sábado, 29 de marzo de 2014

Guadalajara 2014/VIII



La entrada de ayer estuvo dedicada a las cinco películas mexicanas menos meritorias que estuvieron en competencia para obtener el premio FIPRESCI. En la de hoy, pasemos a revisar las restantes siete cintas nacionales que, unas más que otras, aguantan la revisada.
Los Ángeles (Alemania-México, 2014) y Puerto Padre (Costa Rica-México, 2013) son dos coproducciones mexicanas realizadas por cineastas extranjeros y debutantes. En el primer caso, el antropólogo estadounidense Damian John Harper empieza su carrera en el cine con una historia ubicada en un pueblito de Oaxaca, hablada en gran medida en zapoteco y con actores no profesionales de esa región que interpretan versiones dramatizadas de ellos mismos.
Mateo (Mateo Bautista Matías) es un joven zapoteco de 17 años que está preparándose para irse a Los Ángeles del título, el destino laboral de muchos de los hombres de ese sitio, Santa Ana del Valle. Buscando protección para cuando llegue a L.A., Mateo decide entrar a la pandilla del pueblo, suerte de sucursal de la gringa, manejada por el violento Danny (Daniel Bautista), quien se enfrenta a su suegro Marcos (Marcos Rodríguez Ruiz), recién llegado del gabacho.
La cinta tiene fuerza en la descripción del ethos de ese lugar y de su gente que, para bien o para mal, está divida entre ese sitio de la sierra de Oaxaca y lo que sucede en Estados Unidos: un padre que se fue, dejó de mandar dinero y tiene otra familia; un hijo que ha traicionado a la pandilla y que espera en la cárcel ser asesinado; una ciudad -Los Ángeles- que puede significar esperanza o tragedia. O las dos cosas al mismo tiempo.
El filme de Harper no se distingue por su originalidad dramática pero sí por ese retrato que se siente genuino de un lugar y de su gente. Se trata, en todo caso, de un sólido debut. Tan es así, que obtuvo el Mayahuel a Mejor Opera Prima.
Menos original aún, pero funcionalmente realizada e interpretada, resultó ser Puerto Padre, opera prima del costarricense Gustavo Fallas. Un adolescente huérfano, Daniel (Jason), que vive en la isla de Chira, llega a la costa en busca de chamba, así que se dirige al hotel de mala muerte que maneja un tal Chico (Gabriel Retes), hermano de su padrino. Ahí, Gabriel conoce a la guapa jovencita Soledad (Adriana Álvarez), que tiene un bebé que mantener.
El guión escrito por el propio Fallas no es más que un decente melodrama de crecimiento y maduración juvenil en el cual veremos a Daniel abrir los ojos ante su origen, decidir sobre su presente y mirar hacia el futuro. Un filme correcto y poco más.
Hubo dos road-movies con protagonistas infantiles en competencia: Viento Aparte (México, 2013) y Seguir Viviendo (México, 2014). En la primera, segundo largometraje de Alejandro Gerber Bicecci, dos adolescentes, Omar y Karina (Sebastián Cobos y Valentina Buzzurro), de vacaciones con sus papás en alguna playa de Oaxaca, tiene que tomar la carretera ellos solos después de que su madre (Úrsula Pruneda) es llevada de emergencia a un hospital debido a una fulminante embolia. Así pues, con unos cuantos pesos en la bolsa, los muchachos atraviesan el país rumbo a Paquimé, Chihuahua, donde vive su abuela. En el camino, previsiblemente, se encontrarán con el México dividido y violento -pero también generoso y solidario- que este tipo de cintas obliga.
Mutatis mutandi, este tipo de narración fílmica ya le he visto hace un par de años y de manera más contundente (Un Mundo Secreto/Mariño/2012), pero no hay duda que la película de Gerber se deja ver sin mayor problema. 
Me sentí un poco más atraído por la otra road-movie, Seguir Viviendo, tercer largometraje -pero primero de ficción- de la documentalista Alejandra Sánchez (Bajo Juárez: la Ciudad Devorando a sus Hijas/2006, y la poderosa Agnus Dei: Cordero de Dios/2011). Otros dos adolescentes, Jade y Kaleb García Andrade (ellos mismos) tienen que salir huyendo de Ciudad Juárez, acompañados/cuidados por la reluctante periodista Martha (Nora Huerta), después de que la mamá de ambos -en realidad, la abuela: su mamá fue asesinada cuando los dos eran muy niños- es baleada por unos sicarios y dejada en estado de coma. 
La cinta tiene elementos documentales muy claros: la abuela de los chamacos, Norma Andrade, sí sufrió de verdad un atentado, y los dos adolescentes interpretan versiones de ellos mismos e, incluso, aparecen en pantalla dando testimonios al estilo del cine documental clásico. Este impulso semi-neorrealista se combina con elementos mucho más melodramáticos y convencionales -la historia de la periodista Martha, que aún no puede aceptar la muerte accidental de su hijito-, con todo y la aparición de Tito Vasconcelos reventándose "Silencio" en algún cabaret tropical playero y cinematográfico. 
En todo caso, la posición de la película es la que me resultó atrayente: más que refocilarse en el dolor o la justa indignación, Sánchez opta por construir un relato en el que "la vida se abre paso" a pesar de todo. No es una mirada idílica de esa tragedia que es la violencia inabarcable en este país, sino una simple y necesaria afirmación de que la vida tiene que seguir, por más que no olvidemos nunca a nuestros muertos que pueden estar, por ejemplo, "en el aire".
Los Bañistas (México, 2014) y La Tirisia (México, 2014) estuvieron en la competencia oficial iberoamericana. La primera ganó el premio paralelo Guerrero, que otorga la prensa acreditada, como la mejor ficción mexicana -yo voté por otra- mientras que La Tirisia fue el vehículo para que Gustavo Sánchez Parra se llevara su muy merecido Mayahuel como Mejor Actor.
Los Bañistas, opera prima de Max Zunino, ofrece un retrato del incierto México urbano del día de hoy: una jovencita de provincia que estudia en el DF, Flavia (espléndida Sofía Espinoza, la futura Gloria Trevi de la biopic próxima a estrenarse), no puede seguir estudiando porque hay huelga en la UAM, sus papás no le envían más lana, es echada del departamento por su propia tía y no tiene ni un peso para comer ni donde caerse muerta. Por su parte, su vecino de edificio, el viejo solitario Martín (Juan Carlos Colombo), es echado del trabajo en el que estuvo durante varias décadas y a su edad la posibilidad de conseguir otra chamba es muy remota. Abajo, en la calle, unos tipos que vienen de fuera (¿los de la CNTE?: no parecen tan bárbaros) han tomado la calle y han construido sus precarios campamentos frente al edificio donde (sobre)viven Flavia y Martín.
El guión, escrito por el propio cineasta en colaboración de su actriz, Sofía Espinoza, no se preocupa tanto por la historia sino por la descripción de sus personajes -sus características morales, su forma de ser, su manera de enfrentar la adversidad- y por la crónica de estos tiempos difíciles en los que nadie -jóvenes o viejos, provincianos o chilangos- tienen claro hacia dónde ir. Como un fresco del estado de las cosas de un momento del país, Los Bañistas no está nada mal. 
Más acabada en la forma y en el fondo me pareció La Tirisia, segundo largometraje de Jorge Pérez Solano, filmada en Zapotitlán Salinas, Puebla, un pequeño pueblo que sobrevive de la extracción de sal mineral y de lo que manda la gente que trabaja en el otro lado. Ahí vive Cheba (Adriana Paz) con sus dos hijos y esperando un tercer bebé que no es del marido Carmelo (Alfredo Herrera), que está a punto de regresar del gabacho. El verdadero papá del recién nacido es el taciturno Silvestre (Gustavo Sánchez Parra), quien también le ha hecho un bebé a su hijastra adolescente Ángeles, ante la impotencia/resignación de su esposa y madre de la muchacha, a quien ya le urge quitarse de encima a su hija para que no le termine de quitar a su hombre. 
La cámara de César Gutiérrez Miranda captura con severidad no exenta de belleza el seco panorama natural -y social y económico- de ese México profundo, la película está muy bien interpretada por todo el reparto, aunque la historia no deja de abrevar de ese fatalismo/miserabilismo que nos gusta tanto en México. Aunque, bueno, La Tirisia sí ofrece salidas, para las que se animan a dejar todo atrás, huyendo del ominoso futuro de vivir/morir atiriciada en ese tipo de pueblitos.
La mejor cinta mexicana de ficción que vi en Guadalajara 2014 -y que a la postre ganaría el FIPRESCI por unanimidad- fue Las Horas Contigo (México, 2014), opera prima de Catalina Aguilar Mastretta. Escrita por la propia directora -quien estudió un posgrado de guionismo en el American Film Institute, aparentemente con buenos resultados-, la cinta es un melodrama femenino bastante convencional, pero realizado con una seguridad formal notable y con una dirección de actores -más bien, de actrices- sin tacha alguna.
La joven ejecutiva Ema (Cassandra Ciangherotti consolidada) se entera que está embarazada de su novio "el católico" el mismo día que tiene que viajar a la casa de su abuela (Isela Vega), quien ha sido desahuciada. Ahí también está la mamá de Ema, Julieta (María Rojo), una cantante muy exitosa que, al parecer, nunca estuvo muy presente mientras Ema crecía. Ahora, conviviendo en la misma casa, esperando que la mamá/abuela muera, Ema y Julieta tendrán oportunidad de saldar sus cuentas -y dejar otras pendientes- mientras la vida avanza.
La estructura narrativa es muy limpia, hay diálogos muy vivaces (la discusión de Ema y Julieta en la cocina), apuntes irónicos dejados caer así nomás (la vieja nana que no quiere ponerse su propia ropa porque esa se mancharía) y una dirección de actores muy precisa, que no permite que nadie se salga del huacal (María Rojo, por ejemplo, sorprende con su justeza). La fotografía de Berenice Eveno inicia mostrándonos la casa de la abuela abierta e iluminada, y termina con el mismo hogar enlutado por la muerte, pero con un pasado ya reconciliado y viendo hacia el futuro. Como ya lo he escrito a lo largo de esta entrada, la vida se abre paso, con o a pesar de nosotros. Así debe ser.