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jueves, 28 de febrero de 2013

FICUNAM 2013... en un vistazo



Como de costumbre en el blog, aquí iré dando cuenta de lo que voy revisando del FICUNAM 2013 en orden de preferencia. De uno a cuatro asteriscos de calificación positiva; de una a dos, de calificación negativa.

Yi Yi (Ídem, Taiwán-Japón, 2000), de Edward Yang. Retrospectiva Edward Yang: ****

En el Balcón Vacío (México, 1962), de Jomi García Ascot. Presentación especial: ***

Halley (México, 2012), de Sebastián Hoffmann. Ahora México: ** 1/2


Estudiante (Student, Kazajistán, 2012), de Darezhan Omirbayev. Retrospectiva Darezhan Omirbayev: ** 1/2


Viola (Argentina, 2012), de Matías Piñeiro. Trazos: ** 1/2

Mai Morire (México, 2012), de Enrique Rivero. Ahora México: **1/2

Mupepy Munatim (Ídem, Portugal, 2012), de Pedro Peralta. Aciertos: ** 1/2

Leviatán (Leviathan, Francia-GB-EU, 2012), de Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel: **

La Última Vez que Vi Macao (A Última Vez Que Vi Macau, Francia-Portugal-Macao, 2012), de Joao Pedro Rodríguez y Joao Rui Guerra da Mata. Trazos: **

Fogo (Ídem, México-Canadá, 2012), de Yulene Olaizola. Ahora México: **

Rezeta (México, 2011), de Luis Fernando Frias de la Parra. Ahora México: **

La Cápsula (The Capsule, Grecia, 2012), de Athina Rachel Sangari. Trazos: **  

Las Manos Limpias (México, 2012), de Carlos Armella. Ahora México: **

Escuela Normal (Argentina, 2012), de Celina Murga. Competencia internacional de Largometraje: * 1/2

Cumbres (México, 2012), de Gabriel Nuncio. Competencia Internacional de Largometraje: * 1/2

Carmita (México-Argentina, 2013), de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas. Competencia Internacional de Largometraje: * 1/2

Dos Metros de esta Tierra (Metran Men Hada Al-Turab, Palestina, 2012), de Ahmad Natche. Competencia Internacional de Largometraje: *

Mitote (México, 2012), de Eugenio Polgovsky. Ahora México: *

Big in Vietnam (Ídem, Francia, 2012), de Mati Diop. Senderos: *

Las Lágrimas (México, 2012), de Pablo Delgado Sánchez: Ahora México: *


Matar Extraños (Dinamarca-México, 2013), de Nicolás Pereda y Jacob Schulsinger. Trazos: *

GHL (Ídem, Austria, 2012), de Lotte Schreiber. Senderos: * 

Pude Ver un Puma (Argentina, 2012), de Teddy Williams. Aciertos: +

Expediente Escolar (Dossier Scolaire, Francia-Alemania, 2012), de Andreas Bolm y Noëlle Pujol. Senderos: +

Polvo (Guatemala-España-Chile, Alemania, 2012), de Julio Hernández Cordón. Trazos: +

No Estamos Soñando (Näo Estamos Sonhando, Brasil, 2012), de Luiz Pretti. Senderos: ++

miércoles, 27 de febrero de 2013

FICUNAM 2013/V y último



Leviatán (Leviathan, Francia-GB-EU, 2012), segundo largometraje documental del inglés Lucien Castaing-Taylor (sólido debut Sweetgrass/2009, codirigido por Ilisa Barbash), dirigiendo aquí con la antropóloga y cineasta francesa Verena Paravel, es un filme de auténtica vanguardia. Una que tiene casi un siglo de antigüedad.
No es casual que muchos hayan recordando El Hombre de la Cámara (Vertov, 1929) -tan de moda últimamente porque se coló en el top-10 de todos los tiempos de Sight and Sound- al ver Leviatán, pues las imágenes con las que está construida esta película nos remiten, en efecto, a cine-ojo preconizado por Vertov, un cine que ve no solo mejor que el ojo humano, sino que ve cosas que nosotros no podemos ver. Pero Leviatán no solo nos recuerda a Vertov sino, en general, al cine abstracto-poético-vanguardista que proliferó en los años 20, una de las décadas claves en la historia no solo del cine sino de las artes plásticas en general.
Durante los primeros minutos de Leviatán no sabemos bien a bien en dónde estamos y qué estamos viendo: vemos colores, adivinamos formas, escuchamos sonidos. En algún momento aparecen gaviotas blanquísimas volando -o, más bien, flotando- en un fondo negro. Empezamos a entender: estamos siguiendo las tareas humanas y mecánicas en un barco pesquero -los créditos finales nos dicen que frente a las costas de New Bedford- a través de una mirada que -por la posición de la cámara- no puede ser humana. De hecho, Castaing-Taylor y Paravel usaron una decena de camaritas digitales GoPro que, por su tamaño, son usadas/colocadas en cualquier lado, en cualquier parte. 
Así, las cámaras de Leviatán se sumergen en el océano, acompañan a una red repleta de peces que son depositados en cubierta, capturan fragmentos de los pescadores eviscerando peces o abriendo almejas, atestiguan la cantidad de sanguinolentos desechos lanzados al mar, ven a un pájaro incapaz de subir una suerte de escalón, se confunde entre los peces muertos con sus enormes ojos saltados/saltones, toma las manos de unos trabajadores que destazan de manera experta una mantarraya... No es perceptible una agenda ecológica en la cinta pero lo que vemos nos puede llevar, irremediablemente, a reflexionar sobre la explotación que hacemos de los recursos de mar y de qué manera lo usamos como inabarcable basurero. En un ¿irónico? fair-play, en los créditos finales aparecen los nombres de los marineros que hemos -más o menos- visto y, también, los nombre científicos de las especies capturadas -por el hombre, por las redes, por las máquinas, por la cámara misma- a lo largo de la película.
Mai Morire (México, 2012) es, también, otro segundo largometraje, aunque en este caso se trata de ficción y es dirigido por Enrique Rivero (Parque Vía/2008). La anécdota es mínima y la ejecución, minimalista.
Chayo (Margarita Saldaña) regresa a Xochimilco a cuidar de su abuela casi centenaria (Amalia Salas). "Es lo que me toca", le dice la cuarentona Chayo a la abuelita de pocas palabras. Poco a poco -estamos en una slow-movie exquisitamente fotografiada por Gerardo Barroso y Arnau Valls Colomer, trabajo que les mereció un premio en Roma 2012- nos vamos dando cuenta de la situación: Chayo trabajaba de cocinera en la ciudad, tiene un marido (Juan Patricio Chirinos Jiménez) que no duerme con ella y un par de hijos pequeños que van a la escuela primaria. 
Con la misma placidez con la que avanzan las canoas que surcan los canales de Xochimilco transcurre el tiempo en el filme de Rivero: una toma extendida que acompaña el regreso de Chayo con la abuela melancólica se corona con un delicado paneo que nos muestra las bellezas naturales del lugar, la anciana sale en su silla de ruedas a ver el amanecer, la mujer le enseña a su hija algunos secretos del mole de acuerdo a lo que ha aprendido de la abuela, la familia asiste a la iglesia del lugar en donde Chayo parece extrañamente distante de la ceremonia religiosa... La rutina se rompe cuando Chayo se da cuenta que su abuela está a dos semanas de cumplir cien años y decide hacer una fiesta. La anciana no podría estar menos interesada: se niega a comer, pide "que le ayuden a abrir la puerta" y hasta recita -acaso el único momento artificial de todo el filme- algún fragmento ("Que muero porque no muero") de "Vivo sin Vivir en Mí", ese prodigioso poema religioso de Santa Teresa de Ávila. 
La cinta presume varios segmentos oníricos y Rivero logra transmitir, genuinamente, la sensación de que los sueños de Chayo resultan tan pertinentes como misteriosos. Nos sugieren los miedos y las esperanzas de esta mujer que se siente útil al cuidar a su abuela, que se siente responsable de su vida y, también, de su muerte. Aunque esté claro, qué remedio, que "nadie puede escapar a su destino".

martes, 26 de febrero de 2013

FICUNAM 2013/IV



Nicolás Pereda ataca de nuevo, ahora codirigiendo con el editor danés Jacob Secher Schulsinger, responsable del montaje de la obra mayor Play: Juegos de Hoy (Ostlund, 2011). La película, presentada hace unos días en el Forum de Berlín 2013 es otro típico experimento de Pereda y el resultado es, también, típico. A veces fascinante, a veces irritante. Imposible que pase desapercibido. Su título, Matar Extraños (México-Dinamarca, 2013). 
Al inicio de este breve largometraje -apenas 63 minutos de duración- una leyenda nos informa que se realizó una serie de audiciones con varios actores no profesionales para que encarnaran "tres arquetipos de jóvenes revolucionarios". Al final de cuentas, las audiciones no dieron resultados y  Pereda y su codirector danés terminaron contratando a tres actores profesiones muy ad-hoc para interpretar a estos soldados de inicios del siglo pasado: Tenoch Huerta, Harold Torres y el ubicuo e infaltable -tratándose del cine de Pereda- Gabino Rodríguez.
Así, diez escenas de estos tres revolucionarios vagando por alguna árida zona del norte o del Bajío mexicanos -filmadas la mayoría en planos generales y/o alejados- son intercaladas por las susodichas audiciones en los que 14 actores no profesionales lo mismo cuentan la historia de Mi Pobre Angelito (Columbus, 1990), que recitan -en español- el "Revolution" de The Beatles, que nos dan la definición de revolución según Hannah Arendt o Fidel Castro, que recitan la letra del clásico popular mexicano "El Soldado de Levita", que dicen alguna línea del filme bressoniano Une Femme Douce (1969), que repiten ciertas reflexiones sobre lo que significa ser actor, escritas por Stanislavski ("Solo la actuación genuina puede absorber a un público por completo"). 
Estas dos líneas (no) narrativas -las sucesivas audiciones en el interior de alguna casa, las diez escenas revolucionarias en exteriores muy bien fotografiados- están complementadas por la interacción del actor Gabino Rodríguez con la bailarina Esthel Vogrig -en algún momento se echan unos tacos bastante picosos- y por una caprichosa escena en la que Gabino ve en varias ocasiones el celebérrimo vídeo de La Caída de Edgar ("¡Ya, güey!... !Pinche pendejo, güey!") mientras se carcajea cada vez más en la medida que lo vuelve a ver.
Ya he escrito largo y tendido de la obra de Pereda y creo que Matar Extraños encaja a la perfección en el resto de la filmografía del cineasta chilango-canadiense -incluso hasta en el hecho de que estamos ante una película apoyada desde el extranjero; en este caso, por el Instituto Danés de Cine-, pero también creo que si bien esta cinta no es un retroceso para Pereda, sí es una suerte de estancamiento creativo.
 Hay momentos en los que desee que Pereda -y su codirector danés- se siguieran de largo con la historia de esos tres revolucionarios perdidos que empiezan a desconfiar unos de otros. Pero, por supuesto, si hay algo en lo que ha sido fiel y consecuente Pereda en toda su carrera es a su rechazo a todo tipo de narrativa convencional, por lo que  es lógico que no haya cedido a esa tentación -si es que alguna vez la tuvo. Por lo demás, los segmentos de las susodichas audiciones podrían haberse presentado, por sí mismas, como piezas de videoarte en alguna exposición (¿Blockbuster, por ejemplo?). 
Al final de cuentas, Matar Extraños se queda en medio: entre el asomo de una narración fílmica mas tradicional y la rutina del videoarte o el "cine de arte" que, como ya ha escrito David Bordwell, tiene también sus propias convenciones muy regurgitadas.  

lunes, 25 de febrero de 2013

FICUNAM 2013/III



En la competencia internacional del largometraje del FICUNAM 2013, aparecen sólo dos cintas mexicanas, Carmita (México, 2013) y Cumbres (México-Argentina, 2013), y las dos, curiosamente, son producidas por la pareja -en más de un sentido- formada por Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas (realizadores de la insuperada Cochochi/2007 y la slow-movie Jean Gentil/2010), y una de ella, Carmita, dirigida también por ellos.
La Carmita del título es cierta actriz cubana llamada Carmen -Carmita- Ignarra que, según la IMDB, apareció en siete películas entre 1949 y 1960, cinco de ellas mexicanas, y ninguna de ellas particularmente importante -aunque luego de leer las sinopsis respectivas en la Historia Documental del Cine Mexicano, me entró la curiosidad de ver Los Solterones (Delgado, 1953), con un muy gracioso (según García Riera) Andrés Soler. A ver si me la encuentro en De Película. 
En la actualidad, la locuaz Carmita tiene 80 años vive en un caserón derruído de Monterrey y la joven cineasta Laura Amelia Guzmán funge como su asistente/chacha/confidente, ante la mirada -detrás de cámara- de Israel Cárdenas. Carmita recuerda sus tiempos de estrella de la radio cubana, su matrimonio con el productor de cine Santiago Reachi -de Posa Films, "el que hizo a Cantinflas"-, y cierta anécdota en la que el dueño de la MGM la quería convertir en estrella ante la negativa de sus posesivo marido, mientras la curiosa Guzmán explora los recortes de prensa que guarda Carmita -fotos con Luis Aguilar, Los Panchos, Tin Tan- y le escribe los mensajes que ella envía a sus admiradores en Fotolog, hasta que por algún mal entendido las dos mujeres terminan peleándose, con todo y mordidas incluidas.
¿En dónde termina el documental e inicia la ficción? ¿Cuándo el documental se transforma en ficción de manera (in)conciente? Guzmán y Cárdenas usan a Carmita como objeto de estudio y como personaje protagónico de su propia tragedia existencial: la de una mujer hermosisíma que nunca se gustó a sí misma, que nunca tomó una decisión correcta y que siempre, en palabras de la añorada madre, fue siempre su peor enemiga. Hacia el final, el personaje -la persona- se vuelve dolorosamente frágil.
Producida por la dupla Guzmán/Cárdenas, pero dirigida por Gabriel Nuncio -con cámara en blanco y negro del mismo Israel Cárdenas-, Cumbres también está ubicada en Monterrey y está inspirada vagamente en un caso real de nota roja sucedida en la colonia regiomontana del mismo nombre en el 2006. En todo caso, el guión del propio Nuncio no se detiene a explorar/explotar el crimen -o "accidente"- sino la relación entre dos hermanas, la mayorcita Juliana y la adolescente Miwi, quienes tienen que salir de Monterrey con rumbo a Querétaro, pues ha ocurrido algo muy grave. 
No sabemos exactamente qué ocurrió hasta el minuto 27 -de los 80 que dura la cinta-, pues los acontecimientos los vemos desde la perspectiva de Miwi, a quien nadie le dice nada. En todo caso, esos detalles no importan sino cierto momento mágico de confianza que comparten las dos hermanas a punto de separarse, cuando Miwi le cuenta a Juliana, en una toma fija de tres minutos, cómo se puso de novia con un tal Kyzza (¿Terrazas?). Se trata de los mejores minutos de la película y de sus dos jóvenes actrices, Aglae Lingow e Ivanna Michel.
De todas formas, ninguna de las dos cintas mexicanas en competencia parecen, perdóneme el mal chistorete, competitivas, pero tampoco ninguna de ellas es para que les dé pena al Comité de Selección. Eso, por lo menos, ya es ganancia.
Tampoco tiene que darle pena a Eugenio Polgovsky (extraordinaria Los Herederos/2008) su nueva película documental, Mitote (México, 2012), un mediometraje de 53 minutos que transcurre en la plancha del Zócalo el día en el que México y Sudáfrica abren el Mundial de Futbol de 2010. 
Así, mientras la gente llega a ver en pantalla gigante al Tri del "Chicharito", la cámara de Polgovsky se entretiene tomando los desfiguros de un doñito anteojudo y oaxaqueño que pendejea a todo los mexicanos por ser unos dejados y no saber de historia, atestigua los gritos de lucha de los centenares de electricistas del SME en huelga y sigue las rutinas de curación y limpia de cierto chamán (dizque) azteca que regaña a todos los que no saben que México se pronuncia Meshico, más lo que se acumule en ese rato -una calaca catrina que coquetea con un granadero, un basurero que se ríe quién sabe de qué, el campanero de catedral dándole duro y tupido a su chamba-, sin faltar las obvias conexiones del México prehispánico -máscaras olmecas de hace 3 mil años, los vestigios del Templo Mayor- con el México futbolero de hoy, pues algún rostro tallado en piedra por los aztecas parece el mismísimo retrato de cualquier chilango que se emociona/desilusiona por su selección nacional empatando con Sudáfrica a un gol. Puro mitote, puro relajo, bien capturado y bien filmado por Polgovsky aunque... ¿para qué?

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXII



The Master: Todo Hombre Necesita un Guía (The Master, EU, 2012), de Paul Thomas Anderson. La he visto dos veces: en Morelia 2012 -escribí esto- y hace unos días, a raíz de su estreno comercial. No cambié de opinión y, por el contrario, me convencí aún más que Phoenix se sale de madre con su imitación de Brando/Dean/Monty. La primera cinta realmente fallida de Anderson, en mi opinión. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

¿Qué Voy a Hacer con Mi Marido? (Hope Springs, EU, 2012), de David Frankel. El título no sólo es horrendo sino engañoso: no es tanto lo que una madura ama de casa (Meryl Streep) va a ser con su gruñón marido rutinario (Tommy Lee Jones, formidable), sino qué van a hacer los dos con su vida sexual y su matrimonio cuando ya están instalados en los albores de la tercera edad. Con todo y sus chocantes servidumbres -¡esa banda sonora!-, esta cinta aguanta el palomazo por su tema -la sexualidad matrimonial después de 31 años de casados- y la ejecución de sus dos estrellas/actores. Mi crítica, en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado.

domingo, 24 de febrero de 2013

Oscar 2013... en un vistazo



Hoy es la entrega del Oscar 2013 y aquí están, listadas en orden de preferencia, todas las cintas nominadas que he visto . 
Como de costumbre, las calificaciones positivas van de uno a cuatro astericos; las negativas, de una a dos cruces.

Buscando a Sugar Man (Searching for Sugar Man, EU-Suecia, 2012), de Malik Bendjelloul: ****

Amor (Amour, Francia-Alemania-Austria, 2012), de Michael Haneke: *** 1/2

Lincoln (Ídem, EU, 2012), de Steven Spielberg: *** 1/2

Una Niña Maravillosa (Beasts of the Southern Wild, EU, 2012), de Benh Zeitlin: *** 1/2

Valiente (Brave, EU, 2012), de Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell: *** 1/4

No (Chile-México-EU, 2012), de Pablo Larraín: ***

Moonrise Kingdom: un Reino Bajo la Luna (Moonrise Kingdom, EU, 2012), de Wes Anderson: ***

La Noche Más Oscura (Zero Dark Thirty, EU, 2012), de Kathryn Bigelow: ***

Una Aventura Extraordinaria (Life of Pi, EU-China, 2012), de Ang Lee: ***

¡Piratas!: una Loca Aventura (Pirates: In an Adventure with Scientists, GB-EU, 2012), de Peter Lord y Jeff Newitt: ***

007: Operación Skyfall (Skyfall, EU-GB, 2012), de Sam Mendes: *** 

Ted (Ídem, EU, 2012), de Seth MacFarlane: ** 1/2

ParaNorman (Ídem, EU, 2012), de Chris Butler y Sam Fell: ** 1/2

Frankenweenie (Ídem, EU, 2012), de Tim Burton: ** 1/2

Argo (Ídem, EU, 2012), de Ben Affleck: ** 1/2

Lo Imposible (España, 2012), de Juan Antonio Bayona: ** 1/2

El Vuelo (Flight, EU, 2012), de Robert Zemeckis: ** 1/2
 
Django sin Cadenas (Django Unchained, EU, 2012), de Quentin Tarantino: ** 1/2

Prometeo (Prometheus, EU, 2012), de Ridley Scott: ** 1/2

The Master (EU, 2012), de Paul Thomas Anderson: **

Los Miserables (Les Miserables, GB, 2012), de Tom Hooper: *

The Avengers: Los Vengadores (The Avengers, EU, 2012), de Joss Whedon: *

Juegos del Destino (Silver Lining Playbook, EU, 2012), David O. Russell: *

Hitchcock, el Maestro del Suspenso (Hitchcock, EU, 2012), de Sacha Gervasi: *

El Hobbit: un Viaje Inesperado (The Hobbit: An Unexpected Journey, EU-Nueva Zelanda, 2012), de Peter Jackson: +

sábado, 23 de febrero de 2013

FICUNAM 2013/II



En su "Declaración del Director" para Festival Scope con respecto a su cortometraje Las Manos Limpias (México, 2012) -exhibido en el FICUNAM en la sección "Ahora México"-, Carlos Armella (codirector con Pedro González Rubio del premiado filme documental Toro Negro/2005) afirma que "el cortometraje es, probablemente, la forma más libre de expresión que tiene el cine". 
En efecto, desprovisto de cualquier presión industrial y/o de mercado -por su duración, este tipo de filmes no suelen exhibirse comercialmente-, el cortometraje le permite al aprendiz de cineasta -o al cineasta avezado que busca experimentar- una vía libre para hacer casi cualquier cosa. Lo cual, por cierto, no necesariamente es bueno: el patriarca auterista Andrew Sarris escribió alguna vez que el mejor cine no siempre se hace en las condiciones ideales de libertad, Buñuel mismo defendía la idea de que las restricciones -de cualquier tipo- hacían despertar la imaginación del cineasta y, por supuesto, están la célebres palabras del Padre Fundador de la crítica fílmica gringa James Agee: "hay cineastas independientes que, por el bien del cine, deberían depender de alguien". Dicho de otra manera: no todo el cortometraje escolar/experimental/de-arte (you name it) es bueno por sí mismo. Y a las pruebas me remito, por lo menos en lo que he podido ver de la programación del FICUNAM 2013.
La experimentación fallida abunda en la sección Senderos. Lo peor que he visto es No Estamos Soñando (Nao Estamos Sonhando, Brasil, 2012; 12 minutos), de Luiz Pretti, una suerte de diario personal que quiere transmitir el estado de ánimo del cineasta, obsesionado por los edificios que están construyendo frente a su departamento. Acaso como pieza de videoarte puede resultar de interés... para alguien.
Algo similar sucede con Expediente Escolar (Dossier Scolaire, Francia-Alemania, 2012; 21 minutos), también en Senderos, dirigido por Andreas Bolm y Noëlle Pujol, aunque aquí la pieza de videoarte resulta por lo menos intrigante a ratos. Basado en los archivos escolares de una escuela, un muchacho y dos muchachas deambulan y recitan fragmentos de información y declaraciones contenidas en esos archivos. Alguien como la artista visual finlandesa Eija-Lissa Ahtila (El Viento, 2012, 12 minutos) podría haber hecho algo valioso con este material. 
Pude ver un Puma (Argentina, 2011; 17 minutos), de Eduardo "Teddy" Williams, programada en Aciertos, nos muestra a 8 muchachos que juegan, platican, conviven en distintos lugares -azoteas, calles abandonadas, casas derruidas, un lago, un bosque- en los que se encontrarán con su propia destrucción. Bien ejecutado, sin duda, aunque este corto fantástico no me pudo haber entusiasmado menor. Ganó en el BAFICI 2012, así que el equivocado, seguramente, soy yo.
GHL (Ídem, Austria, 2012; 17 minutos), de Lotte Schreiber y programado en Senderos, tiene la ventaja de una realización muy controlada y una idea nada original pero bien ejecutada. Un hombre de mediana edad vestido como ejecutivo (Michael Krassnitzer) camina solitario por una playa abandonada a orillas del Danubio. El tipo habla por teléfono y parece preocupado. La metáfora es obvia pero, vaya, el corto es corto. Ya es ganancia. 
Big in Vietnam (Ídem, Francia, 2012; 29 minutos), de Mati Diop, es la primera cinta realmente interesante que he visto de la selección de Senderos. Una cineasta de origen vietnamita está filmando una nueva versión de Las Relaciones Peligrosas en un bosque de Marsella. Sin decir agua va, el actor protagónico desaparece y la directora, harta de la situación, también. Mientras su hijo cinefotógrafo sigue con la filmación, la doña pasea por Marsella, en donde se topa con otro inmigrante vietnamita más o menos de su rodada. El delicado acercamiento azaroso de estos dos personajes es tan sugerente como emotivo. 
Más logrado -o, acaso, más cercano a los intereses de quien esto escribe- es Las Manos Limpias (México, 2012; 11 minutos), del citado Carlos Armella, programado en la sección Ahora México. El corto está centrado en un joven matrimonio que vive en alguna modesta vivienda con todo y bebé chillón en su cunita. El tipo (Francisco Godínez) regresa de madrugada de trabajar -es asaltante y tiene las manos manchadas de sangre- y ella (Sonia Couoh), que no ha podido dormir, lo espera fielmente. La mujer prepara el biberón, le hace desayuno al marido, le guarda su instrumento de trabajo -un arma- en el cajón y, por supuesto, si en el encuadre aparece un arma cargada, ya sabemos que se usará en algún momento. Creo que hay una escena de más en la que este cortometraje pierde un poco el tono pero, de todas formas, se trata de una peliculita notable. 
Más lograda aún, previsiblemente, es La Cápsula (The Capsule, Grecia, 2012; 35 minutos), de Athina Rachel Tsangari (Attenberg, 2010), programada en la sección Trazos. Esta pieza -porque eso es: una pieza de videoarte- forma parte de una instalación que la DesteFashionCollection 2012 le encargó a la cineasta griega Tsangari. El producto final -en el que la directora echa mano del imaginario surreal, el expresionismo, la animación, algún efecto digital y hasta la 3D- es una fascinante alegoría sobre la liberación/sojuzgación de la mujer, atrapada en rituales de todo tipo (sexuales, corporales, religiosos y, por supuesto, de vestimenta). La Cápsula le da al adjetivo fílmico "experimental" un buen uso y un mucho mejor resultado.
El más logrado de los cortometrajes del FICUNAM 2013 que he visto es Mupepy Munatim (Ídem, Portugal, 2012; 18 minutos), de Pedro Peralta (sección Aciertos), cuya anécdota es mínima y hasta convencional, pero presume una ejecución inspirada y una presencia notable de su actor protagónico, Sebastiao Tomás. Un hombre de mediana edad (Tomás) regresa a su pueblito de Portugal después de haber pasado años fuera. Contacta con alguna mujer que conocó -¿su exmujer?-, le pregunta por la tumba de su madre muerta y, al no saber ella dónde fue enterrada la santa señora, el hombre tiene que lidiar con sus recuerdos y su dolor más solo que nunca. La toma final habría enorgullecido a Mizoguchi.

jueves, 21 de febrero de 2013

FICUNAM 2013/I



Hoy inicia el FICUNAM 2013 con Estudiante (Student, Kazajistán, 2012), sexto largometraje del cineasta kazajo desconocido en México Darezhan Omirbayev. Que se haya elegido esta cinta en particular para iniciar un festival del cine como el FICUNAM define mejor que nada la vocación del descendiente intelectual del extrañado y desaparecido FICCO.
La cinta, nos lo informan los créditos iniciales, está basado en la novela decimonónica Crimen y Castigo de Dostoyevski, aunque habría que agregar a la fórmula la inspiración del Bresson de Pickpocket (1959) en el desenlace -citado hasta en el encuadre, de hecho- y hasta del mismísimo Hitchcock, pues como bien apunta en su nota escrita para por el cinecrítico y programador Roger Koza para la página del FICUNAM, el personaje central del filme -el estudiante sin nombre del título- comete un crimen siguiendo los preceptos intelectuales de los protagonistas de La Soga (Hitchcock, 1948).
El silencioso estudiante ¿de filosofía? (Nurlan Bajtasov) es testigo en el prólogo de la golpiza que el guarura de un banquero le propina a un pobre diablo por el delito de haber molestado a la mujer-trofeo del ricachón. Esta escena inicial marca el sentido del filme: El Kazajistán que vemos es un frío y cruel escenario de supervivencia darwinista/capitalista: los ricos abusan -mandan madrear a alguien, matan a un pobre burro a golpes, le compran un carro de lujo a la hija que está en la prepa, atraviesan las calles en sus lujosos autos a toda velocidad- y los pobres -cierto poeta alcohólico (Edige Bolysbaev) que mendiga atención, el mismo estudiante que apenas tiene para comer- resisten, reniegan, sobreviven.
Para cualquiera que haya leído el texto de Dostoyevski -o haya visto alguna de las innumerables versiones fílmicas- el desarrollo de la película no será ninguna sorpresa. Si acaso se extraña la presencia del Inspector que funge como sombra/conciencia del estudiante asesino, pero todos los demás elementos están ahí, incluyendo el desenlace que promete ser apenas el preámbulo de una nueva historia de amor, redención y esperanza, como el final bressoniano ya mencionado arriba.
Omirbayev construye una contradictoria puesta de imágenes que resulta, alternativamente, elíptica -toda acción violenta sucede fuera de cuadro- y demasiado facilona -las imágenes televisivas de la vida salvaje que ilustran el descarnado capitalismo post-soviético salen sobrando-. Sin embargo, con todo y esos segmentos televisivos demasiado obvios -¡esos leones atacando una jirafa!-, Omirbayev termina entregando una meritoria adaptación del clásico de Dostoyevski, al mismo tiempo que nos descubre escenarios exóticos -el Kazajistán contemporáneo- que, al mismo tiempo, se parecen tanto a los que nos rodean. 

Ambulante 2013... en un vistazo



He aquí el material de Ambulante 2013 que pude ver, en orden de preferencia. Como de costumbre, las calificaciones positivas van de uno a cuatro asteriscos; las negativas, de una a dos cruces.

La Jetée (Ídem, Francia, 1962), de Chris Marker. Retrospectiva: ****

Buscando a Sugar Man (Searching for Sugar Man, EU-Suecia, 2012), de Malik Bendjelloul. Sonidero: ****

La Casa Emak Bakia (España, 2012), de Oskar Alegría. Enfoque: *** 

Palabras Mágicas (Para Romper un Encantamiento) (México-Guatemala-Nicaragua, 2012): Pulsos: ** 1/2

Campo 14 - Zona de Control Total (Camp 14 - Total Control Zone, Alemania, 2012), de Marc Wiese. Dictator's Cut: ** 1/2 

Marley (Ídem, EU-GB, 2012), de Kevin Macdonald. Imperdibles: ** 1/2

Elevador (México, 2012), de Adrían Ortiz Maciel. Pulsos: ** 1/2

La Última Vez que Vi Macao (A Última Vez Que Vi Macau, Francia-Portugal-Macao, 2012), de Joao Pedro Rodríguez y Joao Rui Guerra da Mata. Observatorio: **

Inori (Japón, 2012), de Pedro González Rubio. Pulsos: **

El Alcalde (México, 2012), de Diego Enrique Osorno, Carlos F. Rossini y Emiliano Antuna. Pulsos: **

Partes de una Familia (México-Holanda, 2012), de Diego Gutiérrez. Pulsos: **

La Reina de Versalles (The Queen of Versailles, EU, 2012), de Lauren Greenfield. Reflector: * 1/2 
  
Diario a Tres Voces (México, 2012), de Otilia Portillo. Pulsos: *

El Sueño de San Juan (México-Polonia, 2012), de Joaquín del Paso y Jan Pawel Trzaska. Pulsos: +

miércoles, 20 de febrero de 2013

Los Miserables



"-¡Ya sé que no canto, pero tengo colegiaturas que pagaaaaaaaaaar!"



Debo confesar que nunca he visto la adaptación teatral de Los Miserables. Escrita por Boublil y Schönberg, la obra basada en la novela decimonónica de Victor Hugo fue estrenada en Londres en 1985, en Broadway dos años después y, desde entonces, sigue en cartelera en los dos lados del Atlántico. Va otra confesión: si exceptuamos la celebérrima pieza “I dreamed a dream”, nunca había escuchado ninguna de las otras canciones de Los Miserables. Y va otra confesión más, la tercera y la última: después de haber visto la versión fílmica dirigida por el inglés Tom Hooper, Los Miserables (Les Miserables, GB, 2012), no entiendo, la verdad, el éxito de una obra que tiene un par de canciones memorables y un solo número musical digno de llamarse de esa manera. Claro que, insisto, como lo que he visto es la película, me queda la duda si vista con cantantes en vivo y a todo color, el asunto mejora. Lo dudo mucho, en todo caso: por muy logrado que sea el montaje teatral, las canciones siguen siendo las mismas.
La historia está tomada, de manera más o menos fiel, del texto de Victor Hugo: el expresidiario Jean Valjean (Hugh Jackman, muy en su papel) es perseguido incansablemente por el obsesivo/obsesionado/resentido Inspector Javert (Russell Crowe). Mientras los dos rivales van cruzando sus vidas a lo largo de la pieza/película, Valjean recoge y cría a Cosette (Isabelle Allen), la hija de la fallecida Fantine (Ann Hathaway, con su Oscar en la mano), cierta obrera prostituida que fue empleada de Valjean. Ya crecidita, Cosette (Amanda Seyfried) y el joven aristócrata pero impetuosos revolucionario Marius (Eddie Redmayne, con buena voz de tenor), se enamorarán, mientras las barricadas aparecen por todo París en la fallida rebelión antimonárquica de 1832.
Hooper monta un solo número musical memorable (“Master of the House”, con Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter como la pareja tracalera que tenía como criada a la infantil Cosette) y presume una sola secuencia con cierto estilo genuinamente cinematográfico (“One More Day”, cuando vemos a todos los personajes, vía narración y montaje paralelos, concentrados en sus respectivas tareas amorosas/revolucionarias/existenciales) pero también es cierto que los recursos de producción son de primer nivel y que el reparto interpreta –o ejecuta, en el caso del gutural Russell Crowe- las muy medianas canciones con un entusiasmo digno de mejor causa.
Como es bien sabido, Hopper decidió grabar en el set de filmación a todos sus actores cantando –es decir, los gallos que se echa Crowe fueron en vivo-, lo que le permite el lucimiento de quien tiene los mejores arrestos para esta tarea, como Hugh Jackman y, especialmente, Anne Hathaway quien se avienta “I dreamed a dream” sollozando, gritando y soltando chicas lagrimotas mientras la cámara de Danny Cohen permanece tomándola en primer plano, sin corte alguno, durante los más de tres minutos que dura la canción. Es un momento notable, lo acepto, porque es la única de las dos canciones de la obra que se queda en la memoria –la otra, insisto, es la relajienta “Master of the House”- y porque Miss Hathaway se lanza por completo a la histeria más desbordada, algo que cae muy bien en una película tan monótona –dramática y visualmente- como Los Miserables. Aunque no tanto, claro, como Los Juegos del Destino (Russell, 2012) y la intragrable película de los enanos tragones. Hay niveles hasta en la ignominia. 

martes, 19 de febrero de 2013

Ambulante 2013/VII y última



Hay una veta creciente del cine documental mexicano contemporáneo que no hace otra cosa más que voltear a ver el ombligo familiar. Me refiero a películas centradas en la familia del propio director, sea porque algunos miembros de ella son los protagonistas, sea porque cierto familiar del cineasta sirve de Virgilio cinematográfico. Una lista de ejemplos que no pretende, para nada, ser exhaustiva, iría así: la abuelita memoriosa de Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo (Olaizola, 2008), los entrañables abuelitos de Un Día Menos (2009), la bisabuela y el tatarabuelo de El General (Almada, 2009), el papá y el tío bicicleteros de Ciclo (Martínez, 2012), y, ahora, los papás distanciados entre sí de Partes de una Familia (México-Holanda, 2012), opera prima de Diego Gutiérrez.
El título tiene un doble significado: estamos ante el desazonante retrato de un matrimonio de 48 años fracturado o, mejor dicho, partido en dos: él por un lado; ella, por el otro. Y, al mismo tiempo, al seguir con su cámara a sus propios padres y al dejar que hablen lo que quieran, el director nos entrega el parte cotidiano de una guerra soterrada pero constante que ha durado quién sabe cuántos años. Partes como pedazos de una familia; partes como informes de una serie de batallas interminables. 
El papá, Gonzalo Gutiérrez, de 80 años, y la mamá, Gina, de 70 primaveras, se conocieron hace casi medio siglo: a la semana de novios, él le pidió matrimonio a ella y dos meses después se casaron. Él, un prominente pediatra, acaba de retirarse para escribir sus memorias ("Batallas de un Jubilado"); ella, que dedicó toda su vida a sus tres hijos y al marido  -eso sí, con la ayuda de una criada/nana que ha vivido con ellos desde siempre- sólo vive para sus recuerdos, cuando era la hija única de sus papacitos regala-pieles, cuando era la delgadita y despampanante mujer con varios novios en su haber, cuando se casó enamorada de ese hombre una década mayor que ella con el que, le confiesa a su hijo que carga la cámara, tuvo "muy buenos fajes" y hacía muy buena pareja sexual. 
Ha pasado mucho tiempo desde la Luna de Miel, los hijos se han ido cada quien por su lado y ahora Gonzalo y Gina viven en un espacioso caserón a las afueras de la Ciudad de México: ella duerme en el piso de abajo, él en el de arriba y pareciera que sus vidas no se cruzan nunca. De hecho, hasta el minuto 42 -de los 83 que dura la película- Gonzalo y Gina salen en el mismo encuadre. Hacia el final del filme vuelven a aparecer pero la tensión es impresionante: han decidido vender la casa y mientras él sueña con vivir en un departamento para salir a tomar un café por las tardes, ella le reprocha que cuando eran jóvenes nunca hacían eso. 
El resentimiento parece inundar a la articulada Gina, a diferencia del más tranquilo y hasta jovial Gonzalo, pero desde el inicio el doctor nos confiesa su secreto: toma clonazepam para dormir y un antidepresivo para no estar triste. Ella, sabemos, se ha negado a tomar nada y, acaso por eso, los recuerdos -buenos o malos- terminan siempre en amargos reclamos -justificados o no- al marido que hizo algún comentario insensible cuando ella sufrió una masectomía, o en la perplejidad absoluta cuando el hijo le pregunta qué es lo que le gusta de su papá ("Ya no me acuerdo"). Incapaces de decirse algo agradable, los dos viejos salen del encuadre y luego reflexionan lúcidamente en la muerte, sin lamentaciones ni dramatismos. 
Gutiérrez mantiene la cámara cerca de sus padres -abundan los close ups y big close ups de ellos, especialmente en sus momentos confesionales- y, a través del montaje del también cineasta y experto editor israelí/holandés Danniel Danniel, la cinta avanza entre desazón y desazón, sin que el hijo/cineasta ceje un momento, por más que su papá le advierte ("Esto va a enloquecer a tu mamá"), por más que la madre le ordene ("Esto no lo pongas"). Un hijo desobediente, sin duda, Diego Gutiérrez. Pero no es mal cineasta. 

lunes, 18 de febrero de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXI



Una Niña Maravillosa (Beasts of the Southern Wild, EU, 2012), de Benh Zeitlin. Vista en Morelia 2012, la opera prima de Zeitlin se coló en mi lista de lo mejor del año pasado. Estamos antes la exploración lírica de un ethos muy particular: el de un pequeño grupo de habitantes del "Bathtub", una paupérrima y libérrima zona ficticia ubicada en algún lugar del bayou de Louisiana. Esta gente está acostumbrada a vivir y morir rodeada de agua, cantando, comiendo, tomando. No saldrán de ahí, por más que el gobierno intente una y otra vez desalojarlos. Y no llorarán por su muertos, porque como le dice, le grita, le exige Wink (Dwight Henry) a su irrefrenable hija de seis años Hushpuppy (Quvenzhané Wallis, la revelación del año), ella tiene que aprender a sobrevivir en un mundo de animales salvajes. 

La Noche Más Oscura (Zero Dark Thirty, EU, 2012), de Kathryn Bigelow. Pocas veces ha quedado más claro el discurso bélico/revanchista/supremacista del Imperio gringo. Y, al mismo tiempo, no recuerdo una mejor película sobre el tema, por lo menos después del 11 de septiembre de 2001. ¿Es la mejor película que ha dirigido la Bigelow hasta el momento? Puede ser. Y, también, la más provocadora y repelente. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. 

Asalto al Cine (México, 2011), de Iria Gómez Concheiro. Exhibida hace dos años, en Guadalajara 2011, finalmente merece estreno -aunque solo en la Cineteca Nacional- la opera prima de Gómez Concheiro. Se trata de una crónica juvenil sobre cuatro muchachos de la colonia Guerrero chilanga que, nomás porque sí, deciden robar un cine.
A la película le sobran algunas escenas, pero el reparto juvenil (el ubicuo Gabino Rodríguez y varios jóvenes de esa misma colonia) es magnífico, los diálogos son muy vivaces, la secuencia del robo al cine está bien montada y, en general, la impresión que deja Gómez Concheiro es que se trata de una cineasta con un pulso seguro y firme a la hora de contar su historia.Creo que la película merecía una distribución más amplia.

Pájaro Azul (Blue Bird, Bélgica, 2011), de Gust van den Berghe. Exhibida en el 30 Foro de la Cineteca del año pasado, este relato infantil filmado en Togo con actores no profesionales -y basado en la obra teatral homónima de Maurice Maeterlink-, cuenta la historia de dos hermanitos -niño y niña- que van en busca del pájaro azul del título que se les escapó. En el camino, se encuentran con sus abuelos ya fallecidos, con espíritus diversos y hasta con los niños próximos a nacer. Bien filmada en tono azul monocromático, la cinta se deja ver, aunque incluso sus escasos 82 minutos parecen demasiados. Estrenada en la Cineteca.

Los Miserables (Les Miserables, GB, 2012), de Tom Hooper. No entiendo el éxito teatral de Los Miserables: tiene una sola canción pegajosa y, por lo menos en la versión fílmica de Hooper, apenas un par de números musicales dignos de llamarse así. Pero, bueno, Anne Hathaway está impresionante en su número musical de lucimiento, Hugh Jackman no está mal y Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter se roban cada escena en la que aparecen. Por desgracia, aparecen muy poco. Escribiré más de esta película en los próximos días.  

sábado, 16 de febrero de 2013

Ambulante 2013/VI



La Reina de Versalles (The Queen of Versailles, EU, 2012), segundo largometraje de la documentalista Lauren Greenfield (opera prima Thin/2006, no vista por mí), es un filme que provoca sentimientos encontrados. Durante la primera media hora, la sensación de molestia y asombro aumenta ante los excesos que se muestran en pantalla: el septuagenario magnate de los tiempos compartidos David Siegel y su cuarentona mujer neumática y en botox Jacqueline -la Reina de Versalles del título- viven en Orlando en un caserón de 26 mil metros cuadrados, presumen estar construyendo la más grande casa en toda América -90 mil metros cuadrados-, han comprado 5 millones de dólares en mármol para adornarla y dicen gastar su enorme fortuna en lo que quieren, pues con 28 hoteles de tiempo compartido en 11 estados de la Unión Americana, a Siegel le sobra el dinero. También, por cierto, a los dos les sobran los hijos -ocho en total, más los hijos de Siegel en sus dos anteriores matrimonios- y los perros falderos, vivos y muertos. 
Pero después de media hora, este desfile de excesos consumistas se transforma en otra cosa: en septiembre de 2008 empieza la crisis inmobiliaria/bancaria en Estados Unidos y la fantasía de vivir como ricos -que es lo que se vende en los Westgate Resorts de Siegel- se va al caño. Sin dinero para prestar en los bancos, no hay clientes para los tiempos compartidos y los proyectos faraónicos de Siegel empiezan a resquebrajarse: no sólo el "hogar" de 90 mil metros cuadrados -intento de reproducción naquísima del Versalles auténtico- será abandonado, sino la inmensa torre Westage construida en Las Vegas tendrá que cerrar sus puertas. Muy pronto, los pobres Siegel ricos estarán conviertiéndose en pobres Siegel pobres. Incluso, Jacqueline y familia viajarán ¡horror de horrores! en avión comercial y rentarán un auto ¡que no tiene chofer!
La molestia de la primera parte se transforma, poco a poco, si no en conmiseración -lo siento: se me dificulta la solidaridad con los multimillonarios venidos a menos-, sí en comprensión y, hasta cierto punto, en simpatía. El anciano gruñón Siegel se queja frente a cámara que su mujer no es de gran ayuda -"es como estar criando otra hija"- y, la verdad sea dicha, uno tiene que estar de acuerdo con él. Sin embargo, ¿cómo reprocharle algo a esa exhuberante mujer siempre echada pa' delante (pun intended) que trata de hacer (¡cositas, ella!) una cena familiar, navegar a todo ese plebero regado por la casa y seguir conservándose atractiva para que a sus 40 años no la cambien por dos de a 20? Hay algo de morbosamente admirable en esta ingeniera, exMiss Florida y, ahora, empobrecida esposa confundida de un magnate en problemas. 
La directora Lauren Greenfield coloca la cámara frente a sus personajes, los sigue a todas partes y los deja hablar, para bien, para mal, para peor. Hasta donde entiendo, Siegel ha demandado a la directora por "difamación" pero, ¿quién la dejó entrar hasta la cocina? Siegel debería demandar al destino, en todo caso. Y a su locuaz mujer, de pasada. 

viernes, 15 de febrero de 2013

Ambulante 2013/V



Dos cintas mexicanas documentales exhibidas en programa doble: el mediometraje de 45 minutos El Sueño de San Juan (México-Polonia, 2012), de Joaquín del Paso y Jan Pawel Trzaska, y el largometraje Elevador (México, 2012), opera prima documental del egresado del CCC Adrián Ortiz Maciel (corto pseudorulfiano Nebraska/2009).
De El Sueño de San Juan no hay mucho qué decir: en el pueblito mixteco de San Juan Ixtaltepec del título, Maurilio sueña con el fin del mundo; su esposa, también. Tienen razones para ser aprensivos: viven en una zona montañosa proclive a grandes deslaves y el gobierno no hace nada para ayudar a esta comunidad que (sobre)vive en el estado de Oaxaca, cuyo 75% de la población -nos informa una leyenda que aparece en el final- vive en la pobreza. También se nos dice que Oaxaca es el estado más corrupto del país, aunque la relación entre la corrupción y los deslaves no la veo tan clara. Con todo, Maurilio, su mujer y sus dos hijos siguen su vida lo mejor que pueden, esperando lo peor. El tema exigía una mirada menos tibia que la de Trzaska y del Paso, que no logran trascender la mera funcionalidad en su puesta en imágenes.
Mucho más logrado es Elevador, de Adrián Ortiz Maciel. Estamo en el Conjunto Urbano Presidente Miguel Alemán, construido por el arquitecto Mario Pani en pleno sexenio alemanista. Sesenta años después de su edificación, el citado multifamiliar, el más antiguo de América Latina, está habitado por ancianos burócratas jubilados y sus hijos o nietos, quienes heredaron esos departamentos de dos pisos que, en su momento, llegaron a ser un ejemplo del desarrollismo nacional de mediados del siglo pasado. El optimismo del noticiero de los años cincuenta que vemos al inicio ("Nace una ciudad") contrasta,  por supuesto, con las condiciones muy traqueteadas de los edificios y de sus habitantes el día de hoy.
De todas formas, Ortiz Maciel no está interesado en hacer una crítica de los sueños truncos del "milagro mexicano" sino en algo más simple y, al mismo tiempo, más valioso. Elevador se concentra en presentarnos un mosaico de la vida urbana clasemediera chilanga a través de los encuentros, las pláticas, las reflexiones, las confesiones, de nueve elevadoristas -y la gente a quien ellos sirven- que trabajan en el citado multifamiliar. Hay de todo: desde la jovencita que no terminó la prepa por estar embarazada, hasta la doña que se entretiene leyendo mientras sube y baja entre los pisos, pasando por el exempleado bancario convertido en escritor/dibujante/filósofo ("La libertad cuesta") o el encantador anciano que trabaja por las noches y que cuando hay poco tráfico en el elevador, se suelta moviendo el esqueleto a un ritmo que, a lo lejos, parece algún ritmo tropical.
La cámara de Hatuey Viveros -realizador de la meritoria cinta de ficción aún inédita Mi Universo en Minúsculas (2011)- permanece fija dentro del diminuto elevador -tampoco puede moverse mucho, la verdad sea dicha-, atestiguando pláticas, chismes y bromas entre los pasajeros y el elevadorista respectivo. A veces, la cámara, insólitamente, se coloca a ras de suelo y se nos muestra los pies y zapatos de las personas como única imagen dentro del encuadre, pero si hay pillow-shots a la Ozu, ¿por qué no puede haber feet-shots a la Viveros?

jueves, 14 de febrero de 2013

El Último Desafío




El Último Desafío (The Last Stand, EU, 2013) representa un debut y, al mismo tiempo, un regreso. En los dos casos -el debut y el retorno-, se agradece. El debut –en Hollywood, aclaro- es el del cineasta sudcoreano prácticamente desconocido en nuestro país Jee-woon Kim, quien con El Último Desafío dirige ya su séptimo largometraje –por desgracia, sólo su buen filme de horror melodramático Dos Hermanas (2003) se ha estrenado comercialmente en México.
El retorno es el del exgobernador de California Arnold Schwarzenegger quien, más allá de algunos cameos, no protagonizaba una película desde Daño Colateral (Davis, 2002). La buena noticia es que el exGovernator regresa con este derivativo pero bien realizado western crepuscular que retoma la premisa de Río Bravo (Hawks, 1959) para aderezarla con algunas brillantes secuencias de acción y un torcido humor slapstick.
El narco ¿sinaloense? Gabriel Cortéz (el español Eduardo Noriega), “el más cruel jefe mafioso desde Pablo Escobar”, se escapa de la custodia de un desesperado pero inútil agente del FBI (Forest Whitaker), y se dirige, vía Arizona, hacia México. Para cruzar a nuestro país, sus compinches han construido un puente en cierta barranca que divide al pueblito de Sommerton con la frontera mexicana. Todo parece miel sobre hojuelas: Cortes viaja en su “batimóvil” y nadie lo puede alcanzar, pero no cuenta con que en el pueblo macuarro ya mencionado hay un avejentado sheriff llamado Owen (Schwarzenegger) que no dejará que escape de la justicia ese malandrín que, dice el tal Owen con acento austríaco, “nos hace ver mal a todos los inmigrantes”.
La película es un muy disfrutable palomazo: cual “Duke” de pocas palabras, el sheriff Owen echará mano de un ayudante latino (Luis Guzmán, muy gracioso), una joven cuica de no malos bigotes (Jaimie Alexander), su exnovio borrachales y veterano de guerra (Rodrigo Santoro), y un locochón coleccionista de armas (Johnny Knoxville) para enfrentarse a un ejército comandado por el villanazo Peter Stormare, quien luego dejará el camino libre para el “mano-a-mano” entre el viejo sheriff cansado y el dinámico narco-junior mexicano.
Por supuesto, la cinta ha sido hecha para lucimiento de Schwarzenegger, el icono de acción y estrella de cine, pero también la figura política republicana: así, el ethos en el que se mueve su sheriff Owen es el de un pueblito tradicional y conservador en el que viven orgullosos portadores de armas –uno de los mejores gags de la cinta tiene que ver con una venerable viejita-, voraces comedores de tocino que no le temen al colesterol, y granjeros trabajadores y de pocas pulgas (como Harry Dean Stanton) que están dispuestos a defender su propiedad y seguridad escopeta en mano, como lo dice la segunda enmienda constitucional gringa. Acaso sin proponérselo, pero El Último Desafío es uno de los más graciosos –en más de un sentido- alegato en favor de la posesión de armas que se haya hecho en los últimos años en Hollywood.
Más allá de sus ideas libertarianas/republicanas, quedan también algunos momentos mágicos de cine puro debido al genio espacial y humor chocarrero de Kim: la fuga por el cielo de Cortez resuelta con elegancia visual, el top-shot de los autos del sheriff y del narco en reposo en medio de un maizal, el duelo en plena carretera en el que el Corvette ZR1 de Cortez despacha a dos autos llenos de agentes del FBI y, por último, el gag más hilarante y violento que he visto en mucho tiempo. En él, un malandrín se da cuenta del tipo de arma que está usando el orate interpretado por Knoxville, se asusta en serio (“Oh, shit”), corre por su vida y… bueno, vea usted la escena. Que Dios me perdone, pero solté una carcajada. Vergüenza me debería de dar. Pero no me da nadita, qué remedio. 

miércoles, 13 de febrero de 2013

Film Craft: Producing







A primera vista, parece un coffe-table book. La exquisita edición a colores, el tamaño más o menos considerable (25.6 x 23.9 cm), la foto de Kirsten Dunst como la ingobernable/depresiva protagonista de Melancolía (von Trier, 2011)... Pero no: por más que el libro esté profusamente ilustrado con grandes fotografías, FilmCraft: Producing (Focal Press, USA, 2013), escrito por el cinecrítico Geoffrey Macnab (colaborador de Screen, The Guardian y Sight & Sound, entre otros medios) y Sharon Swart (editora de Variety) no es un texto para sólo revisarlo de pasadita. 
Estamos ante un libro tan profundo como entretenido, que lo mismo echa un vistazo en la historia de las leyendas de la producción fílmica -Michael Balcon, David O. Selznick, Dino de Laurentiis, Erich Pommer, Alexander Korda- que aterriza en los retos que la industria cinematográfica global les tiene reservados a los productores contemporáneos más importantes, como el danés Peter Aalbaek Jensen, el británico Tim Bevan, el francés Marin Karmitz, el hongkonés Bill Kong o los americanos Edward R. Pressman y Lorenzo di Bonaventura.
El libro está construido, de hecho, a través de extensas entrevistas con los productores ya antes mencionados -y varios más- en las que describen con claridad y buen humor lo que significa producir cine, sea dentro de los grandes estudios hollywoodenses, sea en un pequeño país "que no tiene ningún orgullo nacional" (es decir, Dinamarca). Se trata de quince entrevistas con productores que lo mismo provienen de la importante industria hongkonesa (Bill Kong) que de industrias europeas apoyadas desde el Estado (el francés Marin Karmitz) o de casas productoras -pequeñas, medianas o grandes- que trabajan para las "majors" hollywoodenses (el caso de Tim Bevan y la exitosa casa Working Title).. 
FilmCraft: Producing es un fascinante paseo por una profesión que es difícil de describir con precisión: ser el productor de un blockbuster de Hollywood -en donde hay mucho dinero de por medio y mucha gente está tomando decisiones- no es lo mismo que producir los filmes de Lars von Trier quien, según su productor Peter Aalbaek Jensen, más allá de su fama de ser una persona difícil, en realidad es un cineasta muy pragmático, trabajador, responsable y leal a su equipo y a la película que en ese momento este dirigiendo. No es ninguna perita en dulce, vaya, pero von Trier -según la versión de su productor de cabecera- es un cineasta que entiende su oficio y el negocio y que está dispuesto a hacer los cambios que sean necesarios para lograr su cometido: hacer la película que quiere hacer.
Otro ejemplo: en el otro extremo del espectro está Tim Bevan, productor británico que trabaja para Hollywood pero con un gran nivel de independencia. Después de haber fundado la casa productora Working Title en 1983 y haber tenido el primer éxito económico y de crítica con Mi Bella Lavandería (Frears, 1985), la compañía fue fondeada por PolyGram para convertirse en una suerte de filial hollywoodense con proyectos en los dos lados del Atlántico: Fargo (Hermanos Coen, 1996) y Billy Elliot (Daldry, 2000), por ejemplo. Sin embargo, cuando PolyGram fue absorbida por Universal, uno podría haber esperado que la major hollywoodense aplastaría la creatividad y audacia de Bevan y su equipo. Nada de eso: mientras las películas producidas por Bevan no pasen de 35 millones de dólares y no haya atrasos en su filmación, Working Title puede hacer prácticamente lo que quiera. Así se produjo, para acabar pronto la obra mayor -y mejor película del 2012 según los lectores de este blog- El Espía que Sabia Demasiado (Alfredson, 2012). Bevan y su equipo son la mejor muestra que se puede producir buen cine en las entrañas del monstruo hollywoodense, siempre y cuando se elija el equipo creativo adecuado y se hagan los mejores tratos económicos posibles. Es una cuestión de arte y de negocios. O del negocio del arte. Y del arte de hacer negocios. Vaya: se trata de hacer cine en una industria -chica, mediana, grande- para un público que consume ese cine. A eso se le llama industria. 
Con sus diferencias pequeñas o grandes, esto existe en todo el mundo del cine, según muestra el libro de Macnab y Swart. ¿Y en México o América Latina? Hizo falta esa sección en FilmCraft: Producing. A ver si en la segunda edición aparece la entrevista respectiva con el productor latinoamericano elegido. ¿Quién podría ser un buen candidato? ¿Pablo Cruz? ¿Berta Navarro? ¿Roberto Fiesco?  

martes, 12 de febrero de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXX



El Premio (México-Francia-Polonia, 2011), de Paula Markovitch. Esta película ganó en Berlín 2011 (Mejor Fotografía y Mejor Diseño de Producción) y en Guadalajara 2011 (Mejor Película Mexicana) con un final. Luego, la cineasta debutante Markovitch cambió el final, la mandó a Morelia y nuevamente volvió a ganar (Mejor Largometraje Mexicano). Para que conste en actas: el segundo final es mejor que el primero. En todo caso, a dos años de sus triunfos en Berlín y Guadalajara, la  opera prima de la exguionista de Carlos Carrera (Sin Remitente/1995) y Fernando Eimbcke (Temporada de Patos/2004, Lake Tahoe/2008) tiene finalmente su estreno comercial.
Estamos en alguna lejana playa argentina, en tiempos de la dictadura militar. La joven madre Lucía (Laura Agorreca) llega con su precoz hijita de siete años Ceci (extraordinaria Paula Galinelli Hertzog) a una pequeña cabaña a la orilla del mar. Es evidente que Lucía se está ocultando: entierra algunos libros en la arena, le hace aprenderse de memoria cierto mantra a la chiquilla ("Mi papá hace cortinas y mi mamá es un ama de casa"), la manda a la escuela del pueblo y espera, pacientemente, recibir noticias del marido que, acaso, ya esté muerto. Pero esta no es la cinta de Laura, sino de la dificil Ceci, una poeta natural ("Las gaviotas gritan porque tienen miedo de caerse") que, cuando le dejan de tarea una composición sobre el ejército de Argentina, escribe lo que ha escuchado de los labios de su mamá. La cinta está dominada por las tomas largas, controladas, de Wojciech Staron, y por la complicada relación que tienen madre e hija en esa orilla del mundo.


Cuates de Australia (México, 2012), de Everardo González. El cuarto largometraje del documentalista González lo vi hace un año, cuando se presentó en Ambulante 2012. Escribí esta crítica.


Los Juegos del Destino (Silver Lining Playbook, EU, 2012), de David O. Russell. De vez en vez me topo con alguna película que todo mundo -o, bueno, mucha gente- dice que es una maravilla. Luego resulta que la veo y no le encuentro la maravilla por ningún lado. Es el caso de Los Juegos del Destino, una screwball comedy protagonizada por un violento bipolar (Bradley Cooper)  y una joven viuda promiscua (Jennifer Lawrence). Esta cinta le ha gustado a mucha gente y está nominada a-no-sé-cuántos-oscars pero, en lo personal, me parece una pobrísima descendencia de Mejor Imposible (Brooks, 1997) que, en comparación con este filme de David O. Russell, parece Terrible Verdad (McCarey, 1937) o Ayuno de Amor (Hawks, 1940). Podría escribir largo y tendido sobre ella en unos días pero no vale la pena: de aquí a mediados de marzo tengo mucho mejor cine por ver y escribir: Ambulante, FICUNAM, Guadalajara...


El Vuelo (Flight, EU, 2012), de Robert Zemecki. Hace mucho años recuerdo haber leído en alguna Film Comment un profile sobre Denzel Washington en el que se afirmaba que el actor afroamericano era el heredero natural del talento y el carisma de Paul Newman. En efecto: sólo Newman o, en este caso, Denzel Washington podían haber interpretado tan justamente a un personaje como "Whip" Whitaker, un piloto aviador tan repelente como admirable.
Esta cinta de Zemeckis presume una de las mejores secuencias de un accidente de aviación en la historia del cine, la presencia imbatible de Washington y un reparto secundario de primer nivel, pero está lastrada de una subtrama -la relación de "Whip" con una heroinómana encarnada por Kelly Reilly- que no va a ningún lado y que le suma minutos de más a un filme que se queda corto en la crónica de la caída/salvación de un lamentable alcohólico, mentiroso y autodestructivo. Washington sería un buen candidato al Oscar, si no fuera porque esa estatuilla la tiene apartada Daniel Day-Lewis.

Las Marimbas del Infierno (México-Guatemala-Francia, 2010), de Julio Hernández Cordón. Después de un largo y exitoso periplo festivalero (Mención Especial en el BAFICI 2011, Gran Premio del Jurado en Miami 2011) llega finalmente a las salas de la Cineteca Nacional el segundo -y el mejor hasta el momento- largometraje del cineasta guatemalteco Herández Cordón. Estamos ante una comedia realizada con actores no profesionales que, de alguna manera, se interpretan a sí mismo, sus sueños y sus fracasos.
Un marimbero de mediana edad, Don Alfonso Tunche, es extorsionado por la Mara Salvatrucha, así que para evitar que le quiten su preciada marimba que consiguió hace 20 años, abandona su casa y, arrastrando el instrumento musical por toda la ciudad, encuentra a dos fracasados como él: el chavo adicto al resistol "el Chiquilín" y el médico greñudo y heavy-metalero Roberto González Arévalo, exsatanista convertido ahora en devoto metalero-cristiano-evangélico. La película es la crónica de un fracaso anunciado e inevitable: la fusión del heavy-metal con la marimba. Hernández Cordón logra algo complicado: no se ríe de sus personajes; se ríe con ellos y, de paso, con nosotros. Y es evidente que les tiene mucho cariño. Probablemente porque están igual de orate que él: ¿a quién se le ocurre hacer un grupo metalero/marimbero en Guatema? O, si usted quiere, ¿a quien se le ocurre hacer cine en Guatemala?

domingo, 10 de febrero de 2013

Ambulante 2013/IV



Palabras Mágicas (Para Romper un Encantamiento) (México-Guatemala, 2012), cuarto largometraje documental de la especialista hispana-nicaragüense Mercedes Moncada (ganadora del Mayahuel a Mejor Documental en Guadalajara 2005 por El Inmortal/2005- inicia con una cita de Paul Claudel ("El agua es el ojo de la tierra, su aparato de mirar el tiempo") y la visión del Lago de Managua, lugar en donde, nos dice la voz en off de la propia cineasta, tiraron las cenizas de César Augusto Sandino, asesinado en 1934 por Anastasio Somoza, que de esa forma iniciaría una dictadura familiar que duraría hasta 1979. 
Ahí, en ese enorme largo de más de mil kilómetros cuadrados, descansan, pues, los restos de Sandino, los desechos del héroe y caudillo, al lado de los desechos de los habitantes de Managua. Ahí también, en las profundidades de ese lago de aguas oscuras, habita un pez prehistórico ("dinosaurio", dice Moncada) "que se alimenta de mierda". 
Desde los primeros minutos de Palabras Mágicas..., esta desazonante crónica documental de la historia de Nicaragua desde el triunfo del sandinismo hasta nuestros días, la estrategia de la directora Moncada queda muy clara: los acontecimientos políticos de su país se irán alternando con una serie de fascinantes digresiones más o menos caprichosas que, al final de cuentas, terminan siendo dolorosamente pertinentes. Estamos no sólo ante una crónica de la turbulenta historia política de Nicaragua, sino ante la impávida crónica personal de cómo una nicaraguense que tenía ocho años y muchas ilusiones cuando el Ejército Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) derrotó a los Somoza, se fue desilusionando de un país, de una sociedad y de una clase política que, como el pez dinosaurio que menciona Moncada, "vive de comer mierda".
A partir del esperanzador "Día Cero" -19 de julio de 1979, fecha de la victoria sandinista-, Nicaragua empezaría a vivir otro viacrucis diferente. Dejando atrás la cleptocracia somocista, el país le daría la bienvenida a la aparición de "los contras", a una larga y sangrienta guerra civil (1980-1989), a una derrota electoral sandinista -en 1990, en manos de Violeta Barrios viuda de Chamorro-, a la vergonzosa aparición de una nueva cleptocracia izquierdosa -la célebre "piñata" sandinista- y la reaparición de la vieja élite económica, que recuperaría el poder político a partir del fracaso político-moral-social del sandinismo robolucionario.
Palabras Mágicas... es narrada por la propia cineasta sin rabia alguna y echando mano de distintas fuentes cinematográficas y televisivas. De esta manera, los más terribles acontecimientos (las distintas rebeliones, el terremoto de 1972, el huracán de 1998, los distintos escándalos políticos) son articulados verbalmente por Moncada en un tono neutro -¿acaso demasiado neutro?-, de tal forma que pareciera que nada de lo que ha sucedido en Nicaragua puede resultar extraño para nadie: ni la unión política contra-natura de Arnoldo Alemán y Daniel Ortega en 2006, ni las acusaciones de abuso sexual en contra de Ortega por parte de su propia hijastra, ni los cínicos fraudes electorales cometidos por el sandinismo que haría sonrojar a los priístas, ni ese enervante caminar en círculos ("Daniel y Somoza es la misma cosa") al que parece estar destinada esta sociedad, la segunda más pobre de América, pero eso sí, "cristiana, socialista y solidaria"... y bajo el manto protector de San Hugo Chávez. 
Un filme genuinamente encabronante. Acaso por eso el tono neutro en la narración de Moncada: no era necesario mostrar más rabia ni más desilusión. Con mostrar los hechos es suficiente.Más que suficiente.

sábado, 9 de febrero de 2013

Ambulante 2013/III



La Última Vez que Vi Macao (A Última Vez que Vi Macau, Francia-Portugal-Macao, 2012), el más reciente largometraje del (prácticamente) desconocido en México Joao Pedro Rodrigues -codirigiendo aquí con su colaborador habitual Joao Rui Guerra da Mata- no es exactamente una película documental, sino un sugerente híbrido entre documental y laficción: un elíptico neo-noir con toda la acción fuera de cuadro y que, al mismo tiempo, funciona como una suerte de melancólico travelogue por los escenarios físicos y mentales de una niñez recuperada en la exótica y añorada Macao.
Ganadora en Locarno 2012 de una Mención Especial, la cinta de de los dos Joao está llena de referencias cinefílicas más o menos evidentes: al noir hollywoodense clásico -voz en off narrativa de Guerra da Mata como el confundido protagonista-, al star-system más glorioso -la interpretación fonomímica de "You Kill Me" de parte de la elusiva Candy (la auténtica transexual Cindy Crash) como homenaje directo a la Jane Russell de Macao (von Sternberg y Ray, 1952)-, y al reflexivo tono ensayístico del gran Chris Marker, pues la enrevesada historia de misterios, encuentros y desencuentros, le sirve a los propios cineastas para explorar el pasado colonial portugués, un poco al estilo -aunque menos vital y emotivo- del también cineasta lusitano Miguel Gomes (Tabú, 2012).
Al final de cuentas, el ensayo visual sobre el paisaje urbano de "Las Vegas de Oriente" termina imponiéndose sobre otros impulsos narrativos. Vemos más escenarios vacíos -habitados por gatos, perros o aves- que personas/personajes, quienes apenas si aparecen fragmentadamente, cuando la acción ya ha sucedido o está sucediendo fuera de nuestra vista. Sólo así, acaso, puede recuperarse la memoria. En retazos, a través de sensaciones, en el mundo de los (en)sueños.

viernes, 8 de febrero de 2013

Ambulante 2013/II



Kwon y Oh son dos hombres de mediana edad. Serios, bien vestidos, articulados. Si no pusiéramos atención a lo que dicen, podrían pertenecer a cualquier gremio burocrático: ejecutivos de alguna empresa, banqueros destacados, funcionarios del gobierno. En realidad, Kwon fue el comandante del Campo de Prisioneros número 22 en Corea del Norte y Yang-nam Oh fue miembro de la policía secreta en ese mismo país. Lo dos tipos, que hablan tranquilamente, sin prisas pero tampoco sin titubeos, son el contrapunto perfecto para el extenso y horrendo testimonio de nuestro protagonista, el joven Dong-hyuk Shin, quien no fue enviado a ningún campo de prisioneros porque nació en uno. En concreto, en el Campo 14 - Zona de Control Total (Camp 14: Total Control Zone, Alemania-Corea del Sur, 2012), opera prima fílmica del documentalista televiso alemán Marc Wiese.
Sin voz narrativa en off -no hay necesidad: el exprisionero fugado Shin, el excomandante Kwon y el excuico de la secreta Oh hablan hasta por los codos-, con la animación estilizada en blanco, negro y colores deslavados de Ali Soozandeh -que ilustra los recuerdos tremebundos de Shin sobre la vida y la muerte en el Campo 14 del título- y con algunos vídeos que fueron sacados de contrabando de Corea del Norte -algunos de ellos tomados por el propio excomandante desertor Kwon-, Campo 14... se erige como una impresionante crónica de la deshumanización a la que puede llegar cualquier individuo al (sobre)vivir en un régimen totalitario como el norcoreano que, incluso en este momento, tiene a 200 mil personas prisioneras en varios campos de concentración.
El documental de Wiese da en el horrendo clavo no por la descripción de las torturas (a las que nuestro hipócrita vecino del norte ha sido tan asiduo en los últimos años), ni por la ilustración de las ejecuciones públicas (que, después de todo, son idénticas a otros terribles casos en la historia reciente de la humanidad), ni por los testimonios sobre el hambre que provocaban que los prisioneros se comieran ratas asadas con todo y sus "huesos blanditos" (el cine del Holocausto nos ha acostumbrado a este tipo de imágenes)... Ni siquiera por la explicación de cómo se puede terminar en alguno de estos campos de concentración para prisioneros políticos (ejemplos: por no tenerle el suficiente respeto al amado Jong-Il Kim, por hacer un cigarrillo con el papel periódico en donde aparece la foto del Líder Supremo), pues las atrocidades del stalinismo -o de la Revolución Cultural maoísta- ya nos curaron de espanto.
El documental de Wiese da en el horrendo clavo, decía, porque nos muestra las insalvables cicatrices psicológicas/existenciales que carga -¿y cargará para siempre?- el joven fugado Shin, quien no puede encontrar su lugar en el mundo libre -vive en un departamento en Seúl, viaja a Europa y a Estados Unidos a dar conferencias sobre derechos humanos- después de haber huido del Campo 14 de Kaechon el 2 de enero de 2005, a los 23 años de edad. Shin debería disfrutar de su libertad, pero no puede hacerlo: hasta hace poco tiempo no conocía otro universo más que el campo de prisioneros -nacido en el Campo 14, su mamá prisionera fue el regalo que recibió su papá prisionero por tener buen comportamiento; su primer recuerdo infantil es una ejecución que presenció a los cuatro años- y, por lo mismo, ese mundo al que salió le resulta inexplicable. 
Líneas arriba apunté que Shin, Kwon y Ho -quienes, por cierto, son entrevistados cada uno por su lado- hablan hasta por lo codos. Matizo: en el caso de Shin, el exprisionero hace pausas en algún momento, pide que lo dejen descansar en una ocasión, no puede continuar en otra... Es obvio que le duele recordar su vida en el Campo 14 pero pronto nos damos cuenta que, aunque parezca mentira, también extraña esa misma vida como prisionero: su "inocencia de corazón", nos confiesa. La simplicidad de una vida concentrada en la sobrevivencia -"nadie quiere morir en un campo de prisioneros", dice sabiamente el excomandante Kwon-, frente a un rampante índice de suicidios en un país libre como Corea del Sur. La necesidad del dinero y de su consumo -algo tan extraño para él, que no sabía de su existencia hasta que huyó del Campo 14- frente a su sueño de regresar a donde nació para encontrar a su papá -ahora que entiende el concepto de familia- y vivir de la manera más sencilla posible. Vivir. Así nomás. Vivir.