martes, 25 de marzo de 2014

Guadalajara 2014/IV



Hay películas malogradas que son más interesantes, en sus fallas o insuficiencias, que las cintas más "acabadas" o "redondas" -para usar un par de adjetivos que suelo usar con frecuencia. Es el caso de El Cerrajero (Argentina, 2014), segundo largometraje de Natalia Smirnoff (Rompecabezas/2009), que fue presentado a inicios de este año en Sundance y que se exhibe aquí en Guadalajara en la competencia oficial iberoamericana.
La película parte de una premisa fantástica. En abril de 2008, los buenos aires de Buenos Aires están de malas: una nube negra y maloliente cubre la ciudad, provocando inquietud en la población y algún tipo de enfermedades. Sebastián (El Estudiante/Mitre/2011 Estebán Lamothe) es el cerrajero del título, un hombre de crísticos 33 años de edad que vive solo, sin deseos de compromiso con nada ni con nadie. Cuando su novia más o menos de planta Mónica (Erica Rivas) le dice que está embarazada -aunque no está segura que el bebé es de él-, la primera reacción de Sebastián es recomendarle el aborto. Pero Mónica ya había abortado antes y prefiere pensarlo un tiempo antes de tomar una decisión.
Sea por la extraña nube negra que cubre la ciudad, sea por el estrés provocado por la posibilidad de tener un hijo, sea por la razón que sea, un buen día, haciendo un trabajo de cerrajería, abriendo la puerta de un departamento, Sebastián se queda tieso y, sin poder evitarlo, le suelta alguna dolorosa verdad al cliente respectivo: que si le está poniendo los cuernos a la mujer, que si el jefe no le hará nunca caso a ella la secretaria, que a cierto tipo nadie lo quiere ni lo han querido, que otro por allá es un hipócrita que no hace otra cosa que mentirse a sí mismo. 
No hay explicación racional para ese don que, sin desearlo, le apareció a  Sebastián de improviso. Y precisamente por ese mismo don Sebastián termina haciendo migas con Daisy (Yosiria Huaripata), una joven criada peruana cuyo novio había robado en un lugar que fue a arreglar el emproblemado cerrajero que no quería saber de la vida de nadie y que ahora, aunque no quiera, sabe de la vida de quien lo contrata. Aunque, vuelta de tuerca obliga, él mismo tiene problemas graves que debe confrontar, con don o sin don de clarividencia.
La premisa es ingeniosa, la química entre Lamothe y Huaripata es agradable, y la realización de Smirnoff es muy limpia y funcional. Si la película termina dejando un cierto dejo de decepción es, acaso, porque la propia cineasta/guionista no supo cómo cerrar la historia. Vamos, la cinta se interrumpe, más que se termina. De cualquier forma, vale mucho más la pena que otras cintas más redonditas y convencionales, como Vivir es Fácil con los Ojos Cerrados (Trueba, 2013), que también está en competencia.