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jueves, 31 de enero de 2013

El Bailarín Enamorado



Hace unos días, cuando estaba escribiendo mi crítica de Chicas en Conflicto (Damsels in Distress, EU, 2011) para el Primera Fila de Reforma -cómprelo en su puesto de revistas o pague la suscripción en línea: algunos tenemos que comer- recordé la escena final, en la que Greta Gerwig y su galán bailan y cantan "Things are Looking Up" de los hermanos Ira y George Gershwin y sentí la necesidad de volver a ver Un Bailarín Enamorado (A Damsel in Distress, EU, 1937), la película que Whit Stillman homenajea -en el titulo y en el desenlace- en su más reciente largometraje, la ya mencionada Chicas en Conflicto
El Bailarín Enamorado es el décimo largometraje de George Stevens (1904-1975), quien había iniciado en el cine, en plena adolescencia, como asistente de cámara para luego ser ascendido a director de fotografía a los 20 años de edad en los prolíficos estudios de Hal Roach. En poco tiempo, Stevens pasaría a ser uno de los más destacados gag-man del estudio y, luego, a director de varios cortometrajes de las estrellas Laurel y Hardy. 
Para cuando Stevens dirigió EBailarín Enamorado, el joven cineasta ya había obtenido uno de los más grandes triunfos de crítica y taquilla de la época -Alice Adams (1935), con Katharine Hepburn- y había dirigido a Fred Astaire y Ginger Rogers en el primer encuentro fílmico de la legendaria pareja: Swing Time (1936). Dicho de otra manera: Stevens era ya, a sus 33 años, un cineasta hecho y derecho, experto en gags visuales y verbales, que sabía aprovechar los talentos de sus estrellas consolidadas y descubrir otras nuevas. 
Así pues, en El Bailarín Enamorado tenemos a Fred Astaire en el papel de Jerry Hallyday, el bailarín americano del título, de gira europea y de visita en Londres. Su agente de publicidad -el gran George Burns soltando one-liners a diestra y siniestra, especialmente a su secretaria, la hilarante Gracie Allen- ha creado de él una imagen de Casanova que no corresponde a la realidad. Por una serie de coincidencias y malentendidos que no tiene sentido anotar aquí, la joven aristócrata Lady Alyce (Joan Fontaine en su primer papel importante en el cine) se encuentra con Astaire y, por supuesto, se enamora de él, lo que la pareja demuestra bailando la ya mencionada "Thing are Looking Up". 


La cinta abunda en diálogos ingeniosos -el guión es de, nada menos, el gran humorista P. G. Wodehouse sobre su propia obra de teatro-, Astaire tiene grandes oportunidades de lucimiento -su solo del final es impresionante-, Miss Fontaine está preciosa a sus 19 primaveras -aunque el movimiento de sus cejas me distrajeron- y, además del citado número de "Things are Looking Up", Astaire entona el clásico "Nice Work If You Can Get It". 
Por cierto, la delirante coreografía de Hermes Pan (el segmento "Funhouse") le hizo ganar su único Oscar a esta encantadora película que merece la revisión en programa doble con la cinta de Stillman. 

Aquí abajo, un fragmento de la coreografía oscareada en 1938:


Y aquí el impresionante solo de Astaire:



lunes, 28 de enero de 2013

Catnip


Gracias a @ruidoenelDF me entero de un peligro del que no era consciente: ¡Catnip, la droga de los gatos! El corto de abajito, Catnip, Egress to Oblivion (EU, 2012), de Jason Willis, acaba de ganar el premio del público en Sundance 2013. O sea, votaron muchos dueños de felinos auténticamente preocupados por estas maléficas tachas gatunas.



domingo, 27 de enero de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXVIII



Hitchcock, el Maestro del Suspenso (Hitchcock, EU, 2012), de Sacha Gervasi. Sobre un libro -que no he leído- de Stephen Rebello llamado "Alfred Hitchcock and the Making of Psycho", la opera prima de ficción del inglés Gervasi -documental Anvil: the Story of Anvil (2008)- es el típico Oscar-bait que, por fortuna, a excepción de los maquillistas de la Academia de Hollywood -única nominación que consiguió el filme- nadie mordió. El planteamiento de que Hitch tenía de consejero imaginario al serial killer Ed Gein -en quien se basó vagamente Robert Bloch para escribir su novela Psicosis (1959)- coquetea con la autoparodia y, la verdad, nunca pude hacerme a la idea de ver a Anthony Hopkins como Hitchcock y, especialmente, a Helen Mirren como la pequeñita y anteojuda Alma Reville -brincos diera la señora Hitchcock de haber estado tan guapa. Valdría más la pena ver cualquier "Detrás de las cámaras" de Psicosis (1960) o, por supuesto, volver a ver la obra maestra hitchcockiana. 

Abolición de la Propiedad  (México, 2011), de Jesús Magaña. Sobre un texto de José Agustín, he aquí los encuentros, desencuentros, peleas y duelos verbales de Everio y Norma (excelentes Humberto Busto y Aislinn Derbez), quienes esperan en un sótano la llegada de una amiga mutua, teniendo como única compañía una grabadora/oráculo. Una cinta teatral/experimental no del todo satisfactoria que se beneficia de la cámara del infalible Alejandro Cantú. La cinta ganó el premio a Mejor Guión en la sección de Largometraje Mexicano de Ficción en Guadalajara 2011.

V/H/S (Ídem, EU, 2012), de David Bruckner, Joe Swanger y otros. Un omnibus-film conformado por seis relatos de horror de los cuales apenas dos se salvan de la chamusquina. El lugar común dice que toda película de esta naturaleza es dispareja pero V/H/S es consistente: consistentemente mediocre. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. 

jueves, 24 de enero de 2013

Lincoln


Lincoln (Ídem, EU, 2012) no inicia de la mejor manera. Después de una cruenta batalla cuerpo a cuerpo entre soldados confederados blancos y sus similares negros de la Unión, vemos al décimo-sexto presidente de los Estados Unidos (Daniel Day Lewis buscando espacio en la repisa para colocar su tercer Oscar) platicar con cuatro soldados -dos blancos, dos negros- que están a punto de regresar a combatir. El encorvado Presidente de mirada bondadosa intercambia unas cuantas palabras con ellos y hasta les cuenta un muy cotorro chiste sobre su desafortunado peluquero. Sin embargo, esta deferencia presidencial no detiene al imprudente Cabo Clark (David Oyelowo), quien le reprocha a Lincoln el hecho de que ellos, los negros, no tienen oficiales de su  misma raza ni ganan lo mismo que los soldados blancos. Lincoln no contesta el reclamo del joven negro que, de todas maneras, mientras le da la espalda al Presidente para regresar al combate, revela que ha memorizado el célebre discurso lincolniano de Gettysburg ("...that government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth").
Escena fotografiada de manera portentosa por el gran Janusz Kaminski, humor e ingenio a flor de pie en el chascarrillo que cuenta Lincoln, planteamiento directo del tema central del filme -la búsqueda de igualdad de los negros frente a los blancos- y la admiración incondicional hacia el Presidente de parte de sus sus tropas, incluyendo al respondón Cabo Clark... El prólogo del vigésimo-séptimo filme spielbergiano es tan idílico que parece de estampita histórica.
Por fortuna, Lincoln, la película y su personaje central, resultarán mucho más complejos de lo que los minutos iniciales de esta cinta nos indican. Guardando las distancias -que, a decir verdad, no son muchas-, Spielberg ha hecho en Lincoln un ejercicio similar al realizado por Ford en su clásico El Joven Lincoln (1939): se ha apropiado del admirado personaje histórico para llevarlo a los terrenos de su universo fílmico particular. Así, si el joven abogado Lincoln de Ford terminaba convertido en el emblemático héroe fordiano de siempre, el Lincoln maduro de Spielberg le sirve al director de E.T. el Extraterrestre (1982) para entregarnos otro retrato más de una familia en crisis -la que vive en la Casa Blanca, pero también la familia de todo el país dividida en dos bandos irreconciliables- y otro retrato más de un padre ausente/presente/admirado/añorado que es, también, en este caso, el padre de todo el país.
Lincoln no es una biopic tradicional -como sí lo era, por ejemplo, la muy menor Abraham Lincoln (Griffith, 1930)- sino algo mucho más interesante: una suerte de acezante thriller político -o, mejor dicho, thriller legislativo- que nos remite a cierto dictum atribuido a Bismark: "al que le gusten las leyes y las salchichas, que no vea cómo se hacen". 
Y es que esta película está centrada, básicamente, en un Abraham Lincoln que es un autentico animal político, uno que está dispuesto a todo -incluso a retrasar la paz con el Sur rebelde- para lograr un irrenunciable imperativo legal/moral/político: el fin de la esclavitud en Estados Unidos. El Lincoln de Spielberg y Day-Lewis es un sagaz político "mátalas callando" que parece -pero solo parece- que siempre está en otra parte: se hace el desentendido cuando su gabinete discute acaloradamente, se distrae atendiendo a su hijito/soldadito Tad (Gulliver McGrath) cada vez que aparece por ahí, cuenta chistes y anécdotas de todo tipo a la menor provocación y hasta acepta ir con el boss de los Republicanos moderados (Hal Holbrook) para que le gritoneen con todo e hijito/soldadito como testigo mudo... 
Pero, también, este Lincoln es el grisáceo Presidente burócrata que atiende a un par de ciudadanos para recomendarles "amablemente" que presionen a su representante en el Congreso para que vote como él quiere, es el Presidente leguleyo que explica con pelos y señales por qué es necesario el cambio constitucional antes de que termine la Guerra Civil, es el Presidente iracundo que le grita a su gabinete que se dejen de babosadas porque él necesita esos votos y los necesita ya, es el Presidente cabildero que habla con ciertos representantes para intentar convencerlos por las buenas de que voten como él quiere, y hasta es el desvergonzado Presidente tracalero que no le tiembla el pulso para mentir o para echar mano -vía su antiguo rival y ahora devoto Secretario de Estado William Seward (David Strathairn)- de tres regocijantes malandrines proto-priístas/panistas/perredistas (John Hawkes, Tim Blake Nelson y un abotagado James Spader robándose cada escena en la que aparece) que tienen la tarea de comprar los votos de algunos Demócratas prometiéndoles chambitas en el gobierno federal, pues el Lincoln de Spielberg podrá tener muy clara la bondad de su objetivo -la aprobación de la décimotercer enmienda que abolirá la esclavitud para siempre- pero tiene igual de claro que esto es política, que no está lidiando con santos y que con dinero (o, en su defecto, con intereses o, a veces, con el genuino convencimiento) baila el perro. 
La contraparte moral de Lincoln resulta ser el arrebatado líder Republicano radical Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones) -uno de los villanos, por cierto, de El Nacimiento de una Nación y el Ku-Klux-Klan (Griffith, 1915)- que, habiendo luchado toda su vida por la idea de que negros y blancos son iguales ante Dios, tiene que aceptar, pragmáticamente, la enmienda constitucional que acepta la igualdad solamente ante la ley -lo que retrasaría, por supuesto, la igualdad plena durante un siglo entero. Pero así es la política en una democracia viva: si Lincoln logró la aprobación de la décimo-tercer enmienda por medios non sanctos ("La más grande reforma del siglo XIX obtenida gracias a la corrupción por el hombre más puro de Estados Unidos", le dice Stevens a su amasia negra), el idealista encarnado por Tommy  Lee Jones tendrá que tragarse su orgullo para aceptar lo que se puede conseguir, mientras se sigue luchando para lograr todo lo que se quiere. Lincoln se erige, pues, como un fascinante filme didáctico sobre los alcances, las dinámicas, los éxitos y fracasos del juego democrático. Ni idealización de los personajes y sus prácticas ni denuncia indignada sobre las perversiones de la "cochina" democracia. 
Pero también -y aquí vuelvo a mi argumentación inicial- Lincoln es, más allá del retrato histórico y los intríngulis políticos del momento, un filme muy personal de Spielberg. Ese político avezado que es Abraham Lincoln tiene que lidiar con una familia quebrada -una esposa (Sally Field) histérica e ingobernable; un hijo mayor (Joseph Gordon Levitt) que lo desafía porque desea ir a combate- y, al mismo tiempo, es visto con absoluta adoración por su hijito/soldadito menor que, en la elipsis clave del filme, se convierte en el perfecto alter-ego spielbergiano: el niño lloroso, devastado, incrédulo, ante la irreparable pérdida del padre.
Lincoln no es la obra maestra de Spielberg: además del prólogo de estampita escolar ya descrito, el epílogo -con Lincoln dando su discurso de toma de posesión de su segundo periodo- se siente innecesario y machacón. De todas formas, los logros superan con mucho estos problemas menores: la riquísima fotografía en interiores siempre dinámica de Kaminski, un reparto intachable hasta el último de los intérpretes, una solemnidad  inevitable saboteada una y otra vez por el humor del Lincoln contador de chistoretes, por los sucios vericuetos por los que andan el trío de malandrines ya descritos y por los chispeantes duelos verbales a grito abierto el Congreso y/o en cortito -la lección que le da Stevens a un despreciable pero muy necesario chaquetero Demócrata, por ejemplo-, porque así se resuelven los asuntos en una democracia: discutiendo, luchando, convenciendo y, al final de cuentas, contando los votos. 
Así y no de otra manera, pues, funciona un "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". Y qué bueno que así sea... aunque a veces, qué remedio, haya que echar mano de gente como ese pícaro borrachales casi fordiano interpretado por James Spader. También él es parte de la democracia.

miércoles, 23 de enero de 2013

El Joven Lincoln



Ante el estreno de la personalísima biopic política spielbergiana Lincoln (2012), resulta obligado revisar el más notable antecedente fílmico-biográfico sobre el décimo-sexto presidente de los Estados Unidos y ese resulta ser, sin duda alguna, El Joven Lincoln (The Young Mr. Lincoln, EU, 1939), dirigido por John Ford sobre un guión -nominado al Oscar- de Lamar Trotti.
Lincoln había sido una presencia constante en el cine hollywoodense hasta ese momento: Griffith lo hizo aparecer varias veces en El Nacimiento de una Nación y el Ku-Klux-Klan (1915) y muchos años después dirigió una artrítica biopic llamada solamente Abraham Lincoln (1930) con Walter Huston en el papel del "honesto Abe". El propio Ford usó a Lincoln como personaje secundario en El Caballo de Hierro (1924) y, un año después de la cinta de Ford, John Cromwell dirigió Abe Lincoln in Illinois (1940) que, por lo que he leído, podría verse como una suerte de remake-secuela de la película de Ford.
Si revisamos la Internet Movie Database, encontramos más de 300 filmes y/o series televisivas en los que ha aparecido como personaje Abraham Lincoln pero ninguna biopic realmente trascendente hasta la realizada por Spielberg y, 73 años antes, la dirigida por Ford -suspendo el juicio sobre Abe Lincoln in Illinois porque no la he podido ver, pero de todas formas no he encontrado una sola referencia que afirme que la cinta dirigida por Cromwell es superior a El Joven Lincoln, que se había estrenado un año antes.
Con todo, hay que subrayar que El Joven Lincoln es una cinta muy diferente a la de Spielberg e incluso a la dirigida por Griffith en esa misma década de los años 30. No se trata de una biopic política más o menos tradicional, sino algo mucho más interesante: la apropiación por parte del ya entonces prestigiado John Ford del Abraham Lincoln juvenil, una construcción dramático-ficticia que, en efecto, guarda similitudes con el Lincoln histórico de esos años -el joven abogado de los años 30 del siglo XIX- pero que, en realidad, es un personaje fordiano hecho y derecho: una suerte de Wyatt Earp (cf. La Pasión de los Fuertes, 1946) de los tribunales. La comparación, creo, va más allá del hecho que el sheriff Wyatt Earp y el joven Abraham Lincoln es interpretado por el mismo actor, Henry Fonda, que a partir del filme de 1939 iniciaría una larga y fructífera colaboración con John Ford, comparable en importancia -aunque no en la cantidad de filmes- con la que tuvo el cineasta con Harry Carey e, incluso, John Wayne.
Más allá, insisto, de que estamos ante el mismo actor, la realidad es que el Lincoln de esta película es más o menos el mismo héroe fordiano que hemos visto antes y que veremos después, tanto en la optimista La Pasión de los Fuertes como en la oscura Más Corazón que Odio (1956), por mencionar dos filmes emblemáticos de Ford. El joven abogado Lincoln es un solitario que no encaja en ninguna parte -la última escena de El Joven Lincoln prefigura los desenlaces de La Pasión... y Más Corazón..., con los héroes alejándose hacia el horizonte-, un hombre que se coloca por encima de quienes lo rodean gracias a una autoridad innata que ha logrado imponer -en el caso de El Joven Lincoln- a través de la palabra y el sentido común. Y algo más: a través, también, de su sentido del humor. Rescatando un rasgo de personalidad del Lincoln histórico -que gustaba de hacer chistes de sí mismo y de contar historias de todo tipo-, el joven abogado encarnado por Fonda no se detiene para hacer uno que otro chistorete, bajarse a sí mismo los humos ("Solo soy un picapleitos") y reírse de sus oponentes colocándoles algún apodo ofensivo.
Ford retrata a Lincoln como un joven serio y melancólico -aparentemente, así era también el verdadero Lincoln- que es obligado a tomar una decisión vital debido a una desgracia. Si en La Pasión de los Fuertes, Earp se quedaba en Tombstone a poner orden en ese pueblo de nadie, esto se debía al asesinato de su hermano menor en manos de los Clanton. En El Joven Lincoln, el joven leñador Abraham Lincoln es impelido a abandonar New Salem  para convertirse en abogado a partir de la muerte de su adorada novia pelirroja Ann Rutledge (Pauline Moore) a quien, dicen algunos historiadores, Lincoln nunca logró olvidar. (Nuevamente las similitudes entre El Joven Lincoln y La Pasión de los Fuertes aparecen con entera claridad incluso en la elección de los encuadres: los dos héroes están frente a la tumba del hermano/de-la-novia y los dos prometen cumplir con ese destino que no pueden ni deben evitar, como buenos héroes fordianos que son).
Hay otros elementos típicos de Ford en el filme: el exultante populismo del cineasta, quien extiende una sabrosa pachanga pueblerina durante ocho minutos enteros y, por supuesto, la posición de Ford frente a los engolados, aristócratas, ricachones e hipócritas. Cuando Lincoln interroga al borracho del pueblo Sam (Francis Ford, el sufrido hermano del cineasta) para ver si lo elige como parte del jurado y el borrachín de marras le contesta que sí, es un dipsómano, malhablado, flojo, mentiroso y, además, nunca va a la iglesia, Lincoln le dice, palabras más, palabras menos, que tiene toda la madera para ser una persona decente. 
Es decir, como siempre, en el cine de Ford ser un descastado y borrachales -y, por ende, ser un rechazado por "lo mejor de la sociedad"- es ganancia. Ford -y su joven Lincoln- se lanzan contra el pomposo fiscal que hace dormir hasta al juez, contra la muchedumbre que a las primeras de cambio quiere linchar a quien se deje, contra la autoridad corrupta que se aprovecha de su poder para abusar... A esas escorias combate este admirable héroe fordiano que, después de cumplir su cometido, camina tranquilamente hacia una tormenta que se avecina... ¿La Casa Blanca? ¿La Guerra Civil? 

lunes, 21 de enero de 2013

Django sin Cadenas



Hacia la última parte de Django sin Cadenas (Django Unchained, EU, 2012), el más reciente largometraje de Quentin Tarantino, el dentista alemán convertido en cazador de recompensas King Schultz (Christoph Waltz en un papel hecho a la medida) comete un acto que pretende ser justiciero pero que termina siendo contraproducente. Más bien: simplemente estúpido. No diré qué hace Herr Schultz pero usted se dará cuenta cuando vea la película. Tamaña insensatez la corona el locuaz Schultz disculpándose ante su camarada Django (Jamie Foxx) diciendo: "No lo pude evitar".
Después de esta escena -que desemboca (y no es metáfora) en un baño de sangre-, Django sin Cadenas termina por salirse de madre. Así pues, el octavo largometraje tarantinesco termina yéndose al caño porque Tarantino no puede parar cuando debe hacerlo. "No lo pude evitar", podría disculparse el director de Jackie Brown (1997), pero eso significaría que, como Schultz, se ha dado cuenta de que ha cometido un grave error. Pero dudo que el cineasta tenga esa cualidad.
Estamos en Texas, en 1858, tres años antes de la Guerra Civil. El citado Schultz adquiere -dinero y balazos de por medio- al Django del título, pues el esclavo conoce a ciertos malandrines que el alemán quiere matar para cobrar la recompensa respectiva. Schultz no sólo es la más articulada pistola del oeste, sino un abolicionista avant-la-lettre, pues desprecia de corazón la esclavitud y todo el sistema que la sostiene. Así pues, a las primeras de cambio libera a Django, le ofrece convertirse en su ayudante y, cuando se entera que el exesclavo tiene una esposa germano-parlante llamada Broomhilda (Kerry Washington) que es "esclava de casa" en alguna plantación sureña, decide ayudar a su asistente/socio/amigo a rescatar a su añorada mujer, cual re-edición del mito teutón de Brunilda y Sigfrido -por lo menos en la versión que cuenta Schultz. 
Durante esta primera hora, Tarantino ha hecho el mejor cine en mucho tiempo: una suerte de sampling fílmico que toma algunos elementos del spaguetti-western no tan prestigioso (Django/Corbucci/1966), lanza dardos precisos al cine racista del Hollywood fundacional griffithiano -la escena del KKK- , retoma la hilarante premisa de Locuras en el Oeste (Brooks, 1974) -¡vean, un negro armado y a caballo!- y hasta puede presumir de ser una digna descendencia de la mejor comedia de pareja/dispareja hollywoodense, con el pomposo y verborreico Hardy/Schultz y el silente/tímido Laurel/Django o, si usted quiere, con el neurótico y hablantín Felix/Schultz y el hosco/pocas-pulgas Oscar/Django (Una Extraña Pareja/Saks/1968).
La heroica tarea wagneriana que ha planteado Schultz -rescatar a Brunilda del dragón-  toma claridad después del minuto 50: hay que ir a Mississippi a encontrarse con el dragón de marras, un tal Monsieur Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), un suave sureño decadente y racista que tiene como esclava en Candyland, su enorme plantación, a la esposa de Django. Candie, por cierto, resulta ser un dragón relativamente fácil de engañar, pero su asistente, el anciano esclavo Stephen (Jackson), no lo es. De hecho, el viejo lisiado de 76 años será el auténtico villano del filme, el más duro, el más implacable, el más provocador. 
No es casualidad el nombre de Stephen, supongo: su apelativo nos remite al controvertido Stepin Fetchit, el gran comediante negro que llegó a ser una estrella por derecho propio en el cine hollywoodense de los 30, encarnando muchas veces a negros tontos, flojos y/o serviles. En todo caso, el torcido Stephen de Tarantino vía Samuel L. Jackson (y viceversa) podrá ser todo lo servil que usted quiera, pero no tiene nada de tonto. He aquí la más interesante aportación del filme de Tarantino: la construcción de este inquietante personaje que resulta ser el torcido alter-ego de su perverso amo. Stephen no puede soportar a Django porque el arrogante esclavo liberado no juega con las reglas aceptadas: el orgullo de Django no molesta al blanco Calvin, pero sí resulta una ofensa insoportable para el mayordomo negro que ha vivido con tres generaciones de amos y que ha podido lidiar con todos ellos usando las armas del servilismo, mientras es cruel con los demás -es decir, con los negros como él.
Tarantino, nos ofrece, pues, una primera hora divertidísima, otra hora tambaleante en la que nuestros héroes llegan a Candyland y, luego, en la última media hora, dijera el Dr. King Schultz, el cineasta no lo puede evitar y echa todo a perder. Traiciona a Schultz y a su gran actor Christoph Waltz, echa por la borda toda la tensión creada hasta el momento, hace que olvidemos sus ideas más audaces y se suelta, feliz de la vida, bañando de sangre las paredes de Tara -quiero decir, Candyland-, en una inocua e interminable fantasía de venganza afroamericana que no sé si alguien, a estas alturas del juego, encuentra ofensiva, provocadora o interesante. Yo, por lo menos, no.
Estamos, pues, ante una cinta quebrada en la que Tarantino, desgraciadamente, ha traicionado sus mejores momentos -la comedia de la primera parte- y sus mejores ideas -la relación de Calvin y Stephen de la segunda parte- para lanzarse de lleno, parafraseando al cinecrítico David Edelstein, no al Grand Guignol sino a un Bland Guignol. Y un último detalle: Tarantino debería volver a ver el cine de su odiado John Ford -o de su adorado Sergio Leone, en todo caso- para ver cómo se hace un western en grandes espacios abiertos. Digo, por si hace Django 2.

domingo, 20 de enero de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXVII




La Cebra (México, 2011), de Fernando Javier León. La Revolución Mexicana vista a través de la esperpéntica mirada del debutante León no es más que "la bola" en la que abundan la muerte, la traición, la rapiña, y escasean los ideales revolucionarios que, en todo caso,  pueden resumirse como tener mucho dinero, un buen pedazo de tierra y muchos peones para trabajar. O sea, hay que estar en la Revolución -y con el grupo "ista" que gane- para, cuando la bola termine, ser como el patrón. 
Eso lo tienen muy claro los pícaros protagonistas de esta dispareja pero muy divertida farsa "robolucionaria", Leandro y Odón (Jorge Adrían Spíndola y Harold Torres), dos aventureros que le roban la cebra del título ("potrillo rayado", "caballo joto", "cuaco gringo") a los sobrevivientes de un circo quemado por algunas de las gavillas obregonistas o villistas o zapatistas o carrancistas -da lo mismo- que plagan el seco Bajío mexicano.
La cinta tiene momentos muy logrados, el rapport cómico entre Spíndola y Torres es de primer nivel, pero en su segunda parte la cinta languidece un poco -creo que se estanca en el segmento en el que nuestros protagonistas terminan sirviendo a una ridícula banda de militares con apellidos presidenciales- y el epílogo es muy malo. De cualquier forma, esta debió haber sido la cinta del Centenario de la Revolución, no ese brodio llamado El Atentado (Fons, 2010). Vista en Guadalajara 2012.

Nos Vemos, Papá (México, 2011), de Lucía Carreras. Opera prima de Carreras, presentada en Morelia 2011. La treintañera Pili (extraordinaria Cecilia Suárez) sufre la muerte de su padre y no puede lidiar con ella. La morosa mujer deja de ir al trabajo, se enclaustra en la casa paterna y duerme en la cama del muertito, decidida a no decirle adiós al hombre de su vida. 
Muy pronto será más que obvio que la obsesión de Pilar por su idealizado padre muerto ha ido  demasiado lejos y su familia -su hermano, su cuñada, su tía- no saben qué hacer con ella. Suárez logra una interpretación notable: su locura puede ser inquietante, lastimosa, divertida y, finalmente, gozosa, como se manifiesta en la última toma, un primer plano de su rostro triunfante. Una locura feliz.

La Maleta Mexicana/The Mexican Suitcase (México-España-EU, 2011), de Trisha Ziff. Este documental podrá ser todo lo convencional y académico que usted quiera, pero los testimonios recabados, las lúcidas cabezas parlantes -entre ellas la de Juan Villoro- y la historia misma -el descubrimiento en 2007 de una maleta que contiene 45 mil negativos de los fotógrafos Robert Capa, David Seymour y Gerda Taro tomados en la Guerra Civil española- provocan que el espectador no despegue los ojos de la pantalla. Sí, es otra cinta más sobre el exilio español, pero el tema no se agotan fácilmente, como lo demuestra esta informativa y muy profesional cinta exhibida en la Cineteca Nacional. 

Entre la Noche y el Día (México, 2011), de Bernardo Arellano. Francisco (el actor no profesional y discapacitado mental Francisco Cruz) es un adulto mayor autista que vive con su hermano Víctor (Joaquín Cossío) en alguna parte de la ciudad de México, muy cerca del bosque de Chapultepec. Francisco es muy funcional -de hecho, no es un autista clásico sino, en todo caso, un  Asperger- pero, de todas formas, necesita supervisión constante, por lo que la esposa de Víctor, Silvia (Carmen Beato), ya no puede más con esa responsabilidad. La gota que derrama el vaso es que Francisco adopta una vieja rata desamparada. Al final de cuentas, "Fran" es enviado con su otra hermana, Gaby (Arcelia Ramírez), que vive en el interior del país (¿Veracruz?) y que tiene un violento novio de pocas pulgas.
Arellano se muestra como un cineasta debutante muy controlado. El manejo del encuadre -la cámara es de Damián Aguilar- es impecable y la combinación de actores de prestigio con no profesionales da buenos resultados. En lo personal, la sección campirana del filme, cuando "Fran" encuentra su propio paraíso terrenal, me pareció muy forzada, pero creo que Arellano merece que no lo perdamos de vista. 

Amour (Ídem, Austria-Francia-Alemania, 2012), de Michael Haneke. Una de las mejores películas que vi el año pasado, como lo anoté en mi "evangelio" del 2012. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

Lincoln (Ídem, EU, 2012), de Steven Spielberg. El director de Tiburón (1975) arrasará, con toda justicia, en el Óscar 2013. Si exceptuamos el filme de Haneke, no hay película más personal, lograda y pertinente entre la competencia. Escribiré largo y tendido de ella, pero adelanto algo más: esta cinta de Spielberg no desmerece, en lo absoluto, si se le compara con la obra mayor de Ford, El Joven Lincoln (1939). De ese tamaño es el logro de Spielberg. Pero, ¿alguien puede sorprenderse de ello?

Django sin Cadenas (Django Unchained, EU, 2012), de Quentin Tarantino. Los primeros 50 minutos de la nueva cinta de Tarantino es extraordinaria: en esa primera hora somos testigos del encuentro y asociación del dentista y cazador de recompensas Christoph Waltz con el esclavo negro liberado Jamie Foxx. La elocuencia de Waltz, la presencia de Foxx, la irresistible banda sonora y varias secuencias inspiradas -entre ellas, la parodia de cierta escena clásica griffithiana- logran que uno perdone y hasta olvide las gansadas que ha soltado Tarantino en las últimas semanas. Por desgracia, la película no puede sostener este tono porque no dura 90 minutos, ni dos horas, sino ¡165 minutos! Así no se puede. Eso sí, en la interminable secuencia de la plantación, Samuel L. Jackson aparece interpretando a uno de los mejores personajes del filme y esto ayuda a que uno recupere el interés. Mi crítica, en los próximos días aquí mismo.


viernes, 18 de enero de 2013

El evangelio del 2012... según ustedes/XX y último


"-¡Quiobo! ¿No que Nolan era invencible?"



Y, finalmente, después de 140 votos emitidos, el top-5 del año según los lectores de este blog fueron:

1. El Espía que Sabía Demasiado, de Tomas Alfredson: 52 votos.

2. Una Separación, de Asghar Farhadi: 27 votos.

3. Batman, el Caballero de la Noche Asciende, de Christopher Nolan: 17 votos.

4. La Invención de Hugo Cabret, de Martin Scorsese: 15 votos.

5. Moonrise Kingdom: un Reino Bajo la Luna, de Wes Anderson: 11 votos. 

Los restantes 18 votos se repartieron entre las otras sietes películas -o más bien seis, porque El Precio de la Codicia no tuvo uno solo. Debí haber votado por ella. 


jueves, 17 de enero de 2013

En corto, es mexicano/X

Bueno, en este caso, no es corto sino medio. Se trata de Paty Chula (México, 1991), memorable debut en la realización de Francisco Murguía. Se trata de un cruel y lúcido filme de 39 minutos de duración que, en palabras de Mauricio González Lara (@mauroforever) en twitter, "dice más del clasismo y la misoginia en México que el grueso de las cintas serias que han abordado el tema". 
¿El pretexto para compartir esta película? Que el protagonista de ella, Ernesto Gómez Cruz, será homenajeado en Guadalajara 2013, con la exhibición de este filme y otros cuatro más, a saber: Los Caifanes (Ibañez, 1967), la obra maestra ripsteniana Cadena Perpetua (Ripstein, 1979), La Víspera (Pelayo, 1982) y El Imperio de la Fortuna (Ripstein, 1986). Aunque, la verdad, para ver Paty Chula no debe ser necesario ningún pretexto. 

miércoles, 16 de enero de 2013

El Último Verano de la Boyita



Nunca exhibida comercialmente en México, aunque -me ha dicho en twitter un lector- ya programada en la televisión de paga, ha llegado a nuestro país, con varios años de retraso y en limitado estreno cultural/comercial -Cineteca Nacional y su red de salas- El Último Verano de la Boyita (Argentina-España-Francia, 2009), segundo largometraje de Julia Solomonoff (opera prima Hermanas/2005, no vista por mí).
Rosario, Argentina, años 80. Jorgelina (Guadalupe Alonso) es una niña que se siente sola. Sus papás se están divorciando y su hermana mayor, Luciana (María Clara Merendino), ya no la pela porque ha crecido y prefiere salir con sus amigas. Refugiada en "la boyita" del título -una cámper o casa rodante-, Jorgelina se entretiene viendo, entre curiosa y horrorizada, los libros de anatomía de su papá médico (Gabo Correa). En las vacaciones de verano, las  dos hermanas tendrán destinos contrarios: Luciana se irá a la playa con mamá, mientras que Jorgelina se irá con su padre, a una casa de campo, en donde será atendida por una vieja criada (Mirella Pascual) y su seco marido capataz (Arnoldo Treise), y trabará una amistad entrañable con el hijo de ellos, el silencioso niño rubio Mario (Nicolás Treise), quien está a punto de dejar de ser niño para convertirse en un adolescente. O mejor dicho, está a punto de convertirse en un hombre, pues en el contexto social/cultural de esta zona rural de Argentina, se pasa de ser niño a ser hombre, sin intermedios. O eso se espera de él, en todo caso.
Estamos ante una delicada cinta de crecimiento infantil/juvenil en dos vías paralelas: la de Jorgelina y la de Mario. En este espacio bucólico, tan bello como rudo, Jorgelina y Mario descubrirán que tienen mucho en común, por más que su extracción social, su horizonte de vida y otros asuntos "menores" los separen. "No soy como los otros", le dice Mario a Jorgelina en cierto diálogo clave pero es obvio que Jorgelina se siente igual, tratando de entender los cambios que suceden a su alrededor, con su hermana, con sus padres, con ella misma. 
Solomonoff se acerca a los asuntos más escabrosos del filme con una delicadeza ejemplar, tan depurada como sensible, sin artificios de ninguna especie, sin idealizaciones/denuncias dramáticas, sin escenas shocking ni explícitas. La auto-afirmación de Mario, como salida de alguna escena nunca filmada del clásico mexicano Allá en el Rancho Grande (de Fuentes, 1936), más que viril, será digna, existencial. Ese triunfo nadie se lo quita. 
Y, en efecto, Mario no es como los otros. Es mejor. Y se los ha demostrado, para luego huir y encontrar la conmovedora solidaridad de Jorgelina, un poco menos niña, un poco más crecidita. Ha sido su último verano infantil. También el de Mario. 

martes, 15 de enero de 2013

Una Visita Inoportuna




Exhibido hace más de un año, en el 15to. Tour de Cine Francés, ha vuelto a la cartelera comercial Una Visita Inoportuna (Les Bruits des Glacons, Francia, 2010), el más reciente largometraje del septuagenario maestro Bertrand Blier (Les Valseuses/1974, Vestido de Fiesta/1986),  protagonizada por el oscareado Jean Dujardin.
Aunque por la estructura y los recursos dramáticos de los que echa mano el filme –el rompimiento contante de la cuarta pared, los flashbacks montados/platicados por los propios personajes frente a cámara- uno podría pensar que se trata de la adaptación de una obra de teatro, esto no es así: estamos ante un inteligente guión original escrito por el propio cineasta Blier.
El alcohólico escritor abandonado por mujer e hijo Charles Faulque (Dujardin) recibe la visita en su casa de campo de un tipo encorbatado (Albert Dupontel) que le dice, así nomás, que es su cáncer, que lo deje pasar, que no lo va a molestar mucho: van a estar juntos unos tres meses, nada más. Eso es, claro, lo que le queda de vida al tipo, que no deja su cubo de hielo y su vino blanco ni para ir al baño –de ahí el título original de la cinta en francés, por cierto.
Aunque no del todo satisfactoria –la resolución no se sostiene ante las reglas que la propia premisa había mostrado-, esta comedia melodramática de Blier logra ser divertida y perturbadora a la vez. El cáncer de Charles –que sólo puede ser visto por él y por alguien que realmente lo ame, como su enteca sirvienta Louisa (Anne Alvaro)- es una versión aún más molesta, egoísta y hedonista de él mismo. Peleando continuamente, Charles y su cáncer recordarán momentos claves de su vida en la que el escritor borrachales fue alejando de sí a todos los que lo quieren, incluyendo a la sufrida y devota Louisa.
Blier dirige con una vitalidad juvenil: la cámara de Francois Catonné se mueve con ejemplar fluidez, el manejo del cambio de foco dentro del encuadre se hace con precisión técnica/dramática, la pareja de Dujardin/Dupotel tiene un irritante rapport muy adecuado para el tono del filme y la elección de la banda sonora –que incluye a Nina Simone con el clásico “Ne me quitte pas” en los créditos finales- es notable.
Con todo y estas virtudes, debo confesar que el desenlace me pareció gratuito y poco creíble pero, vaya, puedo estar equivocado: después de todo, esta película tiene como personaje a un cáncer que camina, habla y come.

lunes, 14 de enero de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXVI



Mátalos Suavemente (Killing them Soflty, EU, 2012), de Andrew Dominik. El tercer largometraje del neozelandés hollywoodizado Dominik es un thriller criminal híper-dialogado, basado en una novelita hard-boiled de George V. Higgins. El reparto -Brad Pitt, Richard Jenkins, James Gandolfini, Raty Liotta, Vincent Curatola- es formidable y los diálogos nunca dejan de ser interesantes. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

31 Días (México, 2013), de Erika Grediaga. La opera prima de la coguionista de la teleserie animada "My Friends Tiger&Pooh" Erika Grediaga tiene la estructura de una re-marriage comedy clásica pero ni la directora ni su reparto están a la altura del reto.
 Eva (Irán Castillo) es una célebre escritora hembrista/feminista que tiene la hipótesis que el amor pasional termina cuando han transcurrido 30 días de cualquier relación amorosa. Es decir, a partir del día 31 del título, dice ella, empieza a enseñorearse la rutina. La mujer -que es tan famosa que aparece en el programa "Netas Divinas", nada menos- firma un "contrato" con cierto fotógrafo de modas italiano llamado Adam (blandísimo Lorenzo Balducci) para sostener una relación pasional durante un mes exacto, sin prórroga de ningún tipo, con la agenda (más o menos) escondida de que esta experiencia le sirva para escribir un nuevo libro. Por su parte, el fotógrafo de marras también tiene sus propias razones, pues su exnovia lo abandonó siguiendo los consejos leídos en el libro de Eva, así que el tipo busca vengarse de la autora, enamorándola. 
La premisa no es nada original, pero en manos más aptas para la screwball comedy y/o la comedia romántica, esta película habría funcionado, acaso, como un inocuo palomazo de fin de semana. Sin embargo, así como está, con un ritmo alertagado, una consternante ausencia de buen humor y un par de actores sin rapport cómico/romántico de ninguna especie, 31 Días es un irredimible fracaso más del cine comercial mexicano. Otro más. Y, en este caso, el primero del año. 

Una Visita Inoportuna (Les Bruits des Glacons, Francia, 2010), de Bertrand Blier. Más de un año después de haber sido exhibida en el 15to. Tour de Cine Francés, regresa a las pantallas comerciales esta dispareja comedia melodramática dirigida por el veterano Blier. Mañana mismo abundamos sobre ella.


sábado, 12 de enero de 2013

El cine que no vimos/XLIX




Es un lugar común apuntar que las películas con buenas escenas de acción física funcionan, en cierto nivel, como los musicales hollwyoodenses de los años 30’s/40’s/50’s. Es decir, independientemente de la historia y/o la trama, el montaje de una secuencia de acción en una cinta, digamos hongkonesa, es muy similar a la de cualquier musical gringo clásico dirigido por, digamos, Gene Kelly. Esta epifanía, digna del descubrimiento del agua tibia, me vino a la mente al ver en una de las más emocionantes peleas –golpes y patadas de por medio- de La Redada (Serbuan maut, Indonesia-EU, 2011), tercer largometraje del escocés avecindado en Indonesia Gareth Evans.
En la escena de marras, el flacucho, chaparrín pero invencible villanazo “Perro Rabioso” (Yayan Ruhian) le está pegando hasta con la cubeta al pundonoroso sargento policial Jaka (Joe Taslim) y, en cierto momento, el citado “Perro Rabioso” se sube por la pared como lo hiciera Donald O’Connor en Cantando Bajo la Lluvia (Kelly y Donen, 1952), brinca grácilmente y, luego, le sigue dando de trompadas al pobre Jaka, que ya no siente lo duro sino lo tupido.
Momentos de este tipo hay al pasto en 90 de los 101 minutos que dura La Redada, una híper-cinética película de acción que, inexplicablemente, no mereció estreno comercial en México. Me encontré el filme en un botadero de Blockbuster en una muy decente edición en DVD nacional, con una buena cantidad de extras: comentario subtitulado al español del director Gareth Evans, un análisis que hace el propio cineasta sobre una escena en particular, una conversación de Evans y los compositores  Mike Shinoda y Joseph Trapanese con el público de algún festival de cine, además de la pedacería de rigor (tráiler oficial del filme, un tráiler de la serie animada tailandesa en la que está basada la película, y muchas cosas más).
En cuanto a la cinta en sí, estamos ante una historia que resulta ser un simple excipiente para las mejores coreografías de acción que me ha tocado ver en varios años. El joven policía Rama (la estrella ascendente del “silat” Iko Uwais) es uno de los 20 cuicos que son enviados a capturar al todopoderoso Padrino de Yakarta Tama Rayaldi (Ray Sahetapi), quien domina el crimen organizado desde su imponente/derruido edificio de 15 pisos. Rama, sin embargo, tiene su propia agenda secreta, como lo deja entrever en cierto diálogo (“Lo traeré de regreso”) que tiene con su esposita embarazada al inicio del filme. Rama no es el único que tiene algo que esconder: eso mismo pasa con el viejo teniente Wahyu (Pierre Gruno) que dirige el operativo y, también, con la mano derecha del maléfico Tama, el tranquilo y cerebral Andi (Donny Alamsyah).
Al final de cuentas, la vuelta de tuerca melodramática –deudora del clásico gangsteril de la casa Warner Ángeles con Cara Sucia (Curtiz, 1938)- resultará un elemento secundario más ante la interminable serie de coreografías del más rudo y sucio “silat” –disciplina indonesia de artes marciales- que Evans, Uwais y Ruhian han montado para solaz y esparcimiento de los cinéfilos que creen –que creemos, dijo el otro- que el cine también es esto: cuerpos desafiando la gravedad y, en el camino, repartiendo uno que otro mandarriazo. 

viernes, 11 de enero de 2013

Y la película del 2012 fue...



Pues para hacer la última lista de lo mejor del año, nomás quedan los lectores del blog, quienes eligieron, semana tras semana, mes tras mes, los siguiente filmes: La Invención de Hugo Cabret, El Espía que Sabía Demasiado, Shame: Deseos Culpables, Una Separación, Mi Semana con Marilyn, Prometeo, Batman: el Caballero de la Noche Asciende, Toda una Vida, El Precio de la Codicia, Frankenweenie, 007: Operación Skyfall y Moonrise Kingdom: un Reino Bajo la Luna. Ora sí que gane el mejor... o el que tenga más votos, mejor dicho. La encuesta, como siempre, está en la columna de la derecha del blog. 

jueves, 10 de enero de 2013

Jack Reacher




Con Jack Reacher: Bajo la Mira (Jack Reacher, EU, 2012), Tom Cruise ha intentado un gambito que, aparentemente, parece haberle funcionado. El segundo largometraje como cineasta del oscareado guionista –por Sospechosos Comunes (Singer, 1995)- Christopher McQuarrie es un intrincado thriller criminal basado en “One Shot” (1995), la novena novela hard-boiled –de diecisiete escritas hasta el momento- protagonizada por el expolicía militar Jack Reacher, personaje creado por el prolífico especialista Lee Child.
La película es arriesgada –sin olvidar que se trata de un vehículo de lucimiento para su estrella- porque el Jack Reacher de Cruise es un personaje más cercano al carácter fílmico del último Liam Neeson –un lacónico pero letal e implacable hombre que ya dejó de ser joven- que del eterno galán carismático y siempre sonriente que ha sido, durante buena parte de su carrera, Tom Cruise. Vaya: pareciera que el ex de la señora Kidman ha decidido, finalmente, buscar un vehículo para “madurar” como héroe de acción, lo que significa no sonreír mucho, estar muy serio casi todo el tiempo y no tener ni buscar ninguna relación amorosa, pues el Reacher de Cruise rechaza no solo a la guapa Rosamund Pike sino, muy adecuadamente, a la jovencita Alexia Fast, que podría ser su hija desobediente.
El excuico militar Reacher entra en acción cuando un veterano de guerra apellidado Barr (Joseph Sikora) es acusado de haber asesinado, al azar, a cinco inocentes ciudadanos de Pittsburgh. El desequilibrado francotirador pide que busquen a Reacher, quien había tratado de llevarlo a juicio en Irak, luego que Barr asesinó también a varios inocentes aprovechando la confusión de la guerra. Dejado en estado de coma después de una muy oportuna golpiza, Barr no puede decirle a Reacher para qué mandó llamarlo. Sin embargo, es claro que el tipo es culpable: todas las evidencias forenses lo señalan, el detective encargado (David Oyelowo) resulta ser muy eficiente y el veterano fiscal de distrito (Richard Jenkins) nunca ha perdido un caso. La abogada defensora (Pike), hija del propio fiscal, le pide a Reacher que le ayude a investigar y, de improviso, alguien quiere hacer a un lado al solitario expolicía militar justiciero. ¿Quién está en las penumbras?
La gran arma (no tan) secreta del filme es que el siniestro villano apodado Zec es interpretado, en un formidable cameo extendido, por el gran cineasta alemán avecindado en Hollywood Werner Herzog, quien le presta su seca dicción e inconfundible acento germano a este expresidiario/empresario que está dispuesto a todo para salirse con la suya y/o sobrevivir, desde mandar matar media docena de inocentes hasta arrancarse a mordidas sus propios dedos si esto es necesario.
El resto del reparto es bienvenido –especialmente Robert Duvall en un cameo chistosón- y McQuarrie dirige con eficiencia, por más que la duración del filme -130 minutos- se antoja algo exagerada. A saber si los resultados en taquilla -120 millones de billetes verdes en el momento de escribir estas líneas frente a 60 millones que costó el filme- animan a Cruise a seguir con este personaje o a quedarse estacionado con su más conocido y redituable Ethan Hunt. Por lo pronto, como futuro sustituto de Liam Neeson, no lo ha hecho nada mal.

miércoles, 9 de enero de 2013

Sumario 2013... en un vistazo



La Cineteca Nacional presentará, a partir del día de hoy y hasta el 27 de este mes, un Sumario de lo mejor del cine documental mexicano más reciente, conformado por 17 filmes realizados en los últimos dos años. Aquí está la lista en orden de preferencia y a bote pronto, de las cintas documentales programadas en el Sumario que he podido ver. Si tengo oportunidad, abundaré en alguna de ellas en este mismo blog. 
Como de costumbre en este tipo de entradas, la evaluación positiva va de uno a cuatro asteriscos; la negativa, de una a dos cruces.


Carrière, 250 Metros (México, 2011), de Juan Carlos Rulfo y Natalia Gil Torner: ***

Palabras Mágicas (Para Romper un Encantamiento) (México-Guatemala-Nicaragua, 2012), de Mercedes Moncada: ** 1/2

La Maleta Mexicana/The Mexican Suitcase (México-España-EU, 2011), de Trisha Ziff: ** 

Las Sufragistas (México, 2012), de Ana Cruz: **

Mi Amiga Betty (México, 2012), de Diana Garay: **

Ch'ulel/Esencia, de Jorge Creuheras: **

La Revolución de los Alcatraces (México, 2012), de Luciana Kaplan: * 1/2

Florería y Edecanes (2010), de Jaiziel Hernández Máynez: * 1/2

Canícula (México, 2011), de José Álvarez: *

Ciclo (México, 2011), de Andrea Martínez Crowther: * 

martes, 8 de enero de 2013

El evangelio del 2012 según... Alberto Acuña Navarijo/XIX




Más vale tarde que nunca: la lista de lo mejor y lo peor del 2012, según el voraz cinéfago Alberto Acuña Navarijo que, sobre todo en su lista de lo peor del año, no deja títere con cabeza:


Lo Mejor de 2012

10 – Shut Up and Play the Hits (Will Lovelace y Dylan Southern, 2012). Exhibida dentro de Ambulante – Gira de Documentales (10 – 23 de Febrero).

Hace un año, esta misma posición, se la adjudiqué a otro documental de la pareja inglesa conocida en el medio publicitario como thirtytwo: “No Distance Left To Run” (2010), un retrato-panorámica de la vida y obra de los integrantes de Blur, a propósito de su reunión en el Festival de Glastonbury en 2009. Ahora, toca hacer lo propio con el comentadísimo filme que registra el último, plausible y titánico concierto de LCD Soundsystem (el 2 de abril del 2011 en el Madison Square Garden), así como el día previo y posterior a lo que el diario “The Guardian” catalogó tajantemente como “El réquiem para el hipster”. Una película en la que nuevamente la dupla habla (entre canción y canción de dance-punk) acerca del miedo al fracaso, el renegar de la fama, el proceso de maduración de una persona y el cómo encarar con dignidad la evolución creativa y artística, todo ello representado con la punta de lanza del high cool neoyorkino de inicio de los 2000’s. Triste, emotiva y entrañable en partes proporcionales.

9 – La Cabaña Del Terror (The Cabin in the Woods, Drew Godard, 2011). Estrenada el 5 de Octubre

Si este año fue el de la “dominación nerd” y por default, el final del producto meta-referencial, tal y como lo ha venido diciendo el siempre estimable Mauricio González Lara (@mauroforever en Twitter) desde hace ya varios meses, entonces, se podrá considera que esta película es el colofón perfecto para este ciclo. “La Cabaña del Terror” no es tanto una deconstrucción de la deconstrucción de un género propenso a desvirtuarse fácil y rápidamente, sino una película acerca de la incapacidad de concretar la misma. Difícilmente haya mayor discurso fílmico que ese.

8 – Todo el Mundo Tiene a Alguien Menos Yo (Raúl Fuentes, 2012). Exhibida dentro de Mix México – Festival de Diversidad Sexual en Cine y Video (19 de Junio – 11 de Julio).

De acuerdo, esta ópera prima “sospechosamente” se parece a “Life Lessons”, el segmento que Martin Scorsese realizó para el tríptico “New York Stories” (1989); y sí, la pareja protagónica bien pudo haber aparecido en un guión alleniano desechado, todo ello como lo señala el autor de este blog; empero, también se retoma mucha de la sensibilidad (narrativa, dramática y estética), de Julián Hernández (subjetivamente, el mejor director local en la última década), el cual fungió como guía, co-editor y quien hasta un cameo se dio el lujo de hacer. Nuevamente, el romance furtivo, la relación condenada de antemano al fracaso, los personajes errabundos en perpetua crisis afectiva, todo de una forma tan natural, y sin el azote de gran porcentaje del cine gay. Con el riesgo que conlleva la declaración, la mejor película nacional del año.

7 – Eega (S.S. Rajamouli). DVD de importación.

2012 fue un excelente año para ver cine indio: la batalla entre las tres principales industrias regionales del país sudasiático se puso más atractiva que nunca; el cine bollywoodense más interesante fue, curiosamente, el anti-bollywoodense (nada de musicales, ni rimbombancia, ni preciosismo, ni odas al melodrama; incluso, varias de ellas tuvieron como eje central el cuestionar el oropel de su propia cinematografía, en un tono oscuro y violentísimo, para los estándares de aquellos lares). Por otro lado, las películas más inventivas surgieron de las industrias kollywoodenses y tollywoodenses. Precisamente de esta última (situada en Hyderabad, capital del estado de Andhra Pradesh, al sureste del país, y cuyo idioma es el telugu) se da el divertimento del año. S.S. Rajamouli es un indio loco, generador de blockbusters a destajo, el cual, en esta ocasión, realizó el vengeance film más estrambótico de la historia, cuando el protagonista, asesinado por el villano de rigor, con tal de no tener contratiempos para conquistar a nuestra heroína, regrese, habiendo reencarnado en… ¡una mosca! Esto le permite a Rajamouli desatarse en toda clase de secuencias inspiradas, pero siempre manteniendo el tono formal y serio (vaya, no es una película serie B que juegue con el sarcasmo per se) retomando, de paso, el tema de la reencarnación, el cual ya había tocado en otro éxito suyo, la no menos psicotrónica cinta de acción “Magadheera” (2009). Sólo por un punto le ganó a “Ra One” (Anubhav Sinha, 2011).

6 – Soy Fantasma (I Am a Ghost, H.P. Mendoza, 2012). Exhibida dentro de Mix México – Festival de Diversidad Sexual en Cine y Video (19 de Junio – 11 de Julio). / Macabro – Festival Internacional de Cine de Horror de la Ciudad de México (16 – 26 de Agosto).

El director estadounidense de ascendencia filipina H.P. Mendoza, dejó atrás los ultra coloridos musicales queer de sus producciones anteriores para presentar la película de terror más inteligente, no sólo de 2012, sino de varios años atrás. “Soy Fantasma” inicia como típico filme de Tsai Ming-liang (tomas dilatadas y estáticas, falta de diálogos, situaciones cotidianas…) pero, en un twist casi imperceptible, el registro cambia radicalmente para hablar, en un ambiente totalmente enrarecido y sobrenatural, acerca de la aceptación de la identidad (los programadores del festival Mix México, le achacaron que se refería intrínsecamente a la identidad sexual), sólo para tener un remate escabroso y críptico.

5 – Gangs of Wasseypur Partes 1 y 2 (Anurag Kashyap, 2012). DVD de importación.

Precisamente, ya que escribí acerca de cine anti-bollywoodense, aquí está el ejemplo más redondo al respecto. La épica criminal que le hubiera gustado dirigir a Ram Gopal Varma (el cual, en estos momentos, se anda lamentando en su recamara) que significa un repaso por los últimos cincuenta años de India (política, económica, social y culturalmente hablando) a través de una compleja urdimbre alrededor de una disputa entre dos familias; una epopeya de cinco horas en busca del poder y la revancha mutua. La película ideal para aquel que sigue pensando que el cine indio solamente se trata de adoradores de vacas que se visten chistoso, hablan raro y bailan a la mínima provocación.

4 – La Lista de Ejecutables (Kill List, Ben Weathley, 2011). Copia pirata.

El thriller más mal vibroso, ojete, desconcertante y chinga quedito que he visto en mucho tiempo. Técnicamente es como “A Serbian Film” (Srdjan Spasojevic, 2010), pero sin el efectismo y el shock por el shock de esta, para convertirse en una cinta que siempre va dos pasos delante de uno, nunca dejando claro hacia dónde van los tiros, hasta rematar en un clímax impredecible y pesadillesco, en donde el protagonista se sumerge en el corazón mismo de las tinieblas (y no, no es metafórico).

3 – Extraterrestre (Nacho Vigalondo, 2011). Copia pirata.

Ya lo había hecho con las películas de viajes y paradojas temporales con una trama intrincada y pródiga en detalles y arcos dramáticos. Esta vez lo hizo con las películas de invasiones extraterrestres, ambientes apocalípticos y paranoias colectivas. Nacho Vigalondo da una vuelta de tuerca a cualquier cosa que se haya dicho en este sub-género con el timing suficiente para convertir todo en una comedia romántica con enredos sexuales para aventar. Inclusive, tiene el descaro de aceptar en la recta final que nos hemos ido con la finta que desde el mismo título se propone (¿por qué o para qué sobrevuelan decenas de platillos voladores toda España? ¡Vaya uno a saber!).

2 – Holy Motors: Vidas Extrañas (Holy Motors, Leos Carax, 2012). Exhibida dentro de la 54° Muestra Internacional de Cine de Cineteca Nacional (10 de Noviembre – 24 de Diciembre).

En el último año y medio, Francia, ha visto con nostalgia y cierto recelo cómo la tecnología ha cambiado, totalmente, tanto la manera de producir como de ver y apreciar el cine mismo. Por una parte “The Artist” (Michel Hazanavicius, 2011), a la cual, según un servidor, le afectó, ante más de un crítico, aquella publicidad que hacía hincapié en “obligada si en verdad eres cinéfilo” o “es un homenaje al cine silente” para terminar siendo calificada, injustamente, como una hype victim.

Por otro lado, la sensación festivalera de Leos Carax es más que “bizarra”, “estrambótica”, “indescriptible” (o cualquier otro adjetivo excitado que se haya espetado  posterior a alguna función de prensa). Es (bienvenidos los sonoros vituperios en 4, 3, 2, 1…) el complemento perfecto de la primera: se está presenciando una dolora y sentida elegía a la cinefagia (y para quien la practica, esto definitivamente le podrá pegar en el ánimo); ello en forma de “enloquecido” tour parisino.

Mención aparte merece Denis Lavant y su imponente presencia. Ojalá después de esta película deje, finalmente, de ser un actor tan subvalorado.

1 – Beast of the Southern Wild (Benh Zeitlin, 2012). Exhibida dentro de Festival Internacional de Cine de Guanajuato (20 – 25 de Julio).

Ok, ok, definitivamente no estamos frente a la mejor ópera prima desde “Citizen Kane” (Orson Welles, 1941) como, en un arrebato de entusiasmo, afirmara el amo de la cinefagia en México, Jorge Grajales, pero sí ante la narrativa e imaginería visual más bombásticas que se recuerde en épocas recientes. El drama filial, situado en el bayou de New Orleans y enmarcado en una fábula de proporciones milenarias, es duro y conmovedor. Aquel momento en donde nuestra pequeña protagonista acepta que, a partir de ese punto, deberá madurar y valerse por sí misma en un mundo hostil e inclemente, porque ya no podrá contar con su padre (torvo pero finalmente amoroso) va que vuela para ser el momento más devastador del 2012.


 Lo Peor de 2012

10V/H/S (David Bruckner, Glenn McQuaid, Joe Swanberg, Ti West, Adam Wingard y Radio Silence). Exhibida dentro de Mórbido – Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror, Pátzcuaro (15 – 18 de Noviembre).

2012 fue un pésimo año para las antologías fílmicas de terror: “The ABC’s of Death” fue un ambicioso y, a la postre, fallidísimo proyecto que reunió a veintiséis jóvenes directores de diversas latitudes geográficas -los cuales, según una serie de productores consideró (incluyendo Todd Brown, el fundador y editor del influyente sitio Twitch), son los representantes contemporáneos más interesantes del cine de género- para realizar cortometrajes, cada uno, inspirado en una de las letras del abecedario anglosajón, teniendo como únicas clausulas la duración (cinco minutos) y que el primer y último frame tenía que contener un elemento en color rojo. Al final, sólo cinco segmentos eran rescatables (que no necesariamente buenos), la mayoría mediocres, otros totalmente olvidables y si les carcomía la duda, sí, el mini-filme de “nuestro baluarte”, Jorge Michel Grau, es malísimo (confirmando su condición overrated).

Por su parte, aunque todavía no está terminada, los primeros reportes acerca de “The Profane Exhibit”, en la que se dan cita nueve cineastas tan disímbolos entre sí (del brasileño José Mojica Marins al italiano Ruggero Deodato, pasando por el inglés Richard Stanley), no han sido precisamente alentadores.

Y después está el pináculo de la tendencia del found footage. Si ya de por sí se ha comprobado que tratar de sostener una historia mediante un gimmick más o menos ingenioso, se ha vuelto prácticamente inviable, ahora imaginen intentar hacer lo mismo con una colección de narraciones creadas por un puñado de talentos emergentes, ello gracias al revival hacia el formato análogo y el objeto vintage. Aburridas, repetitivas, estéticamente molestas, continuando con esa necedad de que en las películas del famoso sub-género, las “cintas encontradas” contengan defectos en la resolución y errores de origen para adjudicarle un cariz verité a todo el asunto, a pesar que en la mayoría de los casos, fueron grabadas, en primera instancia, con cámaras digitales. Inclusive, aún queriendo ceñirse a las reglas impuestas por “V/H/S”, esta es ilógica (¿quién fue el ocioso que recopiló lo que estamos viendo y se dio a la tarea de hacer los transfers a arcaicas cintas magnéticas, de materiales provenientes de web cams, lentes con micro-cámaras y demás gadgets? ¿Para qué?). En resumen, una fórmula prematuramente gastada. Y atención, que ya se está preparando la secuela en la que, curiosamente, están involucrados algunos de los participantes de “The ABC’s of Death”.

9 – Just Like Heaven (Pilar Ortega, 2012). Exhibida dentro de Distrital. Cine y Otros Mundos (1 – 5 de Junio).

Otra vez un montaje anodino y un guión disperso arruinaron un excelente tema para un documental musical hecho en México. Ya había ocurrido con “Nadie Puede Vivir Con un Monstruo” (Mario Mendoza, 2010), dedicado a la historia de la banda pionera del post-punk/new wave/industrial en el underground local, Size, el cual es tan redundante que se vuelve tedioso (fácil le sobra una media hora). También sucedió con “Esperando a los Bitles” (Diego Graue y Raymundo Marmolejo, 2011) el cual, supuestamente, trataría acerca del culto que se le ha rendido al cuarteto de Liverpool en México por más de cuarenta años y que terminó convirtiéndose en el video de las últimas vacaciones por Inglaterra del presidente del club de fans de la icónica agrupación.

Y el mismo defecto lo presentó esta suerte de versión tropicalizada de “I Need That Record! The Dead (or Possible Survival) of the Independent Record Store” (Brendan Toller, 2008), enfocada en la tienda de discos, Super Sound, la cual fungió como el epicentro de la escena alternativa y vanguardista defeña durante buena parte de la década de los 80’s hasta que fue desplazada por las cadenas trasnacionales en la primera mitad de los años 90’s. Ahí se tenía a los protagonistas originales, las anécdotas y las imágenes de stock a granel, para crear la gran pieza de arqueología de un mítico recinto que es descrito constantemente como si hubiera sido el local que atendía Rob Fleming junto con sus amigos snobs en “High Fidelity”. Sin embargo, en la sala de edición se decidió que era mejor concentrarse en cuatro, cinco personajes, al resto dedicarle sólo unos cuantos minutos y así ir de testimonial en testimonial (en orden, del personaje A al E y de regreso) que ni contrapuntean ni complementan lo previa o posteriormente dicho, transformando paulatinamente todo en un compendio de declaraciones carentes de valor alguno.

Ojalá la historia no se repita en otoño del 2013, con el estreno de “Discolocos” (dirigido por David Dávila), centrado en la subcultura del Hi-NRG e italodisco en la ciudad.

8 – Rojo Orgásmico (Christian González, 2012). Exhibida dentro de Feratum – Festival Internacional de Cine Fantástico, Terror y Sci-Fi, Tlalpujahua (18 – 21 de Octubre).

En un año en el que si uno levantaba una piedra salían nuevos programadores y organizadores festivaleros corriendo, el incipiente Feratum, llevado a cabo en Tlalpujahua, el pueblo mágico donde todos los días es Navidad, fue el marco ideal para que, por iniciativa de Aarón Soto, director tijuanense de culto subterráneo, difusor del cine de género y actualmente nuestro representante en Rue Morgue, la publicación más importante en el mundo del fanta-terror, se rindiera insólitamente por primera vez un homenaje al cine popular nacional, representado en dos piezas claves para entender los alcances de lo que ahora ha venido a bien calificar más de un medio anglosajón (siendo adoptado por estos lares) como mexploitation: Damian Acosta, iconoclasta y sórdido realizador que quedó prácticamente desterrado de la historia oficial de nuestra cinematografía por las instancias gubernamentales (cabe resaltar que este tributo fue póstumo) y Christian González, quien pasó de ser el renegado del videohome a inicios de los 90’ss a erigirse como su rey absoluto hasta convertirse, en los estertores del los 2000s, en un heroico sobreviviente del mercado.

De este último, así como se exhibieron increíbles delirios mad-mex semi-inéditos como “Esclavas del Sadismo” (1994) o “.38 Expansiva” (1996) ante el azoro de más de uno, se estrenó una de sus películas más erráticas dentro de su abultadísima filmografía que está a punto de alcanzar el centenar de títulos. La sumersión a ciertos infiernillos lúbricos con tal de concretar un documental amateur acerca de una teibolera (no el personaje, sino la persona) que emprende un estudiante de cine, provoca una congestión de aforismos acerca del rompimiento de la cuarta pared fílmica, recitados por una parca voz en off masculina, obvios guiños referenciales (de las pinku eiga a la Nouvelle Vague y de ahí a lo estorboso que resulta la formación académica), todo ello mientras que una puesta en escena descuidada, una ambientación que nunca apareció y secuencias sexuales pseudo-atrevidas (¡esos cojines en medio de los genitales de ambos actores!) evidenciaron aún más lo endeble de todo el entramado. Se admira, y estima a González, él lo sabe bien, pero ni hablar, aquí se vio totalmente extraviado.

7 – Gimme the Power (Olallo Rubio, 2012).
Estrenada el 1 de Junio.

Un locutor radial convertido, así, medio de la nada, en director de cine, y una popular banda de rock que, en ambos casos, aún ya rozando los 40 años, siguen comportándose como adolescentes, creyendo haber inventado el agua hervida. Hasta miedo da escribir de esta combinación. Así, la tercera película de Olallo Rubio tiene el mismo defecto que sus trabajos previos: quiere decir mucho con urgencia y de manera condensada y, finalmente, no articula gran cosa. La génesis del priismo, sociología, rock, manipulación y desinformación en los mass media, consumismo, libertad de expresión, fama, poder… todo y nada a la vez, diseccionados por gente preparada y elocuente como…erm…”Rulo”, “Warpig”, Fernanda Tapia y los propios integrantes de Molotov (“¡Híjole, está difícil responder la pregunta, es que está muy cabrón, muy cabrón!…”), mientras que Rubio no pierde oportunidad para aparecer a cuadro, escuchando muy atento a su interlocutor, sin olvidar que él es el narrador en off.

No faltó quién le viera cualidades ya que “su estreno era pertinente coincidiendo con las turbulentas épocas electorales”. Pero, ¿en serio lo que dicen San Villoro, Javier Solórzano o “La Reclu”, son epifanías irrepetibles?

6 – El Hombre Que Vivió en un Zapato (Gabriella Gómez Mont, 2011). Exhibida dentro de Distrital. Cine y Otros Mundos (1 – 5 de Junio).

“El Hombre Que Vivió en un Zapato” presenta otro cuadro de descomposición social en el que lo mismo cabe un esquizofrénico paranoide que ha vivido durante décadas encerrado en su propio mundo convencido que está a punto de encontrar, a partir de complejas ecuaciones matemáticas, la “verdadera manera de ver el universo”, un hermano obsesivo compulsivo, una esposa sumisa hasta lo patológico, un hijo con devaneos de superioridad, una madre que en su juventud fue sodomizada y prostituida por su propio marido y, de paso, la amiga cercana de esta familia putrefacta, la polémica performancera-shocking Rocío Boliver, mejor conocida como “La Congelada de Uva”. Uno ve esta indeseable anomalía insertada en las entrañas suburbanas y se pregunta: “¿Qué tienen de extraordinario estos sujetos, por qué la directora quiso mostrárnoslos y por qué se debería de compenetrar con ellos?”.

Mientras que el documental sirva como mera galería para exponer a freaks, quimeras y personajes sacados de la cloaca más hedionda que se pueda concebir, aquello de que el género es lo mejor  que ha arrojado nuestra cinematografía por demasiado tiempo, seguirá siendo cuestionable.

5 – Suave Patria (Francisco Javier Padilla, 2012). Estrenada el 7 de Septiembre.

El triunfo del humor chabacano en la sala de cine. Pues sí, guste o no, el tándem Uribe-Chaparro fue redituable en taquilla, y seguramente el director debutante Francisco Javier Padilla, estará retozando diciendo “¿Ven, no que no?”. Ok, un neo cine protagonizado por estrellas de inocultable arrastre para cierto sector poblacional; eso no está tan mal después de todo. Lo que ahora falta es que de una vez por todas se escriba un buen guión para el género, que exista una verdadera dirección de actores, que el presupuesto que tanto gustan poner por delante como tarjeta de presentación los productores, se note, y que se entienda que no hace daño el hacer casting a conciencia. Vamos, no se quiere presenciar un 2013 en donde la máxima aspiración creativa sea algún gag como la rocambolesca pelea en el bar-country, ni sobre-actuaciones como la de Mario Iván Martínez con la jotería a todo lo que da, ni pretextos argumentales como aquel de unas piedras preciosas ocultas en el desierto duranguense, ni diálogos clasistas, y sobre todo, por nada del mundo, voces en off con acento norteño cortesía del holgazán de Luis Felipe Tovar…

4 – Travesía del Desierto (Mauricio Walerstein, 2011). Estrenada el 18 de Mayo.

Si algún reportero en vez de estar peleando codo a codo con el resto, en la conferencia de prensa, con tal de conseguir un buen lugar para tomar fotografías, prestó un poco de atención, recordará que el director de “Travesía del Desierto”, comentaba que la misma es el intento de una reactivación del narcocine (como si este, alguna vez haya desaparecido realmente), pensado para los tiempos (violentos) que corren. Y bueno, aquí no hay una Camelia La Texana, ni corridos que ensalzan leyendas criminales, ni camionetas blindadas, ni cuernos de chivo, ni cantinas de medio pelo donde se bebe cerveza caliente; vaya, ni una disputa entre carteles existe.

Pero si hay una venezolana cachonda y junkie que le dice “Macho” a cualquier hombre que se atraviese en su camino, un secuestro ficticio a un empresario que involuntariamente destapa una red de tráfico de cocaína que usa como pantalla la filmación de comerciales,mientras que de la nada, la mafia, la DEA y la prensa le pisa los talones a los protagonistas, una pelea sacada de la manga, en un antro dark-hardcore-fetichista enclavado en plena carretera y muertes, al parecer, predestinadas soñándose un heroic bloodshed.

Una buena muestra de esas declaraciones desproporcionadas, fuera de lugar y que sólo maximizan las carencias que una película presenta.

3 – Resiliencia por una Nota (Luis Felipe Ferra, 2012). Funciones de pre-estreno 23-25 de Enero.

La historia de esa rara avis en el panorama musical llamado Big Band Jazz México, es transformada en una descaradísima publicidad para la cadena de casinos que fue el principal patrocinador para la realización de la película. De este modo, entre las entrevistas y las imágenes de archivo, se intercalan interludios donde el combo interpreta “Bésame Mucho”, compartiendo espacio con máquinas tragamonedas, copas de martinis y mujeres con elegantes vestidos de noche y vistosos peinados de salón, todo ello envuelto en un aura de sofisticación…aunque es más una estampa kitsch que otra cosa.

Si “Just Like Heaven” tiene un montaje que estropea todo, este lleva el desastre a otro nivel. La Big Band Jazz México es un caso extraordinario porque con los dedos de una mano se pueden contar las agrupaciones del género de esas proporciones (son más de veinte sus integrantes) y, en relativamente poco tiempo, han podido cultivar un nicho con el que ha logrado llevar a cabo extensas temporadas en el Lunario y editar discos de manera regular. Y esa particularidad parecería que es el eje del documental. Pero en un imprevisto giro, los especialistas, delatan cierta mediocridad en la banda (“Tampoco son tan buenos músicos, no han querido verlo”), descalificándolos de tajo para, sorpresivamente, rematar que casi, casi, son patrimonio nacional (“Curioso el origen de la banda, desde siempre fueron brillantes…”, destaca un crítico). Total, ¿de qué demonios está hablando toda está gente? Y digo toda, porque es obvio que nadie le dijo al editor que no todo lo que se filma debe de quedar en el corte final, por lo que cada pregunta es respondida por la veintena de músicos, avezados en el jazz, Armando Manzanero, Eugenio Toussaint, promotores y familiares, en una serie de contradicciones que extiende el metraje ¡dos horas y media!

Si esta era la manera que tenían pensado los involucrados del documental en conseguirle adeptos al jazz, habría que decirles que lo único que hicieron fue ahuyentar a cualquier posible nuevo escucha.

2 – Lecciones para una Guerra (Juan Manuel Sepúlveda, 2011). Exhibida dentro de Ambulante – Gira de Documentales (10 – 23 de Febrero).

¡Ah, el timo de las becas! Esas que se supone son para apoyar a ese creador en ciernes, a la propuesta novedosa (y si esta la otorga alguna marca, para poder ostentar su misión de compañía socialmente responsable). Aunque, como es bien sabido, resulta que estas siempre terminan en las manos equivocadas.

En su último año de alianza con la gira de documentales, Ambulante, Gucci decidió a finales del 2011 que ver la cotidianidad de una comunidad indígena guatemalteca olvidada por Dios, la cual vive en perpetua zozobra por un eventual nuevo brote militar, como el que asoló la selva del país centroamericano durante prácticamente todos los años 80’s, era la justa merecedora del reconocimiento económico. Así, pasamos del plano fijo y sin diálogos de la señora que corta caña de azúcar, al del anciano que se recuesta en su hamaca y de ahí al del atardecer lluvioso. Clásico ejemplo de trabajo universitario etnográfico, comprometido (de lejecitos) con una causa social y afectado por un contexto político ajeno, siempre visto con buenos ojos por aquellos comités que entregan estas distinciones, por ser “humano”, “responsable de imágenes de una belleza sorprendente”, “un canto a la libertad” y todas esas descripciones que siempre se incluyen en los catálogos festivaleros. 

1 –  Viaje de Generación (Alejandro Gamboa, 2012). Estrenada el 5 de Octubre.

2012 para el cine mexicano: el año en que se aplaudió que se comprara premios en la Costa Azul como si fueran souvenirs (es un secreto a voces que el galardón que obtuvo “Después de Lucía” en el Festival de Cannes, fue gracias a que ya de antemano se habían hecho las ventas internacionales y las relaciones públicas correspondientes). El año en que se siguió sin saber a ciencia cierta qué le ven los jurados y los críticos más respingados a la obra de Nicolás Pereda. El año en que una vez más la megalomanía de las distribuidoras con sus campañas publicitarias no sirvieron gran cosa, y películas como “Hecho en México”, “El Santos Contra la Tetona Mendoza” o “Días de Gracia” tronaron a la primera de cambios. El año que reverdecieron los lugares comunes para referirse a Carlos Reygadas y a su cuarto largometraje. El año en que “Pastorela” ganó el cada vez más devaluado Ariel. El año en que se continuó hablando de las magras condiciones de exhibición, difusión y comercialización del producto nacional y bla, bla, bla… Y también fue el año en que se le adjudicó el mote de milagroso a ese estímulo fiscal conocido como EFICINE. Sí, la misma ley, de donde salieron los veinticinco millones de pesos para realizar la película número uno de esta lista: “Viaje de Generación”.

Lo más reciente de Alejandro Gamboa, cada vez más de capa caída, es como si las “Perras” fueran chicas fresísimas y hubieran decidido ir a antrear a Cancún. Ahí, aparecen las versiones más pobres de los trademarks del director: el mundo femenino adolescente, un (auto)irónico vistazo hacia el lado más banal del ambiente televisivo, el personaje rebelde, aparentemente centrado y que nadie soporta (que ya había recaído en Margarita Magaña, Irán Castillo, Elizabeth Valdez, y que ahora le correspondió a Danny Perea), la escatología light, la autoconsciente dirección de arte naif… ¡sí, en serio, en esto, diversas empresas prefirieron invertir, veinticinco millones de pesos! Mejor reflejo de otros doce meses de pesadilla, imposible.