy (Chris Marquette) estudia antropología e investiga el comportamiento incestuoso de unos monos; Timmy (Dylan Riley Snyder) está a punto de celebrar su bar-mitzvah y la niñita Chloe (Emma Hinz) se toma su dosis diaria de litio y va a clases de karaoke. Los tres muy felices.
Decía que esta secuela es redundante. Más bien, superflua a ratos: Solondz pudo haber borrado de la trama las tribulaciones de Helen y Joy para centrarse únicamente en las de Trish, y la película habría funcionado mucho mejor. De hecho, Helen apenas si figura, y Joy, a quien se le aparecen los fantasmas de dos hombres que se han quitado la vida, nunca termina de encajar en la historia.
La película, como el título en español lo indica, está centrada en el perdón y en el olvido. ¿Cómo puedes perdonar si no recuerdas el agravio que te han hecho? Pero si olvidaste la ofensa que has sufrido, entonces no tienes nada qué perdonar. Así pues, el violador pedófilo recién liberado Bill  vaga como fantasma rodeando a sus seres queridos, tratando acaso de buscar su perdón, por más que él sabe mejor que nadie que no lo merece.
Pero si Del Perdón al Olvido tiene algunos problemas con subtramas y personajes de más, no sucede lo mismo con la puesta en imágenes de la cinta, mucho más estilizada que Felicidad en cuanto al manejo del encuadre y a la composición visual.
Lo que sí es idéntico en los dos filmes es el espléndido reparto. Aunque se trata de los mismos personajes, todos los actores son diferentes, sin faltar la excentricidad típica de Solondz: Allen, interpretado por el blanquísimo gordazo Philip Seymour Hoffman en Felicidad, es sustituido aquí por el negro delgado Michael Kenneth Williams, tan bien recordado por la teleserie The Wire (2002-2008). No importa: blanco o negro, los dos están perfectamente patéticos.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El cliché que yo ya vi/CVII






El montaje de la juerga:

Este cliché dice así: nada mejor para retratar una pedota que una secuencia de montaje. Puede ser cierto. Por pura antigüedad el recurso merecería una estatua en Reforma: ya en So this is Paris de 1926 hay un fiestón de aquellos apresurado por un montaje febril. Por supuesto que en la gran película del alcohol (Días sin huella, 1945) hay uno, con el pobre Don Birnam en la eriza en busca de una casa de empeños. Un año después encontramos el recurso en los delirios del buen borracho Martin Blair en Él ángel negro. Para los ochenta ya era materia prima para la parodia. Los Simpson, que a la hora de recocer lugares comunes no tenían par, propusieron dos montajes así en los noventa: el del viaje de azúcar de Bart y Millhouse y el de la “borrachera más grande de la historia” (“the bender to end all benders”) de Krusty en The last temptation of Krust (T9E15). Darren Aronofsky, ese repetidor de clichés, lo hizo con toda naturalidad en Réquiem por un sueño... como tres veces. Breaking bad es conocida, también, por su propensión a la montage sequence. Por supuesto que tienen una de fiesta enloquecida chez Jesse Pinkman al ritmo de Unga Bunga Bunga. (El capítulo es Thirty-Eight Snub de la T4, 2011.) Y, bueno, en Community, volteadores de clichés, está esta, excelente, que refiere no sólo a la interminable lista de montajes de borracheras sino a la escena del baile en The Breakfast Club, ochentenazo favorito del gran Abed. También es de 2011:



Ya para acabar les diré esto: ningún montaje alcohólico o de cualquier otra droga, ni en serio ni con ironía ni como parodia ni como saludo o guiño, ha logrado alcanzar el delirio de este, que está en Moontide de 1942. Aguas:


martes, 23 de octubre de 2012

Pídala Cantando/LI





El habitual lector de este blog, Saúl Baas Bolio, me pidió rescatar mi crítica de Desapareció una Noche, ante el inminente estreno de Argo, el más reciente largometraje de Ben Affleck. Aquí abajo está el texto, tal y como fue publicado hace cinco años.


Y ahora resulta que Ben Affleck tiene talento. Y mucho. Es cierto que Affleck ganó un Oscar –junto con Matt Damon- por el guión de Mente Indomable (van Sant, 1997), pero este logro perdió lustre muy pronto en los siguientes años: siete nominaciones a los Razzies –que “premia” a lo peor del cine estadounidense- marcaron una súbita decadencia que parecía irreversible.
Sin embargo, desde el año pasado la suerte de Mr Affleck cambió: primero, nos entrego una meritoria interpretación en el apreciable film-noir Hollywoodland (Coulter, 2006) y, ahora, en su debut detrás de las cámaras como cineasta, dirige el extraordinario drama policial/moral Desapareció una Noche (Gone Baby Gone, EU, 2007), sobre la novela homónima de Dennis Lehane, disponible en español en Ediciones RBA.
Boston, tiempo presente. La pareja –en más de un sentido- de jóvenes detectives privados Patrick Kenzie (Casey Affleck, en otra notable actuación después de un similar trabajo en El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford/Dominik/2007) y Angie Gennaro (Michelle Monaghan) son contratados por los tíos de una niña que desapareció, aparentemente secuestrada, sin que se diera cuenta la drogadicta, alcohólica y prostituida madre (Amy Ryan, magnífica). Renuente Angie a aceptar el trabajo, inclinado Patrick a decir que sí, finalmente los dos empiezan a buscar la verdad que a todos parece interesarle, por lo menos de dientes para fuera…
Por la premisa inicial –la abducción de un infante- y por el escenario –el Boston de la clase trabajadora-, Desapareció una Noche nos remite de inmediato a la obra mayor de Eastwood Río Místico (2003) –basada en otra novela de Lehane, por cierto-, pero los dos filmes son animales muy diferentes. Es cierto que en las dos cintas el fatalismo y la desesperanza terminan siendo asfixiantes, pero el desenlace de la opera prima de Affleck es, de lejos, mucho más complejo.
¿Qué es hacer el bien?: ¿cumplir con el deber cual si se tratara del imperativo categórico kantiano o pensar en las consecuencias de nuestras decisiones y actuar siguiendo un principio más “razonable”, más “práctico”, más "prudente"? El final, sospecho, provocará encendidas discusiones entre el respetable, y no porque sea confuso. Al contrario: la claridad de lo que sucede es lo que resulta lacerante… y debatible. Una de las mejores operas primas hollywoodenses de esta década, una de las mejores películas del año.

domingo, 21 de octubre de 2012

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLIII



Mentiras Mortales (Arbitrage, EU, 2012), de Nicholas Jarecki. Una buena pieza de acompañamiento de la superior El Precio de la Codicia (Chandor, 2011) con un Richard Gere perfecto en el papel de un carismático financiero transa. El reparto secundario hace aún más disfrutable el filme. Ojo al detective desgarbado que encarna Tim Roth: podría interpretar una nueva versión de Columbo. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

Esta No Es Una Película (In Film Nist, Irán, 2010), de Jafar Panahi. Vista para Ambulante 2012, escribí largo y tendido de este filme a principios de este año por acá. De lo mejor del 2102.

viernes, 19 de octubre de 2012

El cine que no vimos/XLVII



Prácticamente desconocida en México -aunque supongo que algunas de sus cintas se habrán exhibido en la Cineteca Nacional y en alguna otra parte del circuito cultural/festivalero de este país-, la obra del argentino Matías Piñeiro aparece como una de las más urgentes asignaturas pendientes para la cinefilia mexicana. De hecho, debo confesar que aún no veo sus dos primeras películas, El Hombre Robado (2007) y Todos Mienten (2009), pero después de la reciente revisión que hice de los fascinantes ejercicios fílmico/teatrales/meta-shakespearianos Rosalinda (Argentina, 2011) y Viola (2012), me parece obvio que tengo una tarea -¡otra más!-, que es agenciarme los dos primeros largometrajes de este joven cineasta nacido en 1982 en Buenos Aires.
Rosalinda y Viola son dos mediometrajes -el primero de 45 minutos; el segundo, de una hora- que funcionan como una suerte de gozosa reflexión/representación/extrapolación de una pequeña parte del universo cómico shakespeariano. En los dos filmes, todos los personajes hacen más o menos lo mismo:  un grupo de jóvenes actores ensaya unas comedias de Shakespeare y los múltiples enredos ideados por el poeta isabelino se repiten, en mayor o en menor medida, en el "mundo real" en el que viven estos pesonajes que es, por supuesto, la película que estamos viendo.
En Rosalinda, ocho actores están en una casa a las afueras de Argentina, en el Delta del Tigre, un escenario adecuadamente pastoral -árboles, un riachuelo, una cabaña rústica- en el que ensayan la octava comedia shakespeariana, Como Gustéis. Las mujeres, Luisa/"Rosalinda" (María Villar) y Fernanda/"Celia" (Agustina Muñoz) lo hacen bastante mejor que sus contrapartes masculinas -la excepción es Alberto Ajaka y su "Orlando"-, pues no sólo tienen bien aprendidos sus diálogos sino que parecen haber sido poseídas por el espíritu, más que por las palabras, de los personajes de Shakespeare. Así, los distintos engaños, ocultamientos y enredos de la obra se repiten en el campo, en un arroyo, en la casa, con todo y sus (des)encuentros erótico-amorosos, coronados por esa sucesión de parejas -¡y un trío!- besándose.
En Viola, tenemos a cuatro jóvenes actrices -entre ellas, nuevamente a la guapa Agustina Muñoz- que están interpretando siete obras de Shakespeare en algún pequeño teatro experimental de Buenos Aires. Otra de las actrices, Sabrina (Elisa Carricajo), está a punto de cortar la relación con su novio, Agustín (Alessio Rigo de Righi), y ante ello, Cecilia (Muñoz) ha decidido, con la anuencia de las otras dos compañeras actrices, "ayudar" a Sabrina a ese rompimiento, a través de una táctica típicamente shakespeariana de conquista/engaño/juego, mientras las dos muchachas ensayan una y otra vez algún diálogo de Noche de Reyes, también conocida como La Duodécima Noche.
La Viola del título no es, por cierto, la "Viola" de Noche de Reyes, sino una Viola de carne y hueso (nuevamente María Villar), que tiene un negocio de películas y discos "pidatas" que entrega a domicilio, cruzando la ciudad en su bicicleta. Viola se topará con los otros personajes ya mencionados -Agustín, Sabrina, Cecilia- que, a su vez, tendrán que ver con la relación que Viola tiene con su novio Javier (Estebán Bigliardi). Nuevamente, como en Rosalinda, los (des)amores y (des)encuentros shakespearianos tendrán su extrapolación en el mundo real de Viola. O lo que es lo mismo, "Viola" y Viola terminarán fundiéndose en una sola.
No tengo manera de saber cómo ha sido la evolución de Piñeiro desde sus dos primeros largometrajes -basados, tengo entendido, en la recreación de textos del escritor y político argentino Domingo Sarmiento- hasta estas dos cintas meta-shakespearianas (que forman parte de un proyecto de cinco o seis películas de este tipo), pero por lo menos en Rosalinda y Viola, el joven bonaerense demuestra ser un cineasta hecho y derecho: un espléndido director de actores -o, más bien, de actrices- y un maestro en el manejo del espacio fílmico y del encuadre, bien apoyado por la elegante y fluida cámara de Fernando Lockett, que no pierde un solo detalle del rostro de sus actrices, de cómo se mueven, de cómo sonríen, de cómo (nos) miran. Uno termina enamorándose de nuevo de los textos de Shakespeare después de ver Rosalinda y Viola. Y, también, de pasada, de las bellas, graciosas y esquivas actrices de Piñeira. Qué remedio.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El cine que no vimos/XLVI



Exhibida en México en Distrital 2012 y en otros festivales por aquí y por allá -estuvo este año en el BAFICI, en Valdivia y en San Sebastián-, La Casa Emak Bakia (España, 2012), opera prima de Oskar Alegría, es un vivificante juego cinematográfico dirigido por el azar, pero el resultado no es, para nada, azaroso. Es decir, aunque el filme de Alegría parece impulsado por el mero capricho, por la digresión más arbitraria, por la puntada más absurda, hay un misterioso orden que acomoda a la perfección todo lo que vemos. Es más, como alguien por ahí lo afirma en algún momento del filme, estamos ante una fascinante muestra de "cine accidental". Yo agregaría, además, que se trata de un accidente feliz.
El filme surge a partir de un misterio y de una búsqueda. En 1926, el artista estadounidense dadaísta/surrealista Man Ray realizó, en algún lugar cercano a Biarritz, una película-poema de 18 minutos llamada, precisamente, Emak-Bakia (1926). Alegría quiere saber con exactitud en dónde se filmó y, más específicamente, en que casa estuvo viviendo Ray durante esos meses, pues sabe que ese sitio se llamaba, precisamente, Emak-Bakia que en vasco significa "Déjenme en paz". El asunto parece sencillo: después de todo, en esa zona franco-vasca, todas las casas junto a la playa llevan un nombre. Bastará, se dice Alegría, ir a revisar los archivos históricos de Biarritz para encontrar el sitio en el que fue realizado el legendario filme-poema de 1926. Pero no, el asunto no resultará tan simple:  en los archivos de la ciudad no aparece ninguna casa nombrada así. El cineasta/detective no se arredra: tiene una sola pista -unos fotogramas del filme de Man Ray en el que se ven partes de la casa- y eso es más que suficiente. Decidido a que siempre será más interesante el camino que la meta, Alegría -qué apellido tan pertinente para este filme, caray- decide ir en busca de la misteriosa casa. Gracias a esa búsqueda, Alegría ha realizado uno de los más encantadores documentales -¿o de plano el mejor?- que he visto en el año.
La búsqueda de Alegría lo lleva a visitar la tumba de Ray, cuya leyenda en la lápida -"Despreocupado, pero no indiferente"- se convierte en una suerte de apotegma para el cineasta. La búsqueda de la casa la realiza de forma juguetona, despreocupada, pero nunca indiferente a lo que está a su alrededor. Así, al visitar el panteón en donde están los restos de Ray, ve la tumba de un payaso, lo que lo lleva a una digresión sobre Fellini y a una visita a un circo que se encuentra presentando un espectáculo en la ciudad. Luego, en un paseo por la campiña francesa, se topa con un árbol solitario pero nunca triste porque, aunque usted no lo crea, el árbol de marras chifla cuando el aire se encuentra con su tronco, con sus ramas. Otra pista lo lleva a hacerse de una postal antiquísima y un mensaje tan abierto como misterioso: "¿Te estás portando bien?". Alegría, feliz por cada nueva ruta que se encuentra, se va a París a visitar gráfolos, especialistas, coleccionistas. ¿Quién escribió esa postal? ¿Y a quién? En otro momento, juro que no me acuerdo por qué, hay otra digresión fabulosa sobre el sueño de los cerdos -y sí, vemos a unos cerdos durmiendo y, presumiblemente, soñando.
Finalmente, entre tantas y tan caprichosas pistas falsas, hacia la mitad del filme, Alegría encuentra la casa. En ese momento, aparece los créditos del filme y el nombre de la película que hemos estado viendo durante 40 minutos: La Casa Emak Bakia. Por supuesto, por si no había quedado claro aún, "el misterio" de la casa en la que Man Ray realizó su película de 1926 ha sido un mero pretexto para iniciar un juego. Y cuando el juego parece que ha terminado -¡finalmente llegamos a la susodicha casa!-, resulta que vamos apenas a la mitad. 
Así pues, en la segunda mitad de la cinta, conoceremos el origen de la casa -que se encuentra en Bidar, a 7 kilómetros al sur de Biarritz-, sabemos quiénes fueron sus antiguos dueños -y conocemos a la única sobreviviente: una princesa rumana de 92 primaveras y prima de Vladimir Nabokov-, vemos el uso que la casa tiene ahora -lugar de descanso de un sindicato de aviación-y, fiel al dictum de que es mejor el camino que la meta, Alegría seguirá recopilando momentos e imágenes -que incluyen la mágica reproducción en pantalla dividida de algunas escenas de la original Emak Bakia de Ray- hasta que finaliza topándose con una auténtica sorpresa y en una frase que resume el sentido último de esta película-juego: "Estoy bien vivo". Oh, sí: tan vivo como el cine.

martes, 16 de octubre de 2012

Frankenweenie



Hace casi 30 años, los ejecutivos de la Casa Disney castigaron a un joven aprendiz de cineasta llamado Tim Burton con el enlatamiento de un corto que le habían encargado con el fin de acompañar el re-estreno de Pinocho (Fergurson et al, 1940). El corto de marras -de acción viva, de 30 minutos de duración, en blanco y negro, con Shelley Duval, Daniel Stern, Barret Oliver y una pésima actriz adolescente llamada Sofia Coppola- se llamó Frankenweenie (1984) y el joven director castigado por hacer una película tan rara, tétrica y poco infantil se llamaba -se llama, pues- Tim Burton. Por supuesto, con el paso de los años, cuando Burton se hizo de nombre, fama y libertad, la casa productora del tío Walt "rescató" Frankenweenie y colocó el corto "maldito" en la sección de extras del DVD de la obra maestra stop-motion El Extraño Mundo de Jack (Selick, 1993), producida por Disney y escrita y coproducida por Tim Burton.
Pero faltaba un segundo rescate: el del propio Tim Burton que, casi dos décadas después vuelve a esa idea original dirigida por él y escrita por Leonard Ripps. Se trata, pues, de Frankenweenie (Ídem, 2012), un expansivo remake stop-motion en blanco y negro del corto de 1984. Básicamente se trata de la misma historia, sólo que ahora animada cuadro-por-cuadro y extendida de 30 a 87 minutos de duración. 
En esta extrapolación, es cierto, mucha de la ingenuidad y entusiasmo del Burton original se ha diluido pero, al mismo tiempo, esta nueva Frankenweenie se presenta como una suerte de temprana cinta-summa de la mejor obra burtonesca. Así pues, si el corto de 1984 anticipaba por algunos años al Burton de los años 80/90 en sus temas y personajes (el freak/outsider perseguido/incomprendido), escenarios (el plácido infierno clasemediero de El Joven Manos de Tijera/1990) y obsesiones (el cine de horror y sus intérpretes, como en Ed Wood/1994), el filme de 2012 permite revisar toda la obra burtonesca a través del lente de esta película, tan importante y personal en la filmografía del director de la mejor saga batmanesca que se haya realizador hasta el momento (Batman/1989 y Batman Regresa/1992).
El centro argumental es, decía, el mismo. Después de que su adorable perro Sparky es atropellado y enterrado en el Cementerio de Mascotas (Lambert, 1989) más cercano, el solitario chamaco Victor Frankenstein (voz en inglés de Charlie Tahan), influido por su excéntrico maestro de ciencias idéntico a Vincent Price (voz en inglés de Martin Landau, quien interpretara a Bela Lugosi en Ed Wood), desentierra al chucho en cuestión y lo revive, en una clásica noche de tormenta eléctrica, gracias a la ayuda de unos impresionantes rayos. Victor no grita: "It's alive, it's alive!", pero no es necesario. Cualquier conocedor del cine de horror y/o fantástico irá reconociendo con facilidad los homenajes y referencias, empezando por la Elsa Lanchester de La Novia de Frankenstein (Whale, 1935) hasta esa obra mayor de humor/horror navideño que es Gremlins (Dante, 1984), pasando por una atractiva monstruoteca: que si la Momia, que si Igor, que si una tortuga que se parece a Gamera, que un felino llamado "Don Bigotes" que se transforma en un gato-vampiro malhumorado...
Al mismo tiempo, Burton usa esta cinta para trazar vasos comunicantes con su propio cine, no sólo por la elección del reparto vocal -además de la de Landau, se escuchan por ahí las voces de Catherine O'Hara y de Winona Ryder, quien interpreta a una niña gótica que parece hermana menor de su inolvidable adolescente de Beetlejuice, el Superfantasma (1988)-, sino, como ya lo mencioné, por la conexión directa con los temas, personajes y obsesiones de toda su filmografía, incluso desde antes del Frankenweenie ochentero. Para ser concretos, desde su pequeña obra maestra animada Vincent (1982). 
A propósito de la animación: el stop-motion (y en 3D, por cierto) es usado de forma funcional y discreta. No hay despliegues técnicos virtuosísticos por ningún lado, aunque es innegable el cuidado con que todo el universo del filme fue creado: desde la fotografía en blanco y negro -fiel al corto original y a la cinefilia que presume- hasta los detalles más pequeños, como esa pequeña boca de Mr. Bigotes y los chicos ojotes que pela su dueña, quien en los créditos del filme aparece identificada, con todo justicia, sólo como "Weird Girl". 
En concusión, creo que el regreso al origen ha resultado provechoso, para Tim Burton. No para abrir nuevos caminos en su carrera -no es lo que alguien quiere hacer cuando dirige un remake de su propia obra- pero sí para recuperarse de una considerable cadena de fracasos creativos. Si este descanso en el camino le sirve para recupear el impulso perdido desde El Cadáver de la Novia (2005), que así sea.

domingo, 14 de octubre de 2012

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCLII



Bel Ami, el Seductor (Bel Ami, GB-Italia, 2012), de Nick Ormerod y Declan Donellan. Sobre la novela homónima de Guy de Maupassant -que, mea culpa, no he leído- he aquí la crónica de un arribista pobre, iletrado pero desvergonzado y cínico que, gracias al dominio que presume sobre cada mujer que tiene enfrente, logra triunfar en la Belle Époque parisina de finales del siglo XIX. La elección de Robert Pattinson para el papel protagónico (otra mea culpa: esta la primera película que veo protagonizada por el joven crepusculero) resulta torcidamente adecuada: ¿por este galancete de tercera babea la podrida y corrupta sociedad francesa de La Tercera República? Mi crítica, en el Primera Fila del Refoma del viernes pasado.

Frankenweenie (EU, 2012), de Tim Burton. Ya que Burton no puede renovarse, por lo menos que abreve del buen cine que solía ver y hacer. Esta suerte de remake en stop-motion de su cortometraje homónimo de acción viva de 1984 se sostiene por un evidente amor del cineasta por su personaje -su alter ego, claro- y por el cine mismo. Mi crítica, el próximo martes, aquí mismo. 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Baseball






Octubre es el mes de los playoffs de Ligas Mayores y, por supuesto, de la Serie Mundia. Y el mes, qué casualidad, en el que veo menos cine.
Hace muchos años vi en televisión Baseball (1994), la teleserie documental deportiva dirigida por Ken Burns. Tenía los programas grabados en unos estorbosos VHS que hace tiempo terminaron en el bote de la basura. Con el paso de los años, me hice de la serie en DVD -y, el año pasado, compré la secuela en BD, obra de la cual aún no he escrito. Mea culpa.
En fin: este artículo lo publiqué hace una década en la revista beisbolera sinaloense Puro Beisbol. Con algunos cambios mínimos, nomás porque es octubre y porque sí, va el rescate: 
             

El baseball está lleno de paradojas. Es un juego que tiene un aire campirano, rural, bucólico, pero en realidad se desarrolló, en la segunda mitad del siglo XIX en las grandes ciudades industrializadas de los Estados Unidos: Nueva York, Chicago, Boston, Detroit, San Luis… Es un juego profundamente conservador cuyas reglas básicas han cambiado relativamente poco desde hace un siglo (las grandes novedades serían la creación del bateador designado y la aparición de los relevistas, sean “preparadores” y “cerradores”) y, sin embargo, fue el primer deporte profesional estadounidense que rompió la barrera del color al aceptar a Jackie Robinson con los Dodgers de Brooklyn en el lejano 1947.
            Es un juego que permite a un individuo brillar de manera independiente pero, sin un equipo sólido detrás o delante de esa superestrella, es muy probable que ésta nunca pueda ceñirse un anillo de Serie Mundial (Ty Cobb no pudo hacer ganar a los Tigres de Detroit, Ted Williams no rompió “la maldición” de los Medias Rojas de Boston). Es un juego que, como dicen algunos, cualquiera puede jugar: parece fácil lanzar una pelota, parece sencillo hacer un doble-play, parece muy simple pegarle a la pelota con un bat, pero ¿usted lo ha intentado? Y si lo ha intentado, ¿de verdad lo hace tan bien como esos que usted critica?
            Es un juego en donde se pierde o se gana (no existen los empates, por supuesto), pero nunca las derrotas ni los triunfos son para siempre: cualquier aficionado al baseball sabe que, por más eficiente que sea su equipo, perderá –por lo menos— uno de cada tercer juego y, en contraste, por más mediocre que sea su novena favorita, ésta ganará –por lo menos— uno de cada tres juegos jugados. Es un juego en donde ningún triunfo, ninguna corona, nada, de hecho, es seguro: ni siquiera estar tres juegos abajo en una serie de siete juegos significa la derrota. Los Charros de Jalisco, los Tomateros de Culiacán o los Medias Rojas de Boston lo han demostrado. Finalmente, es un juego en donde el más grande bateador de todos los tiempos (Ty Cobb con .367 de bateo de por vida) no conectó de hit en seis de cada diez ocasiones en la que se plantó frente a un pitcher. Dicho de otra manera: en el baseball nadie, ni el más grande de todos (sea Ruth, Cobb, Williams, DiMaggio, Bonds), es más grande que el juego.
            Palabras más, palabras menos, muchos de estos argumentos vienen al inicio de Baseball (Ídem, EU, 1994), sin duda la más grande serie televisiva deportiva realizada en los Estados Unidos. Dirigida por el gran documentalista Ken Burns (responsable de los magníficos filmes documentales The Civil War/1991 y, más recientemente, Jazz/2001), Baseball fue exhibida por la pantalla chica mexicana hace varios años, pero también está disponible en una extraordinaria colección de 9 DVDs, cada uno de más de dos horas de duración (es decir: más de 20 horas del rey de los deportes). Con imágenes fotográficas, fílmicas y televisivas (dependiendo de la época que se trate), Baseball nos entrega la crónica del juego americano por excelencia, con sus héroes (Ruth), sus villanos (Cobb), sus hombres admirables (Mathewson), sus hombres quebrados (Rose), las grandes hazañas (la atrapada de Mays) y los grandes fracasos (los Medias Rojas de Boston entre 1918 y 2004).
            Además de los nueves “innings” (capítulos, pues) de Baseball, la colección ofrece un DVD extra con documentales, trivias, entrevistas y una historia resumida del deporte rey. Un regalo perfecto para cualquier obseso del beis… como quien esto escribe.