Envíos gratis a México

martes, 30 de abril de 2013

El cine que no vimos/L




Apenas me estoy poniendo al día con el cine del ascendente Jeff Nichols cuyas cintas, por una de las muchas injusticias de nuestros distribuidores (inter)nacionales, permanecen inéditas comercialmente en México. Por lo pronto, acabo de revisar  Shotgun Stories (EU, 2007), opera prima del cineasta nacido en Arkansas, película que, hasta donde sé, ni siquiera mereció distribución en DVD de Región 4.
Una desgracia, insisto, pues Shotgun Stories es un sólido debut. La cinta, a pesar de estar ubicada en el sur americano, en algún pueblito macuarro de Arkansas, trata un tema universal y atemporal: el origen de la violencia y su imparable y trágico escalamiento.
Son (Michael Shannon, el actor fetiche de Nichols, pues ha aparecido en sus siguientes dos filmes) es el hijo mayor de un patriarca que los abandonó hace mucho tiempo para formar una segunda familia. Son y sus hermanos Boy y Kid (Douglas Ligon y Barlow Jacobs) no tiene buen recuerdo de su padre, tan es así que cuando se enteran de su muerte, se presentan al velorio y Son termina escupiendo el ataúd donde descansa a quien llama “una mala persona”, por más que el muertito haya dejado el trago, renegado de la violencia, volcado hacia la religión y haya criado una nueva familia que lo llora genuinamente. 
El escupitajo de Son a su padre fallecido será el punto de partida de una lucha mortal entre los dos grupos de medios hermanos. Por más que haya algo de sensatez de un lado y algo de cobardía por el otro, siempre habrá un episodio que encienda la ira, la venganza, el odio. La violencia va escalando sin que nadie parezca tener la suficiente inteligencia o el sentido común para detenerla. Cual tragedia griega clásica o pieza de venganza de la era jacobina, los personajes parecen estar condenados a cumplir un destino inevitablemente violento.
La puesta en imágenes de Nichols, su cinefotógrafo Adam Stone y el editor Steven Gonzales privilegian la observación lírica del entorno casi mítico en el que se mueven todos los personajes. Al mismo tiempo, se opta por una narración elíptica que evita mostrar la violencia  –un acercamiento a un tobillo sugiere el resultado de un enfrentamiento, la pantalla se oscurece para obviar el final de una pelea- porque, ¿cómo condenar la insensatez de la venganza si, al mismo tiempo se gozan la sangre, los golpes, los disparos, la muerte? Una lección ética y, mejor aún, de buen cine. Tarantino debería aprender algo al respecto. 

domingo, 28 de abril de 2013

Riviera Maya 2013/Ganadores



Ayer finalizó el Riviera Maya Film Festival y aquí abajo está la lista de cintas ganadoras. Ya vi tanto Inori como Despertar el Polvo -no así Las Búsquedas, de José Luis Valles- y seguramente en un año más, en el Riviera Maya 2014, veremos algunas de las ganadoras del RivieraLAB. Espero el año que entra no se me atraviese otra labor de jurado y visitar la Riviera Maya pero no para ir a la playa, sino para ver cine. ¿Qué quiere?: así somos los críticos de cine.


  • Primer premio Kukulkán (Plataforma Mexicana)

Inori, de Pedro González-Rubio. Mi crítica, aquí.

  • Segundo premio Kukulkán (Plataforma Mexicana)

Despertar el polvo, de Hari Sama. Mi crítica, aquí.


  • Premio del Jurado Joven

Las búsquedas, José Luis Valle



Premios RivieraLAB
  • Foro de Coproducción
Yo, de Matías Meyer
  • Mención especial
Sueño de una noche de verano, de Alejandro de Icaza
  • Work in progress
La última película, proyecto de Raya Martín y Mark Peranson (Canadá, Dinamarca, Alemania, México y Filipinas)
  • Mención especial
El regreso del muerto, de Gustavo Gamou

sábado, 27 de abril de 2013

33 Foro de la Cineteca/VIII



Despertar el Polvo (México, 2013), tercer largometraje de Hari -antes Carlos- Sama (terrible Sin Ton Ni Sonia/2003, conmovedora El Sueño de Lu/2012, par de cortometrajes premiados en Guadalajara no vistos por mí), inicia con una cita impresa en pantalla de la santa ecuménica inglesa Juliana de Norwich ("Sin is inevitable"), que algo nos advierte del tono general del filme, con todo y su discutible desenlace místico.
Durante la primera media hora de la película, la cámara en mano de José Casillas sigue a un desarrapado y sucio vagabundo que luego sabremos que se llama Chano (el actor no profesional y voceador Donaciano Hernández Pérez). El hombre deambula por las calles de Iztalcalco, en la colonia brava Campamento 2 de octubre. A veces, "Chano" aparece en foreground caminando, con la cámara siguiéndolo de manera parelela; en otras, apenas se ve en el background, acurrucado en la esquina de un parque, mientras un cuico arregla un bisnes con alguien en primer plano. El silencio de Chano es total -de hecho, no dice una palabra hasta el minuto 35- pero el trabajo sonoro en el filme es notable: el ecosistema en el que sobrevive este indigente se puede sentir de manera genuina por lo que vemos, por lo que escuchamos. Los tracking shots extendidos nos convierten en testigos mudos de una vida en las orillas, que se sostiene por la pepena de basura (15 pesos por 16 kilos de cartón) y la solidaridad (una torta regalada por ahí, una botella de charanda pa'l frío por allá). 
El tono semi-documental del filme cambia de improviso: Rosa (Mercedes Hernández) aparece y le informa al Chano que su ahijado está en la cárcel, acusado de violación y homicidio. En realidad, el muchacho -que nunca veremos en pantalla- ha sido detenido, aparentemente, porque no reportaba sus ganancias de puchador a cierto corrupto comandante policial de Iztapalapa (Juan Carlos Torres). Chano se quita los andrajos que mal lo visten, se rasura, se baña, conecta a algún compadre, se hace de una fusca y vuelve a las calles, pero ya no se mueve en el margen. Ahora, letal fierro en mano, voluntad de vivir y matar recuperada, Chano -cual émulo chilango del inolvidable Terence Stamp de Vengar la Sangre (Soderbergh, 1999)- ha vuelto por sus fueros. La ventaja es que policías y delincuentes -pero, ¿hay alguna diferencia?- saben quién es y de lo que es capaz. La desventaja es precisamente eso mismo: además, todo mundo sabe por dónde anda. Chano no puede esconderse. Da la sensación que tampoco le interesa.
La segunda parte de Despertar el Polvo se convierte, entonces, por unos minutos, en un emocionante thriller urbano en el que la cámara de Casillas -otra vez en tomas extendidas, otra vez en tracking shots- sigue al Chano escurriéndose por los callejones, corriendo por la oscuridad, disparando en plano general o vaciando la pistola fuera de cuadro, en una explosión de violencia que no es otra cosa más que una forma de redención y de sacrificio demandado por Dios, pues "el pecado es inevitable", tanto como la misericordia del Creador. 
Por este logrado escenario claramente alegórico, el epílogo fantástico me parece de más: un serio paso en falso de una película que no necesitaba de este tipo de devaneos para subrayar lo que tan bien se había construido en los 70 minutos anteriores. Sin embargo, aún y con este desenlace místico, Despertar el Polvo muestra a un cineasta interesante que tiene dos cintas más que visibles realizadas en un periodo muy corto, en años consecutivos. Esperemos que la buena racha continúe. 

viernes, 26 de abril de 2013

33 Foro de la Cineteca/VII



En 1979, cuando Francis Ford Coppola estaba en el cénit de sus irrepetibles éxitos económicos y artísticos -la época de El Padrino y su secuela (1972-74), La Conversación (1974) y Apocalipsis (1979)- compró los derechos de En el Camino (1957), la novela experimental de Jack Kerouac (1922-1969), punta de lanza de la llamada "Generación Beat". El capricoso adjetivo de "infilmable", más los vaivenes personales de Coppola a partir de la década de los 80, conspiraron para que los años pasaran sin que el papá de Sofía pudiera llevar a la pantalla grande lo que debería ser la road-movie existencial definitiva. 
Al final de cuentas, más de 30 años después, Coppola -como productor ejecutivo, a través de su compañía American Zoetrope- ha logrado su sueño: he aquí En el Camino (On the Road, Francia-GB-EU, Brasil, 2012), adaptación de la novela semiautobiográfica homónima y dirigida por Walter Salles, conocido internacionalmente por otra road-movie protagonizada por otra celebridad mundial en construcción: el futuro Che Guevara (Gael García Bernal) de Diarios de Motocicleta (2004).
El resultado de En el Camino es terrible. En apenas un par de escenas -un desbordado baile sudoroso y erótico, la interpretación musical de un desatado jazzista negro- podemos atisbar algo de la caótica energía con la que vivían y viajaban por las carreteras gringas y mexicanas los jóvenes escritores en ciernes Sal Paradise (Sam Riley) y Carlo Marx (Tom Sturridge), más su acompañante/musa Dean Moriarty (Garrett Hendlund) y la siempre dispuesta jovencita MaryLou (Kristen Stewart).
El guión de José Rivera avanza por dos vías paralelas: una suerte de adaptación más o menos fiel de la legendaria novela y un intento de biografía intelectual de su autor Kerouac (Paradise) y el ambiente que propició la creación de En el Camino, además de sus relaciones  con su compañero de generación Allen Ginsberg (Marx), su gurú inalcanzable William S. Burroughs (Viggo Mortensen robándose la película en los pocos minutos en los que aparece) y su amigo/compañero/alter-ego Neal Cassady (Moriarty).
La cinta está impecablemente producida, el diseño y ambientación de los años 40/50 no merece un solo reproche, y una parte importante del reparto -el ya elogiado Mortensen, el muy convincente Hendlund, los cameos de Amy Adams y Steve Buscemi, una sorprendente Kirsten Stewart ¡actuando!- hace un trabajo más que aceptable, pero la estructura tradicional de la típica biopic termina imponiéndose a unas aventuras que deberían ser emocionantes, explosivas, bohemias, pre-psicodélicas, pero que terminan siendo repetitivas, cansinas, convencionales. 
Debería decir que esta película se trata de una gran decepción, pero ya nos hemos acostumbrado durante mucho tiempo a que el nombre de Francis Ford Coppola esté asociado a proyectos cada vez más malhadados. Lo que va de ayer a hoy, diría el poeta...

martes, 23 de abril de 2013

33 Foro de la Cineteca/VI




La huida del terruño, el desplazamiento doloroso, debido a una guerra. Un tema recurrente en el cine que, en Bekas (Ídem, Irak-Suecia-Finlandia, 2012), es tratado con ligereza, humor y, podría alegarse, acaso hasta con simpleza.
Estamos ante el segundo largometraje del cineasta kurdo exiliado en Suecia Karzan Kader. Los dos chamacos protagonistas de Bekas viven en la calle, en la zona kurda de Irak a inicios de los años 90, son hermanos y, para rizar el rizo, huérfanos de guerra -de hecho, la palabra "beka" se refiere a los niños que perdieron a sus padres en algún conflicto bélico. Su dura vida callejera tiene un respiro cuando al cine del pueblo llega Supermán (Donner, 1978), lo que despierta su imaginación. Así, los dos escuincles deciden viajar a América para conocer al Hombre de Acero y pedirle que venga a Irak a darle en la torre a Saddam y, de pasadita, a revivir a sus padres muertos -digo, ¿no que Superman lo puede todo?
Kader tiene una gracia: desecha todo atisbo de miserabilismo para optar por un humor ingenuo, infantil, que empata con el carácter de los personajes, sus relajientas aventuras/desventuras y las desbordadas interpretaciones de los dos jóvenes actores Sarwar Fazil (Dana) y Zamand Taha (Zana). La película, escrita por el propio cineasta, no es más que una serie de viñetas de los dos niños avanzando en el camino, buscando llegar hasta América en el lomo de un burro bautizado "Michael Jackson", escondidos bajo un camión o acurrucados en la cajuela de un automóvil. 
Apunté que Kader tiene la gracia de ese humor ingenuo e infantil, pero es también la única gracia que tiene. La película es agradable, sin duda alguna, pero no es mucho más que eso: una road-movie infantil a pata, a burro, a carro, con dos hermanitos gritones y simpáticos. Fuera de un buen manejo del suspenso a través del uso sagaz del encuadre, visualmente hablando la cinta avanza sin mayores alardes estilísticos. 
Kader realizó este largometraje a partir de un corto homónimo de 28 minutos y esta ¿innecesaria? expansión de la historia se hace notar en la acumulación de anécdotas que, sin dejar de ser chistosas, tampoco agregan nada realmente importante a la película. Una cinta simple, sencilla, que se deja ver no sin cierta condescendencia, por lo menos en mi caso. 

lunes, 22 de abril de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXX



Tlatelolco, Verano del 68 (México-Argentina, 2012), de Carlos Bolado. Él es pobre y estudia arquitectura en la UNAM. Ella es rica y es chica Ibero. A pesar de sus diferencias sociales, nada evitará que se amen: no lo hará el hermano de él que es un tira torturador de la Federal de Seguridad, ni menos el papá de ella, que trabaja con el ñacañaquesco Secretario de Gobernación Luis Echeverría. Ah, pero es el verano de 1968 y la tragedia acecha cuando se acerca el inicio de los Juegos Olímpicos. 
Estamos ante una malhadada mezcla de Amar te Duele (Sariñana, 2012) con la teleserie de parodia política El Privilegio de Mandar. Cualquiera de las dos referencias -la cinta de Sariñana, el programa de televisión- es mejor que este fallidísimo filme que no funciona ni como denuncia histórica ni como tragedia romántico-juvenil. Ya veremos si funciona en taquilla.

Ciclo (México, 2012), de Andrea Martínez Crowther. La cineasta Martínez Crowther voltea a ver a su familia -a su papá y a su tío, para ser exactos- para contar la historia de una odisea bicicletera que ocurrió hace medio siglo, cuando los jóvenes hidalguenses Gustavo y Arturo Martínez partieron de Pachuca para pedalear hacia el norte del continente. Los dos hermanos, ya septuagenarios, deciden volver a hacer el mismo periplo, reviviendo caminos, recuerdos, aventuras, pérdidas y ganancias. Un meritorio álbum familiar en amable tono documental/confesional.

El Hombre de las Sombras (The Tall Man, Canadá-EU-Francia, 2012), de Pascal Laugier. Un thriller con mamá guapota en peligro (Jessica Biel) se convierte en un curioso drama social con ribetes de provocación. En ninguno de los dos casos el filme es realmente logrado, pero nunca deja de ser interesante. Mi crítica en el Primera Fila del Reforma del viernes pasado. 

Santo Domingo 2013/IV y último



El sábado pasado finalizó la XV Muestra Internacional de Cine de Santo Domingo con el otorgamiento de los premios oficiales y no oficiales y la exhibición de clausura de Un Viaje Fantástico (Rønning y Sandberg, 2012). La deliberación con mis compañeros de jurado de la Sección Oficial -la productora dominicana Desiree Reyes; el guionista, productor y director dominicano Ángel Luis Arambilet; el guionista y director colombiano Colbert García; y el director, guionista y productor cubano Rolando Díaz- fue de los más tersa y amable. No significa que no hayamos tenido nuestras diferencias, pero el hecho es que llegamos al veredicto rápidamente, acaso porque todos coincidimos que había cuatro o cinco películas muy logradas que sobresalían frente a todas las demás. Incluso, en mi caso, aunque no en todas las categorías ganó mi candidata, la realidad es que, a excepción de una categoría, todos los que obtuvieron la Ciguapa -una estatuilla en forma de mujer caribeña y voluptuosa- estuvieron en mi primera o segunda selección. 
Los ganadores fueron los siguientes:

Mejor Película: Bárbara (Alemania, 2012), de Christian Petzold.

Premio Especial del Jurado: No (Chile-Francia-EU,  2012), de Pablo Larraín. 

Mejor Director: Pablo Berger, por Blancanieves (España-Francia, 2012)

Mejor Guión: Andrey Zvyagintsev y Oleg Negin por Elena (2011), de Andrey Zvyagintsev. 

Mejor Fotografía: Kiko de la Rica, por Blancanieves. 

Mejor Actor: Marcin Sorocinski, por Rosa (Polonia, 2011), de Wojciech Smarzowski. 

Mejor Actriz: Barbara Sukowa, por Hannah Arendt (Alemania-Luxemburgo-Francia, 2012), de Margarethe von Trotta. 


Por su parte, el Jurado de Opera Prima dio su premio a Mejor No Hablar de Ciertas Cosas (Ecuador, 2012), de Javier Andrade -que, por desgracia, no pude ver-; el premio SIGNIS, que otorga la Asociación Católica Mundial para la Comunicación, fue para Hannah Arendt; y el Premio del Público para No, lo que es una muestra fehaciente del buen juicio del público dominicano -de hecho, viendo este resultado, habría que exportar votantes cinéfilos dominicanos a algunos festivales nacionales en los que he estado. 
Por lo demás, la XV Muestra Internacional de Cine de Santo Domingo fue notable en lo que realmente importa -su programación- e impecable en la organización y el trato a sus invitados. Un placer haber estado por aquellos beisboleros lares. 

domingo, 21 de abril de 2013

Riviera Maya 2013... en un vistazo



Este año no pude ir al Riviera Maya que inicia hoy domingo -al momento de escribir estas líneas estoy de regreso de otra parte del Caribe: de República Dominicana-, pero como ya he podido ver una parte de la programación, va mi listado de cintas revisadas y en orden de preferencia. Como de costumbre, de uno a cuatro asteriscos, es calificación positiva; de una a dos cruces, negativa.


Palabras Mágicas (Para Romper un Encantamiento) (México-Guatemala-Nicaragua, 2012), de Mercedes Moncada: ** 1/2

Halley (México, 2012), de Sebastián Hoffman: ** 1/2

Leones (Argentina-Francia-Holanda, 2012), de Jazmín López: ** 1/2

El Cuarto Desnudo (México, 2012), de Nuria Ibáñez: ** 1/2

Tanta Agua (México-Uruguay-Holanda, 2013), de Ana Guevara y Leticia Jorge: ** 1/2

Inori (México, 2012), de Pedro González Rubio: **

El Alcalde (México, 2102), de Emilio Altuna, Carlos Rossini y Diego Enrique Osorno: ** 

No Quiero Dormir Sola (México, 2012), de Natalia Beristáin: ** 

Calle López (México, 2013), de Lisa Tillinger y Gerardo Barroso: **

Fogo (México, 2012), de Yulene Olaizola: **

Rezeta (México, 2011), de Luis Fernando Frias de la Parra: **

Carmita (México-Argentina, 2013), de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas: * 1/2 

Despertar el Polvo (México, 2013), de Hari Sama: * 1/2

Mitote (México, 2012), de Eugenio Polgovsky:*

Las Lágrimas (México, 2012), de Pablo Delgado Sánchez: *


sábado, 20 de abril de 2013

33 Foro de la Cineteca/V



El montaje de Monica Coleman de Contra el Viento (Des Vents Contraires, Francia-Bélgica, 2011), segundo largometraje del actor y ocasional cineasta Jalil Lespert, privilegia los cortes abruptos y directos, lo que se acomoda a la perfección con una narración fílmica impredecible y, a ratos, hasta brusca.
Paul Anderen (magnífico Benoît Magimel) vive en París, es escritor y tiene una esposa médica Sarah (Audrey Tatou) que le reprocha su falta de apoyo con respecto a los dos hijitos de ambos. Después de una agria discusión que tiene frente a sus dos hijos, la mujer sale del departamento hacia su trabajo en un hospital... y desaparece del mapa. Un año después, Paul sigue devastado (¿la esposa huyó con alguien?, ¿simplemente lo abandonó?, ¿fue secuestrada?, ¿alguien la asesinó?) así que, para cambiar de aires, decide regresar a su pueblo natal, Saint Malo, a trabajar en la academia de manejo de su hermano mayor (Antoine Duléry). 
Ahí, en ese pueblito costero, Paul volverá a replantearse su vida y la de sus dos hijos a través de las distintas relaciones que va construyendo -con una jovencita con la que se lía infructuosamente, con un hombre que busca recuperar su licencia de manejo después de haber protagonizado un accidente, con un padre de familia exconvicto (Ramzy Bedia) a quien no le permiten ver a su hijo, con su propio hermano quien le guarda algunos resentimientos, con una inspectora de la policía local (Isabelle Carré)-, aunque la sombra de Sarah cae continuamente sobre él, a través sueños, recuerdos y ciertas llamadas telefónicas cuyo origen desconoce.
Es cierto que hay algunos elementos de la historia -las llamadas telefónicas, por ejemplo- que no terminan nunca de acomodarse, pero el guión firmado por cuatro escritores y basado en un best-seller de Olivier Adam es rico en la definición de sus personajes y en la sutileza de algunos de sus elementos dramáticos. Un sólido melodrama masculino que parece casi femenino: el tema del regreso al terruño con el fin de recuperar la vida y rehacer una familia. 

viernes, 19 de abril de 2013

33 Foro de la Cineteca/IV



Empecé a ver La Bicicleta Verde (Wadjda, Arabia Saudita-Alemania, 2012), con una buena dosis de escepticismo. Como se trata del primer largometraje de ficción filmado enteramente en Arabia Saudita -un país en donde, de hecho, no existen las salas de cine- y, además, ¡escándalo!, el filme de marras es dirigido por una mujer saudí, honestamente creí que la película solo valdría la pena verse por su importancia histórica y, acaso, como una mera curiosidad. 
La sorpresa, sin embargo, fue mayúscula. En efecto, la opera prima de Haifaa Al-Mansour -y, de hecho, opera prima de todo un país- se puede ver por su innegable importancia histórica pero, también, sin condescendencia de ninguna especie, porque se trata de un espléndido melodrama infantil/femenino que describe con sagacidad dramática y limpieza estilística el estado de cosas en una sociedad en donde una mujer no puede manejar un automóvil aunque sea suyo, no debe salir sola a la calle, no debe aceptar un trabajo sin la venia del marido y hasta puede ser echada a un lado si no es capaz de parir un hijo varón. Una sociedad en donde las niñas pueden recibir fuertes reprimendas por pecados tan graves como calzar tenis Converse, dejarse suelto el cabello, hablar en voz alta, reír demasiado, escuchar música pop o jugar en la calle sin importar que a lo lejos se vean unos hombres trabajando.
Este comportamiento escandaloso es el de la Wadjda del título (Waad Mohammed, todo un descubrimiento), una ingobernable pre-adolescente cuyo único sueño es poseer la bicicleta verde del título en español con la que quiere ganarle unas carreritas al amiguito del barrio -¿y futuro novio?- Abdullah (Abdullahram Al Gohani). El problema es que no sólo no tiene los 800 riyals que cuesta la susodicha bici sino que, ¿para qué quiere comprar tal cosa si en el país no se permite que una mujer maneje un automóvil? ¿Qué tiene en la cabeza esa niña'
La cineasta debutante Al-Mansour -autora ella misma del guión- describe con sutileza no desprovista de humor la opresión a las que son sujetas las mujeres en Arabia Saudita, una situación aceptada por todo mundo -incluyendo las mujeres- como parte de una forma de vida contra la cual es muy difícil rebelarse. La mamá de Wadjda (guapa Rem Abdullah) es una mujer sofisticada, de educación, con medios económicos y una cabeza sobre sus hombros, pero eso no es suficiente. Por más que el marido (Sultan Al Assaf) dista de ser un monstruo, tampoco él es ajeno a las demandas sociales y culturales de un entorno que puede dar algún espacio para la libertad -la amiga gordita de la mamá, Laila (Sara Aljaber), que trabaja en un hospital cercano ¡y con la cabeza descubierta!- pero que también exige un precio que tiene que pagar la que ose rebelarse -la muchacha que se encuentra con su pretendiente fuera de la escuela y que, seguramente, no encontrará un buen partido para casarse. 
Evidentemente, la directora Al-Mansour ha recibido influencia del cine neo-neorrealista infantil iraní (Kiarostami, Makhmalbaf, et al), pero lo suyo está muy lejos de ser mera copia: la apropiación de esa solidaridad ante las tribulaciones de la niña, esa crítica (más o menos) velada del comprometido mundo adulto, esa forma de usar el humor para mostrar lo mejor y lo peor de los personajes, ese ritmo funcional que nunca decae, muestran a una cineasta que sabe lo que está mirando y sabe cómo hacerlo. Una cineasta hecha y derecha en un país en donde no se hace cine. O donde no se hacía, en todo caso.  

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXIX



Elefante Blanco (Argentina-España-Francia, 2012), de Pablo Trapero. El más reciente largometraje de Trapero es un melodrama social bien intencionado, mejor realizado, con un reparto impecable, pero un guión -firmado por el director, Santiago Mitre y dos escritores más- que termina saliéndose de madre. El luchón padre Julián (Ricardo Darín) recoge al traumatizado padre belga Nicolás (Jérémie Renier) para que le ayude en su trabajo comunitario/evangélico en la Parroquia del Cristo Obrero, fundada por el sacerdote mártir Carlos Mugica (1930-1974) a quien, por cierto, está dedicada la cinta.
El "elefante blanco" del título son las ruinas de un hospital semi-construido (o, si lo prefiere, semi-derruido) que iba a ser el más grande de América Latina pero, ahora, abandonado, se erige en el centro de una villa miseria en la que (sobre)viven unas 30 mil personas. En ese lugar, rodeado de pobreza, narcos, drogadictos y violencia, Julián, Nicolás y la brava asistenta social Luciana (Martina Gusman) tratan de hacer el bien y paliar los irresolubles problemas sociales que enfrentan todos los días.
La película termina naufragando entre clichés -inevitable historia de amor entre uno de los curas y la delgada asistenta de no malos bigotes, enfermedad mortal de otro de los sacerdotes- y vueltas de tuerca casi tarantinescas de lo gratuitas que resultan -la escena de violencia que sucede hacia el final-, pero la puesta en imágenes de Trapero -cinefotografía de Guillermo Nieto- con sus planos secuencia y sus laberínticos tracking-shots no dejan que el espectador se aburra un solo instante.

Oblivion, el Tiempo del Olvido (Oblivion, EU, 2013), de Joseph Kosinski. ¿Fue Joel Meza el que bautizó esta película como CRUIS-E? En todo caso, muy justo el juego de palabras: en el segundo largometraje de Kosinski (churrazo TRON: el Legado/2010), la súper-estrella Cruise encarna a una suerte de WALL-E humano en un planeta Tierra post-apocalíptico. La obra mayor de Pixar no es la única referencia a la mano: lo mismo puede alegarse que tiene guiños clarísimos a, en orden de aparición, 2001: Odisea del Espacio (Kubrick, 1968), Blade Runner (Scott, 1982), El Vengador del Futuro (Verhoeven, 1990) y Matrix (Hermanos Wachowski, 1999), entre muchas otras referencias cinematográficas y/o literarias. Si hay tiempo, vuelvo a esta película en algún momento de los próximos días. 

El Infiltrado (Snitch, EU-EAU, 2013), de Ric Roman Waugh. Un curioso intento de parte de "La Roca" de entrar a las ligas mayores de la "seriedad actoral". El exluchador interpreta a un empresario de la construcción cuyo hijo mayor es chamaqueado por un (dizque) amigo con un cargamento de éxtasis que envía por paquetería a la casa del adolescente baboso. Como el muchacho ya tiene suficiente edad y las leyes anti-narco son ridículamente altas -se nos informa que el promedio de condena es superior al de los asaltantes bancarios y al de los pedófilos, por ejemplo-, el rocoso hijo tiene como futuro pasarse 15 años en el fresco-bote. Entra en escena La Roca y le propone a la fiscal de hierro (Susan Sarandon ganándose la papa) entrar como infiltrado a una organización mafiosa -el cártel de Nuevo León, dicen en la película- para ayudar a atrapar a algún pez gordo con el fin de negociar la liberación de su hijo.
Por un lado, estamos ante una película de acción rutinaria, con alguna competente escena de persecución y explosiones y, por el otro, hay el serio intento de construir una severa crítica a la política anti-drogas del gobierno estadounidense que, se dice en algún momento del filme, es una política tan absurda como fracasada. En ninguno de los dos aspectos El Infiltrado es una cinta notable, por cierto, pero la película aguanta el palomazo de fin de semana. No más. Mi crítica en el Primera Fila de Reforma del viernes pasado. 

jueves, 18 de abril de 2013

Santo Domingo 2013/III



En la sección informativa no competitiva de la XV Muestra Internacional de Cine de Santo Domingo se ha programado el más reciente largometraje del veterano catalán Ventura Pons, Año de Gracia (Any de Gràcia, España, 2011) aunque, por la calidad de la cinta, bien podrían haberse ahorrado esa información. 
El joven veinteañero David (Oriol Pla) llega desde su pueblito catalán a vivir a Barcelona, en la casa de la gruñona e insoportable anciana Gracia (Rosa María Sardà). Se trata de un programa diseñado por el gobierno: el muchacho acompaña a una vieja solitaria y ella le da gratuitamente alojamiento mientras el chamaco estudia en la Universidad.
La cinta avanza entre ñoñerías varias, episodios muy pobres de comedia juvenil/gerontofílica y una dirección de actores consternante. El final feliz que disfrutan los personajes no se justifica de ninguna manera: no se lo merecen y el público espectador merece menos aún un filme tan fallido.
Un poco más interesante -y, en todo caso, más meritorio- es Brecha en el Silencio (Venezuela, 2012), que está en la competencia en la Sección Opera Prima. Una joven muda, Ana (Vannessa di Quatro), trabaja en una textilera para ayudar económicamente a su madre, quien cierra los ojos cuando el marido de ella (Rubén León) abusa de la muchacha en todos los sentidos. Como Ana tiene dos hermanitos menores -una adolescente crecidita y un niño más pequeño- y el padrastro es un cerdo, ya sabemos por dónde va el desarrollo de la historia.
La historia es miserabilismo puro, pero los cineastas debutantes Luis y Andrés Rodríguez logran un trabajo aceptable tanto en el trabajo visual como en el sonoro aunque, eso sí, abusan tanto del uso del ralentí que a veces la película roza la autoparodia. El filme se puede entender como un primer paso y muy poco más.
La Playa DC (Colombia-Brasil-Francia, 2012) se mueven también en el terreno del miserabilismo juvenil pero, por lo menos, el filme es bastante más logrado. Tomás (Luis Carlos Guevara) es un adolescente que decide salir de la casa materna porque, para variar, no aguanta al padrastro. El hermanito menor, Jairo (Andrés Murillo), está perdido en las drogas y tiene precio su cabeza, mientras el hermano mayor, Chaco (Jaime Solís), acaba de regresar de Estados Unidos y ya quiere volver para allá, ahora con Tomás de acompañante.
La película funciona muy bien en la descripción de ese duro escenario callejero en el que sobreviven estos muchachos. La energética cámara en mano de Nicolás Cannicioni muestra a los personajes en un muy particular ecosistema juvenil en el que dominan el rap, el baile tropical explosivo, el caló bogotano ininteligible y los estrambóticos cortes de cabello. 
Por otra parte, a través del sólido montaje de Felipe Guerrero se alternan las imágenes de la ciudad -la Bogota, DC (Distrito Capital), del título- con los flash-backs idílicos en los que se muestra la vida de Tomás, sus hermanos y su madre en alguna zona rural colombiana de la que salieron huyendo debido, seguramente, a la violencia (contra)guerrillera. Hay ciertos guiños ¿inevitables? a Los Olvidados (Buñuel, 1950) en el guión escrito por el propio cineasta debutante Juan Andrés Arango García, pero en un tono más esperanzador.
En un tono aún más amable -y, también, más logrado- está otra opera prima también en competencia, La Silla del Padre (A Cadeira do Pai, Brasil, 2012), dirigida por Luciano Moura.
Theo (Wagner Moura, bien conocido por el díptico Tropa de Élite/Padilha/2007 y 2010) tiene que salir en busca de su hijo de 15 años Pedro (Brás Antunes) quien, harto de las peleas y broncas de sus padres separados, decidió huir de la casa, ¡comprar un caballo! y, montado en el cuaco, atravesar dos estados brasileños para ir a conocer a su abuelo, el padre de Theo. Al salir de Sao Paulo en busca de su rebelde hijo, Theo se encontrará con varios personajes que le irán dando información sobre el chamaco en fuga.
Por supuesto, con esta estructura ya descrita, la cinta está formada por una serie de viñetas argumentales: en cada encuentro, Theo es guiado hacia el rumbo por donde va su hijo, pero también empieza a entender quién es ese muchacho a quien realmente no conoce.
Wagner Moura sostiene muy bien toda la película, los episodios se detienen en la frontera de lo complaciente -acaso con la excepción de la escena en la que Theo, médico al fin y al cabo, ayuda en el parto de una jovencita- y la realización del debutante Luciano Moura es muy efectiva y funcional en su manejo de los espacios abiertos por los que se mueve el protagonista. No me extrañaría que esta película se llevara algún premio de la Sección Opera Prima. 

miércoles, 17 de abril de 2013

33 Foro de la Cineteca/III



Al inicio de La Esposa Prometida (Lemale et ha'halal, Israel, 2012), opera prima de la cineasta israelí Rama Burshtein, se nos presenta la ceremonia de celebración de la festividad judía del Purim que, por lo que pude averiguar -ah, Wikipedia nunca se raja-, consiste en conmemorar cierto milagro por el cual los judíos se salvaron de ser exterminados en épocas del Rey Jerjes I. Más allá de los orígenes míticos/históricos de tal festividad, lo que me llamó la atención es la pachanga misma: un grupo de hombres y mujeres se reúnen en la casa de un rabino, quien está obligado a darles de comer, beber e, incluso, soltares algo de marmaja que necesiten para algo importante, que si una boda, que si para completar el gasto de algo, que si para pagar la escuela, etcétera. 
La directora Burshtein nos muestra la fiesta del Purim sin darnos más información de la que vemos. Es la mirada no de una extranjera, sino de una participante directa en esa estricta comunidad judía jasídica. Uno, como espectador, es el extraño: Burshtein, la cineasta/guionista judía ortodoxa, es la que nos abre la puerta para conocer a su comunidad, sin ánimo de confrontación pero tampoco sin complacencia. No hay crítica frontal, no hay sátira directa, pero tampoco una mirada cómplice ante lo vemos en pantalla. Lo que vemos es lo que es y el espectador es el que tiene que sacar sus conclusiones.
Estamos en Tel Aviv, en la casa del viejo rabino Aharon Mendelman (Chayim Shariri) que, luego de repartir lana, comida y consejos en el citado Purim, tiene que sufrir la tragedia de que su hija mayor Esther (Renana Raz) muere al dar a luz. El marido Yohai (Yiftach Klien, protagonista del acezante policial inédito en México Ha-Shoter/Lapid/2011) se ve de improviso solo, viudo y con un bebé qué educar. Por supuesto, el hombre tiene que volverse a casar y la madre de Esther, Rivka (Irit Sheleg), ve como natural que Yohai despose a la hermana menor de Esther, Shira (Hadas Yaron), que apenas tiene 18 años y que, hasta el momento, deseaba casarse con algún muchacho de su edad.
Para Rivka, para su marido el rabino Mendelman, para el propio Yohai y hasta para cierto anciano rabino -y vendedor de estufas de pasada- al que van a consultar todos (Melech Thal), el hecho de que el aún joven viudo despose a la cuñada adolescente no sólo es natural sino correcto. Rivka tiene, además, otras razones: si Yohai no se casa con Shira, el hombre podría matrimoniarse con otra mujer que se llevaría al yerno y al nieto a Bélgica y ella no puede permitir eso. Curiosamente -o acaso no: las mujeres se ven aquí como las protectoras de la tradición-, el papá rabino Aharon está más dispuesto a dejar a que Shira decida por ella misma, mientras que Rivka presiona a su hija y apela a su conciencia, a su responsabilidad, a su deber. 
La puesta en imágenes de Burhstein y su cinefotógrafo Asaf Sudri se concentra en interiores, con planos cercanos solitarios y/o de conjunto, en el que continuamente se pierde y se recupera el foco en foreground/background, en la medida que los personajes hablan, reaccionan, miran o rehuyen la mirada de los demás. Es un escenario fílmico y existencial reducido pero no sé si puedo calificarlo de asfixiante: las mujeres que viven en esta comunidad jasídica pueden tomar decisiones y, de hecho, las toman, aunque, claro, el espacio en el que se mueven está severamente constreñido. La toma final del filme -y la dedicatoria de la cineasta: "A mi esposo"- transmite sentimientos encontrados, entre la felicidad, la tristeza, el triunfo y la resignación. La vida de una mujer en esta comunidad no es imposible pero sí muy complicada. Pero, ¿hay algún sitio en el que no sea así? 

Santo Domingo 2013/II


Desde el fin de semana pasado estamos en República Dominicana, como parte del jurado de la Sección Oficial de la XV Muestra Internacional de Cine de Santo Domingo. Como lo comenté en una entrada anterior, creo que no debo de escribir de las películas que tengo que juzgar, pero sí puedo dar cuenta de los filmes que no voy a calificar -los que pertenecen a la Sección Opera Prima- o lo que se exhiben fuera de concurso -Sección Informativa.
En este último caso se encuentra The Pelayos (España, 2012), del veterano realizador televisivo -y ocasional cineasta- Eduard Cortés. Aunque se supone que está basado en un caso real -un apostador de apellido García-Pelayo creó un sistema para ganar a la ruleta, con lo cual desbancó un casino en España-, la película no es más que una suerte de remake baturro de La Gran Estafa (Soderbergh, 2001). Incluso algunos de los personajes -los hermanos que siempre están peleando, el patriarca humillado (Lluis Homar), el protagonista  cool que ejecuta el plan (Daniel Brühl cual fusión de George Clooney y Brad Pitt), el malévolo administrador del casino (efectivo Eduard Fernández)- parecen derivaciones de la muy conocida saga dirigida por Soderbergh.
The Pelayos no estaría del todo mal si Cortés fuera un cineasta del talento de Soderbergh pero, por desgracia, no hay comparación alguna. Hasta donde entiendo, la película tuvo cierto éxito económico en España, lo cual no deja de tener cierta lógica: en un país en crisis, ¿qué mejor fantasía cinematográfica compartida que volverse millonario sin trabajar y derrotando a un casino?
Más interesante y lograda resultó ser Seis Puntos sobre Emma (España, 2011), que concursa en la Sección Opera Prima. La Emma del título es una guapa muchacha invidente (Verónica Echegui), tan independiente como salerosa, que tiene 29 años de edad y un solo objetivo en la vida: quedar embarazada. Al asistir a un grupo de ayuda para personas con algún tipo de discapacidad, Emma se lía con el psicólogo (Álex García), mientras despierta el interés amoroso de un joven vecino (Fernando Tielve). 
La película tiene la ventaja del buen humor -las reuniones de los discapacitados son muy graciosas-, un reparto uniformemente eficaz -la señorita Echegui, en particular, está muy convincente- y una dirección fluida del debutante Roberto Pérez Toledo. Nada más, pero nada menos. 
Mucho más interesante -y de lo mejor que he visto hasta el momento en Santo Domingo 2013 en cuanto a cine hispanoamericano se refiere- es Joven y Alocada (Chile, 2012), producida por el ubicuo Pablo Larraín, y dirigida por la debutante Marialy Rivas, película en concurso en la Sección Opera Prima.
La ganadora del Mejor Guión en Sundance 2012 es una vital comedia de crecimiento y maduración (¿o inmaduración?) femenina en desmadrosa clave sexosa y juvenil. La protagonista es una muchachita de 17 años llamada Daniela (formidable Alicia Rodríguez) que, a través de su fotolog titulado precisamente Joven y Alocada, confiesa urbi et orbi a toda la blogósfera del mundo mundial, que tiene "el choriflais" en llamas. Por supuesto, sus innumerables seguidores -la mayoría, adolescentes de los dos sexos tan calenturientos como ella- le mandan mensajes, comentarios y propuestas harto cochinotas, contrapunteando así las desfachatadas aventuras familiares/religiosas/bisexuales que vemos en pantalla.
Daniela pertenece a la clase alta chilena y ha sido educada en una conservadora familia evangélica, por lo que sus reflexiones y confesiones fotologueras no se refieren solo a su insaciables ganas de "culiar" -ni modo, así lo dice ella-, sea con el barbilindo corruptible Tomás (Felipe Pinto), con la atractiva Antonia (María Gracia Omegna) o con quien se deje, sino cómo puede -o no puede- conciliar su instintos fornicatorios con esos padres tan estrictamente religiosos y, más aún, con su propia confusión existencial, pues la muchacha no sabe bien a bien qué es lo que quiere.
La cámara de Sergio Armstrong está muy cerca siempre de sus personajes, casi tocándolos, centrando su foco en sus rostros y en sus cuerpos, mientras que a través del energético montaje de Andrea Chignoli y Sebastián Sepúlveda se nos muestra las interminables aventuras/desventuras de Daniela usando un sinfín de recursos visuales: animaciones sexuales explícitas, fragmentos fílmicos silentes, relajientos fotomontajes y más. El desenlace no es tal: lo que hemos visto es un estado de ánimo vuelto película, una confesión fragmentaria de una vida en explosión, un desbordamiento hormonal femenino que uno -desde la edad que se arrastra- solo puede ver con asombro, morbo, fascinación y, ni modo, algo de alarma. Una película notable.

martes, 16 de abril de 2013

El cliché que yo ya vi/CXV




Joel Meza propone un cliché que puede servir de corolario para otro cliché, el LXXXV

La bronca es conseguir las agujas... En las películas futuristas, cuando un personaje es dado a la instrospección nostálgica, generalmente pone música para acompañar sus pensamientos. Pero no hace lo que la gente normal, que es prender el chunche reproductor de música que pudiera usarse en ese tiempo (algún imaginado futuro tataranieto del Walkman o el iPod, por ejemplo), sino que escoge algún disco de ¡su colección de LPs de vinil! y lo pone en su atesorado tocadiscos. Por supuesto, la canción será alguna conocida selección del siglo XX, porque ya sabemos que en el siglo XXI la humanidad se pegó colectivamente en la cabeza y perdimos la habilidad de producir música memorable para las generaciones por venir. Este año ya lo vimos en Mi Novio es un Zombie y actualmente en cartelera, Tom Cruise, además de correr muy rápido, desempolva sus viniles, en Oblivion.

domingo, 14 de abril de 2013

33 Foro de la Cineteca/II



No he visto la opera prima del cineasta griego-colombiano Spiros Stathoulopoulos, PVC-1 (2007) pero, por lo que he leído, es muy diferente en tema y estilo a su segundo largometraje, Metéora (Ídem, Grecia-Alemania-Francia, 2012), que se ha programado en el 33 Foro de la Cineteca Nacional.
El griego Theodore (Theo Alexander) y la rusa Urana (Tamila Koulieva-Karantinaki) son monjes ortodoxos, están enamorados y, por supuesto, siendo servidores de Dios, se siente culpables de pensamientos tan terrenales y pecaminosos. No solo su vocación religiosa los separa: también la orografía. La "metéora" del título es una región del centro de Grecia en donde se encuentran varios monasterios históricos. En uno de ellos, vive Theodore; en otro, vive Urana. Cada monasterio está enclavado en una montaña inaccesible: él tiene que subir y bajar innumerables escaleras; ella es subida y bajada peligrosamente a través de una cesta, cual fardo viviente.
El hombre y la mujer se ven apenas con el rabillo del ojo -pero intensamente- cuando coinciden el alguna misa, comparten un día de campo ante una toma fija y sostenida durante 10 minutos, se comunican a través de reflejos luminosos que entran en sus respectivas celdas y rezan el Salmo 23:4 cada quien por su parte pero radicalmente unidos, como quitándose la palabra, y así los vemos gracias al montaje paralelo de George Cragg. Varios segmentos de animación (casi) bizantina interrumpen/complementan esta historia de pasión carnal que es también espiritual, de este irrefrenable amor por Dios que es también por el hombre -y por la mujer. 
Los logros de Metéora son, también, sus inevitables limitaciones. Al final de cuentas, Stathoulopoulos logra sostener esta mínima historia  gracias a la buena presencia de sus dos actores, a esos atractivos momentos de animación ya apuntados, y a esa controlada puesta en imágenes en la que se alterna el acercamiento a esta apasionada historia de amor con la distancia con la que la cámara -manejada por el propio cineasta- observa la inmensidad del paisaje agreste y rocoso en el que se mueven, empequeñecidos, sus dos personajes. Estamos en un lugar que parece haber sido hecho por Dios para rezar pero, también, qué caray, para vivir, sembrar, comer... y amar.  

sábado, 13 de abril de 2013

Riviera Maya 2013/II



En el cine mexicano la gente no trabaja. O, dicho de otra manera, no vemos cómo trabaja. De hecho, en el cine de ficción nacional, si exceptuamos acaso las películas populacheras/sindicalistas de Alejandro Galindo y los melodramas urbanos de Ismael Rodríguez con el sufrido/esforzado Pepe el Toro, el trabajo siempre es un confuso telón de fondo, pero nunca el centro de atención del creador cinematográfico ni de sus criaturas cómico-dramáticas. (Podría decirse lo mismo con respecto a las exitosas comedias en las que Cantinflas encarnaba diferentes oficios: lo importante era Cantinflas, no el trabajo que ejecutaba en cada una de las películas). 
El cine documental es otra historia, por lo menos en la última década: con mayor o menor fortuna, el documentalista mexicano se ha interesado en trabajos, oficios, procedimientos, acciones, formas de vida, desde el impresionista fresco de la construcción del segundo piso lopezobradorista En el Hoyo (Rulfo, 2006) hasta la crónica de cómo se gana un dinerito un anciano nahua en Silvestre Pantaleón (Olivares y Smith, 2010) pasando por el éthos de ciertos cacos/cuicos legendarios en Los Ladrones Viejos (González, 2007). A esta misma estirpe fílmica pertenece Calle López (México, 2013), primer largometraje como cineastas del cinefotógrafo Gerardo Barroso Alcalá y la colorista y cinefotógrafa Lisa Tillinger.
Los dos cineastas noveles son los responsables de la fotografía en blanco y negro de este documental que, en 80 minutos de duración, nos muestran los afanes de una treintena de personas de todas las edades -desde el anciano barman Pepito hasta la chamaquita de escasos cuatro o cinco años que chambea al lado de sus papás- que se parten el alma chambeando en la calle López del título, una rúa del centro histórico chilango que, cliché y realidad obligan, parece que nunca descansa. 
A través del funcional montaje de León Felipe González se nos presenta los afanes de una docena de chambas y negocios, fijos y/o ambulantes -una pollería, un changarro de café, una camioneta en el que se venden piñas, una doña que vende quesadillas en la calle, una diligente lavadora de autos, el inevitable viene/viene, un restaurante de paella, una taquería, un negocio de jugos y licuados, una tintorería, una zapatería, etcétera-, que van abriendo a lo largo del día ofreciendo sus servicios a quien quiera o a quien se deje. Enfoncando/desenfocando continuamente las acciones, alternando los planos generales de conjunto con algunos abarcadores top-shots y estos con algún regocijante hallazgo cómico/procedimental -esa niñita afanosa doblando cartones y equivocándose ("¡Puta madre!")- o con el mosaico de comportamientos de una runfla de viejitos cábulas en cierto bar casi clandestino -¿el mismo changarro de Malaventura (Lipkes, 2011) y Aquel Cuyo Rostro No Irradie la Luz (Bussman, 2011)?-, los cineastas Tillinger y Barroso entregan un vibrante retrato de la chinga que es trabajar que es vivir que es gozar porque, eso sí, nunca se ve a nadie quejarse de nada. No tienen tiempo para la queja: tienen que talonear. Si no, no comen. 

viernes, 12 de abril de 2013

Santo Domingo 2013/I



Desde ayer se está llevando a cabo la XV Muestra Internacional de Cine de Santo Domingo, en República Dominicana. Y desde mañana muy temprano, el regenteador de este blog estará volando rumbo a la tierra de los campeones actuales del Clásico Mundial de Beisbol para ser parte del Jurado de la Sección Oficial, al lado de la productora dominicana Desiree Reyes; el guionista, productor y director dominicano Ángel Luis Arambilet; el guionista y director colombiano Colbert García; y el director, guionista y productor cubano Rolando Díaz. 
Como seré parte del Jurado de la Sección Oficial, no sería correcto que escribiera aquí de las películas que tengo que juzgar, pero sí puedo hacerlo de las otras secciones -el de Opera Primas, las presentaciones especiales, la Sección Informativa-, así que a partir del domingo daremos cuenta de lo que veamos por aquellos calurosos rumbos caribeños. El sitio de la XV Muestra Internacional de Cine de Santo Domingo, por acá. 

33 Foro de la Cineteca/I



Cuando hemos llegado al minuto 28 de Leones (Argentina-Holanda-Francia, 2012), opera prima de la artista visual/plástica Jazmín López, finalmente tenemos claro de qué va la película. No es que sea tan importante -la casi táctil puesta en imágenes provoca que no despeguemos los ojos de la pantalla-, pero de todas formas es en ese momento cuando todas las piezas terminan encajando... aunque después, hacia el minuto 48, el filme termina cambiando de piel. 
Cinco muchachos -dos mujeres, tres hombres- de clase media alta deambulan por un bosque del interior argentino. La steadycam manejada por Matías Mesa (y Pablo Villarreal) sigue en interminables tracking-shots a los cinco jóvenes que caminan, aparentemente, sin tener claro cuál es el rumbo. En algún momento se paran al lado de un lago, nadan en él, juegan al voleibol con una pelota imaginaria, siguen caminando, se topan con una casa en medio del bosque, discuten, bromean, pelean... Uno de ellos se muestra como un experto en cierto juego literario/intelectual hemingwayano -crear frases con solo seis palabras- y desafía a todos los demás a seguirlo. Al inicio, la exasperación puede ganarnos: después de todo, en muchas ocasiones no sabemos ni siquiera quién está hablando, pues la cámara toma a los muchachos por la espalda, mientras caminan y hablan. Aparentemente, no está pasando nada; hasta que, poco a poco, nos vamos dando cuenta que durante los apretados 80 minutos de duración del filme -y, especialmente, antes de ellos- ha pasado de todo.
Los cinco muchachos son dos hermanos, Sofía y Arturo (Macarena del Corro y Pablo Sigal); Niki (Diego Vegezzi), que no suelta una grabadora portátil en la que escucha una y otra vez el Concierto para Piano y Orquesta número 5 de Bach, con voces claves incluidas; la solitaria Isa (Julia Volpato); y Félix (Tomás Mackinlay), quien en algún momento terminará haciéndole -y haciéndose a sí mismo- un favor a Sofía. Arturo, por cierto, quisiera hacerle ese mismo favor a Isa, pero ella no parece estar muy interesada.
Las tomas largas, extendidas, de la steadycam dirigida por el especialista Mesa resultan hipnóticas y la realizadora debutante aprovecha la experiencia de su cinefotógrafo para entregarnos una fascinante coreografía en las que los cinco jóvenes actores aparecen y desaparecen del encuadre, mientras la cámara (casi) siempre móvil avanza en perfectos tracking shots, panea elegantemente, captura en 360 grados todo lo que está a su alrededor o se sumerge en el lago, junto con los muchachos, como si se tratara de otro personaje más en este paseo insensato -pero siempre sensible- por un bosque que pareciera mágico. Pero no: la magia, elusiva y misteriosa, está en la puesta en imágenes de la directora López y su cinefotógrafo Mesa.

miércoles, 10 de abril de 2013

Ariel 2013... en un vistazo



Si hice el mismo ejercicio para el Oscar 2013, ¿por qué no hacerlo para el Ariel 2013? La lista que sigue es la de las películas nominadas en cualquier categoría -incluyendo la terna de mejor película iberoamericana- en orden de preferencia. De uno a cuatro asteriscos, la evaluación es positiva; de una a dos cruces, negativa.

No (Chile-México-Francia-EU, 2012), de Pablo Larraín: ***. Mi crítica en Reforma.

Carrièrre, 250 metros (México, 2011), de Juan Carlos Rulfo y Natalia Gil Torner: ***. Escribí unas líneas por acá.

Blancanieves (España-Francia, 2012), de Pablo Berger:***. Escribí unas líneas por acá.

Después de Lucía (México-Francia, 2012), de Michel Franco: ***

El Paciente Interno (México, 2012), de Alejandro Solar Luna: ** 1/2

Cuates de Australia (México, 2011), de Everargo González: ** 1/2

El Premio (México, 2010), de Paula Markovitch: ** 1/2. Cuando se estrenó escribí un par de párrafos acá.

La Demora (México-Uruguay, 2012), de Rodrigo Plá: ** 1/2. Escribí unas líneas aquí. 

Palabras Mágicas (Para Romper un Encantamiento) (México-Guatemala-Nicaragua, 2012), de Mercedes Moncada: ** 1/2

El Sueño de Lu (México, 2011), de Hari Sama: **

El Fantástico Mundo de Juan Orol (México, 2011), de Sebastián del Amo: **. Mi crítica en Reforma.

Los Mejores Temas (México-Holanda-Canadá, 2012), de Nicolás Pereda: **. Cuando se estrenó escribí un párrafo acá.

Colosio, el Asesinato (México, 2012), de Carlos Bolado: * 3/4. Mi crítica en Reforma.

Entre la Noche y el Día (México, 2010), de Bernardo Arellano: * 1/2. Escribí un par de párrafos por acá.

La Revolución de los Alcatraces (México, 2011), de Luciana Kaplan: * 1/2. Escribí largo y tendido de ella por acá.

Mitote (México, 2012, 53 minutos), de Eugenio Polgovsky: *. Escribí unas líneas por acá. 

Para Armar un Helicóptero (México 2012, 35 minutos), de Izabel Acevedo: *

Depositarios (México, 2009), de Rodrigo Ordoñez: *. La vi hace rato y escribí esto. 

Todo Mundo Tiene a Alguien Menos Yo (México, 2012), de Raúl Fuentes: +. La vi el año pasado y escribí estas líneas.

Los Últimos Cristeros (México, 2011), de Matías Meyer: +. La vi dos veces y ni así me convenció. El problema soy yo, por supuesto. El fin de semana del estreno, escribí esto.

Morelos (México, 2012), de Antonio Serrano: +. Cuando se estrenó comercialmente, escribí unas líneas.

La Vida Precoz y Breve de Sabina Rivas (México, 2012), de Luis Mandoki: +

domingo, 7 de abril de 2013

Sé lo que viste el fin de semana pasado/CCXXVIII



Ciudadano Buelna (México, 2013), de Felipe Cazals. Al parecer, la cinta ha dividido a la crítica nacional. Mi estimada Fernanda Solórzano ha escrito un largo y elogioso texto en Letras Libres y yo mismo escuché apoyos entusiastas de colegas tan respetables como Luis Tovar y Óscar Uriel, cuando la más reciente película de Cazals se exhibió en Guadalajara 2013. En contraste, Gustavo García no es tan generoso con el filme en nexos, mi colega del diario Reforma Rafael Aviña fue inusualmente duro con la película y yo digo por acá que se trata de una inerte biopic llena de oportunidades perdidas. Usted vea la película para que opine. O no la vea y de todos modos opine. Digo, está de moda. 

Vuelve a la Vida (México, 2009), de Carlos Hagerman. Donde sí hay consenso crítico -y ojalá hubiera del público- es en los logros de este vital y divertido filme documental de Hagerman. Acabo de rescatar una crítica escrita hace tiempo por acá.

Topo (Himizu, Japón, 2011), de Shion Sono. Exhibida y vista en la 53 Muestra de la Cineteca en noviembre de 2011, escribí en su momento un lacónico tuit: "Una pareja de adolescentes sobrevive en el Japón post-tsunami. Debió haberme interesado. No sucedió así". Acaso debería darle otra oportunidad a esta cinta de Sono. Acaso debería sobrarme tiempo para hacerlo.

12 Horas para Vivir (Stolen, EU, 2012), de Simon West. Nicolas Cage aparece aquí extrañamente sobrio, acaso porque le habían avisado que la sobreactuación le tocaba ahora a Josh Lucas. En todo caso, los dengues le salen mejor a Cage. Y el cine, casi a cualquier otro que no sea el churrero de Simon West. Mi crítica en el Reforma del viernes pasado.

viernes, 5 de abril de 2013

Ciudadano Buelna




Ciudadano Buelna (México, 2012), el más reciente largometraje del otrora gran maestro del cine mexicano de los 60/70 Felipe Cazals, se presentó con más pena que gloria en el pasado Festival Internacional de Cine en Guadalajara. 
Por desgracia para todos los involucrados, estamos ante una inerte biopic del "Granito de Oro" Rafael Buelna Tenorio (Sebastián Zurita, dando el tipo a la perfección), virtuosamente fotografiada por Martin Boege, pero lastrada por una verborrea pomposa, engolada, repetitiva que proviene del guión escrito por el propio cineasta en colaboración con el guionista sinaloense (por adopción) Leo Eduardo Mendoza.
Si exceptuamos la mencionada fotografía de Boege, la buena presencia del joven Sebastián Zurita –con todo y sus ocasionales tics telenoveleros- y alguna otra actuación profesional –el infalible Damián Alcázar como Lucio Blanco-, Ciudadano Buelna es una retahíla de oportunidades perdidas, caracterizaciones incomprensibles y (auto)saboteos creativos debido, tal vez, a la falta de tiempo y/o dinero. O será que al estar dirigiendo la película el propio Cazals entendió que, acaso, ya no está (¿ni nunca estuvo?) para estos trotes épicos-históricos que, con la excepción de Vámonos con Pancho Villa (De Fuentes, 1936), no se le dan al cine mexicano.
Oportunidad perdida una: hacer una biopic pertinente/trascendente de un personaje que, fuera de Sinaloa, es prácticamente desconocido. La épica personal-ideológica-militar de Rafael Buelna merecía un guión acaso igual de dialogado, pero mucho más incisivo, no de estampita escolar para la secundaria. (Por cierto, ya estaba la obra teatral de Óscar Liera “El Oro de la Revolución”/1984 como muestra de que sí se puede hacer algo de este calibre).
Oportunidad perdida dos: acaso aceptando de antemano su incapacidad (creativa/monetaria/¿ontológica?) para el cine épico –hay por ahí solamente el eficaz barrunto de una batalla que nunca vemos-, Cazals y su equipo optan por escamotear de la pantalla los triunfos militares de Buelna. He aquí, pues, la historia militar nunca vista de uno de los más jóvenes generales que dio de la Revolución.
Oportunidad perdida tres: unas actuaciones/caracterizaciones sueltas, sin cohesión alguna. Da la impresión que Cazals estaba en otra cosa y no pensó en sus actores ni dirigió su trabajo. La primera ofensa es el Gustavo Sánchez Parra del Obregón: ¿en qué mundo paralelo el moreno, seco y serio Sánchez Parra se parece físicamente al blanco, dicharachero y pícaro Álvaro Obregón? Y si esto es absurdo, luego viene el Zapata de Tenoch Huerta –más digno del Potrillo que de Brando o, incluso, de Tony Aguilar- que, con sus ojos tristones, parece más dispuesto a recitar algún poema romántico que a tomar las armas. ¿Y esa barba rala del Carranza de Raúl Méndez? Vamos, hombre: si hay algo característico en la presencia del Barbastenango fue, precisamente, su larga barba blanca.
Usted dirá que todo esto es algo menor –eso me argumentaban varios colegas a los que respeto mucho en el pasado Festival de Guadalajara- y que lo importante es el rescate cinematográfico de Buelna y su historia. No lo creo así: estas ridículas caracterizaciones distraen enormidades y si, además, la historia misma está lastrada por una monótona verborrea digna de parvulitos, ¿qué nos queda?  ¿Algunas batallas bien montadas? Pues ni eso: Cazals no quiso o no pudo hacerlas. Lástima por él. Y, sobre todo, por Rafael Buelna, a quien no le ha hecho justicia la Revolución… ni el cine mexicano.