domingo, 23 de junio de 2013

La Chica del Sur



En julio de 1989, el entonces joven de 24 años José Luis García tuvo la oportunidad de viajar de Buenos Aires a Pyongyang, Corea del Norte, "a través de cuatro continentes", para asistir al XIII Festival Internacional de Jóvenes y Estudiantes, un encuentro de la muchachada comunista patrocinado por la entonces Unión Soviética. El año es clave: estamos a unos meses de la caída del Muro de Berlín y tres semanas después de la matanza de estudiantes chinos en la plaza de Tiananmen. Aunque, a decir verdad, esto de la ideología y la historia le importaba muy poco al futuro cineasta: él había viajado hasta las antípodas con el fin de olvidar un trauma amoroso y estaba sustituyendo a su hermano mayor -él sí militante comunista- que de último minuto no había podido subirse al avión.
García, que desde entonces ya tenía madera de documentalista, tomó su cámara VHS y decidió grabar todo lo que pudiera. El resultado es fascinante: la primera parte de La Chica del Sur (Argentina, 2012) es un viaje por el túnel de tiempo en el que los ilusionados/ilusos jóvenes comunistas de todo el mundo discutían, cantaban, bailaban y redactaban sumarios, mientras llegaban a consensos tan originales como la necesidad de abolir la deuda externa de los países en vías de desarrollo o a documentos de tal trascendencia como ese en el que el Partido Comunista Inglés aceptaba la soberanía argentina sobre las Malvinas -a saber por qué el gobierno británico no le ha hecho caso-, todo ello aderezado por coros del tipo "el pueblo unido jamás será vencido" y exigencias de que los yanquis sacaran sus garras de Centroamérica -claro que, cuando en ese mismo tenor, alguien propuso condenar el reciente asesinato masivo de estudiantes en Tiananmén, la mayoría de las valientes delegaciones comunistas no estuvo de acuerdo. Y es que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa: no había por qué molestar a los camaradas chinos. 
En pleno festival, algo inesperado sucede: una jovencita sudcoreana llamada Sukyong Lim aparece en Pyongyang y se convierte en la estrella del evento. La muchacha aboga por la reunificación de las dos Coreas, habla en conferencia de prensa sobre el adoctrinamiento anticomunista en su país y dirige emotivos discursos en plazas públicas y universidades. Por supuesto que cuando todo esto acaba, "La Flor de la Reunificación" -así fue bautizada de inmediato- tendrá que enfrentar cargos de espionaje y una pena de prisión por tres años y medio cuando decide cruzar la frontera que divide las dos Coreas.
Han pasado 20 años de esto, pero García -el consistente y articulado narrador en off de su propia historia- nunca se pudo quitar de la cabeza a esa atractiva jovencita que desafío a su país y pagó con cárcel por ello. Decidido a saber qué pasó con Lim, investiga sobre su paradero, sabe de un fallido matrimonio, de la muerte de un hijo y de su actual trabajo como profesora de medios de comunicación en la Universidad de Hankuk. Ayudado por Alejandro Kim, un traductor coreano que vive desde los 9 años en Argentina, García viaja otra vez a Corea -esta vez a Seúl- para entrevistarse con la redescubierta Sukyong Lim, convertida en una dificil y distante mujer que no entiende muy bien qué quiere ese argentino de ella.
Tengo que confesar que yo tampoco sé muy bien qué quiere el director de ella. Escribí líneas atrás que La Chica del Sur es la historia de José Luis García y creo no equivocarme: este notable flme documental no es tanto la biografía de la entusiasta jovencita Su-kyong convertida en la elusiva profesora Lim, sino la crónica de la obsesión del cineasta García por la imagen de esa muchacha que le fascinó cuando él mismo era un confundido veinteañero. Y el asunto es que Lim no está dispuesta a abrirse fácilmente. No se siente bien siendo admirada, no se siente tranquila ante las preguntas, no se siente con la voluntad de ser protagonista de nada. Las utopías se acabaron desde hace tiempo y lo que queda son los reflejos de ellas: acaso no más que una caprichosa obsesión juvenil por una muchacha que fue y que ya no es. Acaso lo única que queda es la posibilidad de explorar/exorcisar esos recuerdos y memorias a través del cine.

1 comentario:

Joel Meza dijo...

Me recordó cuando Andrés Bustamante fue con TV Azteca al mundial de Japón: fue, en su personaje de Ponchito, a buscar a la actriz que hacía a la Srita. Cometa, en un pseudorreportaje de investigación. Afortunadamente a Ponchito le fue mejor que al documentalista argentino, porque la Srita. Cometa ahora es una cantante y presentadora de la tele japonesa, así que el encuentro fue muy gracioso y perfectamente entendido por la actriz.