martes, 4 de marzo de 2014

FICUNAM 2014/IV




El FICUNAM es el espacio natural en México -al lado de Distrital, su festival primo-hermano- en el que el cine experimental, (que se quiere) poético o no narrativo tiene preeminencia por encima de los convencionalismos clásicos. Por supuesto, esto no quiere decir que por el simple hecho de negarse a un tipo de narración más o menos lineal, las cintas en cuestión sean valiosas. Habrá películas que lo sean, habrá otras que no.
Tómese el caso, en el límite superior, de El Cuerpo del Rey (O Corpo de Afonso, Portugal, 2013), opus número 12 de Joao Pedro Rodrigues (Morir como un Hombre/2009, La Última Vez que Vi Macao/2012, en codirección con Joao Rui Guerra da Mata), un magnífico ensayo de apenas 30 minutos de duración sobre la historia de bronce de Portugal y el presente incierto de la España contemporánea. 
24 tipos, casi todos ellos musculosos, de distintas edades, se paran frente a la cámara manejada por el propio Rodrigues para leer fragmentos escogidos acerca de Afonso Henriques de Borgoña (1109-1185), el primer rey de Portugal. Atrás hay una pantalla verde en la que, luego, veremos imágenes de fondo que acompañan las distintas lecturas que, en algún momento, se van superponiendo: las voces se estorban, se complementan, se confunden. Pero he aquí que esta veintena de hombres no solo leen lo que se les indica sino que se van desnudando, cada uno de ellos, frente a la cámara. Y así, más o menos en pelotas -alguno de ellos, de hecho, en desnudo frontal total-, no solo recitan esos añejos pasajes del pasado históricos sino que, también, contestan, en castellano y/o gallego, sobre su presente.
El retrato colectivo que se obtiene de las confesiones de estos tipos no podría ser más preciso acerca del estado de la España (¿o Europa?) contemporánea: muchos de ellos están desempleados, otros tienen dos empleos -profesor y barman, preparador personal y stripper- y algún otro, el más joven, ha decidido no estudiar -¿para qué, a como está la situación?- sino trabajar de carpintero, porque por lo menos con eso se ganan unos euros. Muchos de ellos complementan el gasto taloneando como desnudistas. La paradoja es clara: ellos son los herederos de ese pasado heroico que, ante el presente tan incierto en el que (sobre)viven, resulta un ejercicio vacío revivirlo y recrearlo, con todo y que posen con la legendaria "espada alfonsina" del Rey Alfonso.
Al final de cuentas, el cuerpo de estos hombres es lo único que ellos poseen: es como si fuera su propio Ferrari -así lo llama uno de ellos, de hecho- y lo cuidan y lo presumen frente a la cámara. Su cuerpo es su historia: sus cicatrices, sus tatuajes, sus piercings. Es su templo. Lo único que les interesa a ellos; acaso lo único que realmente le interesa a Rodrigues.
La claridad de la propuesta del cineasta portugués y su impecable ejecución en apretados pero bien aprovechados 30 minutos, contrasta con El Rostro (Argentina, 2013), largometraje de 63 minutos de duración dirigido por Gustavo Fontán, cineasta bonaerense que, a juicio de los programadores del FICUNAM, merece una retrospectiva completa. Yo no puedo comentar nada a favor o en contra porque no conozco su cine -el crítico y programador Roger Koza comentó al inicio de la función, que el cine de Fontán es virtualmente desconocido fuera de Argentina- aunque debo confesar que El Rostro, su opus número 12, no me entusiasmó demasiado.
El planteamiento es vagamente narrativo. Es obvio, desde las primeras imágenes que Fontán y sus fotógrafos (Luis Cámara y Gustavo Schiaffino) aspiran a ser "poetas" y no "prosistas".  La historia es mínima: un hombre maduro llega por bote a algún lugar del interior argentino. Leo que se trata del Río Paraná. En ese sitio, desolado, el hombre hace una comida: su mujer está por ahí, sus amigos, acaso sus hijos pequeños. Fríen pescados, comen, juegan, se echan al agua. La naturaleza los rodea. Ellos son y son vistos por las cámaras (digital, Súper 8, 16 mm.) como parte de la naturaleza. Mejor dicho: son como la naturaleza misma. De todas formas, la mirada de Fontán es todo menos naturalista, pues el blanco y negro estilizado, además del cambio de textura entre corte y corte -de digital a 16 mm a Súper 8 y de regreso- nos aleja de cualquier tono realista-documental.
Entiendo la idea que está detrás de la cinta -la fusión del ser humano y su imagen cinematográfica con la naturaleza misma-, pero la ejecución fílmica de ella no me dejó nada. Es decir, no me provocó admiración ni tampoco rechazo. Debe ser un problema de sensibilidad personal y lo acepto: acaso lo mío no sea el cine poético. O, si usted quiere, este tipo de poesía en particular. Qué remedio.