sábado, 18 de mayo de 2013

Después de Lucía





Ganador de la sección Una Cierta Mirada en Cannes 2012, ha regresado a la cartelera -en un ciclo de nominadas al Ariel 2013 en la Cineteca Nacional- Después de Lucía (México-Francia, 2012), segundo largometraje del egresado de Comunicación de la Iberoamericana Michel Franco (terrible opera prima Daniel y Ana/2009, protagonista de cierto comercial-de-pena-ajena del Gobierno Federal calderoniano en el que se presumían los premios obtenidos por el cine nacional).
La película ha sido señalada como una descripción descarnada del bullying y así ha sido vendida, pero la historia escrita por el propio Franco trasciende con mucho el tema, pues explora otros asuntos menos obvios: la forma en la que se lidia (o no) con la muerte de un ser querido, la búsqueda de la justicia convertida en venganza, la inevitabilidad de la violencia cual deprimente reflexión hobbesiana. Ante la ausencia de controles, esto es lo que puede hacer un grupo de chamacos y lo que pueden hacer, también, los adultos.
La Lucía del título no aparece en el filme, a no ser en algunas imágenes que Roberto (Hernán Mendoza, con la apostura de un James Gandolfini nacional) y su hija adolescente Alejandra (Tessa Ia)  ven en la computadora. Lucía murió en un accidente automovilístico en Puerto Vallarta, mientras enseñaba a manejar a Alejandra. Ahora, el marido viudo y la muchacha huérfana de madre han decidido cambiar de aires y han llegado a la Ciudad de México, en donde quieren seguir con lo que queda de sus vidas: Roberto como chef, Alejandra como estudiante de una exclusiva preparatoria privada. Una serie de estupideces  cometidas por Alejandra y otra serie de bajezas cometidas por sus nuevos compañeros de escuela convierten a la muchacha en víctima pasiva de una retahíla de abusos que, increíblemente, van escalando sin que nadie se dé cuenta, sin que nadie intervenga, sin que nadie vea algo extraño. Todo lo que sucede es “normal”… incluyendo el desenlace.
Franco se muestra como un cineasta en pleno control de sus recursos, sea por el impecable manejo tanto de sus muy convincentes actores juveniles como del sorprendente Hernán Mendoza, sea por la sobria puesta de imágenes -cámara de Chuy Chávez- que, a través de esas cuidadosas tomas extendidas, se nos muestra el nivel de deterioro emocional en el que se encuentra el padre viudo –el encuadre de la secuencia inicial lo dice todo-, los alcances a los que pueden llegar unos cuantos chamacos “jugando” a “joder” a la compañera inerme –la insoportable escena del “pastel” de cumpleaños- y ese final –otra vez con una interminable toma extendida- que aparece como el efecto lógico no del bullying, sino de la ¿inevitable? condición humana.

3 comentarios:

Pedro dijo...

Fui a ver la película con expectativas muy divididas. Por un lado, el espantoso trailer (que más bien parecía una re-interpretación de la película) y por otro,las opiniones de ciertos tuiteros que decían cuanto les había gustado.

A mi me gustó mucho, de igual forma me pareció muy controlada y agradecí en especial que no cediera ante clichés o detalles telenoveleros-sentimentalistas-moralistas. La pelicula, a pesar de como te la venden, no pretende darte una lección sobre el bullying o regañarte, sino que simplemente se sirve de este tema para contar una historia.

Coincido con lo de los actores, y especialmente con la escena del pastel de cumpleaños, dificilísima.

Joel Meza dijo...

Acabo de verla en netflix. Lástima que no la comentaron más lectores. Situaciones insoportables para el espectador...

Ernesto Diezmartinez dijo...

Joel: El final es impresionante.