miércoles, 26 de marzo de 2014

Guadalajara 2014/V



Nicolás Echevarría tenía más de una década sin realizar un largometraje desde su malograda ficción Vivir Mata (2002) así que la presentación en competencia (y doble: en la sección de Documental Iberoamericano y en el Premio Mezcal) de Eco de la Montaña (México, 2013), es uno de los acontecimientos centrales de Guadalajara 2014, que ya se acerca a su recta final -el viernes por la mañana se dan a conocer los primeros premios no oficiales.
Estamos ante un importante filme documental centrado en el artista huichol Santos de la Torre, quien realizó un mural de chaquira en 1997 para la estación del metro parisino Palais Royal-Musée du Louvre. Inaugurado por los presidentes Zedillo y Miterrand con toda la pompa y el boato necesarios, la ceremonia tuvo un pequeño problema: a todo mundo se le olvidó invitar a Santos de la Torre, el autor de esa monumental pieza formada por 80 paneles. 
Muchos años después, el filme de Echevarría sigue a Don Santos en la realización de otro mural, "Viaje Sagrado a Wirikuta", desde su concepción original hasta su terminación, varios meses (¿o un año?) después. El mural -que, por cierto, se exhibió en la Expo Guadalajara a unos metros de la sala donde se estrenó Eco de la Montaña- es una suerte de paseo artístico y espiritual por las tradiciones y creencias del pueblo huichol. El propio Santos sirve de guía/narrador, mientras las cámaras de Echevarría y Sebastián Hoffman no pierden una oportunidad de compartir las dudas, los problemas, las decisiones y la vida cotidiana del gran artista wixákira que, al final, orgulloso, puede mostrar el resultado de su arte/inspiración/herencia ante la cámara que, elegante, casi alegre, va tomando vuelo. Un buen regreso de Nicolás Echevarría.
Eco de la Montaña es un documental más convencional que algunos otros que he podido ver de la competencia iberoamericana. Si esto los hace más logrados o no, ya no estoy tan seguro. Tómese el caso de La Gorgona, Historias Fugadas (Colombia, 2013), de Camilo Botero, y El Silencio de las Moscas (Venezuela, 2013), de Eliezer Arias. 
Las dos películas documentales tienen una puesta en imágenes muy similar, que me remitió a la reciente obra mayor El Lugar Más Pequeño (Huezo, 2010). Es decir, las dos cintas están formadas por testimonios que escuchamos en off -no hay cabezas parlantes de ninguna especie-, mientras las imágenes se suceden, pero no ilustrando lo que oímos, sino extendiendo/acompañando/contradiciendo esas mismas voces.
Terminé prefiriendo El Silencio de las Moscas, acaso porque el tema me resultó más cercano y fácil de aprehender. Un letrero explicativo nos ubica en los Andes venezolanos, una idílica zona rural en la que ha habido una epidemia de suicidios desde los años 90, una tendencia que no ha disminuido desde entonces. La película nos presenta dos casos centrales, el de María José -una jovencita homosexual que se ahorcó para cumplir un pacto de muerte con su compañera-, y el de Nancy -una muchachita ya casada que también se quitó la vida-, a través de los testimonios de sus respectivas madres. El realizador Arias nos muestra otros casos de hombres, jóvenes o viejos, que también se han quitado la vida por las razones más disímiles (que porque "ya no funcionaba como hombre", que por dificultades económicas, que por esto o por aquello) y, finalmente, el ethos de ese bellísimo lugar de la Venezuela profunda, donde la violencia, el machismo, el alcohol y la precariedad monetaria dominan. 
Las mamás de María José y Nancy se encuentran al inicio -que es el final- para compartir sus experiencias y su dolor, para asegurarse mutuamente que hay que seguir viviendo, aunque "la mitad de sus vidas" se haya ido con la muerte de sus hijas. Un filme duro y, al mismo tiempo, esperanzador.
La Gorgona... está construida de una forma similar: escuchamos testimonios, pero no vemos a nadie hablar. Lo que vemos en pantalla son las imágenes hipnóticas de una prisión abandonada que se encontraba en La Gorgona del título, una isla del Pacífico colombiano en el que enviaban a los condenados por homicidio. La prisión estuvo funcionando desde 1960 hasta 1985 -en la actualidad es un parque nacional- y lo que escuchamos a lo largo del filme son los testimonios de quienes manejaban la prisión y de quienes, custodios o presos, sobrevivieron a ella. La única ilustración proviene de imágenes animadas, porque el resto del filme está invadido por los sonidos naturales de la isla y por la visión de la naturaleza victoriosa, que avanza sobre las ruinas de esa cárcel de la que era (casi) imposible escapar. 
En la forma, la cinta dirigida por Botero es impecable y se nota el arduo trabajo de investigación que está atrás de ella. Aún así, la película se termina estancando en algún momento, pues los testimonios que escuchamos se vuelven repetitivos. Eso sí, las imágenes son tan atractivas que hay momentos que dejé de escuchar las voces para ver solamente esos paisajes, esos animales, esa naturaleza.