martes, 19 de febrero de 2013

Ambulante 2013/VII y última



Hay una veta creciente del cine documental mexicano contemporáneo que no hace otra cosa más que voltear a ver el ombligo familiar. Me refiero a películas centradas en la familia del propio director, sea porque algunos miembros de ella son los protagonistas, sea porque cierto familiar del cineasta sirve de Virgilio cinematográfico. Una lista de ejemplos que no pretende, para nada, ser exhaustiva, iría así: la abuelita memoriosa de Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo (Olaizola, 2008), los entrañables abuelitos de Un Día Menos (2009), la bisabuela y el tatarabuelo de El General (Almada, 2009), el papá y el tío bicicleteros de Ciclo (Martínez, 2012), y, ahora, los papás distanciados entre sí de Partes de una Familia (México-Holanda, 2012), opera prima de Diego Gutiérrez.
El título tiene un doble significado: estamos ante el desazonante retrato de un matrimonio de 48 años fracturado o, mejor dicho, partido en dos: él por un lado; ella, por el otro. Y, al mismo tiempo, al seguir con su cámara a sus propios padres y al dejar que hablen lo que quieran, el director nos entrega el parte cotidiano de una guerra soterrada pero constante que ha durado quién sabe cuántos años. Partes como pedazos de una familia; partes como informes de una serie de batallas interminables. 
El papá, Gonzalo Gutiérrez, de 80 años, y la mamá, Gina, de 70 primaveras, se conocieron hace casi medio siglo: a la semana de novios, él le pidió matrimonio a ella y dos meses después se casaron. Él, un prominente pediatra, acaba de retirarse para escribir sus memorias ("Batallas de un Jubilado"); ella, que dedicó toda su vida a sus tres hijos y al marido  -eso sí, con la ayuda de una criada/nana que ha vivido con ellos desde siempre- sólo vive para sus recuerdos, cuando era la hija única de sus papacitos regala-pieles, cuando era la delgadita y despampanante mujer con varios novios en su haber, cuando se casó enamorada de ese hombre una década mayor que ella con el que, le confiesa a su hijo que carga la cámara, tuvo "muy buenos fajes" y hacía muy buena pareja sexual. 
Ha pasado mucho tiempo desde la Luna de Miel, los hijos se han ido cada quien por su lado y ahora Gonzalo y Gina viven en un espacioso caserón a las afueras de la Ciudad de México: ella duerme en el piso de abajo, él en el de arriba y pareciera que sus vidas no se cruzan nunca. De hecho, hasta el minuto 42 -de los 83 que dura la película- Gonzalo y Gina salen en el mismo encuadre. Hacia el final del filme vuelven a aparecer pero la tensión es impresionante: han decidido vender la casa y mientras él sueña con vivir en un departamento para salir a tomar un café por las tardes, ella le reprocha que cuando eran jóvenes nunca hacían eso. 
El resentimiento parece inundar a la articulada Gina, a diferencia del más tranquilo y hasta jovial Gonzalo, pero desde el inicio el doctor nos confiesa su secreto: toma clonazepam para dormir y un antidepresivo para no estar triste. Ella, sabemos, se ha negado a tomar nada y, acaso por eso, los recuerdos -buenos o malos- terminan siempre en amargos reclamos -justificados o no- al marido que hizo algún comentario insensible cuando ella sufrió una masectomía, o en la perplejidad absoluta cuando el hijo le pregunta qué es lo que le gusta de su papá ("Ya no me acuerdo"). Incapaces de decirse algo agradable, los dos viejos salen del encuadre y luego reflexionan lúcidamente en la muerte, sin lamentaciones ni dramatismos. 
Gutiérrez mantiene la cámara cerca de sus padres -abundan los close ups y big close ups de ellos, especialmente en sus momentos confesionales- y, a través del montaje del también cineasta y experto editor israelí/holandés Danniel Danniel, la cinta avanza entre desazón y desazón, sin que el hijo/cineasta ceje un momento, por más que su papá le advierte ("Esto va a enloquecer a tu mamá"), por más que la madre le ordene ("Esto no lo pongas"). Un hijo desobediente, sin duda, Diego Gutiérrez. Pero no es mal cineasta. 

4 comentarios:

Christian dijo...

ay la azotadez, tan intrínseca de nuestra idiosincracia mexicana...

Alberto Acuña Navarijo dijo...

Yo agregaría a la lista a "Diario de Tres Voces": la señora de 90 años es la tía abuela de la directora (eso sin contar que las otras dos mujeres que aparecen en la película son amigas de la realizadora).

El problema es que si exceptuamos la película de Yulene Olaizola; el común denominador de estos nuevos documentales con tintes biográficos; tienen personajes que nunca logran importarnos. Están ahí por mero capricho buscando empatía.

Otro año de Ambulante y haciendo el balance de lo visto en cuestión documental mexicano; se reprobó como de costumbre.

Hard Pop dijo...

La razón de la abundancia de documentales que se centran en su propia familia es muy simple: la cercanía y viabilidad para concretar el proyecto. A veces sale bien, otras no, pero al menos ya hicieron su película.

Otro dato interesante sería saber de aquellos docu-dramas intrafamiliares cuantos son óperad primas.

¡Saludos!

Ernesto Diezmartinez dijo...

Alberto: Pues tanto como reprobado... La cinta de Mercedes Moncada es realmente lograda. Y no pude ver Quebranto (a ver si en Guadalajara). Elevador tampoco está mal.

Hard Pop: En efecto, esa es la razón. Los documentalistas debutantes deciden hacer cine de lo que conocen mejor, que suele ser familia y/o amigos.