domingo, 14 de abril de 2013

33 Foro de la Cineteca/II



No he visto la opera prima del cineasta griego-colombiano Spiros Stathoulopoulos, PVC-1 (2007) pero, por lo que he leído, es muy diferente en tema y estilo a su segundo largometraje, Metéora (Ídem, Grecia-Alemania-Francia, 2012), que se ha programado en el 33 Foro de la Cineteca Nacional.
El griego Theodore (Theo Alexander) y la rusa Urana (Tamila Koulieva-Karantinaki) son monjes ortodoxos, están enamorados y, por supuesto, siendo servidores de Dios, se siente culpables de pensamientos tan terrenales y pecaminosos. No solo su vocación religiosa los separa: también la orografía. La "metéora" del título es una región del centro de Grecia en donde se encuentran varios monasterios históricos. En uno de ellos, vive Theodore; en otro, vive Urana. Cada monasterio está enclavado en una montaña inaccesible: él tiene que subir y bajar innumerables escaleras; ella es subida y bajada peligrosamente a través de una cesta, cual fardo viviente.
El hombre y la mujer se ven apenas con el rabillo del ojo -pero intensamente- cuando coinciden el alguna misa, comparten un día de campo ante una toma fija y sostenida durante 10 minutos, se comunican a través de reflejos luminosos que entran en sus respectivas celdas y rezan el Salmo 23:4 cada quien por su parte pero radicalmente unidos, como quitándose la palabra, y así los vemos gracias al montaje paralelo de George Cragg. Varios segmentos de animación (casi) bizantina interrumpen/complementan esta historia de pasión carnal que es también espiritual, de este irrefrenable amor por Dios que es también por el hombre -y por la mujer. 
Los logros de Metéora son, también, sus inevitables limitaciones. Al final de cuentas, Stathoulopoulos logra sostener esta mínima historia  gracias a la buena presencia de sus dos actores, a esos atractivos momentos de animación ya apuntados, y a esa controlada puesta en imágenes en la que se alterna el acercamiento a esta apasionada historia de amor con la distancia con la que la cámara -manejada por el propio cineasta- observa la inmensidad del paisaje agreste y rocoso en el que se mueven, empequeñecidos, sus dos personajes. Estamos en un lugar que parece haber sido hecho por Dios para rezar pero, también, qué caray, para vivir, sembrar, comer... y amar.  

2 comentarios:

Abraham dijo...

Uy, ésta si la odié bastante. Visualmente es muy bella y esas animaciones como sacadas de vitral de iglesia tienen su encanto, pero aquí hasta le clavan a Jesús con cizaña. Cual amor, pura calentura.

Ernesto Diezmartinez dijo...

Abraham: Oh, pues. Qué tienes en contra de la calentura. Ora resulta.