domingo, 2 de febrero de 2014

Ambulante 2014/III



A lo largo de Pez Negro (Blackfish, EU, 2013), segundo largometraje documental -pero primero dirigido en solitario- de Gabriela Cowperthwaite, media docena de entrenadores de orcas relatan sus experiencias trabajando/amaestreando/nadando/conviviendo con esas enormes ballenas que pueden pesar, en edad adulta, más de 5 toneladas.
¿Quién, en su sano juicio, se metería a una alberca a nadar junto a estos animales? ¿Quién se animaría a acercarse a estas ballenas que tienen 48 afilados dientes para darles de comer? ¿Quién las monta, les ordena saltar o hasta les enseña a saludar al respetable con sus aletitas (digo, aletotas)? Pues ellos, los entrenadores de estas "ballenas asesinas", hombres y mujeres que no son especialistas en comportamiento animal ni están graduados en biología, pero que se ven bien en traje de baño, son alegres, seguros de sí mismos y les fascinan las orcas. No se necesita más.
No hay por qué escandalizarse: supongo que los domadores de leones también toman ese trabajo no porque sean zoólogos especialistas en felinos sino porque son jóvenes, audaces y suficientemente insensatos como para meterse en una jaula con un gato descomunal que te puede comer en dos mordidas. La comparación, creo, hay que subrayarla: así como nadie se extrañaría que un león matara a un domador que se la pasa todo el tiempo dándole de latigazos, ¿qué otra cosa podemos esperar de una orca que, acostumbrada a nadar libremente en los océanos del norte, es secuestrada como bebé, recluida por el resto de su existencia en el equivalente humano de una tina de baño y obligada a hacer payasada tras payasada mientras otros mamíferos llamados seres humanos aplauden en las tribunas de Sea World?
Pez Negro es, antes que nada, un documental militante. Aunque, en aras del equilibiro, la cineasta intentó contactar a los ejecutivos de Sea World -quienes no respondieron nunca-, Cowperthwaite tiene claro lo que cree y usa todos los recursos que tiene a su alcance para demostrarlo. Su caso se puede resumir así: los seres humanos somos soberbios y crueles al usar a estos magníficos animales para nuestro mero entretenimiento y, por las evidencias mostradas en el cinta, somos nosotros quienes provocamos el comportamiento asesino de estos majestuosos mamíferos. Y es que mientras se han reportado más de 70 casos de ataques de orcas en distintos parques acuáticos de todo el mundo, no ha habido un solo reporte de comportamiento violento contra el ser humano cuando estos "peces negros" viven en la naturaleza.
El caso central que presenta el filme es el de Tilikum, un orca macho que asesinó a su entrenadora, la experimentada Dawn Brancheau en febrero de 2010 en Sea World, en Orlando. Aunque la compañía, ni tarda ni perezosa, terminó echándole la culpa a la propia mujer por traer amarrado el cabello en forma de cola de caballo, lo que supuestamente había llamado la atención del animal, las evidencias muestran algo muy diferente: Brancheau no había cometido un solo error, la orca fue directamente por ella y, más aún, el animal había estado involucrado en dos muertes anteriores, una en Victoria, Canadá, y otra más en el propio Sea World, cuando un pobre diablo se metió a escondidas en la noche a nadar en la alberca de Tilikum -la compañía alegó que el tipo se había ahogado, pero la autopsia señaló que había sido desnudado, atacado y castrado a mordidas. 
Los testimonios de los antiguos entrenadores, de los especialistas en estos animales y hasta el de un viejo cazador y secuestrador de orcas que, muy curtido y muy tatuado, casi se suelta a llorar cuando recuerda lo que hacía, nos ofrecen un cuadro perturbador del trato que le damos a este mamífero tan sociable, que posee diferentes lenguas -cada manada se comunica de distinta forma- y que ha desarrollado una enorme capacidad de demostrar emociones. Lloran cuando se dan cuenta que les han arrebatado a sus bebés pero, también, por lo visto en la cinta, se vengan de quienes los esclavizan.
Si no lo cree, vea con cuidado el fragmento en el que otro experimentado entrenador, Ken Peters, es casi ahogado por una orca que no lo quería dejar ir. Concientemente, el animal lo toma de un pie y lo sumerge una y otra vez por largos minutos bajo el agua. ¿Será que está jugando con él y nomás se le está pasando la mano? Nada de eso: cuando Peters logra zafarse lentamente de su captor y nada rápidamente hacia la orilla para salvarse, vea usted al animal ir tras él, casi molesto porque se le escapó su víctima. ¿De verdad estaría jugando la orca? A lo mejor sí: de la misma manera en la que los humanos juegan con ella.

3 comentarios:

Joel Meza dijo...

Para mí, ese caso del entrenador casi ahogado fue la gota que derramó el vaso y desde entonces me niego a ir a Sea World, que por estos lares es inmensamente popular.
Antes de eso, había ido dos veces y los mentados espectáculos de las ballenas y los delfines me parecieron aburridos y deningrantes. ¿Cuántas veces quiero ver saltar a una ballena fuera del agua para comerse el charalito que le ofrece el entrenador? Dice mucho de nuestra sociedad lo que nos divierte, supongo.

Christian dijo...


Y luego de esta pueden ver la secuela ficcionada, sale Marion Cotillard y actúa muy bien, se llama 'Metal y Hueso' de Jacques Audiard.

Ernesto Diezmartinez dijo...

Joel: Sí, medio deprimente el asunto, la verdad.