jueves, 18 de abril de 2013

Santo Domingo 2013/III



En la sección informativa no competitiva de la XV Muestra Internacional de Cine de Santo Domingo se ha programado el más reciente largometraje del veterano catalán Ventura Pons, Año de Gracia (Any de Gràcia, España, 2011) aunque, por la calidad de la cinta, bien podrían haberse ahorrado esa información. 
El joven veinteañero David (Oriol Pla) llega desde su pueblito catalán a vivir a Barcelona, en la casa de la gruñona e insoportable anciana Gracia (Rosa María Sardà). Se trata de un programa diseñado por el gobierno: el muchacho acompaña a una vieja solitaria y ella le da gratuitamente alojamiento mientras el chamaco estudia en la Universidad.
La cinta avanza entre ñoñerías varias, episodios muy pobres de comedia juvenil/gerontofílica y una dirección de actores consternante. El final feliz que disfrutan los personajes no se justifica de ninguna manera: no se lo merecen y el público espectador merece menos aún un filme tan fallido.
Un poco más interesante -y, en todo caso, más meritorio- es Brecha en el Silencio (Venezuela, 2012), que está en la competencia en la Sección Opera Prima. Una joven muda, Ana (Vannessa di Quatro), trabaja en una textilera para ayudar económicamente a su madre, quien cierra los ojos cuando el marido de ella (Rubén León) abusa de la muchacha en todos los sentidos. Como Ana tiene dos hermanitos menores -una adolescente crecidita y un niño más pequeño- y el padrastro es un cerdo, ya sabemos por dónde va el desarrollo de la historia.
La historia es miserabilismo puro, pero los cineastas debutantes Luis y Andrés Rodríguez logran un trabajo aceptable tanto en el trabajo visual como en el sonoro aunque, eso sí, abusan tanto del uso del ralentí que a veces la película roza la autoparodia. El filme se puede entender como un primer paso y muy poco más.
La Playa DC (Colombia-Brasil-Francia, 2012) se mueven también en el terreno del miserabilismo juvenil pero, por lo menos, el filme es bastante más logrado. Tomás (Luis Carlos Guevara) es un adolescente que decide salir de la casa materna porque, para variar, no aguanta al padrastro. El hermanito menor, Jairo (Andrés Murillo), está perdido en las drogas y tiene precio su cabeza, mientras el hermano mayor, Chaco (Jaime Solís), acaba de regresar de Estados Unidos y ya quiere volver para allá, ahora con Tomás de acompañante.
La película funciona muy bien en la descripción de ese duro escenario callejero en el que sobreviven estos muchachos. La energética cámara en mano de Nicolás Cannicioni muestra a los personajes en un muy particular ecosistema juvenil en el que dominan el rap, el baile tropical explosivo, el caló bogotano ininteligible y los estrambóticos cortes de cabello. 
Por otra parte, a través del sólido montaje de Felipe Guerrero se alternan las imágenes de la ciudad -la Bogota, DC (Distrito Capital), del título- con los flash-backs idílicos en los que se muestra la vida de Tomás, sus hermanos y su madre en alguna zona rural colombiana de la que salieron huyendo debido, seguramente, a la violencia (contra)guerrillera. Hay ciertos guiños ¿inevitables? a Los Olvidados (Buñuel, 1950) en el guión escrito por el propio cineasta debutante Juan Andrés Arango García, pero en un tono más esperanzador.
En un tono aún más amable -y, también, más logrado- está otra opera prima también en competencia, La Silla del Padre (A Cadeira do Pai, Brasil, 2012), dirigida por Luciano Moura.
Theo (Wagner Moura, bien conocido por el díptico Tropa de Élite/Padilha/2007 y 2010) tiene que salir en busca de su hijo de 15 años Pedro (Brás Antunes) quien, harto de las peleas y broncas de sus padres separados, decidió huir de la casa, ¡comprar un caballo! y, montado en el cuaco, atravesar dos estados brasileños para ir a conocer a su abuelo, el padre de Theo. Al salir de Sao Paulo en busca de su rebelde hijo, Theo se encontrará con varios personajes que le irán dando información sobre el chamaco en fuga.
Por supuesto, con esta estructura ya descrita, la cinta está formada por una serie de viñetas argumentales: en cada encuentro, Theo es guiado hacia el rumbo por donde va su hijo, pero también empieza a entender quién es ese muchacho a quien realmente no conoce.
Wagner Moura sostiene muy bien toda la película, los episodios se detienen en la frontera de lo complaciente -acaso con la excepción de la escena en la que Theo, médico al fin y al cabo, ayuda en el parto de una jovencita- y la realización del debutante Luciano Moura es muy efectiva y funcional en su manejo de los espacios abiertos por los que se mueve el protagonista. No me extrañaría que esta película se llevara algún premio de la Sección Opera Prima. 

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