jueves, 20 de febrero de 2014

El Tren



¿Los críticos de cine le hacemos caso a otros críticos de cine? Sí, claro que sí (alguien dirá que los únicos que atienden lo que dicen los críticos de cine son otros críticos de cine). En todo caso, yo suelo seguir los juicios de ciertos colegas gringos a quienes respeto y, por lo mismo, debido a que Operación Monumento (Clooney, 2014) no fue recibida con mucho entusiasmo que digamos, sino hasta con severas críticas a su contenido y realización, decidí saltármela. 
El cinecrítico del New York Magazine David Edelstein, al escribir de Operación Monumento, trajo a colación dos títulos que tratan un tema similar al de esta película, que es la amenaza de los nazis hacia el arte considerado por ellos como "degenerado": el documental The Rape of Europe (Berge, Cohen y Newnham, 2006) -que no he visto- y la cinta de acción El Tren (The Train, EU, 1964), que vi en televisión hace muchos años. Como tenía muy buenos recuerdos de la película dirigida por John Frankenheimer, me di a la tarea de buscarla y volverla a ver. En esta segunda revisada, el séptimo largometraje de Frankenheimer me pareció mucho más valiosa de lo que recordaba. El Tren no solo funciona como un emocionante filme de acción sino como una sagaz denuncia del valor ¿exorbitante, exagerado? que le damos al arte.
Estamos en Francia, en agosto de 1944, a unos días que los alemanes emprendan la retirada, porque ahí vienen, con todo, las fuerzas aliadas. Mientras la oficialidad nazi se muestra desesperada ante la situación, el tranquilo Coronel von Waldheim (Paul Scofield), imperturbable, logra apartar un tren que lleve "el orgullo de Francia" -es decir, decenas de obras de Van Gogh, Manet, Seurat, Picasso, Renoir, Degas, Matisse et al- rumbo a Alemania. Un pequeño grupo de la Resistencia, por supuesto, evitará que triunfe este saqueo, por más que el valiente trabajador ferroviario Labiche (Burt Lancaster) tenga dudas acerca de la validez de sacrificar vidas humanas por unos cuantos pedazos de tela. 
Frankenheimer llegó a este proyecto -filmado en locaciones francesas, con auténticos trenes de la época- después que Arthur Penn renunciara a las dos semanas de rodaje. Frankenheimer accedió a dirigir el filme por su estrecha relación con Lancaster -esta es la cuarta de la cinco películas que trabajaría con él- y aunque el cineasta confesó luego que el tema no le había interesado mucho, la realidad es que esto no se nota en la eficaz dirección de actores, en la impecable ejecución de la historia ni en la provocadora resolución de la misma. 
La película es notable por las realistas secuencias de acción -lo que vemos son trenes de verdad, que se descarrilan de verdad y que chocan de verdad entre ellos-, por la arriesgada interpretación física de parte del cincuentón Lancaster -llega a subirse de un brinco a un tren en movimiento, se desliza por una escuela grácilmente como cirquero que fue, se pega una buena revolcada cayendo de una loma-, por un par de cameos claves (el de Jeanne Moreau y, especialmente, el del gran Michel Simon en un papel perfecto para él) y, más que nada, por la posición que toma la película en su desencantado final. 
Ahí, en el desenlace, se enfrentan el flemático nazi amante del arte "degenerado" von Waldheim y el ferrocarrilero rebelde Labiche. El monólogo del sofisticado oficial alemán no tiene desperdicio: puede que Labiche haya ganado en ese momento, pero su triunfo es pírrico -la cantidad de sacrificados ha sido grande- y, además, momentáneo. Labiche ha luchado por algo que no aprecia y que, mucho menos, entiende. "Esto que está aquí", dice von Waldheim señalando las cajas con las invaluables pinturas, "es para gente como yo o que se parece mucho a mí". 
El aristócrata alemán, derrotado, no podría mostrar más desprecio por lo que representa gente como Labiche. Acaso por eso, el ferrocarrilero francés responde como lo hace, dándole de alguna manera la razón a su odiado rival. Y sí, es cierto, Labiche "ganó" la batalla: las pinturas se quedaron en Francia pero, alrededor de ellas, han quedado decenas de cadáveres franceses. ¿Un Renoir, un Degas, un Manet, valen todas esas vidas humanas?

8 comentarios:

Christian dijo...


Vamos a suponer que en ese tren no van unos Van Goghs sino las ultimas copias del Ciudadano Kane, Vertigo y Otto e Mezzo.

No sé ustedes pero yo digo que sí valdrían unas vidas con tal de que millones de generaciones futuras pudieran apreciarlas...

:P

Joel Meza dijo...

Justo la pregunta final de Monuments Men.
Yo sí la ví y sí me gustó. No es una obra maestra, no parece querer serlo, tiene varias fallas narrativas y el montaje de una escena clave resulta en una confusión para el espectador. Al rato publico mis reflexiones.
Por lo pronto, a buscar esta de El Tren, que no he visto.

Christian dijo...


¿tú que piensas Ernesto?

Un tren cargado con la última copia disponible en el universo del Ciudadano Kane, Los Paraguas de Cherburgo, Luces de la Ciudad, Vertigo y Singing In The Rain, ¿valdría unas vidas?

Ernesto Diezmartinez dijo...

Joel: Bueno, el asunto es que en El Tren no lo dejan como pregunta sino que la imagen final es la respuesta: no, no valen la pena tantos muertitos.

Christian: Nah... Dijera Sergio Leone: "It's only a movie".

Christian dijo...


Encuentro perturbadora esa respuesta Ernesto.

Ernesto Diezmartinez dijo...

Christian: La vida es mejor que el cine.

Cesar Vega Rodríguez dijo...

yo acabo de ver Seconds de Frankenheimer y parece ser un director subvalorado e interesante. ¿Qué otros títulos recomiendas de él?

Ernesto Diezmartinez dijo...

César: Varias: El Embajador del Miedo, Siete Días en Mayo, Domingo Negro, Contacto en Francia 2, 52 Pick-Up y Ronin. Por lo menos.