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martes, 13 de agosto de 2013

Alto en el Camino



Ganadora en la sección Una Cierta Mirada en Cannes 2011 y exhibida el año pasado en la 11a. Semana de Cine Alemán -la edición número 12 inicia este jueves, por cierto-, Alto en el Camino (Halt auf freier Strecke, Alemania-Francia, 2011), noveno largometraje de Andreas Dresen (Aves de Paso/1999, A Mitad de la Escalera/2002, Entre Nubes/2008), ha regresado a la Cineteca Nacional y a sus sedes alternas para una modesta pero necesaria corrida comercial/cultural.
El inicio del filme marca la pauta de lo que veremos en los siguientes 110 minutos: la cámara permanece fija durante más de tres minutos en los rostros del cuarentón obrero calificado Frank Lange (Milan Peschel) y su esposa conductora de tranvía Simone (Steffi Kühnert), quienes reaccionan con estupefacción, esperanza, dolor, confusión y derrota cuando cierto profesional doctor fuera de cuadro les informa que Frank tiene un tumor maligno en el cerebro, que no es posible operar y que le quedan no más de dos meses de vida. Con rigor que nunca derrapa en el miserabilismo, lo que sigue es la crónica de las últimas semanas de vida de un tipo común y corriente que, por simple "destino" -así le dice el médico- le ha tocado la mala suerte de que se le desarrollara una mortal "gliobastoma". Así de simple, así de sencillo, así de terrible.
La cámara de Michael Hammon solo se permitirá ese sobrio momento de observación estática. En el resto del filme, el encuadre obedecerá una lógica funcional, constreñido en gran medida a la casa de familia Lange, en donde Frank ha sido enviado para pasar sus últimas semanas con su doliente, luchona pero abrumada esposa, y sus dos hijos, la adolescente clavadista Lilli (Tallisa Lilly Lemke), que empieza a evitar convivir con el papá agonizante, y el confundido niñito Mika (Mika Seidel), quien apenas alcanza a entender lo que está pasando.
El humor, bien dosificado en el guión escrito por el propio Dresen en colaboración con Cooky Ziesche, no cae nunca en la caricatura -la petición de Mika a su papá de que le dé el iPhone después de que se muera, el hilarante chiste que mal-cuenta Frank sobre un paciente que sufre de cáncer y Alzheimer-, ni sentimentaliza en ningún momento la tragedia terrible -pero, ay, tan natural- de la muerte de este pobre hombre que ve, lentamente, como va perdiendo todas sus funciones intelectuales -es incapaz de armar la cama de su hijo-, motoras -empieza desmayándose y termina acostado en la cama-, corporales -una enfermera lo baña y le cambia el pañal diariamente-, convirtiéndose en un doloroso pero necesario lastre para toda la familia que sufre con él y por él.
Si acaso hay una sola falta de cálculo en el filme, son las alucinaciones/visualizaciones del propio Frank, quien ve a su propio tumor (Thorsten Merten) asistiendo a un talk-show o durmiendo junto a él, como si se estuviera copiando la premisa de la reciente comedia satírica Una Visita Inoportunda (Blier, 2010), en la que un misántropo escritor alcohólico (Jean Dujardin) es visitado por su cáncer (Albert Dupontel), que no quiere dejarlo en paz un solo momento. Los interludios imaginarios de Frank con su tumor no terminan de funcionar nunca, porque chocan con el tono realista/naturalista del resto del filme, en el que se nos muestra el lento e inexorable deterioro de un cuerpo que está destinado a extinguirse más temprano que tarde, aunque la vida a su alrededor continúe después de este doloroso, para todos, alto en el camino: "Me voy a practicar".