miércoles, 23 de octubre de 2013

Morelia 2013/IV



Lo mejor de un festival como el de Morelia es que si uno ya agotó las películas en competencia en el día o no hay un estreno internacional que a uno le llame la atención, siempre quedan los clásicos que se programan cada año y, en esta ocasión, hasta en anacrónicos (y extrañados) 35 mm. El clásico en cuestión es Trenes Rigurosamente Vigilados (Ostre Sledované Vlaky, Checoslovaquia, 1966), la obra maestra de Jiri Menzel y una de las películas emblemáticas de la Nueva Ola Checoslovaca de los años 60.
La vi por vez primera hace poco más de dos décadas -también en pantalla grande, curiosamente- y ahora, en esta segunda re-visión, me ha parecido aún más valiosa. 
Si usted recuerda, la cinta está ubicada en un pueblito checo en la época de la ocupación nazi. El joven Milos Hrma (inolvidable Václav Neckár) empieza su chamba como despachador de trenes, siguiendo la tradición familiar de hacer todo lo posible por no trabajar y vivir del presupuesto. Eso sí, aunque el país está invadido por los alemanes, Milos tiene otra preocupación: dejar de ser virgen porque aunque él asegura que es muy hombre, el problema es que cuando tiene una mujer al lado deja de serlo. El médico le informa que padece de eyaculación precoz y que cuando esté con una muchacha piense en otra cosa -en el fut, por ejemplo- pero ni el diagnóstico ni el consejo le sirven de mucho.
Esta comedia negra es hilarante, mordaz y, sin embargo, no es ajena a cierta calidez hacia sus personajes, especialmente por el jovencito Milos, conmovedor, ridículo, patético y, al final de cuentas, hasta heroico. Por cierto, el desenlace es, acaso, el más cruel de todas las películas de la Nueva Ola Checoslovaca. Y esto es ya decir mucho. En definitiva, una obra maestra y, seguramente, la mejor película que veré en Morelia este año.
Otro personaje inocente -aunque nunca tan interesante como Milos- es el bien interpretado por el muy gracioso Kristyan Ferrer en Guten Tag, Ramón (México-Alemania, 2013), el más reciente largometraje de Jorge Ramírez-Suárez (Conejo en la Luna/2004; el segmento del elevador de Los Inadaptados/2001), cinta presentada fuera de concurso.
La película es una fantasía inmigrante que resulta bastante simpática buena parte del tiempo, hasta que el cineasta/guionista se enamora demasiado de su inverosímil premisa y, en el desenlace, echa a perder buena parte de sus logros. De todas formas, la cinta puede aguantar el palomazo sin mayor problema y, con todo y su invasiva música melosa, podría tener buena taquilla en el momento del estreno.
El Ramón del título (Ferrer) es un joven duranguense que, después de tratar de cruzar cinco veces al otro lado -y ser retachado las mismas cinco veces- decide mejor probar suerte al otro lado del Atlántico, en Alemania, donde vive la tía de un amigo que le puede echar la mano. La película está repleta de coincidencias oportunistas-maravilloso-fantásticas; Ramón consigue la lana para comprar el vuelo redondo a Alemania, inmigración lo deja pasar sin mayor problema, aunque no encuentra a la tía se encuentra con mucha gente amable que le ayuda, se vuelve maestro de baile latino de un grupo de viejitos retirados, se convierte en el hijo-nieto de una amable anciana solitaria, una preciosa empleada de una tienda no tiene más que atenciones con él... Creo que me expliqué: pareciera que, a excepción de un par de personajes por ahí, en Alemania están esperando con los brazos abiertos a todos los mexicanos alegres, guapachosos y comedores de chiles que podamos mandarles.
Ramírez-Suárez eligió con tino a su actor protagónico, porque el jovencito Ferrer sostiene la película con su simpatía, su carisma, sus ojos picarescos y su fácil sonrisa. Como su "hada madrina", Ingeborg Schöner permanece del lado correcto del melodrama, Ella tiene una extensa y efectiva escena en la que su personajes y el de Ferrer comparten confidencias -ella en alemán; él en español- y aunque los dos no se entienden nada, logran transmitir que realmente se comprenden más allá de las palabras. El problema, insisto, es que llega el desbocado final que, incluso para esta amable fantasía, es de plano inverosímil.
La siguiente película que vi es, hasta el momento, lo mejor de la competencia: la muy emotiva Los Insólitos Peces Gatos (México, 2013), multipremiada (en Locarno y Toronto) opera prima de Claudia Sainte-Luce. 
Estamos en Guadalajara. La joven demostradora de salchichas Claudia (Ximena Ayala) es hospitalizada de emergencia debido a un apendicitis y ahí, esperando la cirugía, conoce a Martha (Lisa Owen) y a sus cuatro hijos: la dura hija mayor Ale (Sonia Franco), la gordita (in)feliz Wendy (Wendy Guillén), la preciosa Mariana (Andrea Baeza) y el menor de todos, el inquieto Armando (Alejandro Ramírez Muñoz).
Martha, que convalece de una enfermedad grave, es una mujer alegre, curiosa, que muy pronto no solo hace migas con la silenciosa Claudia sino que, de hecho, la termina invitando a comer a su casa, después a pasar la noche con ellos hasta que, sin querer, la huérfana Claudia termina siendo parte de la familia: una especie de segunda hermana mayor, enfermera sustituta, educadora en tipos de besos, cómplice de las pintas de los hermanitos menores, encargada de dotar de "ruffles verdes" o chocolates a la antojadiza Martha, más todo lo que se acumule en la semana aunque, pensándolo bien, ¿quién adopta a quién?
La debutante Sainte-Luce, con la ayuda de la veterana cinefotógrafa Agnès Godard, demuestra un eficaz manejo del espacio en interiores -esa toma inicial extendida con la cámara tomando a los distintos miembros de la familia llegando a la cada, cada quien en lo suyo-, además de una sensible dirección de actores -no hay una sola interpretación fuera de tono- y, por si fuera poco, el guión escrito por la propia directora no descuida ni un solo personaje. 
Más aún: la emotiva secuencia final nos remite, acaso no de manera intencional, a un auténtico clásico del cine mexicano. ¿Exagero si afirmo que desde la despedida de Doña Luisa García viuda de García en Vuelven los García (Rodríguez, 1947) no había una escena similar tan emotiva? A lo mejor sí, pero me vale.